Después de todo
Hermione Granger se encontraba viendo por la ventana de la sala de Grimmauld Place. Sus codos estaban recargados en el alféizar de madera de cedro, y sus rodillas apoyadas en el diván de terciopelo negro empolvado debajo de la ventana. Casi parecía Wendy —la niña de las historias muggles que leyó de niña— diciéndole a Peter Pan que jamás iba a dejar de creer en él. Sus ojos chocolates veían las gotas que chocaban contra el cristal. El cielo de afuera estaba repleto de nubes sin forma, grisáceas. No había ningún rayo de sol en todo el firmamento y la lluvia parecía restregarle en la cara que le estaba arruinando el día. Caía directamente a su rostro, si no fuera por la protección del vidrio. Se escuchaba el repiqueteo sordo del agua, y la resolana creaba sombras en el rostro de la joven, como víboras deslizándose hacia su cuello. Suspiró. Se suponía que ese sería un gran día. No lo estaba siendo.
El día anterior había vuelto a su rutina con Malfoy, o como lo llamaba sólo en su mente, Draco. Le había pedido perdón y algo así como que se habían arreglado. Después recuerda que la había abrazado en la biblioteca, le había dado un beso en la frente, y ella se había sentido muy cansada. En su mente se repetía la escena:
Harry carraspeó muy fuerte, y el hurón y ella se separaron, incómodos y nerviosos. En estos momentos no recordaba por qué, pero ahí se sintió muy triste. Desolada. Y muy cansada. Recuerda que les dijo a los chicos que iba a irse a dormir y, antes de salir por la puerta, se detuvo y giró lentamente, como si no quisiera hacerlo en realidad. Draco la veía con escrutinio, como si quisiera perforar su mente con los ojos, descubrir lo que ocultaba o si estaba bien en realidad. Y Hermione habló sin pensarlo.
—¿Me acompañas?
Con felicidad recuerda cómo los ojos grises se abrieron de par en par con asombro, y Hermione casi podía asegurar que se puso nervioso. Su dedo índice, pálido y pétreo como el resto de su ser, se movió como si de un tic se tratara. Harry también había abierto los ojos, pero en un sentido muy distinto. El niño que vivió simplemente no podía creer lo que había escuchado. Después de un largo y tortuoso minuto para Hermione, Malfoy habló:
—Eh… yo, sí… está bien, sí —tartamudeó como nadie lo había visto hacerlo nunca en su vida.
Hermione sonrió con amplitud y retomó su camino, sabiendo que él la seguiría. Después de que Malfoy le dedicara una mirada extrañada al estupefacto Potter, salió detrás de ella, alcanzándola en tan solo unos pocos segundos. Granger continuaba con su amplia sonrisa, mas Malfoy había retomado su postura indiferente ante todo. No había una sola facción en su rostro que denotara lo que sucedía en su interior.
Por dentro se recriminaba su actuar. ¿Besarla? ¿Él? ¿Besando a… Hermione Granger? Simplemente no había una explicación lógica a eso, pero admite y muy a su pesar, que se sintió bien. Cuando sus labios entraron en contacto con la piel, suave y lisa, de la frente, un sentimiento se expandió en su ser. Como la explosión que rompió un pedazo en la pared. Pero no causó desastres irreparables. Era algo… que en serio se sentía muy bien, demasiado bien, perturbablemente bien. Y le dio miedo. Miedo porque no sabía cómo actuar. Dominaba el hecho de que era un excelente actor y sabía que dominaba a la perfección su actuar y expresiones, pero tarde o temprano se volvería loco si no hacía algo. Y no harás nada.
Caminaron en silencio por unos momentos más y llegaron a la puerta que los separaba de la habitación de Granger. Privado, pensó Malfoy. Límites que no se deben de cruzar.
Entonces Granger abrió la puerta y se adentró.
—¿Vienes? —dijo con un peculiar tono cantarín y sorprendentemente insinuante, o al menos así lo percibió Malfoy.
Draco tragó saliva… o más bien intentó, su boca estaba de repente seca. ¿Entrar? Estaba a punto de decir que prefería quedarse afuera y que regresaría mañana pero algo incorpóreo lo haló al interior. Y por si fuera poco, cerró la puerta detrás de él. Asió sus manos a su pantalón negro, temeroso a lo que sus impulsos podrían llevarlo a hacer.
Los ojos de Malfoy vieron a la callada Hermione abrir uno de los cajones —el mismo en el que vio el sostén la primer vez que estuvo en su habitación—, y sacó una pijama que ya había visto: la de borreguitos.
