¿Recordás aquella vez... Que negaste que él era tu novio?

Summary: Ambos padrinos tienen que ponerse de acuerdo con los preparativos de la boda, aunque Manuel no termina siendo como Martín espera y, probablemente, nunca lo sea. Argentina/Chile. UA.


Martín envía un mensaje de texto (al número que le dio Paloma) para concretar la cita. Se puede leer un «Llamame, tenemos que coordinar unos detalles». Mientras hace hora en un parque cerca de casa, está con una mochila liviana del Instituto.

El mensaje llega a un hombre que está tecleando a toda velocidad en su computador, con un vaso de Starbucks a un lado, en un segundo piso del local en cuestión, porque debe entregar esas correcciones mañana a la pobre alma en desgracia que pusieron a su cargo. Tacha una frase completa y escribe en rojo unas palabras malignas resaltando lo mal enfocada que está la escena. Manuel, el hombre, mete la mano a su bolsillo casi de forma automática, pensando que es un correo, pero su rutina se interrumpe ya que es un mensaje. Se lleva una mano a la cara.

«Número equivocado» escribe, sin saber ni pensar que pueda tratarse del otro padrino.

Martín detiene su marcha en un kiosko y compra cinco cigarrillos sueltos, cuando termina de pagar... El celular vibra y lanza un pitido. Lo saca del bolsillo de la casaca, mientras enciende su cigarrillo con el encendedor de cortesía que le prestan ahí. Enarca una ceja. «no es el número del otro padrino? Manuel?».

Hacía hora, caminando alrededor del parque, pero el ocio llamó al tabaco. Maldice a Paloma en su cabeza.

«Sí, ¿martín? espera», Manuel deja el celular sobre la mesa sin ningún miramiento para con el otro padrino y sigue leyendo lo que tiene enfrente. Suspira, viendo que le faltan aún tres páginas para terminar el capítulo.

Por qué. Francisco. Y Miguel. Habían. Tenido. La Magnífica. Idea. De Casarse. Justo. Cuando está. Ocupado.

«Es que... Es urgente, sabés?». Martín camina y se fija en la hora arriba de los mensajes «11:30».

Manuel ni siquiera hace caso del celular vibrando. Se lee sus tres páginas, y hace una anotación general antes de guardar y cerrar el documento. Recién entonces bebe de su café y mira el mensaje.

«Ahora sí. ¿Qué pasa?»

Martín debe de tener el cigarrillo a la mitad, apoyándose en un árbol. Medio aburrido porque no tiene tantos megas móviles para entrar a Facebook. Contesta a Manuel: «Tenemos que vernos para hablar de la boda. No hemos organizado nada de nada», «y es en dos meses» manda después, al segundo casi.

«Podemos encargarle todo a una productora de eventos», simple, sencillo, práctico, Manuel.

Martín se indigna al ver ese mensaje y le hace una llamada.

Manuel se estira, le crujen los huesos y se recuesta en la mullida silla, pensando que quizá pueda darse unos diez minutos de siesta antes que le despierte algún vendedor del lugar. Pega un salto en medio de su relajo. Tananá tananá tanananá. Ooooodiiiaaaaa el ringtone por defecto de su celular. Lo odiaaa. Le estresa porque es el mismo que tiene de despertador.

Así que lo toma, con los nervios de punta, y aunque no reconoce el número, contesta.

—¿Aló?

—¿Una productora de eventos? ¿Vos te caíste de la cuna al nacer? ¿O de un camarote?

—¿Martín? —aleja el teléfono, poniendo mala cara. Aprieta los ojos, ¿quién chucha se cree ése para llamarle si apenas se conocen? Vuelve a acercar el teléfono a su oído—. ¿Qué tiene de malo una productora?

—Me parece que lo tiene todo de malo, no le voy a dejar una organización tan importante y significativa a una productora —explica Martín, algo agresivo. Le da una caladita al cigarrillo—. Es la boda de Miguel, no es de una persona equis.

—De hecho, estoy seguro que una productora, con gente que sabe del tema, lo hará mil veces mejor que yo —le explica Manuel—. Sin contar con el tiempo que nos ahorraría a ambos —apaga su computador.

—Y perderte la oportunidad de organizarlo, claro, lo recordarás a lo «mirá, ¿te conté cuando fui el mayor pelotudo de la Historia y me valió una pija ayudar en la ceremonia de mi amigo?» —se encoge de hombros—. Ya, claro, a mí el tiempo no me es importante con tal de saber que aporté y les ayude y les di lo mejor.

Manuel cuenta mentalmente hasta cinco... Baja la tapa de la laptop.

—Qué propones. ¿Qué nos juntemos? Bueno. Cuándo —se cruza de brazos, sin ganas de pelear con un casi desconocido.

—Hoy tengo tiempo, lo antes posible —internamente agradece que se someta a su ley sin oposición.

—¿Hoy... Hoy? ¿Pero hoy? —le parece precipitado—. ¿No sería mejor otro día?

