Se fue con la salida del sol, en completo silencio. Kōga dormía a pocos pasos de ella, apoyado su torso contra la pared rocosa y con la cabeza caída, el mentón tocando su pecho. Había hecho guardia y caído en las redes del sueño en algún momento de la madrugada, antes de que ella despertara. La luz del sol siempre la despertaba.
Se acercó a él antes de partir. Pensaba decirle algo, o acariciarle el rostro, algo, pero no pudo. Aún se sentía muy sucia. Así que solo lo observó desde su altura y partió sin abrir la boca.
La siguieron dos lobos a un par de kilómetros de distancia. Sabía que eran órdenes de Kōga. A él le gustaba tenerla vigilada. Kikyō se dio cuenta que la tenía vigilada por la clase de cosas que habían sucedido la noche anterior. Que lo hacía por ella. Y sonrío mientras se alejaba del campamento de esos demonios hacia un nuevo lugar que la necesitara, lejos también del pueblo al que tanto daño le había causado.
[ Día IX » Noche]
Para no olvidar
Anduvo mucho tiempo sin un rumbo fijo. Ayudó en un par de asentamientos improvisados, generalmente creados por soldados que huían heridos de guerra, pero no duró en ninguno demasiado tiempo. Los alentaba a ir hacia un pueblo en cuanto sus heridas sanaban lo suficiente, y ella misma seguía camino hacia otro lugar, sin importar el destino.
A menudo, Kōga le hacía esporádicas visitas, que no duraban más de unos cortos minutos. No hablaban de mucho. El lobo solía preguntarle qué tal estuvo su día, y ella contestaba brevemente qué había hecho. Nunca era gran cosa, pero parecía saciar su curiosidad. Kikyō sabía que, de algún modo, seguía evaluándola. Sobre todo, por lo último acontecido, que no era poco.
Se preguntó si estaba pensando en matarla. Esperaba que fuera lo suficientemente inteligente como para hacer su jugada cuando Naraku estuviera muerto o contra las cuerdas. No antes. Preferentemente, no mucho después.
A veces le preguntaba cosas como de dónde eran sus padres. O si había visto a su hermana hacía poco. Muy pocas veces nombraba a Inuyasha o a Kagome, o incluso a Naraku. Kikyō nunca tenía algo para responder. No sabía casi nada de sus padres, pues desde muy pequeña su ausencia era una constante en su vida. Suponía que su indiferencia se originó —de verdad— cuando, ante la última gran hambruna que había experimentado su pueblo de origen, la habían abandonado con Kaede, de año y medio, en mitad de un bosque. Esa estrategia no dejaba de ser la favorita cuando se necesitaba dispensar de bocas para alimentar. Dejarlas con vida aliviaba su culpa.
Hacía bastante que no tenía noticias de su hermana, y siempre evitaba verla en persona. Lo que se enteraba de ella era por boca de Inuyasha, si es que se cruzaba con él. Lo que sabía de Kaede era poco, la verdad. Que se había ocupado de la aldea cuando ella partió. Que seguía haciendo un buen trabajo. Que tenía el corazón incluso más grande de lo que lo había tenido cuando la herida en su ojo era una novedad.
Que era querida.
Sonrió sin poder evitarlo. Le agradaba saber eso. No había hecho todo mal, Kaede y todo lo que representaba era prueba de ello. La había mantenido con vida. Y de ese modo, había permitido que nuevas generaciones vivieran en la que fue su aldea. Había permitido que Inuyasha siguiera atado a ese árbol, vivo. Que Inuyasha no dañara a Kagome cuando pisó esa tierra…
No, no había hecho todo mal.
Se tensó, volviendo al presente. El olor a sangre demoníaca inundaba sus sentidos y la mareaban, pero la ubicaban completamente en escena. Conocía esa sangre, y se acercaba rápidamente hacia ella. Se irguió cuan alta era para observar al recién llegado, alerta para enfrentarse a cualquier enemigo de improviso.
