Creo que es mi capítulo favorito hasta ahora, espero que les guste tanto como a mi :)

¿No te sientes pequeño?

Aquél día había amanecido más fresco de lo normal, y con justa razón. El invierno se acercaba con prisa. Y todos sabían que las lluvias comenzarían a caer y el frío congelaría sus cuerpos sin piedad. Y a pesar de estos pensamientos, la castaña que acababa de levantarse se sintió con energía y muchas ganas por comenzar ése día. Era simplemente una motivación tácita. ¿Quién hubiera dicho que ella terminaría enseñándole a Draco Malfoy sobre cómo vivir la segunda oportunidad de la vida? Se levantó de la cama con una amplia sonrisa, y disfrutó cada segundo de su rutina de baño, enjuagándose el cuerpo e inundándose en un aroma exquisito de vainilla. Ése día irían a un lugar que iba a estar más fresco, y por eso decidió ponerse unos pantalones de mezclilla entubados, con una cortas botitas de agujetas. Un suéter beige, abrigo color café y concluyó el arreglo con un gorrito tejido.

Bajó a desayunar con es amplia sonrisa y cuando entró a la cocina, se encontró con Harry leyendo El Profeta, con una taza de café humeante a un lado y un plato con comida a medias.

—Buenos días, Harry— saludó ella, tomando asiento.

Harry se puso de pie y caminó hasta el sartén para servirle a su amiga un poco de desayuno. Desde aquél ataque de pánico, él y Malfoy habían acordado que Kreacher haría el desayuno pero que no podría estar presente para cuando Hermione bajara a desayunar. Seguía sorprendiéndose de cómo ése hurón oxigenado se preocupaba por su mejor amiga pero agradecía –por muy extraño que fuera– que lo haga.

—Gracias— sonrió la castaña con el plato delante de sus ojos.

—¿Y a qué se debe esa sonrisa?— cuestionó Potter con diversión, preguntándose los miles de motivos para eso, pero su amiga se había vuelto completamente impredecible, entonces era mejor dejar sus especulaciones a un lado.

—Oh nada, solamente espero ansiosa a que llegue Malfoy— dijo como si hablara del clima; definitivamente nada importante.

Harry casi se atraganta con su café, esa suposición jamás cruzó su mente. Era una inverosímil, ¿Hermione ansiosa por ver a Malfoy?

—Por favor dime que hay una gran razón para que digas eso, y no porque verdaderamente quieres ver a ese hurón oxigenado— prácticamente suplicó.

Hermione sonrió a duras penas con un bocado en la boca. Oh, si tan solo supiera. Lo que le mocionaba del día en sí, no era ver a Malfoy o siquiera que era su día. Aunque siendo prácticos, cada día era el de ella, ésta vez Hermione controlaría lo que se hace, decidiendo en todo momento. Éste día, ella tenía la mejor lección de vida que había podido planear. Aún recordaba –gracias a merlín– de cuando aprendió a ver la grandeza de las cosas, aprender a disfrutar y a gradecer, pero al mismo tiempos e humilde, ante cada cosa que la rodea, no importa el tamaño.

—Es un día especial— dijo con simpleza, encogiéndose de hombros.

Ante esto, Potter supuso que era un día en los que se cumpliría uno de los sueños de Granger, normalmente ella se ponía muy feliz en esos días. Simplemente no quiso continuar con su interrogatorio, pensando que tal vez reciba otra noticia alarmante y esa vez sí se ahogaría.

Hermione terminó de desayunar con bastante rapidez, más de la esperada. Aprovechó su tiempo libre antes de las once, para subir a su habitación y tender la cama, y por qué no, preparar los viales de medicamento que se llevaría ése día. Dejó todo perfectamente acomodado en su bolsa de mano y bajó a la sala con un gran libro muggle de historia universal. Se sentó por quién sabe cuánto tiempo pero estaba completamente inmersa en su lectura. Siempre le gustó aquellos momentos de la historia donde todo era como en los cuentos de hadas: reyes y reinas, princesas y príncipes, castillos, tierras lejanas, y batallas, traiciones y tragedia. Le gustaba memorizarse las fechas y los nombres de cada batalla pero ahora ni lo intentaba. Era algo deprimente ése pensamiento a decir verdad. Pero todo el tiempo que invirtió en memorizarse esos datos quedará en el olvido en cuanto su mente se quede como en una página en blanco. Quién sabe, tal vez si tiene suerte no olvidará unas de esas cosas. Y debido a eso, en esos momentos ya ni lo intentaba.

