Sé que ya pasó muuuucho tiempo desde la última actualización, ¡y les pido perdón de rodillas! Pero me fue muy difícil terminar con esto, porque es mi primer fic y fue difícil despegarme de él. Pero en fin, para compensar, les traigo una buena noticia: doble actualización! Hoy les traigo este capítulo final y el epílogo! ¡El mismo día! :D (Qué milagro jaja)
Espero que les guste *w*
¡A leer!
Disc. Los personajes utilizados aquí son propiedad de Dreamworks y William Joyce.
How can I sleep if I don't have dreams?
I just have nightmares
How can it be?
I still believe something is out there
And there's a light, and I can see why I'm still alive
"Staying up", The Neighbourhood.
Capítulo 16: El regalo de MiM
-Llegó el día -anunció el espíritu, mirando hacia el cielo con la sonrisa más amplia de su vida-. Hoy seré libre por fin.
Cerró los ojos y extendió sus brazos a los costados, recibiendo la brisa que la acariciaba. El viento arrastró las flores que se encontraban a sus pies y ella tocó algunas, con cariño maternal. Las extrañaría. Extrañaría todo... y nada. Ya merecía un descanso.
Emily se llevó a los tirones a Jamie hasta la casa de Paige y Joey. Tocaron el timbre y esperaron, luego de ver cómo la casa estaba cerrada por todas partes, ni siquiera las ventanas permitían el paso a la luz, y quién sabía cómo se vería la casa por dentro.
-Entonces Jack fue el que me hizo creer en Bunny, y yo era la última luz -le contaba Jamie-. Jack y yo juntamos a mis amigos esa noche y todos juntos vencimos a...
-¿Al Coco? Wow, ¿entonces sí existe? -Emily abrió aún más sus ojos oscuros-. ¿Y cómo hicieron para detenerlo esa vez?
-Pues... convertimos nuestras pesadillas en arena de sueños y los Guardianes recuperaron sus poderes.
Justo en ese momento, abrieron la puerta. Una chica de la edad de Jamie estaba frente a ellos. Era la nueva niñera que habían contratado temporalmente después del accidente de Sophie.
-¿Qué quieren? -preguntó la chica, sin mucha cortesía, por cierto.
Emily esbozó una sonrisa falsa.
-¡Hola! Venimos a ver a Paige y Joey, somos eh... -No podían decir que simplemente conocían a los niños, necesitaban una buena excusa.- Sus... ¡maestros particulares de arte!
-¡¿Qué?! -exclamó Jamie.
Em le pegó un codazo en el estómago para callarlo y se puso delante de él mientras el chico trataba de disimular el dolor. La nueva niñera frunció el ceño, mirándolos con desdén.
-Lo siento, pero los padres de los niños no quieren que nadie de afuera se acerque a ellos -explicó con voz amarga-. Y nunca me hablaron de maestros particulares.
Emily siguió sonriendo, aunque tenía ganas de empujar a la chica y meterse a la casa para hablar con los niños.
-Somos nuevos, tal vez se olvidaron de avisarte -le dijo-. Pero mañana los niños tienen... eh... una competencia... eh... internacional de... expresión artística basada en las conductas psicosomáticas de la infancia -mintió, con algo de nerviosismo.
La chica alzó una ceja.
-Oh, no... Nos va a echar y va a llamar a la policía por parecer un par de locos secuestra niños -le susurró Jamie al oído con rapidez.
-Shhh -lo calló ella, esperando la respuesta.
Entonces la niñera cambió de expresión y de repente estaba sonriendo.
-¿En serio? -preguntó con gran curiosidad-. ¡Qué increíble! Al fin oigo sobre un evento que combine el arte y la psicología -les contó-. Yo estudiaba antes sobre eso, aunque ahora tengo que trabajar porque desaprobé todas las materias y perdí años, pero me encanta...
-Sí, sí, ¡entiendo! Ahora, ¿nos puedes dejar hablar con los niños? -Le cortó las palabras Emily, dándole una comprensiva y falsa sonrisa-. La motivación es muy importante para... uh... el progreso de los más pequeños.
-¡Oh, sí, por supuesto, adelante!
Emily agarró de la muñeca a Jamie y lo llevó con él, obligándolo con la mirada más aterradora a seguirle la corriente. La niñera los llevó hasta la habitación de los chicos.
-Niños, sus maestros de arte ya llegaron -canturreó alegremente, aunque después frunció el ceño, mirando hacia arriba, y murmuró-: ¿Por qué necesitarán dos maestros?
Por suerte no les dirigió la pregunta a Jamie y Em, y se retiró sin molestarlos. Jamie entonces miró a Emily.
-¿De dónde sacaste esas palabras?
Ella se encogió de hombros.
-Digamos que a veces presto atención en la escuela.
Entraron en la habitación y se sorprendieron al notar la oscuridad que la inundaba, la única luz provenía de la televisión, que mostraba el canal de las noticias. ¿De las noticias? ¿Qué hacían los niños viendo las horribles noticias? ¿No deberían estar... divirtiéndose? Paige y Joey estaban en sus respectivas camas, sin mirar la pantalla frente a ellos, ambos con semblantes serios y tristes. No había rastros de juguetes o colores en aquella habitación, parecía una prisión.
-Niños -los llamó Emily después de cerrar la puerta detrás de ellos.
Los pequeños entonces se dieron cuenta de sus visitantes.
-¡El titán vino por la venganza! -exclamó Joey alarmado.
Emily puso sus manos en sus caderas y lo miró frunciendo el ceño, como diciendo: ¿en serio sigues con eso?
-¡Jamie, Emily! -dijo Paige con alegría, y corrió a abrazarlos.