La escena era realmente muy parecida a la primera vez que se cruzó con él. Estaban en algún lugar perdido, en algún bosque sin nombre. En aquel entonces, ella estaba bañada de sangre ajena y con un cadáver a sus pies, y Kōga había surgido de los árboles para observarla. Ahora ella estaba bien alimentada, pero no había sangre en sus ropas. Kōga estaba apoyado sobre un árbol, bañado de su propio líquido vital, con una gran herida abierta en su abdomen. Si no era atendido pronto, sería el cadáver que faltaba en esa reunión.
—Ey, qué tal —la saludó. Kikyō no pudo menos que fruncir el ceño ante esa despreocupación que surgía de él incluso en el peor momento. Se acercó a rápida velocidad y llevó una de sus blancas manos a la herida sangrante, sintiendo el calor que salía de ese cuerpo. Le observó luego a los ojos obnubilados—. Creo que voy a desmayarme ahora.
—Al fin.
Su voz había sido casi un gruñido, lo cual terminó por sorprenderla. Ella era más indiferente y fría, no solía dedicar muchos gruñidos o regaños por ahí. Simplemente se desentendía de esas cosas. Pero ahí estaba, ante el cuerpo maltrecho del que se convirtió en su amigo y entre feliz y realmente cabreada porque al fin había despertado.
A Kōga le costó abrir los ojos. Arriba de él todo era rosado y anaranjado, colores que lastimaban su vista. Claramente, estaba por anochecer, casi lo podía sentir en las venas. Sin embargo, estaba demasiado cansado y confundido como para estar seguro. Los colores se confundían sobre él, el cielo mezclado con lo verde del bosque, el rostro de Kikyō un poco más allá.
Cuando pudo enfocar la mirada, se permitió admirar el firmamento. Lo cierto es que los colores del atardecer le gustaban, pero no demasiado. Le ponían extrañamente ansioso, como si debiera estar más alerta que de costumbre. No era de extrañar. Las peores criaturas surgían en la oscuridad de la noche, y los colores del atardecer no eran más que los matices previos a la negrura total. Los lobos, capaces de adaptarse y manejarse con facilidad en las tinieblas, debían tener especial cuidado con aquellos a quienes no les gustaba la competencia. Normalmente él y sus camaradas se escondían en cuevas y establecían guardias nocturnas. Solamente los más poderosos hacían rondas fuera del espacio de descanso, y lo hacían sólo para identificar posibles amenazas a su comunidad.
La noche era para criaturas del porte de Kikyō. Kōga debía cuidar a los suyos, por lo que era necesario proveerles protección, no dejarlos a la intemperie para ser devorados por seres con menos sangre caliente en las venas y un poco más sanguinarios.
El sol cada vez se escondía más, pronto la noche los devoraría… y él estaba tendido, sin saber dónde, ante nada más y nada menos que Kikyō.
—Auch.
—¿Auch? —murmuró Kikyō, sin lograr reprimir una sonrisita. Se arrodilló a su lado y examinó por millonésima vez las vendas alrededor de su torso. Kōga dirigió la mirada también a su herida. El blanco vendaje se teñía de rojo—. Has dormido poco más de un día.
El lobo lo meditó medio segundo y hasta le pareció una cantidad de horas razonable luego de la tremenda paliza que le habían pegado.
—¿Quieres contarme qué rayos pasó?
Se sentó con grandes esfuerzos, apoyando la espalda contra la corteza de un árbol. Kikyō lo observó sin inmutarse, apreciando cada gesto de dolor en el rostro, escuchando cada maldición en susurros que salían entre sus dientes apretados.
—Pasó Naraku, Kagura. De nuevo.
Kikyō alzó una ceja.
—¿Estabas solo?
—El imbécil del maldito perro apareció justo a tiempo. Desvió toda la atención y me largué de allí.
