No pasó tanto tiempo como la última vez para tener con Kōga una charla más profunda, pero no hubo entre ellos más encuentros entre tanto. Algo que, aunque jamás admitiría, había extrañado. Después de todo, y a pesar de cómo había resultado todo la última vez que había hablado con él, disfrutaba mucho de su compañía.

Realmente, ya se estaba volviendo muy necia.


[ Día VIII » Drácula]
El extraño de pelo largo


No había logrado asentarse en ninguna aldea. En cada una de los pueblos veía fantasmas. Fantasmas del pasado, personas con las que había acabado o no había logrado salvar. Comida, en su mayoría. Unas pocas caras eran recurrentes, no hacía falta que ella evocara los recuerdos con esas personas. Así era como sus memorias se confundían con las personas alrededor.

También había tenido sueños muy extraños. Normalmente tenían que ver con su transformación y los errores —pocos, muchos, no importaba, todos eran fatales— que había cometido. Muchas veces el rostro descompuesto de Inuyasha se transformaba en un peligroso rostro lobuno que intentaba morderle. La mayoría de las veces lo lograba y aullaba en un charco de su sangre, rodeado de las almas que escapaban de su cuerpo, que comenzaba a descomponerse a un ritmo acelerado. Era capaz de apreciar su muerte en primera fila, sintiendo aún el filo de los colmillos de la bestia en su cuello, y sabiendo que todo volvería a empezar. Que su muerte no dejaba de ser una muy mala comedia.

Ese tipo de pesadillas se daban con más frecuencia cuando estaba famélica, así que Kikyō se lo había atribuido a eso. No se había alimentado correctamente en los últimos tiempos, no como debería. El convivir demasiado tiempo entre humanos le complicaba mucho su alimentación. También el haber visto a Inuyasha influyó en su comportamiento. Eso y que los lobos de Kōga la vigilaban. Y que, por alguna razón, no quería caer en lo más bajo de sí y que el demonio se enterara.

Sentía a lo lejos la presencia de animales salvajes. Todos se habían alejado de ella kilómetros a la redonda. Preferían incluso a los demonios lobo. Los animales eran sabios. Todo aquello que tuviera aunque sea un ápice de humanidad (como los yōkai, ella misma), eran irremediablemente estúpidos. Imprudentes.

Se lamió el labio superior casi sin darse cuenta. Había una aldea cerca de allí. Podría alimentarse de un anciano. Eso debería bastar.

La sed parecía agrietarle la garganta. Pero ella era fuerte. Podía soportar muchas cosas, incluido un mar de sangre a disposición.


Llegó a la aldea en plena noche. Tenía intenciones de alimentarse únicamente de alguna persona mayor, pero una vez que penetró con sus colmillos la fina piel del arrugado cuello y la sangre inundó su boca de ese sabor metálico tan ansiado, la calma laguna que era su mente se transformó en un mar embravecido.

Saboreó con su ávida lengua la herida causada por sus dientes, una vez que aquel cuerpo no contuvo ni siquiera una sola gota del líquido carmesí. Dejó caer el cadáver a sus pies y cerró los ojos, elevando el rostro al infinito. La sangre corría dentro de ella con fiereza, sentía cómo sus colmillos parecían regocijarse, cómo su cuerpo revivía una vez más. La cabeza le palpitaba y sus sentidos se agudizaron a un mil por mil. Consumir siempre se sentía así.

Pudo escuchar el palpitar de miles de corazones, tan cerca de ella. El bullir de la sangre por las venas. La ronca respiración apaciguada de aquellos sueños profundos. Incluso si alguien despertaba, ¿sería un problema para ella?

Al volver a abrir los ojos, estos ya no tenían esa tonalidad café que había invitado a Inuyasha a perderse miles de veces. Ostentaban un matiz bordó que recordaba a borbollonees de sangre manar de múltiples heridas.

