Has cambiado

La puerta de la gran mansión de los Malfoy se abrió y por ella atravesó un joven rubio que tenía las cejas fruncidas y los ojos clavados en el piso. Ese día había sido… muy extraño. Acababa de dejar a Granger en Grimmauld Place y simplemente se tomó su tiempo para regresar a casa. Las palabras de Granger mostrándole la grandeza del mar resonaban en su cabeza. Simplemente era impresionante. La insípida y aburrida pelo de arbusto le estaba enseñando a vivir la vida. ¡Qué gran paradoja! Él sabía mejor que nadie cómo vivir la vida. Grandes lujos, los mejores trajes y las más gratas atenciones. Vivió, como se dice, la vida buena. ¡Pero qué gran mentira! Y él lo sabía. Siempre vivió, pero en la fantasía de la buena vida. Creando falsos buenos momentos y supuestas maravillosas experiencias, pero todo era una farsa, su vida era una paripé. Y venía ella, a cambiarlo todo, ¿por qué no? Estúpida Granger. Ella, enseñándole a ver la grandeza de las cosas ¡por favor! Y lo más patético, aquello que lo tenía tan estupefacto era… que sí veía las cosas diferente.

Después de dejarla en la casa de los Black, fue a desaparecerse por el parque, y tenía que ser, que vio las cosas de otra manera. Ver los árboles, sus hojas secas y ramas cuarteadas. Ver a las hormigas y las aves. Todo, cada detalle, por insignificante que fuera, lo vio diferente, lo vio grande. Oh, todas las maravillas de la vida se presentaban ante sus ojos grises y no podía creer, jamás lo haría, que fue la sabelotodo la que lo hizo entender.

Narcissa llevaba unos momentos observando a su queridísimo hijo, estático en la puerta de su casa, con una expresión indescifrable. Simplemente tenía la mirada perdida y su madre se atrevía a decir, que una sonrisa tonta en los labios. Se le veía diferente, lo notaba distinto. Salió aquella mañana siendo uno pero ahora que regresaba, se daba cuenta de que era otro. Había cambiado.

—Hijo, llegas tarde…—habló de repente, sacándolo de su ensoñación y haciéndolo voltear a verlo. Después sonrió con sorna, comportándose a la altura de sus antepasados y cuestionando con dobles intensiones— ¿Por qué traes esa cara?

En cuanto Cissy dijo aquello, Draco compuso su expresión, volviendo a mostrarse impasible e inalterable. Se irguió y colocó aquella barrera de frialdad que tanto lo caracterizaba, que lamentablemente desarrolló perfeccionó dentro de las mismas cuatro paredes en las que vivían. Aquella máscara que creó como mecanismo de protección contra su padre, ¡su propio padre! Y Narcissa sabía que nada podría cambiarlo, o al menos eso pensaba si no lo hubiera visto entrar con la cara con la que entró.

—No tengo ninguna cara, ésta es mi cara —espetó con rudeza pero después relajó la expresión.

Sonrió ligeramente de lado y se acercó a su madre, sentada en una de las muchas salas de la casa, tomando una humeante taza de té. Lo veía con ternura y cariño y él simplemente se sentó a su lado, dándole un casto beso en la mejilla que honestamente sorprendió a la mujer. Lamentablemente ella sabía que él no era muy cariñoso. Siempre fue reprendido por Lucius cuando demostraba el mínimo atisbo de cariño hacia ella, siempre dijo que era señal de debilidad y que no quería un hijo suyo siendo débil. Y así, Draco simplemente dejó de abrazarla, decirle cosas lindas o darle besos en la mejilla. Pero como la buena Black y Malfoy que era, encubrió sus emociones, no vaya a ser que el rubio platinado se arrepienta y no lo vuelva a hacer; ella quería que lo volviera a hacer.

—No me engañas —sonrió y negó, pero no siguió el tema—. Estabas con Granger ¿no es así?, ¿cómo sigue?