—¿Tenés algo que hacer? No creo que nada sea más urgente que conocerme en vivo.

—Oh, mi lindo, créeme que, por lo que me han contado, es más importante que termine mi revisión —sonríe, muy irónico aunque Martín no le vea.

—Recurso tonto y trillado el «por lo que me han contado» ¿eh? Te lo podés ahorrar —aun así Martín se pregunta mentalmente qué diablos ha podido chismear Paloma. Ah. Ni que fuera novedad... Con tal de tener tema de conversación lo inventa todo. Ahora sonríe él, que manipulable el pibe este si le cree algo a Paloma. O sea, ¡es Paloma!

—¿Y quién te crees que eres para decirme qué hacer, ah? —Manuel frunce el ceño, ughhh, le habría puteado de no ser porque es amigo de la pareja—. Anda cambiándome el tono si quieres que hagamos algo juntos —aprieta los ojos, empezando a tener un dolor de cabeza. Tiene hambre. Y sueño. Y tiene trabajo que hacer. No quiere que le jodan.

—¿Cómo querés que te hable, amor? ¿Así? —empleando una voz bajita y que planea ser sexual, mordiéndose el labio para no reír—. O... ¿A-A-Así? —aleja un poco el micro del celular por si se le escapa una risita. Muy maduro—. ¿Ya ves? Ni me conocés en persona y ya querés que te hable en ese tonito... Sos un pícaro, eh, Manolo.

Manuel rueda los ojos, y no se digna responder hasta después de guardar el PC y echarse la mochila al hombro.

—¿Ya terminaste? —se acomoda la mochila y baja las escaleras.

—Decime a que hora venís.

—A dónde, si ni me has dicho en donde nos vamos a juntar —duhhh.

—En plaza Italia, ¿en cuánto tiempo estás acá? —bota el cigarrillo y lo pisa.

—No sé, veinte minutos, media hora —calcula, saliendo del local y caminando al paradero.

—Dale... Yo espero —Martín cierra los ojos y se masajea las sienes, últimamente el cigarrillo le está dejando un dolor de cabeza fuertísimo—. Me llamás.

—Claaaaaro, yo te «llamo» —todo esto parece hecho a propósito para joderle la vida. Tener que armar la boda de la persona que le gusta sin ser él el otro contrayente.

—Es que... Se me va a gastar el saldo y vamos a necesitar hacer millones de llamadas —Martín se encoge de hombros y cuelga.

—Y éste qué se ha creído —dice Manuel, a lo «¡chi!», y no vuelve a abrir la boca hasta que no va en la micro y faltan pocas cuadras para llegar. Y la abre para pedir que le dejen pasar, nada de llamar a Martín. A ése le manda un mensaje. «Estoy llegando».

A Martín le vibra el celular, fumándose el segundo cigarrillo, y lee el mensaje. «Me llamás cuando estés en la plaza». Son las doce y va a llegar tarde... Otra vez.

«¿Y si me dices al tiro dónde estás?».

—Sacoewea —agrega para sí.

«Fumando en la plaza duh».

—En qué parte de la plaza po, aweonao —hace voz de imbécil. «¿Y en qué parte de la plaza? Al centro?»

«En la esquina, ¿venís caminando?» Martín apresura el paso del parque botánico hasta la plaza, debe estar a media cuadra. Así que llega antes.

Manuel se baja de la micro, enfrente mismo de la plaza. Con caaaaalmaaaaa. «¿En qué esquina estás?», mira a la más cercana, sin ver a nadie allí.

«Detrás del monumento, por ahí» se arregla la corbata, llegando, medio transpira, sin soltar el cigarrillo. «No te veo, ya llegaste?» observa alrededor, mientras camina un poquito más.

«No te preguntaría en qué esquina sino estuviera ya allí, ¿o sí?» se dirige al monumento, caminando a paso rápido, aunque este recreo de su rutina le hace bien, de algún modo. Debe ser el verde del pasto.

Martín se detiene cuando ve a un hombre con el celular en la mano que camina hacia él. Lo barre con la mirada. Se guarda el suyo.

—Camina un poco más, ya llegás, Manuel —le hace barra.

Manuel levanta la mirada al oír su nombre, sin haberse fijado en lo que le decía antes (ni siquiera le reconoció la voz). Le hace un movimiento con el mentón.

—¿Tú eres Martín?

—Nooooo, soy Ricardo Darín, ¿habés visto mis películas, imagino? —ya sabemos qué tiene en común con Miguel. Le extiende la mano, con medio cigarrillo entre los huesos de los dedos—. Y... Bueno, sí, he bajado de peso. Ya no tengo esa panza que se me veía desde hace un tiempo... —se encoge de hombros.

—Te imaginaba más... —Manuel mueve la cabeza, deteniéndose frente a él—. Bueno, no sé. No te hubiera reconocido si no me hubieses hablado.

—¿Me imaginabas más qué?

