Capítulo III

Cuando se dieron la vuelta tras cerrar la verja, todas soltaron al unísono una exclamación de sorpresa y admiración, aunque lo que estaban viendo no merecía menos. A ninguna de ellas se les había siquiera pasado por la cabeza que pudiera existir en la ciudad un jardín tan bello y tan cuidado. El césped era de un verde precioso y brillante, y estaba perfectamente recortado. La zona a su derecha, y también la zona más próxima a la entrada, estaba absolutamente plagado de flores. Flores rojas, blancas, azules, amarillas… Claveles, rosas, lirios, jazmines… Cualquier color o especie imaginable, podrías encontrarla en este jardín. También había algunos árboles, concretamente sauces. Sauces llorones. El árbol preferido de Kagome. Había uno en el jardín del templo que se encontraba junto a su casa, y siempre que se sentía mal o estaba nerviosa acudía a sentarse junto al árbol. Le daba una sensación de protección y consuelo que no encontraba en ningún otro lugar.

Desde la verja se extendía un camino de grava hasta la entrada. Cuando las jóvenes llegaron a la puerta, Kagome se dio cuenta de que todo estaba demasiado cuidado como para ser una casa abandonada. El césped perfectamente recortado, la verja se abrió sin problemas, y la entrada estaba muy limpia. Lo normal en una casa abandonada es que la entrada estuviese llena de hojas, raíces, incluso algún cadáver de animal, de serpientes o ratas. Pero en el pequeño espacio techado que existía ante la puerta de entrada, no había nada de eso. Es más, parecía que lo hubiesen barrido muy recientemente.

Cuando Kagome alargó la mano para abrir la puerta, esta se abrió sola. Todas las chicas sufrieron un escalofrío simultáneo.

-E-Etto… ¿De-de verdad tenemos q-que entrar?-preguntó Eri, que acababa de palidecer.

-P-pues yo diría que si, ¿no..?-aventuró Yuka.

-Yo… ¡Yo no quiero seguir!-grito de repente Ayumi y se echó dos pasos atrás.

-Pero Ayumi… Hemos venido todas juntas, ¿no?-Kagome intentó convencerla, aunque no surtió efecto.

-He dicho que no. No quiero. ¡Yo me voy a casa!- Y Ayumi se fue corriendo.

-Y-yo… voy a acompañar a Ayumi-y Eri corrió tras su amiga, dejando solas a las otras dos.

-Yuka, sigamos adelante.

-Sí…

Las chicas se cogieron de la mano para darse ánimo. Entraron en la casa. Lo que las recibió fue incluso más impresionante que el jardín. Ante ellas se abrió una gran habitación haciendo las veces de recibidor. A la izquierda había una doble puerta de madera, muy alta, con aspecto de ser muy pesada. A la derecha, había otra puerta doble, exacta a la que estaba enfrente. Un poco más al fondo, había otra puerta de madera más pequeña. Pero lo más impresionante eran las escaleras dobles que había en el centro de la sala. Cada tramo de escaleras empezaba en un lado de la sala, y ambas desembocaban en el mismo descansillo, del que surgía un nuevo tramo de escalera que llevaba a un pasillo del piso superior. En la pared entre los dos tramos de escaleras, había una forma rectangular colgada en la pared, tapada con una sábana blanca. Decidieron ir a mirarlo luego. Las chicas fueron a la habitación de la izquierda, pero no pudieron abrir la puerta. Parecía cerrada con llave. Así que probaron con las puertas de la derecha, que si consiguieron abrir. La puerta más pequeña daba a una escalera que conducía a una enorme cocina subterránea. La puerta doble desembocaba en un gran salón, con varios sillones de tela y caoba tallada repartidos por la sala, una chimenea en uno de los extremos y en la pared contraria una enorme estantería llena de libros. Las chicas salieron del salón y volvieron a las escaleras. Se acercaron a la forma rectangular de la pared, y Kagome dio un tirón a la tela, que descubrió un enorme retrato. Era una imagen de un joven. Kagome se sonrojó al verle, pues era muy bien parecido. Tenía aspecto de ser muy joven, a pesar de tener el cabello completamente blanco, y muy muy largo. Pero lo que más le llamó la atención a la chica fueron sus ojos. Tenía los ojos de color miel, pero denotaban una profunda tristeza. Kagome pensó que esos ojos no estaban hechos para reflejar tanto sufrimiento, y que realmente debía sentarle bien una bonita sonrisa. Sacudió la cabeza. ¿Qué estaba haciendo? No podía ponerse a divagar sobre la sonrisa de un joven que había visto en un cuadro, y probablemente llevaría bastante tiempo muerto. Tras admirar el cuadro durante un rato, Yuka tiró de Kagome.

-Vamos Kag, no te entretengas, que quiero ver el piso de arriba.

-Ah, sí, claro, vamos.

Sinceramente, había olvidado esta historia. Pero estaba echando un ojo a la cuenta y vi un review de akari-chan13, que me pedía continuarlo, así que aquí está. Mientras una persona lo quiera leer, merecerá la pena seguirlo. Y prometo que lo haré, aunque tarde. Espero que te guste, y a todo aquel que lo lea.

Reviews se agradecen especialmente.