Cuando la verdad se hace presente

Con un poco de desgana, tocó la puerta de Grimmauld Place, revisando antes su reloj para asegurarse de que llegaba puntual, y no darle una razón a la sabelotodo para molestarse. Sonrió con arrogancia al saber que faltaban diez minutos para la hora acordada. Esperó tan sólo unos tres minutos antes de que la puerta se abriera, mostrando a un Harry Potter ligeramente aliviado al verlo en la puerta.

—Claro, también vienes tú…— comentó algo molesto, haciéndose a un lado para darle el paso al rubio platinado, que estaba más que desconcertado.

Esta bien… ¿a dónde se supone que iba a ir? Pero no tuvo tiempo de preguntarle a cara rajada, o de siquiera apuntar el hecho de que fue extremadamente descortés el no saludar antes de decir semejantes comentarios.

—¡Harry!— escuchó que gritaba Granger, por algún lugar de la casa.

Harry frunció los labios y cerró los ojos con fuerza.

—Lleva así toda la mañana, por favor... has que pare— le suplicó, viéndolo fijamente e implorando—, no sé qué no encuentra… la tercera habitación del lado derecho del segundo piso— señaló las escaleras y se marchó de allí, masajeándose las sienes y con expresión de cansancio e irritación.

Draco, algo molesto por el extraño encuentro con San Potter, comenzó a caminar a paso lento y pausado, con las manos en los bolsillos y la mirada arrogante, rumbo a lugar que le indicaron. Se tomó su tiempo, deslizándose silenciosamente por la honorable y antigua casa de los Black. Conforme se acercaba al lugar donde se suponía estaba la castaña con pelo de arbusto, unos ruidos se alcanzaban a escuchar. Cosas que caían, u objetos que se movían de un lado a otro. Se preguntaba cómo sería el cuarto de Granger. Seguramente, sonrió con descaro, era una habitación de niña pequeña, con peluches y libros por todos lados pero pulcramente ordenado, ni una pizca de polvo. Pero finalmente llegó a esa tercera puerta del lado derecho del segundo piso y cuando la abrió, definitivamente no se esperó encontrar eso.

Había ropa tirada por todos lados, blusas y abrigos, bufandas y guantes, no importaba de qué temporada, todo estaba en el suelo. El gran armario, donde Malfoy suponía debía de estar toda la ropa, se encontraba abierto de par en par, con calcetines saliendo de unos cajones, y –oh, merlín– los sostenes de Granger en el otro. Zapatos sobre la cama y libros en la silla.

—¡Malfoy!— Granger salió de la nada al otro lado de la habitación con el cabello más revuelto que lo que había visto jamás. Su rostro estaba contorsionado en una mueca de desesperación y cansancio.

—Granger… — saludó con un asentimiento de cabeza, quedándose en el marco de la puerta.

Sus ojos inexpresivos siguieron con la mirada a la menuda figura de Granger mientras daba saltitos sobre la ropa y los zapatos, acercándose a él. Su cabello bailaba a cada salto y Malfoy se dio cuenta de que esa era la primera vez que utilizaba una falda, o algo meramente femenino. Era un atuendo que… no se veía tan mal. Debería de usar cosas así más seguido, pero el nunca le señalaría aquellas cosas.

Finalmente ella llegó a dónde estaba el mago una buena cabeza más alto que ella.

—Malfoy, ¿cómo estás?— preguntó jadeantemente, poniendo sus manos en la cadera.

La actitud de la Gryffindor era extraña. Sus mejillas estaban sonrosadas y se mostraba cansada y agitada, como si hubiera estado en una carrera en vez de su cuarto. Aunque viendo el estado de su habitación, fácilmente se pudo haber dicho que ahí hubo un duelo, un campo de batalla.

—Bien— declaró con voz seca, escudriñándola con su mirada glacial, intentando comprender qué estaba sucediendo.

Granger sonrió y asintió, pasando un mano por entre su melena en un intento inútil por acomodar semejante maraña de nudos.

—Me alegra…— cruzó sus brazos y mordió su labio inferior— ¿de casualidad sabes dónde guardo mis pociones?

