Tal vez, sólo… tal vez
Cada paso que daba era una tortura. Un suplicio tácito que rompía su alma en las miles de posibilidades que se formaban en su cabeza, su traicionera mente. Como cuando uno saca Insuficiente en su TIMO de Defensa Contra Las Artes Obscuras y comienza a pensar cuál y cómo será el regaño de sus padres, que quieren que sea un Auror. O tal vez puede ser cuando uno va a San Mungo porque siente un cosquilleo en el corazón, y al pisar el gran atrio de cegador blanco, comienza a pensar en las miles de enfermedades terminales sin cura que tiene. Así se sentía Draco en esos momentos.
Un pide delante de otro, cada vez acercándose al lugar del que se dejó de escuchar ruido alguno hace apenas diez segundos. Detrás de él corría Potter, Malfoy escuchaba sus jadeos acelerados. Él también respiraba por la boca, las cantidades de aire que inhalaba no podían pasar por los orificios de su nariz.
Cuando la calma que se había formado en la sala del primer piso se rompió por el devastador grito de Hermione, la mente del rubio platinado comenzó amover los engranajes de su imaginación, transportándolo a un mundo de las más crueles y despiadadas posibilidades, una gama de acontecimientos posibles.
Podría ser que mientras él y Potter hablaban, su tío se metió a Grimmauld Place por la ventana de la biblioteca y se encontró a Hermione, que acababa de subir a —como le dio a entender— limpiar las estanterías sucias. Y podría ser que en cuanto llegaran a las puertas de madera negra labrada de la majestuosa biblioteca Black, y las abrieran, encontrarían al hombre de cabello negro y vestimenta andrajosa, de pie frente a la entrada, resguardado por el cuerpo de la sabelotodo. Y la punta de su varita estaría enterrada en el cuello de Granger, arrugando un poco la suave piel. Granger estaría con los ojos enrojecidos y un par de lágrimas se habrán derramado. Sus manos estarían asidas a sus pantalones con nerviosismo y su labio inferior temblaría de terror.
Otro escenario —y uno que odió contemplar— podría ser que en cuanto llegaran a la biblioteca, encontrarían las puertas cerradas con un hechizo o un conjuro y les sería casi imposible abrir las puertas. Y mientras ellos desperdician sus energías intentando ingresar a la habitación rodeada de libros, mientras ellos escuchan los gritos agonizantes de Granger, ocasionados por la maldita y desdeñosa tortura que le estaría brindando Lestrange. Se imaginó los crucios y demás hechizo que de seguro estarán lacerando su piel y retorciendo sus entrañas. La imaginaba a los pies de ése, con la cabeza gacha y el cabello cubriéndole la mejilla herida, la frente sudada, y los ojos cerrados.
Y después, vino la tercera posibilidad —y la peor de todas—. Imaginó que llegaba a la habitación… pero llegaba muy tarde. En su mente, las puertas de la biblioteca se abrían y lo recibía el cuadro más devastador, más triste, más… desgarrador. Ahí, en el suelo que creó su mente, había una figura menuda desparramada. Un cabello enmarañado y revoltoso cubría el rostro más angelical que él había visto en toda su vida. Y detrás de ella, un hombre de pie sonreía. La malicia y la locura resplandecían en su mirada. Parecía un lunático. Y entonces, el Lestrange de la mente de Draco decía las palabras más terroríficas que pudiera haber escuchado jamás:
—Venganza, dulce venganza —reía Lestrange.
