¿Recordás aquella vez... que te conté un sueño re loco?

Summary: Entre los sentimientos y La Orden del Fénix, Martín sueña cualquier cosa. Como que Miguel debe un examen TIMO y es, ni más ni menos, Manuel quien le evalúa. UA Alterno, Harry Potter.


Es un viernes en la tarde, y la verdad Manuel no tiene nada que hacer en esas épocas, salvo quedarse en su habitación del castillo a corregir pruebas de la clase de Transformaciones. Está esperando a que el alumno que debe una prueba, llegue a darla. Para algo le pagan, después de todo. Vigilarlo. Y nada más.

Miguel se atraganta, muy a gusto, con algunas tortitas extra conseguidas con soborno de los elfos, fuera del castillo. Tiene que rendir una prueba (ya van en las últimas del semestre) y por ahora se limpia los dedos en el uniforme. Se levanta al acabársele la comida y entra al castillo.

Manuel, mientras, ha repasado la lista de preguntas y hechizos que debe hacerle al jovencito. Está nervioso ya que es una de sus primeras evaluaciones (las primeras dos fueron hechas a unos niños Hufflepuff que sólo tuvieron que redactar), y la primera en que debe evaluar un hechizo hecho en el momento. De hecho, ha hecho un par de hechizos de transformación para no quedar mal frente al estudiante.

Miguel se limpia el rededor de la boca con la manga de la túnica, mientras sube las escaleras. La prueba es en el cuarto de un Slytherin... Espera no perder los papeles antes de tiempo y todo sea estrictamente «profesional». Manuel González, ayudante de McGonagall... Mmm... Merodea por los pasillos sin detenerse a mirar demasiado los retratos, a pesar que uno le susurra algo que no llega a entender. Y así... Apenas un minuto después de que Manuel vuelva a su forma original una silla... Tocan la puerta.

Nononk.

Manuel RÁPIDO se sienta frente a su mesa pesada y grande (nunca taaan grande, pero es un escritorio bonito y antiguo) y carraspea. Pone cara seria.

Come in —pide con acento, obviamente en inglés cause this is the United Kingdom.

—Okeeeeeeeeeey... —Miguel abre la puerta y la cierra detrás de sí al entrar—. ¿Llego temprano? ¿Sí, no?

—Justo a la hora —responde Manuel, tomando un montonaaaaal de hojas y «alineándolas» dándoles golpecitos contra la mesa, muy seeeeerio. Mira a Miguel de reojo—. Sólo tengo esta silla... —le comenta, parándose.

—No hay problema... ¿Probaré contigo, no? —camina hasta apoyar ambas palmas de las manos en el escritorio y mirando por encima lo que tienen escrito los papeles.

—Es que la profesora está en clases ahora mismo, con los de primero —levanta los papeles para que no espíe—. ¿Nadie más debe la prueba? ¿Sólo tú?

—Sólo yo —sonríe—. Creo... Eres tú quién tiene el control de eso —se encoge de hombros.

—Bueno... —mira el reloj de su muñeca—, si alguien más llega, tendrá menos tiempo. No me pagan por esperar —le hace un gesto para que se siente.

—Dime con qué empiezo —el más moreno se relame los labios y se sienta.

—Primero la parte escrita. Mientras menos te tome más intentos puedo darte en la parte práctica —le pone unas hojas enfrente, dadas vueltas por un asunto de protocolo.

—Mmm... Ok, then —agarra las hojas y las voltea para leerlas—. Do you have a... Pencil? —pregunta—. Olvidé la parte escrita —risilla.

Manuel rueda los ojos y de un movimiento rápido abre un cajón. Se mueven las cosas en el interior, incluyendo unas plumas. Saca una y un tintero, y se los deja sobre la mesa.

Thanks... Sweety boy —agradece Miguel con sorna y agarra la pluma. Escribe su nombre y comienza a resolver las preguntas más fáciles.

Manuel le queda mirando ante ese apodo... Cierra la boca y frunce más el ceño.

