Los meses pasaron con un aburrimiento poco común. No había participado de nuevos encuentros con Naraku, aunque tenía entendido que Inuyasha, Kagome y su grupo sí habían sufrido con sus extensiones. Kikyō se había mantenido al margen, con la mente centrada en sus propios asuntos. No era poco lo que debía hacer. Se había asentado en otro pueblo con el correr de los días. Este era más pequeño que de costumbre, y también sumamente más miserable. Había muchos heridos de guerra y muchachos con hambre, y mujeres agotadas de trabajar. Kikyō los vio a todos y cada uno, sin pena, sin sentimiento alguno. No podía sentirse más indiferente a su situación. Le molestaba, muy dentro de ella, ser incapaz de sentir simpatía como antes podría haber sentido. Tal vez el tiempo y su condición la habían vuelto de ese modo.
Quién sabe.
[ Día IV » Colmillos ]
Preludio obsesivo
—Señorita Kikyō...
—Guarda silencio, Hotaru —le cortó ella. La niña parecía agotada y sumamente preocupada por su hermano mayor, que había venido con heridas de alguna lucha ajena. La sangre aún manaba a borbollones del corte de la pierna y el olor la mareaba un poco. Necesitaba concentrarse todo lo posible. Hacía tiempo que trataba con heridas parecidas y siempre le provocaban las mismas cosas. La urgente necesidad de acabar con esa vida succionando hasta la última gota de su sangre, principalmente—. Búscame más...
No terminó la frase porque la niña se había desmayado en su lugar. Kikyō dejó escapar un suspiro, pero no pudo menos que fruncir un tanto el ceño. ¿Cuándo había sido la última vez que Hotaru había probado bocado? Posiblemente la misma vez que el resto de los niños de la aldea. Era una sociedad que iba directamente a la muerte, o al canibalismo.
—Hotaru... —murmuró el joven, en tinieblas. Kikyō lo acalló con la mirada. No necesitaba más problemas de los que actualmente tenía, como controlar ese impulso, por ejemplo.
—Koi —llamó entonces, dirigiéndose a una aldeana que le ayudaba en el cuidado de los enfermos y lastimados—. Levanta a la niña. Busca algo para que coma, por favor.
Koi asintió enérgicamente con la cabeza y levantó a la pequeña en brazos, dispuesta a llevarla dentro de alguna cabaña y proveerle algo de comida. Incluso una pequeña porción serviría.
—¡Señorita Kikyō! ¡Sacerdotisa!
—Ahora qué...
Kikyō masculló algo más en voz baja, mientras terminaba de cerrar la herida profunda que presentaba aquel hombre. El aldeano, jadeando, se acercó a ella y se dejó caer de rodillas a su lado.
—Hemos visto lobos en la zona, señorita. Pueden ser esos malditos demonios. ¿Qué haremos? No podemos soportar otro ataque. Hemos perdido a cinco hombres adultos y...
—Cálmate, Kenzō —le cortó ella. Tenía la frente perlada de sudor y los cabellos negros pegados a la cara. No solo porque había estado trabajando toda la mañana de aquí para allá con un torrente de pacientes que jamás se detenía, sino también porque estaba empezando el calor y debía concentrarse mucho para mantener su sed apaciguada—. Yo me encargaré de los lobos. Intenta cazar algo, estos niños necesitan comida.
—¿Usted sola podrá encargarse...?
—Sí, créeme. La comida, Kenzō. De inmediato. Organiza un grupo de aldeanos, yo me ocuparé de esos lobos.
—Señorita Kikyō...
—Iremos juntos hasta el linde con el bosque, me encargaré de los demonios y ustedes cazarán algo para tu gente.
Kenzō, con el rostro chupado y los ojos negros asustados, se limitó a asentir con la cabeza. Comenzó a soltar directivas a diestro y siniestro, y los aldeanos sanos —que hasta el momento estaban dedicándose a la reparación de chozas— se dispusieron de inmediato bajo su mandato. Kikyō lo observó de reojo con algo que, en su tiempo, hubiera sido orgullo. Ya no creía poder ser capaz de sentir así, pero le gustaba ver cómo la gente sobrevivía y luchaba por aquello que creía importante. Eso era bueno. Kenzō realmente podría llevarlos adelante.
