Lamento no haber podido contestar los comentarios, pero tengo clase! primero contestarlos para el próxima capítulo! espero que les guste
besos,
xoxox
Skinny Love
Skinny love: un tipo de relación entre dos personas que están enamoradas o tienen un crush, pero por ciertos motivos no expresan sus sentimientos. La relación es "skinny (delgada)" porque las personas aún deben de superar sus miedos y decir lo que en verdad sienten / Un amor que es demasiado frágil para sobrevivir… y está destinada al fracaso.
La mirada que le regresaba el espejo era fría y sin emoción. Como si su interior no estuviera sudando y temblando de nerviosismo. Pero era un Malfoy y se mostraba impasible… aún en la soledad de su habitación.
Se acomodaba Draco un moño de satín negro al cuello, ajustándolo para que estuviera perfecto. Estiró el lazo y apretó el nudo. Quería verse bien. Después deslizó las manos por las solapas de su traje, estirándolas y quitándole el invisible e inexistente polvo. Sus zapatos estaban lustrados. El traje le quedaba a la perfección. Los pantalones caían con rectitud al piso, ninguna arruga visible. El saco estaba más ajustado de lo normal, pero le quedaba demasiado bien. La camisa blanca aumentaba su palidez y resaltaba sus ojos grises, dándole un aura de misterio que antes no estaba tan resaltada. Se había acomodado diferente su cabello. Estaba arreglado, sí, pero un poco desordenado a la vez. Las hebras de cabello se dirigían hacia atrás como caballos en plena carrera; bellos, salvajes y con un extraño orden.
Hizo una mueca similar a una sonrisa al estar complacido con su imagen. Observó su reloj de muñeca. Las ocho de la noche. Pasaría por Hermione en unos quince minutos, para llegar puntuales a la llegada del ministro de magia.
Entonces, por el reflejo, vio cómo la puerta de su habitación se abría.
Un ángel la perforó.
Su cabello rubio caía en ondas suaves hasta los hombros, destilando una luz incandescente, dándole un aspecto magistral y poluto. Su mirada resplandecía como los faros en la bahía, dispuestos a atraer a los náufragos a la orilla. Su ataviado era similar a la de todos los días. Como si acabara de bajar del cielo. Una túnica verde esmeralda se ceñía por su esbelto cuerpo como la cola de una sirena, seduciendo a los marineros que escuchaban el canto del vaivén de su cadera.
—Madre —saludó Draco con un asentimiento de cabeza.
Giró lentamente para ver de primera mano a su progenitora. Los ojos de ella subían lentamente por el cuerpo de su hijo, admirando la imagen y rememorando los días de infante del heredero. Ahora un hombre. Aún su hijo.
—Muy guapo. Hasta parece que te esmeraste de más.
Casi gruñe por lo bajo, nadie debería de haberse dado cuenta de aquel mínimo detalle. Estaba prácticamente vestido igual que todos los días, sólo alguien como su madre podría reparar ante tal detalle.
—Soy un Malfoy.
Su voz fue seca y grave, como si saliera por instinto, como si no lo hubiera pensado. Sonaba a una defensa. Ningún gesto podría haber delatado más culpabilidad que aquellas palabras.
—Como si eso fuera respuesta.
Sonrió con amplitud, como si escondiera un secreto entre sus pupilas, indispuesta a revelarlo jamás. Draco se giró con una mano en el bolsillo y la otra colgando a un costado. Levantó una ceja interrogante, dando una implícita orden de respuesta, una interrogativa. Conocía muy bien a su madre y sabía que se estaba divirtiendo con lo que sea que estuviera pasando en su mente.
Si tan sólo supiera.
Narcissa tenía una película tras sus ojos, una que le gustaba mucho. Casi podía sentirse en el escenario donde la escena se ponía en acción: dos personas bailando, inmersas en su mundo. Cuánto le gustaría poder ir a aquel baile. Pero… por mucho que haya recibido una invitación, no se sentía dispuesta a asistir.
Admiró una vez más a su hijo, admirándolo y sintiéndose orgullosa, hasta que decidió marcharse.
—Salúdame a Hermione —soltó con voz cantarina, cerrando la puerta detrás de ella.
Draco suspiró. Su madre podía parecer una adolecente alguna veces. Se preguntaba si alguien alguna vez se lo creería.
Caminó hacia el escritorio de caoba negra y tomó un frasco de cristal azulado. Se roció un poco de colonia y se volvió a ajustar el traje.
Salió de su habitación para dirigirse al área destinada de desaparición —la sala principal.