Su único placer era drenar cada cuerpo de su vitalidad y rellenar la propia suya. La sangre de otros, pura o impía, sana o tóxica, la llenaban de una forma que le era difícil expresar en palabras. Hubiera, entonces, matado a cada uno de los habitantes de ese lugar, sin convertir ni siquiera a uno, si no hubiera sido interrumpida.

Lo primero que sintió fue un fuerte empujón que la separó del cuello que estaba saboreando. Gotas de sangre volaron ante sus ojos para caer al suelo, cosa que la enfureció. No era algo que había que dejar perder de esa manera, cada gota era gloriosa, no podía ser desperdiciada. Volvió la vista rápidamente al causante de aquello, mientras sus oídos no podían dejar de escuchar los lamentos, bajos quejidos de ese muchacho del que no pudo terminar de alimentarse.

Se limpió la única gota que bajaba por su mentón de un movimiento suave de su blanca mano, a la vez que sus ojos no se apartaban del hombre frente a ella. Era Kōga, y no parecía muy contento. Sonrió sin poder evitarlo. Elevó su mano para que fuera iluminada por la débil luna sobre ellos, pudiendo distinguir la pequeña mancha roja que limpiarse había ocasionado.

—Llegas justo a tiempo.

—Será mejor que te detengas o matarás a todos aquí.

El gruñido de Kōga se pudo escuchar sin dificultad. Kikyō soltó otra carcajada, fuera de sí. Se sentía sumamente poderosa. Toda esa sangre dentro suyo, el fulgor de todas las almas inquietas, asqueadas por el peculiar alimento. Todo parecía aumentar su fuerza. En ese momento era invencible, sin necesidad alguna de utilizar sus poderes espirituales. Había sido una real estupidez no haber bebido sangre de manera correcta todo ese tiempo.

—Eso no importa —le aseguró una vez que pudo calmar su ataque de risa. Kōga fruncía el ceño. Sus voces y los lamentos del muchachito a sus pies habían despertado a muchos aldeanos, que miraban la escena absortos, sin ser capaces de comprender cuántos habían muerto en esa población, a qué peligro se estaban enfrentando.

—¿No te importa matar?

—Unas pocas vidas por la supervivencia de muchos.

Kōga apretó los puños con fuerza, sin ser capaz de seguir la línea de pensamientos de Kikyō. Pero ella había visto el verdadero camino. Con esa inmensidad en su ser… un solo pueblo drenado de sangre sería suficiente para derrotar a Naraku sin ayuda de nadie, sin importar la presencia de la Perla. Podría considerarla soberbia, pero estaba segura de lo que pensaba. Si terminaba de alimentarse esa noche, buscaría a Naraku y acabaría con él. Y no dejaría que Kōga ni nadie más interfiriera en sus planes.

—Vete ahora y te dejaré vivir —sentenció. Kōga no pudo menos que mirarla durante un momento en un silencio importunado únicamente por los quejidos del joven a quien nadie parecía capaz de ayudar. Luego negó lentamente con la cabeza mientras sonreía. Sus colmillos brillaron como con luz propia.

—No puedo dejar que hagas algo así.

—Lástima.

La velocidad de Kikyō era algo que, durante el primer encuentro peligroso entre ellos, Kōga no había esperado. Sin embargo, ahora era consciente tanto de los poderes de ella como de lo desquiciada que estaba. Esquivó el ataque de un solo salto hacia la izquierda, empujando a un aldeano durante el proceso.

La sacerdotisa volvió al ataque, consiguiendo esta vez realizar un profundo corte al costado de su cuerpo. Además de ser muy veloz, resultaba también mortífera. Sus uñas parecían de repente hechas de granito. Kōga ahogó un gruñido de frustración y, sintiendo vergüenza de sí mismo, le propinó un fuerte golpe en el rostro.

El cuerpo de Kikyō se desplazó varios centímetros hacia atrás, mientras su mirada bordó se endurecía. Estaba comenzando a cabrearse de verdad. Se llevó una mano a la mejilla lastimada, pero no mucho se reflejaba en su piel. Creía ella que la sangre absorbida había hecho milagros en su cuerpo maldito.