Una vez que terminó de coser y vendar la herida del joven, se incorporó y se secó el sudor del rostro con las mangas de su hakui. Vaciló un momento en su lugar, viendo a la decena de heridos a sus pies, esperando sus atenciones. Observó más allá a las mujeres ayudar en la reconstrucción, atendiendo a los niños; Kenzō había organizado un pequeño grupo para dar caza a animales del bosque, y parecía esperarla con ansias. Sin más preámbulos, tomó una bocanada de aire (intentando hacer de cuenta que todo ese olor a sangre no le provocaba más que arcadas) y se encaminó hacia ellos.
La recibieron en silencio y, en el mismo silencio, la acompañaron hasta el límite con el bosque. El hombre no se había equivocado: había demonios alrededor de la zona, al acecho, podía sentir sus energías sin problemas. Lo que antes determinaba mediante energías, ahora lo hacía con el olfato: no tardó mucho en identificar ese aroma. Era, con certeza, el de los lobos. No era muy diferente al de Inuyasha, después de todo, solo un poco más fuerte, más violento de algún modo.
—Sacerdotisa Kikyō, ¿desea que algunos de mis hombres la acompañen?
—No, Kenzō. Puedo con esto sola.
El hombre la miró con cierta desconfianza, pero terminó por asentir con la cabeza y liderar la marcha dentro del bosque, hacia el lado que Kikyō le había indicado. Era mejor que se mantuvieran lejos de aquellos demonios, aunque no estuvieran en real peligro. Tenía la sospecha que su presencia era requerida solo para mantenerla vigilada. ¿Con qué propósitos? Vaya uno a saber...
Caminó con parsimonia por entre los árboles, sin preocuparse demasiado por donde sus pies la llevaban. Su olfato se había intensificado mucho durante los años posteriores a su transformación y era muy fácil llegar a la fuente de los olores, casi sin proponérselo de verdad.
Escuchó voces más adelante y pudo sentir claramente cuatro presencias demoníacas. Estaban en un mismo lugar, pero no eran realmente un desafío para Kikyō. Escuchaba fuertes gruñidos, apenas a treinta pasos de distancia. Habían tardado lo suyo para sentir su presencia. Inuyasha lo hubiera detectado al momento de poner un pie entre los árboles.
—¿Qué ocurre? Ya déjate de gruñir.
—Ginta, debe haber algo por ahí, ¿no crees?
Kikyō se mantuvo quieta, de pie donde estaba, escuchando con indiferencia las palabras de aquellos demonios. Parecían ser de poca monta, meros vigías.
—¿Crees que sea esa mujer?
Las bestias debían de haber intercambiado algún gesto, porque Kikyō no pudo escuchar la respuesta. Los lobos que acompañaban a esos dos todavía gruñían.
—Ya cállense.
—No van a callarse. Esa mujer debe estar cerca, ¿qué haremos?
—Kōga dijo...
—Kōga parece muy interesado en esa... esa bestia. Incluso para nosotros, aquello es...
El gruñido de los lobos se intensificó cuando Kikyō comenzó nuevamente a caminar. Llegó, sin haber recorrido mucho más, a un pequeñísimo claro entre árboles frondosos. Los que habían hablado eran dos bestias con apariencia humana, al igual que Kōga, que estaban parados uno junto al otro y parecían inquietos. Dos lobos inmensos de pelo castaño se mantenían a sus pies, alertas y mostrando los dientes ante su presencia.
—Es...
—¿Tú eres Kikyō?
—Dile a tu líder que se presente de inmediato.
Los dos hombres intercambiaron miradas, mientras los lomos de los lobos se erguían amenazantes. Kikyō les dirigió una glacial mirada de advertencia. No le gustaba la sangre de los animales, pero no sería un mal alimento. No cuando no se había podido alimentar bien en días, y toda la sangre de aquellos aldeanos estaba todavía atascada en sus fosas nasales. Los lobos dejaron de gruñir, mas no de mostrar su peligrosa dentadura. A Kikyō le causó gracia saber que ella también poseía una peligrosa dentadura.
