El día de los resultados
El tercer día había llegado. Jamás lo aceptaría pero estaba ligeramente nerviosa. Se había levantado como siempre, puntualmente a las ocho de la mañana y siendo las nueve con treinta y ocho minutos, estaba lista para bajar a desayunar con el recién llegado Harry Potter.
Ese día iba vestida con unos shorts blancos debido a que el calor iba de mal en peor. Una blusa de tirantes de espagueti color azul cielo y unos tenis blancos. El cabello lo había atado en una apretada cola de caballo, haciendo que sus rizos se vieran más prominentes. Como siempre, no había utilizado nada de maquillaje. Ese día, se sentía muy feliz aunque no hubiera una explicación razonable. Simplemente no podía borrar la sonrisa que tenía en su rostro.
Bajó casi bailando los escalones, tropezando en más de una ocasión pero finalmente llegó al pie sin un rasguño. Caminó con tranquilidad y al acercarse a la cocina, alcanzó a escuchar más de una voz.
—¿Harry?— entró a la pequeña habitación, viendo que el aludido no se encontraba solo—¡Ginny!
La pelirroja se puso de pie cual resorte, y apresó el menudo cuerpo de la castaña, estrujándola con fuerza y amenazando con romperle cada hueso de su cuerpo.
—Merlín, te extrañé— dijo en su oído, finalmente soltándola.
La pelirroja, como siempre estaba radiante. Caminó y se sentó junto a Harry, que estaba en la cabecera, ya disfrutando de una taza de café.
—Nos vimos el miércoles…— aclaró, tomando asiento y recibiendo un plato con exuberantes cantidades de comida, pero siempre a la perfección— gracias.
—Un placer, señorita Granger— Kreacher, a pesar de estar haciendo una mueca, se alejó dando una reverencia.
—Me ofendes Hermione, yo que vengo a visitarte…— sonrió la menor de los Weasley, engullendo su plato de comida.
Hermione sonrió manteniendo sus labios cerrados y tragó el gran bocado de huevos revueltos y después estiró su brazo para tomar un trago de jugo de naranja recién exprimido y terminó aquel ritual limpiándose las comisuras de su boca con una servilleta de tela.
—Si mal no recuerdo, fue tu misma contestación cuando te fui a ver el miércoles.
Harry, que había estado leyendo la nueva sección del profeta, a pesar de continuar sin creer todo lo que dice detuvo el movimiento de sus ojos y se quedó viendo una palabra fijamente. Después, dejó que la mitad del papel cayera y vio a través de sus torcidos anteojos a la castaña que tenía como mejor amiga.
—¿Miércoles?— levantó una ceja y terminó por doblar el periódico en cuatro, dejándolo a un lado— ¿por qué fuiste un miércoles a la madriguera? Estoy completamente seguro de que tú jamás rompes tu agotadora rutina.
Hermione sonrió educadamente, dejando en la mesa la taza de té que estaba bebiendo y abrió la boca para responder pero se sorprendió al ser interrumpida por la pelirroja.
—No fue nada, simplemente le pedí que interrumpiera esa agotadora rutina para que me acompañara de compras, ya sabes, cosas de chicas.
Hermione levantó la mirada para ver fijamente a la pelirroja sin lograr comprender por qué la bruja no le decía a Harry que simplemente se había confundido de día pero desistió al ver un guiño por parte de la de ojos miel.
—Mi rutina no es agotadora. Y, ah… este, sí… fuimos de compras— dijo sin ver a Harry y regresando a su tarea de comer.
Siempre fue una muy mala mentirosa, ya se lo habían dicho. Cuando era pequeña e intentaba decirle a su mamá que había perdido el dinero que le había dado para comprar un libro, su madre siempre podía saber que no era así, que lo que realmente estaba buscando era más dinero para comprar más libros. En Hogwarts la historia fue muy similar, de hecho. Jamás pudo mentirle del todo bien a sus amigos y no que lo intentara, es sólo que cuando lo hacía… no le creían. Ellos le dijeron más de una vez que algo siempre la delataba. Decían, que arrugaba ligeramente la nariz y que evitaba verlos a los ojos. Decían que respiraba más rápido de lo normal y que su forma de hablar era diferente, más acelerada. Se quedó en blanco al escuchar tales revelaciones y decidió que mejor era decirles la verdad por muy cruda que llegue a ser a veces.
—Muy bien— sonrió Harry—. ¿Y se divirtieron?
