Summary: Su tía le había dado permiso aquel día para ir a la casa de un compañero después de clases a hacer una tarea. UA. PeChi.

¿Recordái aquella vez... Que conocí a tu papá?


Su tía le había dado permiso aquel día para ir a la casa de un compañero después de clases a hacer una tarea.

Manuel está algo nervioso con la idea (no es mucho de ir a casa de amigos, siendo sinceros) cuando se acerca a Miguel, con la mochila a la espalda, poco después de que suena la campana.

Miguel termina de jugar de manos con un chico nuevo, otro amigo más, que es extranjero, por cierto. Mexicano. Agarrando las tiras de su mochila a los costados.

—Pedro, mañana traes tus chipitaps, ¿ya? —medio grita mientras Pedro se aleja, lo han recogido súper temprano, hay varios padres congregados ahí. Miguel no se da cuenta que tiene a Manuel por atrás.

Manuel se queda callado, esperando que Miguel se mueva o se dé vuelta. Ni siquiera estira la mano para tocarle el hombro. Es lo que sus profesores llaman un «niño muy callado».

Miguel se voltea al sacar un chupetín de su bolsillo, y se pega un susto con Manuel ahí.

—¡Manuel! ¿Cuánto rato estás ahí parado?

—Un minuto, ¿te viene a buscar tu mamá? —le pregunta, directo al grano, apenas moviéndose al hablar. De su mochila sobresalen unos rollos de goma eva.

—No —niega con la cabeza y abre su golosina, tirando la envoltura al piso—. Hoy viene mi papá, ¿te dieron permiso? —le mira.

—Sí —la sala se va vaciando, de a poco. Una niña pasa corriendo junto a ellos—. ¿Lo esperamos aquí? —pisa la envoltura para que no se vuele.

—Sí —se encoge de hombros y se mete la golosina a la boca, y dada su respuesta, ambos niños esperan a que les pasen a recoger. Rato después llega el papá de Miguel, quien, de hecho, es un hombre imponente y a Manuel le da algo de miedo, por lo que este último mira con angustia a Miguel.

—¿Usted es el papá de Miguel? —pregunta Manuel, mirándole sólo de reojo. Como si le hablara a Miguel realmente.

—Sí, es mi papito —contesta Miguel, con una risita por la expresión de Manuel—. Es bien grande, ¿noooooooooo~?

El señor Prado también se ríe y antes de subir a la camioneta, le patpatea la cabecita a Manuel.

—Miguel no me dijo como te llamabas, chico.

—Mmm —Manuel no pone buena cara, le busca la mano a Miguel—. Mucho —le responde a Miguel, esperando a que se suba para subirse él en los asientos de atrás, mientras se queda mirando al adulto desde su lugar, sin contestarle de inmediato.

Miguel le agarra la mano fuerte y entrelaza sus dedos, subiendo al auto y tirando de Manuel.

El padre del peruano solamente se muerde el labio y se sube también, al asiento de conductor, arreglando los espejos retrovisores. Ya podrán conversar mejor en el camino, piensa.

Manuel no le suelta la mano a Miguel, dejando su mochila a un lado tras subir. Se acerca a su compañero a cuchichearle en el oído.

—Tu papá dijo que no sabe mi nombre.

Miguel también se acerca al oído del otro para contestar.

—Estaba haciéndote conversación, tonto, sí sabe.

—¿Y le tengo que responder? —le suelta, calientito en el oído.

—Preséntate. Dile «mi nombre es Manuel González» —otra vez al oído, se separa con una sonrisa de lado y espera a que le haga caso.

Se oye la camioneta encenderse.

—Mi nombre es Manuel González, tío —responde Manuel para el papá de Miguel, mirando al espejo retrovisor.

—¡Oh! ¿Como Speedy Gonzáles? —bromea Prado mayor, dándole una mirada fugaz por el espejo.

—Sí... Pero no soy tan rápido como él, ¡pero sí soy muy rápido! —se apresura a aclarar Manuel, mientras aprieta más la mano de Miguel, nerviosito.

—No eres tan rápido como Speedy, YO soy más rápido —discute Miguel, medio frunciendo el ceño.