El heredero Malfoy luchó contra sus instintos de sonreír socarronamente y burlarse de la castaña pero entendía que ella verdaderamente no las encontraba y necesitaba llevarlas consigo todo el tiempo, no podía tentar a su suerte, que de por sí no le jugaba a su favor.

—Gabinete debajo del lavamanos— señaló y Hermione sonrió con alegría, corriendo al baño, dejando a Malfoy parado cual estatua.

Jamás creyó ver a Granger de esa manera, desesperada por encontrar algo de esa manera, destruyendo el control que tanto adoraba y convertirse en una tornado que arrasó con la calma de su habitación. Pero como se dice, siempre había una vez para todo.

Alcanzaba a escuchar el sonido de cristales y de líquido vertiéndose, conociendo que la mujer estaría preparando el vial que se llevaría, reponiendo el que él utilizó hace un par de días en Londres muggle. Vaya que eso verdaderamente fue un susto. Podía ver a Granger sufrir y él como pocas veces, no fue el responsable, al contrario… la ayudó. Nunca en su vida hubiera supuesto que estaría en la posición de ser la única ayuda que podría tener esa nacida de muggles y la verdad… es que se sintió muy bien. Incluso se atrevía a decir que ese gran peso que sentía en sus hombros, que su madre catalogaba como culpabilidad, se iba haciendo un poco más ligero.

Sonrió con arrogancia, sabiendo que sí era merecedor de eso.

—Por cierto Granger— estaba repentinamente enfadado, viendo en dirección al baño— ¿a dónde se supone que vamos a ir?

Odiaba los eventos a improvisto, simplemente no le gustaba estar preparado. Y si fuera un evento de, digamos, su lado de la sociedad, todo estaría bien, pero con esa bruja no se podía confiar.

—¡Se me olvidó por completo decírtelo!— esas cosas ya no eran mucha sorpresa, pero continuaba siendo muy, muy irritante— Hoy visitaremos la madriguera… lo hago todos los martes, creo que ya te lo había dicho… no habíamos ido por obvias razones, pero ya es momento.

Malfoy se quedó más pálido si era posible. Estando en Hogwarts, ver al pelirrojo secuaz de San Potter era motivo suficiente para ponerlo de un muy mal humor, pero ahora el Karma estaba cobrándosela caro, no sólo porque iba a verlo de nuevo pero porque ahora estaría metiéndose al nido con todas las comadrejas. Simplemente fantástico, su día se había visto arruinado por una persona que no había visto gracias a Merlín desde el día de su juicio. Y cuatro meses era muy poco tiempo de no verlo.

Simplemente, su humor se fue por los suelos. Cruzó sus brazos y simplemente cerró los labios en una fuerte línea, negándose a contestar a pesar de los comentarios de Granger de "niño", "madura" y "hurón rencoroso". Simplemente, Weasley no era santo de su devoción y no por ser el estúpido guardaespaldas de Granger significaba que debía de soportarlo durante todo un día. Mil veces prefería quedarse en casa de sus antepasados a discutir por horas con la leona, a pasar media hora con el pelo de zanahoria. Pero a donde va Granger, va él… lamentablemente.

—Hermione querida— saludó la madre Weasley, abrazando a la aludida en un fuerte abrazo de oso—. Señor Malfoy, un gusto tenerlo en nuestra casa.

Draco estaba sorprendido. Por unos momentos creyó que todos serían completamente mordaces y crueles y groseros pero al menos la madre de toda esa manada anaranjada tenía modales. Así se introdujeron en la casa, encontrándose con todos los Gryffindor.

Varios lo miraban con extrañeza pero ya sabían la situación, o eso le escuchó a Potter. El oh gran héroe le había dicho a la familia de su mejor amigo la condición de Hermione y además la nueva alianza que se había hecho con Malfoy. Gracias a merlín no se enteró en muchos detalles y todos comprendieron, por el bien de la pequeña leona, que Malfoy estaría ahí martes sí y martes también.