Malfoy se sorprendió un poco. Sabía que su madre dominaba el hecho de que él estaba con Granger, pero la forma en la que se lo preguntaba. Lo hacía arrastrando las palabras como él lo hacía, haciéndolo inferir que ella intuía algo. Él entrecerró los ojos y la miró con escepticismo pero ella se mantenía con una sonrisa inocente en los labios y lo miraba por sobre el ras de su taza de porcelana.

—No muy bien —concluyó.

Narcissa bajó su taza y la exhaló ruidosamente, sintiéndose honestamente triste por esa joven mujer. Era tan sólo un año mayor que su hijo, simplemente no sabría qué hacer si algo así le sucediera a él. Se volvería loca. El joven Potter y Weasley han de estar desolados, definitivamente no quisiera estar en su posición. Pero por otro lado, algo estaba sucediendo, algo no le decía su hijo. Habían pasado cosas, de eso estaba segura. Él se comportaba como jamás lo hacía y simplemente estaba segura que la jovencita nacida de muggles estaba influyendo en su hijo. Y estaba agradecida por eso.

—Pobre mujer… —se lamentó, ocultando a la perfección aquellos pensamientos—ayúdala.

Draco simplemente tomó aquello como una despedida y asintió a lo que dijo. No es como que iba de a gratis hasta su casa y le cumplía todos sus caprichitos porque sí. ¡Obviamente la estaba ayudando! Pero egoístamente, sólo así se ganaría el perdón. Ciego el que creyera lo contrario, sí… definitivamente sólo la ayudaba por eso, no había otra razón.

—Buenas noches —se despidió y caminó parsimoniosamente, sintiendo la mirada de su madre en su espalda, hasta que finalmente desapareció.

Llegó a su habitación y a cada paso que daba, iba tirando una prenda al suelo: primero la corbata, después el saco, los zapatos, la camisa, el cinturón y finalmente el pantalón. Sin tener energía como para ponerse la pijama, se fue a dormir y hubo algo diferente. Esta vez no soñó con pasillos eternos o Granger, esta vez su sueño fue inundado por un amplio mar, estando él en una balsa en su centro. Pero no tuvo miedo, simplemente se quedó observando y deleitándose con la gran vista. Estúpida Granger que hasta a sus sueños se va a mater.

Sus ojos se abrieron a la mañana siguiente, no por la luz del sol en su cara pero la sensación de llamas verdes inundar su habitación. Parpadeó lentamente, estirándose y saliendo poco a poco de su obnubilación. Se sentía muy cansado pero por alguna razón estaba feliz: hoy vería a Granger. ¡Espera!, se dijo. ¿A caso acabas de ponerte feliz… porque vas a ver a la sabelotodo? Con terror en la mirada se sentó de golpe y se quedó viendo a la nada. Cuando el pensamiento volvió a golpearlo simplemente levantó las manos y talló su cabeza con fuerza, despeinando su cabello con violencia. Fue entonces que recordó el motivo por el que se había despertado. Levantó la cabeza y tensó el cuello, y ahí en el suelo, bajo los rayos del sol que perforaban su ventana, había un pedazo de pergamino sucio y arrugado. Algo molesto se salió de la cama y caminó rumbo a éste, sintiendo el frío del invierno en sus pies descalzos. Se agachó y lo tomó. La letra estaba chueca y parecía que había sido escrita con lodo y no con tinta pero lo importante era el mensaje en él.

"Caldero Chorreante #16. 12.30 pm. R.L."

Frunció los labios y las cejas, ¿qué es lo que querría ahora su tío? Creía haberle dejado en claro la última vez que se vieron, que no tendría nada de los Malfoy, tal vez el mensaje no quedó lo suficientemente claro. Pero había otro problema: Granger. tenía que ser, ¿cuándo la come libros no era problema? En fin, ¿qué iba a hacer? Si iba con ella y se quedaba un rato, para después marcharse, podría levantar sospechas y definitivamente no quería tener al ministerio en sus talones, no gracias. Bueno, tal vez la única solución que tenía era ir con la bruja hasta después de su reunión familiar, aunque ella se enoje. Resopló, estará iracunda, no enojada.

