CAPITULO 4

Hermione se había levantado algo tarde aquella mañana. No había ido temprano a la biblioteca, como hacía todos los sábados, ya que tenía pensado dedicarse a inspeccionar los libros que se encontraban en las estanterías de su sala común. No tenía nada que ver con que sabía que Malfoy se encontraría despierto preparándose para su entrenamiento matutino de Quidditch y no quisiera cruzárselo. "Soy una mujer adulta" se dijo "no iré por la vida evitando Malfoy por el simple hecho de que cada vez que nos vemos acabamos besándonos".

Vestía ropa muggle, porque era sábado, llevaba unos pantalones y un jersey, el otoño ya comenzaba a notarse en Hogwarts, por lo que Hermione decidió tomar de su habitación su bufanda de Gryffindor, en caso de que decidiera salir de la Sala Común.

Dedicó lo que quedaba de la mañana a investigar el contenido de aquellos libros que la habían fascinado desde que había puesto un pie en la sala.

Descubrió que la mayoría eran libros que podían serles útiles en las asignaturas que estaban cursando ella y Malfoy, algunas novelas muggles, libros de historia, biografías de magos célebres. La mayoría ya habían sido devorados por ella cuando los había encontrado en la biblioteca del colegio, pero de todos modos era una buena selección de libros.

Esperó a que se hiciera la hora del almuerzo acariciando a Croockshanks; quien había hecho su aparición por la noche, sobresaltando a Hermione al saltar sobre su colchón; ojeando "Historia de Hogwarts", aquel libro la hacía sentir como en casa, sus hojas le resultaban tan familiares como un abrazo de su madre.

Estaba sentada frente al fuego, perdida en sus pensamientos, escuchando el suave ronroneo de su gato, cuando Malfoy hizo su aparición.

Llevaba el uniforme de Quidditch, estaba despeinado y lleno de lodo. "¿Cómo puede verse atractivo aun en esas condiciones? Cada vez que Harry y Ron regresan de un entrenamiento lucen verdaderamente espantosos". Hermione frunció el ceño al percatarse de lo que estaba pensando, debía controlar sus ideas.

-¿Siempre te quedas mirando a las personas fijamente, Granger, o es solo un comportamiento que se te da sólo conmigo?- Malfoy descendió los peldaños de la entrada y tomó asiento en el sillón, junto a Hermione, provocando que Croockshanks pegara un salto y se alejara de allí gruñendo.

-No estaba mirándote fijamente, Malfoy.- Hermione se puso en pie, decidida a marcharse de allí antes de comenzar una discusión.

-¿A dónde vas?- Malfoy la observaba desconcertado, mientras ella tomaba su bufanda del perchero.

-A almorzar.

-Aun no es la hora del almuerzo.- Malfoy se había puesto de pie y estaba acercándose a Hermione lentamente.

-Pero debo encontrarme con Harry y Ron primero, iré a buscarlos a la Sala Común de Gryffindor.

Malfoy detuvo su avance y la observó. Su mirada no transmitía nada en especial. Era algo extraño, ya que generalmente sus ojos dejaban ver con mucha claridad lo que el rubio pensaba.

El slytherin giró sobre sus talones y comenzó a subir la escalera que llevaba al cuarto de baño y, murmurando un "que te diviertas" sobre su hombro, apenas audible para el oído de Hermione, cerró la puerta detrás de sí con innecesaria brusquedad.

Hermione permaneció estática, junto al perchero, preguntándose qué diablos le sucedía a Malfoy para que se fuera de esa manera.

Se encogió de hombros y se encaminó hacia la salida, decidiendo que Malfoy era muy extraño y tenía cambios de humor repentinos. No le daría muchas vueltas al asunto. No sacaría ninguna conclusión.

Almorzaría con sus amigos antes de que estos se fueran a su entrenamiento y luego iría a la biblioteca. Como ya había dejado de evitar a Malfoy podría disfrutar de sus instalaciones libremente.

Cuando Draco terminó de ducharse aún se encontraba de mal humor, por lo que decidió saltearse el almuerzo para no tener que presenciar la escenita de Granger divirtiéndose y sonriéndole al Pobretón y a Potter.

De todas formas no tenía hambre. La carta que su padre le había enviado esa mañana le había quitado el apetito y ni siquiera había podido desayunar. El entrenamiento había sido un desastre, él se encontraba irritable y casi destroza a Marcus Flint a golpes, razón por la cual había llegado a su Sala Común lleno de lodo.

