Conociendo a la nueva Hermione Granger
¿Por qué? Se lamentaba mentalmente una y otra vez, mientras abotonaba su camisa negra. ¿Por qué?
Estúpida Granger…
Sólo ella pudo haberle hecho decir que sí, a pesar de tener en la mente un rotundo no. Cuando le soltó de sopetón que literalmente le estaba pidiendo ser su niñera, pudo ver una desesperación incomparable en su mirada y se quedó estático por lo menos cinco minutos, viéndola fijamente. Recuerda a la perfección, cómo ella lo miraba como nunca lo había hecho, suplicándole con la mirada que diga que sí, que estaría a su lado hasta que no recuerde ni su estúpido nombre ni lo estúpida que es. Esa mirada muchas veces pasan desapercibidas pero no por alguien que también la tuvo, no… esas personas siempre reconocen a otras que estén ahogándose por dentro.
Antes solía asegurar que tenía un pase exclusivo al infierno, incluso sentía que su silla estaba junto al mismo satanás, así de culpable se sentía, pero con lo que estaba a punto de hacer lo hacía afirmar que ahora las puertas del cielo se abrían para él.
Ridículo, patético, insólito.
Bufó exasperado de tan sólo pensar cómo sería su vida durante un tiempo; realmente esperaba que Granger perdiera la memoria pronto y así tener ese maldito perdón que le quite el insufrible sentimiento de la idiota culpa. ¡Ah, quería matar a alguien!
Pero bueno, las cosas son como son y ya le prometió a Granger que sería su perro faldero…
No sabía qué es lo que se supone que se hace cuando se está con una persona que olvida la memoria, tenía que preguntarle eso. Pero entendía ligeramente, por lo que ella le dijo, que era solamente para que si se olvida de algo no acabe sola. Por si olvida dónde vive, o el nombre de San Potter o cualquier tontería de esas. Seguramente tenía que preguntarle qué hacer en casos de que olvide algo. Seguramente él tenía que darle la respuesta para que ella la sepa o alguna de esas cosas… simplemente pensar todo lo que seguro se tiene que aprender.
Terminó de atarse el nudo de la corbata y cubrió sus brazos con un saco color negro. Se miró al espejo y miró lo mismo que ve siempre.
Nada.
Nunca hay nada en la mirada, que no sea hielo, frialdad, altives, arrogancia y un gran vacío. Seguramente causado por la culpa.
Metiendo las manos en los bolsillos, se dirigió a paso parsimonioso hacia la salida de su cuarto y recorrió los pasillos con desesperante tranquilidad, hasta que finalmente llegó a la gran habitación con una mesa demasiado larga como para ser llenada en la que siempre tenía el desayuno.
Su madre ya estaba sentada a un lado de la cabecera, lugar que ocupó desde que se mudó a esa casa al casarse. Vestía como siempre ropa carísima y tenía un peinado que solamente se pudo haber elaborado con dos pares de manos y en un salón de belleza. Sus finos labios se encontraban cubiertos por pintura del color de la sangre y se veía simplemente hermosa. A un lado de su plato de desayuno, se encontraba un periódico El Profeta abierto, era muy extraño ver a la rubia leer esas cosas.
—Madre— saludó con un asentimiento de cabeza, sin mover un solo músculo de la cara.
Tomó asiento en la cabecera, lugar que ocupó desde que salió de Azkaban. Su plato rápidamente se llenó de los mejores manjares, y con la delicadeza que sólo posee un rey, se dispuso a ingerir el alimento que lo mantendrá energético por toda la mañana.
—Draco querido, qué bueno que has bajado— su madre sonrió con cariño, comiendo un pequeño pedazo de pan—. Quería decirte desde ayer pero llegaste muy tarde… quisiera ver si podías acompañarme…
Pero no pudo terminar de hablar. Draco levantó la mirada, mostrando lo irritado que se sentía con la interrupción de su delicioso desayuno.
—Lo siento madre, pero no puedo— declaró, regresando su vista a la comida y metiendo un pedazo de fruta a boca.
Narcissa Malfoy se sentía indignada con lo que su hijo le contestó. Abrió la boca un par de veces, negando con la cabeza incapaz de comprender la actitud de su hijo.
—Pero… ¿por qué no?— inquirió sonando un poco desesperada por el comportamiento del heredero de la toda la riqueza familiar.
