Creo… que la extraño
Maldita sea. Simplemente, maldita sea la estúpida de Hermione Granger. ¿Quién se creía que era esa niña? Él era Draco Malfoy, un Malfoy, un sangre pura, lo mejor en la sociedad mágica. No pudo evitar soltarse a reír por dentro, burlándose de sí mismo. Él ya no era nadie en la comunidad mágica. Su apellido valía mucho menos que antes, e incluso podría decir que ya no valía nada. Era despreciado, repudiado e ignorando por todos lo que pudieran hacerlo.
Bueno, no todos.
Her-Granger, no. Ella lo aceptó con todo y todo. Ya lo sabía, se lo dijo en la guarida de las comadrejas. Bueno, no se lo dijo como tal, pero se lo dio a entender. Ella dijo que veía más allá de su máscara de frialdad, y él aún no sabía exactamente qué es lo que ve, pero al menos ve más allá. No como todos los cabezas huecas que no creen en el…
Un momento. ¿Estaba a punto de decir… cambio? Cambio. Cambio. Cambio. Sonaba muy extraño. Y cada vez que lo decía, más extraño se volvía. Cambio. Cambio. Cambio. Pero él no estaba cambiando. Él seguía siendo el mismo de siempre, impasible, inexpresivo. Aunque acababa de ser bastante expresivo, la corta, rauda y extraña discusión que tuvo con la pelo de arbusto.
Suspiró cansado. Muy cansado.
Estaba sentado en una sala muy elegante de la mansión Malfoy. Llevaba pasando su tiempo allí desde aquella disputa corta y candente. Siempre sentado en el hermoso sillón de terciopelo verde obscuro con las patas de plata. Siempre viendo directamente a las llamas que lamentablemente no le compartían del calor que profesaban con sus abrasadoras flamas. Sus dedos se movían en un frenesí sobre la tela del descansabrazos. Parecían seguir una melodía inexistente, marcando un tempo. Una desesperación. De vez en cuando ladeaba la cabeza de un lado al otro, mientras el pensamiento de alguna cosa golpeaba las paredes de su cráneo. A veces incluso mascullaba la palabra "cambio". Estaba con un aire ausente, tan abstraído en sus cavilaciones, que no reparo con una hermosa mujer que perforaba la puerta de la habitación.
Narcissa Malfoy observaba a su hijo con la espalda recta y el mentón arriba. Sus ojos claros resplandecían con un ápice de burla desconocida. Observaba a su hijo, tan parecido a los Malfoy pero tan parecido a los Black al mismo tiempo. Orgulloso. Altanero. Frío. Y un poco difícil de tratar. Le recordaba a sus primos, a sus hermanas y a ella misma. Su querido hijo se mostraba perdido en un mar de emociones, sentimientos y pensamientos, con el ancla fija al fondo de la enorme laguna. La dama inhaló aire. Era ella la que sacaría aquella ancla.
Con pasos decididos y una envidiable tranquilidad, la rubia se deslizó con suavidad sobre los tablones de madera, sin hacer ningún ruido. Se detuvo frente a él un momento, impidiendo su observación al fuego, pero él no pestañeó siquiera. Dejó salir una bocanada por entre dientes, provocando un sutil siseo, y pasó a sentarse en el sillón contiguo. Estiró la bella túnica que utilizaba y cruzó una pierna, para después descansar las manos sobre la rodilla superior.
Draco continuaba sin moverse. Sabía que su madre estaba ahí, se dio cuenta desde que ella comenzó a caminar. Aunque casi no haya hecho ningún ruido, desde pequeño se dedicó a analizar las pisadas que escuchaba en su casa. A su padre le gustaba ser imponente. Siempre marcaba cada paso que daba, retumbaba, causaba eco, que todos supieran que él había llegado. Y para cuando lo voltearan a ver, él caminaba con aire imperioso, mostrándose altivo, siempre arrugando la nariz con repugnancia y viendo hacia abajo con desdén, que nadie se sienta superior a él, un Malfoy.
Su madre en cambio, tenía la manera más sutil de hacerse notar y se atrevía a decir que era más prolífico. Entraba a una habitación y siempre se detenía un instante en la puerta principal. Analizando lo que sucedía en ésta. Y después, levantaba el mentón y ella ni siquiera se dignaba a ver a los demás. No de ninguna manera. Simplemente veía a dónde se dirigía, sin bajar en mentón. Su rostro impasible. Y sus pasos… siempre eran suaves, parecía moverse sobre agua. Y a pesar de eso, siempre soltaban un suave eco sus tacones que era tan reconfortante como intimidante.