Había pensado que podría pasar tiempo con Granger, para mejorar su estado de ánimo y descargar tensiones, pero por supuesto, ella ya tenía planes con sus imbéciles y por demás inútiles amigos. No volvería a verla en una semana.

Sus pensamientos volvieron a la carta de su padre. Había llegado el momento. Por más que lo había intentado, Lucius no podía retrasar por más tiempo la iniciación de su hijo. El Señor Tenebroso estaba comenzando a sospechar de su lealtad, nuevamente.

Su padre le informó que esa misma tarde, la profesora McGonagall lo enviaría a su mansión a través de la Red Flu. Supuestamente se dirigía a su casa a visitar a su madre por problemas de salud.

Ya en su habitación, se preguntó qué pertenencias debería llevar. No necesitaría ropa, tenía de sobra en su casa. Dudaba que fuera a utilizar la escoba. ¿Libros? No estaría de humor para leer.

Concluyó que no era necesario empacar nada. No había nada que pudiera llevar que pudiera simplificar de alguna manera lo que estaba a punto de padecer. Sin duda sería una de las experiencias más… interesantes de su vida. Convertirse en un mortífago. Siempre supo que inevitablemente ese sería su destino, pero nunca había sentido que fuera tan incorrecto como lo sentía ahora. No podía dejar de pensar en Granger, en su moral intachable y en cómo reaccionaría ella una vez que lo supiera.

Ya lo había visto en la Sala Multipropósitos con Snape. Habían acordado reunirse allí, el profesor lo había citado para comunicarle cuál sería su misión una vez iniciado. No era una misión difícil, era una misión suicida. Pero no había nada que pudiera hacer. La vida de su madre estaba en riesgo. No podía defraudar al Señor Tenebroso.

Cuando Granger lo había interrogado acerca de su encuentro con Snape no supo qué responder. Le dijo que podría explicárselo luego y que no dependía de él. Fue lo más parecido a la verdad que pudo decir.

"Seguir pensando en Granger y en lo que opinaría ella de toda esta situación solo lo hará más difícil de lo que es. Mantén tus pensamientos alejados de ella" le recordó una voz en su interior a Draco, supuso que era lo más semejante a una conciencia que él poseía.

Tomó su varita de la cómoda en su cuarto y se dirigió a la salida de la Sala Común de Premios Anuales.

Estaba aún perdido en sus pensamientos, caminando distraídamente hacia el despacho de McGonagall, dando un rodeo para no llegar antes de la hora estipulada, cuando la vio.

Hermione caminaba sola, de espaldas a él, por aquel remoto corredor del castillo. Era como si el destino los cruzara siempre en lugares en los que se encontraran solos. No lo pensó dos veces, se dejó llevar por su instinto, como cada vez que la castaña se encontraba frente a él.

Silenciosamente se acercó hasta donde se encontraba Granger. La tomó de manera algo brusca por la cintura, haciéndola girar hasta que su espalda tocara el muro del castillo, detrás de una gran escultura de Helga Hufflepuff. Hermione dejó caer el libro que tenía en sus manos con una exclamación, pero no pudo decir nada más, porque sus labios se vieron atrapados por los de Malfoy, que devoraban los suyos sin piedad.

Malfoy tomó las muñecas de Hermione con una mano y las elevó por encima de su cabeza, apresándola. Con la otra mano la tomó por la barbilla, para obligarla a mirarlo, y le dijo:

-Eres mía, Granger. Que no se te olvide.

Hermione iba a responder, probablemente algo del estilo "no soy un objeto para ser de tu propiedad, Malfoy", pero el slytherin había vuelto a besarla con ímpetu.

Luego de unos instantes liberó sus muñecas, permitiéndole depositar sus manos en los hombros del rubio.

Nunca la había besado así. Esta vez era diferente. Era como si Malfoy estuviera verdaderamente frustrado, o asustado. Presionaba su cintura con innecesaria fuerza, mordía su labio y besaba su cuello una y otra vez.

Cuando por fin se separaron, Malfoy le dedico una larga y sombría mirada. Hermione se preguntó si el rubio estaría intentando decirle algo al observarla de esa manera, pero sus ojos grises, en este momento oscurecidos por el deseo, no revelaban más que ira, frustración y desesperación.