El joven señor Malfoy, dejó su tenedor a un lado, tomó la servilleta de tela color marfil y limpió sus labios lentamente; sus movimientos eran completamente controlados, nada se movía más de lo que él quería. La señora Malfoy sabía que su hijo se había molestado, siempre había odiado que lo cuestionen, no importaba si era su madre. Se podría decir que el único que fue capaz de no obtener esa reacción por parte del niño era Lucius, pero ella jamás aplaudió eso en su esposo.
Finalmente levantó la mirada de acero mostrando exactamente eso: metal frío, sin vida, inoxidable e impenetrable. Sus facciones se veían tensas y su semblante era sombrío. Un escalofrío recorrió la espalda de la bruja pero se controló y no lo demostró. Era una Malfoy y una Black. El orgullo estaba tan arraigado en ella como la creencia de la supremacía de la sangre y no se dejaría ver débil o intimidada, ni siquiera delante de su propio hijo, no importaba cuanto lo quisiera.
—Estoy ganándome el perdón de alguien— declaró irónico y cínico, recargándose en su asiento y cruzándose de brazos, observando la reacción de su madre.
Narcissa Malfoy abrió los ojos de par en par y se mostró claramente sorprendida, ero la reacción desapareció y se mostró una expresión de entendimiento.
—Pero hijo… yo creo que con los Longbottom ya has ganado suficiente perdón, tal vez…
Pero nuevamente no pudo terminar su idea por la interrupción tajante del rubio platinado. Esos hermosos ojos grises parecieron obscurecerse repentinamente ante el recuerdo de lo que iba a hacer ese día y todos los que le siguen hasta que a Granger se le ocurra olvidar su vida.
—No es con los Longbottom, con esos dejé de ir hace mucho— habló con asco en la voz—. Es Granger, la amiga de San Potter…— ahora sí, la rubia estaba más que sorprendida—. Está enferma… perdiendo la memoria.
La corta historia que e contaba el de ojos grises, realmente enterneció y conmovió a la señora Malfoy. Recordaba a la señorita Granger, muy bien. Tal vez no le encantara su procedencia pero definitivamente su hijo no estaba pudriéndose aún en Azkaban debido a su testimonio, por no decir que aún recuerda cuando fue torturada por su hermana en esta misma casa.
—¡Pobre muchacha!— exclamó con tristeza, bajando la mirada, sintiendo verdadera lástima por esa pobre bruja.
Malfoy no comentó nada a eso… de hecho, la consideraba muy afortunada, pero eso no se lo revelaría nunca a su madre, aún no sabía porqué se lo había dicho a la sabelotodo come libros. Ahora recordaba… lo iba a olvidar.
De repente escuchó que su madre soltaba un largo y ruidoso suspiro, ganándose nuevamente un fría mirada por parte de Draco. Narcissa se encontraba viendo con las cejas fruncidas y una mirada de preocupación a una de las noticias que estaban en el periódico en el que ahora nadie confiaba.
—¿Qué lees?— cuestionó fingiendo indiferencia, pero ansioso por escuchar la respuesta, sabiendo que tal vez sea una decepción.
—Draco hay algo que debes de saber…— su madre estaba muy seria, como pocas veces se le había visto y el rubio platinado sabía que era serio.
—Te escucho.
—Tu juicio y el de tu padre fueron relativamente rápidos pero hubieron unos que…— vaciló un poco, mirando a sus manos— fueron más complicados por distintas razones. Uno de esos casos fue el de tu tío, Rodolphus— Draco instintivamente se puso rígido—. Hace un par de días el juicio concluyó y fue sentenciado a diez años en Azkaban… es sólo que hubo un ligero problema.
Draco estaba sintiendo que el mundo del que tanto había querido escapar se le venía encima, pero ningún músculo facial hizo algo por revelar la preocupación que lo embargaba por dentro. Sus manos continuaban sosteniendo los cubiertos y todo parecía estar en calma.
—Continúa…
—Cuando era el traslado en la bahía para ser llevado a Azkaban… la balsa en la que iba se volcó y no encuentran a tu tío.