Así pasó a asearse y tranquilamente bajó a desayunar. Saludó a su madre con un beso inconsciente en la mejilla y simplemente se sentó en la cabecera, dejando que los elfos le pongan su plato lleno de un manjar. Platicó tranquilamente con Narcissa, comentando un poco de lo que había estado haciendo con la pelo de arbusto, simplemente cosas casuales, definitivamente no le iba a contar todo lo que han hecho. Le platicaba acerca de las emocionantes discusiones (que últimamente han escaseado, pero no iba a ponerse melindroso), las excursiones que habían hecho (si así se le podían llamar) y las citas al doctor Brooks. La rubia escuchaba con atención y asentía de vez en cuando. Definitivamente, Draco Malfoy había cambiado. Narcissa sonrió disimuladamente. El rubio platinado vio su reloj de mano y vio que eran las once con diez, a estas alturas Granger debería de estarlo maldiciendo. Sonrió melancólicamente, dudaba que ahora pueda maldecirlo correctamente. Borró la sonrisa instantáneamente. Realmente esperaba no estar en el día en el que ella no pueda hacer magia del todo, será muy triste. ¡Merlín! ¡¿Qué haces tú pensando en tonterías ridículas como esas?! Asustado por su forma de pensar de aquella mañana, se excusó y se dirigió a la biblioteca para buscar algo que leer y matar un poco de tiempo.

El tiempo pasó más rápido de lo que le hubiera gustado y cuando se acercaba la hora indicada, se metió a la chimenea para atravesarla y salir por otra completamente diferente. Mucha gente dejó de hablar y reír al ver la cabellera resplandeciente salir de las llamas verdes, pero con una impecable tranquilidad, el joven Malfoy asintió cordialmente y caminó parsimoniosamente hacia las escaleras. Veía cada número con cuidado hasta que finalmente encontró el dieciséis. Inhaló hondo, entre más rápido entre, más rápido saldría. Y entró.

—Hola sobrino— habló alguien en las penumbras.

Los ojos grises se entrecerraron y escudriñaron la estancia con cuidado, viendo los rincones en penumbras hasta que finalmente lo encontró sentado en una esquina. Instantáneamente y con un ondeo de varita, la chimenea se encendió y pudo verle la cara. Se veía igual de andrajoso que la última vez, tal vez un poco más sucio y consumido pero qué le importaba a él.

—¿Qué es lo que quieres?— espetó cerrando la puerta, cruzándose de brazos y recargándose en la madera. No estaba para rodeos, quería escuchar la pobre excusa que le dé y simplemente marcharse.

—Me impresiona tu tacto, igual a tu queridísimo padre— soltó con burla, poniéndose de pie y estirando los harapos a los que llamaba ropa.

Malfoy tensó la quijada y bajó la mirada, virando su cabeza un poco a la derecha. Odiaba con toda su alma que hablaran con él y lo relacionaran con Lucius Malfoy, porque definitivamente no era su padre, no lo había sido nunca ¿por qué ahora debería de serlo? Inhaló y exhaló ruidosamente un par de veces intentando tranquilizar al volcán que hizo erupción en su interior y cuando finalmente estuvo más tranquilo, giró la cabeza y rodó los ojos hasta sus cejas para verlo amenazadoramente.

—¿Para qué me mandaste llamar?— gruñó.

Lestrange levantó el mentón y lo observó con escrutinio. Definitivamente esa era la primera vez que él le hablaba de esa manera y se veía atemorizante, no podía mentir. Había cambiado, de eso no había duda, pero de todo modos no lo suficiente como para intimidarlo.

