Simplemente, más problemas.

Pero una voz detrás lo detuvo.

—Hola, sobrino.

Draco se quedó estático en su lugar, hasta que finalmente comenzó a girar lentamente para enfrentar al propietario de esa voz que no había escuchado en uno muy buenos meses.

Y apuntándole con su varita estaba Rodolphus Lestrange.

Se veía andrajoso, con el cabello negro enredado y largo, pasándole los hombros. Su rostro estaba pálido y debajo de sus ojos se veían dos medias lunas de tonos morados pálidos que indicaban lo poco que había dormido. Estaba mucho más delgado de lo que recordaba y la ropa que había estado utilizando estaba roída, sucia y rota por varios lugares, teniendo sobre sus hombros un abrigo negro que definitivamente era una o dos tallas más grandes. Sus zapatos estaban cubiertos de lodo y en uno había incluso un hoyo. Draco se preguntaba cuánto tiempo deberá haber utilizado esa ropa. Le recordaba bastante a las fotografías que había visto hace un par de años del primo de su madre, Sirius Black, cuando escapó de Azkaban.

—Tío, gusto en verte— habló con frialdad, quedándose en calma, sin sentir la necesidad de sacar su varita.

Sus ojos grises se habían conectado con los negros del esposo de la hermana de Narcissa, retándolo con una admirable y envidiable frialdad, que solamente se consigue tras momentos de verdadera desesperación.

—Cuánto has crecido, pequeño Draco— sonrió con malicia, aún apuntándolo con la vara de madera.

—No ha pasado tanto de que nos vimos— Malfoy se encogió de hombros y metió sus manos en los bolsillos de su pantalón, acomodándose completamente para enfrentarlo con cuerpo completo, además de así cubrir con su cuerpo, la línea directa hacia su madre.

Narcissa los miraba con terror. Puede ser que su hijo tenga razón y solamente hayan pasado cuatro meses desde que se vieron en el final de la guerra, pero en ese entonces, Draco era solamente un niño disfrazado de Mortífago, que luchaba por una causa en la que no ponía su fe. Y sí, tal vez las experiencias lo llevaron a poseer una madurez que lo ha vuelto frío e insensible, un adulto sin aparente remordimiento, pero Narcissa estaba completamente segura de que no. Draco había estado tan ciego prestándole atención solamente a lo que pasaba en su vida, que no recordaría lo salvaje que habían sido los hermanos Lestrange. Siempre fueron unas de las mascotas favoritas de Lord Voldemort, debido a sus personalidades despiadadas. Mataban y torturaban como si de cocinar se tratara. Tenían en sus pieles la sangre de centenares de nacidos de muggles, mestizos e incluso sangres pura. Simplemente ellos acataban las ordenes, no importaba lo inhumanas que sean. Jamás pudo aceptar eso de su cuñado, no le había importado que su querida hermana le reprochara ese asunto.

—Eres la viva imagen de tu padre— apuntó, sin hacerle demasiado caso a la declaración anterior.

Comenzó a dar unos pasos hacia el rubio platinado, que sorprendentemente estaba impasible, no había ni un atisbo de miedo, de preocupación ni en su rostro ni su mirada. Los ojos grises que corrían tanto en la familia de su padre como en la de su madre, estaban congelados, brillando en la obscuridad con algo que podría considerarse como una advertencia, una amenaza, que el Mortífago de cabello negro no tomó.

—¿De dónde has sacado esa varita?— inquirió Malfoy ladeando su cabeza.

La varita se la habían confiscado a los Mortifagos los días en los que los apresaron. A él le regresaron la suya el día que su condena había concluido, pero por obvias razones dudaba que su tío haya conseguido la suya, no por la forma en la que había escapado.

—Se la quité a un sangre sucia que me miró de una manera desagradable mientras me instalaba en su casa— declaró, observando la varita con cierto desdén y repugnancia, como si el recuerdo fuera desagradable o asqueroso.

