¿Recordás aquella vez... que me descubriste?
Summary: Daniel diariamente es testigo de la falta de acogida del Estado con las personas sin dinero. Y si quiere cambiar esa situación, debe empezar ayudando él, así que desde que se mudó solo, ayuda a los mendigos con comida que él mismo prepara. Sin embargo, fue un hábito que quiso mantener en secreto por lo cuestionable que puede ser. Paraguay/Uruguay.
3 de diciembre.
Sebastián abre los ojos al sentir la puerta de la calle cerrarse y ¿son esos los pasos de Daniel y el ruido de sus llaves? Mira el reloj. Son las seis y media de la mañana. Como sigue adormilado, no le hace mucho caso y vuelve a dormirse otra media hora.
10 de diciembre.
Aún en pijama, Sebastián se sienta a la mesa a tomar desayuno, pone el agua a hervir, pero se tarda menos de lo usual. Sólo piensa que alguien calentó esa misma agua poco antes que él. Parte un pan por la mitad y, sin tostarlo porque el pan tostado provoca cáncer (vi'te), le echa dulce de leche. Daniel regresa bordeando las nueve de la mañana, con una bolsa de tierra para replantar algunas de sus plantas. Algunas en su mismo macetero y otro par para cambiar a nuevos maceteros, esos que halló de oferta en la feria del mercado. Cierra la puerta de la casa, con muchas dificultades (por el peso que carga) y la respiración entrecortada.
—¿Basti? —llama, oyendo el ruido de agua porque el nombrado está lavando los platos.
—¿Dani?
Daniel camina hasta la cocina, dejando las bolsas a un costado de la puerta y deteniéndose en el umbral. Le mira lavar.
—¿Desayunaste? ¿Querés que te prepare algo?
—Ya voy saliendo, estoy atrasado —cierra el grifo y sacude las manos, voltea a mirarle. Tiene el cabello teñido de azul eléctrico, con un skrillex. En conjunto con los lentes le hacen ver más niño de lo que es.
—Entonces despedite —sonríe de lado.
Sebastián se seca las manos en un mantel y toma su mochila, que estaba en una silla. Se acerca a Daniel para saludarle/despedirse.
—Que te vaya bien —desea Daniel.
—Nos vemos en la noche... —Sebastián se detiene un momento, considerando la opción de agregar que quiere traer unos adornos, dado que es diciembre. Al final, prefiere que el mismo Daniel lo sugiera, es su casa después de todo—. Adiós.
—Ehm... No te demorés hoy, ¿ya? Te espero con una sorpresa —le va a hacer una comida rica, además de sacar las guirnaldas y adornos navideños.
Sebastián se da cuenta, a mitad de camino al trabajo, de que nuevamente no había razón para que Daniel saliese temprano y regresase a esa hora.
12 de diciembre.
Daniel sale a la misma hora que todos los días. Aunque, esta vez, le ha preparado un par de chipas gigantescas a Sebastián. Con una taza de leche. Sebastián se atrasa menos ante eso, se ducha, se viste y con el pelo húmedo (por el calor infernal que hace) se sienta a desayunar.
Le llama la atención que Daniel salga todos los días tan temprano para regresar después, antes de marcharse definitivamente. ¿Su horario de clases será así? ¿Preferirá desayunar después de su primera clase? No, imposible que tenga una clase tan temprano. Eso es lo que razona, mirando unas campanitas que pusieron en la pared.
Daniel regresa como a las nueve, pero sin bolsas. Se encuentra con Sebastián en la mesa y levanta las cejas.
—Buenos días —camina a la silla del menor.
Sebastián le sonríe.
—Buenos días, ¿venís de la uni? —levanta la barbilla para mirarle.
Las rodillas del pantalón de Daniel están algo manchadas de tierra. A pesar que se sacudió en todo el trayecto de regreso. Se relame los labios, conservando la calma ante la interrogante del menor, suspira.
—No... Una señora me pidió ayuda —inventa, sin ser tan mentira, ya que lo que hizo fue eso. Pero no a alguien en específico.
—¿La conozco? ¿De casualidad no será la vieja del almacén, no? —Sebastián levanta una ceja, ya que no la encuentra muy agradable, pero no comenta más allá de eso.
—Sí, ella. Quería ayuda con la mercadería que le llegó —le mira fijamente y se sienta en la silla contigua—, ¿están buenas?
—Muy buenas —asiente con la cabeza, sin dudar de su versión. Traga—. Che...
—¿Decime? —le presta atención.
—Nada, nada —se arrepiente, a pesar de que su madre dijo que no había ningún problema si quería invitar a Daniel un ratito en Navidad.
