El regreso de Draco Malfoy
La mañana era inusualmente fresca para esa época del año. Un joven hombre de cabello lacio y de un peculiar rubio platinado pulcramente peinado hacia atrás observaba sin expresión alguna por la ventana de su amplia habitación. Vestía un traje negro que a simple vista se mostraba costoso y de tela muy fina. Llevaba una camisa satinada y una corbata delgada, ambas también del color negro. Sus hermosos ojos grises, resplandecían con el sol saliente. Su mirada era fría y calculadora, prácticamente sin emoción.
Repentinamente el hombre levantó su brazo izquierdo y fijó su mirada en el antebrazo cubierto de tela. Recordaba perfectamente la noche en que la hicieron. El dolor fue terrible, casi insoportable. Podía recitar de memoria lo que pasaba por su mente cuando las líneas negras se iban trazando en su piel pétrea y blanca cual marfil. Había pensado que su vida como la conocía había terminado, y cuanta razón había tenido. Esa misma noche le dieron el encargo que jamás pudo llevar a cabo –gracias a merlín–, y recuerda a la perfección el miedo que lo embargó. Fue un sentimiento horrible que nunca quiso volver a sentir pero lamentablemente, desde aquella noche, el sentimiento fue más recurrente.
El alivio que lo embargó al ver su piel nuevamente blanca y sólo con una difuminada cicatriz de lo que fue la marca tenebrosa el día que el-que-no-debe-ser-nombrado murió, era quedarse corto. Fue la mayor satisfacción y alegría que había sentido en su vida. Fue una sensación gratificante, y fue como si el peso que antes no se había dado cuenta de que cargaba se alejó, dejándolo repentinamente liviano.
Regresó su mirada a la ventana. El solo ya estaba alcanzando altura y los rayos le daban directamente a la cara. Le gustaba ver el amanecer de esa manera, no como lo hacia en Azkaban.
Otra cosa que recuerda perfectamente, es el día del juicio, un día después de la muerte de Lord Voldemort. Había estado en la mansión con su familia, esperando a que llegaran los aurores porque sabían que tarde o temprano llegarían. Estuvieron sentados todo el día y toda la noche en la sala principal, él tomándola la mano a su madre y ella a su padre. Llegaron y se los llevaron. Cada uno tuvo un interrogatorio y su juicio. Primero fue el de su madre y el más rápido. Jamás fue una verdadera Mortífaga, solamente era partidaria de la pureza de la sangre y estuvo a un lado de Lucius, como toda buena esposa. Fue dejada en libertad bajo supervisión del ministerio. Lucius por otro lado había sido sentenciado a una vida en Azkaban. Su involucramiento tanto en la primera, como en la segunda guerra mágica, además de poner su mansión como cuartel de los Mortifagos lo había llevado a aquella condena. Nadie estuvo realmente sorprendido por este hecho, era de esperarse. Y Draco, debido a que tuvo la marca tenebrosa, hechizó a la señorita Bell, intentó asesinar al profesor Dumbledore y ayudó a los Mortifagos a entrar a Hogwarts, fue condenado a tres meses en Azkaban. La condena terminó hace exactamente cuatro días.
El juicio en sí, fue muy largo y agotador. Hubieron muchos testimonios, muchas indecisiones. La señorita Bell fue una declarante, diciendo que efectivamente el joven Malfoy la hechizó y que pasó varios días en la enfermería. Siguió el profesor Horace, siendo testigo del intento de envenenamiento a Albus Dumbledore, pero su testimonio fue descartado cuando comenzó a hablar de las grandes habilidades de pociones que posee el chico y de cómo era uno de los mejores de su clase, con un futuro brillante. Pero hubieron dos testimonios que sorprendieron al hombre de ojos grises como pocas cosas lo han logrado sorprender en su vida.