Quería interrogarlo. Quería saber qué estaba sucediendo. Quería saber por qué Malfoy estaba actuando de manera tan extraña. Pero cuando iba a abrir la boca el muchacho dio media vuelta y comenzó a caminar por el pasillo, alejándose de ella como si del mismísimo Voldemort se tratara.

Parecía ser que aquel día Malfoy se había levantado con incontenibles deseos de dejarla con las palabras en la boca. "No es de las peores cosas que hace con tu boca" sugirió aquella irritante voz en su cabeza. Hermione se preguntó si existiría algún encantamiento capaz de eliminar esa vocecita del demonio. No dudaría en utilizarlo.

Hermione tomó el libro que había sufrido las consecuencias del sadismo de Malfoy y continuó con su camino, Harry y Ron probablemente estarían preguntándose dónde se encontraba. Se apresuró, porque no quería tener que darles explicaciones, despachando de su mente todo pensamiento que tuviera que ver con un atractivo y evidentemente posesivo rubio oxigenado.


La lúgubre bienvenida que le dieron sus padres al aparecer en la imponente chimenea de la Mansión Malfoy fue la confirmación de todos sus miedos. El Señor Tenebroso no había desistido en su petición, no había salvación para él, ni para su alma.

Su madre se echó en sus brazos, sollozando, ni bien dio un paso en la estancia. Él la rodeó sin saber muy bien que hacer, ni que decir.

Su padre retiró suavemente a Narcissa, que tomó asiento en el sillón orejero color verde que se encontraba junto a la chimenea.

Lucius le dio la mano a su hijo, a modo de saludo, y luego unas palmadas en el hombro, a modo de consuelo. Era un hombre muy poco expresivo, por lo que aquella muestra de cariño en lugar de aliviarlo, lo hizo sentir aun peor.

El señor Malfoy dedicó su atención luego a su esposa, ya que parecía estar al borde de un ataque, sin poder contener su llanto desgarrador.

Aquel sonido lastimero hizo que Draco quisiera largarse de allí, lejos, no quería escuchar el llanto de su propia madre sin poder hacer nada para remediarlo. Saber que las lágrimas que recorrían aquel finísimo rostro eran por causa suya lo destrozaba. No quería contemplar esa imagen, porque sabía que se quedaría grabada en su memoria para siempre.

Se excusó con sus padres y se encaminó a su habitación en el segundo piso. Mientras recorría su hogar, se percató de que se sentía extraño. Tardó un par de segundos en darse cuenta de que lo que faltaba era aquella sensación que lo embargaba cada vez que se encontraba en su casa, la sensación de saberse a salvo. Había desaparecido por completo, para ser remplazada por angustia y temor.

Su habitación estaba congelada. Encendió el hogar con su varita y se dirigió a la enorme cama con dosel. Se recostó boca abajo, abrazando una de sus costosas almohadas de plumas cubiertas en seda e intentó no pensar en nada.

Por supuesto que lo primero que le vino a la mente cuando quiso dejarla en blanco fue ella. Granger. Se preguntó qué estaría haciendo ella en ese momento. Sacudió la cabeza al imaginársela con Weasley o Potter. Decidió visualizarla en la Sala Común que ambos compartían, era un lugar donde nadie podía tocarla, salvo él. Eso lo reconfortaba. En su mente veía a Granger, con un libro en su regazo, junto al fuego y con su horrendo gato ronroneando junto a ella.

No supo cuándo se había dormido, pero se despertó sobresaltado y con un solo pensamiento en su mente: "estoy vulnerablemente dormido en una casa en la que probablemente se encuentre el Señor Tenebroso".

Salió de la cama y se dirigió al cuarto de baño, decidido a quitarse la ropa con la que había viajado y dormido y darse una ducha, antes de enfrentar la realidad. Iría a su encuentro antes de que el mismísimo Lord decidiera venir en su búsqueda. No había necesidad de aplazar el momento. Eso solo empeoraría las cosas.

Se permitió dedicarle un último pensamiento a Granger, antes de que tuviera que ocultar cualquier tipo de idea que tuviera que ver con ella. Estaba muy seguro de que el Señor Oscuro intentaría leer su mente, lo más probable es que no pudiera, ya que su tía Bella se había encargado de hacer de Draco un experto en Oclumancia y en todo tipo de artes oscuras, pero no quería arriesgarse. Eso podría ponerla en peligro.

