¿Recordás aquella vez que... fuimos Nadie?
Summary: En la fiesta de bodas, a Martín se le ocurre la genuina idea de intercambiar máscaras con su primo, Sebastián, y quién se llevará la peor parte de lo que ocasionará ese detalle, será Daniel. Uruguay/Chile.
Como padrino de bodas a Manuel le tocaba algo más que dar un discurso (que inició con la cita a un poema y acabó con uno propio dedicado a los novios, ¡já! ¡Chúpate ésa, Martín!), también tenía que vigilar el desenvolvimiento de la fiesta y guiar a los invitados, por lo que se encontraba en la sala de recepción, revisando que las máscaras que habían encargado (de distintos colores, con plumas falsas e incrustaciones que simularan joyas) no viniesen rotas. De paso, aprovechaba de elegir antes que nadie la que más le gustará.
—¿Las contaste todas? —se dirige a Martín.
Martín cruza la pierna, así sentado y suspira, mirando hacer a Manuel.
—Creo, ¿son cien? —no le gusta mucho eso de estar supervisando, él solo se encarga de lo que quiere decorar y ya.
—Sí —le mira Manuel de reojo, pero no comenta nada del «creo». Toma una máscara que cubre desde las mejillas hacia arriba, color azul, sin plumas—. ¿Te puedo confesar algo? —comenta en tono casi neutro, la habitación es silenciosa y está vacía, ya que todos disfrutan del postre en las mesas.
El argentino levanta las cejas y apoya la barbilla en su mano.
—Decime... Menos algo que tenga que ver con que mi nariz se va a ver demasiado grande con la máscara —ojos en blanco.
Manuel levanta las cejas, se le nota una alegría real en los ojos.
—Ohhhhh, no se me había ocurrido —y en lugar de ponerse él la máscara, se apresura a pasos largos hacia Martín, para ponérsela a él. Meses de tener que lidiar con él son los que permiten este desenvolvimiento—. Póntela —este desenvolvimiento... Y ningún disimulo en querer joderlo y burlarse de él. Muy adulto, sí. Muy adulto.
Martín bufa y le agarra de la muñeca con una mano y con la otra le quita suavemente la máscara, la observa... Y luego descansa la mirada en los ojos de Manuel.
—¿No la habías elegido para vos?
—No te la estoy regalando, sólo quiero ver cómo le queda a tu nariz—se medio sonríe—. Chi. Patuíto —quita la mano con un tirón que no es tanto un tirón... Pero es firme.
Martín hace un mueca con la trompa.
—¿Y tan tranquilo yo con que te burlés en mi cara? —pregunta, con una sonrisa.
Manuel tuerce el morro, molesto porque lo diga tan de frente.
—Ya, si no es para tanto —golpecitos en el hombro.
Martín se ríe y le muestra las palmas, aún con la máscara en una mano.
—¿Y qué ibas a confesarme?
—Mmm... Ya no sé si hacerlo —vuelve a las máscaras, toma una dorada, con plumas naranjas, rojas y amarillas que llega hasta las mejillas. Le parecen una alusión al fuego... O sencillamente una decoración muy conveniente.
—¿Por?
—Porque cambié de idea —le mira fugazmente—, a menos que me convenzas.
—¿Cómo puedo hacerlo? —Martín se acerca más a Manuel y le delinea los contornos de la máscara con un dedo.
Manuel le sostiene la mirada.
—Puedes partir usando ésta —presiona la máscara colorida contra la mano de Martín.
Martín traga saliva y suspira, pensando que si se burla Manuel... Él se burlará el doble. Deja la máscara que tenía en la mano y se lleva la máscara (que le ofrece Manuel) a la cara, con delicadeza, la encaja a la altura de sus ojos, amarrándosela por detrás de la cabeza. Su nariz resalta, obviamente. Manuel no se ríe, sólo asiente, aceptando su derrota.
—Llevo esperando toda la noche este momento —confiesa.
—¿Por qué?
Manuel se encoge de hombros.
—Me llama la atención una fiesta de máscaras. Es la primera vez que me toca una —le calma que Martín se haya puesto la máscara. Es acorde a su plan. Le podrá reconocer entre todos los demás a pesar de las luces bajas y la cantidad de gente apelotonada.
—También es mi primera vez —el rubio pestañea lento e inclina la cabeza—, ¿practicamos el baile?
—No es necesario, después de que bailen lo suyo van a cambiar la música —responde Manuel, refiriéndose a Francisco y Miguel. Mira al suelo—. Te quedan bien esos colores, te resaltan los ojos —va apagando la voz hacia el final de la frase.
—¿Y qué importa? Me parece buena idea supervisar tu baile —Martín se muerde el labio con el cumplido. Busca la mano de Manuel, suavemente.
A Manuel las orejas se le van poniendo coloradas, aparta la mano.
—Deberíamos pedirle a la gente que viniese ya, nos estamos atrasando con respecto al programa —se excusa.
—¿Cual programa? —Martín levanta las cejas—. ¿Lo acabás de inventar?
—Mmmno... Tengo calculadas más o menos las horas... No podíamos tardarnos tanto porque el funcionario del registro civil sólo se iba a quedar media hora... Y los meseros tienen un horario también... —murmura Manuel y mira ahora hacia alguna esquina por detrás de Martín.
Martín sonríe y le pone la mano en la cintura. Ignorando todo el discurso que se ha mandado Manuel.
—¿Querés que te elija una máscara? —es una pregunta retórica—. Encendemos la música a un volumen no tan alto y te enseño algunos pasos —le mira fijamente mientras se lo sugiere.
—Aunque pueda parecerte extraño, sí salgo a bailar —a pesar de sonar reprochador, pone una mano sobre la de Martín, inmediatamente la deja resbalar y aprieta el puño, lo suelta, no sabe si volver a tocar la mano de Martín o no—, pero me puedes elegir la máscara si quieres, me parece justo.
Martín llora internamente porque no quería que Manuel le contestase que sí a lo de la máscara.
—No tiene nada que ver que salgás o no a bailar, no es una discoteca... —mira su mano caer y se rasca la nuca.
—Martín...
—Dale —comprende—. Te buscaré una máscara —sonríe un poquito y se inclina para rebuscar con cuidado, en la caja donde están todas.
Manuel se calla lo que le iba a decir... Y de hecho, es grato no tener que decirlo y que Martín comprendiese. Carraspea:
—¿Te vas a quedar acá a pasar la noche o te devuelves?
—Depende si vos te quedás también —desecha una de color marrón.
—Así que sí te pensabas devolver —deduce Manuel—. Si no tuvieses cómo, sencillamente te quedarías, no existiría una segunda opción —le explica todo sabiondo. No le comenta que pueden devolverse juntos, ya que él pensaba irse con Paloma.
—No... Pero tu misma deducción aplica para quedarme —ademán ondulado con la mano.
Manuel suspira, largamente.
—Te gusta hacerme la vida difícil —léase, le pone en encrucijadas, le hace elegir entre cosas difíciles.
—Nadie tiene porqué enterarse de que decidiste quedarte —seduce con el acento. Mucho. Dándose su tiempo de acariciar las plumas—, ¿o tenés niñera?
