Hetalia no nos pertenece, ni ninguno de los personajes utilizados en estas historias.
Summary: Sebastián tiene un diente suelto, ¡y adivinen quién se ofrece para sacarlo! ArgUru. UA.
¿Recordás aquella vez... que lloraste como nena?
Sebastián va de la mano de su madre cuando llegan a la casa de tía Chiara. ¡Es su cumpleaños! Eso significa dulces y ver a toda la familia. ¡No puede esperar a decirle a su abuelo todo lo que le han enseñado en el colegio! Seguro quedará muy sorprendido cuando le muestre cuáles son las notas musicales. De hecho, Sebastián está tan grande que él mismo escribió lo que su madre le dictó en la tarjeta que llevan para la tía Chiara.
Martín está lloriqueando con que no quiere poner la mesa acá en el jardín y Chiara ya le jaló las orejas lo suficiente para dejárselas rojas. Es un insufrible su hijo, o es que ella no tiene paciencia.
—¡Lo voy a hacer solo porque quiero seguir viendo tele! —se oye el grito por todo el comedor, y Martín saca los platos con mucho cuidado y pone los los vasos, enrolla los cubiertos en las servilletas y acaba. Está todo arregladito. Con zapatos de charol y el cabello bien peinado... Aunque le sobresale un rulito que nunca se está quieto.
El abuelo Marco, patriarca de los Vargas (y realmente el único hombre con ese apellido en la casa ya que sólo tuvo hijas), se ríe de Martín y le hace un gesto para que se acerque, desde su sillón en el interior porque es otoño y el frío, aunque se cuela por la puerta abierta, es menor adentro que afuera. Esconde en la mano que tiene tras la espalda un chicle de contrabando.
Martín se acerca con el abuelo... Con un puchero.
—¿Vos también?
—¿Yo también qué? —se aguanta una risa, con el chicle escondido en la mano tras la espalda. Martín se le trepa y se sienta en el regazo del abuelo.
—Vos también querés gritarme porque haga algo... Esta es una casa de locos, viste.
—¡No! ¿Por qué...? Ah... Sí, eso debió decírtelo tu madre, ¿pero no crees... —le acaricia el cabello, sin despeinarle demasiado o Chiara le regañará a él—, que es mejor hacer feliz a tu mamá el día de su cumpleaños? —le muestra el dulce.
Afuera, Sebastián estira la mano para tocar el timbre del portón, feliz porque antes, ni siquiera de puntitas, lograba llegar.
Martín tuerce una mueca y asiente, hacerla feliz es lo que quiere, la ama, de todas formas aunque sea fea cuando no lo deja usar el PlayStation. Agarra el dulce que su abuelo le muestra y sonriiiiieeeee.
—Vos sabés como cambiarme el humor, Marco —le abraza—. Además que son de mis favoritos...
Los chicles de colores que le ha dado. Sus favoritos.
Chiara oye el timbre y maldice porque no llegó a sacar el pastel de espinacas del horno, que es el plato de entrada.
—MARTÍN, ¿HABÉS PUESTO LA MESA?
Sebastian mantiene apretado el timbre hasta que su madre, Felicia, le dice que se detenga.
—¿Qué le dirás a tu tía cuando la veas?
—¡Felices cuarenta años! —responde Sebastián muy contento, sin tener ni idea de que esa frase aprendida es para molestar «inocentemente» a Chiara.
—¡Yo abro! —avisa el abuelo Marco, dándole una palmada a Martín en la espalda para que se baje—. Movete, pibe... Te ha faltado la alcuza, andá a ponerla antes que se dé cuenta.
Martín desenrolla sus brazos de la paaaaanza de Marco y se baja de sus piernas, abriendo el chicle y metiéndoselo TODO a la boca. Chiara corre y observa la mesa... Notando que falta la alcuza.
—¡MARTÍN!
Igual no tiene tiempo de regañarlo, abre la puerta de calle y se arregla el cabello. El viejo se ríe, levantándose a su vez y estirándose. Camina a la puerta, tranquilamente. —Dejá de gritarle al niño, mujer —se ríe.
Felicia salta a los brazos de Chiara.
—¡Hermana querida, tanto tiempo sin verte! —una semana. Le da un beso en la mejilla.
