La revisión

Hermione estaba sentada en un sillón amplio de color blanco. A su izquierda –giró la cabeza– había una señora que estaba prácticamente dormida. Tenía los ojos cerrados y cada par de minutos soltaba un ruido similar a un ronquido. A la derecha –volvió a girar la cabeza– había un señor de mayor edad, que le sonreía abiertamente pero lamentablemente no tenía ningún diente. Se sentía repentinamente claustrofóbica. Veía su alrededor demasiado blanco y sus fosas nasales se inundaban de un fuerte olor a antiséptico.

La punta de uno de sus pies golpeaba el piso incesantemente, y mordía su labio inferior sin descanso alguno. Se preguntaba una y otra vez por qué le había hecho caso a Ginny. Desde un principio supo que lo que dijo fue para calmar los nervios –básicamente infundados– de su mejor amiga. Pero no contaba con que la pelirroja se dispusiera a llevarla hasta ese lugar en el que se encontraba. Como a una niña pequeña, la llevó y la sentó, diciéndole que no se levantara a menos que la llamaran. Sin más, dijo que se iba debido a que no soportaba el olor a enfermo.

Dejó caer la cabeza hacia atrás, haciendo que su cabello rizado rozara con delicadeza sus hombros. Cerró los ojos para que la luz blanca no dañara sus pupilas ya desgastadas por las largas horas de perpetua lectura. No quería entrar a ver al doctor, para que le diga que leer por tanto tiempo era lo que ocasionaba esos dolores de cabeza. Seguramente le daría una medicina con sabor horrible, que le darían mucho sueño y su perfecta rutina se vería modificada. Se negaba a dejar que eso sucediera.

Por un relejo sin control, volteó a ver a los lados del amplio pasillo, asegurándose de que no hubiera una cabellera pelirroja escondida, pero como sospechaba, se encontraba vacío: Ginny no estaba.

Si ella no estaba, no podía obligarla a quedarse.

Sonriéndole al hombre que aún le sonreía, se puso de pie aferrándose a su bolsa y empleando todas sus fuerzas en no correr lejos de ahí. Ponía un pie delante de otro, ansiando la libertad que le daría encerrarse en la biblioteca de la antigua y noble casa de los Black. Comenzó a caminar por el pasillo, viendo a lo lejos una chimenea arder en llamas verdes. Su libertad paradójica estaba tan cerca…

—¿Hermione Granger?— dijo una voz a su espalda, interrumpiendo su ensoñación.

Lentamente giró sobre sus talones para observar frente a una de las puertas, a una mujer vestida de blanco de pies a cabeza, con una tabla de metal en las manos, cabello fuertemente atado en un nudo en la nuca y una ceja levantada.

—Soy yo— dijo, primera vez en su vida lamentándose tener aquel hermoso nombre que sus padres tanto habían tardado en pensar.

—Sígame por favor, el doctor ya puede recibirla— le indicó con una mueca de disgusto, encaminándose a seguir los pasos de la enfermera.

Tragó saliva y levantó el mentón, que nadie viera el repentino pavor que misteriosamente la embargó. Se adentró a una oficina con la enfermera y se encontró con… ¡más blanco! Simplemente genial. Era una habitación rectangular con un escritorio y dos puertas a cada lado. La guió a la de la izquierda, indicándole que se pusiera cómoda y que en poco tiempo el doctor llegaría para su consulta. Hermione asintió sonriendo forzadamente y obedeció.

La pequeña oficina de doctor era muy modesta; de hecho era muy similar a una oficina muggle. Estaba un escritorio con varios papeles y sellos, al igual que plumas y tinteros. Detrás, había un gran mueble lleno de pociones de todos colores y texturas. Al lado izquierdo junto a la pared, había una camilla larga, seguramente para las revisiones que hacía. Habían muchos más aparatos en las paredes y en los muebles, que nuevamente le recordaban a un consultorio muggle. Incluso, habían imágenes de cabezas o anatomías cerebrales.

Su espera no fue larga.

—Buenas tardes— habló un hombre.