Finalmente, y con muchas miradas curiosas por parte de la única mujer en la familia aparte de Molly y con ojos asesinos por parte de la comadreja principal, se sentaron todos en la mesa de madera que tenían, comiendo deliciosos platillos preparados por la señora Weasley. Las conversaciones eran fluidas y las risas se alzaban por todos lados. La gran familia estaba presente. Bill y Fleur, que estaba embarazada, Charlie y Percy, George y Angelina, que estaban empezando a salir, Ronald, Ginny, los señores Weasley, Harry, Hermione y Draco. Todos conversando hasta que llegaron al gran tema…

—¡La odiaba!— declaró Angelina haciendo cara de asco.

Muchos asintieron y rieron al estar de acuerdo con la morena.

—Esa cara de sapo solamente trajo problemas… y tanto rosa, me ardían los ojos de sólo verla— reía Ronald, haciendo que el señor Weasley le diera palmeadas en la espalda y él se ganara un buen golpe por parte de su esposa.

Las conversación acerca de la amante de los gatos fue alargándose, narrando cada anécdota que se guardaba en la memoria, hasta que finalmente Ginny habló.

—Y lo mejor de todo, fue cuando tú y Fred le jugaron esa broma a Umbridge, fue el mejor día de todo el año.

Las risas no pudieron contenerse. Arthur y Molly miraban reprobatoriamente a George, mientras que Harry reía y comentaba el asunto con Ron. Malfoy sonreía disimuladamente al recordar ese día y finalmente, Hermione habló.

—¿Quién es Fred?— preguntó con una sonrisa, recordando a George haciendo muchas bromas, pero no recordando una en particular hacia la maestra amante de los gatos con algún Fred.

Todos se quedaron en silencio. Malfoy se quedó con la mirada glacial viendo a la nada repentinamente serio, mientras que el resto de la mesa observaba a Hermione con… lástima. Los ojos chocolates pasaban por todos lados, sin entender aquellas miradas tan extrañas y desconcertadoras. El silencio se hizo mortal y nadie se atrevía a romperlo.

—Oh querida… — la señora Molly sintió que los ojos le ardían y se cubrió los labios en un ahogado sollozo— era otro de mis hijos, falleció en la guerra… gemelo de George— señaló al pelirrojo.

Oh.

Bueno… eso no se lo esperaba Hermione.

Se mostró ligeramente incomoda y mordió su labio inferior. Sus manos se posaron sobre la mesa y sus dedos se movían nerviosamente sobre la madera, claramente estaba perturbada y tenía una tenue curvatura en las comisuras de sus labios.

—Supongo que eran igual de traviesos— apuntó la bruja, sonriendo e intentando de aligerar el pesado ambiente que de repente se creó.

—Él era mejor— declaró tajantemente el gemelo, sin siquiera voltear a verla.

El poco silencio que se había levantado, volvió a caer sobre ellos, pero esta vez más incomodo. Una escalofrío recorrió la espalda de Hermione y sintió que un nudo se comenzó a formar en su garganta. La sensación de que la habitación se hacía más y más pequeña hacía que la respiración de la bruja se acelerara.

Antes de que Harry o Ginny pudieran decirle algo, y no pudiendo soportar más esas miradas que la desubicaban, apoyó las manos en la madera y se puso de pie. Todos los pared de ojos seguían sobre ella, e incapaz de poder soportarlo ni un segundo más, la castaña salió a paso acelerado, casi corriendo por la puerta por la que entró.

Harry Potter se puso de pie pero fue detenido por la manga por su novia, y Draco aprovechó esa oportunidad para ponerse de pie y ajustarse el saco con esa seriedad que perturbaba a los Weasley y cuando consideró que continuaba impecable, miró directamente a la puerta de salida.

—Con permiso…— se despidió sin ver a nadie en particular, dando un pequeño y casi imperceptible asentimiento de cabeza y con un caminar tranquilo se encaminó hasta la misma puerta que cruzó la Gryffindor.