Draco no quiso ni imaginar cuál había sido el destino de esa persona que seguramente no murió lenta y tranquilamente. Seguro fue la peor de las muertes que Lestrange haya infligido. Conocía la forma en la que los Mortifagos piensan. Una vez que utilizan una imperdonable no hay vuelta atrás, siempre tendrán hambre de más y más, subiendo la intensidad con la que la elaboran. Él jamás se atrevió a utilizarla, pero fue testigo de que los Mortifagos que no utilizan las maldiciones o no sacian sus instintos homicidas, cuando lo hacen… simplemente es brutal.

—¿Cómo escapaste? — preguntó entrecerrando los ojos—¿quién te ayudó?

Lestrange sonrió y mostró los dientes amarillentos que causaban desagrado a cualquiera que los vea, y merlín, nadie quisiera acercarse lo suficiente como para percibir el olor a pestilencia que seguramente emanaba.

—No necesitas ayuda para escapar sobrino, no soy tan estúpido como crees— sonrió con arrogancia, manteniendo ese caminar parsimonioso con dirección a su oh tan adorado sobrino.

Draco frunció las cejas, incapaz de entender sus palabras, más no dejaría que esa confusión se mostrara en su rostro pétreo e inexpresivo. Se comenzaba a cansar del lento caminar y de la conversación meditada, realmente quería irse a dormir. Ese día había sido algo fatigoso; tener que soportar a los Weasley completos en un espacio reducido, y después escuchar las incesantes cuestiones de Granger realmente lo agotaban.

—Muy bien, hermosa reunión familiar pero basta… vete ya— declaró con cansancio, sacando a relucir un poco su sarcasmo y concluyó mirándolo ahora sí, con toda la expresión de odio que su mirada podía profesar. Su cuerpo estaba firme, no se iba a mover de ese lugar hasta que ese hombre haya salido de su casa y esté seguro de que no iba a volver.

Rodolphus lanzó la cabeza hacia atrás, dejando que la mansión se inundara de una terrorífica risotada que le heló la sangre a la rubia que estaba petrificada en una silla aún en la esquina.

—Pero si el pequeño Malfoy ahora tiene agallas…— comentó con una voz que se suponía sería cantarina— me pregunto, ¿cuánto te durará?

Draco no tardó en reaccionar, sacando su varita y apuntándola a su tío, al tiempo que el fugitivo daba una gran zancada para estar más cerca de él, pero ninguno contaba con que el cuerpo de una mujer se interpusiera.

—¡No! ¡detente, por favor! — suplicó Narcissa con lágrimas en los ojos, viendo a su cuñado con silenciosas plegarias.

Nuevamente Lestrange soltó una risotada pero ya no dio ningún paso.

—Y mamá sigue defendiéndote… — negó con la cabeza, haciéndose una nota mental de que ese rubio platinado no había cambiado tanto como creía, o eso suponía él—me iré, no necesitas hacerte el valiente, traidor. No vengo a por ustedes… tengo cuentas que saldar en honor a Bella…

Sin más, el hombre giró en sus talones, convirtiéndose en un borrón clásico de los Mortifagos y salió volando por una ventana, rompiéndola en miles de pedazos, causando un sonido estruendoso y escalofriante. Malfoy se quedó viendo fijamente a la ventana rota, asegurándose de que esa mancha negra había desaparecido del cielo cerca de su hogar.

Escuchó un sollozo de su madre y raudamente se giró para verla.

—¿Estás bien?— preguntó con frialdad, pero colocando sus manos en los hombros de la bruja, asegurándose que efectivamente estaba bien.

Ella solamente asintió, sintiendo que el miedo que la había embargado por unos momentos ya estaba mermando.

Malfoy asintió y después de ordenarle a unos elfos que limpiaran aquel desastre, se fue a dormir, simplemente estaba cayendo rendido a los brazos de Morfeo. Su vida simplemente no podía ser cada día más complicada. Granger ya era suficiente problema como para añadirle a su tío al asunto.

Quedó rendido con un solo pensamiento en la cabeza.