Era alto y delgado, sin llegar a ser escuálido. Tenía una mirada cansada, indicándole que llevaba más tiempo trabajando de lo que era debidamente correcto. Sus ojos cafés se veían rodeados por delgadas arrugas que seguramente salieron prematuramente. Su cabello era color del ébano, pero por las patillas y las orejas ya se alcanzaba a ver que cabellos color blanco predominaban el área. Tenía una bata color blanco algo grande para su cuerpo, o simplemente había bajado de peso recientemente. Sus finos labios estaban en una sonrisa torcida. Tendría unos treinta y cinco o cuarenta años máximo y se veía que era soltero debido a la falta de sortija en su dedo (no que fuera relevante aquella información).

—Buenas tardes— reciprocó la castaña, cobrando todo el valor que se le otorgaba a los de su casa.

El hombre caminó con pasos largos hacia la silla principal detrás del escritorio. Se dejó caer y remangó su mangas, ajustándose el nudo de la corbata y finalmente sonriéndole amablemente.

—Mi nombre es el doctor David Brooks, especialista en…— vaciló— pongámoslo que en la cabeza.

El doctor Brooks extendió su mano y tomó la de la castaña. Un suave apretón y un meneada de manos, y se dieron por bien presentados.

—Soy-

—No se preocupe, sé quien es usted— dijo sin voltear a verla, mientras revisaba una tabla de metal, similar a la de la enfermera.

Hermione alcanzó a reconocer su letra en una de las hojas que ahí habían. Era el cuestionario que le hicieron al registrarse, en donde declaraba alergias, enfermedades previas y demás cosas que necesitaban saber antes de cualquier revisión.

La respuesta del medimago se le hizo ruda y sólo un poco grosera, pero no comentó nada. Prefería ahorrarse lo que seguramente sería una larga discusión que terminaría más que alejada que el tema originario y no quería perder más su tiempo. Tenía que llegar a casa a las diez en punto para poder continuar con su rutina, aunque sabía que faltaban aún un par de horas para que el reloj marque esa hora.

—Cuando mi enfermera me dijo— habló repentinamente, aún revisando las respuestas de la heroína— que Hermione Granger estaba esperando a ser atendida, no me lo podía creer— por fin levantó la mirada con la misma sonrisa tierna que había visto en un principio—. Dígame señorita Granger-

—Hermione— interrumpió levantando una mano—. Hermione, por favor.

Ya había durado varios años siendo llamada como señorita Granger en el colegio, que honestamente estaba cansada, quería que le dijeran por su nombre. O simplemente el doctor le inspiraba confianza, no lo sabía.

—Muy bien, Hermione… dígame qué puedo hacer por usted.

¿Dejarme ir? Pensó su subconsciente, haciéndola luchar con sus intentos de sonreír. Ginny verdaderamente la mataría si saliera de ese lugar en esos momentos, ¿dónde había quedado la valentía de los leones?

—Realmente estoy aquí para una revisión rutinaria y para calmar los nervios de mi mejor amiga…— habló pausadamente, tratando de terminar aquella consulta.

David soltó unas risitas pobremente disimuladas. La castaña lo miró con severidad, reprendiéndolo por su falta de tacto, y el doctor simplemente fingió toser.

—¿Alguna razón en particular como para que su amiga le haya sugerido hacerse una revisión?— cuestionó al tiempo que remojaba la punta de una pluma y se preparaba para escribir.

Hermione suspiró.

—No es la gran cosa, realmente— sonrió con inocencia y negó suavemente la cabeza, haciendo menear su incontrolable cabello. Había hecho un ademán con sus manos, para que el doctor diga que seguramente todo estaba bien y listo. Pero sabía que incluso para ella, ese era un pensamiento iluso.

Lo que era real, era su intento de no decir las razones. Verdaderamente no quería que le medicaran algo que le impida seguir su rutina al pie de la letra, se negaba rotundamente.

—¿Qué le parece si me dice, y yo decido si es o no la gran cosa?— cuestionó levantando una ceja y sonriendo de lado en lo que parecía ser un muy usado gesto arrogante.