—¿A dónde vas todos los días?—habló tranquilamente, caminando sin conciencia y pasando un dedo por los mueble, comprobando si había polvo— Los he estado viendo y la querida Narcissa siempre permanece en casa pero tú no. Siempre sales a la misma hora y regresas puntual, nunca hay cambios. Ahora, sé que no estás en la empresa de tu padre, está Zabini, lo que me hace preguntarme… ¿tú a dónde te vas?

Todas y cada una de las alarmas de su cabeza y lo pusieron en estado de alarma. Tensó cada músculo de su cuerpo pero no entendía aquella reacción. No hasta que pensó en cierta maraña de cabello, y unos ojos tan brillosos como velas. Granger… definitivamente algo tenía tía Bella con la sangre sucia. Y bien lo dijo Lestrange, él estaba en una búsqueda de venganza para con su difunta esposa. ¿Granger entraba en aquella búsqueda?

—No te interesa— gruñó, definitivamente no quería que él lo averiguara. Granger era su secreto, ya bastante con que San Potter y la comadreja lo supieran aunque claro que era muy diferente. Muy diferente.

—Oh, vamos… — se rió y puso una sonrisa torcida en los labios— que sólo estoy preocupado por mi sobrino favorito

El único. Pensó Malfoy pero no comentó nada. Simplemente se quedaron viendo, midiéndose con los ojos. Ninguno sentía ninguna amenaza pero no había que tentar la suerte y mejor estar prevenidos. Digna serpiente, Draco deslizó su mano a su túnica y envolvió la varita de madera con fuerza, preparándose para cualquier cosa.

—¿Qué es lo que realmente necesitas?— se estaba cansando, definitivamente si no moría ahí a manos de su tío, moriría a manos de un hechizo mal realizado por parte de Granger y honestamente no sabía cuál era peor.

—Comida. Algo de dinero no me vendría mal— dijo Rodolphus encogiéndose de hombros y acercándose a paso lento al hombre solamente un poco más alto que él.

—No puedo, lo siento— habló fríamente—. El ministerio vigila todos nuestros movimientos, si algo desaparece levantará dudas y créeme, no quiero a los aurores sobre mí, no de nuevo—entrecerró los ojos y ladeó la cabeza, retándolo a dar un paso más hacia él.

—¿Ni por tu querido tío?— colocó ambas manos en su pecho y lo miró con fingida lástima. Draco solamente rodó los ojos.

—Lo siento, pero si eso es lo único que querías decirme, ya tienes tu respuesta, yo me largo…

Sin más, y escuchando un gruñido encolerizado por parte de Lestrange, Malfoy giró sobre sus talones y caminó con paso acelerado a la puerta, saliendo y simplemente bajó las escaleras con gracia y elegancia, manteniendo una expresión dura, como si nada hubiera pasado. La gente nuevamente detuvo cualquier cosa que estuvieran haciendo y observaron al hombre adentrarse a la chimenea, exclamando algo que los desconcertó a todos: "¡Mansión Black!"

Las llamas verdes abandonaron su cuerpo y dio un paso para adentrarse a la casa de sus antepasados. Inhalo hondo, aquí iba. Caminó tranquilamente para salir de la sala y arregló las solapas de su saco. Cuando pasó por la cocina escuchó al elfo domestico quejarse de algo pero no le dio mucha importancia y finalmente llegó a la puerta de madera que lo estaba separando del torbellino que era Hermione Granger. No escuchaba ningún sonido y no sabía aún si eso era una buena señal o no.

Y abrió la puerta.

—¿Se puede saber dónde estabas?—ni siquiera había entrado y la bruja ya lo estaba atacando— No una, pero dos horas tarde. ¡Dos Malfoy!

Con un tranquilidad desquiciante, el rubio platinado rodó los ojos y cerró la puerta detrás de él, caminando tranquilamente hasta sentarse con gracia en uno de los sillones. Cruzó la pierna y levantó la mirada para ver a la furiosa mujer, que fácilmente podría estar matándola con la mirada.

—Pues discúlpame Granger pero yo también tengo una vida—habló suavemente, arrastrando las palabras—. No porque la tuya sea tan miserable significa que la mía también lo sea.