—Decime —le presiona, bajito.
—Es que, vos seguramente ya tenés planes.
—¿Para cuándo? ¿Navidad? —se le acelera el corazón.
—Sí... —Sebastián mira de reojo a Daniel y se termina su leche—, gracias, estaba rico.
Daniel pasa saliva, esperando que Sebastián siga con el tópico de la Navidad.
—De nada... Basti —le resta importancia—. Sabés que me gusta hacerte de comer.
Sebastián se levanta, recogiendo su plato.
—No es necesario, de verdad. Siento que te obligo a levantarte más temprano —se relame, yendo al lavaplatos.
—Vos no me obligás a nada —aclara el mayor y se levanta para detenerle—. Deja, yo lo recojo.
—No, por favor, yo lo ensucié, está bien que lo lave yo —le hace el quite.
—No, no, vos tenés que irte a trabajar —Daniel jala suavemente el plato y la taza—. Lo hago yo. Estoy para servirte —se le escapa decir.
Sebastián le mira fijamente, sin soltar los objetos, y se ríe, con ganas.
—Che... Soy yo quien está para servirte. Estás por sobre mí en todos los ámbitos vos.
—No, Sebastián, cómo decís eso —frunce el ceño, mirándole a los ojos.
—Es la verdad —se le cerca un paso, sin soltar nada. Más bien, tirando hacia sí.
—No es verdad. Vos sos el rey —hace un poco de fuerza para que no le quite el plato.
—Qué rey ni que ocho cuartos, Daniel... —si soy algo, soy la reina, piensa Sebastián, tentado por la cercanía.
Daniel se separa de la mesa (retrocediendo) para caminar a la cocina.
—Lo sos.
—No lo soy —repite Sebastián, apretando los puños.
—¿Entonces?
—Nada, nada... Ya me voy —mira al suelo—. Nos vemos.
El paraguayo rueda los ojos.
—Adiós —se despide y mete Daniel en la cocina, a paso rápido. Ni siquiera entendiendo el porqué de la pelea.
Sebastián cierra la puerta de entrada haciendo el menor ruido posible. Le tira una moneda al mendigo que se pone cerca de la parada del bus. Ese día llega temprano a la tienda y pone listones por la fecha.
Daniel se pone a lavar los platos, con el ánimo por los suelos por la actitud de Sebastián... Aunque le dijo que él podría ser su sirviente, se sonroja con eso (imaginándolo en el sentido sexual). Barre y trapea, antes de fijarse en la hora y guardar un par de cuadernos en su mochila y salir a clases.
15 de diciembre.
La noche ha sido un asco, Sebastián se ha despertado dos veces y le cuesta volver a dormirse, es re temprano, las cinco y media. Ya se oye el ruido de la ducha. Se da una vuelta en la cama, mira la hora y rezonga. Tantea por sus lentes, se le ocurre tocarse, pero el ruido de la ducha le hace ser precavido. O sea, se le ocurre tocarse para seguir en la cama, dando vueltas, y aprovechar la situación y posibilidad. Por la hora, más que nada.
Daniel se demora laaaaargo rato en la ducha, ya que hoy se metió bastante temprano. El agua caliente lo relaja, se quedó hasta las tres de la mañana estudiando, siente entumecidos los músculos de la espalda hasta la nuca.
Sebastián se acaricia lánguidamente, con los ojos cerrados, mientras el ruido de la ducha le asegure que Daniel no le descubrirá. Imagina a Daniel sosteniendo y usando ese dildo con vibrador morado, muy estilizado y elegante del que vendió ayer cuatro ejemplares (quién diría que la gente se regalaría esas cosas para Navidad).
Daniel se enjuaga el shampoo y embarra la esponja con jabón. Sebastián se muerde el labio, su mano baja hacia sus testículos, acariciándose. En la ducha, Daniel deja que el agua le enjuague completamente, cerrando el caño. Sebastián se atreve un poco más, se busca y acaricia. Respira profundo. Si Daniel entrara en ese momento, como en las películas, y le encontrara así... Sería incómodo. Duda mucho que vaya a acabar del modo que lo hacen las películas que vende. Daniel, mientras, agarra la toalla colgada a un lado y comienza a secarse el cuerpo.
Sebastián no termina. Se detiene, temeroso de que la cama haga ruido o que él mismo deje salir alguno. Espera hasta las seis para levantarse, y entra directamente a la ducha, sin saludar a Daniel. Se siente en el aire lo temprano que es.
—Hola... —le saluda, Daniel, bajito, mirándole de reojo.