—Cualquier duda que tengas, me preguntas —le ofrece, antes de irse hasta su estante de libros y sacar uno.

—¿Entre duda y duda me puedes soplar la respuesta? —levanta las cejas, pero no la mirada y sigue escribiendo.

—Depende —Manuel hace un movimiento de varita y se sienta en el aire—. No soy tan fácilmente sobornable —léase «me vendo por una grajea sabor maqui».

—Los que se auto-denominan «no fáciles» son más fáciles que hacer un mocomurciélagos —Miguel piensa chamullar bastante en la última pregunta, donde piden explicar las repercusiones del Juramento Inquebrantable.

—Sigue hablando, el único que pierde tiempo eres tú —hojea su libro, con una media sonrisa (le gusta hacer sufrir así a los estudiantes).

—Que te hable no significa que pierda tiempo —contesta con «Levicorpus» a la pregunta sobre el hechizo de devolver el conocimiento a un aliado caído—. No me gusta estar en silencio, ¿qué lees?

—Un libro sobre pociones avanzadas, nada que salga en tu examen —pero qué pesado—. ¿O sí? —frunce el ceño.

—Algo así, ¿has preparado alguna vez la Multijugos? —deja la pluma y se voltea a verlo.

—Mmm... No —sigue sin mirarle, pasando la página—. Lo que no significa que no sepa hacerla. Sólo no he tenido tiempo.

—O porque no sabes donde encontrar el ingrediente importante... —suelta medio al azar, tanteando con la psicología inversa.

—Eso a ti no te importa, ¿terminaste? —levanta la mirada desde su libro.

—Me faltan dos preguntas —se muerde el labio—. Y... Sí tú... Me recordaras algunas palabras, terminaría antes —esto último lo susurra cual si hablara del Señor Oscuro.

Manuel rueda los ojos, cierra el libro y se levanta de su asiento en el aire, la túnica le revolotea.

—¿A qué te refieres con palabras? ¿No entiendes los hechizos en latín?

—Si entiendo, pero me confunden, mira —señala la hoja, la pregunta siete—. Aquí hay tres palabras con sufijos parecidos, los tres con agua o hidro, pero no recuerdo el exacto, ya sabes, pregunta con trampa —habla de ese hechizo para crear agua.

Manuel inclina la cadera contra él, y ladea la cabeza para leer la pregunta.

—Quita esos que siguen con palabras en griego —le sugiere—. No puedo darte más pistas.

—Mmmm... —eso signfica quitar las dos opciones que comienzan con «agua» solamente. Marca la de Hidropulso. Le sonríe grande—. Qué histórico que te compadezcas de mí, sweety boy —Miguel ya le agarró manía al apodo.

—Hasta dónde sé, no me estoy compadeciendo de ti —sigue mirando como quien no quiere la cosa la prueba—. Es normal que les cueste el latín, por el inglés.

—Compadécete, entonces.

—Que no. No te voy a soplar las respuestas directamente... —le señala una frase en el pergamino—. Quizá, si hubieses ido a todos los reforzamientos que hice, te ayudaría más.

El Gryffindor mira la frase que le señala y lo mira a él, otra vez. Remoja la punta de la pluma en el tintero y marca la respuesta. Crisopos.

—Y... ¿Harás otros reforzamientos en el futuro? —sólo le queda una pregunta, ésa donde preguntan para que poción es importante la valeriana. Se la señala con los ojos.

—Algunos más... Sobre... —se inclina para revisar la página completa—, pociones para tratamientos —sin especificar, claro.

—Oh —levanta una ceja y le mira hacer—. Eso es súper útil, me interesa.

—Claro que sí, sirven mucho a la medicina. Si quieres dedicarte a eso, claro —se sonríe, aún sin soltaaaar el dato—. Y para dolores básicos también.

Miguel carraspea y vuelve a mirar la pregunta, de manera MÁS obvia, señalando un poco con la cabeza y lo mira fijamente.

—Aunque faaaaalta muuuuucho para ese curso, ¿no? Y ahora... Ahora sólo es una especulación.