Ahora, Draco corría los últimos tramos de escalera, que le permitirían llegar a la biblioteca. No se volvió a escuchar un grito, ni siquiera pasos. Nada. El silencio era casi mortal. Entonces, volvió a escuchar algo. Cosas. Parecían… chillidos, pero no de dolor como esperaba. Eran más como gritos agudos y ahogados. Casi hasta parecían nerviosos y desesperados. Aumentó el ritmo y la anchura de sus zancadas. Sus brazos se agitaban de delante hacia atrás con armonía. Su jadeos se escuchaban con atosigante cadencia y su frente se comenzaba a ver perlada por el sudor. Entonces a su nariz llegó un olor muy peculiar. No podía identificarlo en esos momentos, no sabía por qué. Tal vez era que no tenía la capacidad de pensar y analizar, o podía ser que en efecto no conocía aquel aroma. Pero era… fuerte. Penetraba sus fosas nasales con desmesura y sin cuidado, inundándolo de algo intangible pero a la vez pesado. Sus propios pulmones rechazaban el oxígeno contaminado. Y luego, un vaho o bruma grisácea rodeaba sus pies. Con cada paso que daba, hálitos en espirales se movían, dándole un aspecto lóbrego y siniestro al amplio pasillo. Los chillidos de Hermione se hicieron más audibles, y escuchaba también un silbido. Similar a aquél que produce un árbol interponiéndose en el camino del viento. Muy suave, pero agitado.
Faltaban sólo cuatro metros para llegar a ella. Sólo cuatro largos y desesperantes metros. Después tres… dos… y quiso detenerse. Por un momento no quería entrar a ver qué sucedió. Por la fracción de un segundo, quiso ser egoísta de nuevo y quedarse fuera, para no ver lo que de seguro rompería su paz mental y lo turbaría. Pero algo incorpóreo lo halaba hacia la biblioteca, hacia ella. Por más que quisiera detenerse, no podría. No podría detener sus pies hasta estar a un lado de ella y abrazarla al darse cuenta de que estaba bien. Bueno, ése es otro pensamiento para detenerme y no entrar, ¿abrazarla?
Un metro. Su mano pálida y esculpida a mano en mármol, empujó una de las puertas con fuerza, alejándola con estrepitoso ruido. Y se detuvo. Lo que vio delante de el definitivamente no era lo que esperaba encontrar. Potter también se detuvo a su lado. Los dos pusieron una cara sorprendida, y un poco asustados.
Esto fue lo que vieron:
Las paredes de la biblioteca Black estaban cubiertas por estanterías que llegaban a los techos, todas revestidas de libros. Al centro, se hallaban cuatro estanterías de aproximadamente dos metros de alto, con libros por ambos lados. En la tercera estantería se encontraba Hermione. En su mano izquierda se encontraba un libro de pasta de cuero de un color café deslavado pro el tiempo. Éste, se agitaba de arriba abajo con nerviosismo, y sus hojas cortaban el viento, provocando el silbido que Malfoy había escuchado antes. En la mano derecha de la castaña se hallaba su varita. Ésta también se movía, pero sin rumbo fijo ni propósito aparente. Sólo… se movía.
La joven en cuestión tenía una expresión mezclada. Sus ojos estaban abiertos de par en par en lo que parecía ser miedo, culpabilidad y desesperación. Sus labios estaban torcidos, mostrando los dientes, casi como un perro enojado. Sus cejas estaban encorvadas hacia arriba, como signo de descontrol. Los pies estaban separados para poder mantener el equilibrio y parecía querer volar al agitar de esa manera los brazos.
Y la última pieza que los desconcertó, fue encontrar grandes bocanadas de llamas salir de una de las estanterías. Las llamas amarillas, anaranjadas y rojizas desprendían humo negruzco que se alejaba poco a poco con las ondas de viento provocadas por el libro de Granger.
—Bueno —dijo Hermione, sacándolos de su estupefacción—, no se queden ahí parados, ¡ayúdenme!
Aquella desesperada órden los despertó, que en cuestión de segundos, sacaron sus varitas del bolsillo trasero de sus pantalones y se acercaron con tan solo seis zancadas.
—¡Aguamenti! —aullaron los hombres.
Hermione retrocedió dos pasos para no estorbar, abrazando el libro a su pecho y exhalando con alivio. Cerró los ojos un momento, mientras escuchaba las gotas y lo chorros de agua destruir los preciados libros. Aunque no pueden destruirlos más de lo que yo los destruí, se lamentó con amargura.