Sebastián cierra sin contestar, aunque le mira de reojo a su vez. Daniel baja la cabeza y camina a su cuarto a vestirse, algo extrañado por encontrarle despierto tan temprano, cierra la puerta y se sienta en la cama, a secarse.
El menor sale en cuanto su cuerpo empieza a helarse. Se seca dentro del baño, y se peina con mucho cuidado la línea del pelo. Sale con la toalla en la cintura.
Daniel en calzoncillos, al oír que la ducha se detiene, sale a esperar a Sebastián (con ganas de querer solucionar la tensión que tuvieron hace sólo un momento), quien suspira, porque ya no hay posibilidades de regresar a la cama.
—Buenos días.
—¿Por qué estás despierto tan temprano? —pregunta Daniel y ladea la cabeza.
—No podía dormir —Sebastián le sonríe un poquito, resignado—. ¿Y vos?
—Yo... Cumplía con mi rutina —contesta, sin ser específico. Se acaricia el estómago—. Y... No sé... No sé vos... —quiere pedir algo, que no puede decirlo directamente porque sino se pierde la magia.
—Ya te dije, no podía dormir. ¿Desayunamos juntos? —da unos pasos camino a su pieza, sin comprender lo que Daniel realmente le iba a decir. Le queda mirando con cariño.
—¿No... No querés que te haga dormir? —seduce, mordiéndose el labio.
—¿Cómo? ¿Me vas a cantar? —sonríe un poco e inclina la cabeza.
—Acercate.
Sebastián se acerca hacia él, curioso.
—Más —pide Daniel y estira la mano. Con una sonrisa.
Sebastián se detiene enfrente suyo, esperando que le diga algo.
—Te ves guapo —finalmente elogia Daniel y las mejillas se le calientan de vergüenza.
Sebastián no comprende a qué viene eso, si está en peores fachas que nunca. De todas formas, agradece.
—Gracias, Dani... En cinco minutos te alcanzo en la mesa.
—¿Yo te gusto a vos? —ignora lo demás, apretando los dedos del pie.
—Claro, me caés bien —sonrisita—, sos un buen amigo vos.
Daniel sonríe y baja la mirada, incómodo con la respuesta de Sebastián.
—Iré a prepararte el desayuno —avisa.
—Gracias, en un momento te ayudo —y desaparece en su cuarto.
Sebastián se viste en completa seriedad, sabiendo que Daniel no esperaba esa clase de respuesta. Daniel, al terminar de vestirse, va a la cocina a hervir agua. Saca la leche de la refrigeradora y fríe dos panes con huevo. Sebastián abre su ventana y corre la cortina. Deja su cama completamente destapada antes de atreverse a ir a la cocina, con chalas (no hawaianas). Intenta mantener la barbilla en alto y un porte sereno.
Daniel ha reunido los platos y tazas en una bandeja, para llevarlos a la mesa. A la cual no le ha puesto mantel. No dice ni pío cuando Sebastián llega.
—¿Traigo algo? —se ofrece el menor. Afuera se escuchan los primeros autos pasar.
Daniel se fija en la hora en el reloj del comedor. Tiene cinco minutos.
—No... Andá comiendo —deja todo en la mesa y se regresa a la cocina. Va a recalentar los fideos verdes de la cena.
—¿Y vos? —Sebastián se sienta obedientemente, resiguiéndole con la mirada.
—Yo tengo que salir de una vez, se me hizo tarde —seca los tuppers con un secador y se va a esperar que termine de calentar la comida.
—¿A dónde vas? —Sebastián eleva la voz para que le escuche.
—A un lugar —contesta el mayor, cortante.
—¿Al mismo lugar al que vas todos los días? —inquiere, agudo.
—Sí —el microondas suena avisando que ya terminó de calentar. Daniel saca con cuidado el pirex y vierte en tres tuppers la comida.
—¿Y dónde queda ese lugar? —insiste Sebastián, amigablemente.
—No lo conocés —mienteeeee, tapando los tuppers y limpiándose los dedos en el secador. Abre la gaveta de las bolsas de plástico y guarda los tuppers ahí. Sale de la cocina y se va directo a la puerta, las llaves ya las tiene guardadas en el bolsillo—. Eh. Que tengas un buen día, Basti.
—Decime, no te hagás el misterioso, che —reclama el menor.
Daniel cierra la puerta a su espalda y aprieta los ojos. Pensando en lo descortés que fue eso. Cuando se recompone, abre los ojos y suspira. Siguiendo con su camino.
Sebastián se queda algo picado con que no le haya dicho a donde iba.
17 de diciembre.