Entonces supo que ella estaba en la misma habitación desde que dio su primer paso. Y lo comprobó cuando se detuvo frente a él. Pero no tenía la motivación ni las ganas de hablar con ella, era más fácil ignorarla. Pero como suponía, la mujer se sentó a su lado. Quería resoplar frustrado pero eso era darle a su madre lo que ella quería.
Hasta que ella fue la que habló, y de todo lo que pudo decir…
—Ya no has ido con ella, ¿está todo bien?
Draco parpadeó. Una. Dos, tres veces. Tragó saliva y tensó la quijada con demasiada fuerza. Su madre desvió su mirada y pudo ver que los dedos que antes estaban laxos, se engarrotaban y poco a poco se convirtieron en un puño. Los nudillos, otrora rosáceos, estaban níveos. La expresión de sus ojos pasó a endurecerse y las cejas se fruncieron un poco. Narcissa reprimió su sonrisa. Había dado en el clavo.
Malfoy tragó saliva con muchísima dificultad, el aire de repente lo sentía imposible de respirar, tan denso que parecía que no le permitía negar. Pero lo hizo y Narcissa supo que no todo estaba bien, y que en efecto el problema estaba relacionado con la señorita Granger.
—¿A caso ya perdió toda la memoria? —preguntó con suavidad, enterneciendo su mirada y mostrando un sutil mohín de tristeza.
Espero que no.
Draco tensó cada músculo de su cuerpo. Estaba completamente endurecido. Sintió que su corazón dejaba de latir y sus pulmones se petrificaron sin aire, dos bolsas desinfladas que no estaban dispuestas a llenarse de nuevo. Su mente se puso en blanco y sintió que sus extremidades le hormigueaban. No. Granger no podría haber perdido la memoria tan rápido, ¿o sí? Se sintió mareado. No, no podía perderla… ¡¿Qué?!
Ese pensamiento fue tan alarmante como el pensar que ella ya podría haberlo olvidado por completo. No quería que ella lo olvidara, a pesar de que sabía que así sería. Pero no quería, no aún, no ahora que estaban peleado, no cuando aún faltaban deseos por cumplir.
Poco a poco, giró el rostro y pudo ver a du madre a la cara. La expresión que le daba, le mostraba que ella pensaba que en efecto era lo que ella había dicho y Draco no podía estar más agradecido con que no sea así, al menos no creía.
—No es eso, es que… hemos peleado, o algo por el estilo —resopló con irritación, relajando por primera vez su espalda y dejándose caer en el sillón. Levantó una mano para pasar sus dedos por entre sus sedoso cabello rubio platinado, y cuando estuvo libre, el flequillo volvió a caer sobre sus ojos.
Narcissa asintió, reprimiendo una sonrisa. Su hijo se veía abatido, no debería estar tan feliz por que su hijo sufriera, eso no lo hacen las madres. Pero él conocía a su hijo a la perfección. Sabía que era indiferente a los demás. Siempre arrogante, siempre altivo. Jamás se interesó en alguien más que en ella. Pero ahora, mostraba señales de preocuparse, de mostrarse agotado por la hija de muggles. Esa mujercita que ha ido cambiado a su hijo. La que lo ha ido moldeado a ser el hijo que ella siempre deseó tener, pero que su esposo jamás le dejo educar. Era una pena que la misma mujer que lograba provocar esos revuelos en el rubio, se iba a olvidar hasta de su nombre.
—Ya veo… ¿alguna razón? —se inclinó un poco y agachó la cabeza para reunir sus ojos con los de él.
Y así, sus miradas se conectaron. Se observaron por tiempo indefinido. Miradas profundas que buscaban escarbar los más profundos y dolorosos secretos. Miradas que trataban de apaciguar las llamas dentro de sus cuerpos. Miradas que intentaban consolar sin palabras el indescifrable dolor que carcomía sus órganos. Miradas que simplemente se traducían a contemplaciones cómplices de un sufrimiento mutuo.
—Mi boca —barboteó, cansado de verla.