Manuel se azora con ese comentario.
—Si querís quedarte, hazlo. Hay varias piezas —se hace el tonto, tanteando terreno, sin revelarle aún que se va a ir con Paloma—. Pero que necesitís que me quede también... —el tono de duda es obviamente forzado para molestarle—, ¿no estás un poquitito grande para que te dé miedo dormir solo?
—Pero qui nicisitís qui mi quidi tambin —le remeda Martín—, sí, quiero que te quedés, pero tampoco me molestaré si decidís irte.
—Si tienes cómo irte, ¿por qué no me preguntái mejor si me voy contigo? —¡ahhhh!, el lanzao.
Martín sin detener su acción... Se ríe suavecito.
—Porque si no lo decís... Yo también me siento inseguro de meter la pata.
Manuel murmura por lo bajo y le da la espalda a Martín, refunfuñando porque anotaciones así dejan claro para ambos que se están coqueteando mutuamente y que lo saben.
Martín encuentra una máscara púrpura, con detalles azulados y el borde perlado. Las plumas son de colores rosado, púrpura y azul.
—Flaco, ya te encontré una —la máscara elegida es de medio rostro.
—¿A verla? —mira por sobre su hombro por reflejo, y ya, qué tanto, se le acerca.
—Vení, te la pongo.
Manuel bufa por la nariz, divertido. Se le acerca.
—¿Que te la pongo, que te la pongo? ¿Que te la pongo, te la pongo ya? —le bromea cantando, nótese.
Martín se ríe, divertido.
—Esa canción sonará a las cinco de la mañana, imagino... ¿Cómo estarás vos? —acorta su distancia y le busca encajar la máscara.
Manuel cierra los ojos, quedándose muy quieto.
—Ebrio.
—Y con una chota pintada al lado de la boca —le pasa la cinta por la cabeza.
El chileno se sostiene la máscara para que Martín la pueda ajustar.
—Ja. Menos mal que es sólo pintada.
—Ese alivio suena de corazón, Manolo —entrecierra los ojos, jugando, claramente.
—Ufff, si supieras en los estados en que he despertado —aletea las pestañas suavemente...
—Te ves bien —elogia Martín—, resalta el morado de tus ojos —lo molesta, en broma.
—Aaayyy, ¿lo notaste? —voz de mina pituca, sonríe de oreja a oreja, obviamente de mentira—. Y a vos te resalta esos ojos de envidiosa que tienes.
Martín se ríe mááááás.
—Nunca más envidiosos que los de vos, con ese rasgado en las pupilas de pretencioso —le tira, sonriendo y relajando su postura corporal bastante (digo, no es que haya estado tenso, claro).
—Uy, qué pendeja pretenciosa tan desagradable que soi —le regresa, con ese tono de amiguis.
—Y además de eso, pelotuda.
Manuel le sostiene la mirada con intenciones, como si estuviera a punto de saltarle encima como un perro juguetón... O como si contemplara el besarle sorpresivamente. Martín se relame los labios y luego se los muerde, medio divertido, mirándole atento y coqueto. Manuel le echa una última mirada y, a pasos largos, se va a tomar la caja abierta. Es grande (no es cosa de meter tales accesorios en cajas apretadas), y le resbala un poco, pero se las arregla.
Martín le mira desde ahí.
—¿Qué te toca hacer ahora?
—Voy a llevarle esto a los meseros para que los repartan.
—Mmm... Dale, yo... Yo iré a buscar a Seba —se arregla el saco y carraspea. Algo desanimado con que Manuel se vaya.
—¿Tu primo? —da pasos tentativos hacia uno de los corredores, camino a la cocina—. ¿Te estás aburriendo? Es feo que un padrino se aburra.
—No, no, para nada, che —miente, la verdad como que separarse de Manuel se siente extraño. Se siente cómodo con él, como si fuera su pareja. Es predecible de lo que puede conversar con los demás invitados y no le parece divertido como seguir con Manuel—. Eh... ¿Me buscás después? —pregunta, con inocencia.
—Me lo voy a pensar —alza la voz para que le escuche, entrando al pasillo.
xXXoXXx
Martín busca, entre los invitados que ya tienen puestas las máscaras, a su primo. Reconoce a algunos por la forma y color de cabello o la manera de pararse muy peculiar, pero... Aún tiene sus reservas, logra reconocer a Miguel, que para no variar, está con gente alrededor, en un círculo. Se muerde el labio y sigue caminando adentro, al llegar a la mesa de los licores, encuentra a Daniel. Quien de frente lo llama por su nombre, sin hacer gala de misterio, le pregunta por Sebastián y él le contesta que se fue al baño hace un rato. Martín le palmotea el hombro y camina a los baños de hombres, que está entrando en la casa.
Sebastián se fue apenas un minuto antes de que se pusieran a repartir las máscaras, y además de haber caminado muy tranquilo, le tomó un poco de tiempo llegar al baño, lo que no le sorprende, después de todo es una casa, no esperaba que estuviera señalizado. Hace menos de un mes se tiñó el cabello nuevamente, aunque no de su color natural castaño claro, sino rubio. Limpia sus lentes frente al espejo.
Martín hace ruido al abrir la puerta (ya que chilla un poco por falta de engrasante) y se topa con Sebastián.
—Eh.
Sebastián le mira de reojo y luego a su propio reflejo en el espejo. Se pone los lentes.
—Hola... ¿No tocás antes de entrar vos? —voltea y se afirma en el lavamanos, de espaldas a éste.
—Daniel me dijo que estabas acá —contesta Martín y suspira, cruzándose de brazos y apoyándose en la pared.
—Ah. ¿Y por qué me buscabas, primo? —sonríe un poco—. ¿Y esa máscara? —no le comenta que durante el primer segundo no le reconoció.
—Mmmm, ¿te gusta? —ignora por el momento la primera pregunta—. ¿Creés que resaltan mis ojos?
—Y bueno... Sí —le mira como dudando—, ¿de dónde la sacaste? —se empieza a imaginar las posibilidades. Y realmente desea que Martín la haya encontrado por allí y que sólo esté haciendo el tonto.
—Adiviná quien la escogió para mí —sonríe de lado y enarca una ceja.
—¿Mi tía? —Sebastián enarca una ceja también.
—No... No es nadie de la familia —ojos en blanco.
—La mamá de Miguel —sonríe Sebastián.
—¡Es un mino!
—¡Un mino! —repite, y se acaricia la barbilla, pensativo—. Miguel. Respuesta obvia.
Martín se sonroja tras la máscara.
—No... No. Otro.
Sebastián se cruza de brazos ante el reto.
—¿Manuel? —no se le ocurre otra opción.
Martín asiente.
—Lo tengo re loco, viste —se muerde el labio.
—Seguís sin explicarme por qué llevás puesta una máscara —no comenta sobre Manuel porque no quede en evidencia el crush que tiene con él, culpa en parte de lo que habla Martín de él, culpa en otra parte por las veces en que ha conversado directamente con él.
—Porque la escogió para mí... Quiere que baile con él... —explicación adolescente—, yo también elegí la de él... Pero... No hay un porqué necesario —niega con la cabeza suavecito.