—Ahhh... ¿Pero te gusta correr? —pregunta el padre—. Los dos son rápidos, muy rápidos.

—El otro día llegué antes que el Miguel cuando dábamos vueltas —en la clase de educación física —. Migue es el segundo más rápido —se voltea a mirar directa y fijamente a Miguel—. Lo eres.

—Pero la semana anterior a ésa yo llegué antes que tú... —le mira a los ojos porque no miente y le saca la lengua ya que es verdad que Manuel es más rápido que él. Juega un poquito con sus manos entrelazadas.

—Bueno... Sí —acepta Manuel—. ¿Entonces somos igual de rápidos? —le pregunta a Miguel, muy en serio—. ¿O tenemos que hacer más carreras?

—Mmm... Creo que debemos hacer una carrera sólo tú y yo, ¡después de comer!

—Pero no se debe correr después de comer, ni saltar, ni nadar —razona Manuel—. Y tenemos que hacer la tarea también, ¿y si me vienen a buscar antes de que terminemos la carrera?

—Cierto, Miguel —apoya el adulto a Manuel—. No puedes hacer ese tipo de cosas con la panza llena, puedes vomitar, ¿y? ¿Quién lo limpia?

Miguel baja la mirada.

—Matilde lo limpia, papá... —jum jum, luego sube la desilucionadita mirada a Manuel—. ¡No! No te puedes ir tan pronto —busca agarrarle la otra mano—. Noooooooooo —agrega, el drama.

—No quiero —se lamenta el otro también, abrazándose a Miguel—. Quiero pasarla bien contigo y hacer la tarea —o lo van a regañar ¡y les pondrán una mala nota, para colmo de males!—. Pero no quiero que vomites. Si vomitas le diré a mi tía que me venga a buscar.

—No voy a vomitar —promete Miguel y la sonrisa no le cabe en la cara—. Es más... —se acerca otra vez a secretearle—. Tengo dulces que trajo mi tío de Estados Unidos, ¡imagínate!

Don Prado maneja, dobla en unas cuantas calles y contesta una llamada.

—¿Y cómo son? —le cuchichea de vuelta—. ¿Ricos? ¿Te dan postre en tu casa? —se apoya en su pierna para estar cómodamente hablándole encima. Miguel le agarra la pierna y se abraza el estómago con ella para estar calientito. Busca quitarse la mochila... RECIÉN.

—Son de todos los colores, muy ricos, también hay galletas —apoya la cabecita ahí al costado, en el asiento y le mira—. Hoy día harán postre porque has venido tú, pero no siempre me dan...

—Oh... —queda anonadado, pensaba que a Miguel le daban postre siempre (ya que lleva colaciones ricas y bonitas)—. No sabía. ¿Nunca nunca nunca te dan? ¿Nunca nunca? ¿Por qué no? —mientras le presiona el rodilla contra el estomaguito.

—Sí me dan, pero no tooooodos los días, sólo los fines de semana...

—Eso es porque comer muchos dulces está mal, ya sabes eso Miguel —interviene su papá. Miguel se sonroja y espera que su papá no diga la razón, que es porque fueron al doctor y éste le dijo eso. No quiere quedar mal frente a Manuel.

—Ya, ya.

—¿Por qué está mal comer muchos dulces? —pregunta Manuel, menos asustado que en un comienzo. A él le encantan los dulces y las comidas azucaradas. Se separa de Miguel porque le empieza a molestar tanto contacto, y el papá de Miguel parece mucho más interesante.

—Porque cuando la azúcar en tu sangre es mucha puedes enfermarte, Manuel —contesta el papá del peruano. Miguel hace un poquito de fuerza para que Manuel no se separe.

—Me aburrooooo... Papá, ¡pon música! —cambio de tema SUTIL.

—¿Te tienes que quedar en cama? ¿Con fiebre? ¿Por eso Miguel va a vomitar? —pregunta, muy curioso, y mira de reojo a Miguel, empujándole ahora para que le deje ir. Ya dejaste de ser interesante, Migue, acepta tu derrota.

—¿Que quieres que ponga, cholito lindo? —pregunta el mayor, Miguel comienza a mirar mal a Manuel, pero sonríe, alejándose de él.

