Yo no poseo ninguno de estos personajes. Todo pertenece a los dueños de Shingeki No Kyojin

|| Lemon. Dulce lemon. Disfruto escribiendo esto mmmfmfmf {?}

• Miedo •

No había nada que le inspirara tanto temor como su marido, esa incertidumbre de la clase de persona que era la estaba matando, más aún la duda de saber que había pasado con su anterior esposa, la muy mimada señora Marianne, a esa que si amaba y qué seguramente no maltrataba. ¿Qué sería de ella que no era amada? Ni siquiera parecía tener un ápice de empatía con ella. Toda la tarde estuvo en cama, preocupada por todo eso que no fue capaz de probar alimento luego del desayuno, hasta la noche cayó en cuenta que no había comido absolutamente nada más, el dolor de estómago por hambre, justo pensaba en llamar a Annie cuando su esposo abrió la puerta, le dedicó una mirada de desprecio bastante notoria para después dirigirse al baño.

Petra se quedó helada, ¿tendría el valor de preguntar y salir de sus dudas? ¿Se quedaría con el eterno miedo de morir a manos de quién debería protegerla? Terminó dando la espalda al lugar de Levi, no quería toparse con la mirada enajenada del azabache, así que cerró los ojos y rogó que no se repitiera la escena dónde la tomó por la fuerza, estaba segura que estaba lo suficientemente cansado para no necesitarla. Así que optó por intentar dormir, ¿Sería posible enamorarse de alguien si no la hubiesen casado por interés? Su esposo no era un hombre feo, pero daba miedo. Entonces empezó a dirigir sus pensamientos a esa sonrisa abrumadora de Reiner Braun, tenía un brillo maravilloso en los ojos, sin duda le recordaban al sol, tan llenos de vida. Cuándo se descubrió en aquello el remordimiento le vino encima, por más deslumbrante que fuese, ella era una mujer casada y su amor debería ser solo para él. Por más prometedor que sonase pensar en una vida distinta. Los minutos pasaban y su esposo no salía del baño, seguro se había dormido en la tina, no era algo tan malo, el miedo se mantenía a raya con la distancia entre ambos.

|| Levi

En ningún momento recibió nada de su esposa, no directamente de ella, más sí unas peticiones del padre de Petra, sin dudas era un juguete bastante caro que debía desquitar, el dinero no importaba mientras ella le diera un hijo, además que el tiempo se estaba agotando y no le gustaba la idea de perder la otra parte de su herencia. El agua tenía un delicioso toque templado, ese era el modo en qué le gustaba, por eso casi nunca pedía que le preparasen la tina con menos de dos horas de anticipación, así el agua hirviendo perdía su intensidad hasta quedar en ese punto que para él era el paraíso.

Estaba tan cómodo, qué, sin intención empezó a recordar acerca de la noche anterior, las redondeadas nalgas de su mujer, pálidas y de esa forma que podían enloquecer a cualquiera, ofreciendo su virginidad a él, solo a él. Las palmadas que dejó sobre ella eran una mera forma de marcar lo que era suyo y no dejaría ir hasta obtener todo lo que deseaba, incluyendo al hijo. Quizá la conservaría, por el mero hecho de haber sido el hombre que la despojó de su pureza, no lo notó, pero su miembro viril se mostraba erecto, ya se marcaban levemente las venas que indicaban ese grado superior de excitación, el cabello azabache se dividía sobre la frente en mechones pegados por el agua, esta escurriendo como una caricia sobre su rostro normalmente apacible, ahora estaba poseído por eso pagano espíritu de la lujuria que marcaba debería tomar a su mujer, hacerla suya de nuevo pero ahora habría de probar cada rincón de esa piel, del cuerpo que ahora mismo yacía sobre su cama.

