Un par de semanas transcurrieron sin demasiados sobresaltos. Kōga la visitaba a menudo, aunque ninguno decía nada, y se dedicaban a vagar alrededor en un silencio tranquilo. A Kikyō todo aquello le resultaba muy similar a lo vivido con Inuyasha y temía profundamente por lo que podría llegar a suceder. Así y todo, se veía incapaz de alejarlo.


[ Día VII » Murciélago]
Nacido para perder


Se enteró que Inuyasha y su grupo estaban en los alrededores por un par de aldeanos que le habían contado del extravagante grupo de demonios con el que se había cruzado camino a la aldea, entre ellos un monje budista, un perro malhumorado y una demonio de ropas demasiado cortas. No le fue difícil sacar conclusiones. Así que decidió esperar en la profundidad del bosque a que Inuyasha fuera a verla.

Tomó el poco equipaje con el que viajaba y apenas se despidió de unos pocos niños que solían estar a su alrededor. Primeramente tomó el camino de salida de la aldea, pero se desvió hacia donde sus shinidamachū la esperaban, cazando algunas pocas almas. Sonrió al caer en la cuenta, nuevamente, que su cuerpo le pedía tanto sangre como almas. Realmente, era la peor de las abominaciones. Los humanos debían temer más de ella que de cualquier otro demonio, sin importar cuánto quisiera ayudar.

Sintió la presencia de Kagome lejos. Era difícil no recaer en almas tan puras. También percibió los aromas de los demonios que los acompañaban, así como la sangre dulce de la exterminadora y la fuerte sangre que viajaba por las venas del monje. Sin embargo, el olor que más fácilmente llegó hacia ella era la sangre mestiza de Inuyasha, la cual nunca tuvo la oportunidad de probar, pero que la llamaba como si estuviera hechizada. El vibrar de ese líquido en su cuerpo y el aroma de quien no es humano ni demonio, entremezclados. Era extraño qué tan fácil lograba identificar su particular aroma salvaje, aunque era más suave que el que olió cuando recién volvió a la vida.

Se internó aún más en el bosque, mientras sus serpientes giraban en rededor. Encontró algún lugar cómodo para descansar, preguntándose si Kōga estaría por los alrededores. No sentía su presencia, aunque podía olfatear que los lobos merodeaban la zona. Se encontraban lejos; asumió que sus sentidos también estaban muy desarrollados como para vigilarla a distancia.

Observó el cielo, escondido en parte por las copas de los frondosos árboles. Se estaba acercando el anochecer. No faltaba mucho más para que Inuyasha se presentara frente a ella y la pusiera al día con las noticias. Tal vez se atrevería a acariciarle el rostro. La calidez de Inuyasha era algo que ansiaba con desesperación, incluso un poco más que la sed por su sangre.

Se recostó sobre un árbol y cerró los ojos. Tal vez podría dormir hasta que él se presentara.


Kikyō despertó apenas unos pocos minutos antes de que apareciera ante sus ojos. Su aroma se había ido esparciendo por el bosque hasta llegar a ella, y fue ahí cuando su sueño se desvaneció. Se limpió quedamente el rostro. Tan raro resultaba tener que dormir en ese cuerpo que no era de carne y no terminaba de ser de barro. La vieja Urasue y su propia maldición habían hecho de ese nuevo envase algo completamente increíble…

—Kikyō… —murmuró él. La sacerdotisa le sonrió con cariño.

Le causaba ternura cómo se paralizaba siempre ante su presencia, aún sabiendo que estaría allí esperando por él, como si siguieran siendo antiguos amantes en encuentros furtivos. Esas reuniones ya no eran furtivas, e indudablemente no era de amantes. Había toda una nueva categoría solo para ellos dos.

—Inuyasha, qué bueno verte.

El rostro del medio demonio seguía serio, incluso ante su sonrisa. Le indicó que se acercara con una sola seña y luego ordenó a sus serpientes irse a revolotear la zona, dejándolos solos. No era una novedad que se sentía realmente disgustado cuando veía otra verdad de su nueva vida, y eso que no sabía la más pesada de sus maldiciones.

—Te ves bien —comentó. Estiró un brazo para tocar su mano, gesto que Kikyō apreció en demasía. El tacto de Inuyasha seguía siendo tal cual lo recordaba. Era cálido, claro, y su menuda mano se perdía en la suya, más grande y masculina. La hacía sentir segura, como si necesitara de su protección.

—Tú igual.