—Algo de pop, qué sé yo —contesta y la radio se enciende.

—Mmmm... No, no te quedas con fiebre. Sólo te ponen unas inyecciones de vez en cuando, seguro le has visto a Miguel ponerse, ¿no?

Miguel abre los ojos como platos.

—¡Súbele el volumen, papá! —exige, removiéndose en el asiento como loco. Ya no quiere que su papá hable. No quiere.

—No... —Manuel apenas hace caso de que pongan música. Mira a Miguel y le susurra—: ¿Te pinchan con agujas? —con los ojos muy atentos, pensando que es aterrador.

Miguel traga saliva.

—Sí... —baja la mirada, porque que se entere alguien es algo malo.

—¿Y no te duele? ¿Te pinchan en el brazo o en el poto? —le mira expectante. A él le amenazan con que si se porta mal le pincharán en la segunda opción con una vacuna para la desobediencia.

—En el brazo —se sube la manga y le enseña la piel dentro del codo. Ahí tiene una vena hinchadita.

—Ohhhhhh —le queda mirando, buscando el pinchazo en sí, el agujerito—. ¿Te dolió? ¿Mucho? —le toma el brazo con sus manos, para ver mejor (todo niño mira con las manos).

—A los hombres no nos duelen esas cosas —susurra—. Tú sí llorarías, ¿nooooo~?

El papá de Miguel comienza a bajar la velocidad del auto y se puede vislumbrar la casa de los Prado delante.

—No sé, casi nunca me pinchan. Sólo con las vacunas —responde Manuel, en un tono más alto, sin entender para qué tanto secreto—. Pero me duele si me tocan después.

—Bueno, chicos, me acabo de dar cuenta que me distraje y no les exigí ponerse el cinturón —suspira el adulto a lo «bueno, ya que importa, igual están sanos y salvos». Se apaga la camioneta una vez aparcada.

Miguel abre la puerta, ansioso por entrar a casa de una vez.

—Vamos, Manuel, ¿tienes perros? —pregunta sin venir a cuento.

—Sí —toma su mochila y se la carga a la espalda, sin bajarse aún—. ¿Por qué? —espera a que se baje Miguel primero, con hambre.

—Porque yo tengo una gata —comenta y agarra su mochila, sin colgársela a la espalda. Se baja de un salto—. Se llama Canela.

El patriarca se baja (Tigrilla no puede ni revelar su nombre) y se da la vuelta al auto para quedar con los niños y ayudarlos a bajar.

—¿No tienes perros? ¿Y por qué me preguntaste? Qué tonto —Manuel se baja detrás de su amigo, y mira hacia la casa. Lo linda que se ve.

—Para no llevar a Canela a tu casa, pues, tonto tú.

El papá de Miguel cierra la puerta del auto con una sonrisa y se agacha a preguntarle a Manuel: Es insoportable, ¿no?

Así, medio cómplice, a lo «entiendo por lo que pasas, campeón». Miguel les mira de reojo y frunce el ceño.

—Ya, papá... Tengo que llevar a Manuel a que deje sus cosas —le busca la manito a su compañero de colegio.

Manuel asiente con la cabeza, nervioso, y se sonroja. Mira al papá de Miguel con la duda en los ojos, preguntándose si le estará tendiendo una trampa o hablando seriamente. No le da la mano a Miguel.

«Me caes bien, qué bien que mi hijo te tenga como amiguito» susurra el señor Prado una última vez y se yergue.

—Qué pesado eres tú, oye —le hace notar, el padre, a Miguel. Este último deja de buscarle la mano a Manuel y arrastra su mochila hasta la casa.

Manuel mira el suelo, sin saber qué responder.

—A mí me gusta más que Migue sea mi amigo —comenta, ya siguiendo a Miguel al interior, casi corriendo.

El api de Miguel se queda observando la escena, la cual se le hace muy tierna. Vuelve a la camioneta y de la maletera saca su maletín ejecutivo. Le pone alarma al auto desde el llavero y sigue el sendero luminoso de los niños a casa.


Lamentamos la tardanza, Fallon Kristerson, el PeChi tiene la manía de alargarse y tuvimos que empezar de cero.