Tenía algo que hacer al día siguiente.

xxXxx

Llegó exactamente a la hora necesaria, puesto que en cuanto sus pies tocaron tierra, la puerta que tenía delante se abrió de par en par y el hombre que salía se detuvo al ver al rubio delante de él.

—Señores Weasley… ¿me permiten un momento?— preguntó, viendo cómo Molly y Arthur compartían una mirada y asentían algo reacios, dejándolo pasar.

Seguramente Malfoy recibí más suerte de la que debería pero no había ninguna otra persona en la estancia, ya sea porque no estaban o porque estaban aún dormidos. Los señores Weasley lo guiaron hasta la sala de estar, sentándose algo incómodos por la aristocrática e imponente presencia del ex Mortífago.

Draco había tomado la decisión la noche anterior, después de haberle dado vueltas al asunto. Su tío claramente había dicho que quería saldar cuentas en honro a su difunta esposa, y recordaba muy bien que la madre de los Weasley, la había matado en uno de sus duelos, durante el final de la batalla de Hogwarts.

—Señor Malfoy, ¿qué podemos hacer por usted?— preguntó amablemente el funcionario del ministerio de magia, viéndolo con disposición y amabilidad.

El rubio platinado se desconcertaba al recibir esas miradas. Usualmente cuando la gente lo veía, habían dos cosas en su mirada: miedo o desprecio. Su pasado lo perseguía y presentía que no podría escapar de esa condena, pero sin creerlo aún, Granger le está haciendo pensar que las cosas pueden cambiar. No todas las personas reciben una segunda oportunidad para hacer las cosas bien, de la persona a la que le hiciste la vida imposible por tantos años, simplemente esas cosas no suceden. Y ha de aceptar, que fue la influencia de la sabelotodo la que le hizo tomar la decisión de ir a advertirles a los pelirrojos, porque antes simplemente hubiera dicho que ese no era su problema y que ellos se arreglaran como pudieran.

Estúpida Granger

—Supongo que han escuchado que el traslado de Rodolphus Lestrange no fue exitoso.

El señor Weasley asintió lentamente, ensombreciendo su mirar y tomado la mano de su esposa.

—Lo sabemos muy bien— declaró algo rudo, pero no queriendo ofenderlo.

Malfoy asintió.

—Ayer fue a mi casa— declaró, viendo cómo los ojos de los padres de la comadreja se abrían desmesuradamente y un brillo de desconfianza se adueñaba de sus semblantes—. Me ha dicho algo y he venido a advertirles.

—¿Advertirnos?

Malfoy asintió.

—Quiere venganza por la muerte de su esposa.

La reacción no tardó en llegar. Molly cubrió sus labios y su esposo la atrajo en un abrazo cálido y protector.

Las preguntas que le soltaron, simplemente no podía responderlas al no poseer las palabras correctas, o la información necesaria, pero ellos estaban verdaderamente agradecidos por que les haya brindando esa información tan invaluable. El agradecimiento que le querían dar era inaceptable, y él no fue por tener un premio, él no era un héroe. Él simplemente actuó bajo influencia de la castaña, la cual lo estaría esperando pues la hora acordada con Granger –once de la mañana–, se acercaba a velocidad alarmante. Lamentablemente, la madre de los Weasley no lo dejaba ir sin haber desayunado algo especialmente hecho para él, sin importarle que él ya había desayunado. Así fue que le hizo un desayuno demasiado grande como para terminárselo él solo, y con un estómago ya lleno. Finalmente, y después de comer sólo un poco y diciéndole que tenía que ir con Granger, lo dejó ir. Desapareció tan rápido como pudo, sin darle tiempo a Molly de cambiar de opinión.