El tenedor y el cuchillo se detuvieron un momento, al igual que la respiración de Malfoy. Terminó dejando los cubiertos a un lado y limpiándose los labios con delicadeza, haciendo crecer la inevitable tensión que rodeaba el desayuno familiar. Narcissa veía con terror los parsimoniosos movimientos de su hijo, sabiendo que algo estaba por suceder.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?— inquirió con ponzoña en la voz, viendo fijamente a su madre con fingida calma.
—No creí que fuera necesario… pero las noticias de hoy dicen que ha sido visto a tres pueblos de aquí.
—¿No creerás que vaya a venir, o sí?
Narcissa negó lentamente. No lo creían probable, sabría que rodearía la mansión Malfoy, suponiendo que esa sería la primera casa a la que iría, ya que la suya estaba custodiada por aurores pero no se podía decir nada por seguro.
El resto del desayuno lo pasaron en silencio, cada uno en sus cavilaciones hasta que Draco revisó el reloj de la pared. Faltaban diez minutos para que den las diez de la mañana y Granger había sido muy especifica diciendo algo así de que su rutina es sacra y no podía detener el tiempo si él llegaba tarde, así que se excusó y caminó hasta estar fuera de su casa y desapareció, llegando al parque en el que había estado conversando con la castaña. Ella le había explicado detalladamente cómo llegar a la casa del primo de su madre, diciéndole que lo esperaría.
Finalmente llegó al mentado Grimmauld Place número doce, que resultó haber sido el cuartel general de la Orden del Fénix. Simplemente pensar en esas cosas lo ponían de un peor humor al que siempre tenía. Tocó la puerta suavemente pero firme, unas tres veces.
—Malfoy— saludó el cara rajada abriendo la puerta de par en par.
Ya de por sí tenía que ir él por ella, y ni siquiera se dignaba a abrir la puerta de su casa. Simplemente… Granger—. Llegas cinco minutos tarde, estará enojada.
Por un momento Draco creyó ver lástima en sus ojos pero no quiso comentar nada al respecto.
—Potter, buenos días— saludó cordialmente. Las cosas habían cambiado desde el colegio pero eso no significaba que tenía que ser amigos o mucho menos tolerar a San Potter. Con que se traten con respeto les bastaba a ambos.
—Está en la biblioteca, pasa— le indicó, haciéndose a un lado.
El niño que vivió le dio las direcciones necesarias para llegar a la biblioteca y se encaminó ligeramente desconcertado por que Potter le dejara entrar a su casa así como así, sin advertencias o amenazas. Suponía que Granger le había puesto un ultimátum y sonrió con arrogancia llegando a la puerta donde se suponía estaba la pelo de arbusto.
—Llegas tarde— gruñó ella en cuanto la puerta se abrió.
Sí… serían días, semanas o meses difíciles. ¿Cuándo se le ocurrirá perder toda la memoria? Ansiaba que llegara ese día.
—Buenos días también a ti— dijo sonriendo fríamente, pero el gesto no causó reacción a la de ojos chocolates.
Ella estaba frente a una mesa, y habían muchas cosas sobre esta. Veía frascos con líquidos de dos colores distintos, veía tarjetas con cosas anotadas y muchos, muchos libros. Demasiados.
Caminó lentamente hasta ella, y terminó sentándose en la silla frente a ella. Se recargó y descaradamente subió las piernas a la madera, cruzándola por los tobillos. Granger resopló frustrada y empujó estas con una mirada de odio. Después inhaló aire y cerró los ojos. Oh merlín… ya conocía esa expresión (jamás creyó que llegaría a decir eso).
Y el arrebato comenzó.
—Muy bien. Pensando acerca de esto ayer en la noche me di cuenta de que preguntarte a ti, de todas las personas de Inglaterra para ser mi… acompañante, ha sido una completa e irrevocable equivocación por mi parte pero qué se le puede hacer, eras mi única opción, simplemente no había nadie más. Y sé que lo odiarás y créeme, jamás pensé decirte esto Malfoy, pero realmente te necesito…
Definitivamente no se lo esperaba pero mantuvo su expresión de impasibilidad, ensayada por años y años. Tragó saliva mientras se recargaba sobre la madera y se quedaba recargado en sus codos, viendo a la bruja con sus ojos perturbadores y escalofriantes.
—Granger, ¿sabes que no hace falta que me lo digas? — aclaró—Yo sé que fue mi error decirte que sí… ambos estamos…— hizo una mueca de verdadero asco— juntos en esto.