El exterior era ventoso, con las copas de los árboles moviéndose y soltando las hojas que permanecían débiles. Malfoy no sabía a dónde se había ido la sabelotodo, pero se había vuelto un poco predecible en el poco tiempo que habían convivido. A la izquierda de la pocilga a la que llamaban hogar había una colina y podía imaginarse que esa bruja estaría por allá. Caminó con los ojos entrecerrados y sus ojos grises fríos como la plata, con las manos en los bolsillos y pasos lentos. Se deslizaba silenciosamente, casi rozando el piso, volando sobre el césped. Su cabello lacio resplandecía con el sol y bailaba suavemente, siendo movido por el aire.

Y ahí estaba ella, sentada con las piernas estiradas en la bajada de la pequeña colina con su cabello enmarañándose aún más. Sus cejas estaban fuertemente fruncidas, y sus labios también, mostrando los sentimientos encontrados que afloraban en su interior. De vez en cuando, alcanzaba a escuchar algunos quejidos entrecortados más no palabras.

Finalmente, llegó a su lado y se quedó viendo a la nada en particular, perdiendo su mirada por entre los árboles del bosque que estaba cerca de la madriguera.

—¿Estás bien?— preguntó como no queriendo la cosa, ni siquiera interesándose en la respuesta.

—No, no lo estoy…— gruñó ella, sin voltear a verlo; supo que estaría a su lado desde antes de que llegara, había aprendido a reconocer sus pasos silenciosos— por la forma en la que me miraron todos supongo que debía de conocer al tal Fred… pero no lo recuerdo.

Malfoy asintió, comprendiendo… verdaderamente los Weasley no son muy discretos que digamos. Con cuidado y algo de asco hacia la tierra, se sentó junto a la castaña, con su considerado espacio entre ambos. El césped era algo más alto en ese lugar y los rodeaba de manera única, siendo víctima perfecta para los jalones de la castaña.

La observó de reojo, tenía las cejas fruncidas y sus ojos pasaban por todos lados, mientras que sus dedos arrancaban al pasto seco y lo lanzaba lejos. Escuchaba los ahogados jadeos de la bruja, señal de que estaba más que molesta.

Sabía qué intentaba hacer.

—Ni lo harás, no lo intentes— espetó con crudeza, recargándose en sus manos y viendo aún por entre los arboles.

Alcanzó a escuchar un bufido por parte de la pelo de arbusto y sus manso se enredaron entre un gran pedazo de césped, que arrancó y lanzó al aire, haciendo que el viento se los lleve volando, danzando entre la nada.

—Tú y el doctor Brooks tiene más cosas en común de lo que pensarías— declaró ella, con un inusual tono sarcástico que desconcertó al rubio platinado, más el no comentó nada al respecto.

Y a pesar de la "sugerencia" de Malfoy, ella intentaba buscar en su cabeza a otro pelirrojo, alguien idéntico a George, pero por más que lo buscaba, no aparecía en los recuerdos de su cabeza, George siempre estuvo solo. La hacía sentirse terriblemente mal, porque conocía a los Weasley de tantos años y no era posible que ya se haya olvidado de uno, simplemente no se le hacía normal… era terrible. Sentía un vacío en su corazón, como si aquel pelirrojo que pasó a mejor vida hubiera sido importante para ella en algún momento de su vida, pero su mente se quedaba en blanco. ¿Será a caso eso, lo que el doctor Brooks había llamado como espacios en blanco? Tal vez lo sea y definitivamente no le gustaba esa sensación de incertidumbre. Se preguntaba si algún día su mente estará completamente en blanco, convirtiéndose en un lienzo nuevo que lamentablemente jamás podrá pintarse de nuevo. Se preguntaba si poco a poco su vida se iba a ir borrando, haciendo desaparecer nombres y rostros.

—Es sólo que…— comenzó a decir, con voz mucho más tranquila pero estrangulada— ¿me olvidaré de esa manera de todo? ¿de Harry… Ginny, de mi?— ella sentía un terror que muy pocas veces había sentido en toda su vida.

Malfoy inhaló hondo, pensando en lo extraño que será ver a Granger sin Potter. Simplemente una imagen que no se formaba del todo detrás de sus pupilas.

