Summary: Entre las clases y las campañas, son pocos los tiempos en que Gilbert y Ludwig coinciden. A pesar que éste último siempre le espera con ansia. AU. Alemania/Prusia.
¿Recuerdas aquella vez... Que no supiste cuánto crecí?
Ludwig está sentado en el escritorio de su cuarto a un costado de la ventana... De a ratos apoya la barbilla en la mano para mirar la calle, luego regresa la vista a los párrafos de su libro. Es lo único que tiene por hacer. Leer «El Lobo Estepario» para hacer un análisis literario, que tendrá mucho peso en este bimestre.
Además... tiene cada rincón del cuarto impecable, desde temprano se puso a ordenar. Lo normal.
Gilbert se despide de sus compañeros de campaña tras bajarse del vehículo frente a su casa, con el bolso al hombro. Vuelve a casa por primera vez en meses, desde la frontera norte.
Frente a la puerta, toca con una pesada argolla, llamando. Quizá no pertenezcan a la élite comercial peruana, pero como familia de inmigrantes no les ha ido mal, en especial porque el cabeza de familia fue traído desde Alemania hace cinco años por el mismo gobierno, lo que les concede el tener una casa bonita y grande.
Lud baja de la silla, algo intrigado... Aunque le tienen prohibido abrir. Sçolo se queda cerca de la puerta. Mira por la ventanita larga quién es. La criada debe de venir segundos después, para abrir la puerta, luego de fijarse por la mirilla.
Gilbert espera impaciente, taptapeando el piso con el pie.
—Buenos días.
Ludwig es una estatua de piedra. Aunque las estatuas no se sonrojan, él sí.
—¡Ah, al fin! —Gilbert pasa al lado de la criada, entrando, directo a dejar su bolso sobre el primer mueble que encuentre despejado.
—B-Bruder... —como si la fuera la primera vez que lo ve, Ludwig está a un costadito de la criada, como un animalito pegado a su falda.
La criada, sea dicho, se movió de la puerta al segundo y cerró.
—¡Lud, kesesesé~! —sonríe Gilbert, colmillito incluido. Se quita la bufanda y la deja sobre su bolso, con apuro. De hecho, toda su llegada es un apuro (quiere empezar a utilizar cada minuto de su permiso)—. Ven acá. ¿Has crecido?
La criada le da una palmadita cariñosa en el hombro al niño, de un metro setenta de alto, y Lud camina hacia su hermano, con una diminuta sonrisa de lado por su llegada inesperada.
—Sí, he crecido —un centímetro.
Gilbert se endereza, para comprobarlo, y le mira hacia arriba.
—¿V-Vamos a dejar tus cosas, bruder? —al cuarto donde a veces ha entrado y se ha imaginado sosteniendo conversaciones indecentes con Gilbert. Obviamente, es un secreto tan, pero tan íntimo que procura no acordarse demasiado y que algo lo delate.
—Te las encargo —le patpatea el hombro, y deja la mano allí—, tengo un regalo para ti en el bolsillo pequeño —le guiña el ojo.
—Oh... —se le suben otra vez los colores a las mejillas con ese guiño—. Un regalo. Quiero verlo, si puedo... Es decir —aprieta los ojos—. ¿Qué bolsillo?
Gilbert se quita el sobretodo en un revoloteo corto, de un movimiento, muy calculado.
—El lateral. Te lo puedes quedar si llevas mi bolso a mi cuarto —dice, como su fuera un premio en sí la posibilidad de hacerlo.
—¿De aquí? —estira la mano al sobretodo.
—Del bolso, Ludwig —suena a regaño, pero es su tono de voz natural—. ¿Desayunaste ya?
—Sí, sí —baja su mano al bolso y se agacha a abrir un bolsillo. Ya que están solos en la entrada. La criada siempre los deja solos—. Digo... No, no he desayunado, bru —agrega, rebuscando.
Lud encuentra algo y al sacarlo, descubre un pajarito cucú tallado y no puede evitar sonreír, luego vuelve a la seriedad, estudiando al animalito inanimado.
—Danke, bruder, por el regalo.
Gilbert se siente complacido porque le guste.
—Vamos a desayunar afuera —le ofrece, con las manos en la cintura, con una gran sonrisa porque le pagaron y puede darse estos lujos.
—Claro, voy a dejar tus maletas en el cuarto y vamos —Ludwig se guarda el pajarito en el bolsillo del pantalón, agarrando las asas de cuero de la maleta.
—Lo hice yo —le comenta el mayor, con orgullo, antes de separarse de su hermano para ir a preguntar por su padre y su madre.
—Para mí... —susurra, mirando como se levanta. Traga saliva. Quiere preguntarle si le extrañó—. Bruder, te extrañé —comenta plano, como si avisara de la lista que hay que comprar en el mercado, bien aferrada la maleta a su mano, duda en irse o esperar una respuesta.
—Por supuesto que lo hiciste —Gilbert abre la puerta a la cocina y llama a la criada.
XxxOxxX
Luego de unos minutos, Gilbert regresa a busca a Ludwig, y debe encontrarlo sentado en un requiso de la cama, escudriñando el objeto que le regaló su hermano y sus pensamientos entorno a ello. Gilbert llega en camisa, y mira todo con cierta expectación... Va al espejo y se pasa las manos por el pelo.
—Dame un momento y salimos —le pide.
—¿T-Te dejo cambiarte? —vuelve a guardar el pajarito en su bolsillo y le observa de pies a cabeza.
—¿No te gusta cómo me veo? —lleva los pantalones y zapatos del uniforme, la casaca la dejó abajo. Sigue mirándose en el espejo, ahora viéndose la barbilla (revisando si se afeitó bien esa mañana).
—Sí, me gusta —sonrojito—. Es que... Creía que querrías... Cambiarte, solamente.
