Tengo… sed.

Tsubaki casi ni la miró a los ojos. Le dolía un poco no haber sido lo suficientemente fuerte, como siempre había querido, aún más tratándose de protegerla. Kikyō se veía confundida, sin comprender del todo su estado actual. Sus ropas dejaban mucha piel al descubierto.

Tsubaki, ¿qué ocurrió?

Como si fuera capaz de explicarlo... Soltó una risa falta de diversión y luego calló abruptamente. Sí, le podía decir que ahora estaba maldita para toda la eternidad, ¿qué tan malo podría salir aquello?

Se giró a verla. Kikyō había tapado sus senos con retazos de tela de su traje y la miraba con ferocidad. Parecía no incomodarle en lo absoluto que Tsubaki estuviera prácticamente desnuda. Había despertado unas cuantas horas antes de que ella, pero era natural dado que también se había desvanecido antes. Nomás había visto a la distancia la figura de Kikyō, mientras su atacante reía, diciendo algo que no recordaba ahora. Luego, oscuridad.

¿No recuerdas nada?

¿Qué debería recordar?


[ Día III » Ajo ]
El juego comienza


Kikyō suspiró. Vagando de pueblo en pueblo, por largas extensiones de verde pasto y altos árboles, tenía mucho tiempo para pensar. No es como si lo hiciera queriendo, pero realmente no le quedaban más opciones. ¿De qué otra manera podría hacer al tiempo correr más rápido?

Los meses pasaban lentamente y todo seguía exactamente igual. Alcanzar a Naraku era todo un problema; ya no era el inválido hombre postrado en las tierras frías de una cueva, después de todo. Y más difícil aún era dar con los fragmentos perdidos, aunque sabía que Kagome lo estaba haciendo bien.

Solo había visto a Tsubaki una vez más luego de la primera visita post-renacimiento. En la última, le había dejado un beso cuidadoso en la comisura de los labios. Era difícil para ella saber porqué lo hizo, sobre todo porque también sentía muchas cosas por Inuyasha y eso le confundía. Tal vez era un instinto nuevo adquirido luego de haberse transformado en la bestia que era. Tal vez se debió solo a que Tsubaki estaba irresistible aquella noche, y le recordaban noches prohibidas durante su entrenamiento de sacerdotisa. Lo que sí sabía con seguridad era que Tsubaki había entendido que ese beso era una despedida cordial, aquella que nunca se permitieron. Que Kikyō había decidido cargar su cruz solita. Y le sonrió incluso con esos bellos ojos azules.

Así que había terminado con aquellas visitas. Además, sospechaba que si volvía a verla, nada bueno saldría de eso. No con su reencarnación, Inuyasha y el estúpido de Naraku intentando aprovechar la situación. Así que esperaba no encontrarse con ella en un futuro cercano. Hasta le parecía que tampoco quería hacerlo.

El ruido de un crujir de hojas cercano desvió la atención de sus pensamientos a pasos de ella. Sus serpientes caza-almas sobrevolaron la zona sobre ella, ante su muda petición. Kikyō puso los sentidos a disposición, manteniendo los ojos abiertos por si se presentaba algún peligro inoportuno. No podía creer que nuevamente había bajado la guardia. Durante sus paseos lograba llegar a un nivel de ensimismamiento llanamente estúpido.

—Me pareció ver tus bichos por aquí —se oyó finalmente. Kikyō frunció el ceño tan solo al verlo salir entre los árboles, con esa sonrisa socarrona en el rostro y la mirada despectiva que le dirigía a sus serpientes. Se había percatado de la presencia de sangre demoníaca cerca, pero no había esperado que se tratara de él. Sería mejor que guardara bien el olor de Kōga, para evitarse futuros encuentros—. ¿No te basta la sangre de los aldeanos ya...?

—Cállate. No voy a soportar ni una sola palabra más que salga de tu boca.

Kōga levantó ambas manos en señal de paz, lo que hizo que Kikyō se enfurruñara aún más. No entendía qué estaba intentando aquel ser, pero no estaba para bromas. Tenía suficientes problemas como para sumarle la extraña compañía y los misteriosos motivos de aquel lobo. Siguió ofuscada mirando en su dirección, aquel rostro moreno que solía entrometerse entre Inuyasha y Kagome. Más de una vez lo había visto en las mismas zonas que su amado, pero no se había inmiscuido en ninguna tertulia. Ella estaba de más en cualquier ecuación.