Malfoy y Potter compartieron una mirada confundida mientras los chorros de agua salían de las puntas de sus varitas. El fuego poco a poco se fue extinguiendo y el humo se fue disipando. Varias gotas de agua caían al suelo, creando ondas circulares que se alejaban del centro poco a poco, creando más. El chapoteo era lo único que rompía el silencio. Los ojos verdes y grises se conectaron, y ambos expresaban la misma duda: ¿qué sucedió?
Observaron por un momento los libros. Gran parte de ellos estaban irreparables o inexistentes, sólo quedaban las pastas y algunas hojas. Varios estaban chamuscados y o hechos cenizas. Del cien porciento de los libros de esa estantería, quedaban sólo el cuarenta porciento. Potter exhaló ruidosamente, girándose a enfrentar a Hermione. Malfoy lo imitó.
Ella continuaba abrazando el libro con dependencia, su varita seguía en la mano derecha. Respiraba con tranquilidad aunque tenía los ojos cerrados con tranquilidad, la piel no se arrugaba a los alrededores.
—¿Hermione? —dijo Potter.
Ella abrió los ojos de repente.
—¡Oh!, gracias por ayudar —exclamó con una sonrisa y fingida alegría.
Malfoy quería decir algo pero no sabía qué. Algo extraño estaba pasando y tenía que saber qué era. Él pensando en que algo malo le había sucedido y no, resulta que la niña estaba sola haciendo quién sabe qué.
—¿Qué pasó? —gruñó Malfoy, frunciendo las cejas con fuerza, uniéndolas en la cima de su nariz.
Hermione mordió su labio inferior y desvió la mirada a los libros chamuscados y mojados. Malfoy sintió un leve empujón por parte del cara cortada y se volvió a verlos. Éste lo observaba con reprensión y reproche. Frustrado, Malfoy regresó su mirada a la sabelotodo y, ahogando un resoplido, parafraseó su pregunta:
—¿Podrías decirnos qué sucedió? —dijo con un muy mal fingido tono de condescendencia. Así como su voz, su expresión denotaba lo irritado que se sentía. ¡Estuvo a punto de morir de un infarto mientras corría por las escaleras, ahora quería saber si no fue en vano! De nuevo, sintió un empujón por parte de Potter. Que se aguante, es lo más que puedo hacer.
—No fue nada —ella hizo un ademán para restarle importancia a la situación. Con temerosos pasos, rodeó a los dos hombres y se alejó de la zona—. Un pequeño descuido, eso es todo.
Antes de que Draco pudiera decir algo, Potter se le adelantó, interponiéndose entre Granger y él.
—Hermione, eso no fue nada. Se estaba quemando la estantería y por si no te has dado cuenta, tienes tu varita en la mano, ¿por qué no lo apagaste?
Como si acabase de darse cuenta de eso, Hermione levantó la mano derecha y observó la varita de madera con las cejas fruncidas. Extrañada, la giró para poder ver toda la circunferencia labrada.
Malfoy y Potter volvieron a compartir una mirada extrañada y poco temerosa.
—Dinos qué pasó —volvió a decir Malfoy, esta vez mucho más afable y tranquilo.
Granger, que continuaba observando la varita con creciente interés, abrió los labios para comenzar a hablar, pero tardó unos segundos. Cuando se sintió lista, empezó a narrar sin despegar los ojos de la varita.
—Decidí limpiar las estanterías, estaban muy sucias —dijo con monotonía, y de una forma lacónica—. No sé qué pasó, sólo conjuré un fregotego, nada más. Y las llamas nacieron. No sabía qué hacer, los libros se quemaban. Intenté apagarlos pero no sabía cómo. Entonces grité de desesperación. Los libros se quemaban. Luego llegaron ustedes y apagaron el fuego, tan fácil, tan… sencillo.