Sabía perfectamente que Granger estaría no enfadada, lo que le sigue. Furiosa e iracunda, simplemente una leona con las garras de fuera y con hambre, necesidad de enterrar los colmillos en carne fresca y sabía que él… sería la carne. Sonrió de lado casi imperceptiblemente al imaginarla con sus mejillas sonrosadas debido al enojo y su cabello todo revuelto, con las manos en puños. Esa era una muy buen imagen de Granger… oh merlín, no acababa de pensar en eso. ¿Qué le estaba pasando? Estúpida Granger, juntarse con ella no le traía nada bueno. Definitivamente ese no sería un gran día, primero su tío regresa, después la advertencia a los Weasley y ahora tendría que soportar el mal humor y las no tan discretas miradas de odio por parte de la sabelotodo.

Comenzó a subir los escalones que llevaban a la puerta principal de Grimmauld Place y se detuvo de repente cuando sus oídos captaron algo. Alcanzaba a escuchar gritos desesperados, desgarradores provenientes de la casa delante de él. Se podía. Percibir el miedo que aquellas aclamaciones llevaban, haciéndolo sentir un escalofrío recorrerle el cuerpo entero, como pocas cosas lograban hacerlo. Pero fue algo más… esa voz era la de Granger. Los gritos aumentaban y él corrió hasta llegar a la puerta y trató de abrirla pero estaba cerrada. Merlín ¿qué le estaba sucediendo a la bruja y dónde se suponía que estaba Potter? ¡Llegaba solamente una hora tarde! Tampoco podía ser el fin del mundo si él no podía llegar a tiempo un solo día. Forcejeó la puerta pero se dio cuenta de que esta no iba a ceder a sus intentos, y maldita sea ¿por qué no le pidió a Granger una llave? Debió de haberlo hecho desde el día que pensó en eso. Sin saber qué hacer, comenzó a patear la puerta y sacó su varita, abriéndola súbitamente.

Los gritos simplemente se escuchaban más fuertes, provenientes de la sala que estaba frente a la cocina. Corrió hacia allá con el corazón en la garganta, sintiendo una leve preocupación por lo que estaba sucediendo a Granger, pero es que esos gritos no cualquiera puede hacerlos. Corrió tan rápido como sus largas piernas le permitían y llegó finalmente al lugar de origen de los alaridos, haciéndolo detenerse abruptamente al encontrarse con esa imagen.

Granger estaba lívida y muy sudorosa, su pecho subía y bajaba a una velocidad alarmante y sus ojos estaban abiertos de par en par con sus pupilas dilatadas. Estaba pegada a la pared, casi incrustándose, realmente parecía que quería hacerse una con aquella construcción. Se podía ver el miedo que sentía y parecía que en cualquier momento se iba a desfallecer. Ella no veía nada con claridad, simplemente tenía los ojos abiertos. San Potter por otro lado, estaba junto a ella, tratando de despegarla de la pared sin poner demasiada fuerza, más ella no paraba de intentar alejarse de él. La desesperación y la confusión se podían ver en aquellos ojos esmeraldas, que simplemente no comprendían lo que sucedía.

Malfoy no tardó mucho en reaccionar y correr el tramo que le faltaba hasta estar del otro lado de la castaña que al verlo, comenzó a hacerse más pequeña, dejándose deslizar por la pared hasta quedarse sentada.

—¡Granger!— llamó el rubio platinado con voz grave y ronca, mostrando los dientes y frunciendo las cejas, sintiéndose agitado por todo lo que sucedía.

—Malfoy…— llamó Potter, intentando ayudarlo a sujetar a la castaña, que había levantado los brazos y sujetaba su cabeza, cerrando los ojos con fuerza— no sé qué hacer, lleva así diez minutos, ¿qué se supone que está pasando?

Malfoy estaba enfurecido a más no poder con Potter, verdaderamente era un bueno para nada. Aunque claro… se suponía que él debía de estar ahí para cuando estas cosas sucedían ¡pero eso no le impedía a cara rajada saber un poco de la condición de su mejor amiga!

Simplemente ignoró lo que le preguntó y acostumbrado a hacerlo, comenzó a ladrar órdenes.

—Debajo de su lavamanos… — señaló hacia las escaleras, esperando que el niño que vivió entendiera que se refería a la habitación de Granger—una poción morada y una cobija ¡ya!

