Había dejado la aldea anterior apenas unas pocas semanas atrás, cuando tenía demasiada sed. Saciarse de gente enferma o mal alimentada era algo que no iba a pasar. Después de todo, ¿qué sentido tenía hartar así tan poco de su ser? Se había asentado en un nuevo pueblo. La gente estaba mucho más sana y estaba mucho mejor alimentada, lo cual eran buenas noticias para ella. La presencia de una sacerdotisa nunca estaba de más en aquellos tiempos, así que la recibieron con los brazos abiertos.

Luego, comenzaron a desaparecer aldeanos en el interior del bosque.


[ Día V » Estaca ]
Quizás mañana


Era entrada la noche. Kikyō, invitada en una pequeña cabaña de la aldea hasta que decidiera marcharse, dormía recostada en un lecho improvisado sobre el suelo. Su sueño había sido intranquilo durante semanas, pero finalmente había podido retomar un sosiego peculiar en esa vida que se traía. La aldea requería sus servicios, pero no le agotaban como en otros lugares; y la sangre... la sangre era simplemente deliciosa, incluso en los más ancianos. Era un lugar lleno de prosperidad, y eso se notaba en ese líquido tan alucinante que ella oía todo el tiempo bullir dentro de esos cuerpos.

Así que Kikyō permaneció más tiempo de lo que hubiera debido, rodeada de gente más avispada y desconfiada que aquellos a los que acostumbraba frecuentar. Se dejó caer en un sueño profundo y no escuchó ni se percató de las preocupaciones y planes de los aldeanos, que temían el acecho de un demonio luego de las continuas desapariciones de ancianos y adultos maduros durante las últimas semanas.

A la luz de pocas antorchas y de una luna blanca dibujada en el cielo estrellado, unos pocos hombres formaron un grupo cerrado. Obligaron a los niños encerrarse en las casas; a las mujeres y otros hombres, a obtener elementos para defenderse de un posible ataque. Ellos se hicieron de un par de estacas, algunas lanzas, y comenzaron con la cacería.

El camino a la cabaña donde Kikyō era invitada fue muy corto. La dueña de casa les abrió la puerta con el miedo retratado en sus ojos oscuros y casi ciegos. Le pidieron en quedos murmullos que se escondiera en la casa vecina, que no saliera de allí por nada del mundo; la anciana así lo hizo. Luego caminaron hasta la habitación donde Kikyō descansaba y abrieron la puerta sigilosamente.

Eran cuatro hombres, pero no estaban seguros de poder con la fuerza de un demonio de esa calaña. Menos aún de uno tan astuto: uno que simulaba ser bondadoso y ayudaba a sus niños, y que, por la noche, se hacía un festín con sus ancianos. Por desgracia para Kikyō, los aldeanos decidieron que, desde que la sacerdotisa habitaba con ellos, las desapariciones se hicieron presentes, y decidieron investigar. A sus espaldas, formaron un grupo de búsqueda y encontraron cadáveres en el bosque, drenados hasta la última gota del líquido vital. La palidez propia de la sacerdotisa y el desdén que mostraba a símbolos religiosos no hicieron más que acrecentar las sospechas. Y luego fue solo cuestión de tiempo para tomar cartas en el asunto.

La sacerdotisa estaba recostada, inconsciente del peligro que la acechaba. El líder de la cuadrilla tomó la delantera y la estaca en su mano se vio iluminada por la luz de la luna unos breves segundos antes de que cayera con fuerza sobre el pecho de Kikyō y se hundiera en él, provocando que la joven se despertara con un alarido y los ojos vidriosos. El hombre, no amedrentado por el despertar de su víctima, aumentó la fuerza que estaba aplicando hasta que el grito de Kikyō se transformó en un gemido moribundo.

El resto de su grupo estaba listo para actuar, pero se confiaron cuando la sacerdotisa cerró los ojos intentando recuperar la calma, poner su mente en blanco, mientras disfrutaba del dolor que se extendía por su pecho hacia todas sus extremidades. Eran tan increíble poder sentir algo con tanta intensidad. Lo disfrutaba, claro, pero también era un tortura difícil de soportar. Cuando notó que tenía una oportunidad, utilizó su fuerza para abatir al líder de la cuadrilla de un solo golpe, haciéndolo volar hacia el otro lado de la habitación.