La mirada dorada de Inuyasha mostraba calma, pero había algo allí oculto, alguna extraña incomodidad. Kikyō se preguntó si acaso era por su aroma. Se había alimentado recientemente con un débil humano que era solo un forastero en la aldea, y posiblemente el olor de su sangre seguía impregnado en ella. Era fastidioso lo mucho que tardaba en desaparecer. Así mismo, siendo un medio demonio, era difícil que no notara cómo sus energías eran más oscuras, más demoníacas que las que una sacerdotisa (incluso una revivida como ella) debería tener. Aunque bueno, ponía empeño en ocultar esa parte de ella con una pequeña barrera espiritual. Ciertamente no estaba segura de que eso funcionara. Muchas veces había percibido la intensa mirada del monje budista en ella, así como la de la demonio de los vientos.

Compartieron un breve silencio, pero él luego la puso al corriente rápidamente de los últimos movimientos de Naraku de los que tenía noticias y de los suyos propios. Habían encontrado varios fragmentos de la Perla gracias a las capacidades de Kagome. Y ahora mismo buscaban un poco de descanso, pues parecía que los humanos que lo acompañaban estaban heridos. Volvió a dejar escapar una cálida sonrisa ante esto: era increíble lo mucho que Inuyasha se preocupaba por su grupo. Por alguien más.

No hubo tiempo para hablar del pasado juntos, aunque no le soltó la mano en toda la conversación. Supuso Kikyō que esa era la forma de Inuyasha de decirle cuánto le importaba aún, a pesar de todo.

Irremediablemente llegó el fin del encuentro. Como siempre, ella no dio detalles de sus actividades ni de sus planes futuros, e Inuyasha lo aceptó de buena manera. Era como un perro muy dócil cuando estaba a su alrededor. Le hubiera gustado decirle algo de las épocas en la que se habían conocido y enamorado. ¿Recuerdas aquella primavera?… Pero prefirió callar. El tiempo de ellos dos había acabado mucho tiempo atrás.

—Será mejor que regrese. Kagome y los otros…

—Esperan por ti —terminó. Le dedicó otra sonrisa, que nació desde lo más profundo de ella. Había notado cómo se sonrojó al decir el nombre de Kagome. Aunque Inuyasha no se lo dijera directamente, se lo daba a entender. Kagome seguía allí.

—Nos veremos pronto —agregó él. Apretó con un poco más de fuerza la delicada mano de ella y se despidió con un beso en su mejilla. Estaba azorado, aunque seguramente era en parte por lo que ella le hacía sentir y lo confundido que se encontraba respecto a quién protegía y aguardaba por él.

Kikyō lo observó partir sin moverse del lugar. Se quedó quieta hasta que dejó de percibir su presencia alrededor. Lo sentía lejano, en el pueblo. Posiblemente ya estuviera nuevamente con los suyos. Eso estaba bien.

Sus serpientes volvieron a sobrevolar a su alrededor, en advertencia. Se concentró, poniendo sus sentidos a disposición. Olfateó la zona y no tardó en darse cuenta sobre quién estaba alrededor. Era, después de todo, otro aroma muy conocido para ella.

—Creí que Inuyasha bla, bla, bla, Kagome.

La voz sonaba molesta, pero también tenía rasgos de diversión. A pesar de fruncir el ceño, mostraba una peligrosa sonrisa que dejaba entrever sus blancos dientes. Kikyō se levantó de su lugar y comenzó a caminar hacia el lado opuesto a la aldea. De todos modos, ya no tenía nada más que hacer allí.

—Es así. Pero él siente que me debe algo todavía.

Kōga se encogió de hombros y caminó a su lado con parsimonia, los brazos fornidos cruzados sobre su pecho. Kikyō volvió a sonreír. Recordaba lo fastidiosa que le había resultado su compañía tiempo atrás. Era curiosa, asombrosa, la forma en que las cosas cambiaban.

Las serpientes caza almas revoloteaban alrededor de ambos. Era un cuadro de risa, un demonio vampiro y un demonio lobo caminando en mitad de la noche en algún bosque perdido, con un montón de shinidamachū sobre ellos. O más que de risa, de miedo.

—¿De verdad él no sabe?

Kikyō negó con la cabeza. Sintió la pesada mirada de él clavarse en ella con insistencia, pero no giró para verlo. No era un tema del que le agradaba conversar.

—¿Cómo puede no saberlo? Yo no tardé nada en sentir ese olor que emanas y sacar conclusiones. No puede ser tan necio.

—No seguiré hablando del tema, Kōga. Si no quieres nada más, puedes irte.