Harry no tardó en reaccionar y ponerse de pie, para salir corriendo hacia la habitación que utilizaba su mejor amiga, dejando atrás a un hurón oxigenado que intentaba con todas sus fuerzas, sostener a la bruja que temblaba de pies a cabeza y tenía lágrimas recorriendo sus mejillas. La tenía fuertemente sujetada entre sus brazos, y podía sentir el sudor que emanaba su piel, además de que estaba extremadamente fría.

Después de un minuto, Harry Potter llegó a la pequeña sala, dándole a Malfoy la poción primero, la cual desesperadamente tomó y rápidamente la acercó a los labios de la castaña pero ella giró el rostro casi haciendo que se derramase la poción.

—Tómatela, Granger…— gruñó él, colocando su mano libre en la quijada de Granger y apretando un poco para que abriera sus labios y finalmente, cuando lo consiguió, vertió todo el contenido morado burbujeante en la obscura profundidad de la boca de Hermione.

Poco a poco, pudo sentir que los temblores dejaban de sacudir el menudo cuerpo y las lágrimas habían dejado de caer. Potter le entregó la cobija y rápidamente envolvió el cuerpo de la bruja, para intentar de ayudarla a recobrar el calor que perdió. Sin pensar realmente lo que hacia, sin importarle quién era, o que Potter estuviera ahí, la abrazó y la atrajo a su cuerpo, acariciando sus brazos para crear fricción y aumentar la temperatura. Lentamente, sintió que la respiración comenzaba a estabilizarse y dejaba de sudar.

Granger regresaba a ser Granger.

Los minutos pasaron lentos y silenciosos, y finalmente Hermione comenzó a abrir los ojos, parpadeando y sintiéndolos pesados; estaba agotada. Torció el cuello para poder ver a Malfoy. Sus ojos grises como siempre estaban inexpresivos, fríos como la nieve e impenetrables como el acero. Lo observó con reproche, tratando de encontrar una razón en su impasible rostro.

—¿Donde estabas? — preguntó en un susurro, sintiéndose cada vez más relajada y con mucho, mucho sueño.

Malfoy frunció las cejas y vio fijamente a sus ojos, sintiéndose mal por no haber llegado antes, pero ella no podía exigirle nada. La ayudaba porque él quiso hacerlo, nada más. Granger no podía hacerle dar explicaciones si llegaba una vez tarde, no es como que siempre lo hacía.

Pero pudo reconocer algo.

La culpa que sintió al saber que ella sufrió porque él no había estado ahí, cuando se suponía que debía de estarlo.

—Lo siento… — susurró, levantando una mano y acariciando su cabello, haciendo lo que ella hacía siempre: intentar inútilmente acomodar lo imposible.

Granger se mordió el labio inferior, y se enterró en el pecho del ex Mortífago, estrujando con su mano la camisa y el saco negro que él vestía.

—No vuelvas a dejarme sola— susurró con los ojos cerrados y las cejas fruncidas, exigiéndole y suplicando obediencia.

Malfoy no tuvo tiempo de responder.

Ella se quedó profundamente dormida en su abrazo. Pero él sabía la respuesta a su implícita orden, algo que simplemente no quiso decir pero que en su corazón se aclamó: no la dejará nunca… aunque sabía que tarde o temprano terminaría haciéndolo.

Tranquilamente e ignorando olímpicamente a Harry Potter, deslizó una de sus manos por debajo de las rodillas de la castaña y se levantó sin dificultad alguna, con ella en brazos. Su cabeza estaba enterrada en el pequeño hueco que hay entre su cuello, con toda la melena de la bruja, desparramada en la espalda del ex buscador del equipo de Slytherin. Sentía contra su pecho, la respiración tranquila de Granger, haciéndole saber que todo estaba bien. Comenzó a caminar, sin dirigirle la palabra a San Potter, que lo observaba con detenimiento, como si tratara de averiguar algo. Sus pasos tranquilos parecían deslizarse por sobre la madera del suelo, subiendo las escaleras sin hacer le mínimo ruido, no vaya a ser que despierte a la leona. No tardó mucho en llegar a su habitación.