La castaña se mordió el labio inferior y talló con dos dedos una de sus cejas, preguntándose cuál será la mejor manera de explicar las cosas, haciéndolas sonar lo más natural del mundo.

—Pues, ella dice… que últimamente he estado…— sabía que tenía que decirlo. El doctor la miraba inquisitivamente, esperándola. Suspiró rendida— ella dice que he estado como ausente. Se me olvidan algunas cosas y estoy despistada, ¿lo ve? No es la gran cosa.

David Brooks asintió. Lamentablemente, Hermione sabía que el doctor no asentía debido a que le daba la razón a su última aseveración, sino que asentía al registrar la información que la castaña acababa de brindarle.

El rasgar de la punta de la pluma con el pergamino inundaba la estancia, era el único sonido por encima de sus respiraciones. Nuevamente una sensación de claustrofobia atacó a la heroína del mundo mágico, y a pesar de usar shorts y tirantes, sintió una repentina oleada de calor intenso.

—¿Algo más, o algo en particular sobre estos… sucesos?— la observó con escrutinio, una mirada similar a la de la menor de los Weasley. Demasiado similar.

La castaña lo pensó por unos segundos hasta que finalmente decidió que era algo normal. Negó con la cabeza.

—No, simplemente han sido errores sin consecuencias… dejar las llaves de mi casa en la suya, olvidar el nombre de la tonta lechuza de uno de mis mejores amigos o en dónde está el bote de basura de su cocina— explicó ella, dando más detalles de lo que estaba originalmente planeado.

Brooks sumergió la pluma en el tintero, para poder anotar la nueva información que le brindaba la de ojos chocolates. Después de un buen tiempo en el que el doctor llevaba escribiendo, Granger se preguntó qué más estaba anotando porque definitivamente lo que ella le dijo no tomaría tanto en escribir.

—¿Qué escribe?— cuestionó estirando el cuello para tratar de ver.

David sonrió sin levantar la mirada y sin detener su apresurado escribir. La castaña intentaba entender algo pero sus letras eran prácticamente líneas y círculos extraños, sin forma definida.

—¿Curiosa?— su voz sonaba divertida.

Ella simplemente bufó dejándose caer al respaldo de su silla.

—¿Has tenido mareos… sensaciones de desmayos, pérdida de conocimiento?— cuestionó levantando por fin la mirada.

Hermione lo pensó unos segundos. Que recordara, el ultimo mareo fuerte que sufrió fue el mismo día de la batalla. Había pasado horas sin comer, luchado por horas sin detenerse y prácticamente no había dormido por día y medio. Había sangrado mucho, por no decir que sentía que un camión la había atropellado. Naturalmente sintió que su energía le fallaba y que no podría sostenerse, pero la ayudaron, comió algo y se sintió muchísimo mejor.

—No— fue su sutil respuesta, negando con la cabeza.

—Perfecto…— arrastró la palabra, escribiendo la respuesta de la bruja— ¿falta de apetito, insomnio?

Nuevamente Hermione se detuvo a pensar. Sabía que no tenía problemas con el apetito. Al igual que todo su día, ella era muy exigente con la comida, nunca se saltaba un alimento, ni por muy enfrascada que esté estudiando. Además, los alimentos que prepara el elfo domestico de la casa de Grimmauld Place eran exquisitos. Ahora, el insomnio, tampoco lo padecía. Al parecer su cuerpo estaba más que adaptado a su riguroso sistema de vida y exactamente a las once, su cuerpo exigía descanso. Así que no, tampoco le sucedía aquello.

—No— lo dijo casi con emoción, sintiendo que las preguntas terminarían pronto y le diría a la pelirroja que tenía como mejor amiga que sus preocupaciones venían de más.

—Sólo unas más, Hermione…— escribía y hablaba al mismo tiempo.

La castaña debía de reconocer que esa habilidad tardaba bastante tiempo en desarrollarse. Ella lo logró completamente hasta tercer grado, y fue casi por necesidad de supervivencia. Ronald y Harry parecían ser unos bebés que requerían atención continua mientras que ella no podía desatender sus estudios.

—¿Sufrido golpes recientes?... De dos meses a hoy.