—No veas hacia atrás, hacia allá no te diriges— comentó Malfoy, como no queriendo la cosa.

Él sabía que esa no era la respuesta que ella estaba buscando, últimamente él jamás le respondía las preguntas filosóficas y trascendentales que le hacía la bruja sabelotodo, pero simplemente era porque lamentablemente él tampoco sabía esas respuestas.

—No me dirijo a ningún lado… — razonó ella, siguiendo el hilo de pensamientos del hurón platinado— cruzo una tormenta. Y solamente encontraré paz en el olvido.

Aquel pensamiento turbó la calma mental que pocas veces Draco conseguía establecer en su cabeza. Él siempre había tenido un destino, un propósito en la vida. En Hogwarts, estudiaba con ahínco para sacar de las mejores calificaciones para que su padre estuviera orgulloso; años más tarde, su destino era ser Mortífago y asesinar al profesor Dumbledore; ahora su propósito era encontrar ese perdón que haga desaparecer la culpa… no podría imaginar vivir sin tener una meta, jamás podría simplemente… vivir, sin hacer nada.

—Algunas veces solamente tenemos que aceptar el hecho de que las cosas no van a volver a ser lo que eran antes…

Ese día Malfoy se llevaba el premio de respuestas menos alentadoras que alguna vez se escucharon en el mundo, a pesar de que tenía mucha razón y Hermione lo sabía.

Algo cansada, Granger dejó caer su cabeza hacia delante y pasó su mano por entre su melena, hasta que finalmente regresó a la misma posición en la que había estado y lo miró con reproche, entrecerrando los ojos.

—Yo no quiero regresar a como era antes… simplemente no quiero que las cosas… desaparezcan.

Malfoy se quedó en silencio, no teniendo ganas de contestar a los lloriqueos incesantes de la bruja a su lado, simplemente no le apetecía. Se quedó viendo a los grandes árboles del bosque debajo de la colina, quedándose estático cual estatua, con sus ojos grises cubiertos por el fino velo de la frialdad, impidiendo que alguien vea los sentimientos que constantemente azoraban en su interior. De vez en cuando alcanzaba a ver un puñado de pasto salir volando con el viento, debido a las actividades de Granger.

—¿Cómo crees que suceda ese día?— preguntó de repente ella, viendo fijamente al piso y no queriendo realmente saber esa respuesta a la pregunta que ha flotado en su mente por ya casi un mes de saber que perdería toda la memoria.

—¿Qué quieres decir?

Draco había entrecerrado los ojos y la observaba fijamente. Hermione seguía sin voltear a verlo, no queriendo enfrentarlo al decir las palabras que siempre se había rehusado a pronunciar. Mordió su labio inferior, queriendo retractarse pero Malfoy haría que hablara tarde o temprano. Lo sabía muy bien.

—Sí… el día que tanto anhelas—rió un poco al decir la triste realidad, que ella suponía jamás iba a cambiar—. El día que Hermione Granger deje de existir.

Malfoy verdaderamente se sorprendió al escuchar eso, pero no el hecho de que le preguntara a él cómo sería aquel día definitivo, sino por el hecho de que le dijera que es el día que tanto anhelaba. Y la realidad lo golpeó como ella lo golpeó en tercer año. Inesperado y doloroso. La verdad es que no quería que olvidara todo. Se daba cuenta que todos los insultos dados a lo largo de seis años pasarían a un lugar obscuro sin llave de salida; que todos esos comentarios, todo ése tiempo desperdiciado en molestarla y hacerla sentir miserable habrá valido para nada. Sabía que era un egoísta al pensar en eso pero realmente lo consideraba de esa manera.