El gran, heroico y valiente señor Harry Potter declaró que Draco le había ayudado en la batalla final, brindándole una varita antes de que todo estuviera perdido y que sin esa ayuda, él no hubiera podido batirse en duelo con el señor Tenebroso y que probablemente estarían aún en tiempos obscuros. Eso causó gran conmoción en el jurado. Pero eso no fue todo, oh no. Al estrado llamaron a Hermione Granger. Esa bruja… pelo de arbusto, declaró a su favor, ¿cómo era posible? Él, fiel serpiente y arraigado a las cualidades de su casa sospechaba de que habían motivos ulteriores a su declaración pero no fue así. Simplemente dijo que cuando los capturaron los carroñeros y los llevaron a la mansión Malfoy, le pidieron al acusado que reconociera al trio, pero él dijo que no era posible. Granger aseguró que Malfoy los había reconocido, más no lo delató. Sin más, se retiró y no la volvió a ver.
Así, lo declararon culpable de actos contra los nacidos de muggles, intento de asesinato premeditado y partidario de quien-no-debe-ser-nombrado. Su madre lloró y a él se lo llevaron a la fuerza al lugar más temido para la comunidad mágica y en esos momentos, para él. Pero lo aceptó con gusto, nadie entendería eso jamás. Cuando vio el cuerpo de Voldemort, frío y roído en el suelo, se dio cuenta de que todas sus creencias habían sido estúpidas, que no tenían trascendencia. Siempre fue un chiquillo cobarde que obedecía las ordenes de su padre sin chistar y finalmente, eso lo convirtieron en el hombre que tomó todas las decisiones incorrectas… debía pagar por esos errores. Sentía que su sentencia debió de haber sido más larga, más dolorosa. Algo que verdaderamente le quite la culpabilidad que amenazaba cada hora de cada día con ahogarlo. Aunque jamás lo aceptaría en voz alta.
Habían veces, en las que realmente deseaba poder olvidar todo…
Entonces se escuchó una puerta detrás de él abrirse, y ni siquiera se digno a hablar con él.
—Draco— escuchó a su madre.
Prácticamente pudo sentir la suave sonrisa en sus labios delgados y rosados, estática a unos pasos de la única salida de aquél lugar. Seguramente vestía una túnica tan costosa que serviría para alimentar a una familia completa por un día, un cabello perfecto, las uñas recién pintadas y un maquillaje a la perfección. Así era su madre, una mujer de la alta sociedad.
Con parsimonia dio media vuelta para enfrentarla con una mirada altiva y arrogante, característica de los Malfoy. Entrelazó sus manos en su espalda y asintió ligeramente a modo de saludo.
—Madre— fue su seca respuesta.
Cualquier persona diría que Draco Malfoy es un príncipe sacado de un libro, pero no podían estar más lejos de la realidad. Él no era precisamente encantador, y muchas veces decía las cosas incorrectas en el momento incorrecto. No era catalogado como el héroe de la historia y no hacía actos de bondad. Si actuaba, era por él, para él y sólo por su beneficio. Nada más.
—Me alegro tanto de que hayas vuelto, en serio— sonrió Narcissa Malfoy dando unos pasos hacia su hijo, pero sin acercarse demasiado.
Ella sabía que su único hijo estaba cambiado, lo podía ver. A pesar de ser igual de frío, distante y arrogante que siempre, lo veía comportarse extraño. Cada mañana desde que llegó, lo había encontrado viendo fijamente por la ventana, admirando al ascendente sol, siempre pulcramente vestido. Solamente salía de su habitación si ella se lo pedía, o para las comidas, pero después regresaba a su encierro en libertad, rodeado por las cuatro paredes.
Draco se quedó ahí, viendo a su madre ponerse ligeramente nerviosa al sentir la imponente e intimidadora mirada de su hijo. No habían emociones en su mirada ni expresión en su semblante. Simplemente estaba ahí sin estarlo. Un hermosa estatua que lamentablemente no tiene vida. Él esperaba que le dijera lo mismo de siempre, que la acompañe a desayunar o a tomar el té, pero se mostraba reacia a hablar, además de que ambos sabían que él ya había desayunado. Le había ordenado a un elfo que le llevara de comer y obedientemente lo hizo.
—Hijo…— por fin habló, acercándose a paso lento al rubio— actúas de manera extraña, no entiendo qué te sucede.
Finalmente, hubo un gesto facial. Una ceja rubia levantada ligeramente. Pero tan rápido como llegó, desapareció.
—Ves lo que quieres ver, madre— impresionantemente, su voz era igual que su rostro: sin expresión—. Soy el mismo de siempre.