Gilbert deja de mirarse al espejo y voltea a Ludwig.
—Me estoy arreglando, ¿estás listo tú? ¿Te peinaste? ¿Te...? —le hace el gesto de afeitaaaaarseeeee.
—Estoy listo —voz predeterminada para contestar al führer, le falta ponerse en firmes—. Sí, me afeité, aunque aun no me salga tanto vello —camina hasta quedarse detrás de Gilbert, con un espacio prudencial, claro.
Gilbert, ya que recién está a la mitad, acaba por sentarse frente a su tocador (tiene uno, ¿problema?), asintiendo frente a Ludwig.
—Todo hombre que se respete se debe afeitar, ¿te enseñó nuestro padre? —pregunta curioso.
—No, no me enseñó él... Sabes que padre siempre anda ocupado.
Ludwig se acerca más y levanta la barbilla para su hermano. Debe de tener rasponcitos en la punta.
Gilbert le revisa, sin tocarle.
—Ya mejorarás... Aunque yo lo hice perfecto desde la primera vez —le señala, a milímetros de la piel, un rasponcito.
Ludwig asiente cuando le señala su rasponcito y se quita de enfrente.
—No lo hice tan mal —frunce el ceño.
—Cierto. No tan mal —se vuelve al espejo y se queda mirándose las cejas, como si las acabara de descubrir. Se las peina con los pulgares—. Qué daría por llevarme este espejo.
Ludwig rueda los ojos, como buen adolescente rebelde.
—Bruder...
—¿Sí? —se mira las bolsas de los ojos y agrega para sí—. ¿Es idea mía, o esto no lo tenía antes?
—Y yo que sé.
—Mírame bien, ¿no parezco máááássssss...? —le mira con cara de circunstancias.
El menor se muerde el labio:
—¿Arrugado?
Le mira con horror manifiesto, y se empieza a estirar la piel con las manos.
—Nein. Nein!
—Sólo digo lo que veo.
—¡Eso es imposible! —abre un cajón y saca una cremita—. Retira lo dicho, o no te invitaré el desayuno
Ludwig parpadea, parpadea.
—Was?
—¿Debo repetir una orden, cabo? —se echa cremita en la mejilla.
—N-No... Pero, ¿por qué sin desayuno? ¿No deberíamos irnos?
—No se puede tratar de otro modo a un soldado que desobedece órdenes de sus superiores —asevera, muy tajante, y se esparce la crema por la cara, la tiene agrietada y le arde.
Con tremenda premisa Lud traga saliva.
—Te ves... ¿Joven y sin arrugas? —prueba, en tensión.
—Bien. Descanse —le echa una mirada de reojo y se relame... Esparce un poquito más la crema—. Te queda bien el cabello así —comenta y desvía la mirada.
El menor respira aliviadito con ello y se vueeeeelve a sonrojar con ese comentario.
—No le eché gel hoy, por eso.
Un vecino, hace unos días, le comentó que le quedaría bien... Aunque no le hizo caso, quiso probar hoy. A pesar de no estar muy muy contento con ello.
—Te ves mayor —abre el cajón de la cremita y la guarda, y saca un frasco pequeñito de colonia.
—Tú te ves guapo —la putamadre con el impulso bestia.
—Je... —se siente muy halagado, ohhhh, el orgullo, las alabanzas... Le hacen sentir bien, completo, poderoso—. Es natural —se echa unas gotitas de colonia en cada muñeca—. Te enseñaré cómo. Estira tus manos.
—¿Eso se enseña? —sorprendido, igual camina hasta rozar las rodillas con Gilbert, estira las manos, observándole expectante.
—Eres mi hermano, debes tener un talento natural que hace falta explotar —este hombre cree tanto en el darwinismo y sus corrientes sociales, Dios mío. Le toma una mano, para que muestre las venitas de la muñeca.
Ludwig se las muestra. Solo se oye su respiración. El mayor le deja caer unas gotitas, y luego le pide que le muestre la otra mano... y el menor corresponde, mostrándole y... Llevándose la otra muñeca, donde ya le echó colonia, a la nariz para inspirar profundo. Su rostro demuestra cuánto le gusta ese olor, sin expresarlo verbalmente.
Gilbert le pone allí las gotitas correspondientes, y le retiene de la muñeca. Acerca el rostro hasta que su nariz toca la piel de Ludwig.
—¿Es bueno, no? ¿Te gusta? —qué malo es con el pobrecito de su hermano, ya le estaba bajando el sonrojo.
Ludwig se muerde el labio y le mira con los ojitos entrecerrados.
—Ja, danke... Otra vez.
—Kesesesesé~ —le deja ir, y piensa un rato en si ponerle el cabello detrás de la oreja (sólo por si las moscas)—. Estoy listo.
—Vamos —retrocede y casi se resbala por pisar mal, maldito tornillo salido que está tirado en el piso.
Gilbert, que está a medio movimiento de levantarse, le agarra del hombro al verle tambalear.
—Cuidado —le advierte (y es lo mismo que le podría advertir en cualquier otra ocasión, «cuídate», «sigue mis órdenes», «sé mi orgullo»).
Ludwig le aparta, amablemente, el brazo a Gilbert. Sintiéndose demasiado niño y que es una exageración todo ello.
—Buscaré mi abrigo, bruder.
—Te espero abajo —resiste la tentación de desordenarle el pelo.
Ludwig camina hasta la puerta y le dedica una última miradita de perrito yendo a buscar su correa para ir al parque.
Esto de acicalarse hubiera podido tomar máááááás letras de elegir latinoamericanos o latinos europeos, Sici.
Igual, de parte de Tigrilla, gracias por pedir Germancest. Teníamos ganas de ellos, a pesar que fue cortito.