Se abalanzó sobre Kōga, apresando su rostro con sus manos. Adrede, dejó que lo hiciera. Comprendió demasiado tarde que intentaría morderlo también, beber algo de su sangre. Kikyō comenzaba a creer que, incluso mejor que alimento humano, la sangre demoníaca podría ser la verdadera respuesta a sus problemas con su enemigo en común.

Mientras le sonreía de manera peligrosa y apretaba aún más la cara de él con sus largos dedos, dejó que sus colmillos crecieran un poco más, justo frente a los ojos masculinos. Se regocijaba viendo el terror en las caras de sus víctimas, aunque a su parte humana le asqueara. El semblante de Kōga, sin embargo, no mostraba más que una fría astucia en sus ojos claros.

El demonio aferró los antebrazos de ella con sus manos como garras y utilizó la firmeza de su rival para sostenerse y propinarle una patada en su estómago con ambas piernas, soltándola justo cuando su cuerpo volaba hacia atrás por la fuerza del impacto. Vio cómo el rostro de Kikyō se desarmó por la ira a medida que se alejaba de él.

No se sentía nada contento teniendo que golpear a una mujer, pero en ese momento debía pensar que no era más que un demonio asqueroso, un enemigo natural. Además, era claro que no tenía más tiempo para ser un caballero. Kikyō estaba a nada de desatarse por completo y liquidarlo con sus propias manos. Era hora de luchar en serio.

La sacerdotisa aún intentaba reponerse del último golpe, pues le faltaba el aire. Aprovechó la situación para acercarse a todo velocidad y intentar golpearla de manera eficaz en la cabeza. Sin embargo, varios de los golpes fallaron: los reflejos de la mujer eran infalibles. Sin dejarse amedrentar por esto, siguió repartiendo patadas. Varias dieron en el blanco, a costa de recibir cortes en el torso en múltiples sitios.

Cada gota de sangre que parecía perder, era como si ella lo absorbiera. La enloquecía aún más la visión de su sangre, acelerando sus movimientos, produciendo carcajadas perturbadoras, provocando únicamente más temor y rugidos de frustración por parte de Kōga. Eso no parecía ir a buen sitio, debía dejarla fuera de combate cuanto antes.

A pesar de se creía el único de poder frenar a Kikyō en ese estado, no fue él quién logró el cometido. Tenía suerte de contar con compañeros fieles que dejaran de lado sus temores solo por él, y de haber cansado y lastimado a la sacerdotisa lo suficiente. Luego de que Kikyō lo mandara a volar varios metros por un puñetazo, Ginta se interpuso entre ambos e intentó hacerle frente. Entre tanto ella decidía matarlo a él también, Hakkaku se lanzó por los aires desde atrás mientras Ginta lo hacía desde adelante. Sin lograr esquivar los ataques simultáneos, bloqueó a Ginta y recibió una fuerte patada en un costado de la cabeza, que la dejó inconsciente varios pasos más allá de su posición original.

Ginta gemía en el suelo por su brazo roto y Hakkaku intentaba que no se notara cuánto le dolía la pierna, cuando Kōga logró incorporarse. Ver su estado actual era suficiente para darse cuenta de que no había tenido oportunidad alguna si no hubiera contado con los fragmentos de la Perla en sus piernas. Y sin ayuda de sus muchachos.

No estaba muy seguro de qué hacer a continuación, así que ordenó a Ginta volver a la base y a sus lobos merodear la zona. Luego, tomó el cuerpo inerte de Kikyō y planeó llevarlo lejos. Lo hubiera hecho de inmediato si ella no hubiera vuelto en sí tan rápido.

—El muchacho —murmuró, llevando una mano al costado de su cara. Sangraba, lo cual le pareció lo más grotesco de la noche. Sangraba cerca de esos ojos marrones que conocía bien. No había en ella más maldad esa noche. Parecía todavía aturdida, pero consciente de todo lo que ocurría alrededor—. Mata al muchacho antes de que se transforme.

—¿De qué hablas?