—Martín, ¿podrías empezar explicándome por qué se escogieron mutuamente máscaras? No estoy negando el romance implícito y novelesco de ello.
—Fue luego que me confesó que esperó todo el día por este baile —suspira, sin darse cuenta aún que Sebastián no espera la explicación de su máscara en específico, sino porqué la tiene para la fiesta. Y no agrega más porque no lo tiene muy estructurado en su mente—. Hablo hasta como mina de novela, qué burrada.
—Interpretalo a tu favor, tigre, no dudo que sea posible que... —le mira con risita en los ojos—, algo consigás —se separa del lavamanos y le pide que se haga a un lado con un gesto.
Martín levanta las cejas.
—¿Y esa actitud?
—¿Qué actitud? —se sorprende un poco—. De verdad te deseo suerte, me parece alguien interesante, o al menos alguien con quien podés sostener una conversación entretenida —ladea levemente la cabeza—. Y nada, me irrita un poco tanto secreto con la máscara, te ves re pelotudo intercambiando máscaras en un matrimonio, vas a hacer el ridículo.
—¿Por qué el ridículo?
—Porque nadie más va a andar con un antifaz —mi amor, serás tú el raro si no te apresuras y vas a buscar una máscara antes de que se acaben.
—Es una masquerade —con acento francés—, vos serás el único pelotudo sin antifaz. ¿No habés visto como hasta Daniel está con una puesta?
—¿Daniel también? —ok esto es nuevo—. ¡¿Todos?! ¿Y vos no me lo decís? —se imagina realmente quedándose sin máscara, será una pérdida de oportunidad total.
—Te lo digo ahora que soy magnánimo y puedo darte la mía... Podemos hacer un juego —ya que seguro Miguel le reconoce con esta máscara puesta, si se cambia a otra, podrá seducirlo a bailar y seducirlo en general.
—No tengo una máscara que pasarte... —la de Martín es bonita, piensa—. Acompáñame. Deben quedar —sí... Todas las que no tienen adornos o se arruinaron en su pasar de mano en mano.
—No —Martín ya tiene un plan, se quita la máscara y se la extiende a Sebastián—, yo buscaré otra en el almacén. Me reconocerás —guiña el ojo.
—¿Estás seguro? —de todos modos la toma, sabe a lo que se arriesga (es lo mismo que perderse el reparto de torta o pulseras brillantes).
—Sí, ¿recordás que yo lo organicé? —enarca una ceja y le palmotea el brazo.
—Bueno. Gracias —la mira un momento antes de ponérsela en el rostro, esperando que Martín le amarre.
Martín le hace girar para verle el lugar en cuestión y amarrarle. Sebastián se deja, mansamente.
—Si te eligió la máscara... Pienso yo, eh... Quizá sea por esa manía que tiene de controlarlo todo.
—O porque está enamorado de mí… —termina de amarrarle el lazo. Y se aleja, para mirarse al espejo.
Sebastián se observa en el espejo, con los lentes en la mano.
—No veo una mierda —confiesa y entrecierra los ojos. Trata de ponerse los lentes, pero no, es ridículo.
—Mejor así, dejá que alguien te descubra y baile con vos —sube una mano a su hombro—, te queda re bien, te ves mayor —elogia.
—Oh, no, qué horror —le mira y luego de nuevo al espejo—. Decí que me veo guapo, agradable a la vista, interesante, no sé, pero no me digás mayor —ay, todavía es algo rebelde.
—La reputa que te parió, si siempre hinchás las bolas con que querés serlo y ahora que te digo que lo aparentás... —tsk. Se arregla un mechón y camina hacia a la puerta—, dale, te tengo que dejar, para buscar mi máscara...
—No, no, estás confundiendo madurez con adultez... Yo sé que soy maduro —jajaja, pendejo, tienes 23—. Te habré hinchado las pelotas con eso cuando tenía diez, en todo caso.
—No confundo nada, vos decías ser adulto desde los dieciséis —le mira con burla en los ojos.
—¿Por qué no mejor te vas a buscar a tu novio? —chu, chú.
—Te dejo —Martín abre la puerta para salir del baño.
—Che —detiene Sebastián a Martín antes de separarse—, un consejo de primos.
Martín se detiene a un paso ya fuera del baño.
—¿Decime?
—Elegí una máscara que no te resalte tanto la nariz —inclina la cabeza.
Martín rueda los ojos comenzando a odiar al mundo.
—Gracias, primo.
—De nada —sonrisa uruguaya encantadora.
Martín sale por fin y no se encuentra con nadie en el camino... Lo que es una suerte.
La mitad de los invitados ya están en la terraza, un corro bastante íntimo rodea a los novios, el resto del populacho se extiende en el pasto, queriendo ver desde allí, un poco por debajo del nivel de la terraza, el primer baile.
Manuel está mirando para todas partes, buscando a Martín. En fin, cuando ve la máscara de Martín deja de preocuparse, después de todo, lo más importante ahora es Pancho. Migue, por su parte, ríe atrayendo a Francisco para bailar. Manuel se golpea la mejilla, desesperado, porque Martín no está de paje de Miguel, de hecho le echa la culpa de que ambos sigan con la máscara puesta cuando empieza el baile.
Pancho frunce el ceño divertido por el conjunto de Miguel, y busca desamarrarle la máscara.
Y Martín sin aparecer... "Aparentemente" está metiendo la cabeza en muchas cajas buscando una máscara de color parecido a la que le vio a Francisco.
Francisco le quita a Migue la máscara y el gesto es romántico porque están ambos con máscaras y Migue se ve lindo y raro a la vez, porque así Migue le puede quitar la máscara a él si quiere. Paloma está grabando, ya ha bebido más de lo que debería durante la cena. El hermano menor de Miguel se sostiene las manos y juega con ellas, mirándoles, sin prestar real atención.
Manuel, por suerte, ya se tranquilizó, aunque le extraña que "Martín" se haya ido a meter entre los más alejados (bueno, piensa, llegó tarde, se perdió el puesto privilegiado).
Daniel levanta las cejas al ver otra vez a... Martín.
—¿Encontraste a Basti? —le pregunta.
El interpelado se endereza, echándose levemente hacia atrás antes de comprender por qué Daniel le confunde.
—No creo que mi introspección haya llegado tan lejos —le sonríe y busca darle un beso en la mejilla. No se puede resistir.
—¿Mmm? —pregunta Daniel, confundido por la voz, la cercanía y el beso—, ¿Sebastián?
—¿Esperabas un beso de tu hermano? —pregunta con los brazos a la espalda.
—¿Qué...? ¡No! —le mira fijamente y se le pega un poco más, dándole un beso en la comisura de los labios—. ¿Le robaste la máscara?
—Me la prestó, dijo que me quedaría sin ninguna —mira de reojo hacia los novios, Pancho tiene la máscara de Miguel en la mano y la cabeza inclinada (muy sumisamente) para que el otro le quite la suya. Mueve los labios, seguramente hablándole a Miguel. Miguel probablemente le desate el nudo de manera muy bruta, susurrándole que pobre de él si no baila bien... A lo que Pancho le responderá que si acaso está nervioso, y que no le eche la culpa a él si el baile sale mal.