Hermione no tuvo que pensarlo mucho tiempo.

—No.

—¿Nada?— se detuvo y volteó a verla— ¿caídas en las escaleras, golpes con el buró a la hora de acostarse a dormir, con una pared? Lo que sea.

La castaña inhaló aire ruidosamente sin despegarle la mirada al doctor.

—Creo que sabría si me he golpeado la cabeza recientemente… pero no, ningún golpe.

David no se mostró indignado por la brusca contestación de la bruja más brillante de su generación, es más, hasta sonrió divertido, anotando la respuesta. Despegó la pluma del pergamino y volvió a humedecer la punta.

—¿Has experimentado espacios en blanco?— inquirió perforándola con la mirada.

La castaña se tensó al sentir que la veían de esa manera, y nuevamente se tuvo que concentrar en controlar sus movimientos y no salir corriendo de ahí.

—¿A qué se refiere?— dijo lo más seria posible, pero ella alcanzó a detectar un temblor en su voz que esperó él no detectara.

Brooks bajó la pluma y la dejó a un lado, recargando la punta en la trama del tintero para no derramar ningún gota. Entrelazó los dedos y la miró con aquella mirada clásica de los doctores, que dicen: "yo sé más que tú".

—Los espacios en blanco son momentos en tu día que no logras recordar. Por ejemplo, si te preguntara qué hiciste hace tres horas y te es imposible recordar decírmelo debido a que tienes un espacio en blanco.

Hermione parpadeó un par de veces, volteando a ver la imagen de la cabeza que tenía David cerca del mueble repleto de pociones. Veía aquel cerebro pintado, el mismo que ella debía de tener dentro de su cráneo. Veía colores que marcaban distintas áreas del órgano y se avergonzaba al decir que no podía identificar estas partes; de anatomía no sabía mucho. No podía creer que algo tan complejo y tan hábil como un cerebro humano, podía llegar a tener espacios en blanco, ¿cómo era eso posible? Gracias a merlín eso no le había pasado nunca. Tenía su cabeza tan fuerte como siempre, trabajando a mil por hora para retener información.

—¿Es nacido de muggles?— inquirió volteándolo a ver con las cejas fruncidas.

El doctor Brooks levantó un ceja y la observó entre divertido y confundido. Desvió su mirada a donde ella la había posado con anterioridad y se dio cuenta que observaba la imagen de la cabeza en la pared. Efectivamente, una imagen muggle.

—Así es, Hermione… pero respóndame, por favor ¿ha sufrido espacios en blancos?

La castaña lo miró y después negó con la cabeza, agradecida por su respuesta.

—No.

—Muy bien.

Como las veces anteriores, él tomó la pluma y comenzó a anotar la respuesta dada, mas muchas cosas más que ella no podía ni siquiera intuir.

El silencio reinaba a excepción del rasgar de la pluma en el pergamino. Una sensación punzante comenzó a golpear la pared del cráneo, por la frente. No era dolor precisamente pero sí era molesto. No quería levantar la mano porque el doctor seguramente vería algo que quisiera ver y no lo que realmente pasaba. Mejor, optó por cerrar los ojos y respirar, intentando disipar la jaqueca que le estaba llegando. Le rogaba a merlín por que esta consulta terminara pronto.

—¿Pierdes objetos fácilmente, por ejemplo las llaves, plumas?

—Pues… no más de lo normal, supongo— se encogió de hombros.

Aquel dolor de cabeza estaba de mal en peor. Era una sensación que se expandía cada vez más. Pum… pum… pum… punzada tras punzada, como si tuviera a un pequeño duende redecorando su cerebro y estuviera clavando una nueva pintura.

Fue entonces que se dio cuenta de que David no había escrito nada. Estaba observándola fijamente. Sus ojos la recorrían con escrutinio. No entendía qué tenía la gente ese día como para verla de esa manera. O tal vez, tenía algo en la boca… ¡helado! No lo sabía pero sintió que sus mejillas se tornaban rosadas. Rápidamente bajó la mirada y dejó que el cabello cubriera su rostro. Sus oídos pudieron identificar el sonido de unas risitas y se molestó pero como la vez anterior, no dijo nada para evitar una discusión sin trascendencia y poderse marchar.

