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Déjame ayudarte.
El silencio reinaba aquel lugar.
Hermione recordaba perfectamente cuando en ese mismo lugar habían reuniones, y el lugar siempre tenía más gente de la que podía albergar. Fue durante el verano antes de su quinto año y supo de la Orden de Fénix. Todos se reunían en las noches a escuchar las actualizaciones sobre el regreso de aquel-que-no-debe-ser-nombrado. Aún recordaba que a pesar de que los miembros estuvieran en silencio, siempre se alcanzaba a escuchar algo. El murmullo de Sirius, comentándole algo al profesor Lupin, o Molly regañando a alguien en susurros demasiado fuertes para ser llamados susurros. O también estaban Alastor y Snape, gruñendo para mostrar su desacuerdo con algo.
Pero esta vez era diferente.
Un silencio inquebrantable los había cobijado. Hermione acababa de decirles lo que les dijo el doctor Brooks. Había guardado esa información por dos días, actuando como si nada hubiera pasado, siguiendo su rutina sin detenerse a pensar en lo que le había dicho David. Era perfecto, pero sabía que tarde o temprano debía decir que pronto, no recordaría ni siquiera que era poseedora de una varita. Fue esa mañana, en la que llegaron de sorpresa Ronald y Ginny Weasley de visita.
La pelirroja, había supuesto que los resultados de los exámenes habían sido insignificantes y nada preocupante, debido al silencio por parte de la castaña y sacó a relucir el tema preguntándole a la castaña exactamente qué había dicho el doctor.
Ahí comenzaron las preguntas.
¿Qué había sucedido? ¿por qué fue al doctor? ¿qué exámenes? ¿estaba enferma? ¿quién la había lastimado? Y finalmente… ¿qué dijo el doctor, acerca de los resultados?
No hubo manera de desviar la respuesta de esa pregunta, simplemente era… intimidante.
Tomó el valor que tanto caracterizaba a la casa en la que permaneció por seis años y fijó la vista en un espiral en la madera de la mesa. Puso sus manos en puños y abrió la boca, recitando casi de memoria lo que había dicho el doctor Brooks. Había terminado hace casi diez minutos y nadie parecía salir de su ensimismo por un poco más de tiempo.
—Bueno…— habló Hermione de repente, sintiéndose incómoda por que nadie dijera nada— digan algo.
Su voz había sonado más chillona de lo que normalmente se escuchaba, pero esta vez nadie hizo algún comentario al respecto.
Harry estaba sentado en la cabecera, la silla que siempre había ocupado su padrino. Tenía las manos en puños sobre la mesa y su mirada estaba clavada en ellas. No parpadeaba, no se movía. Ginny, que estaba sentada a su lado, tenía una mano sobre sus labios y sus ojos estaban abiertos de par en par. De vez en cuando, negaba con la cabeza como si fuera incapaz de comprender lo que le dijo su mejor amiga. Ron, por otro lado, estaba de pie, recargado en la pared y con los brazos cruzados. Sus ojos estaban fuertemente cerrados y un tenue rubor de enojo se extendía por sus mejillas. La castaña parecía ser la única tranquila del lugar y ella entendía su reacción. La suya fue muy similar. Se había cubierto los ojos en un inútil intento de no ver lo que estaba delante de ella: la cruda verdad.
—¿Estás segura?— habló de repente Ronald, enderezándose y enfrentándola con las cejas fruncidas.
Hermione adoptó una expresión similar. Frunció las cejas y enderezó su espalda, lanzando los hombros hacia atrás y sacando el pecho. Levantó el mentón y lo miró con los ojos más amenazadores que había sido capaz de invocar jamás.
—¿De que me quedaré sin recuerdos?— preguntó con voz amablemente forzada— sí, estoy completamente segura.
Weasley se mostró tanto avergonzado como molesto por la respuesta pero no dijo nada más. Regresó a su pose de antes intentando procesar por completo la realidad para después batirse en un duelo interno hasta aceptar las cosas como son.
Granger conocía esa mirada perdida en los ojos azules. La llevaba teniendo ella por dos días. Simplemente no es fácil que te digan que prácticamente desaparecerás. Siempre le costó trabajo llegar a ser quien es ahora. Siempre fue el hazmerreír de la escuela debido a sus dientes alargados y su cabellos incontrolable. Fue el objetivo de los dedos estirados que buscaban menospreciarla. Muchas noches ahogó los llantos frente a sus padres cuando en el día la habían llamado "rara" por haber hecho algo. Y entonces todo cambio cuando el timbre de su puerta sonó y recibió a una mujer con sombrero puntiagudo. Descubrir que fue una bruja se convirtió en una bendición.