—Felic... —le corta el saludo con esa efusividad con que le salta encima—. Ah, ah... ¡Hola! —se la trata de alejar un poco. Martín no cumple con poner la alcuza y corre a la puerta. Felicia no suelta tan fácilmente a su hermana.
—¡Estás tan linda, Dios te bendiga! ¡Qué hermosa! —se aleja lo suficiente para poder verle la ropa, mientras Sebastián las mira asimilando toda esa efusividad desde lejos.
Martín tira de Sebastián.
—Sebita! Hola!
Chiara rueda los ojos y se sonroja un poquito por los halagos.
—Bueno... Pero, pasa, ya —la atrae a la casa—. ANTONIO, VAFFANCULO DI MIERDA, ¡BAJA YA!
—¡Ya voy, ya voy! —Antonio, en la parte alta de las escaleras, termina de anudarse una corbata. ¿Por qué tanto afán en vestirse bien hoy? Baja las escaleras—. ¿Ya llegaron? —pregunta, agachando la cabeza para mirar lo más pronto posible.
Seba reacciona al sentir el tirón siguiendo a su primo.
—Primo —le abraza, apretando la cara contra el esternón de Martín, probablemente, más de acciones que de palabras. Martín se ríe y le acaricia el cabello.
—Mirate a vos cómo has crecido, ¡eras una pulga!
Chiara debe estirarse un poquito para cerrar la puerta, aun abrazada a Felicia.
—Entrá con el nene, Martín —ordena.
Felicia mira a Chiara un momento más, muy sonriente, y entra, dirigiéndose de inmediato a saludar a su papá, muchos abrazos y besos.
—Pero si ya te estoy alcanzando —se queja Sebastián, poniéndose la mano en la frente para ver hasta donde le llega a Martín. Éste tira de Sebastián.
—Vení, vení...
—¿A dónde? —da un paso al lado.
—Entremos a la casa... La vieja está que me grita por eso —le saca la lengua a Chiara, quien le fulmina y luego fuerza una sonrisita para saludar a João. Seba toma de la mano a Martín para que le lleve a donde le indica, mientras Antonio espera su turno para abrazar a Felicia muy fuerte, como si fuera su propia hermana.
Luego Felicia, entre chácharas a Antonio, se mete en la cocina a ver la comida (y cuidado, porque a Antonio le gusta sacar pedacitos de lo que encuentre). Chiara entra a la casa con João y cierra la puerta.
Martín se lleva a Sebastián, muy hiperactivo, a la sala. Van corriendo. Sebastián le sigue con los ojos muy abiertos sin soltarle, absorbiendo tooooodo lo que ve: Los adornos, los colores, los olores, la luz.
Deben llegar y Martín se trepa, como si la vida se le fuera en ello, a los muebles graaaaandes y gordos, llenos de cojines.
—Subite, ¿podés?
Sebastián se suelta y se pega en las rodillas intentando seguirle . Se detiene un momento y le extiende la mano.
—Este... Son más altos que los de mi casa —se excusa, esperando que le ayude. Martín extiende la mano para agarrar la de Sebastián y tira fueeeeerte de él.
—¡Sos muy chico aún! —muajajaja.
—¡No! —exclama Sebastián, trepándose—. Mirá esto —se levanta el pantalón y le muestra un arañazo en la piernita. Es una marca de valientes y grandes.
—¿Cómo la conseguiste? —Martín con los ojos como platos.
—Jugando a la pelota —muy orgulloso, se pasa una mano por el pelo y titilan brillitos.
—Yo tengo una más grande —la competencia...
—Mostrámela —Sebastián se cruza de brazos como ha visto hacer a su padre. Martín se levanta la vasta del pantalón y le muestra un arañón desde el tobillo hacia arriba, unos diez centímetros. El menor se inclina a verla.
—Es grande... ¿Te dolió mucho? —toca la costra y la resigue, con curiosidad.
—No me dolió —miente, lloró como una magdalena—. Porque soy fuerte.
—Una vez mi mamá se hizo una herida así en un picnic y tampoco lloró —jum, jum, jum, no me impresionas—. No, era así y más grande, le llegaba hasta el rodillo —se apoya contra el respaldo del sofá.
—¡Mi papá una vez se cortó cuando estaba en el baño, en la barbilla y tampoco lloró! —jum JUM, se apoya cerquita a él, mirándole a la cara, sin bajarse el pantalón a su estado original.