—¿Tan generoso, Martín? —pregunta Daniel, algo sorprendido.
—Y sí, yo qué sé, alguna razón suya tendrá que debe ser tan importante como ininteligible.
La orquesta mira esperando la señal de su líder... Quien a su vez espera que Manuel dé la señal. Éste está muy centrado con cara de póquer mirando a Miguel. Con un nudo en el estómago.
Miguel niega con la cabeza para Francisco, sin quitar la sonrisa y cambia de dirección su mirada a los ojos de Manuel. Haciéndole un asentimiento. Y Manuel le da el permiso a la banda para que empiece... Y suena... Redoble de tambores.
Manuel se da la vuelta cuando los demás empiezan a animarse, girando sobre su eje. No lo va a decir, pues él mismo no sabe qué busca, pero es a Martín. No le encuentra de momento, así que... Camina entre la gente. Hay muchas cabezas altas que le tapan.
Sebastián estaba muy reticente a bailar, pero al final se dejó llevar por los movimientos de Daniel, sin perder el control de los suyos ni hacer ninguno temerario. Manuel mira desde el borde de la terraza hacia el patio, buscando cabezas rubias. Una piscina, al lado, tiene sus propias luces y hace que se vea todo un poquito más mágico. Las luces se reflejan en el agua.
Martín por fin encuentra una máscara... Y se cubre la cara, ésta resalta su nariz. Pero qué importa. Él cree que no es para tanto. Sale a paso apresurado, baja las escaleras, pero le tomará un rato llegar al baile.
Manuel ha encontrado cabezas rubias, pero con máscaras de colores verdes y negros (y una azul). Cuando localiza la máscara de Martín, le encuentra bailando con su medio hermano, así que entra a tomarse unas copas mientras espera a que Martín se desocupe. «Quedas a cargo» le manda un mensaje, dudando que lo vea.
Martín le da una vuelta suave al cuerpo de Daniel y siente una mirada en la nuca, mira de reojo a su costado por sí alguien lo observa y no... Amplia el campo de visión y nota una cabecita castaña con máscara púrpura mirándole, le parece "re divina" la máscara.
Martín siente su celular vibrar, detrás de una parejita de extranjeros. Levanta las cejas al leerlo y contesta: «Siempre estuve yo a cargo, che».
Manuel le dice a una de las camareras (de las pocas que ofrecen algo, varios ya se fueron por horario y no llegaron todos los del recambio) que corra la voz de que ése de allá, ése, sí, ése, es al que le deben preguntar cualquier duda de ahora en adelante. Y se entra más. Quiere algo que le refresque. Ron cola en lo posible.
«¡Ja! Sí claro. Yo te vi lo más bien bailando».
«Que me viste bailando?» manda Martín y se ríe.
Sebastián a pesar de seguir bailando con Daniel y haciéndole caso en general, sigue con la mirada a Manuel.
«A ti, dah». «Pensé que con quien querías bailar era conmigo, mish» suelta Manuel, así, desinteresadamente.
«¿Y con quién bailaba?» pregunta Martín al primer mensaje. Al segundo... No contesta rápido. Pero sí contesta: «¿Y por qué no me buscás vos para bailar?» hijo de puta.
«Sigue haciéndote el tonto no más». «Te llevo un trago?» responde Manuel un par de minutos después, ya con su ron cola en mano.
«No me hago el boludo, flaco y... Sí, acercame un trago» contesta el otro y se guarda el celular para enfocarse a lo que vino a hacer. Busca la máscara de Miguel ahora sí.
«Claro, claro. Hazte el leso no más. O de verdad pensái que no te vi mirándome?». Manuel guarda su celular a su vez, termina su bebida rápidamente y pide dos tragos más, en vasos plásticos, por favor. Al rato sale nuevamente, le gustaría fumarse un cigarrillo... No cree que Martín no vaya a apañar.
«No te noté» contesta así para no ser muy específico. Y se vuelve a guardar el celular. Mientras tanto... Quien lleva la anterior máscara de Martín, se relame los labios, pensando y mirando a Daniel a los ojos.
A Manuel le mosquea un poco que Daniel siga acaparando la atención de Martín, y quizá aporte a ello el que los amplificadores y parlantes le ensordezcan, la música esta notoriamente más alta ahora que el momento cursi pasó. Los últimos vestigios de luz solar ya murieron.
Las identidades ahora son realmente un misterio.
Paloma baila, con una máscara de rostro completo, blanca y rosada. Va con su vestido. Fingiendo que no sabe que María es María y que ésta no sabe que ella es ella. María seduce a Paloma fingiendo también que es una completa desconocida. Le habla de su casa, de su carrera, de sus logros...
Martín confunde a Miguel con el pelo ondeado de Luciano...Y le agarra el poto. Recibe un agarrón tipo pellizco de vuelta en venganza.
—¿Y qué tal el amor? —oye Manuel que le contesta Paloma a María, al pasar.
—El amor se siente muy bien, pero por orgullo debo mostrar que no es necesario para mí —María la mira a los ojos—, no debo mostrarme como una esclava de él, me enseñó mi mamá.
Manuel se pierde el final de la oración, dejándolas atrás a pesar de que otras personas no le querían dejar pasar. Va camino a Sebastián, cuidando de no botar los vasos. Los oídos le quedarán haciendo piiiii (a él y a todos) toda la noche. Mmm, se va preguntando si acaso habrá confundido el cabello y traje de Daniel con el de otra persona, la verdad no recuerda bien si tenía algún distintivo en particular... Quizá por allí Martín le evadió la pregunta. Luego recuerda que no le dijo con quién le vio. Y se reconvence de que eran Daniel y Martín. Con quién más va a bailar Martín tan pronto, además, ¿con una mina? Ja, seguro no lograría convencer a nadie porque al momento de abrir la boca espantaría al pretendiente.
Martín, en esos momentos, le devuelve una palmada más fuerte a Luciano.
Luciano le sostiene de la muñeca, y le mira a los ojos para determinar... Levanta las cejas (aunque no se ve, su máscara es negra con estrellas y también de cara completa).
Martín traga saliva y ya quiere escapar como gato de ahí porque esa mirada no es de Miguel.
Manuel mira a Daniel, y decide que da igual quién sea, Martín fue quien le sugirió bailar y hace rato, tiene prioridad. Toca el hombro de Sebastián con el vaso.
—Tu trago —dice, alzando mucho la voz para hacerse oír.
Sebastián voltea y levanta las cejas, pero... Al segundo, sonríe de lado, reconociéndolo (más o menos, tampoco es que vea demasiado sin lentes).
—¿Es un nuevo servicio telepático? —ya que estaba pensando en tomar un trago y Manu se lo trajo.
Daniel les mira.
—¿Me estás diciendo que le acerté al trago? —ya que jamás le preguntó qué quería que le llevara.
—Mmm... —Sebastián suelta a Daniel con una mano para agarrar el vaso que le ofrece Manuel y mirar si le acertó o no—, creo. No es como si el ron me desagrade —se encoge de hombros suavemente, pestañeando lento.
Daniel no oye nada por tener el parlante tan cerca, a pesar de que los otros dos deben hablar casi a gritos para comunicarse.