La sabelotodo era extremadamente liviana, prácticamente no pesaba nada (nada que no pueda cargar). Su aliento cálido rozaba su piel fría y pétrea, molestándolo ligeramente pero a la vez, le gustaba aquella sensación. Lo relajaba como pocas cosas lograban mermar el mal humor que lo caracterizaba. Con cuidado, comenzó a dejarla en su cama, observando sus párpados cerrados y el ligero titiritar de sus pestañas negras y frondosas sobre sus mejillas levemente sonrosadas, gracias al recuperado calor. No se veían especialmente mal. Con cuidado, cubrió su menudo cuerpo, y salió sin voltear a verla una vez más, cerrando la puerta con una delicadeza cero familiar con él. La cara rajada lo esperaba al otro lado. Lo miró por unos segundos con una mirada fría y asesina, culpándolo silenciosamente de lo que acababa de suceder.

—¿Puedes decirme qué diablos sucedió?— pudo haber gritado, pudo haberle apuntado con su varita, pero no. Lo dijo suavemente, arrastrando las palabras y uniéndolas, haciendo que eso sonara mil veces más peligroso que cualquier otra cosa.

El señor Potter levantó una de sus manos y la pasó por su rostro, desacomodando sus anteojos y después revolviendo aún más su cabello. Harry estaba en estado de shock, jamás había visto a su mejor amiga en eses estado. La vio tan frágil, tan delicada, tan poco Hermione Granger. Simplemente no pudo reaccionar, ni reconocerla… realmente esperaba que eso no sucediera nuevamente… jamás. No podía creerlo, la impotencia que sintió al no poder ayudarla.

—Bajó a desayunar algo tarde— comenzó a explicar, haciendo ademanes con la mano y viendo al piso fijamente—, al parecer su reloj no sonó, o algo así venía diciendo mientras bajaba las escaleras antes de entrar a la cocina… y se encontró a Kreacher. Malfoy, no lo reconoció, simplemente lo vio y se volvió loca, no sabe lo que son los elfos domésticos, simplemente entró en...

Hablaba con desesperación, incapaz de entender la gravedad del asunto, pero Malfoy sí que lo comprendía. Sabía que esos sucesos pasarían con mayor frecuencia y que cada vez serían más cosas importantes las que ella olvide. Se preguntaba qué más podrá haber olvidado y muy dentro de sí, deseaba ayudarla a encontrar la manera de mantener cierto control de su pérdida de memoria, por muy imposible que ese doctor Brooks lo diga.

—Pánico, sí…— le interrumpió, pasando una mano en su cabello, para peinar lo poco que se había desacomodado por todo el alboroto— era de esperarse que algo así sucedería pronto— cruzó sus brazos y se mostraba indiferente ante lo que decía, como si realmente no le importara lo que le sucedía a la bruja que le ayudaba a ganarse su perdón.

—¿Cómo sabías?— curioseó Potter, sintiéndose muy mal consigo mismo porque Malfoy sí sabía cómo ayudar a Hermione y él, que era prácticamente su hermano no tenía ni idea. Realmente no quería saber qué pudo haber pasado si el hurón oxigenado no hubiera llegado, ni siquiera sabe el nombre del doctor de Hermione.

—¿Qué crees que hago siempre que estoy con ella? Además de discutir claro… — sonrió casi imperceptiblemente, recordando lo mucho que le gustaba hacerlo… ¡concéntrate Malfoy! Se reprochó.