Falta aún una semana para Navidad, los días con más clientes desesperados están llegando y Sebastián se encuentra cansado (podría envolver cajas de memoria). Aún así, apaga su despertador sin darle tiempo a sonar, y se viste con sigilo. Son las seis de la mañana.
Se puede oír ruido desde la cocina. Es el de Daniel preparando sopa paraguaya. Ya está en la etapa donde manipula el minutero para que le avise cuando esté listo. Terminada la acción, saca una jarra de la alacena y la llena de agua y cierra el caño, se dirige al balconcito de la ventana de la sala para regar las plantas. Sebastián espera sentado junto a su puerta, monitoreando los ruidos de Daniel. Pacientemente. Se demora unos diez minutos en el regado, ya que le pregunta a las plantas cómo amanecieron y les acaricia las hojas. En especial a la enredadera, el helecho y el tomillo. Aloe Vera se pone celosa. Y el laurel.
Al terminar las raciones de agua para cada plantita, a la jarra le queda sobrando líquido. Regresa a la cocina y la bota. Aun le faltan un par de minutos al bizcocho...
Sebastián espera el sonido de la puerta principal, se entretiene con el celular, sin levantarse y con la habitación a oscuras. Daniel apaga la hornilla del pastel a los primeros pitidos del minutero (para que no despierten a Sebastián). Parte la masa en varios pedazos medianos y los guarda en los tuppers de siempre. Saca las bolsas y mete los recipientes ahí. Sale de casa, con un ruido mínimo y baja las escaleras.
El menor quita la oreja de la puerta y se levanta, abre despacio su puerta para no meter ruido. La casa está en silencio. Cuenta hasta diez y sale, va con zapatillas, lo que le permite hacer menos ruido al bajar. Sale a la puerta de calle y mira en todas las direcciones, buscando a Daniel. Mira las espaldas de las personas, reconoce el color del cabello de Daniel y su estatura, y acelera el paso hasta quedar a un par de metros de él. A partir de entonces le sigue a la misma velocidad a la que camina. Lleva puesta la capucha de su polerón.
Daniel ni se entera del seguimiento, él en cambio, está con una musculosa y un jean (ropa que cambiará después para ir a la universidad). Carga una bolsa.
Su persecutor le sigue con calma todo el camino, sin alterarse. Más bien se encuentra entusiasmado, internamente. No imagina que Daniel le oculte nada malo, o nada que le afecte directamente, y aún así, siente curiosidad. Daniel llega a la quinta cuadra, donde una señora de rasgos indígenas, quizás una guaraní que ha ido a probar suerte a la capital, duerme sentada en el suelo, con un bebé en brazos y las piernas con notorias manchas de suciedad.
Daniel se agacha a despertarla, a pesar que desprende un fuerte mal olor; no parece hacer muecas obvias de desagrado al respecto. La mujer deja de roncar y se demora unos segundos en despabilarse y reconocer a Daniel, le sonríe y saluda en guaraní. Es más, casi toda su conversación transcurre en ese idioma, antes que Daniel saque un tupper caliente de la bolsa y se lo extienda. El bebé, en brazos de su madre, felizmente no despierta.
Sebastián se queda mirando desde la vereda de enfrente, a donde cruzó para seguir a Daniel con menos riesgos. Suspira, y se apoya en la pared, inclina la cabeza. Cualquiera pensaría que es un adolescente peligroso.
La indigente abre el tupper y agarra un pedazo de pastel con la mano y se lo mete a la boca con desesperación, masticando grande, concentrada en lo suyo. No termina de digerir y ya está agarrando otro pedazo. Lo último que comió fue una bolsa de papas fritas que unos adolescentes le tiraron. Y eso fue en la tarde de ayer.
Sebastián se fija al inicio en la mujer. Piensa en ella de manera objetiva, como una migrante rural. Piensa, brevemente, en que debió tomar a la economía en un mal momento... Casos así han habido siempre y siempre los habrá, se dice. Son estadísticas, números, población desempleada, abandono de la tierra natal por las oportunidades de la capital, migración, mano de obra y absorción de mano de obra, periferia... Le molesta un poco que haya traído a un niño tan pequeño consigo. Si no tienes para mantenerte, no traigas hijos al mundo, piensa. Daniel se levanta y le avisa a la mujer que regresará en un rato por el plástico. Ella asiente con los ojos brillantes y no deja de comer. El paraguayo acomoda los tuppers y camina otra cuadra. A paso rápido.
Sebastián se despega de la pared y, con semblante serio, le sigue, aunque cree saber a dónde se dirige Daniel, o más bien, hacia quién se dirige.