—Mi papá también se corta la barbilla y no llora —responde más bajito, y se piensa algo mejor—. ¡Ah! —se tapa la boca, porque no quiere decírselo a Martín porque a Martín ya le faltan dientes.
—¿Qué? —su mirada es más curiosa, le lleva las manos a la cara—. Sos un cuatro ojos —y las pone sobre las manos de Sebastián.
—¡Mentira! ¡Tengo dos! —le siente las manos tibias que ahora, junto con las suyas propias, le esconden un puchero triste. Odia sus lentes. Su mamá dice que los necesita para ver la televisión y la pizarra, pero él los odia. Nunca en toda su vida los había necesitado, ¿por qué ahora debía usarlos, y además, cuidarlos?
—No. Tenés cuatro con los anteojos —le aprieta las manos—. ¿Qué escondés, Sebi? Yo me entero de todo.
—Nada —se chupa los labios, para ocultar más su boca, mirándole a los ojos. Sin quitar las manos, obviamente. Martín entrecierra los ojos, con un presentimiento. Le busca quitar las manos de la boca.
—¡Ya sé lo que escondés! Y no te escaparás de que yo lo vea —tantea terreno.
—Nooooo —se ríe, nervioso—. Lo va a ver mi abuelo —gira el rostro y da unos pasos hacia atrás, pisando los cojines del sofá . Su madre nunca se lo ha prohibido, por lo demás. Martín, de rodillas, busca agarrarle de alguna prenda para que no se vaya.
—¡Lo veré yo primero! ¡Mostrame, mostrame, mostrame!
Sebastián duda un momento... Es que el hecho en sí le llama mucho la atención y Martín ya lo ha vivido.
—Vení conmigo donde el abuelo y se lo muestro a ambos —tranza.
—Está bien —los chicos son tan fáciles de convencer. Salta del mueble al piso, Jesús, y por suerte no cayó de nariz contra la mesita de centro. Sebastián piensa el salto antes de darlo, y en cuanto tiene los dos pies en el suelo, empieza a caminar al comedor, mirando hacia Martín para asegurarse si viene con él.
Martín le sigue, observándole la espalda.
Los adultos de encuentran en la cocina, así que Seba empuja la puerta y mira hacia arriba, sin entrar, buscando a su abuelos. Antonio está apoyado en un mueble, frente a Felicia, que relata algo moviendo mucho las manos. Chiara ha servido copitas de vino para todos, ella está tomando una. Oyendo el relato de Felicia.
Martín se le adelanta.
—¡Marco!
—¿Qué ocurre, campeón? —pregunta el abuelo, dejando la copa a un lado por si el niño se le tira encima. Sebastián se queda detrás de Martín, mirándolos a todos.
—Vení que te queremos mostrar algo...
—¿Es algo...? —Marco no termina la frase, suponiendo de antemano que rompieron algo y por eso quieren hablar con él a solas y no enfrente de las madres. Niega con la cabeza, sonriendo. Se excusa con los demás (Felicia está pronta a preguntar si pasó algo), y cierra la puerta detrás suyo. Chiara le lanza una mirada de advertencia a Martín, «Pobre de vos». Sebastián infla el pecho, muy orgulloso por lo que va a revelar.
—¡Sí, de Sebi! No sé que es... Me dijo que esperásemos por vos y ahí me diría...
—Veamos —Marco se acuclilla (las rodillas le crujen) y asiente con la cabeza—. ¿Qué pasa, Sebastián? ¿Quieres que llame a tu mamma? —le hace un gesto al menor para que se acerque, pero éste sólo avanza un paso, sin abrazarle.
—No. Mi mamma me mandó que hablara con vos, porque dice que sos el mejor para sacar dientes —le explica.
—¡Ihhhhh! —sorpresa mal disimulada de Martín. Marco levanta las cejas.
—¿Tienes un diente suelto? —Sebastián asiente—. Abre la boca.
El niño obedece, y se señala una paleta.
—¡Se lo quito yo! —Martín ya se posiciona.
—¡Buena idea! —alienta su ABUELO QUE SE SUPONE ES UN HOMBRE RESPONSABLE, así que Martín se ríe, saboreando la victoria y le va a llevar las manos a la boca... Solo un poco más... Cerca...
Hasta que Seba le cierra la boca. Martín, como es lógico, reclama.