Potter entrecerró los ojos pero no dijo nada. Extrañamente, había tomado esa declaración como dos cosas: como algo bueno y como una competencia. Algo bueno debido a que insólitamente sabía que Hermione estaba en buenas manos junto a Malfoy, aunque jamás creyó que llegaría un día, al menos no en esta dimensión, en el que diría que eso sería posible. Pero Malfoy y Hermione, se complementaban de una extraña manera que nunca había podido ver. Ambos eran capaces mentalmente y muchas veces los escuchaba discutir y no entendía nada de lo que decían. Pero por otro lado, la competencia que sintió fue a también él poder saber tanto de su mejor amiga. A petición de ella, él la trataba de la misma manera, prácticamente le rogó que no cambiara su rutina por la inminente enfermedad de Granger. Pero ahora las cosas habían cambiado. Ahora él también quería conocer.

—Tenemos algo de qué hablar— declaró Malfoy repentinamente, sacándolo de sus pensamientos.

Malfoy caminó un poco, alejándose del pasillo para poder conversar en otro lado.

—Pero…— Harry señaló la puerta en la que estaba dormida la de ojos chocolates pero Malfoy, impasible como siempre, simplemente negó con la cabeza.

—No despertará por al menos cuatro horas más— declaró, continuando su caminar, seguido por el niño que vivió.

Finalmente llegaron a la cima de la escalera y se enfrentaron con los brazos cruzados y semblantes serios.

—Mi tío se fugó de su traslado a Azkaban, debes de saberlo— comenzó.

—Así es, es el tema de conversación en el cuartel.

—No me interesan sus chismes— rodó los ojos con desinterés—, ¿qué han logrado resolver, al menos saben dónde está?

Harry se mostró algo escéptico por aquellas preguntas.

—No podemos hablar de eso— declaró, volteando a ver el piso mientras los recuerdos de las conversaciones se mostraban en su cabeza.

—Vamos Potter.

—Está bien, no sabemos nada…— se encogió de hombros mostrándose claramente derrotado— tenemos ocasionalmente noticias de que ha sido visto pero cuando llegamos, él ya se ha ido.

Draco asintió, sabiendo que la cosa sería así.

—Ayer en la noche estaba en la mansión Malfoy— comentó sin preámbulos, como si hablara del clima. No hubo advertencia, su voz fue monótona.

—¡¿Qué?!— se sobresaltó, sin saber si sentirse traicionado, sorprendido, enojado o confundido.

—Nada de lo que tenga que comunicarte Potter… — aclaró Draco entrecerrando los ojos y mostrándose irritado—pero sí te diré que quiere venganza por el asesinato de Bellatrix.

Potter se mostró lívido y ligeramente conmocionado.

—Molly la asesinó.

—Ya le he advertido— comentó Malfoy antes de que Potter siquiera lo sugiriera—, pero no será suficiente. El departamento de aurores tendrá que estar alerta.

Harry asintió y le dio las gracias. Malfoy le pidió, muy a pesar de su orgullo, que no le dijera a Granger, no quería que ella comenzara a darse cuenta del efecto que tenía sobre él, y sabiendo lo astuta que era, no quería que se aprovechara de eso y lo influenciara aún más. Sin nada más que decir o hacer en ese pasillo, regresó a la habitación de Granger, para esperar el despertar de la leona, donde seguramente ahora sí, sentiría la fuerza de su furia.


Gracias por leer ;)

florperlachiquis52: Oh linda, pues qué te digo, olvidará más cosas (yo, a la doctor Brooks haha) pero me alegra que te haya gustado el capítulo! sí, fue profunda y los hizo verlos de manera diferente y bueno, las cosas comienzan a cambiar poco a poco! ahhahahha efectivamente, sabemos que será problemas! gracias por comentar! besos, xoxox

PinknOz95: me alegra tanto que te haya gustado y espero que este también! oye, pues ya llegamos al punto en el que nos podemos llamar por nuestro nombre, si quieres, yo soy María, tú? y bueno, efectivamente lo de George / Fred ha sido muy triste! gracias por comentar! besos, xoxox

Yuuki Kuchiki: que bueno que se te haga interesante! y bueno, lamento-no lamento haberte hecho llorar, de manera retorcido me siento halagada si dices que no es normal en gente como tú hacha gracias por comentar! besos, xoxox