Estaba tan inmersa en sus pensamientos, que no se dio cuenta de que Malfoy había tocado la puerta y tuvo que ir Harry a darle el paso a la antigua y noble casa de los Black. Le indicó dónde se encontraba la castaña y con pasos parsimoniosos, el rubio platinado se acercó al lugar correcto. Estaba a punto de llamarla cuando llegó a la puerta pero simplemente se quedó en silencio. Recargó su cuerpo sobre la madera del marco de la puerta, cruzando sus brazos y fijando su calculadora y perturbadora mirada sobre ella. La pelo de arbusto simplemente no había reparado ante su presencia y eso lo irritaba un poco pero a la vez no, porque podía verla de esa manera. Ella tenía el libro sobre su regazo y podía ver que lo leía con fuerza y mucha concentración. Sus cejas estaban levemente fruncidas y mordía con suavidad el labio inferior. Sus dedos se deslizaban por entre las hojas, pasándolas de vez en cuando y continuando con su lectura. No se veía tan mal, definitivamente se veía mucho mejor así, calladita. La noche anterior simplemente había sido un desastre para ambos. El lugar era perfecto, el ambiente excelente. Granger no se veía para nada mal y él… él fue a estropear la velada por un simple enojo que no pudo calmar. Le había arruinado un sueño a Granger y odiaba ése sentimiento que lo embargó, sabiendo que era culpa. Como si no tuviera culpa suficiente. Fue entonces que se hizo notar, carraspeando su garganta.

—¡Malfoy! Buenos días— saludó con una sonrisa, poniéndose de pie y dejando su libro en la mesita de madera a sus pies.

El aludido simplemente asintió con la cabeza ligeramente a modo de saludo y ambos se dirigieron a la salida. Como el caballero que es, abrió la puerta y simplemente la dejó pasar, sin decir comentario alguno o verla siquiera. Hermione salió con esa amplia sonrisa que tenía pintada en los labios y para sorpresa del rubio platinado, ella comenzó a caminar hacia la izquierda y no a la derecha, dirección al parque. Levantó una ceja y la siguió, quedándose solamente a unos pasos detrás. La observaba con curiosidad, y después a su alrededor, intentando descubrir a dónde se dirigían. Entonces alcanzó a ver un obscuro pasillo entre dos edificios. Muy pequeño como para que hubiera algo, pero lo suficientemente amplio para que dos personas quepan. Malfoy supuso que aquél sería el lugar en el que se meterían para poder desaparecer.

—Dime a dónde tenemos qué ir, por si no recuerdas no sabes cómo aparecerte— espetó fríamente, caminando más rápido para estar a su lado.

Granger rodó los ojos, definitivamente no sintiendo una pisca de alegría con el comentario que acababa de hacerle. Obviamente sabía que no sabía cómo aparecerse, no necesitaba al hurón oxigenado para que se o recuerde.

—Hoy no Malfoy— comentó, pasando de largo aquél pasillo obscuro y sintiendo la mirada desconcertada de los ojos grises—, hoy tomaremos el transporte público.

El hurón se detuvo. Definitivamente no. Nunca. Jamás. Ni amenazado. ¿Cómo se le ocurría a Granger decir que se transportarían a quién sabe dónde, en transporte de muggles? Esas cosas siempre huelen feo, se ven abarrotadas de personas y simplemente no se iba a subir.

—¡¿Qué?!— aulló encolerizado, trotando para alcanzar a la bruja que estaba de pie debajo de una caseta, junto a más personas.

—No seas bebé— gruñó, pero mantuvo aquella sonrisa burlesca que había colocado y no había nada que le pudiera quitar la satisfacción de ver a Malfoy en un autobús público.

Draco, con una mueca de disgusto y asco total, se quedó a su lado, viendo con desdén a las personas que se acumulaban a su alrededor. Pasó el primer camión, uno rojo de dos pisos y se sorprendió al ver que la sabelotodo no se puso de pie. Así pasó lo mismo con el siguiente camión y el heredero Malfoy estaba completamente desquiciado, ¡él no era paciente! Pero entonces, llegó un camión distinto. Era alargado y de color gris metálico, con un letrero debajo de las ventanas. Era una mujer rubia con traje de baño rojo, de caricatura, estilo los cincuentas.

