*Los personajes pertenecen a S. Meyer. La historia es mía.


Perdido en Navidad

Dic. 22: Crisis en el aeropuerto (Parte 1)

Durante los últimos dos días, Kate le había pedido a Edward que la llamara por la noche para contarle sobre su estancia en casa de los Cullen. Su versión de dicha estancia.

La primer noche le había contado que llegó tan cansada que prácticamente se quedó en casa, que su familia había sido muy amable pero que a ella no le había sentado muy bien el clima y con algunos malestares había permanecido en casa, a pesar de que todos la habían incluido en los planes y preparativos de la celebración.

Edward se había quedado un poco preocupado porque pensó que era su culpa que Kate se sintiera mal por el viaje y no imaginaba cómo podría estar lidiando ella con su malestar o su familia con ella. Normalmente, ella aprovechaba para que él la consintiera, pero estando lejos, no sabía si algo en su actitud podría incomodar a sus padres.

Un impulso lo llevó a buscar de nuevo en internet por un pasaje a Seattle pero fue imposible, para esas alturas todo estaba vendido y los aeropuertos eran una locura. Estaba un poco desesperado por llegar lo antes posible a casa y asegurarse de que Kate disfrutara estar con su familia y que su familia estuviera bien con la visita.

Cuando habló con su mamá para indagar sobre la situación, le preguntó cómo estaba todo, pero su respuesta no lo dejó más tranquilo. Aunque le dijo que todo estaba bien, intuyó que le estaba ocultando algo.

Por la noche, después de hablar con Kate, que aparentemente se estaba sintiendo mejor, decidió llamar a Alice, pero la respuesta lo confundió aún más.

—Alice, por favor, dime qué pasa —preguntó ansioso.

—No pasa nada. Es solo mamá que ya está ansiosa porque llegues —respondió tratando de sonar despreocupada, pero fracasando en el intento.

—¿Todo está bien con Kate? —indagó pensando que se trataba de algo con su novia y por eso no se animaban a contárselo.

—Parece que sí… Te confieso que la chica es… un poco… rara —confesó dubitativa.

—¿Rara?... ¿Kate?... ¿Estás bromeando?

—Bueno, eso me parece a mí. Tal vez es que se siente incómoda porque no estás aquí y la estamos abrumando. No lo sé.

—Puede ser eso —concordó con dificultad—. Mañana estaré en contacto contigo cuando salga para allá, ¿de acuerdo?

—Perfecto. No te preocupes y por favor, viaja con cuidado.

Pero claro, todo era un preludio para lo que enfrentaría el día siguiente.

Había llegado el martes, tenía listas sus maletas, su pasaje, había acomodado todo en su departamento y con tiempo para llegar al aeropuerto, llamó al taxi. Al abordarlo, de nuevo estaba ahí su vecino James quien le había dedicado una extraña sonrisa y un saludo a la distancia.

Llegó al aeropuerto y al bajar, se topó con la primera señal del desastre que venía.

El taxista tomó una de las maletas y cuando Edward intentó bajar la otra se torció la muñeca. No era algo de gravedad pero se había quedado con un gran malestar. Pensó que al subir al avión le pediría algún analgésico a la azafata y en su casa su padre se haría cargo del resto.

Arrastró sus dos maletas recorriendo el largo pasillo rumbo al mostrador de su aerolínea y en el camino se topó con un par de conocidos.

—¡Profesor Cullen! ¡Profesor Cullen!

Una chica rubia gritaba apenas por debajo del tono de los altavoces del aeropuerto mientras se acercaba en una carrera frenética como si se hubiera encontrado con el artista del momento.

Edward daba algunos cursos de Guionismo en la Universidad de Chicago, invitado por un amigo, y ahí varias chicas habían encontrado a su amor platónico. La clase siempre se llenaba e incluso algunas recursaban con la intención de seguir viendo al "profesor Cullen".

Tanya era una de esas chicas. En su momento, no había tenido ningún reparo en pedirle al profesor Cullen que le diera clases privadas, en invitarlo a cenar, dejarle mensajes cariñosos con post-its de colores y en "pedirle una oportunidad para demostrarle que ella podía ser la indicada" para él.

El problema había sido que el padre de la chica había encontrado varias fotografías de Edward, algunas de él con Tanya manipuladas con Photoshop, y había creído que estaba tratando de seducir a su "inocente" niña.

Sí, la chica era bastante alocada, y le había generado algunas complicaciones en la Universidad y, como si las señales de desastre hubieran decidido seguir su curso, tenía que ser ella a la que se encontrara en el aeropuerto, con su familia, incluido su papá que le dirigía una mirada de advertencia, como si de un pervertido se tratara.

—Hola, Tanya —saludó con recelo en cuanto la chica se plantó frente a él.

—Hola, profesor Cullen. ¡No puedo creer que nos encontremos aquí! —exclamó emocionada mientras Edward le dirigía una sonrisa cautelosa.

—Sí, qué coincidencia.

—Voy a Hawaii con mi familia. Es la primera vez que pasaremos una Navidad bronceándonos en lugar de estar congelándonos —comentó terminando con una risa estridente.

—Bien, ojalá lo disfruten —dijo mientras continuaba caminando y miraba a la distancia al padre de la chica, para demostrarle que ni siquiera se había acercado—. Nos vemos después.

—Profesor, profesor —gritó de nuevo la chica mientras se acomodaba frente a él para tomar una selfie de ambos en el aeropuerto.

Edward no quería ni imaginar lo que iba a publicar con esa foto, pero tenía prisa por llegar al mostrador y subir al avión así que sacó eso de su mente y apresuró el paso.