Ahora Daniel encuentra a un anciano, con un olor a alcohol fuertísimo. Daniel niega con la cabeza y agarra la botella de alcohol de botiquín que se ha bebido el anciano y la tira lejos, luego procede a despertarle y darle un tupper de comida. El señor comienza a renegar porque lo despiertan y deja el tupper a un lado.
—Te vas a meter en problemas, mi vida —murmura Sebastián para sí, dispuesto a correr a defender a Daniel si el alcohólico se pone violento.
El anciano le pregunta a Daniel cuántas copas tiene o algo así, ya que la lengua se le pega al paladar.
—Regreso por el tupper en un rato, señor y si no se lo ha comido, qué pena por usted —amenaza Daniel, sin ser cierto en realidad. Con esa voz pausada y dulce. Y sigue con su camino.
Sebastián esta vez se retrasa. Quiere ver que ese hombre coma, y si no lo hace, él mismo le quitará la comida, por imbécil. Nadie debería rechazar a Daniel. Cocina rico y con mucha atención para con sus comensales. No se merece esa falta de respeto. El hombre se vuelve a quedar dormido, sin darle bola al tupper caliente. Daniel camina hasta el paradero de buses esta vez. Sebastián se debate entre cruzar la calle y arrebatarle el tupper al viejo, o perseguir a Daniel... Opta por lo segundo, apresurándose entre la gente. Daniel es empujado por varias personas (apuradas por llegar al trabajo) hasta alcanzar el paradero, donde dos personas, aparte del mendigo a pies del panel de publicidad, esperan el bondi. Sebastián aminora el paso. Se imaginaba que «el gringo» estaría en el recorrido. Se calma un poco más. ¿No debería regresar a casa? Así Daniel no notará su ausencia cuando regrese.
Sentado en un banquito, el gringo limpia el interior de un saxofón, obviamente no puede empezar a tocar tan temprano, molestaría a la gente, pero como ya está despierto, ocupa su tiempo en eso.
Daniel suspira laaaaargo al llegar y se fija en el mendigo. Sonríe, generalmente llega cuando éste ya está tocando y tiene que interrumpirlo. Se le acerca, bordeando el panel de publicidad y apoyándose ahí.
—Buenos días.
—Buenos días —le responde el mendigo con acento extranjero. Se echa el cabello largo hacia atrás, y le dedica una sonrisa—. Tú vienes temprano hoy.
Alfie es mendigo por decisión, y prefiere que le llamen trotamundos. Ir ligero de equipajes es parte de ese trote.
—Sí, te traigo la comida —y de la bolsa saca el último tupper y se lo entrega al mendigo. A Daniel le gustan mucho sus ojos. Y en sí, tiene un aire que le hace acordar a Sebastián.
—Muchas gracias —se lo recibe Alfred, levantándose con una sonrisa sincerísima para Daniel, aunque realmente sonríe así para todos quienes se muestran amables con él.
Sebastián les mira. Quiere regresar a casa, y aunque sus músculos están en tensión por ello, no se mueve.
—Es sopa paraguaya —comenta Daniel—, es una receta ancestral. La aprendí igual a la que hace mi abuela —hace un cuadrito la bolsa y le observa.
Alfred levanta una ceja.
—Yo quiero probar —sonríe—. ¿Tú tienes una cuchara? —se inclina a revisar en su mochila de viaje, saca una bolsa de pan.
—No. Cuchara no hay —lamenta—. Sólo con la mano, perdón.
—Bueno —el gringo se encoge de hombros y se sienta en su banquito, saca un pan de la bolsa y la deja a un lado.
—Te dejo comer, ¿quieres algo de beber? Puedo comprar una bebida en la tienda.
—No, gracias —niega Alfred, y parte un pedazo de pan—. ¿Quieres sentarte, o ya te vas?
—Me puedo sentar un rato —piensa en el anciano alcohólico, en que quiere darle más tiempo. Espera que ya se haya despertado y esté comiendo—. ¿Qué tal tu noche?
Alfred le ofrece su banquito.
—Menos fría que antes —se ríe. Su chaqueta de cuero característica y que le ha acompañado en sus viajes por el mundo está guardada en su mochila—. No puedo esperar a que llegue enero.
—¿Te duele la espalda? ¿Quieres una ducha? —pregunta Daniel, con amabilidad.
—No —Alfred se ríe y saca pecho, porque es un roble—. Siéntate.
Sebastián ya no les mira. Se devuelve a casa caminando rápido. Daniel se sienta al costado de Alfred, cuidando de no caerse.
—Qué fuerte eres —sonríe también.
—Yeah —come de su pan y le da un buen mordisco al pastel. Se relame y suspira, de gusto—. Es muy buena. Yo pensé que sopa era agua —se ríe de sí mismo.