—No hará falta que vayan a ningún lado. Ginta, Hakkaku.
Los dos demonios se dieron vuelta para ver cómo Kōga llegaba, tan campante y fresco ante ellos. No sabían que él estaba por los alrededores: últimamente frenaba para dejarles órdenes y seguir con sus asuntos con Kagura y Naraku, apenas lograban estar con él más de media hora. Kikyō le dirigió una mirada de reojo. No había llegado a sentir su presencia acercándose y eso la desconcertaba un poco. Tenía entendido que ese demonio era uno de los más veloces con los que Inuyasha alguna vez se había cruzado, pero, ¿tanto como para no sentirle acercándose?
—Kikyō —la saludó, con una sonrisa de lado que dejaba a la vista sus blancos dientes—. Ginta, Hakkaku, ya pueden irse. Los necesitan en la guarida.
—Pero Kōga... ¿quieres quedarte a solas con esta... mujer?
Kōga le dirigió una fugaz mirada, pero volvió la vista a Kikyō antes de responder. Ella miraba con indiferencia a sus camaradas, pero para él tenía una mirada llena de profundo enfado. Le agradaba un tanto. Era mejor esa mirada que aquella llena de nada, como las últimas veces que la había visto.
—Sí. Váyanse.
Ginta y Hakkaku parecían reacios a irse, mirándose entre ellos y con desconfianza palpable hacia la joven humana que estaba entre ellos. «Joven humana» tal vez no eran las palabras más indicadas para referirse a Kikyō, así como la percibían ellos, con ese sentido tan desarrollado, y el miedo propio de quien es presa y no predador esta vez. Sin embargo, la mirada azulada de Kōga era clara. Incluso había calmado a los grandes lobos que los acompañaban, sin siquiera dirigirles una palabra.
—Estaremos cerca —aseguró Hakkaku, intentando sonar como una amenaza. Kikyō lo fulminó con la mirada, sintiendo gracia de que semejante mequetrefe intentara hacerle frente. Lo soportaría de Kōga, tal vez. Pero no de ellos. Hakkaku no dio un paso atrás, pero tragó con fuerza y todos los presentes pudieron oler el miedo emanando de sus poros.
—Nada de eso. Vayan con nuestros camaradas, los están esperando. Hay tarea por hacer.
—De-de acuerdo, Kōga.
—Por favor, ¡ten cuidado! —gritó Ginta finalmente, tirando del brazo de Hakkaku mientras emprendía el viaje. Los lobos los siguieron a paso rápido, dirigiendo una última mirada furtiva a Kikyō, que dejaba mostrar con claridad lo fastidiada que se sentía con toda la situación.
Cuando la presencia de los lobos dejó de sentirse, cuando finalmente los únicos presentes eran ellos dos, Kikyō consideró propicio hablar. Porque, para empezar, había sido ella quien demandó su presencia. Se preguntó desde hacía cuanto Kōga estaba por los alrededores, pero no dejó entrever su duda. Había cosas más urgentes.
—Esos demonios, ¿son de confiar? ¿Cuántos más saben mi condición?
Kōga sonrió abiertamente, observando a la sacerdotisa con sincera diversión. Hoy estaba particularmente apetecible; enfadada y llena de preguntas le interesaba más. Y ni siquiera importaba que fuera una de sus enemigas naturales; el instinto actuaba sin consultar.
—Ajá, son de confiar.
—Si Inuyasha...
—Ese perro no va a enterarse por mi culpa —cortó Kōga, frunciendo el ceño. Kikyō se permitió sentirse apenas un poco más aliviada. No sabía qué tan de fiar era ese Kōga, pero había mantenido el silencio todo ese tiempo, así que podía darle un voto de confianza.
—¿Por qué sigues manteniéndome bajo vigilancia? ¿Trabajas para Naraku? Ya me cansé de preguntarte qué quieres.
—¿Trabajar para Naraku? —soltó él. Dejó escapar una risa descuidada. Kikyō pudo sentir su cambio de humor: ahora parecía simplemente aireado—. Su sucia extensión mató a muchos de mis lobos por una orden suya. ¿Crees que trabajaría para alguien como él?