Narcissa bajó la mirada más no el mentón. Era una Black hasta los huesos y siempre se mostraba digna de respeto, a pesar de sentirse completamente derrotada. El pensamiento de sus ancestros le dieron el coraje necesario para tomar el valor y preguntarle las cosas que quiso preguntarle desde el día que llegó a casa.
—No es verdad…— habló arrastrando las palabras y caminando aún más hacia él. Se mostraba verdaderamente afligida— ¿por qué no has ido a ver a tus amigos?
Draco bufó y sonrió con arrogancia, pero aquella sonrisa era escalofriante. Sus ojos tuvieron un destello de algo desconocido para la bruja, que le hizo erizar cada vello de su piel. Después, se volvió a poner serio.
—Por favor… ¿Blaise, Theo y Pansy?— frunció levemente las cejas y puso una mueca de asco— dudo mucho que sigan llamándose mis amigos.
Sin esperar respuesta, se giró y volvió a ver a través de la ventana. El sol ya estaba en la cima y los árboles de su amplio jardín creaban sombras con formas extrañas e indefinidas. Varios elfos estaban podando el césped o cortando los arbustos en cuadrados perfectos, tal y como le gustaba a su padre.
—No hables así, hijo…— ¿por qué no se había ido ya? — Blaise me preguntó por ti un par de veces. Ya sabes que está ayudándonos con las empresas de tu padre, las cuales heredaste tú.
Malfoy tensó la quijada con fuerza. Claro… su padre ya podía darse por muerto y por eso su herencia entró en vigor. A él, su único hijo le había dejado toda su fortuna y empresas, sabiendo que cuidaría a su madre hasta el día de su muerte. Pero como él estaba lejos, cumpliendo sentencia, Narcissa le pidió ayuda a uno de sus antiguos amigos de casa.
—Draco… háblame, dime qué te pasa— sintió una mano femenina en su hombro, girándolo con sutileza.
Cuando los ojos de madre e hijo se conectaron, Malfoy no pudo evitar relajar su semblante y calentar su mirada. Su madre lo miraba a duras penas, él era bastante más alto que ella. Cerró los ojos e inhaló una vez para poder tranquilizarse y serenarse. Levantó sus manos y las puso en los brazos de su madre.
—Lamento haber estado así últimamente… es sólo que…— se mordió la lengua.
Él no era de esos niños que a la primera huían con su mamá, bueno… ya no era así. Eso lo aprendió a duras penas hace poco. Él siempre se había resguardado en la supuesta grandeza de su padre, hasta que vio que ni él podía resguardarse de sí mismo.
Ahí supo que solamente podía valerse por sí mismo.
—¿Qué?— habló la rubia sacándolo de su ensimismo— ¿qué ibas a decir?
Sutilmente, Draco se deshizo de la mano de su madre y caminó hacia el centro de su muy grande habitación. Era de forma rectangular. La puerta era de madera negra, con entrada doble y al otro extremo estaba la ventana en la que él observaba el jardín. Una cama muy amplia con doseles a la derecha y la entrada al baño a la izquierda. Junto al baño, una chimenea con una pequeña sala. Junto a la cama, un escritorio con correspondencia acumulada y del otro lado un armario con un encantamiento de expansión. Los colores plata y verde predominaban, al igual que estandartes de la casa Slytherin en un lado. No había mucha decoración; no más de la necesaria.
Miró al piso, pensando si podía confiarle a su madre, el secreto que había tenido por tres meses. Era algo que lo carcomía por dentro y quería sacarlo, buscar ayuda.
—Siento…— se giró y por primera vez en el día, su rostro estaba contorsionado en muecas de frustración y rabia contenida— esta impotencia dentro de mi. Algo que me impide querer hacer las cosas… — levantó una mano y hundió las yemas de sus dedos en la cabeza— algo aquí dentro no me deja en paz, y me hace recordar todos los malditos días que hice el mal y que no he pagado lo suficiente…
Narcissa estaba en silencio, escuchando a su hijo con atención. Pero jamás pensó escuchar esas palabras salir de la boca de su Draco. Él, era arrogante y siempre distante. Ya era un hombre y no buscaba consuelo en los demás, mucho menos en su madre. Pero ahí estaba, descargando de una manera poco ortodoxa los sentimientos que alberga su corazón.