—¿Te estás poniendo nervioso, no? —se sonríe, malignillo—. ¿Sientes angustia, quizá?

—No estoy nervioso, ¿por qué piensas que estoy nervioso? ¿Y por qué estaría nervioso? —se ríe nerviosito—. Sólo hago algo de tiempo porque ya contesté caaaaasi todo.

—Pues no lo hagas, porque aún te falta la parte práctica —hace como que se quita una pelusilla de la túnica—. Pareciera que te hubieses tomado esta poción... ¿Cómo se llama? Esa que te calma un montón —le sopla, sin soplarle, una de las tantas pociones posibles en que se usa la valeriana.

—Ehhh... —resopla y trata de hacer memoria, es una pregunta tan general—. ¿En la poción de amor? —se sonroja al segundo de decirlo, pero aún así espera la respuesta, en el examen está como «Amortentia» y por eso la pregunta así, para no ser tan «obvio», aunque sea fatal.

—No te voy a responder —se rinde Manuel, algo molesto porque le salga con tamaña tontería, y le da la espalda para alejarse, considerando que este alumno nunca realmente pareció especialmente listo en las clases de reforzamiento y que si faltó que se las arregle ahora. Básicamente, refunfuñando contra Miguel.

—Tampoco necesito la respuesta de una bloody serpiente —contesta sólo para no perder la honra de la casa y suspira, jugando con la pluma entre sus dedos. Piensa que... No, no es la poción de amor, tiene un presentimiento, así que la descarta. Solo quedan dos claves Veritaseum y Filtro de Muertos en Vida.

—Entonces no se la pidas —Manuel mueve la varita y vuelve a sentarse en el aire—. Aweonao —murmura para sí, con la mirada muy cargada sobre Miguel. Se cruza de piernas, y suspira, empezando a sentir un dolor. Apoya la espalda hacia atrááááás, quedando algo reclinado.

—¿Cómo me llamaste? —oyó el farfullo de Manuel. Voltea para verle, con el ceño fruncido. Se cree machito.

—Te llamé «escribe o te repruebo» —gruñe, sin dignarse a mirar a Miguel y hasta pone los brazos tras su cabeza, para mayor comodidad.

—Tú no tienes ese poder —sigue mirando la frescura de Manuel de relajarse en el asiento.

—¿Seguro? ¿Quién crees que revisa los TIMOs? ¿La magia? —se ríe, con ganas—. Además, ¿no sería terrible que tu examen se perdiese en el camino a juntarse con los demás?

—Mmm... —se ríe también—. ¿Y tú crees que te dejaría tan campante y sonante hacer eso? —moja la punta de la pluma y marca la respuesta Veritaseum. Luego, se levanta y camina hacia él.

—Alumno es expulsado tras atacar a ayudante... —cita, como si leyera—, bonito titular —le mira hacer con sólo un ojo entreabierto.

—¿Yo? ¿Atacándote a ti? Nooooo, no, no —niega con la cabeza y termina sus pasos chocando la rodilla de Manuel—. ¿Por qué haría eso? Ya acabé mi examen, encargado chupa-medias.

—Tsk, ¿y la parte práctica? ¿Te la vas a saltar? —apoya un codo en el brazo invisible y le extiende la mano para que le pase los papeles.

Miguel le tiende los papeles.

—Estoy listo para la parte práctica.

Manuel se los recibe y mira por encima las respuestas... Y parpadea al leer el nombre.

—¿Miguel Prado? —le pregunta, y levanta una ceja.

—No, Harry Potter, sólo que me he olvidado los lentes —se palpa la cara—. ¿Ahí dice «Miguel Prado»? Qué raro —frunce el ceño y crea una mueca falsa de incredulidad. Ironizando, of course.

Manuel rueda sus ojos, y suspira muuuuuy largo.

—Imagino que eres hijo de inmigrantes —tantea el terreno—. ¿Hablas castellano? —le sube el calor a la cara, de golpe. Hasta el malestar se le sosiega un poco.

—Claro que sí —contesta, en castellano—. Peruanos —le observa y choca un poquito rodilla con rodilla.