Cuando finalmente llegó, tomó su lugar en la fila. Había demasiada gente por todos lados, tal vez más de lo que había visto antes, pero era normal en estas fechas. Esperó pacientemente su turno a pesar del caos alrededor, hasta que su señal definitiva de desastre llegó.

—Señor, ¿cómo compró su boleto? —preguntó la chica del mostrador.

—¿Cómo?

—¿Por qué medio obtuvo su pasaje? —aclaró intentando ser más clara con Edward.

—Sí le entendí, pero… no sé qué tiene que ver… Lo compré por internet —respondió confundido.

—¿En la página de la aerolínea?

—Eh… no. Con un señor a través de eBay —La mueca que hizo la chica al escucharlo no le dio muy buena espina—. ¿Pasa algo?

—Sí. Lamento decirle que este lugar fue revendido ocho veces —La chica levantó la vista antes de continuar y señaló a un grupo de personas que parecían discutir a un par de metros del mostrador—. Los pasajeros de ese lado tuvieron el mismo inconveniente.

—¿El mismo inconveniente? ¿A qué se refiere?

—Bueno. Ya tenemos el vuelo completo. Los señores de aquél lado son quienes también fueron estafados por una persona en internet recibiendo el mismo boleto que usted…

—Un momento, un momento… —interrumpió Edward— ¿Cómo que estafados? ¡Este boleto me costó una fortuna! Y aquí están todos los datos.

—Señor, lo lamento. Nosotros siempre recomendamos comprar los boletos directamente con nosotros para evitar este tipo de fraudes, sobre todo en esta época, pero algunas personas acuden a otros medios en la desesperación por encontrar vuelos… o al menos así les logran vender algo que no existe.

—¿Algo que no existe?... —Edward llevó ambas manos a su cara, cabeza y cuello— ¿Quiere decir que no tengo boleto para viajar a Seattle?

—Así es, señor.

—¡Mierda! —exclamó para sí mismo entrando en shock, había comprado… nada— Señorita, necesito viajar a Seattle… debe tener algún lugar… no sé… no me importa cuánto tenga que pagar…

—Señor, estamos sobrevendidos… Por desgracia en estas fechas no hay mucha disponibilidad…

—¿En algún otro vuelo?... ¿Más tarde?... ¿Mañana?

La chica negó con su cabeza haciendo una mueca de que lamentaba la situación.

—No en estos días, señor.

—¿Nada?... Pero… es que… no…

—Algunos de ellos van a esperar aquí por si algún pasajero no llega. Están organizando una lista, pero es impredecible.

Edward caminó y se recargó en la pared de un establecimiento. Se dejó caer abrumado por los acontecimientos. ¡No tenía boleto de avión para viajar a casa!

Pensó en rentar un auto. Esa sería una opción. Muy larga y cansada, pero podría ser. No le gustaba manejar mucho tiempo de manera continua por precaución, así que imaginaba un traslado de unos dos o tres días por carretera, perdiéndose la Navidad en el camino.

Mientras pensaba cómo resolver todo, miraba cómo la gente seguía llegando, haciendo filas, despidiendo o recibiendo a sus familiares y amigos, dando vueltas, corriendo… y él estaba en shock, tirado en el piso, sin saber qué hacer, hasta que su teléfono sonó.

—Hola… —contestó sin mirar la pantalla.

—Edward, ¿ya vienes? —Una entusiasmada Alice en la línea lo hizo regresar un poco a la realidad.

—Alice…

—Edward, ¿estás bien?

—Alice…

—Edward, ¿qué pasa?

—Escucha Alice… Tuve un… contratiempo con el vuelo…

—¿Un contratiempo? ¿Están atrasados? ¿A qué hora sales?

—Escucha… no tengo… pasaje…

—¿Qué?

—Alice… es una historia larga… No tengo boleto para viajar a Seattle…

—Edward, ¿estás bromeando?

—No —bufó desesperado intentando aclarar su mente para encontrar una solución—. Lo voy a resolver. No le digas nada a mis papás… y mucho menos a Kate… Yo… te llamo en un momento.

—Edward… espera…

—Alice… por favor, diles que hubo un retraso en el vuelo. Voy a ver cómo resuelvo esto y te llamo, ¿si?

—Está bien. Por favor, avísame cualquier cosa.

—Ok —respondió escueto y colgó. Miró hacia donde estaban los mostradores de renta de autos. Era eso o esperar horas con la esperanza de que varios pasajeros faltaran y pudiera tomar su lugar porque sería de los últimos en esa famosa lista que estaban preparando.

Se levantó, se apuntó en la lista, corrió de mostrador en mostrador por las aerolíneas preguntando por disponibilidad para viajar a Seattle en algún momento y… nada.

Estaba en medio pasillo, con sus maletas a un lado, mirando de un extremo a otro, perdido. Y cuando volteó de nuevo por el pasillo, quedó petrificado una vez más.

Estaba cansado, frustrado, preocupado, irritado… y claro… siguiendo con todas las señales… tenía que encontrase con la persona que menos había esperado en el mundo… en el universo.

Con la dueña de sus sueños y pesadillas. Con la única persona que le hizo olvidar en ese instante el por qué estaba en el aeropuerto, y qué demonios era lo que estaba buscando. Era ella. Con esa presencia, con ese porte, con esa sencillez, con... esa sonrisa.

—Edward Cullen…

—Isabella Swan… —respondió casi en un murmullo.


Gracias por leer.

Bien, apareció Bella. ¿Qué creen que pase ahora? ¿De dónde se conocen?