Hermione no diría precisamente que se divirtió pero definitivamente no se la pasó mal. De hecho fue una experiencia nueva; algo que jamás había hecho. Siempre que iba de compras, era para comprar su útiles escolares o uno que otro libro, pero jamás iba para pasar el rato, a ver qué encontraba. Fue… distinto. Aunque la tarde tan tranquila que habían tenido resultó ser muy diferente a la estipulada. Ginny terminó abandonándola en un hospital a ser revisada con un doctor que aún no podía determinar si le agradaba o no. Esperaba realmente que ese día fuera el último que lo vería, que le diría que todo estaba bien y que podía irse tranquila.
—Sí… mucho— respondió finalmente.
Se quedó absorta en sus pensamientos por un buen rato hasta que se dio cuenta de que el joven recién integrado al cuerpo de aurores se marchaba y ella se quedaba sola con Ginny. Miró su reloj de mano y se dio cuenta de que faltaban diez minutos para que comenzara su horario de estudio. Terminó por devorar lo que había en el plato y se tomó en sólo un par de tragos su té y su jugo y finalmente se puso de pie.
—Es mi hora de estudiar.
Hermione, ilusamente, pensó que esa era un manera sutil de correr de Grimmauld Place a la novia de su mejor amigo pero no fue así. La hermosa pelirroja iba detrás de ella, sonriente e ignorante de la creciente molestia en Hermione. Pero no dijo nada, no quería ser grosera. Juntas se metieron a lo que era el santuario de Granger. Grandes repisas repletas de libros de todos los tamaños y tópicos. Un paraíso en la tierra para brujas como Hermione Granger, adictas al poder que brinda el conocimiento, esa superioridad que jamás termina y solamente estudiando se supera.
Ignorando a su mejor amiga, la castaña caminó a una de las mesas alargadas que le recordaban a su amada biblioteca del colegio, donde ya habían varios libros cuidadosamente apilados y ordenados, y sin más se sentó a leer.
Podía sentir la mirada taladrante de la pelirroja en su frente. Era desquiciante y levantó una ceja, desconcentrándose al tratar de controlar sus impulsos.
—Hermione…— la voz de Ginny la sacó de sus instintos homicidas.
—¿Sí, Ginny?— preguntó amablemente pero ella pudo detectar unos dejes de irritación en su tono de voz aunque al parecer Weasley no pudo percibirlos.
Simplemente para alimentar aquella irritación, la pelirroja no respondió al llamado de Granger. Se quedó en silencio y nuevamente, esperanzada, Hermione retomó su lectura creyendo que esta vez no abrían interrupciones en su estudio. Pero comenzó a escucharse un ruido molesto. Era como si rechinara algo de piel. No se detenía y ponía los nervios de la castaña de punta. Rodó los ojos para alcanzar a ver de dónde provenía ese sonido y encontró el origen: su mejor amiga. Se estaba moviendo como gato en el sillón de cuero negro de la biblioteca, como buscando el mejor lugar para acomodarse. Bajó de nuevo la vista, intentando hacer oídos sordos hasta que finalmente lo consiguió.
—¿Hermione?
Los dedos de la aludida se aferraron tan fuerte en el libro que por un momento pensó que atravesaría las hojas. Inhaló aire y lo exhaló ruidosamente, esperando que la muy perspicaz leona lo percibiera y captara el mensaje.
—Me aburro.
—Ponte a leer algo.
—Me aburriría aún más— concluyó con desgana, sintiendo flojera incluso para hablar.
Rendida, Hermione marcó la página en la que estaba leyendo y cerró el libro. Con cuidado, lo puso en la cima de la torre. Sabía que Ginny no la dejaría en paz hasta que deje de sentirse "aburrida" y era mejor detener su lectura por un momento, entretener a su mejor amiga y después retomar su lectura.
—Muy bien… ¿qué quieres hacer?— cuestionó, cruzando los brazos sobre la tabla de madera.
Ginny se enderezó y pareció pensarlo fuertemente por unos minutos. Hermione no podía evitar sonreír al ver esa actitud por parte de su mejor amiga. Ella tenía un carácter fuerte, comparado con su cabello rojo como el fuego. Impredecible, vivo, fugaz y bello de cierta manera. Pero a veces, se convertía en una pequeña llama, ligeramente infantil, como en esos momentos.
—Hablemos.
Hermione… no era muy buena con eso de hablar nada más por hablar. Se el daba argumentar. Dar razones, planificar, ayudar… por alguna razón nunca fue muy cercana con las chicas con las que compartía habitación en Hogwarts. Ella no era de la de los chismes, hablando de niños, ropa y maquillaje. Pero su Ginny quería hablar, ella hablaría.