—Ohhhhh —le devuelve el choquecito—. Qué raro, un mago de allá, acá... —por un momento, olvida que Miguel debe dar una prueba—. Somos vecinos —le sonríe.

—¿Sí? —parpadeo, parpadeo—. ¿De dónde eres? No reconozco tu acento en inglés.

—No sé si lo guardo siquiera en castellano... —se levanta, para hablarle a Miguel de frente—. Nos vinimos a Europa hace muchos años. Desde Chile —le pone la mano en el hombro, y le palmotea.

—Ah... —eso pudo sonar menos déspota, Miguel. Pero no se aleja cuando Manuel se levanta—. Estamos destinados a ser rivales, históricamente, otra vez.

—Pero somos vecinos —le quita la mano, inseguro y frunce los labios—. Ya, ya... Olvídalo.

—Sí que lo somos —admite—. ¿Por qué quieres que lo olvide? —sube los dedos a arreglarle un poco el nudo de la corbata verde. Manuel se hace hacia atrás, para que le suelte y Miguel lo hace, relamiéndose los labios.

—¿Vamos a la parte práctica?

—Sí... —Manuel toma su varita, desde su bolsillo, y da un paso para crear la distancia, muy rígido y todo. Le facilita las cosas que Miguel hable castellano, y muy bien por lo que parece. Mira hacia una esquina en que tiene una tela cubriendo unas rejas.

—No me caes mal, ah, sólo estaba comentado algo obvio —le mira hacer, sin inmutarse para nada.

—No te he preguntado. Sólo olvídalo —destapa las rejas, en que hay pajaritos, lagartijas y ratones. Toma la jaula de las aves (tres canarios amarillos) y los pone sobre la mesa. Luego hace lo mismo con las demás rejas. Todos los animales, por alguna razón, están profundamente dormidos.

—Tres objetos livianos o frágiles.

—Qué amargado —comenta Miguel y se acerca a la jaula de las aves, se inclina a verlas—. ¿Están muertas o dormidas?

—¿Te molestaría si estuvieran muertas? —se abstiene de llamarle gallina.

—Nah —abre la jaula, y le tiembla un poco la mano (pajero) y toma un canario con cuidadito. Se ríe bajito.

—No lo están. Sólo los dormí —no explica que el examen original incluye al animalito despierto, pero que le dieron pena.

—Dime, ¿qué te hago? —mira a Manuel.

—Son aves... Ligeras, frágiles y frívolas. Una mesa me queda claro que no —le mira como si le preguntara una imbecilidad.

—Debería darte algo de valeriana, eh —saca su varita de la túnica y acaricia un poquito al animal.

—Pero si ni siquiera sabías para qué poción era —se cruza de brazos, y con un hechizo le hace levitar los pajaritos, como avecitas muertas siendo llevadas por la corriente, fuera de la jaula. De modo que queden las otras dos en línea frente a Miguel. Todo muy ordenado, digno de un examen.

Miguel estira la varita y con la punta de ésta, susurra el Fera Verto y toca tres veces a un pajarito... Convirtiéndolo en una copa de cristal flotante.

—¿Te gusta el vino?

—No me vas a sobornar con vino —se acerca un paso—. Sigue. El siguiente.

—Que... ¿Quieres tomarte uno conmigo? —le mira con una media sonrisa, que luego desaparece para concentrarse en el siguiente pajarito. Inspira profundo y extiende la varita al objetivo. ¿Cómo era... ? ¿Evan? ¿Evanescence? ¿Evo...? ¡Ah! Ya se acuerda—. Evanesco —recita y el pájaro desaparece.

Manuel carraspea, sin contestarle.

—Con hechizos así de sencillos no vas a conseguir la mejor nota, ¿no puedes hacer algo más interesante? —se cruza de brazos, por resistir la tentación de rascarse. No es que el hechizo de Miguel sea fácil, lo que Manuel quiere decir es que Miguel no haga un hechizo «a la fácil» para esta prueba.

Manuel es muy exigente con Miguel.