Kikyō lo evaluó un momento con la mirada, sin dejarse convencer. Sabía por boca de Inuyasha —gracias a las esporádicas visitas que se permitía tener con él— que la historia que Kōga estaba contando era cierta. Más de una vez lo había escuchado enfurruñado con el demonio lobo. Le había sacado varias sonrisas nostálgicas comprobar lo molesto que se ponía del trato que el demonio tenía con Kagome, seguramente porque si las cosas hubieran salido como lo había planeado inicialmente, esos celos podrían ser por ella.
—¿Entonces? —inquirió con fuerza—. ¿Qué mierda quieres? Estoy comenzando a perder la paciencia contigo. No necesito que demonios de poca monta me vigilen.
Kōga sonrió nuevamente, olvidando la inquietud por Inuyasha. Cualquier mención del zopenco le ponía de un mal humor muy particular, pero otra vez: estaba tratando con esa mujer tan peculiar y no dejaría que el perro se interpusiera en sus metas.
—Los demonios lobos y los demonios vampiros no hemos tenido... la mejor de las relaciones a lo largo del tiempo.
Kikyō lo miró con muda espera. No le interesaba en lo más mínimo la historia de su raza maldita. No le interesaba en lo más mínimo la historia de los lobos. No le interesaba en lo más mínima estar parada en medio del bosque entablando conversación con un demonio, menos un demonio que conocía de sobra su condición, sin duda alguna ni sentimientos que empañaran la verdad. Después de todo, Inuyasha podría hacerse el desentendido a pesar del hedor que ella desprendía, y el monje que le acompañaba podía callar porque era mejor no inmiscuirse en asuntos ajenos, pero eso no quitaba que ambos lo supieran, de algún modo. Pero no tenían pruebas, no le habían visto con las manos manchadas de muerte y su traje con gotas de sangre, no le habían visto como Kōga. Entonces solo algo sabían, algo sospechaban. Y la sacerdotisa Kikyō se seguía escondiendo detrás de su cuerpo de barro y huesos y de ese poder espiritual que ni siquiera Kagome lograba alcanzar aún.
—Digamos que temo por el bienestar de los aldeanos y de mi gente. Tu... linaje es una constante amenaza. Y debo cuidar a mi gente, se lo debo.
Kikyō no pudo evitar sonreír. ¿Una amenaza para su gente? Su asquerosa sangre demoníaca no despertaba en ella nada más que repulsión. Ella misma se repugnaba llegando a límites que no podría imaginar su vacía cabeza lobuna. Se odiaba por beber sangre humana, pero era estúpido y suicida ir detrás de demonios que tenían manada cubriéndole las espaldas y queriendo ir luego detrás de su cabeza.
—Tu gente no llama mi atención.
—¿Cómo has llegado a ser esto? —preguntó él de improviso, sin prestar mayor atención al último comentario de ella. Kikyō abrió un tanto los ojos de la sorpresa, pero luego recuperó la compostura. ¿No era una larga historia, después de todo? No. Era simple y tonta, y había sido todo un descuido de enamorada. Y a ese le siguieron muchos otros de los que nunca se perdonaría.
Decidió que no quería compartir sus problemas con nadie, ni siquiera con él, que sabía su naturaleza y se sabía su enemigo, y aún así se interesaba en saber cómo. En saber qué pasó. Insistía en el pasado que ella intentaba borrar con cada paso que daba, y del cual aún así nunca lograba escapar.
—Estás comenzando a cabrearme de verdad, lobo—gruñó. Sentía que algo bullía dentro de ella. Ese cuerpo que le habían proporcionado era extraño en muchísimas maneras—. Te recomiendo que me dejes en paz.
Kōga ya no sonreía. Le miraba con insana curiosidad, con los brazos cruzados sobre su fornido pecho y su vista clavada en los ojos oscuros, casi macabros de Kikyō. Una sacerdotisa tan distinguida como ella, un mero demonio vampiro, una de las razas más bajas y detestadas incluso por los propios yōkai.
—Eso no va a pasar.