Ahora sí, comenzó a escribir.

—¿Has tenido dolores de cabeza?

Rápidamente, Hermione levantó la mirada, sorprendida. David Brooks la miraba confundido. Obviamente ella tenía dolores de cabeza, estaba teniendo uno en ese momento. Además, dolores de cabeza era una forma sutil de decirlo. A veces sentía que su propia cabeza estaba deseando matarla.

Abrió la boca para decir algo, pero no salió ningún sonido por entre sus labios. ¿Qué sucedería si le decía que sí, y le daba esa medicina que tanto la aterraba y le daría sueño y no podría estudiar y su inquebrantable rutina se rompía? Pero el mismo dolor de cabeza la quería obligar a decir que sí. Cerró los ojos con fuerza, arrugando la suave piel a su alrededor y simplemente asintió.

—¿Tienes uno en estos momentos?— nuevamente bajó su pluma y la observó con las cejas fruncidas.

El dolor iba in crescendo. Debía de recostarse o tomar su té muy cargado para que se pueda mejorar. Levantó una de sus manos y presionó la palma en su frente, esto siempre ayudaba aunque sea un poco. Escuchó la silla del doctor deslizarse y a él levantarse. Alcanzó a percibir un olor muy fuerte a medicinas y supuso que el mueble que tenía había sido abierto. El sonido de cristal chocar con más cristal y la mano libre de Hermione se formó en un puño tan apretado que los nudillos comenzaron a verse blancos. Las punzadas contra su frente eran más rápidas, cada vez había menos tiempo entre cada una y el dolor se expandía más rápido, como ondas en el agua, infestando cada rincón de su prodigiosa cabeza.

—Tenga— David estaba en cuclillas a su lado, dándole un pequeño vaso con una poción verde viscosa—. Te hará sentirte mejor.

Hermione no quiso ni siquiera preguntar. Si el doctor decía que la haría sentir mejor bailar sobre una pelota en una cuerda floja, lo haría con tal de quitarse ese dolor que amenazaba con volverla loca.

Tomó el frasco que le ofrecía y se lo llevó a sus labios. El sabor fue… repugnante. Era algo amargo, pero dejaba una sensación de ardor en la lengua y la garganta, que por momentos se sentía fría y hormigueante, y después caliente e inflamada. Simplemente asqueroso.

—Que horror— dijo sacando la lengua y haciendo una mueca de asco, para diversión del doctor Brooks—. Sabe terrible.

—Lo sé, pero es muy efectiva.

Y tenía razón. Poco a poco, el martilleo personal de su cabeza fue cesando, haciendo el dolor imperceptible y la sensación de golpes se detuvo. Ya no le dolía nada. Con confusión y admiración observó el frasco, buscando alguna etiqueta que le diera el nombre de esa posición verdaderamente mágica, en todo el sentido de la palabra, pero se sorprendió al encontrar que no había nada.

—La inventé yo… — aclaró, entendiendo las intenciones de la castaña. Caminó y volvió a tomar asiento— entonces, dime de estos dolores de cabeza, por lo que veo son muy fuertes.

Hermione suspiró ruidosamente. Sabía que tenía que decir la verdad y solamente se ponía la excusa tonta para no dejar de estudiar y romper su rutina, pero estos dolores de cabeza terminarían por matarla.

—Son terribles— confesó, recargándose en su silla y mordiendo su labio inferior, mientras recordaba los últimos que había tenido—. Son… fuertes, como si me taladraran por dentro… estudio muchas horas al día, nunca paro de leer— explicó con tono de voz cansado y una mirada que exigía clemencia—. Seguramente es por eso.

—¿Y qué tan seguido los tienes?— inquirió sin decir nada a lo que ella dijo anteriormente.

Frunció sus labios y mordió su lengua queriendo evitar decir la verdad pero era como si estuviera bajo la maldición imperio y no podía controlar lo que decía, simplemente decía la verdad.