Manuel asiente, y se dirige a Daniel.
—Me lo robo un rato —le avisa.
Daniel frunce el ceño confundido.
—¿Y quién sos vos? —le pregunta a Manuel. Sebastián suelta completamente a Daniel y ya medio que se va con Manuel si éste se lo quiere llevar.
Manuel se plantea cómo responderle a Daniel (a quien no le oye muy bien, menos le reconoce la voz), y entonces se acuerda de Heracles, lo que le hace sonreír. Le da esa sensación extraña que da a veces cuando se piensa en seres llenos de inocencia.
—Esta noche soy Nadie.
—Qué poético, ¿pero por qué me lo robás? —sigue preguntando Daniel y Sebastián decide apaciguarlo inclinándose a susurrarle que ya vuelve, que no puede negar una invitación tan contundente con trago, a un baile, «te busco luego». Daniel traga saliva y asiente (no muy contento), sumiso a la decisión de Sebastián.
Martín se frustra, luego de dejar a Luciano, por no encontrar la máscara de Miguel... Pero, ¡oh, sorpresa! Encuentra a Francisco sin máscara. Y a Miguel también. Se da un facepalm.
El que Sebastián le abandone, le da tiempo a Daniel de buscar otra pareja. Ya que hay vaaaaariooooos con máscara. Sólo para olvidarse de su miseria.
Manuel da unos sorbos cuando Sebastián se despide. Ya al tenerlo junto a sí, le toma de la mano, para guiarlo hacia donde la gente no está tan concentrada. Le toma entrelazando sus dedos, en primera instancia se nota que hay un titubeo, pero al final, Manuel le aprieta firmemente y no le deja ir.
Sebastián sigue con el vaso lleno, pensando en deshacerse rápido del trago, para poder bailar con más soltura y porque no es glamuroso andar caminando así, a menos que sea una copa. Se relame cuando Manuel le toma de la mano. Sus brillitos se intensifican. Aclaremos que Sebastián ya es más alto incluso que Martín, así que baja la mirada, buscando la de Manuel, buscando una explicación.
La mano de Manuel está tensa en los tendones de la muñeca, incluso cuando ya no tira de él y se para enfrente de Sebastián sin decir nada. Le suelta como si sólo le hubiese tomado de la mano por la necesidad del momento. La verdad es que teme tenerla sudada.
Sebastián carraspea y le pone la mano en la cintura, sin dejar de mirarlo fijamente como si fuera una presa. Le da un sorbo a su vaso y con los labios mojados, se inclina hacia Manuel.
—¿Sos vos?
—Depende. ¿Lo soi vos? —le sigue el juego, pensando que es eso y que Martín sabe perfectamente que es él... Lo que duda es que Martín recuerde que le dijo que había esperado ese momento toda la noche, o más bien, que Martín comprenda la irracionalidad poética detrás de esas palabras.
—El indicado para nuestra fantasía —no sabe qué hacer con el vaso, así que lo aprieta un poco (obviamente midiendo de que su fuerza no sobrepase y destruya la estructura de plástico). Recuerda vagamente lo que Martín le dijo sobre la máscara y las palabras de Manuel—, quizá... Quien también esperó por vos —le mueve suavemente, para dar una vuelta juntos.
—Ya te lo dije hace un rato... —Manuel se deja guiar, pero no por eso pierde la oportunidad de bajar la mitad del vaso de un trago rápido, al menos el vaso tiene muchos hielos.
A Manuel no le molesta que bailen lento a pesar de la música, en todo caso. Este es el momento en que le puede coquetear a Martín y poner sobre la mesa su situación, dado que, ya que la boda toca a su fase final, después de ese día no hay razón por la que se tengan que seguir reuniendo. Al menos no una razón formal y utilitaria.
—Sé porque me decís esas cosas —inventa Sebastián, se imagina que Manuel le ha coqueteado otras tantas veces a Martín, sin ser directo. Sólo está reuniendo todo—, me siento exactamente como vos.
Gggggolpe de calor en las orejas de Manolo.
—Nunca me dejas terminar de hablar —se excusa—. Me refería a la fiesta. A lo que te dije sobre ella.
Ups... De eso no le habló Martín.
—No te preocupés, si conmigo ni se notará si hacés un mal paso —consuela.
O sea, es lo obvio que alguien puede pensar "seguro le dijo que no sabe bailar... Aunque dudo que Manuel no lo sepa, en teoría, claro. En práctica, sí".
Manuel suspira, considerando que no importa. Tampoco le dijo por qué esperaba las máscaras, la falta de identidad, el coqueteo anónimo, no es culpa de Martín, sino suya.
Sebastián le da otro trago a su vaso.
—Repetilo, Nadie, tu historia conmigo comenzó cuando me aferraste a vos.
—Je... No es tan alejado de la realidad, realmente, aunque nosotros no tenemos historia juntos... —se nota por su tono que tiene algo que decir, pero que está atrapado en su garganta.
—Y...
—No sé... ¿Querís...? —la boca se le pone seca de pronto—. ¿Querís que tengamos una historia juntos? ¿Mmm?
A Sebastián se le calienta la cara bajo la máscara.
—¿Aunque luego te revele un secreto?
—No creo que puedas tener secretos —bebe, tiene la garganta seca. Como se le acaba la bebida, decide quedarse uno de los hielos más pequeños antes de agacharse a dejar el vaso en el pasto.
Sebastián arruga la nariz con ese gesto de Manuel de botar ahí su vaso, pero se recuerda que muchos lo harán porque estarán ebrios y/o les da paja buscar un tacho. Y porque en una fiesta al aire libre es lo más lógico que harán.
—Sí los tengo, los reservo para momentos como éste.
—Bueno, si tienes secretos, no te deben de durar mucho —se le acerca un paso más... Y en un acto de valentía, casi sin tocarle, le coloca las manos en la cintura. Empieza a sonar una canción de la Nueva Ola.
—Nadie llega hasta donde llegás vos —y si para cualquier otra persona puede sonar a una frase trillada, para él tiene mucho significados. Manuel es su crush, después de todo. Sonríe con las manos de Manuel en su cintura—, ¿y vos no te guardás alguna magia? ¿Eh?
—Quizá, ¿quieres saber dónde la guardo? —se muerde el labio, el rojo de sus orejas se ha extendido a sus mejillas, a pesar de mirarle determinado.
(Martín se quita la máscara y algo acalorado, camina hacia Miguel. Antes le da una mirada a todo el lugar, intrigado por Manuel. Daniel se acercó a Francis.
Luciano le manda un beso volado a Martín cuando huye.
Martín agarra el beso en el aire y se lo guarda en el bolsillo. Jum).
—¿Donde? —los ojitos de Sebastián tienen un brillo curioso, ladeando un poco la cabeza.
Manuel jala de Sebastián más hacia sí, buscando cómo hacer que le bese sin ser obvio.
—Un poco más abajo de tu nariz —parpadea... Y se la mira. Notando que algo no calza. Y eso que no habla de su nariz en broma, lo decía en el sentido más físico posible, aunque su tono guardaba una leeeeeve burla.