—Sebi... ¿Pero que pelotudez ha sido ésa? —ya empezamos con las malas palabras a esta edad. Luego se tapa la boca él.
Y a buena hora, porque su abuelo lo mira con ESA mirada de «si tu madre te escuchara... Sería terrible que alguien le fuera con el chisme».
—Yonodijenada —mira al abuelo, aun tapándose la boca. Marco alza MÁS la ceja para Martín.
—Abre la boca —comanda a Seba, sin dejar de observar a Martín—, yo les enseñaré cómo hacerlo. A los dos.
Sebastián no sabe si reír u ofenderse ante Martín. Mentalmente se dice que, si hace algo que no quiera, lo acusará con su mamá por las malas palabras. Martín baja las manitos con miedo y mira de reojito a Sebastián.
Éste vuelve a abrir la boca. Marcos le sostiene la mandíbula y le mueve despacito con un dedo la paleta.
—Mmm... Necesito una segunda opinión —les informa, mirando el dientecito blanco—. Martín, ven y dime si crees que está lo suficientemente suelta.
Obviamente no necesita ninguna segunda opinión, ya habiendo determinado que aún le falta al dientecito, pero le gustan las actividades con sus nietos.
Martín se relame los labios y se emociona, sonriendo y mostrando que le faltan los dos dientes de adelante. Estira un dedito para probar el dientecito de Sebastián...
—Mmm... Cuando mi diente, éste... —abre la boca y se señala uno de lps faltantes—. Estaba flojo, igual a éste, me lo quité yo solo —mira a Sebastián a los ojos—. Viste, Marco, ¿vos te acordás?
El abuelo asiente.
—Y no lloraste ni nada —le alaba.
Sebastián entra en pánico con esa declaración de Martín.
—¿Y... Dele? —le pregunta, sin hacerle quitar la mano.
—Eso es porque soy re grosso, abuelo —ya comienza la pose de divo—. No... No duele tanto, sólo es un arrancón —hace el gesto con sus manos. Sebastián abre más los ojos, y le pone las manos en el pecho para alejarlo, arrepintiéndose.
Martín prueba más el diente de Sebastián, acercándose mááááás, y Sebastián, al ver que falló, mira angustiado a su abuelo, que le está indicando a Martín cómo debe soltar el diente.
—Cuando esté más suelto, lo girás así —le hace el ejemplo en el aire—, sólo un poco.
Martín sigue moviendo el diente, para despegarlo más... Sonriendo con los ojos grandes de Sebastián.
—Relajate.
Su primo le pone las manos en los hombros, levantando más la barbilla para que a Martín se le facilite lo que hace, sin atreverse a hablar. Martín gira de cuando en cuando el diente cada vez que se afloja más.
—Una buena forma de aflojar un diente es moverlo con la lengua —les instruye su abuelo, con una sonrisa—. Lo mueves, lo mueves, lo mueves, como en una lucha cuerpo a cuerpo —hace movimientos con el cuerpo—, hasta que cae al suelo, derrotado —hace la mímica.
—Tin... —le llama Seba, y traga saliva. Martín se ríe porque oyó el «bum» del peso de su abuelo caer al suelo.
—¿Querés moverlo con la lengua, Seby? —pregunta, sin dejar de intentar con el diente, ya le agarró maña. El abuelo Marco se sienta en el suelo, con los brazos en las rodillas, cual si todavía fuera un jovencito italiano cargador de barcos.
Sebastián toma a Martín de las muñecas para quitárselo de la boca, firme, pero gentil, y vuelve a tragar saliva. Se mueve el diente con la lengua, y se llena de nervios al sentirlo tan suelto.
—¿Tengo sangre? —le pregunta a Martín.
—No, no tenés sangre —baja sus manos despacio, con los ojos pegados a la acción de Sebastián, listo para seguir ayudándole con el diente.
—¿Seguro? —traga saliva y se lame la encía—. ¿Le falta mucho? Che... Quiero verlo —se arregla los lentes. El abuelo Marco se levanta del suelo, se limpia los pantalones y anuncia:
—Sigan ustedes, y cuando lo saquen, su nonno hará la salmuera —se estira la cadera, hasta que cruje.
—Lo vas a ver cuando lo saque... —Martín se muerde el labio y busca aflojarle más el diente—. O podemos ir al baño, allá hay espejo —oye a su abuelo y asiente—. No te preocupés yo me encargo del pibe —ya se cree grande.