Hogwarts significaba para ella una segunda oportunidad. Un lugar en el que podría comenzar de cero y ser la niña que siempre quería ser. Pero sus sueños se vieron aplastados como una simple mosca. Llegó a ese maravilloso castillo para encontrarse con que volvía a ser el objetivo de burlas. Sabelotodo; sangre sucia; insufrible. La volvían a categorizar. Pero por una razón había terminado en la casa de los valientes. Ya era grandecita y no se dejaría pisotear por nadie. Buscó un refugio y lo encontró en los libros, en esos maravillosos objetos que se volvieron su compañía. Descubrió que podía ser alguien con ayuda de ellos. Aprendió y sacó a relucir su habilidad y brillante cerebro en cada clase, sobresaliendo por sobre todos y cada uno de sus compañeros. Siempre era la que más puntos ganaba para su casa, la receptora de los halagos de los profesores. Fue ella a la que llamaron prefecta y sabía que iba a ser llamada premio anual. La bruja que siempre ayudó a sus amigos con sus al parecer inagotables conocimientos, dando los mejores consejos posibles y tratando de mantener a las personas en el camino del bien. Ella fue perseverante y luchó por lo que creía correcto. Ayudó a Harry a vencer al señor tenebroso y ahora era respetada por toda la comunidad mágica, conocida como la heroína del mundo mágico, a pesar de sus dientes, del desastre de su cabello y a pesar de su sangre. Ella se creó. Ella era Hermione Granger.
Y lo iba a olvidar todo.
Iba a dejar de existir.
—No puedo creerlo— habló Ginny sacándola de sus cavilaciones que iban en un rumbo muy deprimente.
Granger inhaló hondo con lentitud, sintiendo el oxígeno adentrarse a su sistema. Después, lo dejó escapar ruidosamente y se encogió de hombros. Lamentablemente no tenía respuesta para esa declaración.
El repentino golpe que dio el de anteojos en la mesa sobresalto al resto. Harry se puso de pie y pasó su mano por el desordenado cabello.
—Debe de haber algo que podamos hacer— Harry siendo Harry. Había duda en su voz. Ambos sabían que no había cura, ella lo había dicho porque Brooks se lo había dicho.
—Aceptarlo— Hermione sonrió con melancolía poniéndose de pie y caminando hacia su mejor amigo.
Para el niño que vivió, aceptarlo iba a ser muy difícil. Él había perdido a tanta gente en su vida. Primero fueron sus padres. Su padrino, Remus, Dumbledore, Fred… muchas personas, nombres y nombres que se apilaban en los hombros de Potter. Tantas muertes que lloró y lamentó. Y ahora, perdería a su mejor amiga sin perderla realmente. Porque ella estaría ahí, sonriendo y seguramente leyendo, pero no sabrá quién es él. No sabrá quién es ella. Simplemente no sabrá. La habrá perdido en vida. Y no creía que hubiera peor pérdida que esa. Por eso no podía aceptarlo, debía de haber algo que hacer, alguna cura aunque ese doctor diga que no.
Pero tampoco era iluso.
Tanto tiempo en guerra lo obligó a aprender eso de una manera u otra pero terminó sabiendo que lo mejor era no hacerse ilusiones. Es sólo que por el momento… no podía ver una solución posible o viable.
—No quiero perderte…— susurró aunque todos lo escucharon a la perfección.
La mano de la castaña se posó en su mejilla y la acarició con cariño, como lo hace una hermana con su hermano. Intentaba tranquilizarlo sutilmente aunque sabía que necesitaría de tiempo para aceptar las cosas, como ella lo ha hecho.
—¿Estás preocupada?— Ginny seguía sentada, viéndola fijamente como sólo ella sabía hacerlo.
La de ojos chocolates lo pensó unos minutos. En sí, no estaba preocupada. Estaba triste, desolada y ligeramente enojada pero no se podía decir que estaba preocupada, al menos no por ella.
—¿Para qué me preocupo? — sonrió abiertamente aunque el brillo no llegó a sus ojos—Después de todo, terminaré olvidándolo.
Ginny sonrió tenuemente por el comentario de su mejor amigo pero cualquier atisbo de sonrisa desapareció raudamente, dejando nuevamente una expresión de tristeza que antes se mostraba en el rostro de la pelirroja.
—Bueno, ese es un pensamiento demasiado positivo, incluso para ti— comentó Ron, tomando asiento junto a su hermana.