Pero por otro lado… muy en el fondo de su ser, una voz muy tenue y casi imperceptible que sería muy fácil de ahogar en el olvido, le decía que eso no era verdad, no porque significaba mucho tiempo y tanta voz desperdiciada en insultos, pero porque verdaderamente no quería que Granger simplemente desapareciera de esa manera tan cruel, no después de todos esos debates tan increíblemente insoportables y desafiantes, no después de llegar a conocerla un poco. Jamás lo diría en voz alta, como muchas otras cosas, pero ella no era tan insoportable como suponía. De hecho, era mucha mejor compañía que muchos de los de su casa que los consideraba un poco más que amigos que Granger. Hablar con la pelo de arbusto siempre lo retaba. Siempre lo obligaba a dar lo mejor de sí, buscando hasta en lo más profundo de su alma por los mejores argumentos para rebatir los de la bruja. Pero también era agradable, muy a su pesar, el conversar sin necesidad de discutir, temas en los que ambos están en el mismo lado. Siempre llegan a decir cosas que el otro no sabía y se van complementando poco a poco los conocimientos, desarrollando teorías y comprobando otras. Cada día que pasaba como "niñera" de la nacida de muggles, era una sorpresa. Honestamente, no podía decir que se había aburrido.

Ella le había contado cosas de su vida pasada y durante Hogwarts, al menos de lo que se acordaba porque muchas veces la idea se le iba de la cabeza y simplemente no regresaba. Le explicaba cosas muggles sabiendo que a pesar de que él refunfuñara y la viera con una mirada asesina digna de temer, él le prestaba atención. Y se dio cuenta que la afirmación que le dio hace ya unas semanas, era verdadera. Su vida no había sido tan mala, no como la de él. Él sí que había tenido momentos extremadamente infelices.

Cómo desearía…

—No lo tomes a bien pero sabes que cambiaría lugares contigo en un instante— comentó repentinamente, sin responderle a la pregunta anterior. Malfoy sabía que ella no quería escuchar la respuesta a ese enigma.

Hermione se quedó en silencio unos momentos, meditando la aseveración del rubio platinado a su lado. Ya lo había escuchado decir eso, más de una vez pero jamás con tal convicción. Al menos para el resto de las personas porque ella detecto algo. Algo muy peculiar que no todos los días se puede escuchar en la voz de un Slytherin.

Una plegaria.

Draco Malfoy realmente suplicaba por una salida, la vía rápida y fácil para largarse de ese mundo y dejar atrás todo su pasado, todos sus recuerdos, su persona entera. Levantó la mirada y la conectó con ese mundo de hielo familiarizado con el príncipe de las serpientes, acero puro e inoxidable que cubría todos esos sentimientos que lentamente lo ahogaban. Él, ella sabía, impedía que la carcaza de dureza que lo rodeaba se fracturara, impidiéndole al mundo ver la realidad de Draco Malfoy, que su verdadera condena era ser él mismo.

Pero nadie jamás lo ha visto o sabido… y nadie jamás lo sabrá a ciencia cierta.

—No lo creo— declaró firmemente.

Eso no se lo esperaba el hurón oxigenado, que abrió los ojos con incredulidad, y levantó las cejas retándola a retractarse.

Jamás nadie lo había contradicho de esa manera.

Aunque claro… hablaba con Granger.

—¿Disculpa?

Ella sonrió levemente, asintiendo y sabiendo que Malfoy no creería ninguna de sus palabras pero ella decía cada una de ellas con intención, dándole el peso y el significado que harían la diferencia.

—Tú crees…— comenzó a hablar, captando completa atención del oji gris— que quieres desaparecer, olvidarte de todo y dejar de existir… pero yo creo que realmente lo único que quieres es ser encontrado.

—¿Encontrado?— arrastró la palabra y después sonrió de lado con arrogancia y superioridad— Por merlín Granger… creo que también estás perdiendo la cordura… pero te equivocas.

Ella asintió sonriendo y ambos regresaron sus miradas a la nada, pensando un poco en las pocas palabras que acababan de intercambiar. Era impresionante la cantidad de conversaciones que iban más allá de palabras banales. Todo cargaba un significado de peso. Y él verdaderamente se sentía perdido y tal vez, solo tal vez ella tenga razón. Puede ser que sí esté perdido en un mar de dudas, miedos, incertidumbre, rencores y arrepentimientos, y lo que desea es hundirse, pero ella prendió una luz que antes no existía. Tal vez sí quería ser encontrado, después de todo está buscando un perdón. Si hubiera querido desaparecer lo pudo haber hecho, simplemente tenía que decidir ahogarse pero no… ha decidido aferrarse a su balsa y continuar buscando la salida mercedara de ese lugar.