Malfoy jamás se había sentido tan desolado como en esos momentos. Sabía lo que eso significaba, el doctor Brooks dijo que tarde o temprano sucedería. Dio un paso hacia ella y el deslizar de sus pies captó de nuevo su atención. Ella despegó sus ojos chocolates de la varita y los fijó en los de mercurio. Sus miradas se fundieron y Hermione supo que algo malo estaba sucediendo pero honestamente, no sabía qué.
—Granger, quiero que me digas la verdad, ¿me entendiste? Sé honesta, no me mientas —su voz fue solemne y severa, casi siniestra por su cadencia.
La mujer tensó la quijada con nerviosismo. asintió.
—No, no me asientas. Dime que me entiendes y que me dirás la verdad —ordenó de nuevo.
Potter turnaba su mirada entre el hurón y su mejor amiga, con la duda escrita ens su facciones.
—Sí —dijo Granger—. Está bien.
Draco inhaló aire. Lo que iba a pasar no era nada bueno.
—Dime qué movimiento hiciste con la varita.
Ante la extraña petición, Hermione levantó su varita hacia el frente y la movió. Formó un espiral que terminó por envainar, como si lo atravesara. Draco cerró los ojos por un momento y bajó la mirada. Estaba haciendo un feraberto.
—Hermione, pero si ése es para… —comenzó a decir Potter, pero Malfoy levantó la mano y lo detuvo. Ella no debía de saberlo aún.
—Muy bien Granger, ahora dime. ¿Por qué cuando el fuego empezó, no lo apagaste?
Ella se mostró contrariada. Arrugó su expresión a una de pesar y desolación pero a la vez de confusión, como si ni ella misma lo supiera. Masculló algo ininteligible.
—Articula Granger, pronuncia bien las palabras —su voz fue dura.
Hermione torció los labios, como sellándolos y negándose a contestar. Nuevamente se reunieron sus miradas y tácitamente él la obligaba, la empujaba y orillaba a decirle una respuesta. Vamos Granger, prometiste decirme la verdad. No me mientras ahora.
—Porque… porque… —abría y cerraba la boca como un pez. Respiró y exhaló, resignándose—. Porque no sabía cómo.
Y ahí estaba lo que realmente sucedía. Potter levantó una mano y cubrió sus labios, girándose para que ella no viera su expresión. Draco controló la suya pero su interior gritaba lo que Harry expresaba. Eso sólo significa una cosa: ella ya no debe de hacer magia.
—Granger quiero que me escuches muy bien y me obedezcas, ¿lo harás? —la verdad es que sus palabras no daban cabida a otra opción, pero por mera cortesía preguntaba. Ella pareció notarlo.
—No me mandas, Malfoy —gruñó, retrocediendo un paso.
El aludido rodó los ojos y el otro ni siquiera se volvió. Seguía procesando la información.
—Granger, no empieces —respondió.
Hermione lo pensó unos momentos. Cerró su mano con fuerza en la varita y abrazó aún más el libro. Asintió. Lo iba a escuchar… y obedecer.
—Ya no debes de hacer magia. Quiero que me entregues tu varita.
—¡¿Qué?! —aulló.
Hermione, de todo lo que creía que iba a decirle, jamás pensó que sería eso. Por un momento, regresó a estar en la cocina hace varios meses, cuando les dijo a sus amigos cuál había sido el diagnóstico del doctor Brooks. Cuando ella caviló acerca de las implicaciones de su enfermedad, y una de ellas era perder la magia. No perderla per se, pero sí perder su libertad de practicarla. Se volvería esclava de su enfermedad y caería a ser la simplona que siempre se sintió ser antes de saber que era bruja. Y veía aquel futuro como muy lejano, algo que llegaría poco a poco y siempre guardó la esperanza de perder la memoria antes de perder la oportunidad de hacer magia. No quería perder lo único que la hacía sobresalir. Lo único que la hacía ella. Hermione Granger sin magia no era nada, no podía quitarle su varita. No podía perderse tan así. Ya bastaba con su mente, con su personalidad, con sus recuerdos, con su vida, como para que también le quiten lo único que en serio la hace especial.
