La herida había curado en pocos días, pero no volvió a cruzarse con las personas conocidas lo que duró el resto del invierno y la primavera.
Finalmente, el verano la había alcanzado en un pequeño pueblito rodeado de montañas, en plena «salud» y alimentándose nuevamente de ancianos, pero teniendo más cuidado en sus actividades. No había vuelto a ver a Inuyasha, a Tsubaki o a Kōga, a pesar de que sabía que el demonio estaba por los alrededores. Podía sentir la presencia de lobos a menudo, sin importar cuánto viajara por esas tierras, sin importar si intentaba ocultarse de él.
Aunque, en realidad, no lo hacía.
[ Día VI » Halloween]
Eso que llevas ahí
—Señorita Kikyō —la llamó Tadako, sentándose a su lado. La había estado observando toda la tarde y parecía muy ensimismada, así que había sentido el impulso de hablarle. Kikyō se giró a verla con una sonrisa en su cálido rostro. No podía hacer menos: había drenado hasta la última gota de sangre de su abuela hacía tan solo una semana—, vendrá a ver cómo nuestros ancestro viajan al mundo espiritual, ¿cierto?
—Claro, veré todas las hogueras desde un buen lugar, no podría perdérmelo.
—Eso es genial. Es una hermosa época, ¿no cree?
—Cierto.
No le parecía hermosa en lo más mínimo, pero debía mostrarse tranquila y animada, del mismo estado de ánimo que el resto de los habitantes de la aldea. Encajar era necesario. Terminaría la celebración O-Bon y partiría pronto hacia otra aldea. Tal vez, ya era hora de hacerle una visita a Inuyasha y ver cómo iba todo.
—Será mejor que ayude a Shintaro con los preparativos.
Kikyō le hizo un pequeño gesto con la cabeza como despedida. Luego decidió caminar alrededor de la aldea, observando cómo las personas se organizaban para el final de la celebración. Habían estado extasiados durante los últimos días, con danzas y comidas, y honra de todo tipo para los antepasados. Kikyō lo había observado todo, e incluso participado, pero sin ánimo alguno.
Finalmente, ese día la festividad terminaría y podría verse descansar de nuevo. Ese tipo de conmemoraciones le traían un sabor amargo a la boca, sobre todo porque era causante de variadas muertes. Por supuesto que honraba y rezaba por cada víctima, pero eso no la hacía menos culpable. Menos monstruo.
A medida que recorría el pueblo, sus pensamientos llegaban a sus miedos. Inuyasha, sobre todo, cuando finalmente descubriera lo que ella era. Por suerte, había perdido el miedo al infierno. O sería, tal vez, que ya había asumido su fatal destino. Lo cierto es que no podía ni tenía tiempo para preocuparse por eso. Tenía a Naraku y el peligro que representaba como tarea principal.
Se sentó en lo alto de una colina, acomodando sus ropas y mirando más allá, donde las montañas ocultaban todavía las enormes hogueras que los aldeanos había preparado para el fin del O-Bon. Desde allí podría observar todas, en silencio y sola. Era la primera vez que observaría el evento, así que estaba algo curiosa y ansiosa por verlo.
—Hola, Kōga —saludó. Esta vez había sido capaz de sentir los pasos silenciosos de depredador y la pesada y peligrosa presencia del demonio lobo a su alrededor. Posiblemente se había escondido entre los árboles hasta que la vio sentada de espaldas, vulnerable. Tal vez se debía a que le temía. O tal vez, simplemente, así se lo había ordenado el instinto.
—Es la primera vez que me llamas por mi nombre —sonrió él. Ella no pudo ver la sonrisa, porque seguía mirando al frente. Estaban lejos de miradas indiscretas, la mayoría de los aldeanos verían el final de la celebración desde el centro del pueblo. A ella le gustaba la altura y la lejanía.
—Sí —respondió quedamente. ¿Era extraño que lo hiciera? Lo cierto es que él no solo había guardado su secreto, sino también le había salvado la vida. O lo correcto es decir que la había salvado de ella misma, aunque sea una vez—. Supongo que te lo debo. Por la otra vez.
—¿Te refieres a la vez que casi mueres?
Kikyō asintió, sintiendo la necesidad de embozar una sonrisa. La despreocupación de él le fascinaba. Ella creía que se había fascinado un poco con la sola existencia de él, rondando su vida y sin inmiscuirse… tanto. Pero aún desconfiaba, claro. No era estúpida y debía cuidarse las espaldas. Pero podía darle un voto de confianza por lo que había hecho por ella.