Salió de la tina pero no era tiempo para esperar, decidió medio secarse, no se puso absolutamente nada encima, dejando ver ese cuerpo delgado pero bien trabajado, pero lo más notorio era ese erecto falo que clamaba por la estrechez de la fémina, se metió bajo las sábanas sin dudarlo ni un instante. Su libido arrasó con la línea imaginaria entre ambos espacios, la respiración calma de Petra solo le incitaba más, ella olvidó apagar su lámpara, pero era perfecto porque quería que lo observara bien mientras se adueñaba de ella. Se apegó a Petra por la espalda, dejando que sintiera su erección entre las nalgas, aunque esa odiosa bata separara ambas pieles. El cuello descubierto de su mujer fue el primero en sentir la calidez de sus labios, suaves, pasionales y agrestes al mismo tiempo, deslizó la diestra entre la tela de su bata, apenas pudo la levantó hasta sus pequeñas tetas, acariciando estas con el mismo desespero. Intercalaba entre una y otra, apretujando esos suaves pezones entre los dedos, empezaban a ponerse duros, Levi disfrutaba el cuerpo de la castaña mientras ella despertaba, con esos breves jadeos y temblores que lo hacían estremecer, la piel erizada de su mujer demostraba que empezaba a disfrutar de sus pasionales caricias, empujaba el pelvis hacia adelante, quería que lo sintiera más, qué ella misma desease tenerlo dentro. La zurda la mantenía sujetando a Petra por debajo de su cuerpo, aferrando a sí lo que le pertenecía, los besos en el cuello de la fémina ascendían sin compasión, marcando el área con algunas mordidas y chupetes, marcas de pasión que no se irían en una noche.

La diestra descendió por el vientre plano de su mujer, metiendo esta entre la ropa interior y su piel.

• Deseo •

La mano travieso de Levi jugueteó en la intimidad de Petra a como le vino en gana, abrió los labios vaginales con índice y anular, dejando que el dedo medio acariciara el clítoris hinchado de la menor, estaba húmeda y muy caliente, el azabache no tenía piedad, pues después de eso, se le ocurrió dejar en paz su clítoris para penetrarla con el dedo índice, el estremecimiento de la castaña pudo sentirlo hasta él, Petra gemía por lo bajo, aunque cuando introdujo también el dedo medio, empezó a ser más audible, lleno de ese deseo que se sentía en su piel caliente.

Levi dejó de manosearla para colocarse de rodillas frente a ella y entre sus piernas, se inclinó sobre ella para empezar a desabotonar la bata, ella colaboró y la retiraron del todo, de igual manera la ropa interior y al fin estaban así. Desnudos frente al otro, mostrando lo que Dios les dio. Petra, tan inexperta y llena de ansías, olvidó por un momento los miedos que Levi le inspiraba y la mirada se fijaba en el grueso miembro del mayor, los latidos de su corazón iban al mil por hora mientras él observaba sus pechos pequeños, esos labios embriagantes y el toque de inocencia que su rostro agregaba al cuadro, el azabache se movió un tanto hacia atrás para inclinarse sobre ella, el rostro quedó en el área íntima de su mujer, ella lo miraba por el espacio entre sus pechos, el sonrojo inminente se apoderó de sus mejillas pues no tenía ni idea de lo que seguía, pero esa mirada de Levi le hizo estremecer, lo siguiente que sintió fue el aliento cálido del mayor. – Cuándo quieras que pare… Dímelo. Cuándo quieras que te folle… Pídelo por favor. – El tono burlón de él no parecía un juego, pero cuando sintió la lengua en su clítoris fue como si liberasen mil sensaciones al mismo tiempo en su cuerpo. Él disfrutaba el sabor levemente ácido de ella, ella se llenaba de sensaciones placenteras que jamás había experimentado, se ponía más y más húmeda mientras relamía con la punta de la lengua el clítoris, luego metía índice y medio en la estrecha cavidad de Petra. La castaña se retorcía de placer, gimiendo por lo alto, su cuerpo no soportaba tanto placer junto, hasta unos tirones en la estrechez de su coño por el deseo de ese falo que estaba ahí, esperando para entrar en ella – Por favor… Fóllame. – Dijo la menor en un jadeo, su pecho subía y bajaba mientras el azabache se acomodaba más al frente, ascendiendo en un camino de besos sobre el vientre, pechos, cuello y al final, un intenso beso a los labios. Ambos cerraron los ojos, compartiendo los restos del sabor íntimo de Petra, a quien no le molestó en lo mínimo y se abrazó al cuerpo de su hombre.

Levi hábilmente metió su zurda entre ambos cuerpos, así la movió hasta su falo, tomando este de la base, así guió el glande al coño húmedo de la menor, con un movimiento de pelvis al frente pudo meter hasta la mitad, sintió cómo ella se sobresaltó, luego continuó y ahí empezaron a entregarse, él la besaba entre penetraciones y ella sucumbió un par de veces ante su esposo, mantuvo el azabache el ritmo un rato, hasta que en el tercer orgasmo de Petra, su cuerpo cedió, lleno de placer, musitaba – Mía… Eres mía, Petra. – Ella no decía más, pero sus gemidos confirmaban las palabras ajenas. Se dejó caer al costado, robó un último beso a los suaves labios de Petra y ella durmió entre sus brazos.