Pronto su mellizo hizo lo mismo y los cuatro estaban abrazados. Em los acarició a los dos, sacando su lado tierno y protector, ya que se había preocupado al verlos tan solitarios y tristes.
-¿Están bien?
Ambos niños asintieron.
-Emily, no sabía que eras la novia de Jamie -dijo Paige con suma inocencia.
Ella se sonrojó y negó con la cabeza al instante, Jamie se rascó la nuca, con una sonrisa nerviosa.
-No somos novios -le aclaró Em, riendo nerviosamente.
-Niños, ¿ustedes han visto a Sophie, verdad? -preguntó Jamie, cambiando de tema.
Los mellizos intercambiaron una mirada como si se consultaran el uno al otro. Luego, Paige decidió hablar.
-Ella ha estado aquí -les dijo en voz baja-. Nos contó todo lo que está pasando.
-Sí -afirmó su hermano-, y nosotros tenemos un plan para ayudarla.
Los mayores escucharon atentamente a los niños.
Mientras tanto, en el Palacio de los Dientes, las haditas estaban todas juntas concentradas en un escondite, temblando de miedo frente a las pesadillas que deambulaban cerca. Sabían que su reina ya no estaba más, y que no les quedaba mucho a ellas... No podían volar, porque si al menos hubieran podido hacer eso, habrían luchado hasta lo último para cuidar los dientes que por siglos habían recolectado. La pesadumbre y el miedo las abrumaba terriblemente... Y quién sabía qué podía pasar a continuación.
Baby Tooth, la única hadita que se diferenciaba de las demás, tomó coraje y salió de su escondite. Pero entonces descubrió que no había ninguna pesadilla a la vista. Casi quiso avisarles a sus hermanas que todo estaba bien, pero decidió no hacerlo porque podría ser una trampa y no quería ponerlas en peligro. Inconscientemente, batió sus alas y... empezó a volar.
Un momento... ¿estaba volando? ¿Estaba volando?
Y eso que veía a lo lejos... ¿eran huevos?
¿Huevos en el Palacio de los Dientes?
El corazoncito de Baby Tooth latió con fuerza, lleno de esperanza. Algo estaba pasando. ¡Tal vez Tooth había regresado! Pero se llevó una sorpresa aún mayor...
Una pesadilla se abalanzó sobre ella y antes de que pudiera alcanzarla, un rayo de arena dorada la atravesó. Baby Tooth, luego de reponerse del susto, buscó con su mirada a su salvador, y chilló de alegría al descubrir quién era.
En el Polo Norte, los yetis miraban desesperados los restos de arena negra allí donde los cinco guardianes habían desaparecido. Habían querido defenderlos, pero fue imposible ya que ellos mismos se habían entregado. Y luego un torbellino de arena negra destruyó todo, todo lo que había en el taller. Pocas cosas lograron proteger, y observaron con angustia cómo el globo de luces se apagaba completamente, muerto como todas sus esperanzas. Ahora ya no quedaba nada. Pitch se había ido, más feliz que nunca, sin hacer nada más que reír.
Uno de los yetis estaba recogiendo los pedazos de los juguetes destruidos que con tanto esfuerzo había fabricado ese año. Tal vez ya no fueran más que trozos inútiles, sin posibilidad de reparación... pero eran importantes para él. Un trabajo hecho sin esperar nada a cambio, con todo el amor hacia los niños que pudieran recibirlo, había sido pisoteado sin piedad. El yeti sostuvo en sus manos un robot de juguete hecho trizas y... se largó a llorar desconsoladamente. Otros yetis se acercaron a él y trataron de consolarlo, pero nada podía... Nada ni nadie podía reparar aquel daño.
Los yetis que estaban un poco más lejos advirtieron la llegada de algo. Todos se prepararon para defender lo último que quedaba del Taller. Sacaron armas, se cubrieron unos a otros, a lo poco que quedaba...
...y escucharon chillidos. Muy conocidos, por cierto.
De pronto, de cada rincón salió un huevo, con los brazos en alto para indicarles que no había ningún peligro, y miles de hadas revolotearon en espirales perfectos, alrededor de los yetis. El Taller en ruinas se llenó de aquellos seres que tenían sus fuerzas intactas, listas para luchar contra lo que fuera. Incluso los elfos parecían impresionados por aquello.
El yeti que lloraba se detuvo a ver los huevos y las hadas saludando a sus compañeros. ¡Incluso había algunos sueños! Ahí estaban, todos juntos... ¡Todos juntos! Y sin embargo, aún tenía ganas de llorar...
-Por favor, no llores...
El yeti se sobresaltó al oír aquella voz. Creyó que no la oiría otra vez...
-Tenemos mucho que hacer aún.
Entonces todos vieron cómo el globo de luces volvía a la vida...
-¡¿Qué demonios sucede?!
Pitch estaba sobre uno de los edificios más altos de una ciudad, viendo todo a su alrededor consumido en la oscuridad. Ni una sola estrella alumbraba la ahora noche eterna... Arena negra cubría el cielo completo sin dejar pasar la luz. Y por supuesto que no era eso lo que le molestaba. No, lo que lo sacó de quicio fue algo distinto.
Había visto un sueño de arena dorada revoloteando entre las calles.
¡UN MALDITO SUEÑO!
Cuando las pesadillas se lanzaron en su búsqueda, desapareció. ¿Qué se suponía que significaba eso?
-¡Sanderson está muerto! -exclamó hacia sus temores y pesadillas-. Al igual que el resto de esos fenómenos. ¡No quiero ver ni un solo sueño más! ¡Nada!
Las pesadillas patinaron sobre el edificio, lejos de él, siguiendo sus órdenes. Pitch gruñó y bajó la mirada solo un momento. Y entonces vio una pequeña flor colorida sobre su pie.