—No sé —no quiere decir «más del tipo de Miguel», ni no tan alto, ni menos rubio—. Algo.

—Eso es porque se les ocurrió ponerme un nombre muy corriente —regresa la mano estirada y le da una calada al cigarrillo. Algo fastidiado con que no le haya contestado el saludo—. Bueno, cojamos un taxi, que estamos tarde —camina hacia la avenida, esperando que Manuel le siga. Todo muy rápido.

—Alto, ¿qué? ¿Taxi a dónde? —obviamente sin seguirle. Del mismo modo en que no le devolvió el saludo por el cigarrillo, no le seguirá sin saber a dónde. No le está gustando mucho este hombre, qué quieren que les diga—. ¿No nos quedamos por acá cerca? Hay un café allí en la esquina.

Martín rueda los ojos (notando que no le sigue y sólo le oye hablar) y saca su celular, buscando una foto. La encuentra y se acerca a mostrársela. Es un niño con uniforme de colegio.

—Tengo que recoger a Heracles, sale del cole a las doce y son las doce y diez.

Manuel parpadea, y parpadea, y parpadea más tratando de ver la foto con más detenimiento.

—¿Es tu hijo? —le pregunta como primera reacción, sorprendido porque Martín luce joven.

—No... Es mi hermano, te explico en el taxi, si querés, ¿venís?

—Bueno... Supongo —absolutamente perdido, no se esperaba este giro de acontecimientos—. ¿Lo vamos a llevar con nosotros? —ahora sí, le sigue.

—Pasamos un rato por mi casa —Martín bota el cigarrillo porque se terminó de consumir sin darle ni una calada. Retoma el camino hacia la avenida, guardándose el celular.

—Podrías haberme dicho que nos juntáramos después. Tengo cosas que hacer. Me haces perder mi tiempo —le regaña Manuel.

—Me estás cayendo mal, pelotudo —Martín busca el taxi con los ojos, estira el brazo cuando nota venir uno azul.

—¿Debería importarme caerte mal? —ojalá le caiga mal, piensa Manuel. Así no querrá juntarse conmigo y acabará aceptando a la productora de eventos.

—A todo el mundo le importa, vos no serás inmune —para el taxi y abre la puerta de atrás.

—Mira cómo me importa, lindo —entra sin mirarle, corriéndose hasta la puerta contraria.

—Me habés llamado con apodos re cariñosos todo el camino, voy a creer que querés que te encierre en mi cuarto o algo así —comenta, pensando que Manuel seguro es puto. Y tira con todos. Se le nota... En la cara. Flaquito. Típico gay-prostituto.

—Qué fácil debes ser, si a cualquiera que te llame por un apodo cariñoso te lo llevas a tu cuarto —Manuel le mira sólo para decirle eso, y regresa la mirada a la ventana, aún de mal humor.

—Ehhh... No, no me celés tan rápido, nene. Tenemos minutos de conocernos recién —se ríe a lo «soy tu papi»—. Qué bárbaro sos... No te imagino con pareja —agrega.

—Ufff —rueda los ojos, pensando en los novios, y sigue empecinado en mirar por la ventana.

Martín le mira de reojo.

—Una vez estuve con una mina que... Era algo parecida a vos, en la personalidad...

—Qué interesante, cuéntame más —le pide Manuel, con voz cansina.

Martín rueda los ojos y no le habla más. Permanecen en silencio hasta llegar a destino, donde el argentino se baja primero del auto para pagar el taxi. Yendo, obviamente, con paso ligero al nido y volteando, de vez en cuando, a ver que Manuel le siga... Cosa que éste hace, de manera leeeeenta detrás del argentino, con las manos en los bolsillos, mirando a los niños que están afuera con otra gente. Incluso le sonríe a una niña que le queda mirando por más tiempo del debido.

Heracles espera sentado en una esquina del patio, en un borde de cerámica que separa las flores del suelo, mirando una abeja con expresión neutra. Martín llega a abrazarle por la espalda.

—Disculpame, pibe.

Heracles se asusta y voltea a verlo, pero en cuanto descubre quién es, regresa a su antigua expresión.

—No importa —le pone una mano en el brazo.

—¿Tenés hambre ya? —sonríe y le deja un beso en la mejilla, tomando la mochila del niño del piso y cargándosela al hombro.

—Un poco —Heracles se baja de un salto, y mira a Martín hacia arriba—. Tengo sueño —le comunica, considerándolo más relevante que el almuerzo. Lleva teniendo sueño toda la mañana.

Desde la distancia, Manuel los mira, de brazos cruzados.

—Sueño... ¿Querés que te cargue? —mirando algo preocupadito a Heracles, porque eso de que tiene sueño es reiterativo ¿será la edad? Le avisará a Chiara para hacerle exámenes de sangre, igual, y descartar si no tiene anemia el renacuajo.

Heracles estira sus brazos hacia él, para que le levante. Martín se inclina para hacerle upa a Heracles, y ya en brazos... Le da otro beso, caminando hacia Manuel.