Luego de algunos segundos evaluándolo con la mirada, y al ver que no producía el más mínimo cambio en aquel lobuno rostro, comenzó a caminar en dirección al corazón del bosque. Esperaba que simplemente se marchara. No tenía ganas de entrar en un conflicto cuerpo a cuerpo. Además, si lo hacía, probablemente aquello no acabaría bien. No necesitaba peleas innecesarias ni a una manada de lobos detrás de su culo. A pesar de sus esperanzas, Kōga la siguió a pasos lentos, con caminar pausado, a pesar de que resultara muy extraño en él. Le irritó sobremanera, pero intentó mantenerse calma con el objetivo de que la dejara en paz.

Siguieron caminando durante largos minutos en completo silencio, ella varios pasos por delante y él y su pesada presencia detrás, como un lobo hambriento acorralando a su presa. Kikyō no se inmutó mucho por eso. Incluso si el lobo decidía atacarla por detrás, sus serpientes caza-almas servirían como escudo y ella acabaría con él antes de que se diera cuenta. Seguía sin ser un peligro, pero su sola presencia le aturdía la paciencia. Era imposible concentrarse en esos extraños pensamientos que le invadían, o pensar qué hacer a continuación.

Cuando el silencio fue más de lo que pudo soportar, finalmente espetó con voz calma:

—¿Qué es lo que quieres, demonio?

—Es gracioso que me llames demonio justamente tú.

Kikyō ahogó un gemido de frustración. ¡Lo que le faltaba! Soltaba pocas palabras y lo hacía solo para insultarle de esa manera. Tenía toda la razón, por supuesto, tal vez por eso le molestaba tanto. Porque antaño había algo que en verdad la diferenciaba de aquellos sanguinarios seres. Suspiró y siguió, sin frenar el paso y sin mirar a su acompañante, que aún la seguía de cerca. Las shinidamachū revoloteaban a su alrededor con su perturbadora presencia, sin hacer caso del demonio lobo, que miraba con increíble calma el paso lento de la sacerdotisa y el vaivén que hacía su cabello negro sobre su espalda.

Kikyō no dijo nada. A pesar de que el demonio no había dado respuesta a su pregunta, el hecho de que le haya tratado de igual a igual, con esa burla en su voz, le fastidiaba más de lo que podría admitir. No estaba dispuesta a tolerar ese trato de aquel ser, pero tampoco estaba dispuesta a acabar con él. Después de todo, había algo que le había hecho confiar en él en primer lugar.

—Me llamo Kōga —dijo finalmente el lobo. Kikyō giró un poco la cabeza para dirigirle una fugaz mirada de indiferencia. Kōga. Ya sabía su nombre, a pesar de que Inuyasha se dirigía a él como «el lobo sarnoso» la mayoría de las veces. Poco le importaba su nombre, seguiría siendo un mero demonio a sus ojos. Un aliado en su lucha contra Naraku, pero un demonio en fin—. Kikyō, ¿verdad?

—¿Qué quieres?

Kōga sonrió, mostrando su blanca dentadura. Kikyō no era ya capaz de sentir el entorno con la misma capacidad humana, pero hacía un frío intenso y lo sabía de sobra, por lo que le sorprendía el modo en el que el yōkai iba vestido, con esas ropas que dejaban tanto de él al descubierto. Kōga se adelantó unos pasos, hasta que estuvo caminando a su lado. Kikyō solo le dirigió una mirada de reojo cuando se posicionó junto a ella, pero nada más. Se mantuvo con la vista enfrente y en silencio, esperando que soltara su respuesta de una vez.

—Mis lobos habían oído rumores de que una sacerdotisa se estaba asentando en la aldea... veo que los has abandonado.

—Mis servicios ya no son requeridos.

Kōga dejó escapar una risa sincera, que hizo que Kikyō frunciera el ceño. Las largas ramas de los árboles, desprovistas ya de hojas, le lastimaban los brazos al caminar. Pero era placentero sentir dolor. Eso sí podía sentirlo, y no estaba mal... sentir algo. Algo más que esa sed y ese vacío.

—¿Te refieres a los rumores de vampiros que hay en la zona? ¿Se han enterado de lo que eres... o simplemente decidiste partir antes de que lo hicieran?

Lo cierto era que los aldeanos, sumamente asustados ante la muerte de tantos ancianos y aún que otro joven, habían pedido a la sacerdotisa Kikyō que destruyera al demonio que los asolaba. Kikyō no podía con eso aún. Faltaba mucho tiempo hasta que pudiera acabar con aquel demonio. Así que decidió partir hacia otra aldea. Esa había tenido suficiente con ella. Había intentando reparar lo que hacía cuidando de niños y hombres jóvenes, pero nunca era suficiente, como bien sabía.