-¿Qué es esto?
La pisoteó con fuerza y la ignoró. Nada podía interrumpir ni arruinar aquella victoria tan fácil que había obtenido... Gracias a la pequeña consentida de los Guardianes. En verdad, había sido tan fácil... Había engañado a esa tonta chica primero, después a los demás. Y todos le habían creído, sencillamente por la debilidad del amor. Qué patéticos. Él jamás se habría dejado engañar así...
-Okey, esto es lo que tenemos -dijo Jamie, sentado junto al escritorio del cuarto de los niños, frente a la computadora-. ¿Creen que funcione?
-¡Tiene que funcionar! -exclamó Emily golpeando su puño contra el escritorio-. Estamos en la época de las redes sociales y el internet, esta es la magia que necesitamos.
Jamie había llamado por teléfono a su amigo, Monty, quien era experto en informática y un gran hacker, para que los ayudara en su pequeña misión. La idea era hacer una publicación a nivel global que contara la verdad de lo que estaba sucediendo en el mundo. No estaban seguros de que funcionara mucho, pero era la única forma de llegar a todos en poco tiempo. Además, Paige y Joey anteriormente se habían encargado de contarles a sus amigos sobre los Guardianes, y todos creían.
-¿Has visto el cielo allá afuera? -cuestionó Jamie-. Nadie quiere notarlo porque todos están encerrados en sus casas, pero es como si la noche no tuviera fin.
-Están encerrados en sus casas porque tienen miedo.
-Como nuestros padres -dijo Paige, seria y hablando como si fuera una adulta-. Hace tiempo que papá y mamá tienen pesadillas, y entonces nos prohibieron salir, no nos dejan jugar, no nos dejan nombrar...
-...a los Guardianes -continuó Joey-. Dicen que ellos son los malos.
-¿Y sus compañeros de la escuela? -preguntó Em.
-Les pasa lo mismo, a todos los niños se nos prohibió hacer cosas que antes hacíamos -explicó la pequeña con su dulce vocecita.
Emily volvió a golpear el escritorio con su puño, esta vez aplastando los dedos de Jamie, quien gritó del dolor, sin embargo ella no se inmutó.
-¡Son los padres! -exclamó la chica, mirando a los demás con los ojos bien abiertos-. El Coco no centró su atención en los niños, ni en los Guardianes... ¡Atacó y usó a todos los padres del mundo!
Jamie asintió, reponiéndose del dolor de su mano.
-Los adultos son los que controlan el mundo, lo que sus hijos pueden o no hacer... Tiene sentido.
-Además, las pesadillas de los adultos son mucho más fuertes -continuó Em-. Están cargadas de cosas más allá de la inocencia. Por eso tienen miedo, temen lo que pueda pasar con su hijos.
-Eso explica también por qué los que no tenemos hijos no soñamos nada -agregó Jamie.
-Pero entonces -replicó Paige-, aunque podamos reunir la suficiente cantidad de niños que crean, no podemos hacer nada con nuestros padres. Ellos no van a creernos.
Jamie y Emily intercambiaron una mirada preocupada.
-No importa -dijo Emily-. Tenemos que hacer algo. Que ustedes les hayan contado a todos sus amigos y compañeros de la escuela sobre los Guardianes ayudó mucho.
-Es todo lo que necesitamos -afirmó Jamie-. Lo que no entiendo es qué es lo que Sophie quiere hacer.
-No nos explicó todo -confesó Paige, encogiéndose de hombros.
De pronto escucharon un leve golpecito en la ventana. Jamie se levantó y, con cuidado, corrió la pesada cortina, quién sabía qué podía haber del otro lado...
-¿Baby Tooth?
Los cuatro se llenaron de emoción al ver al hada, la cual entró apenas se lo permitieron, chillando sin parar y volando de un lado al otro.
-¡Baby Tooth, dinos qué pasa! -suplicó Jamie-. ¿Dónde está Sophie?
El hada le respondió, pero ninguno la entendía bien. Emily, que la miraba fijamente por primera vez en mucho tiempo, de pronto alzó sus cejas.
-¡Lo tengo!
Le sacó una foto con su celular y la agregó a la página web que estaban preparando. Jamie la miró, espantado.
-¿Qué haces? No podemos poner una foto de Baby Tooth...
Emily continuó.
-Sólo los que crean podrán verla.
Y esas mismas palabras escribió arriba de la foto.
Las noticias que recibió Pitch de parte de sus pesadillas no le gustaron nada. No sólo habían visto un sueño, sino que algo o alguien había transformado a una de las pesadillas en otro sueño dorado y varias habían desaparecido.
Okey, tenía que contar hasta diez. Esta vez se había asegurado de que nada arruinaría sus planes, ¿por qué no podía pasar ni cinco minutos tranq...?
Entonces sintió un estruendo y ahí, justo frente a él, se abrió un portal. No tuvo tiempo ni de reaccionar cuando miles de hadas fueron expulsadas del portal a toda velocidad, así como huevos, elfos, yetis y sueños de arena dorada. Todos se lanzaron contra las pesadillas, y parecían más furiosos y fuertes que la última batalla que habían tenido. Ninguno lo atacó a él, que empezó a lanzar órdenes hacia su ejército para que contraatacara. ¿Qué estaba pasando? Con los Guardianes muertos, esos malditos seres no deberían estar luchando... Alguien los estaba liderando... El portal aún no se cerraba.
-¡No se detengan!
Cuando escuchó esa enérgica voz femenina, supo que no se trataba de ningún guardián. Con un gruñido, se giró, formando una guadaña de arena negra en sus manos. Ahí estaba. Sin dudas. La tonta niñita consentida de los Guardianes. Sophie Bennett.