—Hoy vine con alguien.

—¿Quién? —Heracles mira a Manuel, que le saluda con un gesto de la mano.

—Hola.

—Él, se llama Manuel —habla Martín para el pequeño. Cambia la mirada a Manuel.

Heracles inspecciona a Manuel, con los párpados a medio cerrar, al tiempo que Manuel nota que no se parece en nada a Martín.

—¿Sos su novio? —le pregunta Heracles al chileno, abrazándose más fuerte de Martín.

Martín niega, con una risita.

—No, pibe, es un chico que acabo de conocer, imaginate —sube una mano para arreglarle el cabello de la cara a Heracles—. Y es muy amargado.

Martín camina más despacio que cuando entró, con el niño cargado, hacia la salida. Manuel frunce el ceño. Y él que pensaba decir que eran amigos, sólo por el niño.

—De hecho, no puedo ser tan amargado si te acompañé hasta aquí.

Heracles se queda mirando a Manuel, pensando para sí...

—Pero... —Martín sonríe para Manuel y menea la cabeza—. No, no sos tan amargado, ¿qué te parece a vos, Heracles?

—No sé... —encaja suavemente su mentón en el hombro de Martín—. Tengo que pensar más —declara, aunque pensar en este caso quiere decir conocer más a Manuel y no el hecho de razonar en sí.

—Vamos, que el niño se está quedando dormido —intenta Manuel, con un sentimiento de vergüenza en el estómago.

Martín le besa la frente al niño y le acaricia con la punta de la nariz.

—Sí, seguro ha estado re productivo hoy para tener tanto sueño —comenta para Manuel—. ¿Parás un taxi, por fa? —pide.

—Ya... —apura el paso, hacia la calle, queriendo alejarse luego del ambiente familiar de los otros dos.

—Tincho —llama Heracles, bajito, casi en su oído, y bosteza.

El argentino se queda observando como Manuel camina más rápido.

—Decime.

—Vos te casarás conmigo, ¿no? —pregunta, por asegurarse—. Como Miguel. Lo he estado pensando mucho —de verdad, mucho, desde que Martín llegó a casa con la noticia—. Y me quiero casar también, con vos.

Martín le aprieta más fuertecito entre sus brazos, le ha dado ternura oírle eso.

—¿Y por qué querés casarte conmigo? —pregunta dulcemente, siguiéndole el juego—. ¿Qué habés pensado? —sigue caminando, ya salió del colegio, debe estar a unos metros de Manuel.

—Los novios se casan porque se quieren, ¿no? —le responde leeento, poniendo mucho cuidado en cada palabra—. La mamma dijo que para siempre, como en los libros. Y los libros son de príncipes como vos, ellos siempre se casan. Vos sos igual que los dibujos, y te tenés que casar —gira la cabeza hasta apoyar la mejilla, mirando hacia Martín.

—Sí, se casan porque se quieren mucho, mucho. Aunque no siempre es por ese motivo, ¿sabés? —lo mece un poco, mientras espera el taxi—. Además, ¿vos estás seguro de que me vas a querer siempre? Soy muy mayor para vos.

—Sí te voy a querer —Heracles hace un puchero. Un taxi, lento, con cuidado de no asesinar a un niño (el conductor no es argentino, nos queda claro), se detiene junto a Manuel.

Heracles no sabe por qué otras razones la gente se casaría, pero guarda la información en su mente, muy al fondo, para preguntar después al respecto en el momento menos adecuado. Manuel les mira de reojo, y abre la puerta de atrás para Martín, ya que cree que es lo correcto.

Martín entra al auto, con cuidado de que la cabecita de Heracles no se choque contra nada y le indica al taxi la dirección de casa. Que está ubicada en un barrio de mediana clase, tirando para alta. Heracles se duerme definitivamente en el camino, y Manuel cree reconocer algunas calles, cerca del final del viaje.

—¿Vives aquí? —le pregunta a Martín, cuando ingresan en un pasaje y el taxista, poco más allá, se detiene.

—Sí, de toda la vida casi, aunque cuando recién nací vivíamos en otro barrio —Martín busca unos billetes en su bolsillo, con varias dificultades por tener dos mochilas a la espalda y un niño dormido encima—. ¿Y vos? ¿Vivís cerca? —al final saca un billete y una moneda, mirando el taxímetro.

Manuel ni se preocupa de pagar él la mitad, Martín lo arrastró hasta aquí y eso que son meros conocidos.

—No, yo soy del otro lado de la ciudad. Aunque ahora vivo solo —abre su puerta, y espera para poder salir.

Martín le paga al taxista y abre la puerta por su lado para salir, haciendo un sonido de esfuerzo para ello y termina de pie fuera del auto.

—Oh... Cierto, ¿cuántos años tenés?

—¿Me preguntas a mí o al niño? —Manuel le mira desde el otro lado del vehículo, y se da la vuelta por atrás, con su mochila al hombro también.

—A vos. Heracles tiene cinco, eso ya lo sé.