Llegó a Grimmauld Place en cuestión de segundos. Harry Potter, ataviado con un traje elegante pero menos que el de Malfoy, lo recibió con lo que podría haber pasado por una amable sonrisa y lo invitó a pasar.
—Bajan en un momento; ¿whiskey? —invitó Potter cuando llegaron a la familiar sala de los Black.
Draco asintió complacido de poder tomar un poco de alcohol antes de la contienda y recibió el vaso de cristal gustoso. Un gesto de brindis, un asentimiento de complicidad y tomaron un largo y ardiente trago. Se escucharon unos tacones.
Los dos caballeros se giraron para ver quién es la persona que llegaba.
Se encontraron con la reina del fuego. Su vestido rojo con escote Halter, se ceñía de su pecho hasta la cadera y la falda de gaza caía hasta el piso. El rojo intenso de la tela resaltaba la palidez de su piel de leche. Llevaba un poco de maquillaje: unos labios rojos y ardientes, con las mejillas ruborizadas y pestañas largas, negras y frondosas. El cabello pelirrojo estaba atado en una cola de caballo alta, dejando caer la melena lisa y suave hasta el centro de los omóplatos.
—Malfoy —asintió a modo de saludo.
Algo en su mirada resplandeció, como si ella también supiera algún secreto. Algo que por alguna razón nadie más sabía, y Draco podía saber que su madre guardaba secretos y ya, pero saber que Weasley también lo hacía lo ponía nervioso y tenso. Después de todo, era la mejor amiga de Hermione.
—Weasley —respondió al saludo.
La pelirroja sonrió con amplitud complacida y se dirigió a los brazos del niño que vivió. Éste le susurró al oído lo bella que se veía, antes de plantarle un beso en la mejilla.
Ahora era su turno. De nuevo escuchó unos tacones. Por alguna razón, su corazón dio un vuelco y luchó con sus músculos faciales para dejarlos congelados. Como si no estuvieran ahí. Su rostro se convirtió en una roca.
Se giró para verla.
Hermione bajaba el escalón de la sala con nerviosismo y un poco de incomodidad. Como si no estuviera acostumbrada a presentarse así a ningún lado, y Malfoy sabía que así era. Tenía unos zapatos de tacón plateados, delgadas tiras que apenas cubría sus pies; Draco sólo veía la punta. La falda del vestido era de gasa con una abertura en la pierna, hasta arriba de la rodilla. El tono azul le iba perfecto a su piel y cabello. El vestido subía ajustado a su cuerpo, como pocas veces lo había visto, hasta llegar a un escote de corazón que se unía a una tela de tonalidades carnes, que sostenían al vestido a los hombros. La tela parecía resplandecer por sí sola, como si tuviera pequeños diamantes entre los pliegues que se formaban.
Llevaba un delgado brazalete de plata en la mano izquierda, y nada más. Su rostro estaba casi libre de maquillaje a no ser por sus pestañas alargadas y sus labios de tonalidades rosas. Su cabello caía por sus hombros en una impresionante cascada de ondas suaves que jamás había podido contemplar.
Hermione pareció notar el cuidadoso escrutinio.
—Lo encontramos en una de las habitaciones… —explicó nerviosa—. De los Black… Molly nos ayudó a repararlo y añadirle las cosas que yo quería, no sé…
Detuvo sus palabras. Durante el discurso había bajado la mirada, escuchando las disimuladas risas de sus amigos y finalmente la levantó, para chocar con los ojos de Draco. Tal vez éste podía controlar su rostro, pero nadie podía controlar los ojos. Ella alcanzó a ver un resplandor que casi se comparaba con el que vio hace una semana en la puerta de la antigua casa de los Black y en el parque de los tréboles. Casi. Ésta era más brillante.
—Hola… —saludó dando un paso más, acortando el espacio entre ellos.
Draco sabía lo nerviosa que estaba, casi podía olerlo en el ambiente.
—Estás muy bella —dijo Malfoy con voz monótona, extendiendo el brazo para que ella lo tomara.
Sorprendida, así lo hizo.
—Gracias —farfulló—. Tú también…
Giraron las cabezas para ver a la pareja que los acompañaba y vieron que ellos ya no estaban. No tardaron mucho en seguir sus pasos.
Hermione sintió el familiar halar desde el centro de su estómago y la obscuridad cernirse sobre ella. El piso desapareció un segundo para que reapareciera de nuevo en el siguiente. Uno diferente.
Hermione parpadeó para alejar el ligero mareo que la acosó. Escuchó que varias voces paraban, cortando las conversaciones.