—Era tiempo de partir.

—Tal vez tiene que ver con esas ristras de ajo que cuelgan de sus casas. ¿Será eso, acaso?

Kikyō se frenó en su lugar, girando el cuerpo para verlo. Intentaba que la furia que la embargaba no se notara tanto. ¿Cómo sabía él todo eso? Kōga frenó así mismo, mirándole con una sonrisa y sus ojos azules relampagueando de diversión. Parecía que verla cabreada le agradaba mucho, eso hizo que la sacerdotisa estuviera todavía de peor humor. No necesitaba que la siguieran. Tenía suficiente con Naraku, que mandaba a esa pobre extensión suya a vigilarla de cerca, como si ella fuera estúpida e incapaz de notarla.

A lo mejor lo que le fastidiaba era no haberse percatado de haber sido vigilada por ese estúpido lobo arrogante todo ese tiempo.

—¿Me has estado siguiendo?

Kōga también se frenó. Era de movimientos rápidos y delicados, a pesar de lo grande de su cuerpo. Ahora con seguridad, Kikyō pudo notar que el brillo de sus ojos estaban riéndose de ella y su vida llena de desgracias. Siempre había odiado la compasión, y también ese odio/amor que le profesaba Naraku y Onigumo, esa enferma obsesión. Por primera vez, encontraba a un hombre que la veía con otros ojos. Por primera vez, la veían con curiosidad y gracia. Como si no hubiera nada en el mundo que no fuera tan interesante como su asquerosa existencia.

—Tal vez.

—¿Sabes que puedo acabar contigo fácilmente, verdad?

Kōga se encogió de hombros. No había rastro de temor en su clara mirada. Todo su cuerpo estaba relajado y entregado a la calma, a pesar de estar frente a una asesina declarada. Kikyō lo observó con cierto recelo y curiosidad. Ese era un espécimen raro. Por lo general, todos los demonios que se creían gran cosa eran así de despreocupados, pero también completamente indiferentes a cualquiera que creyera menor o mejor que uno mismo. Kōga no. Kōga estaba frente a ella diciéndole que sabía y que no le importaba. Finalmente lo expresó también con palabras, sacándole alguna risa interna que no se vio reflejada en su expresión impasible.

—Eso dicen, pero soy un hueso duro de roer. Y mi sangre no te gustaría. Sé que tienes debilidad por los humanos.

—Te lo preguntaré por última vez. ¿Qué es lo que quieres?

El tono de voz utilizado dejaba claro que no dejaría lugar a nada más. Quería una respuesta sincera y directa de una vez, y sobre todo quería marcharse lejos de aquel extraño sujeto. Tenía entendido que estaba muy enamorado de su reencarnación, pero ahí lo tenía: volando a su alrededor, siguiendo sus pasos, mandándola a vigilar. Tendría más cuidado con la presencia de los lobos de ahora en adelante. Ese Kōga era alguien de quien no podía fiarse, no del todo.

—Quiero saber tu historia. ¿Me la contarás?

Vaya ironía. ¿Qué hacían dos personas como esas en medio del bosque, mirándose en silencio? ¿Qué esperaban uno del otro? Él quería saber su historia. Ella quería olvidarla. Kikyō relajó el rostro y negó lentamente con la cabeza. Su historia era algo que nadie tenía que soportar más que ella misma. Unas pocas personas habían compartido sus mejores y peores partes: Kaede, Tsubaki e Inuyasha. No podía menos que odiarse por eso.

Había decidido no tener más peores partes, por lo tanto, tenía que negarse también a las mejores. Ni Kōga ni ningún otro ser tenía que estar cerca de ella. Solo Inuyasha unas pocas veces, unos pocos minutos. No más.

Le miró de reojo mientras él seguía escudriñándola con la mirada. Entonces, retomó su camino.

—¿Debo tomar eso como un ? —preguntó el demonio, unos cuantos pasos detrás. La sacerdotisa no respondió. Realmente no quería recordar cómo llegó a su situación. Todos los errores que había cometido, uno tras otro, sin frenar, sin hacer nada bien. Lo único que había hecho bien fue morir, dejar espacio para que Kagome reparara los errores de ambas. Y revivió para ayudarle en esa ardua tarea—. Lo tomaré como un sí... sacerdotisa Kikyō.


Nota:

Más Kōga/Kikyō, aunque esto no es nada y hay másmásmás por delante. El uso de las palabras claves a veces se complica, pero creo que lo estoy controlando (?).

Espero que lo estén disfrutando. Dudas, consultas, lo que sea, pueden dejar un review. :)

Mor.