Granger caminó hasta el bañó y, después de dedicarle una mirada indescifrable, entró. Y todo hubiera estado perfecto y no hubiera dejado la puerta entornada. Y Draco tenía visión completa por medio del reflejo de la joven en el espejo. De nuevo intentó tragar saliva. De nuevo no tragó nada.
Malfoy sintió que la sangre aumentaba su recorrido gracias al incremento de ritmo de sus latidos. Sintió la piel febril y la boca seguía seca. Hermione se quitó la blusa que usaba y Draco pudo ver su espalda delgada, y un par de cicatrices rosáceas cruzaban su piel, de seguro producto de la guerra y todo el tiempo que pasó acampando con el pelo de zanahoria y cara rajada. Luego las manos de ella se encontraron en el centro de los omóplatos. Y desabrocharon su sostén blanco de algodón. Y Malfoy desvió la mirada. No es que fuera mojigato, y no se consideraba el hombre más respetuoso para con las mujeres, pero si antes el tener sus manos pegadas a su pantalón servían de control, si seguía tentando la suerte, nada podría detenerlo.
Pasaron lo que pudieron ser dos o tres minutos y ella salió con la pijama, la cara lavada y los dientes cepillados. Su cabello adorablemente enmarañado se lo había atado en la cima de su cabeza con un listón azul cielo, que de seguro se quitaría para ir a dormir. Le sonrió, ignorante a lo que antes le había provocado.
Maldita sea, pensó Malfoy múltiples veces. Maldita sea todo. Estúpida Granger.
—Malfoy… —dijo Hermione, sacándolo de sus pensamientos.
Él levantó la mirada y la encontró quitando los cojines de la cama, con expresión ausente. Sus manos se movían como por instinto y no se daba cuenta de a dónde los lanzaba. Malfoy observó lo que estaba a su alrededor. Él se encontraba frente a la puerta de entrada y todo permanecía igual a la vez anterior que entró, para buscar las pociones de la enfermedad de Granger, antes de irse a casa de los Weasley. La puerta del baño a la derecha, la cajonera frente a la cama, la cama a su izquierda, una ventana en la pared de enfrente. Inhaló hondo y regresó su mirada a la de ella. Hermione tenía una ceja levantada, entre nerviosa y expectante. Malfoy metió las manos a los bolsillo de su pantalón y cambió su peso de pie.
—Dime —contestó.
Ella se detuvo y cruzó los brazos. Su mejilla derecha se vio resaltada por la presión de la lengua desde el interior. Sus ojos se posaron sobre la cama y pareció meditar un momentos lo que iba a decir. Y sí que tenía mucho que pensar. Una de las cosas que más miedo le daba de su enfermedad acababa de suceder. Y tenía que esforzarse por no posar su vita en el lado izquierdo del saco de Malfoy, pues en el bolsillo interior se encontraba su hermosa, preciada y adorada varita.
—¿Qué crees que vaya a hacer ahora? —dijo.
Levantó de nuevo los ojos y los posó sobre Draco. Su semblante era tranquilo, imperturbable, como si no pasara nada. Pero sus ojos chocolates trataban de encubrir la tormenta que sacudía la calma de su interior. Malfoy apreció el brillo en ellos, pero sabía que ninguna de las lágrimas que se acumulaban sobre sus pestañas se iban a derramar. Me pregunto cuándo será el día que llore.
—¿Qué pasará de qué? —preguntó con voz monótona y lacónica, casi como si tuviera flojera de pensar en una respuesta.
Granger inhaló hondo y asintió un par de veces, sabiendo que tenía que reformular su pregunta. Recordó que cuando le dijo a sus amigos sobre su enfermedad, lo que más la afectaba no era perder la memoria en sí, pero perderse a sí misma. Dejar de existir al perder la esencia de quién era ella.
—¿Qué pasará ahora… que no puedo hacer magia? —levantó los ojos.
Malfoy se sorprendió. En ellos no anidaba la desesperación que había visto ates, y tampoco la que esperaba ver. Ellos destilaban una refinada mezcla de sentimientos que incomodaron al de ojos de plata. Se podía encontrar el desconcierto, la confusión, el temor a lo incierto y un poco de decisión.
Pensó por unos segundos la respuesta.