Hermione soltó unas risitas.
El silencio volvió a rodearlos al igual que las profundidades de sus pensamientos.
No estaba preocupada por ella. Estaba preocupada por ellos. Ellos serían los que tendrían a su lado a una mujer que no sabe quién es. Que de seguro, el día que no recuerde nada será un caos y gritos y desastre y ella odiaba eso y jamás quisiera condenar a su amigos a eso. Estaba preocupada, porque Brooks explícitamente le dijo que tenía que estar acompañada todo el tiempo, pero tampoco podía hacer que ellos interrumpan sus vidas para cuidarla, no era una bebé.
Podía imaginarse su futuro. Amaneciendo un día y reconocer el rostro de Harry, más no poder ponerle nombre a esa persona. Y después, caminar sin saber por dónde, o querer ir a algún lugar y no recordar por dónde tenía que irse. Sabía que llegaría el día en que no recuerde cuando le llegó su carta de Hogwarts o que no sepa elaborar un hechizo convocador. Y las cosas simplemente empeorarían. No sabrá para qué sirve su varita, o peor, no sabrá que es bruja. Y finalmente llegará el día que no quiere ni imaginar pero que se reproduce en su cabeza como si de una escena de una película se tratara. Llegará el día en que no sepa quién es. Y después ya no sabría qué iba pasar. Las cosas eran inciertas. Puede ser que vuelva a comenzar su vida pero los ganglios estarían completamente afectados y no podría crear nuevos recuerdos. Su vida se quedaría paralizada, sin poder ir hacia delante ni poder ir hacia atrás. Siempre atorada en ese momento que se alargará hasta el día que se muera.
Sí, definitivamente eran pensamientos depresivos y lo positivo se fue con la contestación de Ron.
Vaya vida que le esperaba.
Y lo peor, es que ahora se daba cuenta de demasiadas cosas. En primer lugar, ella había hechizado a sus padres para que la olvidaran por completo. Mira que eso del karma mucha gente no la cree, pero ahora ella iba a olvidarlos a ellos. Simplemente una jugada del destino con muy mal sentido del humor.
Después, y reaciamente aceptaba, que su vida había estado en un ciclo aburrido de rutinas y reglas que la llevaron a vivir en la monotonía y ahora, se olvidaría por completo de los sueños locos y aventurados que tenía en el fondo de su ser, más nunca había hecho debido a que tenía tiempo. Ahora, no tenía ni tiempo debido a que pronto olvidaría que tenía esos sueños siquiera. Simplemente fantástico.
—Hermione…— Ginny volvió a sacarla de su ensoñación y la hizo recordar en dónde estaba y con quién— ¿qué es lo que vas a hacer por el momento?
Esa era una excelente pregunta. No lo había pensado del todo debido a que ignoró el asunto lo más fuerte que pudo y lo logró sobresalientemente. Lo meditó unos segundos, tomando asiento donde usualmente comía el desayuno y el resto de las comidas.
—Por el momento ir con el doctor Brooks en unos días. Dice que hay unas pociones que podrían ayudarme a que las cosas sucedan…— dudó ligeramente— de la mejor manera posible. Creo que estará revisando mi avance y me contará anécdotas de casos similares, no lo sé. Creo que me ayudará a buscar…— cerró los ojos con fuerza un momento— no recuerdo qué.
Y ahí se dio cuenta.
Abrió los ojos.
Ginny tenía lágrimas en los ojos y Harry estaba pálido. Ron se mostraba furioso y Hermione… simplemente se deprimió más, pero hizo todo lo posible por ocultarlo.
Se quedaron nuevamente en un silencio, los tres observando a la castaña que cada vez se ponía más nerviosa por las miradas. No quería tener la lástima de nadie y mucho menos de sus mejores amigos. La opresión de su pecho crecía cada vez más con el pasar de los segundos, al igual que la intensidad de la mirada de sus amigos. Su incomodidad crecía por segundo.
No había nada que decir en esos momentos y el asunto se volvía cada vez más insoportable.
—Yo…— Harry se puso de pie sin mirar a nadie— lo siento… tengo que irme a trabajar.
Sin decir palabra más o siquiera despedirse adecuadamente de las personas que los rodeaban, salió a paso firme por la puerta y después, se escuchó la puerta principal cerrarse abruptamente, sobresaltando a las dos brujas. Ron permanecía serio y enojado, pero pareció entender lo que hacía Harry.