—No lo pierdan —les advierte el adulto, y se devuelve a la cocina, donde Felicia le mira, preguntándose internamente qué querían los pibes.
—Vamos al baño —le pide Sebastián a su primo, quitándole (otra vez) la mano con suavidad.
—¿Hoy te quedás a dormir? —pregunta Martín para el otro, así esperan juntos el ratoncito de los dientes, dejándose, caminando rumbo al baño, después de preguntarle.
—Tendría que preguntarle a mi mamma —y luego agrega, pensativo—. No traje pijama ni cepillo de dientes —se agarra de la baranda de la escalera para subir.
Martín sube más acelerado.
—¡Voy a llegar antes que vos y me quedaré con lo que te deje el ratón! —chilla.
—¡Es mi guita! —exclama Sebastián, apresurando el paso (sin soltar la baranda, y menos mal, porque se medio resbala a la mitad)—. ¡No, Martín! —se desespera al verlo más arriba que él.
—Ya estoy a punto de llegaaaaaaaaaar —voltea a mirarle y... Baja un poquitititititito la velocidad. A Sebastián se le aguan los ojos, mientras intenta subir más rápido (aún sin soltarse de la baranda)—. ¡Seby! —igual Martín no deja de subir, pero se preocupa porque su primo vaya a comenzar a llorar y le echen la culpa a él y lo castiguen y se joda todo. Ups, otra mala palabra. Bueno, nadie escucha, son sus pensamientos.
—¡Dejame! —Sebastián se pasa una mano por los ojos, quitándose los lentes y deteniéndose unos peldaños más abajo.
—Seby, no... —duda en bajar, pero termina haciéndolo, para abrazarle. Sebastián deja de secarse las lágrimas, y le abraza un poquito de vuelta.
—Vos... —le murmura.
—Shh... shhh —le da palmaditas suavecitas en la espalda y se aleja después, limpiándole las lagrimitas que puedan quedarle.
—Vos sos re tonto —le dice el menor, lento y con cierta malicia, antes de echarse a correr arriba. ¡Y eso justo era lo que se temía Martín! Suelta un gritito y vuelve a correr hacia los escalones.
Arriba, el menor se sonríe, ya llegando, sube sin afirmarse de la baranda ¿podemos llamarlo sus primeros pasos independientes? Martín, todo rojo y con el corazón a punto de salírsele del pecho, llega al lado de Sebastián. Aunque no se detiene, y sigue corriendo hasta el baño.
Sebastián apenas se detiene a pensar y le sigue, apuradísimo.
—¡Dijiste el que subía primero! —le recuerda, antes del doloroso final. Martín se aferra a la chapa de la puerta, como si la vida se le fuera.
—¡Pues ya las cambié, viste! —medio molesto con que Seba le haya hecho esa jugada, buah.
A Sebastián los lentes le molestan, no se los puso correctamente, y al ver que ya perdió, deja de correr, absolutamente ofendido.
—¡Y gané! —grita Martín y abre la puerta, con algo de esfuerzo porque es de esas manijas pesadas y viejas—. ¡Vení!
Cruzado de brazos, el otro camina leeeeento hacia el baño.
—Claro, claro. Me querés sacar el diente por la guita, bárbaro —se queja en voz alta.
—¡Sí! Ni que fuera pelotudo... —admite Martín con una sonrisa de superioridad sólo para Sebastián. Entra al baño, luego y busca prender la luz. Sebastián se queda en el umbral, intentando fruncir el ceño.
—Entonces me vuelvo a mi casa con mi mamma —decide. Martín se sube a la tapa del water para llegar al interruptor y cuando prende la luz, de un salto, baja al piso. Caminando hacia Sebastián.
—Pero... Vos no venís hace tiempo... —hace notar—. Ni te he enseñado mis nuevos juegos para la Play —estira su brazo y le agarra la mano.
—Mi diente no vale eso —dice Sebastián muy seguro, dándole la mano y descruzando los brazos—. Vale mucha más plata, es una pirla, ¿ves? —quiere decir perla—. Con tanta guita me compro una Play y una DS.
—Y bueno... —Martín se encoge de hombros, no tiene mucho más para ofrecer—. Podemos compartir la guita, ¿que decís? Y compramos dulces y juegos —le aprieta la manito.