Ahora todo se complicaría, muchas gracias. Si de por sí ya era dependiente cuando todavía podía hacer magia, las cosas estarían mucho peor ahora que no podía, y qué momento para que la pelo de arbusto no pueda valerse por sí misma. Su tío andaba suelto por ahí, buscando cualquier forma de joderlo. Y yo voy aceptando que tal vez sienta cosas por ella, excelente Draco. Pero le había dicho algo muy importante hace tan sólo unos minutos. Algo que él se sorprendió de escuchar de su propia boca y que pensó unos segundos después que si había sido lo correcto. Él la protegería, aunque sea de ella misma. Y si ella no puede hacer magia, él la haría por ella. No que le fuera a decir eso.
—No tienes de qué preocuparte —tajó de forma seca, intentando cubrir el nerviosismo que lo azoró con aquellos pensamientos.
Hermione resopló frustrada.
¿Quién lo entiende? Un momento es lindo, atento y muy tierno, y al siguiente es el mismo patán que la insultaba con apenas doce años. Era demasiado incongruente cuando quiere, y la desesperaría como nada en el mundo… si no se pusiera nerviosa cada que lo veía. Si no le saltara el corazón cuando escuchaba su nombre. Si no soñara con él cada noche. Si no, si no… pero todo pasaba. Y por eso lo dejaba ser.
Lo observó con los ojos desviados, evadiéndola, y no entendía por qué. Sonrió de lado. Parecía un niño pequeño enojado, tratando de mostrarse enfurruñado para conseguir lo que quiere. Y ella sabía que cualquier cosa —bueno, casi cualquier cosa— que le pidiera, ella se lo daría.
Bajó las manos y tiró del cobertor, revelando las sábanas de color marfil con pequeñas flores rosas. Tiró de ellas y dejó el suficiente espacio para poder meterse a dormir.
—Claro que debo preocuparme —dijo. Aunque Malfoy no la viera, podía escuchar la sonrisa de su rostro—. Es sólo que tú no dejarás que me preocupe.
Y antes de que Malfoy pudiera salir de su estupor, ella se metió entre las cobijas y cubrió su cuerpo hasta los hombros, girándose y dándole la espalda. Draco hubiera querido desmentirla y decirle alguna que otra cosa ofensiva, molestarla como solía hacerlo. Pero por alguna razón no pudo. Sabía que ella seguía despierta. Que podía escucharla. ¿Y él qué hizo? Sonrió como un estúpido enamorado. Exactamente, como ella dijo, no la dejaría preocuparse. No dejaría que nada le pasara. El corazón le latió desbocado. Por un momento tuvo el impulso de acercarse y tirarse a su lado para esperar con ella a que se durmiera, pero no se atrevió. Tal vez se asustaría y lo correría. Mejor con correr el riesgo.
—Mañana buscaremos el trébol de cuatro hojas —anunció con voz monótona y lacónica.
Asintió, como confirmando sus palabras, aún con su tonta sonrisa y salió.
Hermione despertó hasta el día siguiente… con un muy buen humos.
Los tréboles de cuatro hojas simbolizaban la buena suerte, y vaya que la necesitaba. Se levantó bastante tarde —Harry tocó su puerta anunciando que Draco ya había llegado— y se metió a bañar con tranquilidad, tallando su cuerpo con el delicioso jabón con olor a lavanda, lavó su cabello con shampoo de vainilla y salió con la piel enrojecida por el agua caliente. Era un buen día. Estaría con Malfoy, saldría al aire libre y no había olvidado —o eso creía— lo que sucedió el día anterior. Era un grandioso día. Se puso unos pantalones de mezclilla con un suéter tejido rosa y unas pequeñas botas negras. Le empeñó más tiempo a su cabello, dejando una melena semi controlada de rizos y aplicó un poco de rubor en sus mejillas. Se veía… linda, según su juicio.
Sabiendo que Malfoy se desesperaría si tardaba más tiempo, salió casi dando saltitos de alegría y bajó las escaleras con una amplia sonrisa. Entonces llegó al pie de la escalera y desvió su andar a la izquierda, para adentrarse a la sala de estar.
Ahí había estado él, de pie frente a la ventana, las manos entrelazadas en su espalda baja, con su usual traje negro. Bueno, ni siquiera puede vestirse normal para andar en el piso. No seas ingenua Hermione, él no se iba a tirar contigo a buscar un trébol.