Pero era un sueño irreal.

La verdad la sabía él y nadie más.

Tal vez se lo pueda decir a Granger.

Después de todo, su argumento era el de siempre… ella terminaría olvidándolo todo.

—Nadie nota las lágrimas que no se derraman, nadie nota la tristeza tras la sonrisa fingida, nadie escucha los gritos silenciosos… nadie ve el dolor, nadie entiende las súplicas. Solamente notan los errores que cometemos.

Y claro que todo eso era verdad. Si alguien se hubiera dado cuenta de eso, lo podría haber ayudado pero no… la única persona que reparó del dañado Draco Malfoy fue el profesor Dumbledore, pero ahí ya era muy tarde.

Él ya estaba perdido.

—Yo te he visto todo… — lo sorprendió con esa declaración, no pudiendo evitar abrir sus ojos grises desmesuradamente y sintiéndose pillado en alguna travesura—y créeme, también noto tus errores. Pero no creo que eso te defina. Estás aquí, tratando de enmendar tus errores con un caso perdido que te ha dado su perdón desde que dijiste que me ayudarías con mis sueños. Pero eso no es suficiente para ti, tienes que sentirte merecedor, ya te lo había dicho y tú lo sabes muy bien.

Malfoy ya no contestó. Se quedó sin palabras.

Se quedaron en silencio por una buena hora, cada uno en sus pensamientos hasta que finalmente Harry los llamó, diciéndoles que era hora de partir a casa. Algo avergonzada la castaña se despidió de todos, excepto de George que no estaba por ningún lado. La señora Weasley le dio varias palmaditas de cariño, como si fuera un perro y le prometió hacerle su postre favorito para el próximo martes. Oh, simplemente estupendo… vendría todos los martes, se decía Malfoy. Ronald continuaba con sus miradas asesinas más no cruzó palabra con él. Después de la larga despedida, Malfoy dejó a Granger en la puerta de su casa y se despidió cordialmente y sin emoción alguna y marchó a su casa donde anhelaba poder echarse en la cama y dormir para mañana regresar a la antigua y noble casa de los Black.

Cuando llegó a la mansión Malfoy, se encontró con que la puerta estaba abierta, malditos elfos, ¿qué no pueden hacer las cosas bien? Quitándose la capa de viaje se adentró, encontrándose con que la habitación principal estaba completamente a obscuras excepto por un rincón. Rincón en el que estaba su madre sentada en una silla estilo imperial, con el cabello algo revuelto y un rostro descompuesto en preocupación.

—¿Madre?— el joven rubio platinado caminaba hacia ella, algo desconcertado por la imagen que veía.

—Draco…— Narcissa Malfoy negó con la cabeza, tratando de impedirle más pasos.

El ex Mortífago frunció las cejas y definitivamente no le hizo caso, continuando su caminar hasta su madre. Pero una voz detrás lo detuvo.

—Hola, sobrino.

Draco se quedó estático en su lugar, hasta que finalmente comenzó a girar lentamente para enfrentar al propietario de esa voz que no había escuchado en uno muy buenos meses.

Y apuntándole con su varita estaba Rodolphus Lestrange.


Gracias por leer ;)

PinknOz95: ya veremos si es así que empieza a haber algo entre los dos! hahahha bueno, a estas alturas ya has de tener una idea! y me alegra que te haya gustado el capitulo, espero que este también! gracias por comentar, besos, xoxoox

florperlachiquis52: bueno, em siento muy feliz de que te guste tanto la historia, muchísimas gracias! y pues qué te digo, la historia y el final lo tengo completamente planeado y espero que les guste tanto como a mi! y bueno lamento haberte hecho llorar y sí, sé que es fuerte lo que le pasa a Mione pero ella lo está enfrentando con la cara en alto! gracias por comentar! besos xoxox