Giró su rostro y posó sus bellos ojos grises sobre las llamas. Estúpida Granger. Ahora también se sentía pequeño junto a la aparente insignificante hoguera cubierta por la chimenea de ladrillos. Sólo ella lograba que en efecto viera las cosas de otra manera y por mucho que deseara sentirse ultrajado y enfadado, no podía. De hecho, creí que el sentimiento que lo embargaba se adjudicaba al agradecimiento. Era algo nuevo para él, tanto como la culpabilidad. Y tenía que ser la sabelotodo la que lo haga sentir esas cosas nuevas, ¿por qué no?
—¡Ahora todo me queda más claro! —exclamó su madre con sorna, tan sólo unos pocos segundos de que le contestara.
Malfoy abrió los ojos de hito en hito, y a la par la boca, girando con celeridad la cabeza para poder ver a su madre, la cual, lo observaba con una sonrisa ladeada que destilaba ternura mezclada con la burla.
No podían culparla. Narcissa Malfoy siempre observó a la gente a su alrededor, ser altaneros, orgullosos hasta donde no deberían serlo, personas con aire de grandeza y superioridad, y sí, acepta que ella se sintió de la misma manera algún momento de su vida. Y su hijo no era la excepción. Llevaba dentro de su cuerpo los genes de los Black y los Malfoy, honestamente, una combinación bastante peligrosa en su no tan humilde opinión.
Y ahí estaba él, aceptando su culpabilidad a la primera insinuación, como jamás creyó ver. Nunca en su vida hubiera esperado escuchar que su hijo aceptara que él era responsable de algo malo que haya pasado, tanto a él como para alguien a su alrededor. Y aquí estaba ella, siendo testigo de la sumisa y honesta rendición de Draco Malfoy.
—¡Mamá! —chilló encolerizado. Sus cejas estaban fruncidas con ahínco y sus dientes se mostraban tras una mueca que destilaba reproche puro.
Vale, que acababa de aceptar algo, se dio cuenta al instante, pero no era razón como para que su queridísima madre se regodeara. Era algo duro para él, rendirse tan fácil. Antes hubiera culpado incluso a la comida que preparan sus elfos, o a la suave brisa que soplaba cuando estaba con ella, que hacía que pudiera oler el exquisito… o por Merlín, las cosas iban de mal en peor.
Hinchando su pecho con una gran bocanada de aire, alejó los pensamientos de su aroma y el instinto de querer ir a Grimmauld Place y enterrar su rostro en esa desquiciante e incontrolable melena, y absorber hasta el último ápice de olor…
¡Basta! Por Merlín… acabaría perdiendo la cordura.
—Lo siento cariño —habló la Señora Malfoy con una mueca burlona como intranquila—, pero te conozco. Y por muy bondadosa que sea la señorita Granger, debes de saber que tiene un límite su paciencia. Me sorprende que no haya pasado esto desde antes. Vamos, dime qué te pasa.
Malfoy pasó su lengua ponzoñosa sobre su labio inferior y se dejó caer en el sillón, enterrando su cuerpo entre la abultada tela. Sus ojos continuaban observando las llamas, éstas reflejándose en las esferas de plata. Aún pensaba que a pesar de percibir el calor que desprendían, éste no perforaba su sistema, no le brindaban calor y seguía sin entender la razón.
Entonces se lo ocurrió algo. Fue una ecuación que formó su mente y en tan sólo unos segundos la resolvió, sin necesidad de dedicarse horas (como sería en una situación común) para poder encontrara la solución.
Primero, estaba el recuerdo de cuando su madre le dijo pocos días después de haber sido soltado de Azkaban, que él podría encontrar el perdón, si tan sólo pedía por él. Eso fue lo que lo llevó a de una extraña a estar al lado de Granger. Ella era la segunda parte. Con ella, aceptaba a regañadientes, había cambiado su forma de ser, de comportarse y de pensar. Seguía siendo un completo imbécil, lo sabía. Pero era diferente. Y finalmente, estaban las palabras que su mamá le acababa de decir. Tenía tanta razón, Her-Granger tenía muchísima paciencia para con él, y él en muchas ocasiones la incitaba, le picaba, la obligaba de manera tácita a desesperarse, enfadarse con él. Y a pesar de eso, ella estaba a su lado. Eso le daba el resultado.
La ecuación que acababa de formar, cada uno de sus elementos eran más como una cadena de reacciones que inconscientemente desencadenó su madre. Entonces, la respuesta era más que obvia: su madre. Ella le iba a ayudar en sea lo que sea que tuviera. Pero ya estaba cansado, agotado.