—Dale, pero me compartís tu siguiente diente vos, ¿no? —acepta, dejando que le guíe al lavamanos.
—Bueno, pero sólo con vos —susurra, caminando con él. Esta vez no tendrán que treparse, ya que el espejo es aaaaamplio y largo (Chiara necesita verse completa luego de la ducha, ¿ok?).
—Trato —Sebastián sonríe frente al espejo y se inclina hacía adelante, mirándose el diente—. Qué nervios me da, che.
—Yo te lo quito —Martín se sienta al borde del lavamanos y busca llevar otra vez las manos a su boca—. Abrí grande.
El menor le obedece, mirándose al espejo en todo momento. Martín debe seguir intentando aflojar el diente unos minutos más, concentrado en su tarea... Hasta saca la punta de la lengua por el borde de la boca. Sebastián, de la nada, comienza a respirar más rápido, y le hace a un lado la mano por tercera vez.
—Dejame a mí —se lo toca un poquito más, está tan suelto que un tironcito lo sacaría—. ¿Cómo te los sacaron a vos?
—Yo me lo saqué empujándolo fuerte con mi lengua —le mira a los ojos y luego a la boca. Contemplándolo.
—¿No... No hay otra forma? ¿Y si me lo trago? —está nervioso.
—No... Estoy aquí para que eso no pase, no te lo tragas.
—¿Y no duele? ¿Seguro totalmente? —empuja tentativo con su lengua.
—Sentilo y decime si te duele.
—Lo siento raro —le confiesa Sebastián y suspira antes de lamentarse—. No se va a salir nunca, tendré el diente colgando para siempre.
—No... —Martín le acerca otra vez los dedos para aflojarlo y, en una milésima de segundo... Arranca el diente, porque ya estaba para eso. Sebastián pega un respingo, y de la impresión no sabe si gritar, enojarse, llorar o estar feliz.
—Mi... Mi...
Martín tiene el diente entre sus dedos y observa a Sebastián con los ojos como platos.
—Mi... Mi dien... —sigue balbuceando Sebastián, que se pasa la lengua por el agujerito y ante esa nueva sensación... Empieza a lagrimear porque se lo quería sacar él, era importante que se lo sacara él, y Martín, cómo no, se lo arruinó todo. Como siempre.
—¿Te duele? —Martín parpadea, jugueteando con el diente entre sus dedos... Se lo acerca a los ojos para observarlo muuuuuy de cerca—. Tiene un poco de sangre, ¿sabés? —vuelve la mirada a Sebastián y le ofrece el diente, para que lo vea.
—¡¿Sangre?! —Sebastián entra en pánico, y le corren las primeras lágrimas... Acompañadas del hipo reglamentario.
Martín aprieta el diente entre sus manos y le da un beso en la mejilla, sintiendo sus lágrimas.
—Lo quiero —hipo—, de vuelta —le confiesa Sebastián. La carne sin diente se siente horrible, lisa, como viscosa, ¡parece un bicho!
Martín asiente y busca su manito para entregárselo ahí.
—Ahí lo tenés y no dolió mucho... —consuela para que se le pase el mal rato. Sebastián mira el diente. Y lo ve tan pequeñito y tan blanco.
—Él no tenía la culpa —le salta el pecho hip hip, y aprieta el puño, no se le vaya a perder su dientecito.
Chiara, abajo, le pregunta a Marco por los niños, que ya están por sentarse a comer y van a servir la entrada. El hombre le responde que los había dejado allí abajo, pero que escuchó pasos en las escaleras.
Ella rueda los ojos y camina hasta los pies de la escalera.
—¡MARTÍN! ¡SEBASTIÁN! BAJEN AHORA, YA VOY A SERVIR.
—¿Es mi tía? —pregunta Sebastián, limpiándose las lagrimillas con el puño, en absoluta actitud de «aquí no ha pasado nada». Martín asiente.
—La vieja, ¿bajamos ya?
—Dale... —sonríe—. ¡Quiero mostrarle el diente a mi papá! —exclama, saliendo del baño. Martín le persigue, muy ágil, sonriendo.
—¡También decile que lloraste como una nena!
Gracias al Anon por pedir un ArgUru de niños :)
Güiña quiere comerse a lametazos a esos dos.
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