—¿Inuyasha y Kagome?
—Ajá.
—¿Y te dejaron ir así?
Kōga se encogió de hombros, cosa que logró sacarle otra mueca de escozor. No, la verdad era que no. Kagome había insistido en ir con él y ayudar en sus heridas, pero la lucha contra Naraku y sus extensiones estaba más difícil a cada segundo que pasaba. Con el monje inhabilitado para usar su agujero negro y la exterminadora dañada de gravedad, los que sí podían luchar estaban dando todo de sí. Él no era más que un estorbo entre ellos. Después de todo, intentarían protegerlo si Naraku decidía acabar con su vida, quitándole la posibilidad de derrotar al enemigo. Él no quería ser el culpable de algo así, por lo que decidió correr hacia el bosque cuando Kagome estaba muy ocupada como para mirarlo. Creyó, de todos modos, escuchar la maldición de Inuyasha llamándolo y un desesperado grito de Kagome.
—Me adentré en el bosque hasta que fui perdiendo fuerza —siguió, sin contestar directamente su pregunta. No agregó que además de fuerza perdió mucha sangre, porque era obvio—. Y cuando sentí tu aroma cerca, vine.
Kikyō alzó una ceja, pero no dijo nada. Permanecieron en silencio mientras los colores del cielo se volvían oscuros y la noche se lo engullía todo. Vio con facilidad cómo los ojos de Kōga se adaptaban a la repentina oscuridad, dilatándose las pupilas, dejando solo una delgada franja del azul intenso que tanto le gustaba. Luego decidió que era mejor hablar.
—Consideraste la mejor idea venir todo ensangrentado hacia mi.
Sus palabras eran mitad afirmación, mitad pregunta. Y eso le gustó mucho a Kōga, que se decidió por sonreír. Le dolía y ardía la herida en partes iguales. Como seguramente pasarían un par de días más hasta que terminara de sanar (el miasma de Naraku era de las peoras cosas con las que afrontarse), le seguía pareciendo la mejor idea estar junto a Kikyō durante su recuperación.
—Podría haberme alimentado de ti.
—Ajá.
Kikyō primero lo observó con expresión severa, demasiado seria para el gusto desenfadado de él. Pero después solo atinó a responderle la sonrisa.
—Solía creer —murmuró, mirándole con los ojos brillosos y ese fantasma de una sonrisa en su boca— que eras sólo una versión fallida de Inuyasha.
Kōga abrió los ojos de la sorpresa durante unos momentos. El dolor de su herida había quedado relegado por las palabras de Kikyō, y la presencia de ella, que estaba casi sobre él. Estaba muy cerca, y recién ahora se daba cuenta de todo lo que conllevaba. Los vellos de su cuerpo se habían erizado, acaso del miedo, o acaso del frío, o acaso por ella. Los cabellos largos y negros de Kikyō rozaban su brazo derecho, mientras su rostro se encontraba solo a unos pocos palmos de distancia.
Ante el silencio que nuevamente se instauró, Kōga consideró realmente pensar esas palabras. Bien podría pasar por una copia barata de Inuyasha para una mujer como Kikyō, con todo lo que habían vivido ellos dos. Lo entendía. Pero lo que sorprendía de verdad era el uso del pretérito. Solía creer. Se moría de ganas de preguntar qué creía ahora de él, pero solo logró responder de la manera que solo respondería él.
—Y yo que eras una versión venida a menos de Kagome.
—Lo imaginé.
En el rostro de Kikyō se dibujó una cálida sonrisa. Hasta horas más tarde, no caería en la cuenta de que ese tipo de sonrisas sólo se las dedicaba a Inuyasha, por el profundo amor que solía profesarle, por todo el cariño que aún sentía por él. En ese momento no se dio cuenta. Pero Kōga sí pudo notar la calidez en la curvatura de su boca, en el brillo de sus ojos marrones, oscuros como granos de café. Y le gustó, como tantas otras cosas de ella que le gustaban aunque no le agradara aceptarlo.