-¡¿Pero qué demonios tienen los Bennett?! -fue lo primero que gritó Pitch.
La chica sonrió con amargura. Llevaba un raro vestido de los colores de las hadas de Tooth, una espada -que reconoció, era de North- colgando de un cinturón, los boomerangs de Bunny y un látigo de arena dorada enroscado en su pálido brazo al descubierto. Además estaba descalza y llevaba un collar con un pequeño copo de nieve como colgante. ¿De dónde había sacado todo eso? Parecía... parecía una combinación de los cinco en una sola persona. ¡Qué horrible!, pensó Pitch. Lo último que quería era ver a alguien que le recordara a sus antiguos rivales...
Sophie recordó cómo había conseguido aquellas cosas que llevaba ahora...
Cuando sus lágrimas se detuvieron, después de leer la carta de Bunny, los huevos le recordaron a Soph que había una caja para ella. Esa caja que habían dejado en la cama del conejo. No tenía ni la menor idea de lo que podría tener dentro, por fuera parecía una caja cualquiera, de un tamaño bastante grande. Cuando la abrió, lo primero que vio fue una pequeña tarjeta. "Feliz cumpleaños, Sophie, te deseamos con cariño, Los Cinco". ¡Eran regalos! Los primeros que recibía por su cumpleaños...
Al principio no le pareció raro encontrar un vestido, que supo que era de parte de Tooth por los colores tornasolados. Le parecía muy bonito, al igual que el colgante de copo de nieve. Pero entonces se topó con los boomerangs que Bunny siempre llevaba consigo, y con el látigo de arena dorada... y con la pesada espada... ¿Una espada? North nunca le había dejado acercarse a sus espadas porque tenía miedo de que se lastimara, a lo que Bunny siempre replicaba diciendo: "ella es lo suficientemente fuerte, compañero".
Entonces comprendió... que no eran simples regalos. Eran las armas que debía usar para defenderse.
Pero ella no quería defenderse, ni protegerse. Ella quería vengar a sus Guardianes.
Y eso era justamente lo que haría.
-¿No te había dejado en claro que si no abandonabas tu fe por esos tontos, me iba a deshacer de ellos? -le dijo Pitch, acercándose a ella.
-Tú no cumpliste con tu parte del trato -replicó Soph-. Sabía que no lo harías. Por eso quise que pensaras que había renunciado a ellos. Estamos a mano.
Él frunció el ceño.
-Hmm, no eres tan tonta como pensaba -admitió-. Pero aunque tus guardianes te hayan dado todos esos juguetitos, estoy seguro de que no sabes ni cómo manejarlos.
Sophie retrocedió tan pronto como pudo cuando varias pesadillas se abalanzaron encima de ella, una la embistió y la hizo tambalearse, pero la segunda se convirtió en un sueño cuando rozó sus manos, y las demás se desintegraron cuando desenfundó la espada de North y las destruyó de un solo golpe. Los yetis corrieron a defenderla, pero ella les hizo una seña para que continuaran atacando. Mientras, Pitch no podía creer que en verdad esa mocosa supiera usar una espada y los boomerangs, ¡esa chica no sólo era un obstáculo, sino que también era una gran guerrera! Comprendió que era culpa de Bunnymund, quien seguramente le había enseñado mucho más que colorear huevos en todos esos años. Maldito conejo intergaláctico.
No le quedaba otra opción. Él mismo tenía que deshacerse de ella. Sophie era lo último que quedaba de los Guardianes. La batalla a su alrededor le estaba demostrando que estaban en desventaja.
Cualquiera que pasara por ahí no vería que encima de un enorme edificio había todo un caos de arena negra, dorada, yetis, hadas, elfos y huevos guerreros.
-¡Niña! -La llamó él. Sophie apenas pudo evitar el roce de la guadaña de Pitch.- ¡Es inútil que intentes reparar el daño que ya has hecho!
Ella no se detuvo. Debían destruir a todas las pesadillas de Pitch, en lo posible, y no estaba en sus planes prestarle atención a él.
-¡Por tu culpa quienes tanto amas desaparecieron! -siguió gritándole él, que intentaba acercarse a sus espaldas para herirla definitivamente-. Mejor dicho, han muerto. ¡Murieron los cinco por tu culpa! ¡El mundo perdió la luz por tu culpa!
Sophie intentó no oír esas palabras, o que la afectaran de algún modo. Sabía que tenía la culpa, pero sentirse débil no era una buena idea en ese momento. Recordó todos esos días en los que ese oscuro espíritu se había encargado de asustarla hasta casi hacerla llegar a la locura, pensó en la mentira que había armado, engañando a los Guardianes para que renunciaran... y cada vez se iba enojando más.
-¿Y sabes qué fue lo más divertido? -continuó Pitch-. Verlos con esas expresiones llenas de sufrimiento, de miedo, al pensar que estabas en peligro... Y no les importó que para salvar a su niñita debían abandonarlo todo... Se dejaron engañar porque los cegaba su amor por ti. ¡Es lo más patético que he visto en milenios!
Sophie apretó sus párpados y contuvo un sollozo. Ya era demasiado.
-¿Acaso no fue lo mismo que tú hiciste por tu hija cuando los temores te engañaron? -preguntó en voz alta y clara.
Pitch se quedó de piedra. ¿Cómo?
-¡Hadas! -exclamó Sophie-. ¡Ahora!
Se abrió otro portal y la mitad de las hadas desaparecieron en él. Algunas pesadillas intentaron seguirlas, pero Soph las destruyó con un solo boomerang. Pitch le agarró el brazo derecho con fuerza y forcejeó con ella.
-¿Qué sabes tú, mocosa, de mí? -cuestionó con los dientes apretados-. ¿A dónde van esas malditas hadas?