La sabelotodo se puso de pie y simplemente caminó a la puerta que se abría y él la siguió de prisa, teniendo las cejas ligeramente fruncidas. Pudo ver que ella sacaba unos billetes muggles y se los entregaba al conductor. Se fueron a sentar a lo más alejado del camión, Draco junto a la ventana. Veía pasar la ciudad, y no tardó en darse cuenta de que se estaba alejando de la ciudad. Granger definitivamente lo estaba intrigando, ¿a dónde se supone que iban? Así comenzaron a pasar los minutos y los minutos se convirtieron en horas. Llevaban dos largas horas en aquél camión lleno de gente y simplemente se estaba cansando. Y para acabarla de fregar, ni siquiera pudo conversar con la pelo de arbusto porque se había quedado dormida desde el comienzo del trayecto. Entonces, comenzó a ver que los árboles dejaban de aparecer y en cambio se veían palmeras. Vio que los edificios dejaban de verse y finalmente se alcanzaba a ver acúmulos de arena y para acabar el paisaje, un color azul profundo golpeó sus ojos: el mar.

¡Por Merlín, que esta mujer estaba loca!

Ligeramente muy molesto, el hurón oxigenado comenzó a sacudir a la castaña, sin importarle en lo más mínimo despertarla con sutileza. Hermione comenzó a parpadear un par de veces, mostrándose desconcertada. Frunció las cejas y vio a todos lados hasta que lo notó y se le quedó viendo con los ojos mostrando su obnubilación.

—¿La playa? Granger, he ido a la playa incontables veces —gruñó completamente molesto. ¡Había pasado dos horas de su preciada vida en un autobús muggle… para ir a la estúpida playa! Definitivamente quería matar a Granger, pero tranquilo, es su día… ya arruinaste el anterior, no hagas lo mismo esta vez, se decía.

—Oh, calla…—espetó ella saliendo de sus estado de letargo y reacomodándose en el asiento—. Necesitábamos venir a Littlehampton Beach para lo que tengo planeado.

Malfoy simplemente rodó los ojos y se quedó callado, cruzando los brazos de una manera infantil y sin dirigirle más palabra a la castaña. El camión finalmente llegó a un alto total y las puertas se abrieron, darle a Malfoy el tan ansiado oxígeno impoluto que según él había estado en el autobús. La brisa fría y con olor a pescado lo golpeó y arrugó la nariz con desagrado. Hermione en cambio, inhaló lo más que pudo y exhaló sonriendo sutilmente. Ella comenzó a caminar mientras que la demás gente salía del camión y se dirigía al pueblo, seguramente por algo que comer. Ellos en cambio, se dirigían a la playa al parecer.

No había ni un rayo de sol, todo se veía nublado, definitivamente no era un día para ir a la playa. Un par de gaviotas volaban y sus graznidos atosigaban sus oídos. En el agua, que seguramente estaba helada, habían unos jóvenes con tablas de surf, simplemente conversando. En la arena y cerca del mar, había dos niños de cabello rubio con varias cubetas y palas de plástico, creando castillos de arena. Más lejos alcanzaban a ver una pareja bajo una sombrilla y unas dos mujeres leyendo, no podían entender cómo no se estaban congelando, ¡hacía frío!

Malfoy levantó una ceja cuando vio que Granger se ajustaba el abrigo y comenzaba a caminar sobre la arena, acercándose cada vez más a la orilla del mar. Malfoy la siguió y finalmente se detuvo cuando estaba a su lado. De reojo podía ver que ella sonreía suavemente, apenas una curvatura en las comisuras de sus labios. La brisa agitaba su cabello, meneándolo en el viento. Ambas manos las tenía en los bolsillos de su abrigo y simplemente miraba con admiración al simple mar. Draco verdaderamente se estaba preguntando si la castaña seguía del todo cuerda, tal vez las medicinas también le estaban haciendo perder el juicio y la razón. Iba a decir algo que seguramente sería más grosero de lo que hubiera querido pero ella habló, sin siquiera voltear a verlo; sus ojos clavados en el mar.

—¿No te sientes pequeño junto a él? —cuestionó suavemente.

Definitivamente había perdido el juicio. Levantó una de sus cejas rubias viendo directamente a la mujer a su lado y después al océano frente a él, regresando sus ojos grises a ella, evidentemente molesto.

—Es el mar, yo una persona, no hay comparación —declaró como si dijera la obviedad más grande del planeta, y sólo Granger no lograba verlo.

Hermione se quedó completamente desilusionada con la respuesta. Definitivamente no era lo que esperaba escuchar, pero vamos, que hablaba con Malfoy y sabía que era esperar mucho el que le diera la respuesta que a ella le hubiera gustado escuchar.