Hermione frunció las cejas y abrió la boca claramente enojada y ofendida, sobre todo indignada. Cerró y abrió sus labios cual pescado hasta que finalmente atinó a señalarlo con el dedo y verlo con los ojos entrecerrados.

—¡Hey! No me hables así, si estás enojado está bien, pero no te desquites conmigo— concluyó cruzándose de brazos.

Bueno eso era nuevo. Pero que infantil estaba llegando a ser esa mujer, ¿a caso siempre fue así? Definitivamente no había prestado atención pero suponía que sí y se estaba dando cuenta hasta esos momentos, bueno eso era su culpa. Resopló y se inclinó hacia delante, recargando sus codos en las rodillas y levantó la mirada, ella continuaba con aquella actitud ridícula, cruzada de brazos y viéndolo con el ceño fruncido.

—Vale, está bien…— y esperaba que escuchara el "perdón" escondido porque definitivamente no lo diría.

Hermione asintió lentamente, dejando los brazos caer a su lado y simplemente caminó hasta sentarse a su lado con lentitud, como si temiese hacer algo inadecuado y solamente arruinar las cosas. Malfoy se preguntaba por qué estaba tan nerviosa pero después ella habló.

—¿Dónde estabas?—cuestionó viéndolo con una ceja levantada, pero extrañamente con los ojos entrecerrados. Draco suponía que aquella mirada suponía ser inquisitiva pero solamente lo irritaba.

—No te interesa— gruñó

—Eres insufrible— concluyó con una sonrisa resignada y sarcástica, y se levantó, caminando con unos peculiares saltitos rumbo a la mesa principal. Jaló una silla y simplemente se dejó caer, tomando un libro y comenzando a leerlo.

Pasaron lo que pareció ser una hora, y Hermione se había dado cuenta de que sus ojos no se movían, estaban fijos en una palabra y parecían no dispuestos a moverse ni un centímetro. ¡Qué frustración! Y todo por culpa del hurón que tenía al frente, que no estaba haciéndole nada que ella pudiera ver pero definitivamente estaba haciendo algo para distraerla. Lo más discreta que pudo, levantó los ojos para verlo por sobre las hojas del tomo y lo contempló.

Estaba sentado con la pierna cruzada, relajado pero a la vez muy aristocrático. Pero había un detalle diferente en él. Su mirada. Aquellos ojos de mercurio, siempre impasibles. Fríos y calculadores, se mostraban distantes, ausentes. Había preocupación en cada milímetro de ellos y eso extrañó a la castaña. ¿A qué se debía eso? Ignorando su cuestionamiento y milagrosamente recordando que iba a actuar indiferente para con Malfoy, regreso sus ojos al texto y para su sorpresa, ¡no pudo leer nada!

Pasó las páginas, una por una, siempre con un tiempo de distancia, que parezca que estaba leyendo, que no se diera cuenta de su inexplicable nerviosismo y desesperante desconcentración. Pero Malfoy continuaba sin estar realmente en la misma habitación que ella. No parpadeaba, no hablaba, no se movía. Simplemente sabía que estaba vivo por el casi imperceptible movimiento que indicaba que aún respiraba.

Mordió su labio inferior y bajó el libro con lentitud, temiendo hacer un movimiento abrupto y sorprenderlo o asustarlo. Cerró con cuidado la tapa de piel y apoyó el libro en la mesa, colocando sus manos sobre éste y viendo Draco.

—¿Estás bien? —inquirió con voz calmada, ladeando un poco la cabeza. Esperó hasta que Malfoy parpadeara para poder continuar hablando, definitivamente no quería desperdiciar su voz— Has estado actuando muy extraño… ¿será por lo de la playa, tanto te molestó?

Hermione estaba expectante a lo que Draco pudiera decirle. Y ahí iba toda la decisión de actuar como si nada, toda esta palabrería que había tenido hace poco con Ginny. Al pensar que podría estar siendo obvia, se enderezó y trató de mostrarse lo más imposible que su inexperiencia en el tema le permitía.