Ella siguió forcejeando hasta que consiguió librarse del agarre de su brazo. La verdad era que sí, ella conocía a Pitch desde pequeña. Los Guardianes habían creído lograr ocultarle la existencia del Rey de las Pesadillas, para protegerla, pero Sophie había escuchado sobre él cuando era niña. Lo conocía, conocía su historia, el por qué hacía lo que hacía. Por eso lo había dibujado aquella vez en la clase de arte. Por eso lo había reconocido al verlo en sus sueños. Sophie ignoraba pocas cosas, el problema era que los demás creían que ella no sabía nada.
-Lo suficiente -le respondió, alejándose de él-. Ahora, si piensas que ellos fueron patéticos, no sé qué puedes pensar de ti mismo.
Él miró a otro lado y Sophie sintió que algo le estaba pasando, parecía bloqueado internamente, sin capacidad de reaccionar. Su atención se centró en el portal que usaron las hadas, el cual aún no se cerraba por completo. Los yetis y huevos habían detenido a la mayoría de las pesadillas, y las demás no lograron entrar en el portal que definitivamente se cerró. Querían saber a dónde se habían ido las hadas... Y entonces se le ocurrió algo.
Aprovechando el bloqueo de Pitch, Sophie corrió hacia los yetis para conseguir una nueva esfera de nieve, esquivando pesadillas en el camino. Tan pronto como pudo, abrió un nuevo portal y les indicó a los demás que la siguieran. Pitch reaccionó al ver que se estaban "escapando".
-¡Síganlos!
Nunca había sentido tanta adrenalina al pasar por un portal. La primera vez había sido por accidente, cuando tenía dos añitos y había encontrado a tres de los Guardianes dormidos en el cuarto de Jamie. En ese momento no tenía conciencia de que había abierto un portal y viajado a otro sitio tan lejano a su casa. Había aparecido en la Madriguera, y apenas podía recordar el momento en el que vio cómo los Guardianes corrían hacia ella con armas listas para atacarla... hasta que se dieron cuenta de que era sólo una niña. Sin dudas, ese había sido un hecho que había marcado su destino, su vida. ¿A dónde estaría en ese momento... quién sería ahora si no hubiera sido por ese pequeño accidente con una esfera de nieve?
Esta vez, había agitado la esfera con energía y antes de indicarle un destino preciso, le había susurrado: "a donde tenga que ser".
Cayó rodando junto con los demás, tratando de reponerse del repentino mareo vio que se encontraban en el Taller. Otra vez. Con tristeza miró por un segundo el lugar donde los cinco guardianes habían desaparecido.
Como las pesadillas los habían seguido, cayeron encima de ellos. Sophie usó el látigo de arena dorada para detener algunas a tiempo. Cuando Pitch llegó y el portal se cerró tras él, se dio cuenta de que las hadas no estaban ahí. La chica las había enviado a otro sitio.
-¡¿Dónde están las ha...?!
No pudo terminar de decir nada cuando su vista se posó en el globo. Gradualmente, se estaba llenando de luces. ¡El globo estaba recobrando la vida y la luz! Sophie y los demás celebraron el éxito que estaban teniendo, mientras que Pitch quería arrancarse el cabello.
Y aún faltaba el toque final...
Baby Tooth, después de despedirse de Jamie, Emily y los niños, volvió junto con sus hermanas y las guió a través del portal. Todas las hadas estaban en lo que quedaba del Palacio de los Dientes, listas para entrar en acción. Cada una de ellas buscó una cajita dorada de dientes, eran cajitas que habían sido bien guardadas y atesoradas, pues eran viejas. Y entonces ocurrió...
Cinco gritos distintos -o mejor dicho cuatro- se hicieron oír en la oscuridad. Estaban cayendo, sin saber a dónde. Sin conocer el destino que los esperaba. Al percibir la cercanía entre ellos, quisieron sujetarse, pero la velocidad con la que descendían no se los permitió.
Bunny sintió el suelo bajo su cuerpo, la caída fue dolorosa, diferente al viaje a través de sus túneles. Un momento... ¿podía sentir dolor todavía? Intentó distinguir en la oscuridad las figuras de sus compañeros. Podía escuchar que se quejaban también por el choque.
-Tooth -fue lo primero que murmuró. Creyó distinguir al hada cerca de él y la tocó. No recordaba que fuera tan grande-. ¿Estás bien?
Entonces quien estaba a su lado se volteó.
-No soy Tooth, soy North -aclaró su compañero con acento ruso.
Bunny apartó su pata inmediatamente y agradeció que no se viera en la oscuridad su expresión de horror y vergüenza.
-Bunny, ¿dónde estás? -Esa sí era Tooth, se la oía un poco más lejos.
El conejo se enderezó lentamente y logró percibir la silueta del hada gracias a la luz de Sandy. Allí estaba también Jack, tirado al lado suyo. Se miró a sí mismo. Volvía a tener su tamaño normal.
-¿Dónde estamos? -preguntó Jack, sin siquiera hacer un esfuerzo por moverse de algún modo. De pronto, levantó su cabeza, alarmado-. ¿Estamos en el infierno? North, ¿podemos ir al infierno?
El mencionado logró sentarse y se rascó la cabeza, pensativo.
-No lo sé, Jack.
-Ya estamos en el infierno si vas a empezar a preguntar idioteces -soltó Bunny.
-¡Bunny! -le llamó la atención Tooth, que por fin logró acercarse a él.
-Entonces dime dónde estamos, canguro -lo retó Jack, de brazos cruzados.
-¿No deberíamos haber desaparecido? -sugirió Tooth-. Eso fue lo que acordamos. Si renunciamos a nuestras vidas, deberíamos desaparecer.