—Creí que le habían dado a tu corazón.
Se había sentado a su lado con comodidad. Kikyō lo observó de costado. Seguía vestido igual que siempre, lo que, considerando el clima que los asediaba, estaba muy bien. Su cabello había crecido un poco, pero seguía atado en esa cola. Tenía los rasgos aún más marcados, como si en los pocos meses en que no lo había visto, hubiera crecido. Tal vez así era. No sabía mucho del desarrollo de demonios. Solo sabía que ella estaba estancada en ese cuerpo para siempre.
—Mi cuerpo actual puede aguantar muchas cosas.
Kōga giró el rostro para verla. Sus ojos celestes la enfrentaron con fiereza, cosa que la perturbó un poco. Seguían siendo curiosos por demás, como aquella vez en el bosque. Kōga no parecía temerle, a pesar de ser enemigos naturales y estar en obvia desventaja (ella era mucho más poderosa, no había dudas). Tal vez porque pensaba que las cosas entre ellos estaban bien después de lo sucedido. Y tal vez eso era cierto.
—Nunca te agradecí.
El demonio se encogió de hombros, volviendo la vista al frente. Los ojos de Kikyō eran más cálidos, ahora sin rastros del dolor de la herida con la que la había dejado en el bosque. Extrañamente, se alegraba de que estuviera bien. No había sido su intención salvarla en primer lugar (no dejaba de ser una amenaza para él y los suyos), pero no podía negar que lo hizo. Y tampoco el porqué. Seguía irremediablemente atraído por sus secretos, por lo que ocultaban esos ojos oscuros y fríos, por su pálida piel, por sus afilados colmillos.
—Gracias.
Kōga se giró para verla nuevamente, pero ella ya había vuelto la mirada hacia las lejanas montañas. Se había encendido la primera hoguera, y Kikyō la observaba meditativa.
—¿Tienes alguien que recordar este día?
La pregunta salió de sopetón e hizo sobresaltarse a Kikyō. Se sentía extrañamente comunicativa ese día. Quizás era solo la presencia de él, y la necesidad de ella de no sentirse tan sola. Tan aislada, con su pesada cruz a cuestas.
—No tengo a nadie. Ni en ese mundo ni en este.
Ella lo miró de reojo y notó cómo él parecía meditar la frase, pensando qué decir a continuación, qué paso realizar. Le resultaba muy extraño toda la situación, el cómo permitía que un ser como él esté a su alrededor, incluso teniendo en cuenta su estado actual. No podía evitar relacionar todo eso con lo que anteriormente había pasado en su vida, y eso logró entristecerle. ¿O era acaso temor?
—¿Y qué con tu familia? —preguntó luego. La voz de Kōga la sacó de sus pensamientos. Era suave, era diferente a la voz que siempre utilizaba para hablar con ella. Se dio cuenta, demasiado tarde, que su voz también era suave cuando se dirigía a él, aunque sea ese día.
Se dio cuenta que estaba siendo amable con él. Que hasta le había dado las malditas gracias por no permitir que se matara. Seguramente estaba perdiendo la cabeza de a poco. O acaso eran esas fechas donde los muertos convivían con ella y, a pesar de eso, estaba completamente sola. Se apuró a hablar, porque esas reflexiones le dolían.
—Padres que nos han abandonada. Una hermana que ha tenido suficiente de mi.
—¿Ella no…?
—Ella me ama demasiado. Por eso tuve que alejarme. No quiero hacerle más daño.
Ni a ella ni a nadie, pensó, pero no lo dijo en voz alta. De todos modos, había hablado de más. Ahora Kōga tenía más información para completar el trazo de su vida, para saber un poco del pasado y de Kaede, a quien extrañaba tanto que le dolía.
—¿Y qué con Inuyasha?
La pregunta la sorprendió e hizo que girara a verlo. Kōga la observaba con marcada impaciencia. Se preguntó porqué la respuesta le produciría tantas ansias, y pudo ver en él alguna característica similar al que alguna vez fue su amado.