Resopló enojado con él, con su madre y con la estúpida Granger. Dejó caer la cabeza hacia abajo, inclinando su cuerpo hacia delante para poder recargar sus codos en sus rodillas. El flequillo cubría por completo sus ojos, los cuales estaban cerrados con fuerza, como si las palabras que se comenzaban a formar en sus cuerdas vocales fueran hechas de ácido que le ardiera hasta en lo más profundo de su ser.
—Tres días y parece que ha sido una eternidad de tiempo, y a la vez nada, ¿me entiendes? —musitó con voz muy ronca. Sólo debido al solemne silencio que se cernió sobre ellos, Narcissa pudo escucharlo.
La mujer hizo un amago de sonrisa. Sí sabía a qué se refería su hijo, pero no podía dejarlo ahí. Sabía que pedir más sería ser exigente pero era la oportunidad perfecta para saber hasta qué grado había cambiado su hijo. Y hasta qué punto sus sentimientos habían cambiado para una nacida de muggles con un nido llamado cabello.
—No —respondió. Si Draco no estuviera tan molesto por la respuesta, hubiera podido alcanzar a escuchar la burla que se escondió en la entonación, la diversión que se asomaba por las ventanas de su alma.
Malfoy torció su cuello, de un lado al otro, ondeando su cabello. Tensó la quijada, con firmeza. La mandíbula se mostró resaltada y le daba un aspecto más maduro, más mayor, más… Lucius. Narcissa se tensó unos instantes al darse cuenta del parecido entre ambos. Se sintió algo intimidada por la imagen, pero no le dio mayor importancia. Cada día que pasaba, su hijo se alejaba más y más del hombre que alguna vez lo fue su padre. Y todo, gracias a la joven de la que hablaban en esos momentos.
—No es muy difícil —gruñó molesto, levantando su rostro un poco; su cabello abriéndose cual cortina en un escenario, mostrando los reflectores de sus ojos—. Tres días desde que prácticamente me corrió de su casa. Y se ha hecho lento el tiempo, por eso la eternidad, pero… —levantó la mano y talló sus mejillas con una incipiente barba rubia. Sus ojos estaban fijos en los tablones de madera del piso, no se atrevía a ver a los ojos a su madre y ver el destello burlesco que sabía tenía— todo el tiempo pienso en ella, entonces es como si no pasara el tiempo.
Narcissa se relamió los labios, degustando la victoria. Levantó de manera sutil las comisuras de sus labios como recompensa del triunfo. Bajó la vista para esconder el destello del éxito. Había tenido razón, esa jovencita le hacía más que bien a su hijo, pero jamás creyó que llegaría a tanto. Era tan feliz y tan triste por igual. Pero no podía hacer nada, por el momento, ayudar a su hijo. Ella ya se había dado cuenta, sólo faltaba que él lo hiciera. Sólo esperaba que no lo hiciera demasiado tarde.
—Oh, ya veo, bueno… ¿Y luego? —averiguó de la forma más indiferente que pudo profesar, a pesar de que ella misma pudo divisar la diversión en sus palabras. Su hijo también lo hizo. Pero la respuesta de la ecuación no se equivocaba, debía de decir todo de una buen vez.
Inhaló hondo, cobrando el valor que no se concedía a las serpientes. Sus manos se asieron de la tela de su pantalón negro, estrujándolo y arrugándolo. Mordió su labio inferior con fuerza, tornándolo a un color blanquecino y ladeó la cabeza, buscando la mejor forma de decir las cosas, mientras la mujer esperaba pacientemente a que dijera la verdad que no se había aceptado. No, hasta ese momento.
—Creo… creo, ay mamá, no me hagas decirlo… —suplicó con la voz y la mirada, observando a la impasible de su madre, que no daba el brazo a torcer y esperaba que él se sincerara. Asintió, dándose por enterado y tragó saliva. Era ahora o nunca, y mejor tarde que nunca, o al menos eso esperaba—. Creo que la extraño.
Narcissa sonrió abiertamente, sin importarle disimular que se sentía complacida con la respuesta, incluso se llenó de algo similar al orgullo. Asintió mientras se ponía de pie bajo la atenta mirada del joven de ojos grises. Estiró su elegante túnica, librándola de arrugas inexistentes y dio unos pasos, pasando de nuevo frente a su hijo. A diferencia de hace unos momentos, él había levantado el rostro y la observaba con el cejo fruncido y unos ojos que brillaban con reproche. Pestañeó unas cuantas veces, sin dejar de verlo, y unió sus labios en una sonrisa más suave y tenue.
