*Los personajes pertenecen a S. Meyer. La historia es mía.


Perdido en Navidad

La magia de la Navidad o algo más

Edward le había explicado todo a su mamá, quien por supuesto, lo había regañado por no ser honesto. Bella siempre había sido una persona muy querida en su casa, así que no le había extrañado que siguieran sintiendo algo el uno por el otro.

Alice también le había reclamado el no mantenerla al tanto de todo el viaje, el no haberle contado de Bella, y sobre todo, el "ser un idiota" por no decirle la verdad.

Edward se había escapado al día siguiente a buscar a Bella a Seattle. Charlie lo recibió gustoso, pero le dijo que tenía tiempo sin ver a su hija y que el último mensaje había sido para felicitarlo.

Había sacado y guardado meticulosamente la ropa que Bella había olvidado en la maleta que compartían, incluyendo su sexy traje de señora Claus. Sus cosas mantenían su aroma y se estaba volviendo loco sin poder localizarla.

Sin saber exactamente lo que pasaba, Kate se había aprovechado de la situación emocional de Edward y, literalmente, lo acaparó en los siguientes días. Edward quería terminar con ella, pero estaba invitada en su casa para las fiestas y no sabía cómo hacerlo ahí mismo sin ser aún más cretino de lo que había sido con Bella. Se estaba volviendo un cobarde. Así que, tal como lo habían planeado, regresaron después de Año Nuevo, el mismo día, misma aerolínea, pero distinto vuelo.

Apenas regresar a Chicago, Edward habló con Kate, quien resultó toda una pequeña arpía aprovechada. Resultó que conocía a su vecino James desde antes y ambos habían planeado el acercamiento con Edward mientras mantenían un amorío a escondidas.

Edward lo supo cuando terminó con ella y "casualmente" James apareció en la puerta de su departamento haciendo comentarios extraños mientras Kate reclamaba alterada la falta de consideración de Edward. No le tomó mucho comprender lo que había entre ellos y lo estúpido que había sido perder a Bella por alguien a quien no amaba y que, además, había jugado con él.

Las siguientes semanas fueron una verdadera tortura. No había forma de encontrar a Bella. Había llamado hasta a su editora suplicándole por información, pero lo cierto es que ni ella sabía en donde se encontraba.

No podía creer que había perdido al amor de su vida, por nada. Todo había sido perfecto esa Navidad, excepto por haberle ocultado a Kate, y no imaginaba si habría una forma posible de que lo perdonara.

En un intento desesperado, Edward tomó sus cosas y dejó Chicago. Se mudó a Nueva York. Se había separado una vez de ella y no estaba dispuesto a hacerlo de nuevo, sin intentar nada.

Le había enviado a Charlie una carta para entregarle a Bella en cuanto la viera, esperando que en cuanto se pusiera en contacto con su papá, al menos tuviera una noticia de en dónde estaba, pero habían pasado ya tres semanas, y no había novedades.

Sabía en dónde vivía Bella, al menos hasta entonces no tenía información de que se hubiera mudado, así que, a pesar de saber que el departamento estaba casi abandonado, el mes estaba por terminar y decidió no esperar más.

El primer día le escribió una carta de disculpa y amor pidiéndole encontrarse en una cafetería cercana y esperó una oportunidad de ingresar al edificio para aventarla justo por debajo de su puerta.

Esto se convirtió en algo de todos los días. Le escribía, al menos una nota, otras veces algo más, siempre declarándole cuánto la amaba y pidiéndole encontrarse; a veces incluía alguna referencia a esa Navidad inolvidable para ambos en el Montana Inn y, a veces, recuerdos de su primera etapa juntos.

Cada mañana Edward se colaba al edificio y, tras tocar con la esperanza de que ella le abriera, lanzaba el sobre debajo de su puerta. Por la tarde, siempre acudía al café que le proponía en las cartas esperando verla llegar.

Uno de los primeros días de febrero se acercaba al edificio para dejar una nueva nota cuando la vio salir y quedó paralizado. Miró como ella subía a un auto negro donde al parecer ya la esperaba alguien y arrancó. No supo qué hacer. Estaba ahí. Ya había llegado a Nueva York y la tarde anterior no había aparecido en la cafetería por lo que supuso que tal vez habría llegado tarde o muy temprano ese día.

Decidió seguir su rutina y dejar la nota, pero esta vez con la esperanza de verla por la tarde. Estaba tan ansioso que ocupó la mesa de siempre, la que estaba junto al vitral que daba a la calle, casi dos horas antes. Pero ella… no llegó.

Estaba devastado, tanto que lloró. Pasó la noche y la madrugada abrazado a la ropa que aún conservaba de ella. Imaginaba que nunca lo perdonaría, que no quería saber nada de él y que esta vez la había perdido para siempre. Al día siguiente, no fue a dejar ninguna nota, ni siquiera se levantó de la cama, estaba deprimido y no sabía qué hacer. Las cajas de Chicago habían permanecido sin abrir desde que había llegado, así que consideró irse de Nueva York y regresar a Forks.

Esa tarde, solo por costumbre, fue por un café al lugar de siempre, aunque esta vez ocupó la barra, no tenía fuerza suficiente para mirar la calle sin verla llegar. Llevaba su iPod torturándose con música deprimente a pesar de que no quería pensar más en ello. Se terminó su café y estaba colocándose su gorro y chamarra para regresar por última vez al departamento que había rentado, cuando sintió que tomaban su brazo.

Se giró lentamente para ver de qué se trataba y cuando levantó la cara su mandíbula se abrió por la sorpresa.

—Edward —Bella pronunció su nombre mientras le quitaba los auriculares con suavidad.

—Bella… —Los ojos de Edward se llenaron de lágrimas. No podía creer que estaba ahí, pero no quería emocionarse falsamente.

—No pude llegar ayer —explicó mientras se sentaba a su lado—. Tuve una presentación de mi libro… —añadió dedicándole una mirada que pretendía reforzar su declaración ante el silencio en el que permanecía Edward—. Te busqué entre los asistentes —dijo mientras tomaba una de sus manos—. Quería que estuvieras ahí —afirmó recordando lo que le había contado aquella noche, y levantando la mano hacia el rosto de Edward.

—Yo… —Apenas pudo articular Edward— ¿Las cartas…? —indagó débilmente.

—No me dio tiempo de leerlas todas —reconoció—. Pero no hace falta… —hizo una pausa antes de sonreírle mientras pasaba su pulgar por los labios de Edward—. Has sido mi mejor deseo de Navidad y te amo.

—Te amo, Bella… Perdóname —Finalmente soltó Edward juntando su frente con la de ella mientras sujetaba con fuerza su mano y con la otra su cuello.

Bella no dijo más y se acercó para besarlo con suavidad. —No es necesario que me ocultes las cosas, Edward. Confía en mí.

—Te lo prometo —afirmó aún sobre sus labios—. Confía en mí. No quiero perderte nunca más.

—Yo tampoco.

—Te amo.

—Te amo.

.

FIN.


Mil gracias por leer la historia!

Espero que les haya gustado!