—Dos o tres veces a la semana— masculló en voz muy baja pero perfectamente audible.

David Brooks asintió y escribió todo lo que había dicho la heroína del mundo mágico hasta ese momento.

—¿Siempre has leído o es una actividad reciente?— cuestionó sin levantar la mirada del pergamino.

—Siempre.

Su voz había sonado prácticamente orgullosa, porque así era. Siempre fue conocida por su gran amor por los libros.

—¿Y los dolores de cabeza han sido siempre?

—No.

Maldición.

La respuesta salió más rápido de lo que quiso y pudo sentir los ojos cafés del doctor verla raudamente antes de seguir anotando. Esa era otra cuestión. Ella sabía que su pretexto de que los dolores eran por leer era eso… un pretexto.

—Creo que lo mejor será hacer unos rápidos exámenes, venga Hermione, póngase de pie y párese junto a la camilla— indicó, señalando al lugar exacto.

Con reticencia, la castaña se puso de pie y se colocó donde él le había indicado, con mirada enfurruñada y los brazos exagerada e infantilmente cruzados.

El doctor Brooks dejó la pluma a un lado y caminó hacia ella. Se detuvo un momento junto a un mueble y sacó lo que parecían ser dos pelotas de goma color rojo.

—Te haré dos tipos de prueba, la primera es de coordinación y la segunda serán de tu cabeza.

Instintivamente, Hermione volteó a ver la imagen muggle de la pared. ¿Se verá de esa manera la imagen que salga de su prueba? No lo sabía pero tenía curiosidad por descubrirlo.

Las pruebas de coordinación eran sencillas. Apretar las pelotas al mismo tiempo; lanzarlas al aire y cacharlas antes de que caigan al suelo; girar y dar tres pasos; caminar en una sola línea. Todo estaba perfecto.

—Esto es ridículo— dijo en un mascullo muy bajo, pero lamentablemente David lo escuchó.

—¿Odias los doctores, Hermione?— había burla en su voz… definitivamente había burla.

—No, claro que no— se apresuró a decir, roja de la vergüenza—, de hecho los admiro por su gran trabajo… pero no precisamente me gusta visitarlos.

David Brooks soltó una sonora carcajada. Él continuaba dándole ordenes y anotando sus resultados en esa hoja que seguramente contiene mucho más que las simples y sencillas respuestas que ha dado Hermione.

—Muy bien, ahora te pediré por favor que te recuestes, te haré el examen de la cabeza.

A regañadientes, la castaña se sentó en la camilla con sábanas azul cielo y se recostó, viendo fijamente al techo. Alcanzó a escuchar unos ruidos pero no le dio importancia, hasta que finalmente, algo le tapó la vista.

—¿Qué?— se sorprendió.

—Tranquila… no sólo he creado pociones pero también he mejorado algunos instrumentos muggles y los mezclé con la magia. Este es uno de esos. Digamos que me ayudará a hacer una resonancia magnética pero mejorada, debido a la magia. Es bastante practico, a decir verdad…

—Ni que lo digas— respondió Hermione co verdadera incredulidad. Este doctorcito salió siendo un buen inventor al parecer.

La maquina que cubría su mirada comenzó a hacer un ruido, pero el examen no duró mucho tiempo, máximo veinte minutos. El sonido era similar a un desquiciante traqueteo. No podía imaginar cómo es que esa cosa funcionaba pero no le importaba. Esta era la ultima parte de su consulta y se podría ir.

—Bueno, esto es todo por hoy Hermione…— sonrió Brooks, ayudándola a ponerse de pie— realmente no creo que sea nada, por lo que me has dicho todo se ve completamente normal, excepto por los dolores de cabeza pero para eso hacemos esta prueba— sonrió amablemente, caminando con ella hacia la puerta—. Los resultados estarán pronto… en tres días te veré aquí.


Gracias por leer ;)

pinknO: Gracias por comentar! y espero que te siga gustando!

Clara:bueno, me conoces bien, me gustan los finales no tanto felices, pero hey, todo puede pasar! además, he investigado mucho acerca del problema que tendrá Hermione, ya lo verás y espero que te guste!