—Veintiséis —le responde, frunciendo el ceño, choreado con tanta invasión por parte de Martín—. Me llamo José Manuel González Rodríguez, grupo sanguíneo O positivo, mi cumpleaños es el doce de febrero, nací en Coquimbo, ¿algo más que necesites saber? —le mira de esa forma en que no podemos saber si lo que ha dicho se lo ha inventado o si es verdad. Así con cara de «las preguntas weonas que hacís».

—Doce de febrero... Oh, dos días después y serías Cupido —comentario irrelevante, mueve la mano para dispersarlo. Camina hacia la casa y busca las llaves.

Manuel le sigue, sin estar seguro de todo esto.

—¿Te ayudo con las mochilas? —le ofrece.

—Dale —busca quitarse su mochila, que es la más pesada, y se la tiende. No sabe muy bien de que hablar ahora, sólo quiere abrir la puerta.

Manuel se la recibe, en silencio, y espera. Mira la calle y la casa de enfrente, sintiendo que los árboles se le hacen vagamente familiares. Martín se deshace de la mochila, se voltea a la puerta, hace un movimiento, como un saltito, para cargar mejor a Heracles que se le resbala.

La casa está en silencio, quitando el sonido de la radio que la empleada escucha en la cocina.

—Seguime —comanda el argentino, caminando hasta unas escaleras y subiendo por ellas.

—¿No sería mejor que te esperara junto al taxi? —de todos modos le sigue, mirando alrededor.

—¿Por qué junto al taxi? Si ya le pagué —sube las escaleras lentamente, sabiendo a qué se refiere.

—¿Nos vamos a quedar aquí? —se sorprende. Deja de subir las escaleras. Aún más, baja un escalón. No debería subir a las habitaciones de la casa de alguien a quien acaba de conocer. No es correcto.

—Bueno... Puedo a pedirle a Lita que haga un poco más de comida y almorzamos, ¿no querés? —voltea a verle cuando llega a la cima.

—Sí, es que... —por la hora, le vendrá el hambre de un momento a otro, lo sabe—. Voy a esperar afuera —le anuncia, y se excusa—. A fumar.

—Es que quiero que dejés la mochila en mi cuarto.

—Ya... —sube los últimos escalones—. ¿En cuál...? —mira las habitaciones.

Martín le señala con la barbilla una puerta al frente, justo el cuarto que da para la escaleras.

—Allá es, yo voy a acostar al nene, no me demoro —avisa, camina bordeando la escalera al cuarto de Heracles.

Manuel abre la puerta, el cuarto le recibe con un aire sobrio. Renacentista, todos los colores de las paredes en armonía, con las cortinas cerradas que ocultan la ventana que da para el parquecito. Deja la mochila de Martín sobre su cama y la suya, también. El escritorio está repleto de libros, lapiceros, reglas y una lamparita. Hay una ruma de ropa encima de una silla. En la mesita de noche hay una foto, en un retrato.

Martín, casi en paralelo, entra, se quita la mochilita de Heracles del hombro y la deja encima de una mesa. Acuesta al nene con cuidado en la cama, abre el clóset y saca una mantita. Lo abriga y le deja besos en la mejilla. Sale de la habitación de Heracles y camina hasta la puerta de su cuarto, a ver si Manuel sigue ahí o ya bajó...

Manuel curiosea por la ventana, mirando el parquecito y dándose cuenta ahora, a la distancia, que la casa de más allá es la de los Prado. Hace años que no va para allá, aunque llama al padre de Miguel para ciertas ocasiones especiales (como fue su titulación).

Martín se acerca a Manuel y se queda a su costado, apoyándose en el borde de la ventana.

—Podés fumar acá.

—Ya se fue el taxi —le avisa, separándose del vidrio—. ¿No te molesta? ¿Seguro? —revisa en los bolsillos de sus pantalones.

—No, yo también fumo acá —se tantea un encendedor, un cigarrillo y los saca. Manuel saca uno de los suyos, igualmente, y espera a que le preste el encendedor. Martín abre la luna de la ventana—. Mi primo, Seba, inauguró el cuarto de humo hace ya tanto tiempo. Aunque de otro humo...

—¿Vamos a ver lo de la boda? —le apremia Manuel. No sabe quién es Sebastián y, sinceramente, le importa una mierda.

—Claro —le extiende el encendedor—. ¿Luego de almorzar o ahora?

—Preferiría ahora. Así luego no te molesto más —enciende su cigarrillo.

—Mmm... —Martín le mira prender el cigarrillo y se pone el suyo propio en los labios, esperando el encendedor. El chileno se lo devuelve.

—¿Tienes dónde anotar?

Martín enciende su cigarrillo con parsimonia y guarda el encendedor, su mirada se pierde mucho más lejos del parque.

—Antes, mientras fumamos... ¿De qué novio sos amigo? ¿De Migue o de Francisco? —calada lenta.