—Como sea… — negó con la cabeza, meneando sus desordenados rizos— lo primero que haremos hoy es enseñarte lo poco que se de mi… condición, y te diré lo que ha dicho el doctor Brooks para cuando las cosas sucedan y así, ¿me entiendes?
—No— negó con la cabeza, frunciendo ligeramente las cejas.
—Oh…— ella se mordió el labio inferior, pensando.
Sus ojos pasaban por todas las cosas que tenía delante de ella, analizando cómo iban a ser las cosas de ahora en adelante. Era muy complicado porque ni ella alcanzaba a comprender muy bien todo este asunto pero finalmente sus ojos se detuvieron.
—Doctor Brooks dijo que debía de estar siempre con alguien, para que me ayude en ciertas situaciones. Por ejemplo, tomarme estas pociones— atrajo un frasco con poción verde y otra con morado—. La verde son para los dolores de cabeza… sólo las tomo cuando el dolor es inaguantable. La morada…— dudó y Draco la observó con una ceja levantada— nunca la he tomado, pero Brooks dice que las tomaré más adelante… supuestamente son para cuando tenga ataques de pánico al olvidar las cosas.
Eso no se lo esperaba Malfoy. Pudo detectar un deje de tristeza en la voz de la bruja y tomó una de esas pociones, acercándola a sus ojos para verla mejor.
—¿Ataques de pánico?
—Sí… me dijo que podía suceder que esté en un lugar y de repente se me olvide con quién estoy o incluso dónde estoy… dice que en esos casos… necesitaré la poción.
Bueno, la realidad es que eso no le envidiaba a la castaña. Ataques de pánico.. han de ser terribles, jamás sufrió uno pero sí vio a Pansy Parkinson en un verano y recuerda el caos que se armó. Realmente esperaba no tener que darle esta bebida, porque lo traumaría de por vida.
Sabía que los ataques varían entre personas, pero principalmente tienen una duración de diez a veinte minutos, y el sujeto en cuestión presenta entumecimientos en piernas, manos y rostro. Hay una gran dificultad para respirar y el ritmo cardiaco se acelera peligrosamente, hasta el sentimiento de desfallecer. El asunto se pone sudoroso y hay escalofríos recorriendo el cuerpo.
No podía imaginar a Granger así.
—¿Luego?— que esto sea rápido. Aunque pensándolo bien… mejor que pasara lo más lento posible, o no sabe qué hará tanto tiempo con esta bruja.
Él creía que habría veces en los que simplemente estarán sentados uno frente al otro en un incómodo silencio, diciendo comentarios cualquiera solamente para hacer intentos de conversación. El simple pensamiento de desperdiciar de esa manera sus preciados días lo ponía de un humor implacable, pero no podía hacer nada para cambiar eso.
—Bueno… aquí hice una lista a lo que soy alérgica— indicó, dándole una tarjeta con varias cosas—. No es mucho realmente… pero es necesario que lo sepas. Nueces, camarones y las picaduras de las abejas, no lo sé, por si me olvido de eso— se mostraba contrariada.
Esta bien, tampoco envidiaba eso de la castaña, olvidar a qué eres alérgico debe de ser mortal. Gracias a merlín él no es alérgico a nada y si olvidara todo no tendría porqué preocuparse de morir por una intoxicación.
—Pociones, alergias… ¿qué más?— era estupendo que le había dicho que no sería niñera de nadie, simplemente espectacular.
La castaña rebuscó entre todas las tarjetas que había, tomando una y leyendo su contenido para después dejarla a un lado, y así pasar tarjeta a tarjeta hasta que finalmente encontró la que buscaba. Sonrió un poco y miró a Malfoy, ligeramente contrariada.
—Esta es una lista de las personas a las que puedes contactar si cualquier cosa sucede— le entregó el pedazo de papel.
Algo reacio, Malfoy tomó el pergamino y leyó su contenido. Bueno, era de esperarse. Estaban los nombres del ejercito de Dumbledore, con direcciones de hogar y trabajo. San Potter, la comadreja y la Weasley menor. Además de unos nombres extraños y un teléfono muggle junto a una dirección en Australia.
—¿Quiénes son ellos?— preguntó, señalando los nombres.
Hermione estiró su cuello hasta posar los ojos en el punto exacto que señalaba y sonrió de lado con nostalgia.