—El Evanesco es un hechizo difícil —corrige Miguel—. Mmmm... Avifors —susurra y el pajarito se transforma en una estatua. Estatua. Estatua de piedra.

—Las aves tienen los huesos huecos... —sigue en estar en desacuerdo con Miguel—. Yo lo habría dejado para los mamíferos —uy, sí, él—. Perfecto. Ahora los tres bichos de allá.

Miguel sonríe y da unos pasos, acercándose a Manuel.

—¿Bichos?

—Las lagartijas esas —le señala con la varita la jaula y se quita el seguro de la puertita.

—¿Con esto se acaba?

—Luego vienen los ratones... Pero te dejo hacer uno por cada tipo y multiplicamos la nota, ¿eh? —en otras palabras, acabemos esto rápido, me ha surgido algo y te necesito afuera.

—Me parece, ¿también estás apurado? —camina más hacia la jaula de lagartijas.

—Algo así... —no le va a contar porque, aparte de verle en el castillo y en las clases, no son cercanos—. Quiero terminar rápido la semana.

—¿No te ha ido bien? ¿O... Es porque vas a encontrarte con alguien? —cejas, cejas. Siguieeeeendo con el retraso de transformar lagartijas, todo porque él no tiene nada que hacer después.

—No es de tu incumbencia —mira al suelo, y luego detrás suyo, como si un fantasma fuese a aparecer de la nada—. Sólo apúrate.

—Te has puesto nervioso... —eso cree, por lo que Manuel mira al suelo. Da otros pasos más hasta quedar frente a frente—. Anda, dime, ¿cómo se llama? ¿De qué casa es?

—Como si fuese a estar saliendo con un estudiante, pfffff —eh... Manuel, amor... Apenas les llevas unos años—. Ya, anda a hacer tu tarea, déjame —empieza a mosquearse.

—¿Un? —traga saliva y no se le aleja aún—. Estamos conversando, ¿acaso todos los días encuentras vecinos sudamericanos? —le mira el nudo de la corbata—. Además, podríamos ser amigos, «causas».

—«Una» —sonríe más de lo necesario—. Primero termina el examen y después podemos hablar —un después que podría ser un nunca si siguen poniéndole tan nervioso. Mejor sólo que mal acompañado, piensa Manuel, imaginándose que le pillan ayudando a un alumno a hacer trampas, y cómo ésa sería la menor de sus preocupaciones.

—Pero si soy el último y aún queda como una hora —entrecierra los ojos y los sube a los de Manuel—. Me dices quién es y yo hago lo que me corresponde con los bichos.

—Pero si tienes que hacerlo de todos modos —chilla, sintiéndose de nuevo como cuando estaba en su habitación, con sus compañeros de clase.

—Confía en mí, no le voy a decir a nadie —golpecito con el hombro y guiño de ojo.

—¿Quieres parar? —sube la voz y se encierra en su túnica (no, en serio, mete los brazos como si fuese un cuervo).

Miguel parpadea y le busca apartar los brazos, suavemente.

—Ya, ya, tranqui —susurra, inclinándose un poquito.

Manuel se echa oootro paso hacia atrás.

—Apúrate. Prado.

—Ya —se aleja, mirándole feo y vuelve a las lagartijas.

Manuel frunce el ceño, por dentro muy «eso, así, hazme caso, yo mando, tengo autoridad, ¡no me trates como si fuera tu compañero!». Miguel da tres golpecitos con la punta de la varita a uno de los animales, susurrando «wallpa» y convierte a uno en gallo, otros tres golpecitos a otro con un «wanka» y lo convierte en piedra. Suspira de aturdimiento. Para el tercero se le ocurre un «kantu» y lo convierte en una flor, en una cantuta.

Finalizando así su obra maestra.

A Manuel, que seguía aireado, le llama la atención la elección de palabras, y aunque el resultado de la piedra no es especialmente interesante, sí lo son los hechizos desconocidos. Levanta las cejas, poniendo más atención, esperando más, con curiosidad. Miguel agita la varita y se la guarda, mirando hacia otro lado.