—¿Por qué no le dijiste a Harry que me había confundido de día?— preguntó, recordando lo que pasó en el desayuno.
Ginny sonrió abiertamente y la vio con incredulidad. Se puso de pie en un salto y caminó con tranquilidad hasta la mesa que ocupaba Hermione. Abrió una silla y se sentó abruptamente, viéndola con ojos entrecerrados.
—Muy fácil. El hecho de que te hubieras equivocado de día fue lo que hizo que yo te sugiriera hacerte una revisión, ¿recuerdas? — la castaña sabelotodo asintió— y bueno, te fuiste a hacer esos estudios… sería simplemente preocupar a Harry, ¿no lo crees?
Granger lo pensó unos momentos y tuvo que darla la razón a su mejor amiga. No entendía cómo es que no se dio cuenta en ese momento pero ahora le encontraba mucho sentido a no contrale al héroe nacional.
—¿Hoy te entregan los resultados?
Hermione hinchó el pecho al inhalar una gran bocanada de aire y asintió con desgana y mueca de frustración. Se mordió el labio inferior sintiendo nuevamente la ligera presión de los resultados de aquellos estudios. Sabía que todo estaría perfectamente, no tenía nada de qué preocuparse. Es sólo que no quería que le den alguna medicina o poción que vaya a afectar su rutina, eso lo tenía más que decidido. Aunque si el doctor Brooks le diera un par de esas pociones verdes para los dolores de cabeza, se lo agradecería eternamente. Ayer le había dado una brutal. Lamentablemente había roto su rutina para irse a la cama antes, y tardó muchísimo en poderse dormir.
El día pasó volando y antes de que lo quisiera, ya había terminado de comer su estofado de carne y ya se dirigía por el parque de siempre hacia el árbol más alejado para desaparecer. Sabía perfectamente que pudo haber utilizado la chimenea de Grimmauld Place, pero estaba haciendo todo lo posible por retrasar su llegada al hospital. Lamentablemente, a pesar de ser una bruja brillante, no era capaz de detener el tiempo.
Estaba nuevamente sentada en el amplio sillón blanco frente a una puerta blanca que la separaba del lugar donde tuvo su consulta. Estaba más nerviosa de lo que quería admitir y eso no le gustaba ni tantito. Muy dentro de su ser, sabía que estaría todo bien pero no podía evitar afirmar que tanto misterio, tantas preguntas y los tres días de espera fueron por no decir, intimidantes. Pasaron lentas las horas y constantemente pensaba en los posibles resultados de los estudios. Agotamiento por sus largas horas de estudio, diciéndose que esto era lo más probable. Se excusaba argumentando que tantas horas de desgaste con su cerebro, se le estaban cobrando y que solamente tendría que descansar una semana… cree que podrá hacerlo por una semana. Pero por más que buscaba, no encontraba otro posible escenario a su supuesta enfermedad. Sonreía de sólo pensar que Ginny la estaría esperando en casa para que ambas celebraran que no fue nada grave.
—¿Hermione Granger?— como resorte, la joven bruja se puso de pie.
—Soy yo.
—El doctor Brooks ya puede atenderla.
Aquella era una enfermera diferente, pero el patrón era el mismo. Mismo uniforme blanco y mismo nudo en la nuca. A diferencia de la otra, esta tenía unos labios de un rosa muy obscuro y las uñas de las manos a juego.
Respiró hondo y se dio fuerza mentalmente.
Siguió a la joven bruja enfermera y se sentó en la misma silla que hace tres años. Le indicó que esperara unos segundos, que el doctor llegaría en unos momentos y sin más se marchó dejándola sola. Los ojos chocolates instantáneamente se fueron a posar a la imagen del cerebro de colores. Nuevamente se preguntaba si así sería la imagen que produzca la máquina mejorada del doctor Brooks. Tragó saliva. No estaba muy segura de querer ver así ese brillante cerebro que tenía.
—Hermione, buenas tardes— habló alguien detrás de ella, sobresaltándola.
Giró y le sonrió amablemente a David, que cerraba la puerta detrás de él. Venía muy similar a la vez pasado pero estaba mucho más serio y estaba leyendo detenidamente las hojas en una tabla de metal. La castaña no podía evitar pensar que esas eran las hojas de la entrevista que tuvieron en la consulta pasada. Por otro lado, en una de sus manos llevaba un gran sobre amarillo, plano y muy alargado.