—Lo haces —susurró, antes de inclinarse para darle un casto beso en la frente, y retomar su grácil andar hacia la salida, dejando atrás a una estupefacto rubio. No por el beso, pero por la revelación que lo dejó mudo.
xxXxx
Habían pasado dos días desde que había aceptado que la extrañaba. Y no había ido a Grimmauld Place sólo porque ingenuamente pensaba que al pasar el tiempo, la extrañaría menos, pero era una completa idiotez. La extrañaba más. Y era inadmisible. No podía estar pasándole eso. Por alguna extraña razón, sentía que era de esos sanadores que se involucran un poco con sus pacientes, cuando esta prohibido. Vale, que él no estaba involucrado con ella per se, pero sí había cruzado una barrera que no debió de haber perforado.
A lo lejos alcanzaba a ver, por entre los árboles del parque, la mansión de sus antecedentes. Aquella que ahora se mostraba sin miedo de ser vista, ya no había guerra, ya no había necesidad de Orden del Fénix. Caminaba con aire imperioso, mostrándose altivo y superior a los demás. Ambas manos en su bolsillo correspondiente. Su mirada al frente, endurecida, ojos inexpresivos.
Saludó con un sutil asentimiento al pobre vagabundo en la banca en uno de los caminos, Tom. No sabía cómo explicar lo que estaba sucediendo en su interior. era algo desesperante e indescriptible. No habían palabras que pudieran expresar con toda franqueza lo que sacudía los cimientos de su interior. ni siquiera él podía ponerle un nombre.
Mientras caminaba con lentitud, recapitulaba todo lo que había sucedido en los últimos cinco días. Sabía que Granger había tenido toda la razón para correrlo de su casa, él había estado insoportable. Vale, que no era su culpa, era de su maldito tío, pero Granger debía de ser compresiva. ¿Cómo, maldito imbécil, si no le dices nada, y sólo explotas y la culpas de todo? Se replicó. Era tan difícil luchar consigo mismo.
Pero tenía razón. Era su culpa que ella se había enfadado y ahora se daba cuenta el miedo que sentía de llegar a la casa y saber que ella simplemente no podía ponerle nombre a su rostro, que ya haya olvidado todo. Tragó saliva con dificultad. Subió escalón por escalón hasta llegar a la puerta principal. Levantó la mano en puño dispuesto a tocar, pero antes de estrellar sus nudillos con la madera se detuvo a preguntar, ¿qué se supone que le diría a Granger?
Ella le dijo que no volviera hasta que fuera "una influencia positiva en su vida" (lo recordó con la voz chillona de la castaña). Y bueno, aceptaba que no siempre era la mejor compañía pero no era taaan mala. Además, por alguna extraña razón cree, que se había distanciado de ella para protegerla, de la manera más bizarra del mundo.
Por instinto, giró el rostro y escrudiñó sus alrededores, buscando a un hombre en capucha negra, pero no había nada.
Regresó a enfrentar la madera.
Su desquiciado y demente tío buscaba el lugar al que él iba todos los días, y si supiera que estaba con Granger, que por cierto su esposa había estado empecinada con esa sangre sucia, no sabe qué es lo que podría hacer y honestamente, no le apetecía averiguarlo.
Concluyendo que quedarse como idiota en la puerta, siendo víctima potencial para Lestrange, tocó la puerta. Ya después sabría si eso fue un error o un acierto. Porque en definitiva aún no era lo más positivo ni nada por el estilo, pero ya no podía pasar más tiempo sin ir a Grimmauld Place, y obstinadamente se juraba que era para obtener el perdón y no por el hecho de que sea ver a Granger, no eso no era posible, no…
La puerta se abrió sacándolo de forma abrupta de sus pensamientos y se encontró cara a cara con el cara rajada. El niño que vivió se mostró un poco sorprendido y frunció los labios pero no dijo nada.
—Potter —saludó con un cordial asentimiento de cabeza.
—Malfoy —respondió de igual modo, haciéndose a un lado. Acostumbrado, el de mirada de plata se dentro y se quedó en el umbral—. Iré por ella, espera en la sala.