—Yo también me retiro… George ha de necesitar mi ayuda— dijo, dándole un beso en la mejilla a Ginny y después caminó a Hermione.
Se detuvo unos momentos delante de ella, como no sabiendo qué hacer ahora que estaba ahí. Finalmente optó por darle un abrazo de oso, estrujando cada hueso, como si temiese soltarla hasta que finalmente lo hizo y salió sin dirigirle una mirada.
Granger, un poco reticente levantó la mirada y la conectó con la miel de su mejor amiga.
—Merlín Hermione… simplemente no sabré qué… no puedo… realmente creí…— era la primera vez que la castaña veía así a la Weasley. Parecía que le era imposible conectar las ideas.
Sin esperar a que hablara más, Hermione se puso de pie para rodear la mesa y sentarse en la silla que antes había ocupado Ronald. Tomó la mano de Ginny entre las suyas y la acarició como sólo una madre sabía hacerlo.
—Todo estará bien…— sonrió forzadamente porque sabía que las cosas, no estarían bien— ya verás que no será tan malo, en algún momento se reirán de esto porque naturalmente… yo no lo recordaré.
Bueno… ella quería que eso fuera motivo de sonrisa pero recibió una mueca de terror en el rostro de la más testaruda de los Weasley. Sin poder decir algo más, los brazos pecosos de Ginny rodearon su cuello y la atrajeron hacia ella con demasiada fuerza. Hermione tardó unos segundos en reaccionar, pero finalmente hizo lo mismo.
Las mejores amigas se abrazaron en silencio por minutos, tal vez horas. Sabían que algún día… ese abrazo ya no sería posible.
xxXxx
Draco caminaba de un muy malo, terrible, "no me hables ni me mires", humor. Realmente él quería una solución rápida y sencilla para ese sentimiento desquiciante al que su madre catalogó como culpa. Pero no. Claro que no. Llevaba prácticamente una semana yendo a visitar a los Longbottom. Se había encargado de investigar a qué horas visitaba su hijo para no encontrarse con él en ninguna circunstancia.
Siempre iba al menos una hora, a sentarse y no hacer nada. En dos ocasiones había hablado, contando sus problemas que jamás diría a alguien más pero era sorprendentemente reconfortante poder decir lo que le atormentaba en voz alta, sabiendo que alguien e escucha pero lo mejor de todo es que no pueden hablar, así no te daban consejos estúpidos o le decían a alguien tus más obscuros secretos.
Ese día simplemente no tenía ganas de estar ahí y a pesar de eso, ahí estaba. Esa noche no había podido dormir nada, había tenido pesadillas de la guerra y su estancia en Azkaban, y naturalmente, debido a la falta de sueño su humor era comparable con un perro rabioso que ve el sol después de estar tres semanas amarrado en un cuarto. O como de un león que no ha comido en días y por fin le ponen una gacela al frente. Lo mejor era que nadie se le acercara.
Sus pasos eran decididos, con una mano en el bolsillo y su mirada en alto. Las enfermeras ya se habían acostumbrado a verlo por ahí pero siempre que aparecía, trataban de evitarlo a toda costa. Igual pasaba con los pacientes o las visitas. Lo veían, lo reconocían y bajaban la mirada. A él, le venía importando un comino lo que ellos pensaran de él.
Pero fue ese mismo día en el que descubrió una nueva salida en el laberinto que llamaban culpabilidad.
—Lo digo en serio… es Granger— mascullaba una enfermera a la vuelta de un pasillo que Draco estaba a punto de doblar.
Nunca había sido un cotilla pero escuchar aquel apellido siempre captaba su atención, por no decir que seguía completamente ofendido e indignado con la bruja pelo de arbusto. Si cada que lo viera, iba a ser como si no lo conociera, más fácil hubiera declarado en su contra y así su sentencia hubiera sido larga y se hubieran evitado problemas. Pero no, su actitud era tan asquerosamente Gryffindor que simplemente tuvo que hace lo correcto.
—¿Con el doctor Brooks?— continuaron el chisme.
Al parecer eran dos o tres enfermeras arrinconadas contra la pared, conversando de una de las brujas más renombradas al parecer en la historia de la magia. Draco se recargó con desgana en la pared y actuó con indiferencia. Su mirada glacial simplemente advertía que nadie se le acercara a interrumpir.
—Así es… vino hace una semana y media a una revisión— hablaba en susurros una—. Yo fui la que la pasó y estoy ayudando al doctor Brooks con el caso.
—Bueno, pues dinos… ¿qué esconde la heroína del mundo mágico?