El doctor caminó sin ver por dónde iba, seguramente ya conociendo el camino de memoria y finalmente se sentó.
—¿Cómo te has sentido Hermione?— inquirió cruzándose de brazos sobre su escritorio y viéndola de esa manera que sólo él sabía hacer, o al menos eso intuía la castaña.
—Bien— aseguró.
—Excelente… ¿algún otro incidente como los que me contaste?— nuevamente había sacado una hoja y había comenzado a escribir las respuestas.
La castaña, como siempre pensaba antes de decir la respuesta a cualquier pregunta que se le hacía. Digamos que en esa semana no hubieron muchos incidentes. El dolor de cabeza de la noche anterior, y en la mañana al día siguiente de la consulta, se había confundido de cajón, abriendo el que creía era de ropa interior y se encontró con que era el de sus calcetines. Por otro lado, también el día anterior por la mañana, que salió a comprar unas manzanas para practicar un hechizo, se tardó un poco más de lo normal en llamar a Tom el vagabundo por su nombre, pero acabo recordándolo y no pasó a mayores.
—Pues… algo así— entrecerró los ojos e hizo una mueca y levantó un hombro.
David levantó las cejas y bajó su pluma, viendo con un ligero deje de aburrimiento a la heroína del mundo mágico.
—Necesito que me digas la verdad— le señaló la obviedad.
Hermione resopló.
—Bueno, pues me confundí de cajón y se me olvidó por unos momentos el nombre de… un conocido— habló muy rápido.
Obviamente, Brooks logró escuchar a la perfección lo que ella le dijo.
—¿Dolores de cabeza?— ni siquiera levantó la mirada.
—Sí, ayer por la noche…— llevó dos dedos y se rascó la ceja.
Definitivamente no le gustaban las visitas al doctor, y ahora además de oler a antiséptico, alcanzaba a percibir, como dice Ginny, olor a enfermo.
El doctor David Brooks asintió y finalmente bajó su pluma, dejándola a un lado. Agarró la hoja que recién escribió y la unió al montón que tenía en la tabal de metal. Estaba extrañamente silencioso, y ni siquiera la volteaba a ver. Observaba fijamente a la nada que había delante de él. Ese silencio no le gustaba a Granger pero no dijo nada, seguramente se preocupaba de más.
—Hermione, necesito que recuerdes bien y seas muy sincera conmigo— bueno, ahora sí sentía que podía preocuparse pero a pesar de esto, asintió confirmando que obedecería—… ¿estás segura de que no te golpeaste la cabeza? Puede ser hace más de dos meses…
La castaña se mordió el labio inferior y pensó con muchas fuerzas cómo fue su vida hace más de dos meses y a la mente sólo le venía una cosa: un caos. El mes después de la guerra estuvo pasándolo casi todos los días en el ministerio, declarando o siendo testigo de los juicios, o dando sus respetos a las familias de los fallecidos durante la batalla de Hogwarts. Si iba más atrás en sus recuerdos, estaba la batalla y todo lo que pasó antes.
Entonces lo recordó. Fue un flash en su memoria que le hizo darse cuenta de que efectivamente había tenido un golpe en la cabeza. Había sido mientras corría por uno de los pasillos durante la batalla. Realmente no le dio mucha importancia porque sino, lo más probable es que una de las maldiciones de un terrorífico color verde la alcanzara.
—Bueno… durante la batalla de Hogwarts tuve muchos golpes, pero se podría decir que uno fue muy fuerte — una de sus manos subió hasta su cola de caballo y la desató, para después revelar una cicatriz en la cima de su cabeza —, un pedazo de roca que se desprendió del techo y me golpeó.
Brooks estaba terriblemente serio. Observó con detenimiento aquella herido y asintió, agarrando la tabla y anotando la nueva información. A Granger no le gustaba esa seriedad. Esa falta de comentarios mordaces que había experimentado solo una vez. Y ya saben lo que dicen acerca de eso en los doctores…
—Me temo que no tengo buenas noticias.
El corazón de Hermione se detuvo. Verdaderamente dejó de latir. Cualquier rastro de sonrisa o expresión despareció de su rostro. Sus labios quedaron entre abiertos y se mostraba lívida. Frunció las cejas y vio al piso. Sus manos habían comenzado a temblar y tuvo que hacerlas puño para que no se mostrara.
—¿Qué quieres decir?— preguntó Hermione fingiendo que nada sucedía pero en su voz se alcanzaba a percibir el nudo en la garganta que se había formado.