Se preguntó si la forma de "despedirse" de ella había sido la correcta. Había actuado por impulso y le había dicho que ella era suya. Probablemente si hubiera tenido oportunidad, Granger le hubiera respondido que ella no era ningún objeto y que no le pertenecía a nadie. Por eso decidió no permitir que tuviera tiempo de hablar, besándola con rudeza. No tuvo en cuenta en ese momento que la agudísima mente de la gryffindor iba a descubrir que había algo distinto en aquel beso, que tenía un regusto amargo, ausente en sus anteriores intercambios. Ya podía imaginarse el sinfín de preguntas que tendría que responder si no se largaba de allí. Por eso se fue, sin decirle nada más. Lo único que le había dicho a Granger antes de partir era que le pertenecía. No sabía muy bien como sentirse al respecto.


Una semana. Exactamente una semana era el tiempo que había pasado sin noticias de Malfoy. Había escuchado a Parvati comentarle a Lavender que el rubio se encontraba en su hogar, por problemas de salud de su madre. Pero esa historia ella no se la tragaba.

Había visto a Parkinson y Nott intercambiar sombrías miradas cada día que pasaba y Draco no aparecía en el Gran Comedor para desayunar. Miradas de entendimiento. Miradas de resignación.

Si Narcissa Malfoy tuviera problemas graves de salud (como para mantener a su hijo a su lado por una semana entera), hubiera aparecido en las noticias del Profeta, pero no había nada allí. Ni una sola mención a la distinguida familia. Ella había leído de cabo a rabo el periódico día tras día, y no había encontrado nada.

¿Qué podría retener a Malfoy por tanto tiempo en su hogar? Si es que allí era donde verdaderamente se encontraba.

Cada día que pasaba y Malfoy no aparecía, Hermione se encontraba más distraída. Sus amigos se la pasaban llamando su atención, atrayéndola nuevamente a conversaciones en las que había olvidado que estaba participando. Le preguntaron una y otra vez si le sucedía algo y si se encontraba bien. A lo que ella respondía que eran simples nervios por los exámenes. Todos creían esa excusa, sin excepción.

Como era sábado, Hermione se encontraba cenando sola en el Gran Salón. Sus amigos tenían práctica nocturna de Quidditch y ella probablemente pasaría el resto de la noche en la biblioteca, donde la ansiedad por saber qué había sucedido con Malfoy la carcomería por dentro.

No podía dejar de rememorar una y otra vez su último encuentro. Malfoy había actuado de manera extraña, pero ella lo había asociado a los cambios de humor repentinos que solía tener el slytherin, a los que casi había comenzado a acostumbrarse.

Solo le había dicho dos palabras en aquella ocasión: "Eres mía". Y aquella declaración había estado dando vueltas por la mente de Hermione a lo largo de aquellos siete días. Recordaba a la perfección aquella voz áspera y grave que utilizaba el rubio en ciertas ocasiones, generalmente para seducirla.

Ya había asumido que la última vez que se habían visto, Malfoy sabía que no volverían a verse en un largo tiempo. Hermione le daba vueltas a la idea de que el rubio hubiera escogido esa afirmación como lo último que oiría ella de sus labios hasta quien sabe cuándo. Se preguntaba por qué, de todas las cosas que podría haberle dicho, eligió eso.


Se encontraba en la biblioteca, en su rincón de siempre, pero no estaba leyendo, tenía la mirada perdida, observando a través de la ventana los interminables terrenos de Hogwarts. Fue en ese momento cuando él apareció. Silencioso, como siempre, no lo había escuchado acercarse, pero aquel inconfundible aliento rozó la piel de su cuello cuando él le susurró al oído:

-¿Pensando en mí, Granger?

Esta vez Hermione no se sobresaltó, sino que cerró los ojos para sentir la respiración de Malfoy en su nuca. Y para sentir también los fríos labios del rubio deslizarse desde su cuello hasta su hombro, aspirando su aroma.

-Nunca.- respondió finalmente, haciendo sonreír al slytherin contra su piel.

Hermione se puso de pie y lo enfrentó. Malfoy se encontraba despreocupadamente apoyado en el muro de la biblioteca, le dedicó una mirada serena.

La castaña lo observó con detenimiento, buscando algo, no sabía qué era, pero había algo distinto en Malfoy. Era algo en su mirada, o en el aura que lo rodeaba.

-Luces… diferente.- comentó Hermione y pudo ver pasar por los ojos de Malfoy, solo por un segundo, una sombra de decepción.