—Culpa— dijo repentinamente la bruja.
—¿Qué?— se sorprendió el ex Mortífago, olvidando su barrera de frialdad.
Narcissa sonrió de lado viendo al piso y reprimió que una risa salga de su garganta, sabiendo que lo ofendería. Simplemente caminó hasta llegar a estar frente al delgado cuerpo del rubio platinado.
—Me estás diciendo que sientes culpa… te siente culpable por lo que hiciste.
—¡Por favor!— se giró y se alejó con velocidad de donde estaba su madre, impidiéndole que vea su rostro contorsionado.
Cerró los ojos con fuerza e hizo sus manos puños. Claro que era culpa, él lo sabía muy bien… pero que se lo dijeran, era cual puñal enterrándosele en el corazón y girando simplemente por placer de infligir más dolor. Odiaba verse y sentirse vulnerable. Desde pequeño le habían enseñado a no mostrar sus sentimientos, que eso lo haría ver débil y lo mostraría vulnerable ante sus enemigos. Ahora no había enemigos supuestamente, pero él sabía su realidad… él era su propio enemigo.
Después de unos minutos en silencio pudo respirar con tranquilidad, y sus músculos se destensaron. Relamió sus labios y giró a enfrentar a la mujer que lo trajo a la vida, para encontrarla con una suave sonrisa en los labios.
—Bien, tú ganas…— se cruzó de brazos y frunció las cejas— digamos que hipotéticamente, lo que siento es culpa.. ¿qué hago para dejar de sentirla?
La señora Malfoy sonrió abiertamente. Su hijo puede ser brillante; astuto; muy inteligente… pero a veces podía ser ciego. Ciego al no ver las respuestas que se le presentan solas. Ciego al no querer ver lo fácil. Siempre le gustaron los retos pero estaba acostumbrado a una vida en la que siempre le hacían las cosas o le decían qué hacer.
La rubia comenzó a caminar hacia su hijo, deteniéndose a su lado y viéndolo con cariño y ternura.
—Uno puede tener el perdón que tanto busca… si tan sólo lo pide.
Y siguió caminando hasta salir del cuarto y seguir caminando.
Draco Malfoy en cambio, se quedó en su lugar pensando y confundido. ¿Qué se supone que significaba eso? Frunció más las cejas y se molestó con su madre. Él va a decirle su problema y ella, supuestamente al ser su madre debería de ayudarlo a resolverlo de la manera más rápida, pero no… le dice una tontería como esa, que realmente no le sirve de nada.
Pero conocía a su madre. A ella siempre le gustó hablar con acertijos, embrollando las cosas para hacer las situaciones más interesantes. Y seguramente esta era una de esas situaciones. El simple hecho de pensar así, lo enojó. ¿Cómo osaba su madre a burlarse de esa manera de él?
Con pasos decididos, pero sin prisa alguna, comenzó a caminar hacia la salida. Sus manos estaban enfundadas en los bolsillos de su pantalón y su mirada era altiva. Sus hombros rectos y el mentón en alto. No tenía prisa, sabía dónde encontraría a su madre; no es como que salía de la mansión.
Bajó escaleras y cruzó pasillos y salas, hasta que finalmente llegó a la salida al jardín. Su madre usualmente le pedía a un elfo o a una sirvienta, que le pusiera una mesa bajo un árbol para poder tomar el té. Y no se había equivocado. Ahí estaba su madre, viendo el jardín con una taza muy delicada entre sus dedos, tomando un trago de vez en cuando.
—Madre, ¿qué querías decir?— preguntó o más bien ordenó. Estaba a un par de metros de ella, viéndola aún con las cejas fruncidas y cruzó sus brazos.
Narcissa dejó la taza en su platito con una desquiciante parsimonia. Limpió las comisuras de sus labios con una servilleta bordada a mano hasta que finalmente levantó la mirada y vio a su hijo con un destello de diversión en la mirada.
—¿Cuándo?— preguntó inocentemente.
Draco odiaba que su madre hiciera eso. Cerró los ojos y apoyó las yemas de sus dedos en la frente. Su madre quería que le gritara definitivamente.
—Lo que dijiste hace unos minutos en mi habitación— explicó con rudeza.