Si David Brooks lo detectó, no dijo nada. Estaba completamente serio y eso realmente preocupaba a la castaña. Ahora en su mente tenía el pero escenario posible: tendría que dejar de leer porque… no encontraba ninguna razón que justifique eso, no sabía qué pensar.
—Hemos encontrado la causa de tus… — vaciló por unos segundos, relamiéndose los labios— despistes y dolores de cabeza. Me temo Hermione…
Se quedó callado por unos segundos, sabiendo que la noticia que estaba por decir era un shock emocional muy fuerte. Sentía una gran pena por lo que le estaba pasando a su paciente.
—¿Qué?— exigió Hermione, poniendo uno de sus puños sobre el escritorio.
David suspiró y se puso de pie, llevándose consigo el gran sobre amarillo. Abrió el sobre y sacó dos imágenes muy grandes, que pegó en unos recuadros en la pared. Hermione no alcanzaba a ver nada, eran simple placas de plástico negro. Hasta que Brooks prendió un interruptor. Y alcanzó a ver su cabeza. No era como la imagen de colores que venía, simplemente se alcanzaban a ver cosas en blanco, no las entendía muy bien.
—Esto que ves aquí— señaló a un pedazo en blanco en la parte superior del centro de su cerebro. Tenía forma similar a una uña rota. Hermione solamente asintió—, es una parte de tu cráneo.
La castaña abrió los ojos desmesuradamente. Con un ademán de mano el indicó que prosiguiera. Empezaba a odiar las pausas que daba su doctor, dándole un aura misterioso a todo que en vez de ser interesante, lo volvía preocupante y desesperante.
—Al parecer, el golpe que te diste durante la batalla— explicaba solemnemente—, hizo que se te despostillara este pedazo de cráneo y se incrustó en los pliegues del cerebro. Al estar fuera de su lugar comenzó un proceso de descomposición, causando una infección cerebral. Lamentablemente no es posible retirarlo por el lugar en el que se encuentra.
Hermione estaba hipnotizada con la imagen. Alcanzaba a ver muy poco, era una vaga fotografía de la verdadera imagen, lo sabía pero aún así era muy impresionante pensar que eso, retenía tanta información.
Seguía realmente sin captar lo que sucedía.
—¿Y luego?— el nudo en su garganta era más grande y más apretado conforme pasaban los segundos.
Algo no iba bien, lo podía percibir.
—Por lo que me has dicho, tus dolores de cabeza son ocasionados por esto— señaló nuevamente el pedazo de hueso en forma de uña—. Pero los despistes, que olvides las cosas, son ocasionados por la infección cerebral que ocasionó la despostillada.
Hermione lo miraba aún sin entender a qué iba a llegar y él logró ver eso en su mirada. Inhaló hondo, lo que iba a decir era muy fuerte.
—Las infecciones cerebrales pueden atacar el cerebro de distintas maneras. Matando a un pedazo de este, ocasionando la pérdida de facultades como el habla o la vista, pero en la mayoría de los casos, es matando a las neuronas y células cerebrales.
Hermione asintió con pesadez, comenzando a captar el hilo de la historia, aunque sabía que aún faltaba mucha información. Brooks le estaba ocultando algo y quería saberlo ya.
—Al parecer la infección está afectándote en un área cerebral en específico. Los ganglios basales. Esta parte, digamos que se encarga de seleccionar los recuerdos que se retienen, tanto de corto como de largo plazo.
David bajó los brazos que había estado moviendo para explicar y los entrelazó en su regazo. Observaba a la bruja de cabellos rebeldes sentada aún en su silla y podía ver el entendimiento de lo que explicaba en su mirada. A pesar de esto, ella permanecía en silencio sin moverse. Solamente podía decir que no era estatua por el subir y bajar de su pecho que indicaba que respiraba todavía. Lo fuerte estaba a punto de venir ahora. La verdad de las cosas y no podía retenerlas aún más.
—Hay una enfermedad— explicó sin perder de vista los ojos chocolates—, que se llama Pérdida de Memoria Gradual. Básicamente…
—Sí— Hermione cerró los ojos—, vas perdiendo lentamente la habilidad de recordar… y se te olvida lo ya recordado.
Nuevamente, el hombre vestido de blanco asintió, dándole la razón a la bruja más brillante de su generación.
—El hecho de que la infección afecte los ganglios, ha causado que se desarrolle esa enfermedad… lo lamento mucho.