—Mis padres. Antes de la guerra les borré la memoria y los mandé a Australia para que estuvieran seguros. La guerra ya terminó pero sus vidas estaban ahora allá.
Ligeramente impresionado, se acomodó en su lugar y guardó la "lista de emergencia" de los más allegados a Granger.
Por un momento pensó quienes estarían en su lista y solamente pensaba que podía estar su madre, y tal vez Blaise pero no estaba completamente seguro de eso, no lo había visto en meses.
—Pociones, alergias, contactos. Lo tengo, ¿algo más?— se mostraba ligeramente asqueado por todo el asunto, pero Hermione no podía evitar ver cierta disposición por su parte, o tal vez solamente era su imaginación.
Granger casi podía jurar que vio a Malfoy asentir mientras le decía las cosas, frunciendo ligeramente en clara señal de concentración. Vio sus ojos de hielo pasar varias veces sobre sus alergias y las direcciones de sus amigos, como en un intento de aprenderlas de memoria.
Entonces a Malfoy se le ocurrió algo.
—Las pociones… ¿las traerás tú, o tendré que tener yo unas? Porque no tengo pañalera Granger, no sé qué esperas— hablaba con voz grave, deslizando las palabras con cuidado, dándole significado a cada una de ellas.
—¡Lo había olvidado!— y después se calló por unos momentos, con la boca abierta. Finalmente la cerró y mordió su labio. Ninguno de estos gestos pasó inadvertido por la mirada de hielo— como sea… yo siempre traeré un vial con cada poción en mi bolsa, pero por si llego a olvidarlas, las mantengo siempre en el gabinete que hay debajo de mi lavamanos.
Draco asintió, comprendiendo que ese detalle no podía pasar sin importancia y lo guardó en su cajón de recuerdos "Granger".
—¿Algo más?
Hermione lo pensó con la mirada fija en la mesa.
—Bueno… realmente no lo sé, tal vez será mejor que vengas conmigo a la próxima cita… así el doctor Brooks puede decirte qué es lo mejor para que hagas, además de que no sé si ya olvidé algo…
Su voz se fue perdiendo poco a poco hasta llegar a ser un susurro. Malfoy se quedó ligeramente perturbado al ver a la castaña perder su mirada en un universo desconocido para él, que solamente existía en la cabeza de la come libros. Sus facciones que siempre demostraban lo fuerte y estúpidamente valiente que era se fueron transformando a un rostro ensombrecido con un brillo de tristeza resplandeciendo cual faros en la bahía, gritando y suplicando por ayuda.
El rubio jamás había visto así no sólo a ella… a ninguna mujer. Era un rostro demasiado traumatizante. Un grito de auxilio, un llanto de agonía. Un sufrimiento silencioso y algo que le era familiar… un muerto en vida.
Ahí entendió algo, algo que no había visto antes. Algo que no podría haber logrado comprender sin ver a Hermione de esa manera. Granger era un alma en camino al purgatorio sin tener que morir. Tenía un boleto para ir al paraíso, la felicidad eterna, al cielo… pero no tendría que tener alas para volar hasta allá. Granger era un muerto en vida, lo sería pronto. Porque Hermione Granger, esa sangre sucia que siempre aborreció, que siempre molestó, que siempre despreció… moriría el día que todos los recuerdos de esa bruja se fueran.
Y sería exactamente como los muertos. Los demás los extrañan y guardan recuerdos de ellos, pero la persona que se fue no lo sabe porque hizo eso mismo… se fue, se murió.
Granger no moriría, pero a la vez lo haría.
No supo porqué hizo lo que hizo, jamás lo haría en su sano juicio, pero estar ayudando a Granger indicaba que su juicio estaba muy dañado como para ser catalogado como funcional.
Su mano de marfil se estiró por sobre toda la mesa y la colocó sobre la cálida y suave mano de la leona.
—No puedo prometerte arreglar todos tus problemas, pero te prometo que no los enfrentarás sola…
Gracias por leer ;)
The Lady Annabelle: Qué bueno que te ha gustado, lo sé, cambió radicalmente! y ya veremos qué va a pasar, será intenso! besos, xoxox
PinknOz95 : qué bueno que te esté gustando tanto, muchas gracias! ya veremos qué sucede con Draco y si es que sí se vuelve loco. besos, xoxox