Sus acompañantes abrieron los ojos con el terror y la sorpresa retratados en ellos, paralizados de inmediato por la gélida mirada del monstruo, que sangraba por la herida del pecho pero parecía entera en su totalidad. Kikyō se incorporó de su lugar e hizo una mueca, mostrando los colmillos y liberando un extraño sonido que hizo a muchos estremecerse en el lugar. Un valiente aldeano intentó atacarla con la lanza entre sus manos, pero Kikyō la tomó del extremo y lo hizo volar también, dejándolo inconsciente de un certero golpe en la cabeza.

A pesar de que intentaron retenerla para que no atacara la aldea, Kikyō pudo liberarse de la pequeña barrera que formaron alrededor de la puerta. Herida y todo, no dejaba de tener una fuerza descomunal y unos cuantos aldeanos eran poca cosa a su lado. Sin embargo, contaba con un brazo menos: tenía la mano izquierda sujetando con fuerza la estaca en su pecho. El líquido que manaba de la herida manchaba sus ropas blancas y estaba caliente contra su cuerpo y su mano.

Comenzaba a sentirse más débil y, por desgracia, los aldeanos que no habían perdido el conocimiento estaban reclutando a otros para acabar con su vida. Los había sorprendido al no morir con la estaca, con eso había ganado algo de tiempo. Pero ahora preparaban cuchillas y fuego: pretendían cortarle la cabeza y quemar sus restos. Era posible que así lograran su cometido, aunque, como bien ella sabía, su condición no cambiaría: si alguien volvía a revivirla, seguiría siendo la misma maldita que en ese momento.

Se alejó al paso más rápido que pudo lograr, aunque cada vez le costaba más. Le fallaba la respiración, lo que nunca creyó que finalmente ocurriría. Era extraño ver cómo la pérdida de sangre le afectaba. Creía que, de morir, moriría de forma diferente, que tenía ciertas ventajas siendo casi un vampiro. Pero no era del todo cierto, por lo visto. Masculló una nueva maldición tras atravesar la primera línea de árboles.

No era una casualidad que todos los pueblos que frecuentaba se vieran rodeados de frondosos bosques: era mucho más fácil esconderse, mucho más fácil atraer víctimas y perderlas por ahí. Y en casos extremos como aquel (aunque era la primera vez que le pasaba desde su resurrección), era mucho más fácil huir. Escuchó los gritos enojados de los aldeanos y vio las luces de las antorchas prendidas, y se dio cuenta que todo estaba listo para ir a buscarla.

Debía apurar su huida, pero su velocidad estaba comprometida y estaba comenzando a perder visión. Si no se apuraba a penetrar en el bosque, le darían caza de inmediato. Lo mejor sería pasar la sexta línea de árboles y avanzar en zigzag. Y, en lo posible, no dejar rastros de sangre. Aunque todo parecía indicar que eso sería lo más complicado.

Los gritos se fueron aplacando a medida que avanzaba, pero también perdía más sangre y más velocidad. Comenzaba a ver borroso alrededor, y para cuando creía que podría descansar finalmente, comenzó de nuevo a percibir la cercana presencia de los aldeanos. Por lo visto, se habían dividido en grupos para cazarla, y uno estaba teniendo éxito en eso. Posiblemente se debía a las pequeñas manchas que estaba dejando esparcidas por el camino. Se estaba volviendo torpe.

Soltó un nuevo gemido y se dejó caer contra un árbol. Cuando su trasero tocó el suelo, cerró los ojos un momento, aún siendo consciente de que el barullo de los aldeanos estaba cerca. Tal vez, finalmente le tocaba morir. Y era en manos de simples humanos. Acaso eso era lo correcto. Tocó de nuevo la estaca que estaba clavada en su pecho. Si la sacaba, perdería mucha sangre, se vaciaría de almas. Si la sacaba, moriría, y eso le pareció bien. Si tenía suerte, caería en la inconsciencia antes de consumirse.

—¿Estás loca? —gruñó una voz. Creía conocerla, pero no estaba con todos los sentidos al cien por cien, le estaba tomando trabajo abrir los ojos. Cuando lo logró, tampoco fue capaz de ver con claridad al que estaba en frente teniendo su mano cubierta de sangre, aquella mano que quería sacar la estaca y acabar con eso—. Realmente te has vuelto un loca descuidada, ¿eh, Kikyō?