Sebastián abre más los ojos, dejándose tirar como por inercia. Se relame los labios. Piensa en Daniel... En Manuel. En el momento ideal en el que se encuentran coqueteando. Piensa que Manuel cree que es Martín y cómo eso le pone un poquito triste.
—¿Me prometés magia, cierto? —pregunta, por última vez, bajando el rostro y respirando lento.
Manuel sonríe menos, con la sensación de que algo no está bien, pero es su momento, y como no puede determinar qué es lo que le parece tan raro, no se centra en ello más. Además, le desespera que Martín no le bese. Tendrá que besarlo él, ughhh, y si le sale mal se va a burlar, tendrá que calcularlo bien, o tentarlo más.
—Claro, imagino que ya decidiste si... —sube la mano por la espalda de Sebastián, hacia su cuello—, nos quedamos o nos vamos. O si lo haremos juntos, al menos —haciéndose el desinteresaaadooo, como si sus labios no estuvieran tan cerca y él no estuviese claramente mirando para arriba y su mano no estuviese haciendo lo que está haciendo.
—¿Qué tal si me llevás al paraíso? —Sebastián corta la distancia restante y le roza los labios, besándole.
Manuel le sostiene del cuello muy acalorado, besándole de inmediato de vuelta, con obvias ganas y disfrute, si bien en principio no es brusco, sino suave y cuidadoso, como si tanteara el beso. Lo cierto es que está probando los labios de Sebastián, conociéndolos.
Sebastián pone en práctica lo bien que le han enseñado a besar desde hace años. Tratando de no sentirse culpable. Tratando de fingir que no está dañando a nadie. Imaginándolos a ambos como almas. Luego niega, porque no, de acuerdo con el significado religioso las almas no sienten y él lo único que hace es sentir en aumento el fuego de Manuel. Que ocasionará un incendio si el suyo también crece. Bota el vaso aun con un poco de ron y coca cola al pasto, para ponerle otra mano encima (de la cintura) a Manuel. Acercándolo. Devorándolo. Con ese inútil pensamiento que Manuel no piensa en Martín ahora, a pesar de que obviamente crea que es él. Le tiene tanta fe a la racionalidad (y rapidez mental) de Manuel que prevé que no tardará mucho en descubrirlo. A varios metros de distancia, Daniel le pide un trago a su francés acompañante de baile.
Manuel comienza a sentirse verdaderamente incómodo cuando Sebastián le acerca. No es como... No es como se esperaba que fuera Martín, y eso que tampoco tenía una idea detallada, no es que anduviera pensando en cómo sería besar a Martín (pero en sus masturbaciones al menos evocaba la colonia de Martín y su voz, ahora la colonia no es la que recuerda, y apenas puede oírle por sobre la música). Se le separa, respirándole en la boca, le entierra los dedos en el cabello, creyendo que así podrá salir de dudas. Aunque sea romántico y algo cursi, cree que con ello podrá reconocer bien a Martín.
Sebastián mantiene los ojos cerrados y suspira, pensando si lo habrá dejado satisfecho o lo hizo mal. ¿Tiene la bravura para acercarse otra vez? ¿Y si Manuel quiere decirle algo? Se convence con esta última. Y abre los ojos para mirarle fijamente.
—Lo bueno de esto es que todos somos anónimos —intenta ocultar su desilusión.
—¿A qué viene eso? —tocado en el orgullo. Quiere que Manuel sea más específico.
—A que después, cuando nos veamos, no estaremos seguros de si esto ocurrió realmente —quiere dar un paso atrás, irse, pero, si esta persona (que no es Martín) no sabe quién es él, ¿qué peligro hay? Quizá hasta se quite esas ganas que le hacen creer que quiere a Martín (porque no puede ser de otro modo, obviamente sus necesidades animales le confunden y se anteponen a lo que realmente, y razonadamente, quiere).
—Yo no voy a olvidarlo —declara Sebastián, conciso. Y se le inclina más, como abrazándole, para acerca su boca al oído de Manuel y respirar ahí—, yo no voy a olvidarlo, yo no voy a olvidarlo... —le lame—. Yo no voy a olvidarlo —y se sonroja un poco susurrándole eso como mantra.
—Yo tampoco —le susurra Manuel de vuelta—, pero no sabré quién eres. Pensé que sabía, pero ya no estoy tan seguro.
Sebastián valora sus posibilidades entre seguir guardando el secreto, terminar de bailar y no confesarle jamás a Manuel su nombre y que el recuerdo prevalezca así (en el que sólo él sabe) o, por último, decirlo otro día, y mientras, guardarlo como una victoria personal. Sonríe y los parlantes reproducen la voz fuerte de una cantante argentina. Abre la boca para contestar y la cierra, pensando realmente qué decir y cómo.
—¿Sabés, Manuel? Más inseguro me siento yo que sepás la verdad dentro de unos minutos. No podré quitarme la máscara. No podré soportar tu rechazo —le aferra con más fuerza a sí y sube la nariz por el cabello del chileno.
Alarmas alarmas alarmas alarmas alarmas. Manuel se tensa entero, tanto porque le tenga atrapado como porque sepa quién es (aunque, si lo pensara un poco más, se daría cuenta que muchos familiares de los novios le conocen dada su función y que les indicó donde sentarse).
—¿Me conoces? —traga saliva.
—¿Vos me conocés? —responde Sebastián con otra pregunta.
Manuel piensa rápido, pero no le reconoce la voz.
—No —responde, no tan seguro, aunque su tono es seguro. Intenta, de alguna forma, armarse de autoridad.
—¿No? —pero qué carajo—. ¿Cuántos uruguayos conocés vos, eh?
Comentario que al otro le cae como patada en la guata.
—Quizá más de los que te imaginas... Podrías haberme hecho un favor, Sebastián.
Ok, todo está perdiendo cada vez más la magia, y aún peor, sale más de sus manos para estar más en las de Sebastián, lo que, de algún modo, le asusta.
—¿Qué favor?
—Haberte hecho el tonto.
—No te hagás el inocente, Manuel —le suelta un poco, pero sus labios siguen moviéndose en el oído del otro—. Admito que tuve culpa, pero ya... No me arrepiento.
Daniel busca a Sebastián con la mirada mientras Francis va a la mesa a servirle un trago.
—Si prometes no decirle a nadie... —Manuel no termina la idea. Sebastián no le cae mal, lo encuentra interesante y hasta ha llegado a tener la impresión de que le encuentra interesante a él (cosa que le ha subido el ánimo en sus encuentros). Además, es alguien con quien puede conversar sin entrar en muchas explicaciones, porque le sigue bien el ritmo. Esto no tiene por qué terminar en algo desastroso.
—Cómo creés vos —se yergue mejor en su postura y le da un besito sólo para recuperar la honra.
Manuel le suelta a su vez.
—Eso cambia favorablemente mi situación —le acaricia los labios con los suyos—. De todos modos agradecería que fingiéramos ser anónimos.
—Estamos en la misma situación —Sebastián frunce un poco el ceño porque también lo puede cagar a él y no va a dejar que suceda. Igual para no seguir hablando, le besa con ganas.
Manuel es tomado por sorpresa, por lo que no le entiende de inmediato, pero al hacerlo, se ríe, bajito y en el beso.