—Tan lindos ojos y tan ciego, es una pena—dijo con tristeza, chasqueando y viendo al piso, sin percatarse el prácticamente halago que le había dado. ¿Qué hacer, qué hacer? Entonces se le ocurrió algo—. Cierra los ojos… vamos, que cierres los ojos.

A regañadientes, el heredero Malfoy cerró los ojos pero instintivamente abrió uno, recibiendo sorpresivamente una mirada asesina por parte de la que pierde la memoria. Nuevamente los cerró y simplemente escuchó sus pasos moverse por la arena. La escuchó rodearlo y finalmente la sintió detrás de él. Casi podía imaginársela levantando el cuello y poniéndose de puntitas par poder hablarle, siendo él mucho más alto que ella.

—Concéntrate sólo en lo que yo te diga, ¿correcto? —habló a su oído y él simplemente atinó a asentir—. Siente la suave brise que roza tu piel… siente que despeina tu cabello, alejándolo de tu rostro. Ahora inhala profundamente, ¿lo puedes oler?

Justo como ella le había dicho, escuchó con atención cada palabra y simplemente se sentía ridículo y patético. Olía a mar, ¿a qué podía oler? Pero bueno, tenía que complacer a la estúpida de Granger y simplemente inhaló aire, dejando que aquél aroma lo inundara. La brisa llegó a su cuerpo y casi pudo degustar el sabor salado del mar en su lengua. Sal, olía a sal, y no era precisamente un olor que le gustara. Pero le sorprendía, eso no lo podía negar. El momento en que el viento lo golpeaba, también lo hacía el olor a sal.

Asintió a modo de respuesta.

—La sal que distingues, viene desde lo más profundo del océano. El agua va arrastrando las sales naturales del piso y poco a poco van subiendo, y cuando el agua se evapora, puedes percibir aquél olor.

Vaya, eso no se lo esperaba. Realmente no tenía idea de por qué olía como olía y no le interesaba en lo más mínimo, pero no se lo diría. Simplemente continuó inhalando y degustando la sal que siempre supuso sería debido al pescado, no sabía por qué.

Entonces la sintió moverse nuevamente, a su otro oído, y continuó hablando.

—Ahora escucha con atención… el sonido de las olas, cómo rompen en la orilla… las olas son el impulso del mar provocado por el viento que acabas de sentir y oler. Escucha cómo cambian los ritmos… hay olas más fuertes y peligrosas, pero después vienen unas tranquilas. El océano es impredecible, tan grande y lleno de misterios que nunca se sabe lo que puede pasar.

Y escuchó atentamente, ésta vez sin pensar tonterías o decir mentalmente insultos hacia Granger, simplemente… escuchó. Y tenía tanta razón, simplemente no acababa de sorprenderlo con sus palabras. Escuchaba el mar volverse ola, y ésta romper con las rocas, provocando estruendosos sonidos, pero la ola que seguía era suave, simplemente delicada y sin tanta impotencia como la siguiente. Intentaba poder decir qué tipo de ola era la siguiente pero como ella decía, era impredecible. Simplemente no había un patrón, las olas llegaba como ellas querían, jamás se podría decir con anterioridad qué tipo será. Y lo tenía completamente maravillado. Se sentía tentado de abrir los ojos pero simplemente no quería abrirlos, era estupendo descubrir lo que ella le estaba mostrando.

Entonces se sobresaltó al sentir la suave mano de Granger, tomar la suya y la otra colocarse sobre su hombro. Sintió una ligera presión, ella le indicaba que se agachara. Algo reacio a obedecer, comenzó a agacharse, quedándose en cuclillas. La mano que sostenía la de él, lo guió hasta que sus dedos pálidos y fríos se sumergieron en la arena. Sintió aquella textura granulosa envolver su mano, y la de ella lo empujaba y lo mecía, sintiéndola rasparse.

—Siente la arena. Tan pequeña y suave, pero ¿sabías que son pedazos muy pequeños de roca? Cuando se rompen, las mismas corrientes y olas, fieles compañeras, llevan los pedazos a la superficie para que no se ahoguen en soledad. La empujan por años y años hasta que finalmente descansan fuera del gran peso del mar. Pero aquellos movimientos son los que han lijado y decolorado, hasta dejarla aquí, a nuestros pies. Es un ciclo infinito.

Podía sentirla suave sí, pero a la vez rasposa. Era impresionante, odiaba decir que era ignorante pero él verdaderamente jamás le dio más pensamiento. Simplemente era arena, siempre ha estado ahí. Pero se sentía completamente asombrado con sus palabras, pensar que antes eran pedazos de roca, filosos y más grandes y que ahora estaban, como ella decía, a sus pies. Era simplemente increíble, todo lo que tuvieron que pasar aquellas piedras para estar ahí, simplemente adornando el paisaje.