Cuando pudo enfocar la mirada se dio cuenta de que varias cabezas estaban giradas hacia ella, o más bien… hacia su acompañante.
Las expresiones eran de sorpresa, definitivamente nadie esperaba ver al ex Mortífago en aquel evento, y menos del brazo de una de las heroínas del mundo mágico. Era una inverosímil.
Entonces se escuchó un cambio de canción para darle la bienvenida al ministro de magia, y las cabezas recobraron sus expresiones de fiesta y se giraron para darle la bienvenida a su líder.
Granger giró el rostro para decirle algo a Draco, no sabía qué, pero algo, antes de sentir cómo éste alejaba su brazo.
—Iré por un trago.
Sin más, dio media vuelta y con la cabeza en alto se alejó para dirigirse a la amplia barra. Hermione alcanzó a ver que un mesero se sorprendía y se ponía nervioso al verlo tan cerca. Entonces sintió que alguien se posaba a su lado y observaba hacia la misma dirección.
—Vaya… ¿Qué le hiciste de venida? —preguntó Ginny con aire de abulia en la voz.
—Nada… —susurró, alejando la mirada de su acompañante para posarla sobre la de su amiga—. Así que digamos que el trayecto fue largo…
Ginny se encogió de hombros y la tomó de brazo.
—Vamos, hay que saludar.
Las chicas se alejaron y caminaron por entre las personas, recibiendo de vez en cuando algunos saludos y no faltaba quien le dé las gracias por su aportación a la lucha contra el mago obscuro. Se alejaron del tumulto y se acercaron a Harry que estaba conversando con dos personas. Los dos tenían el cabello rubio, pero de diferentes tonalidades, y Hermione supo que no eran hermanos. La chica, de cabello largo, vestía lo que parecía ser una túnica verde con cosas que Granger no conocía tejidas en las solapas, mangas y orillas. El otro muchacho se giró para verlas con una amplia sonrisa. Dio un paso y Ginny se separó de ella para abrazarlo con mucha emoción. La chica parecía estar dando saltitos.
Cuando su amiga y el rubio se separaron, él se giró para enfrentarla, y ella se le adelantó en las palabras.
—Hermione, mucho gusto —extendió su mano a modo formal, pero extendió una afable sonrisa en su rostro.
—Oh… Hola —dijo el rubio extrañado—. ¿Hermione…?
—¡Mucho gusto, Hermione! —saltó la rubia, posándose junto al otro rubio y abrazándola con fuerza y una amplia sonrisa— Mi nombre es Luna Lovegood. Encantada de conocerte, pero qué hermoso vestido… ¿Te parece bien que vayamos por algo de tomar…?
Así, la rubia desconocida llamada Luna Lovegood y Hermione se alejaron, mientras Luna hacía preguntas sobre el vestido, la confección y algo sobre unas criaturas que Hermione no conocía, ni esperaba hacerlo nunca.
Atrás se quedó el otro rubio, Harry y Ginny. Los tres con expresiones tristes y desoladas.
—Lo siento, Neville, realmente no creí que sucedería tan rápido —se disculpó Harry, posando una mano sobre el hombro de su amigo.
Neville se encogió de homrbos con resignación y ladeó la boca en un gesto triste pero desinteresado a la vez.
—No tienes que preocuparte, Harry, iba a pasar tarde o temprano.
Los minutos comenzaron a pasar y se convirtieron en horas. Dos largas horas habían pasado desde que habían llegado. Hermione estaba sentada en una de las mesas a la orilla de la pista de baile, aún hablando con la loca y parlanchina rubia, que le contaba muchas cosas de quién sabe qué. Hermione no podía sacudir la sensación de que ya había escuchado varias de esas historias pero no estaba segura por qué. Le comentó sobre una habitación escondida en un castillo mágico, que estaba al servicio de los habitantes. Le brindaba las necesidades a las personas y siempre estaba disponible. Por alguna razón que Luna no expuso, aquella habitación estaba recientemente destruida.
Podía sentir la mirada de Draco a izquierda, observándola desde el otro lado de la habitación, recargado en la pared y una copa alargada llena de champaña. Cuando sus miradas se encontraron, varias parejas bailando pasaban entre ellos pero no despegaban sus ojos. Él parecía estar solo, o rodeado por un campo de fuerza, muchas personas estaban alejado de él.