El rubio estiró el brazo y tomó la mano de Hermione, acercándola a él, hasta que sus cuerpos se tocaron. Deslizó su mano a lo largo del brazo de la gryffindor, hasta su nuca y observó los carnosos labios de ella, tan deseables como la última vez que la había visto.

No pudo resistirlo por más tiempo y en un fugaz movimiento rodeó su cintura e hizo que girara hasta que la espalda de ella diera contra el muro, donde segundos antes se encontraba él.

Hermione sabía que él iba a besarla, pero aun así el contacto con sus labios la sorprendió, haciendo que se estremeciera en los brazos de Malfoy.

El rubio había rodeado su cintura con ambos brazos mientras la besaba con ímpetu y fogosidad. Hermione había llevado sus manos automáticamente al cabello de Draco, que se encontraba tan suave como siempre, casi irreal.

Draco estaba encontrando muy difícil contenerse, cuando había pasado una semana lejos de ella, sin poder verla, ni tocarla, como podía hacer ahora.

Llevó sus manos dentro de la blusa de Hermione, para poder sentir la piel de su cintura y su vientre. Era cálida y suave. Suscitó en él deseos de sentir más de aquella sedosidad que solo parecía encontrar en ella. No había conocido otra piel que generara en él las ansias que le generaba la de Hermione.

Mientras besaba el cuello de la gryffindor pudo sentir los dedos de ella clavándose en su espalda, en respuesta a lo que él le provocaba. Necesitaban largarse de allí. De inmediato.

-Granger, nos vamos.

La castaña aún no había abierto sus ojos cuando Malfoy comenzó a arrastrarla del brazo, sacándola de allí.

En el instante en que cruzaron la puerta de la sala común que compartían, Malfoy volvía a abalanzarse sobre ella y devoraba sus labios con ferocidad.

Hermione no pudo hacer otra cosa que dejarse llevar, había pasado una semana sin saber nada sobre él y ahora se encontraba allí, a salvo, besándola como si nunca se hubiera marchado. Ya habría tiempo para preguntas luego.

Se encontraba, como siempre, acorralada por el rubio. Él nunca le dejaba escapatoria.

Mientras se besaban, Malfoy la conducía lentamente hacia el sofá grande de la sala común. Hermione sabía que él necesitaba más que solo besos, y estaba comenzando a pensar que ella también lo necesitaba. Pero sentía que no estaba preparada y no estaba segura de querer explorar aquellos terrenos con Draco Malfoy. Tenía miedo.

-Malfoy…yo…- Hermione había comenzado a hablar, para explicarle al slytherin lo que le sucedía, pero él la interrumpió.

-Granger, no haremos nada que tu no desees, relájate.- Malfoy la miró a los ojos, aun sujetando su rostro entre sus manos y volvió a besarla.

Todas las preocupaciones de Hermione desaparecieron en el instante en que sintió los labios de Draco sobre los suyos, y se dejó caer en el sofá, con Malfoy sobre ella.

El rubio dirigió sus labios al cuello de la castaña, mientras sus manos retomaban el recorrido que habían abandonado en la biblioteca, ahora sin restricciones.

El contacto de sus manos frías sobre la piel ardiente del vientre de Granger provocaba que ella se estremeciera debajo de él. Ambas manos de la gryffindor se encontraban enredadas en su cabello, en una caricia que él encontraba exquisita.

Draco se incorporó lo suficiente para poder observar los ojos de Hermione, mientras descendía lentamente, hasta depositar sus labios sobre la piel de aquel vientre plano que le hacía pensar que la perfección sí existía.

Hermione asintió, dándole permiso. Y Malfoy se dedicó a cubrir de besos cualquier centímetro de piel que encontraba, deleitándose con los gemidos que escapaban de la boca de la castaña, en respuesta al placer que él le generaba.

Trazó con su boca un camino ascendente, hasta llegar a los pechos de la gryffindor. La blusa se encontraba arrugada sobre ellos, dejando entrever ciertas partes del sostén negro de encaje que llevaba Hermione aquel día. Ella lo observaba expectante, con su cabello despeinado y los labios rojos a causa de él.

Draco tomó a Hermione por su mano, e hizo que ambos se incorporaran, luego llevó sus manos a la cintura de la gryffindor y la atrajo hacia sí, de forma que ella quedara sentada a horcajadas sobre él.

Sus labios volvieron a unirse y esta vez el beso fue lento y suave. Draco llevó su mano a la nuca de Hermione, donde la enterró en su cabello castaño, mientras sus lenguas se unían, despacio.