La señora Malfoy abrió la boca como si comprendiera apenas a qué se refería. Cruzó una pierna y apoyó ambas manos en la rodilla superior. Sonrió de lado y lo observó tranquilamente, inhalando el delicioso aroma de césped recién podado.
—Dije muchas cosas en tu habitación— contesto con simpleza.
Malfoy verdaderamente estaba empleando fuerzas sobrenaturales para no explotar. Su corazón bombeaba sangre infestada de adrenalina y verdaderamente quería gritarle a los cuatro vientos un par de verdades acerca del comportamiento infantil que había adoptado su madre.
—Dijiste que se podía tener perdón si tan sólo se pide… — explicó con frialdad, dando un paso y sentándose en la otra silla de la pequeña mesa redonda—¿qué querías decir con eso?
Nuevamente, la bruja, señora de esa mansión, abrió la boca en señal de entendimiento y asintió un par de veces rodando los ojos. Su hijo podía ser tan testarudo.
—Pues eso mismo cariño— se encogió de hombros y tomó su taza para darle un sorbo a su delicioso té humeante—. ¿Quieres perdón? Pídelo… pero has algo para merecerlo.
Aclaró. Obviamente…
La verdad, es que la señora Malfoy tenía un plan. Conocía a su hijo perfectamente, mejor que nadie. En cuanto le dijo que sentía culpa, ella entendió que su hijo se consumiría en aquella desesperante y nueva sensación. Tenía que hacer algo para ayudarlo sin darle las respuestas correctas a todo. Necesitaba hacerle ver, que ya no podía ir por la vida sintiéndose amo y señor del mundo. Ahora, debía de hacer algo para merecerlo. Trabajar y ganarlo.
—¿Cómo qué?— cuestionó el rubio platinado, sirviéndose una taza de té.
Black lo pensó por unos segundos.
—No lo sé, hay tantas cosas— concluyó con una amplia sonrisa.
La respuesta molestó a Draco, que tensó cada músculo de su cuerpo haciendo que derramara un poco del té. Apretó los labios en una fuerte línea y miró a su madre con verdadero odio. Odiaba esas respuestas. Narcissa se compadeció un poco de su adorado hijo y decidió darle un empujoncito.
—Puedes pedirle al ministerio alguna obra de caridad-
—Ni hablar— le cortó el rollo.
La mujer suspiró cansinamente. ¿Cómo quería su hijo dejar atrás la culpa si no podía dejar atrás su orgullo?
—Muy bien, pensemos en algo más…— lo meditó unos minutos, disfrutando del té—los Longbottom, por ejemplo.
Los ojos azules de la mujer, observaban por sobre el ras de la taza a las expresiones de su hijo. Primero, confusión. Después, el ceño fruncido. Y ahora un signo de aburrimiento.
—¿Los miembros de la orden que tía Bella torturó?— preguntó, recargándose en su silla y tomando grandes tragos de su té.
—Así es… siguen en san mungo— aclaró la mujer, que después de la guerra se interesó en el tema—. Ve a visitarlos, tengo entendido que su hijo los visita regularmente.
Draco se atragantó mientras tragaba el líquido caliente. Levantó las cejas y limpió sus labios.
—¿Y qué les digo?— preguntó sin levantar la mirada, asegurándose de limpiar toda la tela negra de su carísimo traje.
—Algo se te ocurrirá… creo que han perdido sus facultades comunicativas así que no te preocupes por sus respuestas.
Al escuchar esto, Malfoy detuvo sus movimientos y fulminó a su madre con la mirada. ¿A caso era esto un chiste para ella? El hablaba muy en serio cuando decía que quería arreglar las cosas, pero tampoco quería convertirse en el bufón de alguien.
—¿Y qué se supone que haré viendo a unas personas que no saben ni decir hola?— cuestionó con voz grave y seca, haciendo una mueca de asco.
Narcissa sonrió condescendiente y lo miró con ternura. Estiró una mano y la colocó sobre la pétrea de su hijo.
—Comenzarte a ganar el perdón de alguien.
Gracias por leer ;)
clara kuchikiii: Gracias por el comentario y espero que te haya gustado el capítulo!
pinknOz: Me alegra tenerte con la intriga, y ya veremos qué sucede con nuestra bruja favorita! gracias por comentar!