El ex Mortífago asintió y se encaminó a la conocida habitación. Era muy elegante, al menos en otro tiempo porque por ahora, se mostraba llena de polvo y descuidada. Se quedó viéndola de frente, dándole la espalda al pasillo y a la escalera. Qué cobarde, se dijo. Cobarde, porque estaba dándole la espalda para no ver a Granger tan de golpe. A pesar de tener maestría y doctorado en la impasibilidad, dudaba por algo desconocido, que sea capaz de controlar su alivio al verla.
Entonces escuchó unos pasos en el piso superior. Los analizaba, era mejor enfocarse en eso que en el hecho de lo que estaba por pasar. Se mostraban dubitativos y calculados. Uno… dos… tres… cuatro. Se detuvo. Uno, dos, tres segundos. Se reanudaron. Uno… dos… tres… cuatro. Se detuvo de nuevo. Malfoy se estaba impacientado, ¡No era paciente! Y ella parecía olvidarlo de manera constante. No sabía si molestarse más consigo por pensar en eso o porque era la verdad. Volvió a escuchar los pasos, amortiguados, bajando las escaleras.
Sin poder evitarlo, su corazón latió con vehemencia. Con prisa y anhelo. Escuchó el último paso y después uno dudosos acercarse a él. Tampoco pudo evitar inhalar hondo al percibir su aroma, merlín, cuánto lo había extrañado. Molesto consigo por pensar en eso, pero a la vez feliz de haberlo olido de nuevo, se giró para enfrentarla.
Se veía cansada, como si no hubiera dormido muy bien. Las medias lunas violáceas debajo de sus ojos se lo mostraban. La veía un poco más delgada. Se veía en su ropa ligeramente más holgada y en sus pómulos marcados. Su cabello, enmarañado como siempre, cayendo por su espalda.
—Malfoy —susurró con un amago de sonrisa. Después se mordió el labio inferior y se mostró nerviosa, abrió y cerró la boca un par de veces y después murmuró algo ininteligible—. Me alegra verte.
El pecho de Malfoy se hinchó con algo extraño y cálido, pero su expresión no mostró nada. Tensó la quijada. A pesar de haberle dicho eso, el rubio podía ver que estaba molesta, lo veía en sus ojos. Y dijo lo que se había negado decirle hace unos días, lo que nunca le había dicho a nadie.
—Lo siento.
Gracias por leer ;)
bellatrixa: Hola! muchísimas gracias, qué bueno que te gusta! y sí, es algo lento porque pues, se odiaban! no puede ser del día a la mañana! gracias por comentar! besos, xoxo
Chlaisa: hahahha hola! ya quisiera yo que RL sea Remus ); pero pues no. es Lestrange. lamento no habertelo contado! lo haré por el PM que también lamento no haber contestado aún, pero es que he estado súper ocupada! y todo en México bien, hace un poco de frío y el regreso a la universidad es bastante pesado! apenas es miércoles y ya me cansé hahaha no tienes nada de que preocuparte! tal vez ahora esté tardando en publicar pero no dejaré de hacerlo. TERMINARÉ ESTA HISTORIA! hahhahah sí, está cambiando pero muy sutil, solo si lees el primer capitulo te das cuenta del mega salto! ahhaha ya sé, me divertí escribiendo sus pensamientos, sus intentos inútiles de negarse las cosas! ya sé, yo también amo a Cissy hacha y la verdad es que no me voy a entrometer mucho en su relación con Lucius, no creo… gracias por comentar! besos, xoxoxo
kirstty: pues sí, ahí sigue el tío prófugo! hahah ya veremos qué sucederá con eso de que sepa sobre Hermione y todo… aahhh! ya lo verán estoy emocionada! sí, sólo él lo niega y no lo quiere ver, pero ya vimos que ha dejado su orgullo para poder regresar a ella! gracias por comentar! besos, xoxo
PinknOz95: qué linda! hahahha pero sí, llevo tres días y ya quiero vacaciones! ahhahha estoy cansadisima! y digo, sí, me encanta, la verdad disfruto muchísimo mi carrera pero es muy pesada! exacto! está cambiando, poco a poco y sólo él no se da cuenta o más bien no lo acepta! ya veremos sobre el tío, no prometo nada haha gracias por comentar! besos, xoxo
Zharytha: en serio!? me alegra saberlo, muchisimas gracias por el doble apoyo haha gracias por comentar! besos, xoxo