—Por suerte, Kagome ha llegado a su vida. Ella podrá amarlo por las dos —sentenció. Estaba segura de que Kagome lograría muchas cosas por las dos, y eso sin duda la aliviaba. Aunque sea, parte de ella seguiría siendo pura y viviría con pureza en su reencarnación. Y, sobre todo, estaría junto a Inuyasha. Centró su mirada en su compañero, que asintió con la cabeza. Le pareció apreciar la sombra de una sonrisa en ese rostro moreno—. ¿Tienes más dudas?
Kōga le sonrió de oreja a oreja, con esa despreocupación que lo caracterizaba, y luego negó con la cabeza.
—Me contarás cómo has llegado a ser quién eres otro día.
Apuntó luego al frente, donde ya tres hogueras ardían con fuerza a lo lejos. Kikyō no pudo evitar molestarse un poco por lo dicho por él, sin embargo, creía que eso podría llegar a pasar, pero que realmente iba a necesitar fuerzas para lograr contarle todo, si es que alguna vez lo hacía. Desconfiaba de Kōga, pero aún así se sentía cómoda a su alrededor, y ese era un problema.
Observaron el fin de la celebración en un extraño silencio, tranquilos en compañía del otro y sin siquiera con pensamientos invadiendo su mente. Fue uno de los pocos silencios que Kikyō apreció en su larga vida.
Pasó más de una hora para que alguno de los dos hiciera nuevos movimientos, ya una de las hogueras se había consumido y la brisa fresca de la noche de verano los envolvía. Kikyō lo miraba con interés, mientras él se removía en su lugar. Parecía que era hora de marchar, y ella se dio cuenta lo extraño que era que no hubiera hecho antes.
—Ya debes ir.
—Sí, mis lobos esperan.
Kikyō le dedicó una breve sonrisa. Era la primera que había dejado escapar en su presencia que no fuera producto de la ira. Era su manera de agradecer la silenciosa compañía en un día en donde realmente necesitaba estar con alguien. No era lo correcto, porque seguían siendo peligrosos el uno para el otro, pero por el momento lo dejaría pasar.
Una corriente de aire los atravesó y despeinó los largos cabellos sueltos de ella. Seguramente ese fue el disparador que hizo que Kōga se acercara un poco y tomara un largo mechón negro con delicadeza, y lo acomodara con calma detrás de la oreja de la sacerdotisa. Era extraño cómo se sentía al tacto, sobre todo para Kikyō, que no esperaba tanta suavidad de un ser como él. Kōga se sorprendió de que fuera cálida, cuando había estado seguro de que ella era toda una princesa de hielo.
Sin pensarlo mucho más, Kōga habló. No era propio de él deliberar sobre lo que sentía o pensaba, por lo que se extrañó tanto como Kikyō cuando las palabras salieron de su boca.
—Supongo que me tienes a mi.
Las palabras viajaron hacia ella tanto como el cálido aliento de él. Tenía la mano masculina demasiado cerca de su rostro, y eso hubiera provocado muchos sonrojos cuando aún era humana. Por suerte, podía controlarse mucho mejor en aquellos tiempos, pero aún así su boca se abrió un poco de la sorpresa y algo escapó por sus ojos oscuros. Y creyó que él lo percibió también.
Se marchó luego de eso. Kikyō lo observó alejarse con sorpresa, y sonrió con naturalidad. ¿Qué estaba pasando allí? ¿Por qué todo eso le sonaba de algún lado? En cualquier caso, dejó que las palabras de él la llenara durante un tiempo, hasta que nuevamente tuviera que volver a la realidad junto con la salida del sol, y todo lo que había pasado entre ellos fuera un recuerdo borroso y confuso.
Nota:
En este capítulo casi me doy la cabeza contra la pared al darme cuenta que el prompt era Halloween. ¿Halloween en época Sengoku? Tuve que investigar, pero por suerte está esta festividad que tiene un parecido al Halloween/Día de los muertos. Por mi parte, creo que es válido, considerando que estoy escribiendo desde 'el universo original' y en esta época y no la de Kagome.
Por otro lado, creo que serían (como lo dejé en el capítulo) unas fechas muy especiales para Kikyō, donde sin duda se sentiría aún más culpable y aún más sola, por lo que agradecería la extraña compañía de Kōga. Creo que se dan cuenta, ambos, que aprecian la presencia del otro, y eso es extraño, pero está bien.
Espero que lo hayan disfrutado. Muchas gracias a quienes se animan a dejar esos sensuales comentarios (?). Quien aún no lo haya hecho, ¡adelante! :)
Mor.