Se excusó con Luna, diciendo que había abandonado a su pareja mucho tiempo y se alejó con cuidado por la orilla de la pista. El salón en el que estaban era uno en el ministerio, o eso recordaba Hermione lo cual no era muy confiable. Era rectangular, de altos techos y candiles gigantescos se cernían sobre los invitados. Las paredes estaban recubiertas por arcos con lapislázuli y jade, al igual que frescos recién hechos, que relatan la primera y segunda guerra mágica. Habían dos barras en el lugar una a la izquierda de la puerta de entrada y otro al otro extremo, el centro estaba reservado para los invitados. Todos ataviados con sus mejores galas.
Muchos caballeros volteaban ver a la princesa de azul que parecía deslizarse sobre el piso, pero ella no le regresó la mirada a ninguno. Sus ojos estaban reservados para la plata. Poco a poco se fue acercando a él, hasta posicionarse a su lado, de nuevo recibían miradas de extrañeza por parte de las personas a su alrededor. Las señoras de mayor edad cuchicheaban y los miraban sin disimular, juzgando aquella pareja, o simplemente al hombre.
Se quedaron un momento en silencio. Draco parecía no incomodarse por las miradas, incluso parecía no escucharlos y como si le diera igual. A Hermione sí la ponían incómoda y agobiada.
Pero entonces, sus ojos se perdieron en el volar de una falda frente a ella. Y los pasos de su pareja. Y cómo estaban posicionadas las manos, enlazadas o delicadas en una cintura o un hombro. Como si encajaran a la perfección.
—Hazlo —dijo Draco de repente, sacándola de su ensoñación.
Hermione se giró a verlo.
—¿Hacer qué?
Los ojos de plata rodaron hasta posicionarse sobre los de ella.
—Vamos, pregunta… Veo que algo pasa por tus ojos y quiero saber qué es.
Hermione se sonrojó. Bajó la mirada y hasta ese momento se dio cuenta de qué es lo que estaba pensando, y no podía creer que reparara ante eso hasta que él lo menciono.
—¿Quieres bailar? —se aventuró con timidez.
Recordó el día que fueron al club de jazz. El día que había estado tan emocionada que dedicó un día completo a arreglarse. Todo para que cuando fueran, él no quisiera bailar y la alejara del tipo con el que bailaba. Y todo para aún no quere bailar ahora. Recuerda lo que pasó después. Ella se desesperó y lo llevó a la playa, para enseñarle a vivir la vida. Y él cambió desde entonces. Ha cambiado mucho desde entonces. Si cerrara los ojos, completamente ciega, y conversara con el Draco de hoy y con el Draco de sus años de Hogwarts, juraría son diferentes personas. Por eso, cuando le preguntó aquello, esperó que la respuesta fuera…
—No.
Seca.
Lacónica.
Desinteresada.
Rotuna.
La desilusión creció dentro de ella sin que pudiera evitarlo. Fue como una explosión se sentimientos que sería imposible de describir. Casi como un juego artificial, que comienza con la hermosa expectativa, pero cuando explota en su interior, las chispas no pueden extenderse y abrasan su interior, quemándolo todo, terminando su belleza. Así de sencillo.
¿Dedicó una semana completa para esto? ¿Para llegar con las bellas expectativas de juegos artificiales para acabarse quemando? ¡Por Merlín! Se depiló allá abajo por él, todo lo que estaba sobre ella —y lo que no—, lo había hecho por él.
Tal vez no había cambiado lo suficiente.
—Ni siquiera me molestaré en pelear contigo —dijo lo más cruda que pudo. La desilusión y la tristeza podían sentirse en sus palabras y el fingido tono de desinterés.
Pero se alejó antes de que él pudiera repelar.
Malfoy la vio alejarse y quiso pegarse unos buenos golpes. Pero él tenía sus razones para no bailar con ella, aunque ella no las entendiera. ¿Ahora quién era el que guardaba secretos?
La vio alejarse, caminar y caminar hasta llegar a donde estaba Harry, que hablaba con tres personas. Kingsley estaba ahí, con otro funcionari del ministerio, Longbottom, Ginny y el cara rajada. Y vio cómo su pareja agarraba del brazo a un sorprendido Longbottom y lo arrastraba hacia la pista. Neville volteó a ver a los funcionarios y sus amigos, alternando sus ojos entre el frente y el atrás.
Hermione lo iba a obligar a bailar con ella.
No sabía si sentir lástima por ella o por él, pero lo que sí supo fue que él debería de estar ahí. Él debería de estar rodeando la delgada cintura de Hermione y debería de ser él el que la condujera con gracia por la pista. No Longbottom.
Dio un último trago a su champaña, para terminarse todo de una vez e ir por algo mucho más fuerte.