Escuchó nuevamente los ruidos de los aldeanos, ahora podía distinguirse lo que decían. Eran maldiciones e indicaciones, uno había gritado con júbilo al encontrar más sangre en su camino. El hombre que le sostenía la mano volvió a mirarla. Creyó que tenía el rostro de Kōga y el ceño fruncido, pero no podía estar segura. A veces también veía a Inuyasha, y otras veces el rostro preocupado de Tsubaki, y no mucho tenía sentido. Pero quien sea que estuviera frente a ella soltó una blasfemia y la tomó en brazos, sacándole otro quejido de dolor.

—Déjame, es mejor así…

—Cállate.

No pudo responder. Se dejó caer en una nube negra que le cubrió los ojos y luego la mente, enojada y agradecida en partes iguales.


Kikyō despertó muchas horas después con un quejido. Su vista tardó un poco en acostumbrarse a las penumbras; era entrada la noche. Estaba recostada sobre un gran árbol, y rodeada de muchos otros. Posiblemente estuviera en mitad de algún bosque, pero no reconocía el lugar.

Se sentía muy cansada; cada movimiento que hacía le enviaba aguijonazos de dolor en diferentes partes del cuerpo, y parecía tardar milenios cada vez. Era igualmente odioso y gratificante. Tardó algunos minutos en recordar todo lo que había sucedido, y cuando finalmente recuperó la sensación de escozor electrificante que había producido la estaca en su pecho, se llevó una mano a la herida.

Tenía la parte superior de su cuerpo al descubierto, pero estaba vendado todo alrededor de su torso, ocultando sus pechos y la lesión. Las vendas estaban manchadas, pero parecían recientemente cambiadas. Le asombró que algo como ella pudiera sangrar, aunque era igualmente extraño que sintiera la necesidad (y pudiera) de alimentarse de sangre. La composición de su nuevo cuerpo no dejaba de asombrarla.

Pasó los dedos sobre la venda, justo encima de su esternón.

—Eso fue algo improvisado —resonó una voz a su izquierda. No había percibido la presencia de Kōga, que era clara señal de estar casi fuera de combate. Se giró a verlo con lentos movimientos, la cabeza palpitándole y otra vez la sed rasgándole la garganta—. Iba a traerte algo de comer… pero no estoy seguro de con qué te alimentas, y traerte un humano me pareció inapropiado.

Kikyō no dijo nada, pero le dirigió una peculiar mirada. Intentaba recobrar del todo su raciocinio, pero estaba cansada, lastimada y con demasiada sed, y él la ponía nerviosa. Eso le molestaba. Los ojos celestes de Kōga la observaron durante un rato antes de que él decidiera hablar al fin.

—Me iré. Tengo entendido que tus heridas sanan rápido, así que estarás bien.

Kikyō siguió sin hablar y Kōga frunció un poco el ceño en respuesta. Pero, sin decir otra palabra, se giró y comenzó a caminar hacia los árboles, a paso lento para él y esos fragmentos que brillaban en sus piernas, esos fragmentos en los que ella había recaído y la había traído sin cuidado.

—Si crees que necesitas ayuda, llámame. Tus serpientes o mis lobos pueden comunicarnos.

Desapareció entre los árboles. Kikyō observó cada paso que la alejó de ella, observó cómo los músculos de su cuerpo se contraían ante sus movimientos, lo tonificada que estaba su espalda y lo moreno de su piel, los negros cabellos atados en esa cola de caballo. Apretó la herida para sentir otra punzada de dolor, pensando en lo cerca que había estado de perecer. Se preguntó vagamente porqué la había salvado. Hubiera sido más fácil dejarla morir.

No lo llamó.


Nota:

Un poco más de estos dos (L). Tuve un serio problema en este capítulo, porque no me decidía en lo que haría Kōga, si quedarse con ella o irse. Finalmente me detuve a pensar y creo que Kōga sí se hubiera ido. Es decir, se quedó con ella mientras estaba inconsciente, pero luego tenía que marchar y seguir con lo suyo. De todos modos, está claro que la sigue vigilando con sus lobos por los alrededores.

Habrá más de ellos, claro. Pero pienso que su relación hubiera sido lenta, a pasos tranquilos, y así mismo lo hice. De todos modos, hay hechos relevantes entre ellos dos, como este y otros encuentros... ya verán (?)

Me gustaría saber qué opinan. Que no les de pena (?), dejen su comentario, lo voy a agradecer *O*

Gracias por leer. Nos reencontramos mañana :)

Mor.