-Granger, lamento esto… pero es necesario.- dijo Malfoy contra sus labios.

Hermione iba a preguntar a qué se refería, pero en ese momento el rubio rompió su blusa, haciendo volar los botones por el suelo, dejando al descubierto su vientre y su pecho.

Antes de que pudiera quejarse, Malfoy volvió a besarla, esta vez con más fuerza, mientras deslizaba su destrozada blusa por sus hombros, para luego arrojarla lejos de allí.

Hermione se sintió desprotegida, jamás había estado frente a un chico con tan poca ropa. Ni siquiera frente a Harry o Ron. Sintió como la piel de su espalda se erizaba, en parte por el aire frio y en parte por los besos que Malfoy depositaba en su cuello, mientras rodeaba la pequeña cintura femenina con sus frías manos, sin dejarle otra opción a ella que enterrar los dedos en su rubio cabello y cerrar los ojos, disfrutando.

Los labios de Draco subieron nuevamente hacia su boca, atrapándola. Lo mismo hicieron sus manos, envolviendo suavemente el pecho de Hermione, generando un gemido involuntario por parte de la castaña, que se perdió en algún lugar entre sus bocas entrelazadas.

-Malfoy…- Draco, a duras penas, liberó la boca de Hermione al escucharla.- ¿Dónde has estado?- inquirió la gryffindor, rodeando su cuello con los brazos y mirándolo a los ojos.

Esa era una pregunta que el rubio no se esperaba. Y menos en ese momento en el que se sentía poco capaz de concentrarse. ¿Por qué Hermione decidía preguntar eso precisamente en ése momento? ¿Acaso su curiosidad no podía esperar? ¿O era un truco para impedir que el slytherin siguiera avanzando?

-Granger, ¿realmente quieres hablar de eso ahora?- la voz de Draco sonaba algo ronca.

Hermione se cruzó de brazos, aun sentada sobre Malfoy.

-Si.

Draco soltó un bufido exasperado, bajando sus manos nuevamente a la cintura de la castaña.

-Mi madre estaba enferma, fui a visitarla.

-¿Piensas que voy a tragarme eso, Malfoy?- murmuró Hermione, enfadada, mientras intentaba ponerse en pie.

Draco la detuvo por la cintura, impidiendo sus movimientos. Al sentir las manos del rubio sobre su piel desnuda Hermione recordó la poca cantidad de ropa que llevaba puesta y maldijo interiormente a Malfoy por haber destrozado su blusa y lanzarla tan lejos.

-No esperaba que te lo tragues, Granger, pero es todo lo que puedo decirte. Mis asuntos familiares no son de tu incumbencia.

Draco la miró a los ojos, dando a entender que no iba a ceder en aquella conversación, por lo que Hermione suspiró, decepcionada y algo avergonzada por entrometerse en la vida del rubio como una novia celosa y posesiva.

-Lo siento.- fue todo lo que se le ocurrió decir.

A Malfoy le enterneció la expresión desolada de Granger y, sin pensarlo, rozó con el dorso de su mano la sonrosada mejilla de su compañera, haciendo que ésta volviera a encontrar su mirada con la de él.

Había pasado por el mismísimo infierno esa última semana, se había esforzado al máximo por alejarla de su mente, sobretodo en presencia del Lord Tenebroso, pero hubo ciertos momentos de debilidad en los que lo único que deseaba era estar lejos de su hogar, lejos de sus padres, de los mortífagos y de Voldemort. A solas con Granger y nadie más.

-¿Aceptarías dormir conmigo esta noche?- le preguntó, casi sin pensar, olvidándose que estaba en presencia de la persona más puritana de Hogwarts y, al ver su expresión consternada agregó:- No voy a violarte, Granger, es solo dormir. Estoy muy cansado.

Observó a la gryffindor debatirse unos instantes, insegura, a pesar de que él estaba demostrando mucho autocontrol al tenerla sobre él, en sujetador y falda, como si eso fuera algo que se diera todos los días. El rubio estaba haciendo grandes esfuerzos por mirar a Granger a los ojos y no desviar la vista hacia sus pechos, apenas contenidos por la prenda color negro, que contrastaba maravillosamente con el tono dorado de su piel.

-De acuerdo. Solo dormir, Malfoy.- respondió Hermione, luego de decidir que Malfoy parecía bastante dispuesto a contenerse y respetar su ritmo.