—Muchos piensan lo mismo, no te preocupes —se encoge de hombros—. La receta nació por error. Igual que con el dulce de leche —se cruza de brazos y apoya la espalda en la pared de una casa.
—¿Cuál es su historia? —le pregunta Alfred con curiosidad, y se echa otro bocado a la boca.
—Hace mucho, dicen que un embajador extranjero pidió un plato, una humita —le enseña con los dedos qué es a lo que se refiere—, ¿conocés las humitas?
—Sí, están hechas de maíz —asiente Alfred. Sebastián va subiendo las escaleras.
—El problema surge cuando ella deja cocinando más tiempo de lo debido la masa y todo se seca en la olla —explica Daniel, con voz pausada—. Formando la sopa paraguaya.
Alfred se ríe, le hace gracia.
—Anyway es muy buena —sinceridad pura.
—Me alegro que te guste, Alfred —aprieta los labios en una linea—. ¿Tenés mi número? —Dios, le dio su número de celular hasta al borracho.
—Yes. ¿Tú te vas... Ya? —toma con los dedos la comida para apresurarse. Se los chupa.
—No. Sólo quería recordarte que me podés llamar cuando quieras —observa como un bus se detiene y tres personas suben a él—. ¿Extrañás tu casa?
—Nah, el mundo es mi casa —responde Alfred completamente sincero—. Por eso me muevo en enero. Voy a Argentina. Quiero llegar al sur.
Sebastián ya ha regresado a su habitación, tomado una toalla y empezado con su ducha matutina. Ahora puede llegar Daniel, piensa. Se pregunta si comentarle sobre sus actividades o no. Quiere decirle que es demasiado bueno y que no todos merecen su apoyo.
—¿Y cómo irás? —o sea, es cerca, pero no tanto como para irse caminando.
—En transbordador. He juntado plata.
—Qué gusto, Argentina es lindo —pone visto bueno al viaje del gringo—. Te va a extrañar tu lugar acá.
—Yo también a mi lugar, pero —se encoge de hombros—, las pampas me llaman, luego los hielos, después no sé.
—¿Por cuántos países has estado?
—Costarica, yo estuve en Cuba poco tiempo, then unos meses en Inglaterra y Europa, very nice —se echa un bocado a la boca—. Then Espania, Portugal, Brazil... Ahí yo estuve más de un año —resume.
—Brasil es muy lindo, ¿qué te gustó de ahí? ¿El calor? ¿Los paisajes? —se interesa en el tópico de conversación. Sin fijarse en la hora.
—Las mujeres son muy bonitas —se ríe—, y el calor —suspira—, insoportable, pero me fue bien. Tuve trabajo allá.
—¿De qué trabajaste? —tiene sus reservas al creerle que trabajó.
—Barman —le sonríe y guiña un ojo—. Yo rompí mis lentes. Yo necesité nuevos. Por eso yo trabajé —se come lo que le queda de sopa paraguaya y se chupa los dedos, con mirada traviesa.
Daniel se emociona con las miradas que le lanza. Se pasa una mano por el pelo.
—¿Y no fue difícil trabajar sin lentes?
—¡No, no, los tenía! —le aclara—. Pero estaban rotos. Así —hace una línea con el dedo sobre sus lentes—. Y este otro —señala el derecho—, se le cayó un pedazo.
—A Sebastián le es una tortura estar un segundo sin sus lentes, por eso no imagino... —niega con la cabeza. Otra vez hablando de detalles que a nadie le interesan—. Pero claro, si los pegaste con Scotch, seguro te fue bien.
—¿Con scotch? —niega con la cabeza, sonriendo, ya que para él suena a whisky escocés, en inglés—. No, no. Barman para pagar lentes nuevos, no para pegar los lentes —se ríe por el juego de palabras, sabiendo a qué se refiere Daniel.
Daniel parpadea y parpadea sin entender a qué se refiere. Sin dejar su sonrisa.
—Qué suerte tenés.
Viajar por el mundo, ganar dinero cuando quiere y tener tanta independencia en general. A Daniel le gustaría por un segundo ser tan desprendido.
—Suerte es hay gente en el mundo como tú —le extiende el tupper vacío—. Gracias por la comida, estuvo muy buena.
Daniel recibe el tupper y lo guarda en la bolsa, se levanta y es consciente de lo rápido que pasó el tiempo, no sabe qué hora es, pero está seguro que llegará cuando Sebastián no esté.
—¿Pasarás Navidad aquí? —se interesa—. Creo que yo... Lo pasaré solo —porque todos los años Sebastián visita a su familia—. Podemos cenar.