Malfoy rodó los ojos molestos. ¿Por qué tanto espectáculo con esa… bruja? Simplemente lucho del lado de los buenos, nada más. No es como el estúpido de Potter, que al menos él sí mató al Señor Tenebroso.
—Es terrible— ahora sí, que Malfoy se acercó más—. Al parecer durante la batalla recibió un golpe en la cabeza y le afectó los ganglios basales.
—¡Oh, por merlín!— exclamó una de ellas, y Malfoy alcanzó a escuchar que la otra jadeaba.
¿Qué? ¿qué significaba eso? Jamás lo diría en voz alta pero quería saber qué es eso.
—Pobre mujer…
De repente, escuchó la voz de un hombre que hizo que ellas se dispersaran y salieran cada una para su lado. Entonces, una pasó delante de Malfoy pero este, con habilidades de buscador, la atrapó por el codo de un brazo y tiró de ella para dejarla frente a él.
—¿Qué pasa con los ganglios basales?— su voz era grave, muy baja a lo normal. Simplemente aterradora. Sus ojos grises miraban fijamente a la pobre enfermera que había comenzado a temblar. Tragó saliva.
—¿Por qué- por qué quiere saber?— preguntó sintiendo pánico al tener a un ex Mortífago viéndola de aquella manera tan imponente e intimidante.
—Hablaban de Granger y los ganglios basales… ¿qué pasa con ellos?— exigió casi en un gruñido, apretando su agarre en el brazo.
No entendía por qué quería saber, pero intuía que tenía que ver con que la última vez que la había visto, actuó de esa manera.
—Pérdida de memoria… la señorita Granger está perdiendo la memoria.
Eso definitivamente no se lo esperaba. Debido a la sorpresa, aflojó el agarre y la enfermera vio su oportunidad para salir se ahí lo antes posible.
xxXxx
Brooks tenía una maquina distinta sobre la cabeza de la castaña. La semana se había pasado volando y estaba en su primera cita que ahora, se convertiría en parte de su rutina diaria.
—Esta vez…— hablaba David Brooks— la máquina lo que hará es ayudarnos a ver cómo se va desarrollando la infección específicamente en los ganglios basales.
Hermione asintió pero no comentó nada. Sentía cosas extrañas en la cabeza debido a la máquina que rodeaba toda su cabeza.
La consulta era similar a las pasadas. Preguntas acerca de su estado, nuevos despistes y cosas que se haya olvidado. Solamente por que él se lo había preguntado, se dio cuenta de que no recordaba cómo se había llamado el gato que tuvo en Hogwarts. Recordaba un poco sobre su mascota pero ahora… ya no tenía un nombre, al menos no en su cabeza. Fue bastante deprimente no poder saber eso y se dio cuenta de que algún día, será su propio nombre el que no recuerde.
—¿Cómo se lo tomaron tus amigos?— inquirió viendo fijamente a la máquina.
Pues lo tomaron, quería decir Hermione, porque aún no se podía decir que lo habían aceptado. Ginny iba más veces a Grimmauld Place y había cachado a Harry observándola de reojo. Iba más a la biblioteca para verla y Ronald la invitaba mucho a ir a la madriguera. Las cosas eran diferentes pero al menos ya ninguno sacaba el tema a menos que no fuera extremadamente necesario. Por ejemplo, la mañana del día anterior, Harry tuvo que recordarle que había dejado el libro en la cocina, cuando ella lo había buscado por cada rincón de la casa. Fue horrible… para ambos.
—Aún deben de aceptarlo… o al menos entender que esto sucederá lo quieran o no— explicó encogiéndose de hombros.
Pasó un tiempo y Brooks no dijo nada, pero Hermione lo agradecía. A pesar de que hablara con fingida naturalidad no significaba que no se sentía morir por el hecho de que olvidaba las cosas.
—Muy bien Hermione, creo que eso es todo por hoy— habló un sonriente doctor, quitándole la máquina de la cabeza—. Te daré unas pociones para los dolores de cabeza y otra más, que digamos son un tranquilizante…— entrecerró los ojos— es principalmente para cuando entre el pánico al olvidarte de algo.
—No entro en pánico— sonrió agradecida de ese hecho.
David la miró con una repentina seriedad y solemnidad.
—Aún.
Alguien debía der darle un premio a ese doctor como hombre con mayor tacto del año. Hermione quedó lívida ante su respuesta y meramente pudo tragar con dificultad, recibiendo una caja con las pociones de color verde viscoso y otras de un color morado con burbujas.