Granger estuvo a punto de abrir la boca para hablar, cuando él se giró para verla. Su semblante era el de siempre, impasible e inexpresivo. Sus ojos no brillaban con nada e incluso parecía estar cansado, como si hubiera dormido mal. a susurrar Potter, y en su voz se escuchaba la amenaza que pensaba cumplir dado el caso.
durmiera, pero no se atrevio. su her
—No podemos salir hoy —fue todo lo que dijo.
Y fue lo suficiente. Como por arte de magia —qué ironía—, el buen humor de la castaña se redujo a nada. Giró su mirada a la ventana y comprobó que el día no los dejaría buscar los tréboles. El cielo estaba gris y comenzaba a caer una llovizna que chocaba contra el cristal. Pronto se tornaría en lluvia muy pesada.
Como una niña pequeña esperando sus regalos el día de navidad, echó a correr hacia el cristal, por poco empujando a Malfoy, y se hincó en el diván, viendo hacia fuera.
Y ahí seguía, viendo cómo las gotas caían una tras otras, arruinándole lo que debió de hacer una cita —al menos en su mente— con Draco. Pero no, claro que no. Ella no era suertuda, ¿cómo es que iba a conseguir un trébol de la buena suerte?
Malfoy seguía detrás de ella y podía escuchar que cuchicheaba con Harry, que había aparecido hace unos cinco minutos más o menos.
—No se va a despegar de ahí en toda la tarde —masculló Harry.
Hermione rodó los ojos y los regresó a las gotas que se escurrían. Escuchó a Malfoy resoplar.
—La voy a separar, ya me estoy cansando —tajó él no muy bajo. Granger casi estaba segura que lo hizo para que lo escuchara. Volvió a rodar los ojos.
—No vas a hacerlo… No te dejaré —volvió a susurrar Potter, y en su voz se escuchaba la amenaza que pensaba cumplir dado el caso.
—Mírame —musitó Malfoy.
Hermione… volvió a rodar los ojos.
—Malfoy, no puedes obligarla a quitarse a ahí. Ayer fue un día muy duro.
—Créeme, no es por eso que está así —gruñó Malfoy.
Granger sonrió.
—¿Cómo sabes? —increpó Potter.
—La conozco mejor que tú ahora, Potter, no hace falta que hagas un escándalo.
Se escuchó un gruñido ahogado por parte del de ojos verdes. Hermione rodó los ojos. Pero algo más pasó. Se sintió un poco feliz al saber que era verdad. También triste, porque Harry era su mejor amigo, pero ahora la conocía como nunca pensó que llegaría a hacerlo, su acérrimo enemigo de sangre. Draco Malfoy. Y lo quieres, para variar.
—Los escucho, ¿sabían? —dijo. Su cálido aliento creó brumas que empañaron el cristal en un círculo semi perfecto. Se fue desapareciendo poco a poco.
—Perfecto. Ahora vamos a hacer algo productivo —habló Malfoy con cinismo.
La castaña giró la cabeza por primera vez en media hora, para verlo con ojos en blanco.
Draco tenía los brazos cruzados y estaba recargado en el dintel de la puerta que daba acceso a la sala. Harry estaba a su izquierda, sentado en el descansabrazos del sillón de terciopelo negro, a juego con el diván debajo de la ventana.
Y estaba a punto de decir algo, cuando un haz de luz perforó la ventana que había estado contemplando. La luz era azulada y mística, con forma de un perro. En un instante, ella se levantó del sillón, Harry también y Malfoy se enderezó. Era el Patronus de Ron.
—Atacaron la Madriguera —dijo su voz, proveniente de la figura flotante. Harry y Hermione abrieron los ojos con terror. Malfoy los cerró—. Estamos bien… la casa no tanto. Deberías de venir a ver.
Y sin más, desapareció. No quedó rastro alguno de que alguna vez haya estado ahí. Estuvieron silentes por uno… dos… tres segundos.
—¡¿Qué?! —chilló Hermione con terror palpable en su expresión. Draco levantó una ceja y dio un paso hacia ella, como si temiera algún colapso o crisis nervioso. Harry levantó las manos en un intento de calmarla.
—Tranquilízate, están con bien —aclaró, aunque ella había escuchado exactamente lo mismo.
Draco sabía. Fue Lestrange. Desvió su mirada y vio que Potter se la regresaba. Él también lo sabía.
—Tenemos que ir.
Y antes de que ellos pudieran reaccionar, Hermione ya se había encaminado había la salida, interceptada en un segundo por los dos jóvenes.
—Estás loca si piensas que te dejaré ir —tajó Malfoy con expresión severa.