El menudo cuerpo pareció pesar diez kilos más de repente. El viento frío de la noche corrió entre los presentes, provocándole un escalofrío. Ginta y Hakkaku los observaban incrédulos. Los ojos de Kikyō se clavaron en él con dureza.

—Créeme, no querrá esta vida. Mátalo. O lo haré yo.


—¿Debería invitarte un trago de agua?

Kikyō negó con un movimiento rápido de su mano. A lo mejor era porque todavía le dolía mucho la cabeza que no había respondido a ese sarcasmo de manera correcta. Había algunos lobos de la manada merodeando la zona, pero le dejaban su espacio. La sacerdotisa se sorprendió de que aceptaran que su líder tuviera ese trato tan ameno con una criatura como ella.

—Es el momento de que me cuentes tu historia —ordenó él. Kikyō se giró a verlo. No había rastro de duda en ese rostro de facciones duras. No había compasión ni pena. Ni siquiera había curiosidad. Y eso es lo que más le llamó la atención. Estuvo a punto de preguntarle para qué quería saber eso. Lo consideró de verdad, pero otras palabras salieron de su garganta. Ya no había sed en ella. Solo quedó una fuerte reseca en todo su ser.

—Fue durante la primavera. Recuerdo el aroma dulce de los campos, el hormigueo que provocaba el sol en mi rostro, lo tranquilas que estábamos cuando nos atacó. Éramos… nos sentíamos tan invencibles entonces. Pero no estábamos listas.

Kōga se sentó a su lado, tomando el retazo de tela de la mano de Kikyō. Ella lo dejó hacer. Observó cómo volvía a mojarlo en el agua ya manchada de sangre, para luego pasarlo por su rostro magullado, intentando limpiar la sangre seca. La que era suya y la que era de otros. Le dolía el alma. Quería callar, guardarse todo eso. Pero siguió hablando. Y Kōga la escuchaba mientras le limpiaba la herida con demasiada calma, como si pudiera estar así por siempre.

—Luego de nuestro entrenamiento de sacerdotisas, solíamos pasar muchísimo tiempo juntas. Nos agradaban las misiones fuera de la ciudad, vencer a todos esos demonios que asolaban esas tierras. Sentir que ayudábamos. Que éramos realmente importantes.

Se dio cuenta que Kōga no miraba a sus ojos directamente, pero podía notar cómo todos los sentidos lobunos estaban puestos en ella.

—Ese día todo era tranquilo —murmuró. Sus ojos se elevaron al cielo oscuro. Le palpitaba la cabeza y le dolía cuando Kōga le limpiaba la herida, pero no quería que se detuviera. Le hacía bien tener a alguien cerca en ese momento—. Tsubaki fue la primera en caer. Ni siquiera pude escucharlo. No pude hacer nada hasta que no la vi tirada y manchada con su propia sangre.

» Ni siquiera luché. Era más rápido que yo. Cuando desperté, ambas estábamos malditas. No había vuelta atrás.

El silencio se extendió entre ellos de manera abrumante. Kōga le terminó de limpiar la herida y luego se quedó a su lado, completamente quieto. Kikyō meditaba en silencio. Sentía todavía el bullir de almas dentro de ella, y toda la sangre que había bebido era como un remolino ensordecedor. Le dolía la cabeza como si hubiera tomado todo el licor del mundo. Le dolía también el centro mismo de su existencia. Estaba asqueada en muchas formas, y el odio hacia lo que era volvió a acentuarse. Pero era bueno hablar de él, del extraño de pelo largo que las había condenado a esa vida.

—Volvimos por él muchos meses después, aunque ya no había cura para nosotras. —No creyó que Kōga comprendiera a lo que se refería, pero ella estaba consciente de que no hablaba solamente de su maldición y la sed que la embargaba todo el tiempo. Se habían roto muchas más cosas que sus puras existencias, comenzando por la relación entre ellas.