Sandy formó figuras sobre su cabeza y North asintió, de acuerdo con su compañero.
-Sandy tiene razón, todos hicimos un juramento -dijo, agrandando sus ojos-. Y no podemos renunciar a lo que prometimos.
Jack se puso de pie de un salto.
-¿Eso qué quiere decir? -cuestionó el chico-. ¿Vamos a vivir? ¿O Manny nos matará por romper nuestra promesa?
-Dudo que lo haga, paleta de hielo -replicó el pooka.
-Cállate, walabi.
Aster iba a darle un puñetazo, pero Tooth lo detuvo a tiempo. North se volvió hacia ellos dos.
-¿Y ustedes? ¿Desde cuándo están enamorados? -preguntó el Guardián del Asombro.
-Sí, yo creía que eras asexual, canguro -comentó Jack, que buscaba donde sostenerse y recordó que no tenía su cayado.
-¡¿Qué dijiste?!
Aster logró librarse de Tooth y empezó a correr a Jack por todo el lugar, el chico peliblanco estaba en desventaja sin su cayado y también porque no podía ver nada en la oscuridad, lejos de Sandy. Mientras tanto, North seguía mirando a Tooth como esperando una respuesta, al parecer ignoraba que los otros dos se estaban matando. Ella sonrió, sonrojada.
-Nos dimos cuenta hace poco tiempo -confesó a North y Sandy-. Por eso no les dijimos nada, todo pasó tan rápido...
North y Sandy se miraron y Tooth se puso nerviosa, como si en verdad necesitara la aprobación de sus dos compañeros. De pronto, North volvió a mirarla y largó una carcajada, y Sandy, lleno de alegría también, formó corazones de arena dorada. Tooth estaba sorprendida por esa buena reacción.
-¿En serio están de acuerdo?
-¡Por supuesto que sí! -exclamó North-. Somos más que un equipo, somos una familia. ¿Cómo no vamos a estar felices por ustedes? Claro que... la verdad es que podrían haberse dado cuenta antes, ¿no?
Sandy asintió con energía y Tooth bajó la mirada, aunque se sentía muy feliz.
-Hace siglos, diría yo -dijo Jack, que había logrado escapar de Bunny.
North lo miró.
-¿Tú lo sabías, Jack?
-Obviamente, Bunny es mi mejor amigo, me cuenta todoooo -dijo con evidente sarcasmo-. Okey, en realidad, me enteré sin quererlo, y fue espantoso -confesó.
Bunny ya no le prestaba atención a Jack, el conejo parecía absorto en sus pensamientos mientras miraba a su alrededor.
-No estamos tan lejos del "infierno", después de todo -murmuró.
-¿A qué te refieres, Bunny? -preguntó North.
-¿No recuerdas este sitio, compañero? Estamos en el centro de la Tierra.
La oscuridad seguía envolviéndolos, pero poniendo un poco más de atención pudieron ver que se encontraban en una especie de túnel sin final.
-¿Y cómo llegamos aquí? ¿Pitch nos envió? -preguntó Jack.
-No, él no debe tener ni idea de que aún estamos vivos.
-¡Bunny, esto es lo tuyo! Tienes que sacarnos de aquí.
-¿Pero qué vamos a hacer? -continuó Jack-. Si regresamos, pondremos a Sophie en peligro. Y no tenemos ni idea de lo que está pasando allá arriba.
-Tienes razón, copito de nieve -dijo Bunny, cruzado de brazos, con suma seriedad a pesar del apodo.
-Pues vamos a detener a Pitch -dijo Tooth, poniéndose seria y autoritaria-. No podemos cumplir con su trato, tampoco nos podemos quedar aquí a esperar a que haga lo que quiera. Haremos todo lo que esté en nuestras manos...
-Y patas -agregó Jack, refiriéndose a Bunny, quien lo fulminó con su mirada verde.
-Bien dicho, Tooth -aceptó North-. Bunny, sácanos de aquí.
Sophie sintió que tiraban de su brazo izquierdo, y por puro instinto, su mano derecha apretó la empuñadura de la espada y descargó un golpe sobre su adversario, pero fue detenido por la guadaña de arena negra. Pitch tuvo que hacer un esfuerzo bastante grande para lograr desarmarla, en verdad era fuerte la rubia de ojos verdes. Cuando logró quitarle la espada y patearla lejos de ella, Sophie sacó resistencia desde lo más profundo y le dio un puñetazo para alejarlo. Él la tomó del cuello, apretando su garganta.
-Termina con esto, niña -la amenazó-. Te di la oportunidad de hacer tu vida y no involucrarte nunca más en esto.
-Pero no puedo no involucrarme -trató de decir ella, casi sin voz-. Tú... me arrancaste el corazón cinco veces cuando los heriste a ellos -dijo al borde del llanto, pero conteniéndolo lo suficiente.
-Pues deja de intentar destruirme, porque nunca lo lograrás. No importa cuántas luces tenga el mundo, sin los Guardianes, no puedes hacer nada.
-Yo no quiero destruirte -confesó ella, cada vez con menos aire circulando por su garganta. Pitch la soltó de repente, y ella no contraatacó, sólo se llevó las manos al cuello-. No podría hacerlo. No existe la luz sin la oscuridad. Tú eres necesario.
Él se enfureció más aún.
-¡No vas a lograr convencerme con tus bonitas palabras, niña! -gritó con desprecio-. Ya muchos lo intentaron.
Sophie esbozó una sonrisa que reflejaba pena.
-Tienes razón -admitió, mirándolo a los ojos-. Sólo tus temores pueden manipularte.