Malfoy escuchó con atención lo que ella decía. Cada una de las palabras fueron procesadas y analizadas por el complejo sistema dentro de su cabeza. Y pudo detectar una cosa: miedo encubierto. Al menos al final del cuestionamiento, podría decir incluso que percibió un temblor en la voz, pero conocía a Granger, jamás lo admitiría. Pero por otro lado, algo en su interrogante lo había crispado, enojado. No entendía qué precisamente, pero sintió un suave estallido en la boca de su estómago y no podía sacudirlo con facilidad. Inhaló aire ruidosamente y frunció los labios, meditando su respuesta antes de pronunciarla.

—No es nada, lo de ayer no estuvo tan mal… —levantó una mano y talló su ceja, viendo al piso, pero después de unos segundos las frunció y la miró, taladrándola e intimidándola—¡¿A caso no puedo tener un día malo?! Tú tienes muchos de esos.

Granger abrió la boca claramente ofendida, y Draco reprimió el repentino instinto de disculparse o decir algo al respecto pero su maldito orgullo Malfoy no se lo permitía. Vio cómo lentamente Hermione apoyaba sus manos en la mesa y se levantaba con tranquilidad, sin despegar aquellos hermosos ojos de los fríos de él. Rodeó la mesa y lo enfrentó. Levantó el mentón y se mostró dura pero Malfoy podía ver en sus ojos que estaba ofendida por lo que había dicho, pero ¡vamos! No era para tanto.

—Sabes qué… puedes irte cuando quieras, simplemente no tengo ganas de estar contigo cuando estás así. Y por favor, no regreses hasta que estés de mejor humor y seas una influencia positiva, ya te lo dije: no quiero desperdiciar mi tiempo.

Sin decir palabra más, Hermione lo observó con desdén (mucho tiempo con el rubio le había enseñado un par de cosas) y salió por la puerta, dejando a un estupefacto hombre. Y era verdad. No quería verlo hasta que en serio entendiera las cosas. El día del club de jazz le dejó en claro que si desperdiciaba su tiempo, que al menos siempre sea en un buen momento, y por eso lo había llevado a la playa. Y bueno, el hurón pareció entender toda la metáfora del mar y el tamaño y esas cosas, pero al parecer continuaba ciego a la magnitud, ignorante de la magnitud de las cosas. Y sonrió con malicia sabiendo que ahora entraba la segunda fase de la lección: aprender a valorar lo que se tiene antes de perderlo. Sabía que era un pensamiento bastante arrogante, sabía que para Malfoy ella era prescindible pero tenía la esperanza de que surtiera efecto. Si no lo hacía, ya pensaría cómo arreglarlo.

Pero había algo que ya tenía por seguro. Malfoy no era el mismo que había conocido en la escuela, era más hombre, más maduro y más consciente de sus actos. Todavía le faltaba un gran camino para recorrer y ella, si él estaba dispuesto, lo acompañaría en el trayecto hasta el día que no recuerde haber hecho aquella promesa mental.

Y Malfoy sí había cambiado… lamentablemente, aún no podía descifrar en qué sentido.


Gracias por leer

bettylu: lamento la tardanza, mi vida estabas patas para arriba y me era imposible subir un capitulo, pero ten por seguro que nunca dejaré la historia hasta que llegue al final! besos, xoxox

kirstty:sí! hahha lo has visto muy bien, y sé que he tardado en mostrarlo pero bueno, creeme, aún falta mucho de la historia de Draco y ya veremos poco a poco! ahhahahha qué bueno que te haya gustado la frase,e l capítulo y la historia! hahahhaa besos, xoxox

PinknOz95: qué suerte que ya acabaste exámenes! yo ya voy a entrar en la universidad :( pero me alegra saber que te veré más seguido por aquí! hahah besos, xoxo