Se pudrieron. Se rechazaron y se echaron la culpa de lo sucedido. Buscaron diversas soluciones y siguieron caminos separados. Cometieron todo tipo de errores. De estupideces. Comenzando por buscar una solución siendo la protectora de la Perla. Por su parte, también había buscado remisión cuidando del único bandido que podría cagarle el resto de su vida. También había ayudado en hacer un poco peor la vida de mierda de Inuyasha.

Vaya… ¿cuántas cosas podía hacer uno mal en tan poco tiempo? Se consolaba pensando que había sido amada. Que había amado. Que, aunque poco tiempo, hizo feliz a las personas que quiso.

Sintió la intensa mirada azul de Kōga clavada en ella y volvió a la realidad. Había estado pensando con la mirada perdida. Las almas dentro suyo estaban intranquilas, y sus pensamientos revueltos. Lo miró como pidiendo disculpas, pero no dijo nada y siguió con su historia. O lo que podía contar de ella.

No podía hablar de Tsubaki. Ni de Inuyasha. Eran cosas demasiado personales. Eran… eran suyos. No podía compartir esos recuerdos.

—Se hacía llamar Kyūketsuki en ese tiempo —aclaró. Recordó cómo lo vislumbró la primera vez. Alto, pálido, sonriente. Largo pelo negro suelto en la espalda, desgreñado. De ropas sucias. Soberbio. Con ojos grandes de tono bordó, que las observaron a ambas con sincera sorpresa—, aunque supe que su nombre anterior era Razan… cientos de años antes, claro. Era un antiguo demonio. Supongo que nada de eso nos importó.

» No pudo con nosotras aquella vez. Contábamos no solo con nuestro poder espiritual. Teníamos ahora una maldición demoníaca. Éramos realmente indestructibles. Y, además, estábamos cabreadas.

Miró sus manos, de largos dedos, blancas y tan delicadas. Se las refregó, pensando en cuántas personas había acallado con esas mismas manos. A cuántas había conducido a la muerte sosteniendo la cabeza en la posición correcta.

Kōga seguía a su lado, asimilando en silencio todo lo dicho y todo la callado. Comprendía que había cosas que Kikyō no podía compartir con él, del mismo modo que había cosas que él nunca podría compartir con nadie. Pero lo que le había contado, ¿no era suficiente? ¿No se había pintado un exacto cuadro de lo sucedido? Había sido rápido, y duro. Y había arruinado muchas vidas.

Kikyō llevó una de sus manos a las de Kōga y la tomó con fuerza. El demonio se fijó en los ojos marrones que lo miraban con una fuerza tal que por un momento pensó que intentaban decirle algo.

—Estuve a punto de alimentarme de ti.

—Lo sé.

—Mátame algún día. Por favor.

Kōga la miró largamente en silencio. Luego le dedicó una media sonrisa, llena de tristeza, y le acomodó un mechón de cabello, exactamente de la misma manera que lo había hecho la última vez. Kikyō encontró en esos ojos azules un halo de esperanza.

Esa noche, durmió con los lobos.


Nota:

Bueno, considero este como un 'gran capítulo' en contenido. Abarqué varios temas de importancia -que espero hayan notado todos-. No sé si esperaban más en la historia de Kikyō, espero que no. Lo dejé de forma resumida porque creo que así hubiera ocurrido. Kikyō no es una persona que entre en detalles, y Kōga no es de los que necesitan detalles. Me gustaría saber qué opinan al respecto de todos modos.

Y luego está el tema del 'mátame algún día'. Esto es algo que venía planeando desde el principio. Kikyō no quiere esa vida y creo que hubiera buscado la forma de acabar con su existencia una vez terminado el asunto de Naraku. Pero ahora que se presenta un amigo (o alguien que se preocupa lo suficiente como para no matarla cuando debía haberlo hecho) y, que además, es un enemigo natural... casi que es la situación perfecta para asegurarse un final luego de terminada su misión, si no muere antes.

¿Qué opinan de esto? ¿Y del capítulo? Me encantaría saber qué piensan :) Ustedes pueden, solo un comentario en la cajita de abajo...

Nos leemos mañana, otro paso más cerca del final del fic (asdgasjdgadas),

Mor.