Hermione levantó una mano y cubrió sus ojos. Sintió un repentino ardor y sabía que las lágrimas se reunían por sus pestañas dispuestas a correr en libertad, pero la castaña no iba a dejar que cayeran. No ahora y tampoco después. Las cosas son como son y hay que aceptarlas
—¿Hay cura?— cuestionó sin quitar la mano.
David Brooks escuchó perfectamente cómo la voz se le rompía pero nuevamente, no comentó nada al respecto.
—No.
Ahora si, Hermione quitó su mano y se quedó viendo fijamente al suelo, mordiéndose rápidamente su labio inferior. La piel alrededor de los ojos se mostraba ligeramente enrojecida y su mirada estaba perdida.
—Si lo necesitas— habló el doctor caminando hacia la puerta—, te puedo dar unos momentos a solas…
—No voy a llorar si es lo que crees— espetó mucho más ruda de lo normal. Brooks detuvo su andar y se fue a sentar a su silla.
Granger se giró y lo miró fijamente.
—¿Y ahora qué?— quiso saber qué iba a ser de su vida.
—Pues, el cerebro es un órgano impredecible… la memoria podrás perderla en el transcurso de semanas o pueden tardar años, no lo sabemos. Lo que te puedo asegurar es que tus rutinas diarias se verán estropeadas… será mejor que siempre estés acompañada ya que tendrás días buenos y días malos.
La castaña iba asintiendo a cada palabra que le decían, asegurándose de retener toda esa información aunque… ahora sabía que no serviría de mucho puesto que terminaría olvidándolo todo.
—¿A qué te refieres con días buenos o malos?
—Habrá días en los que nada será diferente. Recordarás todo, o tal vez tengas algún despiste, esos serán los días buenos. Los malos…— tenía que ser directo, como su doctor— serán difíciles. Podrá ser que no recuerdes el nombre de tu mejor amigo, o el de tu vecina de la infancia. Puedes olvidar tu camino a casa o incluso olvidar momentáneamente quién eres.
Hermione abrió los ojos con terror. ¿Olvidarse de quién era?
—¿Lo olvidaré?
—¿El qué?
—Quién soy… ¿simplemente olvidaré todo? — había miedo en su voz y esta vez no hizo nada por ocultarlo. Sus manos se ceñían con fuerza a su blusa, arrugándola completamente.
El doctor Brooks asintió.
—No olvidarás a hablar, ni caminar, escribir, eso jamás… pero sí olvidarás tu nombre, quién fuiste o que eres una bruja. Simplemente todos esos recuerdos desaparecerán de un día a otro.
Granger quería desaparecer en ese momento. No podía estar pasándole esto a ella. David estaba diciéndole unas cosas pero ella no escuchaba, le era imposible, ¿para qué? De todos modos terminaría olvidándolo… con parsimonia se puso de pie, cortándole el rollo al doctor. Le dio las gracias y sonrió débilmente. Él le dijo que quería verla una vez por semana y que hablarían de lo que podrían hacer de ahora en adelante además de unas medicinas.
Ella solamente asintió y salió del consultorio.
Iba caminando con la mirada en el piso, pensando en lo que acababa de escuchar, inevitablemente, varios de sus mejores recuerdos se reproducían, uno tras otro, recordándole que pronto lo iba a olvidar. Iban a desaparecer como el polvo tras un hechizo limpiador.
Estaba tan absorta que no reparó en que había alguien conversando con una enfermera en la mitad del pasillo, hasta que ella chocó con su espalda.
Unas manos frías sostuvieron su cuerpo para evitar que cayera.
Le dio las gracias y le sonrió, viéndolo terriblemente familiar. El no poder decir si lo conocía o no, fue motivo suficiente para querer salir de ahí, y estaba a punto de hacerlo sino fuera porque ese hombre la detuvo por el codo.
—¿Granger?— cuestionó alguien.
Su voz era escalofriantemente conocida pero en esos momentos no tenía tiempo para pensar a quién le recordaba.
—Lo siento… no sé quién eres.
Sin más, se alejó, dejando atrás a un muy confundido, muy enojado, y demasiado ofendido Draco Malfoy.
Gracias por leer ;)
Clara: Bueno, pues sí que te gusta leer entre líneas! me encantaron tus teorías, pero efectivamente para estas alturas ya debes de saber que no son verdad! ahah y bueno, ya veremos lo del golpe! Lucius tenía que estar en Azkaban de por vida linda, no puedes reprocharme nada, además, le dejé a una excelente Narcissa! ahahaah yo también amo a los Black y Malfoy (son perfectos dentro de su imperfección) gracias por comentar! xoxox