Su voz sonó clara y alta, ronca porque así de gruesa era su voz, así de penetrante resultaba. Ni siquiera planeó decirlo, pero era lo que sentía. Era la misma clase de fascinación que Kagura le provocaba: una mezcla de repulsión y atracción que difícilmente podía evitar. Kikyō tenía a su favor que seguía pareciendo humana, que seguía queriendo ayudar. Le había visto estar a disposición de todo tipo de personas, sin vacilar un momento. Y esa naturaleza era extraña en un demonio de su clase. ¿Demonio, medio demonio, o una simple imitación?, lo que fuera en realidad.
Kikyō no aguardó un segundo luego de escuchar esas palabras arrogantes de su boca. No permitiría que ningún demonio le molestara de esa manera. De un rápido movimiento, que a duras penas la aguda vista de Kōga pudo ver, se acercó a él. Le tomó el brazo más cercano con una mano y se lo retorció rápidamente para inmovilizarlo. Con la otra mano, tomó su cabello, que mantenía en esa larga cola, y de un movimiento seco, le obligó a girar la cabeza para tener libre camino a su cuello.
Sentía la sangre bullir en ese punto, la vena aorta estaba expuesta a sus filosos dientes. ¿Qué tan mal estaría probar esa sangre demoníaca a la que tanto se había rehusado? Era una de las formas fáciles de deshacerse de esa molestia. Se sentía sumamente poderosa al tenerlo tan bajo control: le había tomado desprevenido. Él no esperaba movimiento alguno de su lado, parecía haber olvidado que, aunque no demonio-vampiro completa, seguía teniendo algunas características bastante interesantes. Como una fuerza desmesurada en comparación a su cuerpo, y una velocidad inhumana a pesar de las molestas ropas.
Por un momento, solo había atinado a soltar un gruñido por el dolor en el brazo y a abrir los ojos con espanto. Ella estaba casi por completo sobre él, a pesar de ser mucho más menuda. Su aroma a sangre, tierra y a flores silvestres lo aturdía. Pero a pesar de haberse sentido paralizado en un primer momento, luego sonrió. El filo de los colmillos de Kikyō
[extrañamente excitantes
su boca entreabierta los ojos desmesurados
el aroma que emanaba]
, brillantes bajo la luz que se filtraba entre las copas de los árboles, eran una amenaza constante.
—¿Vas a hacerlo?
Sintió la presión de los colmillos de la sacerdotisa sobre su cuello. Necesitaría fuerza para perforar su piel y finalmente beber su sangre. Luego era posible que no se detuviera. Los demonios-vampiros nunca se detenían, no hasta el verdadero final. Sentía una adrenalina poco sana. Podría intentar pelear, pero estaba seguro de que Kikyō no seguiría. Le había observado durante los últimos meses. No lo haría.
—Debería —gruñó contra él. Pero luego simplemente se separó. La tela de su ropa dejó de rozar las partes desnudas de Kōga. Él se acomodó mejor en su posición, intentando no prestar atención a la molestia en su brazo. La observó con una extraña sonrisa en el rostro. Kikyō parecía cabreada, pero él estaba extrañamente contento con el resultado de esa visita.
—Tal vez la próxima podremos hablar mejor.
—Solo vete.
Kōga así lo hizo. Kikyō, confundida y con más sed de lo que había sentido en todo ese tiempo, se quedó largos minutas sola en el bosque, intentando tranquilizarse. Cuando fue consciente de que no atacaría a ningún aldeano de improviso, se encaminó de vuelta a la aldea, pensando en cuánto le molestaba Kōga. En cuanto le interesaba también.
Tal vez, simplemente tendría que haberle destrozado el cuello y terminar con todo ese asunto de Kōga. No eran más que distracciones en una vida que no le permitía tener ninguna.
Nota:
Este capítulo tiene una de las primeras escenas que visualicé mentalmente: Kikyō a punto de morder a Kōga (y posiblemente matarlo). Es algo que tarde o temprano iba a pasar, según yo (?), porque Kikyō sí es muy serena, pero él puede ser lo suficientemente irritante.
Espero que lo hayan disfrutado. Les agradezco montones que lean y más aún que dejen sus comentarios (L) ¡Gracias!
Nos leemos mañana :) Y (esto ya lo saben) comentarios, quejas, preguntas, dudas, lo que sea, pueden decírmelo en un review.
Mor.