—Solía creer eso —agregó. Sus colmillos blancos brillaron en medio de la oscuridad, una mueca peligrosa en la boca de un demonio lobo, pero que no hizo más que recordarle a Kikyō que le gustaban los desafíos.
La sacerdotisa asintió.
—Solías. Yo solía creer eso, también —sonrió, y luego dirigió la vista arriba, hacia las copas de los árboles que se proponían ocultar todo el cielo y sus estrellas—. Solía creer que era una versión mala de Kagome. Que no eras más que alguien que nunca podría ser Inuyasha,... una versión defectuosa.
Kōga asintió lentamente con la cabeza. Entre la oscuridad, el ruido del bosque y la fuerte presencia de ella junto a él
[parecía que solo eran ellos dos en el bosque
únicamente ellos dos
ni las alimañas más insignificantes parecían existir en ese momento]
, todo el aturdimiento producto del dolor, producto de recién despertar, producto de ser como era, se desvanecieron de inmediato. Las palabras de Kikyō parecían repetirse en su mente una y otra vez. Y quería poder decir algo, algo inteligente, algo que la sacara de ese estado, o algo que lograra despertarla del todo. O hacer algo. Hacer algo estaría mucho mejor.
—¿Y qué crees ahora?
De todo lo que era capaz: solo una pregunta más. Kikyō bajó la vista a él, y ya no había tristeza en su mirada. Ni la furia que le había nacido por él cuando apenas lo conocía tiempo atrás. Ni la nada que había visto más veces de las que deseaba. Ni la determinación que se concibió por su misión para liquidar a Naraku. Nada de eso.
Había serenidad. Había gratitud. Y grandeza.
—Creo que somos nosotros. Y que eso está bien.
Antes de que Kikyō se acercara a él
[el cabello negro caía en cascada sobre su rostro y le acariciaba las mejillas
el aliento de ella no olía a sangre como antes
su cabello eran flores silvestres lo podía jurar]
y le besara en los labios, produciéndole un cosquilleo tan intenso en toda su piel que creyó que estaba en contacto con electricidad, había vislumbrado una extraña realidad que hasta entonces no había logrado sacar de lo profundo de su mente. Sí. Había mucha verdad en todo lo que decían: Kikyō tenía un parecido muy grande con la bella Kagome. Las diferencias que había visto tiempo atrás, sin embargo, ya no eran tan atroces.
Las diferencias eran cálidas y erróneas. Eran dulces y le había dejado con la boca entreabierta y una sed infernal.
Las diferencias le gustaban.
—Gracias —le susurró Kikyō antes de separarse completamente de él. Sus narices dejaron de chocar, y no había ninguna barba de pocos días que raspara la suave piel de su rostro (y nunca creyó que eso le atraería). Cuando se puso en pie y se detuvo a pensar que había estado arrodillada a su lado y había tocado los labios de aquel hombre moreno-enemigo-natural, no pudo menos que sonreír—. Deberías descansar. Conseguiré algo para alimentarte.
—Ajá. Está bien.
Kikyō se alejó a hacer lo prometido y Kōga rectificó su pensamiento.
Kikyō nunca le pareció tan diferente de Kagome como en ese preciso momento, mientras la oscuridad de la noche y los siniestros árboles la escondían de su vista, y la oía alejarse tarareando por lo bajo alguna extraña y vieja canción.
Nota:
Tengo muy poco que decir, solo que estamos un paso más cerca del final de esta historia. Mañana subiré el capítulo final y posiblemente tenga menos que decir aún. Sin embargo, espero que ustedes sí tengan algo que decir, ya sea respecto al capítulo o al final o sobre el fic en términos globales. Y espero, sobre todo, que se animen a decir todo en un review. Lo agradecería muchísimo.
Hasta mañana,
Mor.