—De ambos, pero más de Francisco. Con Miguel la cosa es más complicada —fuma, y con un movimiento discreto, se arregla el cuello de la camisa, que tiene completamente abotonado.

—Ah, mirá vos... —bota el humo por un costado de la boca—. ¿Decís que es complicado por su comportamiento o...? —le mira de reojo.

—Hicimos muchas tonterías de cabros —se sonríe un poco, sin especificar—. El resto es lo típico, contacto ocasional, en algún cumpleaños por allí...

Martín imagina que, claro, fueron súper amigos de adolescentes, pero... No sabe por qué, presiente que no es por ahí la cosa. Como si no cuadrara, no sabe si es la sonrisa, el tono de voz de Manuel o sólo su conveniente imaginación. No le contesta nada. Dando otra calada al cigarrillo. Además, Miguel le debe de haber contado sí o sí de Manuel a Martín, para pedirle un consejo alguna vez. Sólo que Martín quizás no se acuerda (tantos años ya de eso).

—¿Y tú? —Manuel regresa lento a la ventana, haciéndose un lugar junto a Martín—. Y no hablo sólo de cómo se conocieron... Recién te dije muchas cosas sobre mí y con suerte sé tu primer nombre.

—¿Comienzo desde la edad entonces? —sonríe un poquito de lado—. Tengo veinticinco, hace casi veinte que conozco a Miguel, quizás un poco antes, pero es un aproximado —vuelve darle una calada al cigarrillo, mirando la puerta de una casa—. Es mi mejor amigo, aún me toma por sorpresa que se vaya a casar, ¿entendés? Es raro —aunque no explica por qué es que es raro, ya que son unos celitos bien escondidos porque él aún no tiene a nadie como lo tiene Miguel o porque Miguel se entregue tanto a una persona que no es él. Bota el humo—. No tengo ni puta idea de mi tipo de sangre, mi apellido es Hernández, estudié Administración de Negocios Internacionales y... Estudio un curso, pequeño, de Crítica Literaria, más de puro de gusto.

—Ah... —Manuel asiente, tirando las cenizas por la ventana—. ¿Eran vecinos, no? Miguel vivía aquí antes. En esa casa de allá —le señala.

—Aún viene de vez en cuando, a quedarse a dormir cuando la familia hace fiestas grandes o... No llega hasta su casa, por un compromiso o algo —apunta Martín.

Manuel le queda mirando, sin saber por qué imaginándose algo similar a una pijamada de niños. De hecho, le parece bastante posible.

—Entonces son buenos amigos —deduce, y rueda los ojos para sí—. Bueno, si no lo fueran no serías su padrino —calada.

Martín le da una calada al cigarrillo también, ignorando a Manuel. No se siente cómodo por alguna razón, así que bota el cigarrillo por la ventana.

—Bueno... Voy a lavarme las manos para arreglar todo en el estudio y ponernos a organizar.

—¿Te espero aquí o abajo? —sigue fumando, esperando a acabarse su cigarrillo.

—No, dale, terminate eso y bajás —se quita el saco y lo deja acomodado en el respaldar de una silla. Sale del cuarto.

Manuel se queda mirando por donde sale, y dos minutos después arroja su cigarrillo por la ventana. Tiene que entregar la corrección, joder. De su mochila saca su agenda, y baja.

El estudio debe estar unas dos puertas lejos de la entrada. Ahí, adentro, espera Martín, pero Manuel no sabe dónde está, así que se queda dando vueltas sobre sí mismo frente a la puerta de entrada. Martín oye las pisadas de su invitado ocasional.

—Manuel, ¡vení! —grita, para variar, desde donde está sentado.

El chileno mira de reojo en la habitación, como quien no quiere la cosa, y entra, agenda en mano.

—Bonito —comenta, e inmediatamente después—: ¿Comenzamos?

—Sentate —ofrece Martín, porque él ya está sentado. La silla libre está al lado suyo.

Manuel toma asiento, se cruza de piernas y sobre la que queda más alta, apoya la agenda abierta. Escribe «planificación boda» como título.

Martín le mira.

—Primero son las personas, ponlo como número uno, el aforo del lugar —saca su celular y lo conecta al wifi de la casa. Abre Whatsapp y le deja un mensaje a Paloma «S.O.S»—. La lista de gente, calculando... La familia, unos cuantos amigos y compañeros de trabajo —agrega.

Manuel escribe, primero, invitados, y de allí saca tres puntos: Familia, amigos, trabajo, y dos notas al pie («hablar con Fco y Mgl» y «multiplicar x dos»).

—Tendremos que ver el lugar en que se hará después de calcular la gente... ¿O quieren invitar gente a la fiesta, pero hacer algo más privado? —le mira, con el lápiz en el aire—. ¿Sabes tú?

—Creo que quieren hacer algo privado, más por insistencia de Francisco que de Miguel, según me dijeron —abre la laptop a su costado y la prende—. ¿Algo al aire libre o... ? —porque sólo imagina que puede ser de dos, o en la municipalidad o al aire libre.