—¿Nosotros? —Alfred levanta las cejas—. Claro, me encantaría —se nota su entusiasmo—. ¿Nochebuena o Navidad? —se relame.
—Nochebuena —aclara y piensa si no tendrá alguna tradición para ese día—, ¿qué comen en tu país para esas fechas?
—No importa, me gusta probar comidas de otras partes —le calma, agitando las manos—. Por favor —y le tira una de esas sonrisas que tiene, que hacen parecer que todo está bien en el mundo.
Daniel se relaja con esa sonrisa.
—Está bien, Alfred —zanja—. Ya me voy... Hasta mañana —porque él por esta ruta no se va a la universidad.
—Adiós —recoge su saxofón—. Hora de trabajar —aunque no se supone que toques saxofón después de comer.
Luego de eso, Daniel se regresa a casa, recogiendo los otros tuppers. El anciano llegó a comer, pero no del todo, lo encontró dormido. Y la señora (que se llama Berta) le besó hasta las manos, agradeciéndole. Como todos los días. Daniel se avergonzó con ese gesto, como todos los días.
Cuando llega al departamento encuentra a Sebastián preparando su bolso en su habitación, ya la loza está lavada. Daniel camina hasta la cocina, deja los tuppers en el lavadero y bota la bolsa a la basura.
—¿Basti?
—Aquí —se arregla la correa del bolso y se le acerca—. ¿Dónde andabas? —le pregunta cual si hubiese notado su ausencia al despertar.
Daniel se guarda las manos en el bolsillo cuando Sebastián se le acerca.
—Fui a... A un sitio. ¿Ya te vas a trabajar vos?
—Sí, ¿querés que traiga algo? —disimula la mentira de Daniel.
—No... Nada. Que te vaya bien allá —se despide, con una sonrisa fugaz—. Mirá a los costados antes de cruzar la pista —aconseja.
—Che, Dani —no le da el beso de despedida, tiene algo importante que comentar—. ¿Qué vas a hacer para Navidad?
—Me quedaré. No tengo plata este año para comprar un pasaje al Paraguay —contesta y aprieta sus dedos dentro del bolsillo del pantalón—. ¿Vos irás con Martín y la familia?
—Sí, y bueno, nada —Sebastián trata de mostrarse calmado, no sonar como si sintiese pena por Daniel o mucho entusiasmo por su situación—. Mi madre dijo que podías venir, si es que podés, claro.
Daniel parpadea.
—¿Por qué? —igual está ilusionado con la invitación. Aceptará. Pero quiere saber por qué.
—Porque nadie debería pasar la Navidad solo. Además, va a estar Martín y mi tío, ¿no querés estar con tu viejo vos? —se le acerca un pasito, pero no le abraza. No es quien para defenderle de nada.
—Bueno... —no le entusiasma mucho la idea de ver a su padre, no tiene mucho en común con él. Tantos años sin vivir con él. Su relación es rara, algo distante, no supo de Antonio desde los doce años que se divorció de su mamá y al reencontrarlo, otra vez, con diecinueve años, el viejo ya hasta tenía nueva prometida. Sonríe—. La idea de pasarlo con la familia me gusta, Basti, gracias por la invitación —enfoca su mirada a un objeto, tras Sebastián.
—¿Vas a ir? No tenés que decidirlo ahora mismo —se apresura a aclarar, y retrocede un poco.
—Quiero ir. Es una invitación familiar, quedaría mal si no fuera —contesta finalmente Daniel. Y se relame los labios. Pensando en lo solitaria que será la navidad de Alfred.
—Si Martín te invitara estarías obligado, pero hasta que no me confirmes sin ninguna duda, no le diré que vas, no te preocupes —le calma el menor, para que no piense que es una obligación. Para que sepa que Martín es circunstancial, que le está invitando por sí y no por su primo.
—Entonces, ¿es una invitación más personal... Tuya... La que me hacés? —le mira, ahora sí.
—Sí, mía —traga saliva y da otro paso atrás—. Ya me voy, pensalo.
—Lo pensaré —promete Daniel, aunque, se dice, la verdad sabés que voy a decir que sí—, dale, andá —se despide, por segunda vez—. Con cuidado, ¿tenés plata para el bus?
—Tengo. Nos vemos mañana —se detiene un momento—. Despertame temprano mañana, que no se me olvide pedírtelo en la noche.
—Claro... —parpadea, porque es inusual que Sebastián no ponga alarma por sí solo. Y que le pida que le despierte—. Cuídate, che.
Y se le pasa el «nos vemos mañana», tiene la mente en otra parte. Mejor así, porque haría entrar en pánico a Sebastián haciéndole creer que no le verá esa noche.