—Tú no puedes decirme qué hacer y qué no —terció ella intentando esquivarlos. Tarea imposible.
—Hermione, no puedes hacer magia, es mejor que te quedes aquí con Malfoy y yo voy a la madriguera.
—Podría ir si Malfoy me diera mi varita-
—¡Ni lo pienses! —regañó el rubio platinado.
Harry se metió entre los dos. No vayan a querer matarse.
—Hermione, eres mi mejor amiga y sé que eres la mejor bruja que se haya conocido jamás. Pero estás enferma y digo que no vas.
Sin más, se volvió para ver a Malfoy y le dedicó una mirada cómplice. El de ojos grises asintió comprendiendo qué quería decir y aunque no se lo hubiera dicho, no la hubiera dejado salir de Grimmauld Place jamás. Y salió.
Hermione intentó seguirlo, aprovechando que Malfoy se mostraba distraído, pero rápidamente se puso en su camino.
—Ni lo pienses —sonrió con altanería.
Hermione resopló.
—¡Pero tengo que ir! ¡Es mi mejor amigo y mi mejor amiga, y son como mi familia! ¡Tengo que asegurarme de que están bien! —chilló con voz aguda, moviendo los brazos de un lado al otro. Y volvió a intentar pasar al lado de Malfoy.
—¡No te atrevas, Hermione! —gritó sin pensarlo, pasando la mano por la cintura de Granger y acercándola a él.
Y se quedó serio. Hermione dejó de moverse. Tenían sus pechos en pleno contacto. Él con el rostro inclinado hacia abajo y ella hacia arriba. Demasiado cerca, pensaron ambos. Demasiado cómodo.
—No te dejaré salir por esa puerta —susurró Malfoy, viéndola fijamente. Su mirada era intimidadora, mas Hermione no podía desviar sus ojos.
Malfoy lo hizo.
Los levantó hacia la izquierda de Hermione y sonrió de lado, como si algo lo hubiera puesto de buen humor.
—¿Aún quieres encontrar ese trébol de cuatro hojas? —preguntó.
Su aliento con olor a menta rozó la mejilla de Hermione, erizando la piel. Asintió, sin poder articular palabra alguna.
—Entonces vamos.
Hermione giró su rostro y se sorprendió de lo que vio. Esa ventana que mostraba un panorama gris, ahora enseñaba un cielo azul y despejado, con un sol irradiando su luz en todo Londres. Había dejado de llover.
Y luego, lo que jamás creyó sentir.
Una mano fría, pétrea, como serpiente, se deslizó de su cintura a su brazo y entrelazó cinco dedos con los suyos. Giró su rostro completamente sorprendida. Él tenía un rostro serio, casi amenazándola con no decir nada al respecto.
—Vamos, pues.
Y Hermione lo supo, después de todo, puede que vaya a ser un gran día.
Gracias por leer ;)
naramato: muchísimas gracias, por el apoyo y siempre esperar a que actualice! besos, xoxox
Lovemexem: lo sé! en vez de pasito dio un brinco! pero me alegro por él hahah ya veremos qué pasará, y de ahora en adelante publicaré los viernes! gracias por comentar! besos, xoxoox
Chlaisa: Clara, Clara, Clara… lamento aún no contestar tu PM pero apenas tengo vida te lo juro! este fin, sin falta, lo contesto, te lo prometo! hahhhaa y sí, era la intención, que pensaran que era Lestrange y al final no era, haha y ntp, el beso vendrá, pero ya veremos cuándo! todo está fríamente calculado! y creeme, te voy diciendo, ese capítulo te encantará! y sí, llevo ya un mes en la uni y es agotador! apenas puedo con mi vida! gracias por comentar! besos, xoxox
Bettylu: hahahha gracias, gracias, y espero que este también te haya gustado, es más de transición para el que sigue pero espero que te gustara! muchísimas gracias, en serio, qué bueno que te gusten las ideas trágicas de mi cabeza! gracias por comentar! besos, xoox
PinknOz95: Celic! ya vi que subiste otro capítulo, no he tenido tiempo de leerlo, pero lo hago este fin y te comentó! (que btw, me está encantando!) y qué bueno que te gustó este capítulo! me pone muy feliz! hahahhahay bueno… tu dices eso porque eres buena! yo soy malísima de toda la vida! e rionicamente me va bien en estadística hahaha pero mate mate… nop! seguiré tu consejo, ya te diré cómo me va! gracias por comentar! besos, xoxox