—Los Prado tienen una casa bonita, fuera de la ciudad. Quizá allí —anota «locación: Pendiente» e inmediatamente en el siguiente punto, «presupuesto»—. ¿Sabes de cuánta plata disponemos?

—¿Cómo sabés de esa casa? —parpadeo, parpadeo. Porque Miguel no suele llevar gente ahí, a parte de la familia—. No... Yo le dije a Miguel que me encargaría del gasto del lugar y la decoración a medias, con vos —sigue, pone su clave en la computadora y abre Google—. Que ése, al menos de mi parte, sería su regalo de bodas.

—¿Y tuviste siquiera la decencia de averiguar conmigo, o siquiera, de conocerme primero? —reacciona Manuel de inmediato, ofendiéndose ante el descaro—. ¿Tú te creís que tengo la plata para pagar eso?

Martín rueda los ojos.

—¿Qué hubieras querido que le dijera? ¿Que él pague? ¿Que negocie con su viejo?

—¡Obviamente! —presiona la punta del lápiz con fuerza contra la hoja, aireado—. Si piensas casarte, ahorras. No te lo pagan unos amigos, ¡y menos si no saben que tienen que hacerlo!

—Y... Bueno, ya estás en esto —se encoge de hombros.

—¿Tú estás mal de la cabeza? —le hace un gesto con la mano que acompaña a sus palabras—. ¿Cómo que «ya estoy en esto»? ¿Tú te creís que todos vivimos en una bonita casa con nuestros viejos? ¿Eh?

Martín cuenta hasta dos para ser más paciente. Sólo hasta dos.

—Me creo que podés dejar tu discursito que no va a llegar a nada productivo.

—Y yo creo que me puedes ir quitando del presupuesto, voy a hablar con Francisco y Miguel sobre esto —se levanta del asiento.

Martín le mira, sin decir nada.

—Un gusto —miente, Manuel, por cortesía—, sé dónde está la puerta, no te molestes —se despide apenas con un movimiento de cabeza.

—Dale —Martín regresa la mirada a la pantalla de la laptop, sin darle importancia (aparentemente, por dentro está hecho una marea de emociones) y teclea algunas cosas. Controlándose aún, cosa extraña, súper, súper extraña. Pero los años también le han dado algo de «resistencia» a estas situaciones, aunque no deja de ser un energúmeno cuando puede.

Manuel sale de la habitación, y posteriormente de la casa. Rabiando en su mente. Ni siquiera tiene combustible en su encendedor como para poder fumar. Y camina. Hasta llegar a la esquina y luego por la siguiente cuadra, y no es hasta que se detiene frente a un kiosko a comprar otro encendedor que se da cuenta que no tiene su billetera consigo. La tiene en su mochila, la que, a su vez, dejó en el cuarto de Martín. Cierra los ojos, aceptando que debe regresar. Así que quince minutos después se encuentra, todo tieso, frente a la misma puerta por la que acababa de salir. Mientras más rápido lo hiciera, mejor. Toca el timbre. La empleada es quién abre.

—¿Sí?

Martín está tuiteando «quién entiende a esos pelotudos que llegan a joderte la vida en tu propia casa». Luego, reanuda su búsqueda en Google, con varias pestañas abiertas, llenas de nombres de vinos, champagne, joyerías y lugares abiertos para bodas.

Paloma le ha contestado en el intervalo a su mensaje, con un «qué pasa, mi amorcito?».

«No sabés, Manuel se ha negado a aportar con la boda, me lo ha dejado todo a mí» contesta a Paloma.

«No te creo, ¿de verdad?».

«Seh, me ha dicho que no le importa y se ha largado, Miguel no se merece tener esos amigos ¬¬»

«Qué horrible. Pero conociéndote presiento que algo hiciste, me lo dice mi instinto femenino 🐆» le molesta, conociendo a Martín.

«No hice nada, más que decirle que era un regalo de bodas eso de correr con los gastos, te parece mal?».

La señora no deja pasar a Manuel. Va por Martín, le toca la puerta del estudio.

—Alguien le busca, señor, un chico —le avisa al argentino.

—¿Un chico? —ya se imagina quién puede ser en tan poco tiempo. Llega a la puerta, encontrándose con Manuel ahí.

—¿Recapacitaste?

—Se me quedaron mis cosas —Manuel le mira con nada de gusto.

—¿En mi cuarto? —hace un ademán para que pase y poder cerrar la puerta.

—Sí... —suspira entre dientes, ay, apenas mirando el pecho de Martín—. Las tomo y me voy —promete, dando un paso tentativo hacia las escaleras.

—Subí —autoriza Martín, dándole el pase para que él lo haga primero.

Manuel asiente y sube rápido, queriendo hacer esto lo más corto posible. Martín sube de a dos los escalones y cuando llega al cuarto, cierra la puerta detrás de sí.

—Manuel —le llama.

Éste está guardando su agenda en su mochila.