—¿O qué? —rió él, con una risa que hizo que la misma Kikyō se girara a verlo enfurruñada—. ¿Te convertirás en murciélago y saldrás volando de aquí?

—Sigues igual de irritante e insolente, por lo que veo.

Él volvió a encogerse de hombros en una mueca indiferente y frenó el caminar cuando ella lo hizo. Observó durante unos segundos el largo cabello negro de Kikyō, el mismo que él había acariciado apenas semanas atrás. Le sonrió con suficiencia, siendo consciente de lo sucio que se sentía al sentirse tan bien a su alrededor, y cuán poco eso le importaba.

—Supongo que hoy tampoco me contarás tu historia.

La sacerdotisa no soltó palabra. Él volvió a decirle que Inuyasha era realmente un estúpido si no quería aceptar lo obvio, y que ella no debería estar escondiéndose o temiendo por su reacción. Después de todo, ¿no le había dicho la misma Kikyō que ese no era el tiempo de ellos, sino de Inuyasha y Kagome?

—No sé qué tanto temes. Él te quiere demasiado como para odiarte por esto. Y si yo sigo a tu alrededor a pesar de ser enemigos naturales, ¿crees que él no? —gruñó. Se giró para caminar lejos de la sacerdotisa—. Nos veremos en otro momento. Y me contarás de una vez tu historia.

Fue una afirmación que hizo que Kikyō se estremezca. O tal vez fueran todas esas palabras. Observó cómo Kōga se perdió entre los árboles, otra vez deleitándose con la figura morena y guardando con recelo el olor de esa sangre demoníaca que deseaba beber. Pero no lo siguió. No lo frenó. Tampoco negó que le contaría su historia. Quizás la próxima vez fuera tiempo.

Mientras caminaba lejos de la aldea en donde Inuyasha descansaba y lejos de Kōga, cuya esencia había desaparecido, meditó profundamente sobre muchas cosas, en especial sobre ella e Inuyasha, y las últimas palabras dichas por ese lobo entrometido.

Kikyō estaba por demás segura de que el que antaño había sido su amor sabía sobre su condición, desde hacía mucho tiempo atrás. Concluyó que posiblemente lo sabía desde antes de su renacimiento, aunque jamás dijo palabra al respecto. Claro, él nunca pudo notar el cambio en su aroma o esencia, y eso tenía todo el sentido: después de todo, él ya la había conocido maldita.

En ese momento, cuando se detuvo a pensarlo, cayó irremediablemente en la conclusión de que era posible que tal vez solo por eso nunca se había ido de su lado. Que por esa misma razón, por su maldita condena, la había elegido desde un principio. Porque Inuyasha, aunque sea en aquellos tiempos en los que se conocieron, también estaba maldito y solo. Sí, a su modo y por diferente que fueran sus circunstancias, ambos estaban condenados a una vida que no querían.

Con esos pensamientos en mente, no pudo menos que determinar que Inuyasha sabía con certeza su condición, a pesar de no saber cómo llegó a estar así. A pesar de saber, no quería verlo, aceptarlo. Era mejor cuando tu amor no era un maldito demonio vampiro, imaginó Kikyō. Y posiblemente, le lastimaría finalmente admitirlo, él, que la había amado tanto.

Suspiró, bajo el fresco aire de la noche.

Así como Inuyasha la eligió hace tantos años atrás, consciente o inconscientemente, por su diferencia, ella se había aferrado a él, y a la idea de que la Perla de Shikon la salvaría de su desgracia. Había depositado en su amor tan verdadero y en la Perla todas sus esperanzas, y ninguna de las dos cosas pudo sacarla de ese pestilente agujero en donde terminó, escapó y volvería a ir en cuanto muriera.

Frenó su caminar para tomar una bocanada de aire y mirar el cielo estrellado. Había dejado atrás las zonas donde las copas de los árboles no le dejaban ver el firmamento. Se encontraba sola en no sabía qué lugar.

Había tenido una pausa de cincuenta años en unas vacaciones en el infierno, lamentándose por cada error cometido. Ahora, de vuelta en la tierra, se daba cuenta de que estaba igual, con la misma, y condenadamente literal, sed de sangre con la que había partido.


Nota:

Creo que les hacía falta una pequeña 'confrontación' sobre el tema del secreto de Kikyō, sobre todo a ella para poder pensar un poco su situación con la gente que la rodea.

Me gusta verlos juntos *O*

¿Qué opinan del capítulo? ¿Qué creen que puede pasar? ¿Cómo sienten que esto va a continuar? Me gustaría saber qué piensan :)

Hasta mañana,

Mor.