Había quedado venir la próxima semana para otra revisión y para ver los resultados de los estudios de ese día. Sonrió y salió, saludando a Natalie, la enfermera.
Caminaba seria, pensando en lo que había sucedido en esa semana. Había olvidado por completo el nombre de su gato, ahora sabía que cuando quería ir por sus calzones tenía que ir al cajón de su ropa interior y ahora era mejor preguntarle a Harry dónde dejaba sus libros para no perder el tiempo buscándolos por toda la casa.
Simplemente fantástico.
Se acercaba a las chimeneas aunque no iba a utilizar ninguna. Simplemente se iba a desaparecer para caminar unos momentos por el parque, sola, y reflexionar lo que estaba sucediéndole.
—Granger…— dijo alguien a su izquierda, desde el pasillo de los pacientes que están ingresados por daños permanentes causados por hechizos.
Y ahí estaba viéndola fijamente Draco Malfoy. Era impresionante la forma en la que había cambiado y a la vez lo que poco. Se veía más hombre, más maduro. Su forma de vestir era impecable como siempre y su mirada glacial, digna competencia del polo norte. No había expresión ni en su mirada ni en su rostro. Algo que Hermione siempre admiró, fue ese porte aristocrático que envolvía a Malfoy en un aura de superioridad.
Él venía caminando hacia ella con la mirada altiva y arrogante, una mano en el bolsillo de su pantalón. Hermione realmente quería salir de ahí, no quería hablar con él ni con nadie. Solamente quería un momento a solas, ¿a caso era mucho pedir?
—Malfoy, mira, ahorita no estoy de humor… — habló ella levantando una mano y deteniendo el andar del rubio platinado—lamento lo de la última vez pero realmente no tengo ni ganas ni energía como para hablar contigo…
Sin esperar una respuesta, Hermione dio media vuelta, dispuesta a concentrarse para desaparecer. Malfoy conocía el proceso de memoria, pero no la dejaría escapar así como así.
—¡Espera!— gruñó de mal humor, poniendo una mano en el codo de Hermione para detenerla.
Pero era muy tarde. La obscuridad se cernió sobre ambos ex compañeros, llevándolos desde el centro de su ser en un movimiento centrífugo hacia el lugar de aparición.
Draco levantó la mirada para ver dónde estaba y se encontró en un parque rodeado por grandes árboles que daban sombra del enorme sol. La castaña se soltó bruscamente del agarre del oji gris, y retrocedió unos pasos bastante enojada. A Malfoy le divertía verla de esa manera. Tenía los ojos entrecerrados y las cejas fruncidas. Y a pesar de hacérsele cómico, su rostro estaba impasible.
—¡Malfoy!— aulló la castaña con voz demasiado chillona como para lastimas los oídos de todos los que la escuchen.
—Sé lo que te sucede…— Granger abrió los ojos desmesuradamente. No esperaba eso, jamás lo hubiera esperado. Draco fue sin rodeos a decirle la verdad, sabiendo que seguramente sus intentos se verían desilusionados por la bruja exasperante delante de él— déjame ayudarte.
El mundo se estaba volviendo loco, de eso estaba segura. Draco Malfoy… queriendo ayudar a alguien… una sangre sucia… a la que le hizo la vida imposible por seis años escolares…
Observó con detenimiento al alto mago. Estaba muy serio, sí… pero no había rastro de mentira en sus palabras. Aunque eso tampoco era de confiar, él era una serpiente, mejor conocidas por sus habilidades supremas en la mentira.
—¿Por qué?— quiso saber.
Malfoy odiaba que lo cuestionaran, ¿por qué no simplemente aceptaba la ayuda? ¿no podía dejar de ser una insufrible sabelotodo por un momento y simplemente dar un paso a ciegas? Pero sabía que eso era como querer tapar en sol con una mano. Simplemente… imposible. Y ya estaba ahí, ¿qué tenía que perder?
Hermione jamás creyó escuchar las palabras que salieron de los labios de Malfoy.
—Quiero tu perdón.
Gracias por leer ;)
Cintha: muchas gracias por el comentario y bueno, yo sé que es feo lo que le está sucediendo pero veremos cómo sobrelleva la enfermedad. En Potterfics también publico la historia y también me dijeron de la película de Adam Sandler, ya la he visto, me encanta, pero no tendrá nada que ver, ésta historia se me ocurrió solita hahaha y bueno, del romance, se dará de una manera u otra, ya lo verás!. muchísimas gracias por comentar, besos xoxox