—¿Qué sigue?

—Los ratoncitos —se los señala, y suena la traba de la puerta descorriéndose—. ¿Qué fue eso de recién? No estaba en la lista de hechizos obligatorios...

—Quería impresionarte —se encoge de hombros, con una sonrisa—. ¿Qué hechizos son obligatorios con estos chiquitines?

—Ya hiciste el Evanesco... —se encoge de hombros —. De todos modos ya me quiero ir —a lo «me importa una mierrrrrda».

—¿Entonces puedo volver a hacer el mismo?

—Lo consideraría una segunda oportunidad —se relame, pensando que si fueran bichos más grandes se quedaría uno para una almohada—. No teníamos un animal más grande —se disculpa—. Haz un par de guantes y te apruebo.

—¿Quieres guantes?

—Es lo primero que se me ocurre —se encoge de hombros—. Cuando yo estaba en quinto, un compañero también dio el examen atrasado. Le trajeron un camello. Comparado a eso, un par de guantes —se acaricia la barbilla, laaaaargamente.

—Comparado a eso, un par de guantes son insignificantes —suelta un «já»—. Mira y aprende, flacuchento.

El inmigrante peruano se concentra en uno y le da tres golpecitos con la varita.

—Yawar —pronuncia, implorando, internamente, que no le salga mal y... El ratoncito se convierte en un jaguar de pelaje pardo y manchitas—. Esto no te lo va a hacer nadie.

Manuel retrocede, tropieza con sus propios pies y se queda mirando con pánico el animalote encima de su escritorio, que con su volumen hizo caer las jaulas al suelo.

—¡Deshazlo! ¡Ahora! ¡YA! —se ha pegado un susto de aquellos.

—¡Espera! Es mansito —el animal los observa fijamente, en especial todo la hecatombe que genera Manuel con su caída. Se oye la respiración fuerte, felina. Miguel sonríe—. No te asustes —a pesar que toda la pinta del animal no inspira tranquilidad.

¡Que te lo lleves, mierda! —se desespera, afirmando muy fuertemente su varita, y no respondemos si mata al animal con un hechizo, ni si desaprueba a Miguel por imbécil. Posiblemente vaya a desaprobar a Miguel sí o sí por idiota. Va a poner la nota con rabia, y luego verá la cara de Miguel al recibirla junto a sus compañeros, y lo disfrutará.

Miguel se ríe de toda la expresión corporal de Manuel.

—¡Ya! —dirige la varita hacia el hocico del animal y murmura el «Evanesco» y el jaguar desaparece—. ¿Acaso no es mejor que los guantes?

—¡Largo! —Manuel se afirma de la pared, aún con las rodillas de gelatina, para levantarse, y le señala con un dedo—. ¡Fuera! ¡Terminamos!

—Pero... —confundido—. Aún falta, me dijiste, otra prueba, no me puedo ir con un examen incompleto —se acerca para ayudarle a que se ponga en pie.

—¡Largo! —hace un movimiento brusco con el brazo y la puerta se abre de par en par, azotándose contra la pared. Mira a Miguel furibundo. Ese sonido sobresalta a Miguel y traga saliva, sigue, teeeeerco, intentando ayudarle a que se pare.

—¿Estás molesto? ¡No sabía que te ibas a asustar! ¡Querías que te impresione!

Ay... Manu, quieto. Sabemos que la estás pasando mal.

—¡Suéltame, conchatumadre! —le da un señor empujón, para nada feliz con recibir su ayuda, y se levanta—. ¡Lárgate y aprende a conjugar, aweonao!

Miguel asiente y se aleja, dejándole tranquilo.

—Igual, sí haces algo... No te saldrás con la tuya —refiriéndose al examen.

Manuel gruñe muy amenazador y le empuja otra vez.

—¡Ya! ¡Sale! ¡Peligro! —sigue teniendo el corazón a mil, se va a quejar con la profesora McGonagall.

—Deja de empujarme —Miguel frunce el ceño y le devuelve el empujón, más fuerte que el que le dio Manuel. Éste se queda quieto tras recobrar el equilibrio. Exhala laaaaargo, mirándole amenazador.