Al instante de haber escuchado la afirmación de Granger, Draco se puso en pie, y, sosteniéndola por el trasero, se encaminó a su habitación, sin dejar de mirarla a los ojos, temía que, si rompía el contacto, la gryffindor cambiaría de opinión y huiría de él, dejándolo solo con sus mil y un demonios, que esperaban para acecharlo en la soledad de su alcoba.

Hermione intuía que Draco necesitaba su compañía aquella noche. O tal vez la de cualquiera, pero ella estaba segura de que el slytherin no quería estar solo y se preguntó que podía sucederle para atormentarlo de esa forma, siendo siempre él tan dueño de sí mismo.

No supo cómo se las arregló Malfoy para subir las escaleras con ella a cuestas, perdida como estaba en su mirada gris y suplicante, cayó en la cuenta de que se encontraba en la habitación del rubio cuando sintió las sábanas en su espalda y tuvo que romper el contacto visual con él para echar un vistazo a su alrededor. Intrigada por lo que encontraría en la alcoba de alguien como Draco Malfoy.

La estancia era muy parecida a la suya, excepto por que en lugar de tonos rojos y dorados, lo que predominaba en la habitación era el verde y plateado.

Divisó la escoba del rubio en una esquina. El lugar carecía de efectos personales, a excepción de una gran cantidad de libros que se encontraban perfectamente apilados sobre el escritorio del slytherin. Ninguna fotografía familiar, ni nada parecido. Eso no le sorprendió.

Se vio interrumpida en su escrutinio cuando Malfoy le tendió una camisa negra de pijama, aparentemente suya, a juzgar por el tamaño, que la cubría hasta por encima de las rodillas. Luego de ponérsela, Hermione dejó caer su falda al suelo, e inmediatamente se metió entre las sábanas, para no darle al rubio la oportunidad de intimidarla con miradas lascivas.

Una vez en la cama, la castaña se dedicó a observar a Draco, que se encontraba de espaldas a ella, sólo con los pantalones del pijama que le había prestado. La visión de su espalda marmolea hizo que se imaginara sus dedos recorriendo cada centímetro de piel, remarcando las líneas de los músculos que resaltaban con cada movimiento.

Lo oyó murmurar algo para luego depositar la varita en su escritorio, volteándose finalmente, aunque rehuyendo su mirada al dirigirse a la cama con su andar elegante.

El corazón de Hermione palpitaba en forma descontrolada y, a cada paso del rubio, se desbocaba aún más. Creyó que iba a salírsele del pecho cuando sintió el colchón hundirse bajo el peso del rubio. Se preguntó si Malfoy podría oírlo desde su posición. Realmente esperaba que no.

-Buenas noches, Granger.- le susurró el slytherin al oído, para luego depositar un beso en su cuello.

-Buenas noches, Malfoy.- murmuró la castaña en respuesta, girándose para darle la espalda al rubio, intentando calmar su alocado pulso y sintiendo un inexplicable ardor donde había recibido el beso.


Cuando abrió los ojos, no supo donde se encontraba. Le costó unos segundos ubicarse en tiempo y espacio. Pero cuando sintió un brazo rodeando su cintura y la respiración de Draco Malfoy en su cuello, vinieron a su mente las imágenes de la noche anterior y recordó por qué no se hallaba en su propia cama.

Intentó huir sigilosamente, pero cada vez que se movía, aunque fuera un solo centímetro, Malfoy la atraía aún más, al punto de quitarle el aliento.

No sabía cómo evitar una situación incómoda al despertarse ambos compartiendo el lecho. Al parecer Draco no iba a soltarla y parecía muy a gusto con la nariz enterrada en el cuello de Hermione.

La gryffindor decidió intentar escapar una última vez, ya que Malfoy realmente parecía profundamente dormido. No podía ser más fuerte que ella, que se encontraba muy despierta, por lo que nuevamente comenzó a removerse, concentrada en librarse del férreo agarre en su cintura.

Fue por eso que se sobresaltó, hasta el punto de casi gritar, cuando el gélido aliento del slytherin se coló en su nuca, acarreando la queja de Draco:

-Granger, si sigues intentando escapar, tendré que lanzarte un petrificus. No irás a ningún lado.

Y en ese momento, Hermione se dio cuenta de que estaba perdida.


He vuelto, es algo corto, pero espero que sirva. Saludos.

MM

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