23 de diciembre.
Daniel hace su rutina de siempre. Sólo que esta vez se despierta a las cinco y media de la madrugada, como un zombie. Aun todo está oscuro, pero, con esa pinta, va a despertar a Sebastián tal como le pidió. Entra a su cuarto con cuidado y se acerca a la cama del menor.
Éste duerme completamente despeinado, con ojeras (¿no lo sabían? Se maquilla), y carita de niñito.
Daniel no nota el hecho que tiene ojeras, con los ojos chinos de sueño, se le sube encima:
—¡Despertá, despertá!
—Nooooo —gira y se enrolla en la sábana, dormido aún. Queda mirando hacia la pared.
Daniel sigue ahí, cerrando los ojos, se mueve cuando Sebastián lo hace, obviamente. Pero le gana el sueño al sentir calorcito humano.
—Des... —bosteza—. Pertate. Me pediste que lo haga.
—Quince minutos más... —negocia Sebastián, más como una exigencia—. Mmm... — abre los ojos—. Sí... ¡Sí! —se incorpora rápidamente.
Daniel le abraza, sin abrir los ojos ni sorprenderse por el movimiento.
—Basti...
—Estoy despierto —le mira con los ojos muy abiertos. Con legañas.
—Mmm... —parece que Daniel ya no, Sebita.
—Che, despertate —le mueve el hombro, con nervios en el estómago porque podría darle besos ahora mismo.
Daniel no se despierta por nada, lo que indica que tiene sueño pesado el día de hoy. No sorprendería, con lo que se desvela por la universidad... Sebastián resopla, y le corre para dejarlo durmiendo en la cama. Daniel se derrama a un lado de la misma, siguiendo con su sueño.
El menor le deja durmiendo, levantándose con cautela. Se dirige al baño para ducharse. Daniel se va a despertar una o dos horas después, con pánico porque el cuarto está totalmente iluminado. Lo que significa que son pasadas las seis y media.
Sebastián no está en la habitación, pero las cortinas están echadas. La puerta está cerrada. Daniel se levanta como un resorte de la cama y sale del cuarto.
—¿Sebastián? —llama mientras camina hasta la sala. Piensa que ya se fue. Y es aún más tarde de lo que imaginaba.
—¡Buenos días! —saluda Sebastián, con delantal puesto, revolviendo una salsa. Hay tallarines calientes en los tuppers, ya distribuidos.
Daniel traga saliva al encontrar a Sebastián ahí y al ver los tuppers llenos. No dice nada por un minuto. Sólo observa. En el umbral de la puerta.
—Le falta un minuto a la salsa, la hice con carne... E hice un pequeño invento con pimentón y cebollín —saca salsa con una cuchara.
—¿Por qué preparaste todo esto? —se atreve a preguntar Daniel.
—Porque pensé que merecías descansar un poco más —se le acerca, ofreciéndole el contenido de la cuchara—, aunque no estaba en mis planes.
—Lo aprecio —aclara Daniel, por el gesto de cocinar y despertarse temprano—, ¿es la comida que te llevarás al trabajo? —se va por la tangente.
Sebastián rueda los ojos, haciendo como que lo piensa.
—Puedo llevarme uno, viste —insiste con la cuchara enfrente suyo.
—No entiendo nada —presiona Daniel por explicaciones explícitas de Sebastián. Se masajea las sienes.
—Primero probá la salsa y después te respondo, que se me cansa la mano —expresa firme y leeevemente irritado, pero sin dejar que se note.
Daniel le mira. Y se acerca a chupar la cuchara de palo, el bordecito.
—Mmm... —saborea, relamiéndose los labios—. Te salió bien. En su punto.
—Gracias —le sonríe orgulloso—. Le echo a los tuppers y te los llevás.
—¿Cómo te enteraste? —pregunta en voz bajita. Sin escapatoria.
—¿Enterarme de qué? —Sebastián se vuelve a la olla y empieza a repartir entre tuppers.
—Para quién es la comida...
—Eso no es importante, Dani, y sinceramente no quiero saberlo. No necesito saber para quien es la comida, sos vos el de las relaciones humanas, no yo.
—¿No querés saberlo? —eso le duele un poco a Daniel.
—Estoy seguro que, de saberlo, discutiríamos, che, y de verdad prefiero no hacerlo —le es sincero.
—Está bien... —sentencia, inconforme con la respuesta de Sebastián pero de acuerdo con mejor evitar las discusiones. Regresa en sus pasos y sale de la cocina—. ¡Me ducharé!
—Bueno —echa salsa en el último tupper.