—Típico Gryffindor —jum jum—, no le importa nada con tal de llamar la atención. ¿Tenía eso forma de guantes?

—¡Era mejor que unos guantes! ¿O no? —le mira fijamente, botando aire por la nariz—. Encima me dijiste que no sé qué con un camello que trajo otro alumno.

—¡Tenías que hacer unos guantes! ¡No un jaguar peligroso y descontrolado! ¡Aprende a seguir instrucciones, o te irá mal en la vida! —camina a pasos grandes hacia la puerta.

Miguel le detiene del brazo, siguiéndole.

—Eres un mariquita.

Manuel forcejea con su brazo.

—Ya. Aprobaste. Lárgate. Es tarde y tengo cosas que hacer, Prado.

—Quiero ver que me apruebes.

—Ugh... —Manuel está considerando seriamente joderse a Miguel—. ¿Y en qué posición te sientes de saber antes que nadie tu nota? ¡Encima dando el examen atrasado! Seguro por flojo, por quedarte dormido.

—¡Infamias! Estaba comiendo, por eso me demoré —guarda su varita—. La comida es sagrada, además... No es ningún derecho, sólo estoy evitando que me times con eso de que «me aprobaste».

—¿Sabes cómo se llama el examen que acabas de dar, niñito? —sonríe de medio lado. Ya más calmado, aunque el malestar persiste.

Miguel le mira serio... Hasta que suma dos más dos con eso del nombre del examen y la sonrisa se le dibuja en la cara, con un sonido de risa.

—Conchatumadre, pendejo te crees —obviamente, sin mala leche, más bien agradece que se haya aligerado la atmósfera. Manuel suspira, derrotado.

—Sólo vete. Y pobre de ti que vuelvas a hacer un hechizo que podría matar a otros —se queda a un lado de la puerta, cruzado de brazos—. Si quieres un tiburón, hazlo cuando estés solo.

—Está bien, te dejo —se muerde el labio, le da una última mirada y camina para salir del lugar. Con zancadas grandes. Algo nervioso y con un regusto amargo.

Manuel cierra la puerta detrás suyo, y por suerte no le corta un pedazo de talón. Inmediatamente se apoya contra la puerta, y deja salir un quejido que tenía atrapado en la garganta. Se arremanga con rapidez y mira el tatuaje que le arde contra la piel.

«No Martín, no» piensa, apretando los dientes mientras resiste el llamado de la marca tenebrosa.


Queremos hacer una aclaración:

Debido a que los pedidos para el OTP Challenge se iniciaron en Tumblr, como un post, la condición era contestar por ese mismo medio, con las bases del juego ya estipuladas ahí, no hacerlo en Fanfiction.

Ya habíamos comentado el hecho antes en dos ocasiones, una en el capitulo siete de "el Trocadero", y la otra, en el primer capitulo de estas secuencias de fics. Dado el cómo los pedidos fueron hechos por medio de reviews, no serán acogidos. El primer review no comenta la historia, sino que directamente pide una ship (que no es que nos shipeemos), por lo que debería ser dirigido al Buzón de Felinos en Tumblr (donde será con mucho gusto aceptado). El segundo sólo tenía la ship (y el OTP Challenge es un reto, justamente, por contar con prompts).

Invitamos a hacer los pedidos en el botón de "Preguntas" o "Ask" de Tumblr. Haremos lo que podamos para cumplirlos. Sino pueden hacerlos por tumblr, comprenderemos que se haga por medio de un MP de Fanfiction, mas no como reviews, porque ése no es el objetivo de éstos, y apoyar esa iniciativa nos hace caer en un fic interactivo, prohibido y sancionado en Fanfiction. Los reviews son comentarios sobre la historia.

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Gracias, Somniloquy-and-oddgirl por la petición, nunca habíamos escrito sobre este universo. Güiña te pide disculpas por el retraso (participó de un velorio y funeral que le consumió muchos días lejos de Tigrilla).