Y dicho esto, corrió a buscar la espada. Pitch en serio se había quedado petrificado esta vez. No se movió, pero sus pesadillas sí. Empezaron a agruparse, las últimas que quedaban, formando una gran mancha negra que amenazaba con asestarle un golpe final a la chica, que las ignoraba mientras trataba de ayudar a un yeti herido. Las luces seguían aumentando a una velocidad impresionante, incluso empezaban a haber más de las que había normalmente. Y Pitch no podía dejar de pensar en aquella frase. Sólo tus temores pueden manipularte.
¿Manipularlo? ¿Manipularlo a él? No, eso no era cierto. ¿O sí? Miró el globo, miró a Sophie que gritaba por ayuda con el yeti, miró a sus pesadillas, a todas esas oscuras sombras y temores... A esa horrible arena negra que se acercaba a la chica lentamente...
Y se dio cuenta de que estaba harto.
Sophie se tranquilizó un poco más cuando pudo comprobar que el yeti estaba bien y listo para continuar, sin embargo no esperó sentir un empujón descomunal que la envió lejos de su sitio. Al alzar la vista, sus ojos captaron el preciso momento en el que todas las pesadillas se descargaban en el lugar donde segundos atrás estaba ella. Quien fuera que la había empujado, la había salvado...
-¡YA BASTA!
Entonces no pudo creer cuando vio que el mismo Rey de las Pesadillas estaba... ¿luchando contra sus pesadillas? O al menos tratando de detenerlas... Sus ojos se abrieron de par en par... ¿Qué demonios estaba pasando?
No pudo ver cuando el globo comenzó a colapsar de tanta luz...
-¡Mamá y papá están en casa! -exclamó Paige cuando oyeron que alguien había llegado.
-La niñera les dirá sobre nosotros -le dijo Emily a Jamie-. Tenemos que salir de aquí.
Jamie asintió y los niños les señalaron la ventana. No podían salir por otro sitio, así que corrieron y la abrieron, mientras afuera del cuarto se escuchaba una discusión entre la niñera y los padres recién llegados... Si los encontraban, estarían muertos...
Jamie salió, pero Em dudó unos segundos y se quedó justo a tiempo para ver entrar a los padres de los niños. Se veían totalmente furiosos y preocupados.
-Es una chica... -dijo el padre.
-¡Sal inmediatamente de mi casa! -gritó la madre acercándose a Em.
Los mellizos corrieron hacia sus padres.
-¡Mamá, Emily no es mala! ¡Ella intenta ayudarnos!
-¡Por favor, mamá!
-¡Emily! -La mencionada sintió cómo la abrazaban desde atrás, era Jamie, que había regresado por la ventana-. Señor, señora, yo soy el responsable de esto.
-¡Jamie Bennett! -lo reconoció la madre de los pequeños-. ¿Qué están haciendo aquí? ¿Quién les dio el permiso de acercarse a mis hijos? -los interrogó con severidad.
-Ellos sólo intentan ayudar a salvar el mundo -dijo inocentemente Joey.
-Joey, no es momento para esas tonterías -dijo la mujer-. Voy a llamar a la policía.
El corazón de Emily latía muy rápido y Jamie podía sentirlo porque seguía abrazándola de un modo protector, no iba a permitir que ella saliera perjudicada en aquello. Paige le sacó el celular a la chica y se lo mostró a su madre, tenía abierta la página donde estaba la foto de Baby Tooth.
-¿Lo ves, mamá? Ellos son reales, y tenemos que ayudarlos -trató de convencerla.
-Hija, esa es una foto en blanco -dijo la mujer-. Ya basta, esto se acabó.
-Pero cariño, ¿acaso no ves el hada? -preguntó, sorprendido, el padre de los niños.
Entonces los padres se miraron el uno al otro.
-¿De qué hablas? Yo no veo nada.
-Pero hay un hada en esa foto.
-No hay nada...
Y ambos adultos, de repente, sufrieron como un clic... Algo dentro de ellos brotó. Los otros no podían notarlo, sólo veían que los padres estaban como en shock, como si delante de sus ojos se mostrara, de repente, el más grande de los secretos...
Y dos luces más se sumaron al globo que, en el Taller del Polo Norte, era testigo del desastre que había a su alrededor. Todas las luces que se iban sumando y sobrecargaban el globo, eran de los adultos que estaban volviendo a creer... En el Palacio de los Dientes, las haditas estaban llevando a cabo su tarea a la perfección, despertando las memorias de todos los padres.
En cada rincón del mundo, la fuerza de los recuerdos traía consigo la inocencia guardada en lo más profundo de las almas. Porque todos hemos tenido alguna vez ese corazón inocente que lo cree todo, aun cuando las cosas parecen perdidas.
-¡SOPHIE!
La aludida apenas pudo responder. Sentía un dolor inmenso y su voz se negaba a salir. Lo único que quería era gritar para que pudieran encontrarla aquellos que la buscaban, pero no podía respirar. Le dio mucha angustia y desesperación, ¡reconocía perfectamente las voces de quienes la llamaban! Y quería ir corriendo a su encuentro, a refugiarse con ellos, a verlos... después de tanto tiempo. Su mirada se posó en los enormes escombros que habían caído sobre ella, aplastándole el pecho, ocultándola de la vista. Así no podían encontrarla, pero tampoco podía moverse, los restos de la estructura interna del Taller eran muy pesados sobre ella. El globo había generado una explosión que había hecho volar todo.
-¡Sophie!
Jack no se había preocupado ni siquiera en recuperar su cayado, estaba corriendo por todas partes después de enterarse gracias a los yetis que Sophie había estado ahí, luchando por ellos. Bunny hacía lo mismo, buscándola con desesperación, tratando de percibir algo que pudiera decirle dónde estaba.