• Reproches de un misterioso pasado •

Por la mañana, Levi seguía dormido abrazado a ella, Petra despertó más temprano, pero no quiso ni moverse, estar entre sus brazos le hizo olvidar por completo la sonrisa de Reiner Braun, o cualquier idea de la vida lejos del matrimonio forzado, por primera vez en días se sentía lleno ese hueco en el pecho. Él despertó un poco después, dejó un beso sobre su cabeza creyendo que estaba dormida y se dirigió el baño, todavía desnudo. Petra sonó la campanilla para que Annie fuese a atenderla. Ella llegó de inmediato, la sonrisa de Petra era notoria, Annie, por otro lado llevaba los ojos con unas ojeras leves. Levi salió del baño para pedirle que preparara la tina para ambos, pero ella se notaba preocupada. – Señor… Tiene visitas desde anoche, solo que… No quiso molestar y me pidió que le avisará a esta hora. – Él se notaba despreocupado ahora en bata de seda azul oscuro. – Uhm ¿Quién es? – La muchacha pasó saliva antes de responder – La hermana de la señora Marianne. – La sonrisa de Petra se fue por completo, la cara de Levi era de total desconcierto. – Pasó la noche en la recámara de huéspedes del tercer piso, la del ala derecha. – El se quedó impávido, no sabía ni que decir. Los temores de Petra regresaron en un santiamén, sorpresivamente le pidió a Annie que se fuera mientras el señor se vestía, Levi asintió y la mucama se fue. – Esto… Sobre "esa" hermana de Marianne… - Añadió él, pero Petra agarró valor e interrumpió a su esposo, intentando enfrentar de una vez por todas. – Es la mujer que se te acusa de asesinar, ¿verdad? Háblame… con la verdad. ¿Mataste a la hermana de tu huésped? – El rostro de Levi ahora representaba sorpresa e ira, casi se le veía temblar de coraje. – Tú …¿Crees que sería capaz de matar a la única mujer que he amado? – El hueco en el pecho de Petra regresó, más profundo y doloroso. – No creí que te fiaras de habladurías pero ¿qué podía esperar de una mujer qué casi me vendieron? – El shock de la menor se reflejaba en sus ojos, de nuevo la sensación de ser tratada como basura "¿Lo de anoche no significó nada?" pensó ella. Levi se le acercó y la sujetó por las muñecas con mucha fuerza, apretujando con mucha fuerza, la mirada de desprecio era tan notoria qué le caló en lo más escondido de su alma. – No eres más que una niña sin cerebro. – La soltó y se fue quien sabe a dónde, después entró Annie por algo de ropa del señor, pero sin ver a Petra quién estaba hundida en su soledad, dolor y autoestima baja.

Ella se vistió sola, un vestido de algodón largo, casi nada de aditamentos, botas y un sombrero que alguna vez fue de su madre, de esa que no conoció. Emprendió camino a una de las áreas de jardín, la más alejada de la casa, por donde pasaba un riachuelo y ella no tenía ni idea.

El agua corriendo le hacía mayor honor a sus lágrimas, aunque el sonido llegaba a calmarle, los empleados solo la habían visto pasar sin preguntar más, estaba sentada sobre el pasto, el día nublado parecía un reflejo visible de su estado de ánimo. La mente de la castaña jugaba con sus emociones, las primeras gotas de lluvia empezaron a mojarla, pero Petra no quería irse, estaba lavando ese cúmulo de emociones que tenía. – Una mujer elegante no debería andar bajo la lluvia. – Espetó Reiner Braun mientras usaba un paraguas para cubrir a Petra, ella medio giró el rostro para verlo. – Señor Braun. No esperaba verlo. – Él notó el dolor en sus ojos, para compensarla por Levi le dedicó una sonrisa, como siempre que parecía no tener escrúpulos el azabache. – Si gusta podemos caminar, conocer más de usted, con todo respeto, claro. – Ella asintió y Reiner le ayudó a ponerse en pie, el vestido tenía algunos manchones de lodo. Él rió para evitar la vergüenza que la fémina pudiese sentir. Además de hacerla olvidar sus penas, Reiner gustaba de ver a Petra, pues según él, nunca vio a mujer más hermosa y delicada. La caminata fue larga, la lluvia y el lodo les salpicaba a ratos, pero, Petra pudo por un rato ignorar las palabras de un hombre furibundo que lograba llevarla al cielo o infierno dependiendo de su actitud.