—Yo... —le besa—, soy soltero —le recuerda.
—Sé de qué forma hablarle a Martín —resume Sebastián y sonríe, mordiéndole los labios.
—No hay nada que decirle a Martín, ¿no acabo de decirte que estoy soltero? —le pone las manos en la cintura, y le viene el pensamiento de que Sebastián es más joven que Martín.
—No nos hagamos los pelotudos, si Martín hubiera tomado mi lugar... Ya no lo serías ahora —replica, manteniéndose calmado, pero con un leve fastidio en la voz—, y no es que sepa lo que quiera o que no sepa cómo decírtelo. Es que yo te respeto, Manuel.
—¿Me respetas? —inclina la cabeza, y entonces comprende—. Me parece perfecto... No se hable más. Somos iguales entonces.
Comprende que Sebastián le explica por qué ambos están en la misma situación y no es él (Manuel) quien tiene ventaja.
—¿Y qué querés hacer? —Sebastián sonríe de lado.
—Ando con mis cigarrillos —le hace un gesto con la cabeza hacia donde la gente no baila, sino que conversa o fuma, en grupos.
—Si me das un beso más... —condiciona y levanta la barbilla.
Manuel pone los ojos en blanco.
—Menos mal que estás cooperando —le aprieta con sus pulgares.
Sebastián le mira desde arriba y le sonríe un poquito.
—Él también piensa en vos... Aunque nombre a Miguel —refiriéndose a Martín, consolándolo.
—No necesito consuelo... Tampoco necesito verdades a medias. Mejor háblame de ti —le toma una mano para hacerle girar sobre sí mismo.
Sebastián gira, sin borrar la sonrisa y siente que lo están mirando, pero esta vez no prefiere buscar esa mirada (de hacerlo quizás el corazón se le encogería un poquito, ya que él único que probablemente le mira es Daniel).
—Un día, cuando yo sea tu verdadero y único objetivo, te contestaré a eso —se relame los labios y se separa, amablemente, de Manuel. Soltándole la mano y desenredando un brazo de su cintura—. Fue un gusto bailar con vos —susurra, pero aun así, esperará a irse cuando la canción acabe.
—¿No fumas? —se extraña Manuel, y trata de hacerle dar una vuelta en sentido contrario, yendo a por su mano nuevamente y de inmediato. No quiere que se vaya aún. Si le ha dado ese susto, al menos que se lo pague con una velada más interesante. Además, Martín quedó a cargo, ya puede relajarse.
Sebastián suspira y se deja dar la vuelta, tampoco quiere irse, ni es su estilo hacer drama.
—Espero que no sea un cigarro barato —le mira cuando se voltea completamente.
Martín los ubica con la mirada y se queda a lo "¡ihhhhh!".
Manuel aprovecha el pánico para atraer a Sebastián y chocar cuerpos de ese modo en que se busca sexo en las discotecas, una sola vez y sin insistir, como si fuese un signo de puntuación en la conversación.
—No es caro tampoco, ¿te molesta? —se sonríe. No cree que Sebastián gane tanto como para pavonearse así—. Tengo unas preguntas que hacerte.
Sebastián se muerde el labio, valorando el movimiento de Manuel.
—Vamos. ¿Dijiste vo' que sabías de un sitio para fumar? —va con segundas intenciones, obviamente.
—Te estoy invitando al cigarrillo no más, lo otro... Ya veremos —le soba la zona con la cadera.
Sebastián entreabre los labios como para jadear.
—V-Vamos, Manuel.
Manuel le mira con cara de póquer, y le busca la mano para tirar de él hacia las farolas. Sin asustarlo ni quitarle el miedo. Sebastián le sigue.
Con el índice y el medio, Manuel le "pasa a tocar" la muñeca, en todo ese "tomarle la mano". A Sebastián le recorre un escalofrío que no se hace aparente tras su expresión «seria». Y le agarra los dedos a Manuel, queriendo entrelazarlos.
Manuel le mira, e insiste en su muñeca, acariciándola esta vez, antes de ceder y entrelazar sus dedos. Sólo para que Sebastián deduzca que no fue sin querer.
Sebastián frunce un poco el ceño y pone cara de estirado. Daniel lo ve irse (otro rato más) y se queda muy confundido. Martín camina buscando a Daniel para acusar a Sebita.
Manuel y Sebastián se detienen bajo una de las farolas, Manuel se apoya contra ésta. Le mira, y desvía la mirada, pensando, metiéndose la mano en el bolsillo del pantalón.
Sebastián se junta más a Manuel como acorralándolo, pero a la vez dándole un poco de espacio para que saque los cigarros. Le mira fijamente.
—¿Citás a algún escritor para este momento? —murmura, ladeando la cabeza.
Martín se quita la máscara y se choca con varias personas hasta llegar a Daniel.
Manuel se pone un cigarrillo entre los labios y le ofrece la cajetilla para que saque uno. Frunce el ceño, pensando en uno. Sebastián coge uno con delicadeza y se lo pone en los labios también, esperando por el fuego.
Manuel enciende el encendedor cerca suyo, y se lo acerca a Sebastián (como si fuese un hombre encendiéndole el cigarrillo a una mujer al estilo antiguo, así de educado).
—Sobre la nieve se oye resbalar la noche —comienza.
Sebastián aspira del cigarrillo cuando éste se prende y con elegancia nata, se lo quita de los labios. Se ríe suavecito entre dientes con las líneas con las que Manuel empieza.
—La canción caía de los árboles y tras la niebla daban voces —prosigue Manuel, sosteniendo el cigarrillo con la comisura de los labios, y cambiándolo al centro para encenderse el cigarrillo. Agrega—, de una mirada encendí mi cigarro —y así hace, soltando el humo por la nariz.
Sebastián suspira, inclinando la cabeza y bajando el cigarro para que el humo no lo haga toser, y para tampoco quemar a Manuel.
—Cada vez que abro los labios inundo de nubes el vacío —se quita el cigarrillo de los labios, le medio sonríe a Sebastián, mucho más seguro de sí mismo ya que está en su área. Sin quererlo, alza las cejas insinuántemente—. En el puerto, los mástiles están llenos de nidos.
—¿Y el viento gime? —pregunta Sebastián, parpadeando lento. Con ese aire de sabelotodo.
A Manuel le brillan los ojos con cierta felicidad.
—... entre las alas de los pájaros —asiente, satisfechísimo, y le mira con ese brillito esperando que continúe.
Sebastián se relame los labios.
—Las olas mecen el navío muerto... Yo en la orilla silbando, miro la estrella que humea... —baja la mirada al cigarro de Manuel y el humo que desprende, como quién se ha distraído—, entre mis dedos.
Manuel se ha encendido. Poco más y se podría notar una erección.
—¿Te gusta Huidobro? —fuma para disimular su interés. Sabes, se dice a sí mismo. Martín aún tiene que olvidarse de Miguel y yo no soy una princesa esperando en un castillo... Y hace tiempo que no webeo.
—Mmm... Sus poemas tienen algo irresistible, sino me gusta él, me gustan las situaciones a las que me ha llevado el leerle —se hace el bacán.