Al llegar se habían lanzado sobre Pitch, que no parecía sorprendido de verlos, y que luego de decir algo como "esto se acabó", "hagan lo que quieran", "no habrá una próxima vez", se había esfumado, sin compañía alguna. De hecho, no encontraron ninguna pesadilla, solo el desastre que la pelea había dejado atrás. No tuvieron tiempo para pensar en todo eso cuando los yetis les informaron que habían perdido de vista a Sophie, quien había luchado con ellos. Los Guardianes se volvieron locos. ¡La chica se había involucrado totalmente en el peligro!
-¡Sophie, por favor!
Todos estaban buscándola sin descanso entre los escombros. Soph, que no tenía aire ni para sollozar, ya estaba terminando de asfixiarse. Antes de perder la conciencia, vio a una mujer desconocida delante de ella.
Entre los gritos de los demás, Bunny pudo distinguir dos palabras pronunciadas con poco aliento, con una voz tan apagada que nadie más podría haber escuchado:
-Aquí estoy...
El conejo corrió entonces hasta el origen de esa voz quebrada. Levantó un par de vigas gigantes que habían caído, al borde de la locura, y la encontró...
-¡SOPHIE!
Ahí estaba su pequeña, que había sido aplastada por las vigas. Bunny la tomó entre sus brazos y la sacó rápidamente de ahí. Los demás volaron y corrieron, presas del pánico, para encontrarse con lo peor que podían esperar. Pudieron comprender sin preguntas lo que pasaba, sólo hacía falta ver a Bunny llorando como nunca antes, sin soltar a la chica entre sus brazos. Jack, que no quería creer lo que sucedía, cayó de rodillas, con las lágrimas brotando de sus ojos. Tooth revoloteó hacia ellos y con mucha delicadeza, revisó a Sophie.
-Tooth... -Jack la llamó, esperando que ella hiciera algo, como si pudiera.
Pero cuando el hada lo miró, supo que no había nada por hacer. Aster seguía sin soltarla, con las orejas pegadas a su cabeza, en medio del dolor, le susurraba palabras llenas de ternura, de remordimiento.
-Lo siento, cariño. Lo siento tanto...
Tooth lo abrazó de los hombros y lloró también. Los otros se acercaron a ellos y cerraron el abrazo. No era ese el reencuentro que esperaban, pero era lo único que tenían, y se aferraron a ello hasta que se cansaron de llorar.
Jack desvió un poco su atención cuando notó que alguien había pasado cerca de ellos. Alarmado, se apartó de los demás creyendo que podía tratarse de Pitch que había vuelto, pero entonces reconoció al espíritu que se alejaba de ellos.
-¿Iris?
El espíritu de la primavera lo miró y esbozó una pequeña sonrisa.
Luego se desvaneció.
-Bunny... -murmuró Tooth, que sujetó la muñeca de Sophie entre sus dedos. Tenía los ojos brillantes de lágrimas, y un atisbo de emoción-. Bunny, creo que...
El conejo levantó apenas la vista, atónito.
-¿Qué?
-Creo que... está viva -repitió el hada.
Y entonces Bunny sintió dos delgados brazos rodeando su cuello y un rostro hundiéndose en el pelaje de su pecho.
-Bunny...
Casi se moría él ahora. Aster la apartó un poco de sí para mirarla a los ojos y todo su dolor se fue cuando lo hizo. Soph estaba sonriendo.
-¡Mi pequeña sabandija! -exclamó con suma ternura el conejo.
-¡Sophie! -dijo Tooth.
-¡Shostakovich! -gritó North, lleno de regocijo, aunque nadie lo entendió.
Sophie creyó que ya no iba a soportar tantas emociones juntas. Volvió a abrazar a su Guardián favorito con fuerza, en medio del llanto, y se sintió en su hogar otra vez, como si hubiera estado perdida por años lejos de casa y hubiera encontrado el camino de regreso, uno muy intrincado y pedregoso, pero el camino correcto a fin de cuentas.
-Nunca voy a volver a dejarte sola, mi pequeña -le prometió Bunnymund, con su voz calma y baja, acariciando el cabello de la chica.
-Yo tampoco -dijo ella a su vez, apretando los párpados.
Luego cayó en los brazos de Tooth, que la llenó de besos en las mejillas y le secó las lágrimas, y North se la arrebató para abrazarla también, con mucha delicadeza por cierto. Luego Sophie se acercó a Sandy y sintió que ese fue el abrazo más tierno de todos, ya que como él no podía decirle con palabras cuánto la había extrañado y cuánto se había preocupado por ella, se lo demostró de la forma en que podía. Entonces miró a Jack, y su corazón dio un brinco, el mismo que ella dio para abrazarlo, porque él se había quedado petrificado, sin poder moverse. Sintió ese frío tan natural en él, y Jack sintió la calidez de ella envolviéndolo. ¿Cómo alguien tan frágil podía tener esa calidez tan especial que a él le faltaba? Quería decirle tanto... Y si no hubiera sido por Bunny, que le lanzó una mirada asesina de padre celoso a Jack, ellos no se habrían separado por un buen rato. Los seis formaron un abrazo grupal al que luego se le sumaron algunos yetis, hadas y elfos. También algunos huevos. Soph supo que en ninguna parte, bajo ninguna circunstancia, encontraría tanto amor como allí, rodeada de esos seres.
La oscuridad que cubría la luz de la Luna se había ido, y MiM sonrió al ver a sus Guardianes tan felices. Se lo merecían, después de todo.
Sophie abrió un ojo al sentir la luz de la Luna sobre su rostro. Esperó unos segundos en silencio, sin dejar de mirarla y sin soltar a los que la abrazaban. Sabía que Manny los estaba mirando. Entonces escuchó su suave y serena voz:
-Feliz cumpleaños, pequeña. Espero que te guste tu regalo.