Estaba completamente estupefacto, sin palabras y para su mayor sorpresa, ella continuó hablando.

—Ahora vuelve a escuchar. Deja que la risa de los niños inunde tus oídos, deléitate en ése sonido tan puro —y él obedeció—. Los niños están jugando a construir castillos en la arena húmeda. Crean torres y canales. Pero sigue escuchando, ahí viene una ola… y se llevó al castillo. El mar puede causar tanta paz, pero a la vez mucha destrucción.

En su cabeza, la imagen de aquellos dos rubios que había visto antes se reprodujo y pudo imaginárselos perfectamente. Tomando cada uno una cubierta y una pala, creando torres altas, lo más posible, y simplemente riéndose a todo pulmón, sintiéndose en el momento de su vida. Y entonces el ya familiar sonido de la ola, la impredecible ola, acercándose con velocidad, amenazando con llevarse lejos la creación de los niños, pero no podían saber. Jamás sabrían si aquella ola llegaría o no, si venía en son de paz o con deseos destructivos. Y se fue, su bella creación había sido destruida. Pero la risa seguía en sus oídos, los niños continuaban divirtiéndose.

La mano en la arena fue retirada por el sutil jalar de la castaña, sintiendo cómo ella le indicaba que se levantara y así lo hizo. La mano de ella no se despegaba de la suya y él no hizo nada por quitarla, ni siquiera intentaba quitarse la arena. La sintió acercarse a su cuerpo, poniéndose nuevamente de puntitas para poder hablarle al oído.

—Imagínalo… es el lugar perfecto para ver la unión de dos días… cuando el sol comienza a meterse en el horizonte, puede verse reflejado sobre el agua… y finalmente se unen las mitades formando uno. El yin y el yang, la paz y la destrucción, ¿me entiendes?

En su mente, se trasformaron las palabras que salieron de su boca y se convirtieron en imágenes vívidas y prácticamente reales. Podía imaginarse al sol acercarse al infinito mar, comenzando a meterse en horizontes y justo cuando llega a la mitad, se ve reflejado en la sutiles ondas del agua. Un círculo brillante y resplandeciente que hace al oro envidiar, y a los dioses sentir rencor. Simplemente hermoso. Y él pudo verlo con los ojos cerrado las dos mitades iguales, pero a la vez completamente diferentes.

Entonces sintió el cuerpo de Granger alejarse y su mano separarse, pero pudo sentir que se colocaba a su lado.

—Abre tus ojos y ahora dime…—él lo hizo al instante— ¿no te sientes pequeño?

Sus ojos grises se vieron descubiertos y fueron por una hermosa imagen. El mar resplandecía con unos pocos rayos que se escapaban por entre las nubes, reflejándose en las ondas y dándole un aspecto dorado. Veía las gaviotas volar y acercarse a la superficie, graznando y sintiéndose completamente libres. Los niños rubios volvían a crear un castillo y las olas seguían rompiendo a la orilla. Era la misma imagen que había visto pero por alguna razón lo veía diferente. Y ahí se dio cuenta de la verdad. Claro que se sentía pequeño junto a él. Después de todo lo que ella le dijo, no podía evitar sentirse opacado por la grandeza y maravilla y los miles de secretos que guardaba el infinito océano. Pero no sólo eso. También se sentía más pequeña que Hermione Granger. La insignificante mujer a su lado, la que lo miraba con delicadeza y una débil sonrisa, de repente había crecido miles de metros y se sentía obnubilado por su simple grandeza. Justo como el mar, ella guardaba secretos, cosas que él desconocía y estaba seguro que lo asombrarían como cada cosa que ella decía o hacía.

Entonces, la imagen que veía era la misma pero tan diferente a la vez. Y ahora sabía perfectamente la razón.

Ahora lo veía... como ella lo hacía.


Gracias por leer ;)

kirstty: muchas gracias, qué bueno que te gusta mi forma de escribir y bueno, el final está completamente planeado y a mí me gusta muchísimo, espero que también a ustedes! gracias por comentar, besos xoxox

Clara: tiempo sin saber de ti mujer! lamento no haberte contestado el PM pero en serio que no tengo tiempo, a ver si en estos días puedo, pero no creas que te tengo olvidada eh?! y bueno, qué decirte, en efecto no le has atinado a las cosas! ahah pero no te rindas, estoy segura de que en cualquier momento le vas a atinar! ahhaha gracias por comentar! besos, xoxox