—Te preguntaría cuál es tu poema favorito —Manuel trata de sonar más serio—, pero sé lo difícil que es tener que responder a esa pregunta.
—Es para llorar que abrimos la mente a los climas de la impaciencia —comienza Sebastián a recitarle desde el final—, y que no apagamos el fuego del cerebro... Es para llorar que —le mira fijamente, esperando que lo complete y también dándole tiempo a que deduzca de qué poema habla.
—Es para llorar que la muerte es tan rápida, es para llorar que la muerte es tan lenta —termina Manuel con voz ronca, comenzando a considerar la situación como muy sexy.
Sebastián se muerde el labio y se inclina más hacia Manuel, tragando saliva.
—Sos la estrella de mi nube de humo —lo dice con la expresión más seria. No admitiendo por burla ni por un poro.
Manuel ríe bajito.
—Nunca había pensado en interpretarlo así —muestra la palma, las cenizas caen—. Siempre pensé que era un poema sobre la soledad, pero... Nunca había pensado en que otra persona podía ser la sensación plácida de un cigarrillo.
Sebastián suspira, pensando cómo contestar a eso. Hasta hace el ademán de arreglarse los lentes (que no lleva) en el puente de la nariz.
—Te calza, vi'te —las palabras de Manuel le genera una excitación que aún puede ocultar—, preocupate cuando quiera a menudo esa sensación y tengás que oír mis problemas. Digo, no es como que querás oírlos... —niega con la cabeza.
Manuel ríe un poco burlón.
—Te voy a decir lo mismo que a Martín —niega con la cabeza—. Dime mejor a qué te refieres cuando dices que me calza —fuma.
—¿Qué me vas a decir? —un poco ofendido con que Manuel se haya reído. Sólo un poco. Ni se nota.
—¿Y luego me explicas? —negocia.
Sebastián hace mueca de que se lo piensa, dándole una calada al cigarrillo.
—Quizá... —sonríe un poquito.
—No te cuesta nada decir que sí —se lame el labio.
—No cuesta, pero es como soy —levanta las cejas.
Manuel levanta las cejas también, botando el humo.
—No tengo problema alguno con juntarnos más íntimamente, pero primero salgamos a comer, invítame a un trago, conozcámonos mejor y entonces, puedes contarme tus problemas —se rasca el borde de la nariz por debajo de la máscara.
—¿Estás seguro vo'?
—¿De estar dispuesto, o de querer conocernos mejor primero?
—De estar dispuesto —carraspea y cambia de dirección la mirada, separándose de Manuel.
Manuel se encoge de hombros.
—De las veces que nos hemos visto me has parecido interesante... Y Martín habla bien de ti —mira en otra dirección porque eso último más bien es una deducción suya—. Y también... —baja la mirada—, eso. Eso básicamente.
—¿Y qué dice Martín?
—Que eres un sabelotodo cuatro ojos —sonríe de medio lado, tira el cigarrillo al suelo y lo pisa—. Viniendo de Martín me tomo la recomendación con un poco de interpretación... Creo que quiere decir que eres inteligente.
Sebastián bota aire por la nariz, ya se acostumbró a oír lo de «cuatro ojos» desde primaria, pero no deja de molestarle en este momento.
—Mmm... ¿Sabés que Martín tiene los niveles de triglicéridos tan altos como una abuela? —comenta, y bota su cigarrillo también, palmeándose las manos—. Creo que tanta grasa en el cerebro le ha derrito neuronas —sonríe de lado.
—No, pero sé que Martín no es el más objetivo —Manuel mira hacia la gente, sin buscar nada en específico—. Puedo imaginar las flores que me tira cuando habla de mí —comenta irónico.
—Lo sé, sólo... Nada, nada —deshecha lo que iba a decir y le pone las manos en la cintura.
—¿Sólo? —Manuel vuelve a mirar a Sebastián—. ¿Te preocupa lo que dice Martín de ti?
—No, sólo estaba vengándome de él, de alguna forma, al confesarte ese dato —le sonríe, cómplice. Sus ojos le recorren todo el rostro.
—¿Quieres vengarte de él otro poco? —Manuel lleva los brazos al cuello de Sebastián, algo maligno y... Cual ser peligroso. No peligro por violencia, sino por seducción, al estilo de las sirenas o súcubos.
—¿Mmm? Te escucho —risita entre dientes, mirada de depredador.
—Pensaba devolverme con una amiga, pero el auto va un poco lleno, ¿no tendrás por casualidad cómo irte? —disfraza la respuesta, esperando que la comprenda aunque sea rebuscada. A esto se le llama ser maricón.
—En taxi... La verdad, no tengo auto —sonríe graaaaandeeeee, sintiéndose un ganador por dentro porque entiende que esto iba a hacerlo con Martín y que ahora se quedará con él. Pasarán la noche juntos—. ¿No te molesta? Tengo dinero suficiente —y mandó a Daniel a la mierda.
—Para nada, nos vamos a medias —Manuel se encoge de hombros, y busca la manera correcta de sugerirle que pasen por su casa.
—¿A tu casa? —Sebastián se lame el labio. Daniel se pondrá muy mal cuando le vea irse con Manuel, luego de haberse contaminado del chisme de Martín y encima no poderle preguntar correctamente a Seba por qué le hace eso.
—No fui yo quien lo sugirió, que conste —Manuel le toca nariz con nariz.
—Tampoco yo, es culpa de él —de Martín, su aliento choca contra los labios de Manuel, quien le mordisquea el labio a su vez.
Martín está con Daniel, obviamente mirando hacia allá. Dije que lo buscaba para contarle lo que pasaba con Sebastián y su máscara.
Daniel luego de oír a Martín y saber la situación de Sebastián y Manuel (en parte por suposiciones de Martín sobre ellos), está con un mal ánimo, triste, pero callado. Martín le da palmaditas en el hombro, «¿viste? No hace más que darme la razón, Daniel, deberías dejarlo hasta que madure y él sólo te busque» le recomienda.
Martín no está muy celoso por Manuel y Sebastián, se lo esperaba, le dio carta abierta para que su primo lo hiciera, de todas maneras. Le puso a Manuel en bandeja. Se ríe, en retrospectiva, pensando lo mismo que pensó en ese primer taxi que tomó con el chileno, «flaquito prostituto». «Flaquito, sos tan traicionero». Agarra dos copas de vino de las que le ofrece el mozo (nada de vasos de plástico) y una se la da a Daniel, quien se la recibe sin mucho entusiasmo. Martín bebe con mucha sed del licor, hasta que Francisco le toca el hombro.
Miguel busca a su hermano.
Todos queremos saber lo que pasó en la casa de Manuel, ¡pero es que éstos chicos son muy conservadores!
Puede que Tigrilla se haya vuelto fan del UruChi gracias a la Copa América... Quién sabe.
En fin, ¿qué les pareció? Sebastián, por lo general, siempre lo toma Güiña pero ésta vez, se inmoló y se lo dio a Tigrilla por una buena causa.
¡A todos nos hacen bien los reviews, en especial en este día!
Les deseamos una feliz Navidad, con muchos tazones de comida y buena compañía y esperamos que el fic cuente como un pequeño regalo para nuestros lectores :)