—¿Mmm? —le hace saber que tiene su atención, aunque no le esté mirando. A Martín le llega una respuesta de Paloma. Martín ignora la vibración y pitido de su celular. ️

—Conversemos mejor lo de la boda y los presupuestos, podemos llegar a un acuerdo justo para vos y tu situación económica.

El chileno cierra su mochila y se la echa a la espalda.

—Voy a hablarlo con Francisco y Miguel. Dependiendo de lo que me digan... —no termina la frase.

—Hablalo conmigo, mirá, no quiero que Miguel ni Francisco se enteren de la preparación, quiero que sea sorpresa —explica—. Yo te puedo prestar plata o... Cubrir más costos que vos.

—Martín —le llama Manuel, queriendo cortarle el discurso—. Apenas te conozco. Además, tendrías que ser muy tonto para prestarle plata a alguien que no conoces. Y yo no soy tu amigo —aclara.

—Puedo hacer un papel con tu firma y DNI y hacerlo por regla eso del préstamo, no necesitás ser mi amigo —se muerde el labio, esperando su respuesta.

—Primero tendríamos que sacar el presupuesto —valora Manuel, aceptando la posibilidad—. Hablemos con Migue y Pancho. Para saber primero a quienes quieren invitar —da unos pasos hacia la puerta de la habitación, mirando a Martín.

—Está bien, le pediré a Miguel que me mande la lista por correo, mejor —le mira aún, sin apartarse de la puerta—. Quiero que todo salga perfecto, en toda medida posible, no me hagás boicot.

—No seái imbécil, no le boicotearé la boda a mis amigos por... —le mira de arriba a abajo—, meterme contigo.

Martín cierra los ojos y piensa «me tiene envidia, ésa es la típica mirada que se tiran las minas cuando le tienen envidia a otra», luego los abre.

—Entonces dejá tu mochila, Lita ya debe estar poniendo la mesa para comer.

—¿Sabís? Tengo muchas cosas que hacer, tengo un trabajo que terminar y no tengo tiempo para que me sigái hinchando las pelotas —Manuel está perdiendo la paciencia. Otra vez.

—Vos me las hinchás con esa actitud de mierda —escupe Martín, pero se aparta de la puerta y la abre, para que salgan—. Además, dijiste que te quedabas a almorzar, no sé porque me salís con eso de tu trabajo.

—Porque es verdad —remarca Manuel, saliendo y bajando sin darse la vuelta a mirarlo—. Si me querís invitar a almorzar a tu casa, perfecto, pero primero conozcámonos, hablemos, tomémonos un traguito y después —se detiene al pie de la escalera y se da la vuelta—, ya con más confianza, me invitái. ¿Ya, mi lindo?

—Vos sos el apurado, por mí no hay problema —suspira Martín con una leve sonrisa—. Igual, el que almorcés aquí es circunstancial, miralo por el lado práctico: No gastarás en comida.

—No soy una rata —definitivamente Martín no logrará que Manuel se sienta más contento de tener que trabajar y planificar todo con él.

Martín le sigue, se medio adelanta para llegar al estudio con Manuel y volver a sentarse. En el proceso saca el celular de su bolsillo y abre el mensaje de Paloma: «Depende de qué tan caro me vaya a salir y de qué tanto se lo merece la persona» le escribió ella.

Manuel, por su parte, ni se acerca al estudio, y al ver a Martín se ríe entre dientes, pensando que esto es casi una maldad. Se dirige a la salida, muuuy calmado. Martín, apurado por comenzar con la organización de todo, ni se entera que Manuel no le sigue, le contesta a Paloma: «Que tanto te salga caro a vos? No, no te preocupés, ya volvió»

—Sentate —manda sin mirar, pero Manuel no le puede contestar pues no está allí.

«Imagina si una prima quiere casarse con todos los lujos, y no te agrada. A mí al menos no me gustaría tener que pagarle un capricho» responde Paloma.

Martín voltea cuando no oye respuesta y nota que no hay nadie. Se levanta y sale otra vez del estudio. Manuel ya está en la acera para ese momento. Martín suspira. Va a renegar todo el día, sin ir a buscarle. Manuel, por su parte, se va a olvidar de comprar el encendedor, pero sí se preocupará por guardar el número de Martín en su celular. Busca el contacto en WA.

«Mañana te llamo», le escribe. Para que no piense que quiere desatenderse de planificar la boda.

Martín va a hundirse en el sofá y se servirá un whisky y hará todo un drama, llamará a Paloma... Pero antes lee su mensaje y contesta: «No necesito su ayuda, lo haré todo yo y me llevaré el doble del crédito».

Luego le llega el mensaje de Manuel y responde con un «.l. No volvás, es una falta de respeto lo que hacés, no necesito de tus ideas».

Manuel sólo rueda los ojos.

«Bueno».

Martín hasta llorará de frustración porque esta planificación, tan importante, comience con el pie izquierdo. Y llamará a Miguel para desahogarse.


Gracias por el pedido, Flantastica :D