Draco observaba con atención y recelo los que los ojos chocolates expresaban. Esas emociones que destilaban tristeza y desesperación se adentraban a sus entrañas y lo hacían sentir culpable. Estúpida Granger.
—No.
Harry se volteó al escuchar la segura respuesta de su mejor amiga y caminó hasta posicionarse junto al rubio platinado.
—Hermione, tal vez no sea mejor amigo de Malfoy, pero tiene razón, tienes que dársela.
—¡¿Tiene razón?! —chilló escandalizada, retrocediendo un paso.
Para sorpresa de los otros dos, ella dejó caer el libro que había tenido abrazado, cayendo éste sobre el piso de parqué abierto, mostrando sus hojas y texto. Hermione ahora tenía abrazada su varita, como si quisiera incrustarla a su pecho, y estaba seguros de que esa era su intención. No había manera alguna de que la soltara por voluntad propia.
—Granger, no seas una niña terca y obedece —Malfoy extendió su mano, enfrentando el techo con su palma. No iba a salir de esa habitación si la varita de Granger.
—No lo haré.
Retrocedió otro paso.
Malfoy giró su rostro para ver a Potter. Éste tenía un semblante adolorido y triste, entendiendo a la perfección lo que sentía Granger.
El alto joven de cabellera rubia asintió de forma tétrica y cruzó los brazos. Asintió dos veces, como meditando sus próximos movimientos. A cada paso que comenzó a dar, ella retrocedió otro. Y sabía que lo que iba a decir definitivamente no le darían puntos a su favor, más bien lo harían perder varios puntos. Para con ella y Potter.
—Entiendo que no quieras darme tu varita, pero ya no puedes hacer magia, Hermione. Y espero que entiendas que no voy a dejarte salir de esta habitación con ella en tu mano. Tú me pediste que pasara los días contigo para cuidarte, ya pesar de decirte que en definitiva no sería la niñera de alguien, terminé haciendo justamente eso. Ahora sé la niña buena y entrégame esa varita, porque no me importaría quitártela a la fuerza.
La respuesta fue inmediata. Hermione ahogó un grito y giró un poco su cuerpo, como si quisiera proteger la varita.
—No lo harás —gritó con agonía y súplica. Sus ojos comenzaban a humedecerse, pero Draco sabía que no lloraría.
—Te doy tres —gruñó extendiendo de nuevo su mano.
—Malfoy —masculló Potter con un ápice de advertencia escondida en su voz.
Hermione negó, sin dejar de ver los ojos de Draco.
—Dos.
—¡No! —aulló, retrocediendo otro paso. Seguía cubriendo su varita con su cuerpo y ambas manos, y su cabeza iba de un lado a otro con celeridad. Sus ojos brillaban y se enrojecían con cada milésima de segundo que pasaba.
Así me odie por esto, al menos sabré que no morirá por su propia mano.
—¡Malfoy, por favor!
—Tres.
Draco sacó su varita —que había vuelto a guardar— y la apuntó a Hermione. Ella, por acto reflejo, sacó la suya y enfrentó con la punta el pecho de Draco.
—¡Impedimenta!
Su plan era que un escudo invisible saliera, que impidiera el accio que estaba segura él mandaría. El hechizo, no salió como esperaba. Un rayo de rojo neón salió de la punta de su varita directo al pecho de Malfoy.
—¡Protego! —el hechizo de Harry salió justo antes de que llegara el rayo rojo al pecho del estupefacto Malfoy. El hechizo rebotó en el escudo y salió disparado hacia la izquierda. Cuando éste chocó contra la pared, una gran explosión dejó un hoyo de gran tamaño que desprendía bocanadas de polvo y pequeños pedazos de la pared.
Hermione abrió la mano y la varita cayó al suelo. El sonido de madera contra madera sobrepasó los vestigios de la explosión. Ella ahogó un grito con sus manos y abrió los ojos de par en par. Una solitaria lágrima se desbordó sin intención. Draco, que nunca desvió la mirada de los chocolates, ensombreció su semblante. Gracias a su mirada periférica pudo alcanzar a ver el hoyo de la explosión. Ése pudo haber sido mi estómago.
—¿Ya estás contenta? —dijo con voz baja, silbante.
—Malfoy, lo siento tanto, no quería… —se disculpó pero no terminó. Volvió a cubrir sus labios con las manos.
—¿No querías? ¡Yo sé que no querías! ¡Si no hubiera sido por Potter, en estos momentos estaría en el piso con un hoyo en vez de abdomen, y les estaría regalando una alberca de sangre! ¡¿Y aún así tú no quieres dejar de hacer magia?! ¡A la próxima serás tú la que se haga un hoyo, no en el estómago pero en la cabeza!
—¡Malfoy! —advirtió Potter. Pero el aludido no escuchó. Estaba enfurecido. A la próxima podría no ser él el que estaba en peligro, pero ella.
Hermione se encogió ante el regaño, como una niña pequeña. Gimió pero como había esperado Draco, no lloró.
—Lo siento, por favor perdóname —suplicó—. En serio no quería, no sé qué salió mal.
—¡Está claro que no sabes qué salió mal! —dio tres pasos rápidos hasta ella, tomándola por los hombros— Por si no recuerdas, Granger, estás olvidando todo. Eso incluye los hechizos. Ya no sabes cómo hacerlos, eres un peligro con varita en mano. Así que ahora, quieras o no, me dejes o no, chilles o no, te quitaré esa varita, porque no paso mis días a tu lado sólo para verte morir por un error que yo pude haber evitado, ¿me escuchaste?
Granger, que estaba muda, asintió. Sólo pudo hacer eso. Se había quedado sin palabras, completamente estupefacta. Algo cálido se expandió en su interior. Algo que le daba la esperanza, la triste e injusta esperanza de pensar que tal vez Ginny estaba equivocada. Tal vez Malfoy sí pudiera verla diferente, y no sólo como la hija de muggles que era.
Antes de que pudiera reaccionar o decir algo o siquiera moverse. Los fuertes, fríos e increíbles brazos de Malfoy la rodearon. Se aferraron a ella y la abrazaron a su pecho como si de un ser querido se tratara.
—Prometí que te cuidaría —dijo en un susurro. Su cálido aliento rozaba la mejilla de ella—. Prometí que te protegería, incluso si eso es de ti misma.
Y él entendió algunas cosas. Tal vez era posible que no hiciera todo por mera obligación o esperanza de redimirse. Tal vez incluso lo hacía… porque la quería.
Y como si algo lo obligara a moverse, bajó sus labios y los estampó en la frente de Hermione.
No sé cómo pasó… pero creo que sí, la quiero.
Gracias por leer ;) Y lamento la tardanza. He regresado a la universidad, metí sobrecarga y estoy que no puedo con mi alma, además de que ya empiezo exámenes (lo sé), en fin, sólo recordarles que no dejaré esta historia por ninguna razón! así que quédense tranquilos!
Betty: lamento la tardanza en serio! pero aquí está el nuevo capítulo y espero que te haya gustado, creo que es algo que ya todos esperaban! gracias por comentar! besos, xoxo
PinknOz95: hahhhaa si tanto te emocionaste con la insinuación, no me imagino cómo estarás en estos momentos! hahah lo ha aceptado! y bueno, ya vimos qué pasó con Hermione, dime, ¿sorprendida? ya somos dos! estoy en mi tercer semestre, tú también? en mi universidad no hay extras, si repruebas, repites materia! pero bueno, lo unico que me preocupa es mate, que soy malísima! yo soy humanista! gracias por comentar! besos, xoxox
Lovemexem: ¿Desde La Segunda Oportunidad? awwwww (esa historia es mi bebé, la amo con todo mi ser), y wow que sigas conmigo, muchísimas gracias! wow… sigo en shock! muchísimas gracias en serio por el incondicional apoyo, esto que hago es por ustedes y por mí también, obvio haha, pero es increíble ver que les gusta mi trabajo entonces… muchísimas gracias! besos, xoxox