Caminó hacia la barra con la cabeza en alto y recibiendo con aparente indiferencia las miradas que recibía. Pidió un whiskey en las rocas, que sirvieron tan rápido como la orden que dio.
Se lo acabó de otro trago.
Pidió el que sigue.
—Vaya, vaya… —dijo una voz a su izquierda, una que conocía muy bien—. Trabajo en la empresa de tu padre, y te veo más en las fiestas que ahí.
Giró el rostro con parsimonia para ver a su mejor amigo. El único que hoy en día aún le hablaba. Vestía un smoking muy elegante, con gemelos en forma de serpiente y ojos de esmeralda. Muy presuntuoso. La gran sonrisa de su rostro mostraba la blanquísima fila de dientes, capaces de hacer doblegar hasta la más pura y fiel de las señoras.
—Blaise —saludó con una sonrisa de lado. Se le estaban yendo las ganas de mostrarse duro. Al menos no quería actuar así en esos momentos con su mejor amigo.
—Y vaya pareja que tienes colgada del brazo, una belleza. ¿Granger? —levantó una ceja entre verdaderamente inquisitivo y una parte burlón. Pidió un trago igual al de Malfoy.
—Larga historia —respondió el rubio tajante, sin querer elaborar la larga y complicada respuesta.
—Y no tengo tiempo —sonrió encogiéndose de hombros y dándole una palmada en el hombro a Malfoy—. Me la contarás otro día.
Sin más, el único amigo de la infancia que le quedaba a Draco, hizo un ademán de brindis, se tomó todo de un trago y se alejó de ahí, tomando en el camino tres copas de champán y llevándosela a dos rubias que lo esperaban. Draco negó la cabeza. Era impresionante la forma de actuar de su mejor amigo, siempre indiferente a cómo lo veían los demás, siempre y cuando fuera él mismo.
Se giró para ver a Hermione.
Sonreía mientras conversaba con Longbottom, mientras cruzaban la pista entre volteretas y despliegues. Se veía feliz. Algo que él antes no había provocado. Se preguntó si su habilidad era destruir los sueños de Hermione después de haberle asegurado ayudarla a cumplirlos.
Entonces lo escuchó:
—… es que sí, ¿quién querría bailar con él? No entiendo cómo es que pudieron venir juntos…
Fue una de las señoras cerca de la barra. Una que lo había estado viendo con ojos prejuiciosos desde que llegó.
Pero algo que había dicho tenía razón: ¿quién querría bailar con él?
Hermione.
¿Y qué hizo él?
La mandó a volar.
Dos veces.
Dos veces había querido Hermione bailar con él, ahora que se daba cuenta de que nadie más que ella querría bailar con él, y como se podía esperar él se negó dos veces a bailar con ella. Ella. No podía estar ahí. Él no pertenecía ahí. Ella sí. Él no. Una suma fácil y sencilla.
Se giró y se encaminó a la salida.
En media vuelta, Hermione vio un destello platinado. Sabía de dónde procedía pero no quería voltear. Aunque no pudo controlar sus ojos. Lo vio. Le vio la espalda. Alejándose. Su corazón se hizo pequeño de tristeza y enojo e ira y furia. ¿Cómo se atrevía?
Sin darle explicación a su amena pareja, se soltó del enredo de brazos y tomó la tela de su vestido, dispuesta a correr detrás de él para detenerlo, y si podía darle un puñetazo más fuerte incluso del que cuando tenían trece años.
Y esta vez lo disfrutaría mucho.
Ginny le había dicho hace muchas semanas que ella no era una buena actriz, que Draco se daría cuenta en cuestión de días que ella sentía algo por él. ¿Se habrá dado cuenta y por eso actuaba así con ella, para no darle falsas esperanzas? ¿Entonces por qué había estado a punto de besarla? ¿O será que no se había dado cuenta?
Aumentó la velocidad y la magnitud de sus zancadas, y lo alcanzó cuando estaba saliendo por una puerta que daba a la calle. Londres estaba desierta, como pocas veces se le veía a a la agitada ciudad.
—Tienes un serio problema, ¿lo sabías? —exclamó, siguiéndolo de cerca.
Los fuertes taconazos de Hermione se escuchaban demasiado para que la acomodara pero no le importó. No había nadie alrededor para captar su atención.
Estaba solos.
—¿Lo dices por experiencia? —ladeó el rostro para verla de reojo pero no se detuvo.
—¡Malfoy! ¡¿A dónde crees que vas?!
Pero él siguió caminando. Y siguió sin voltear a verla. Y ella quería llorar al pensar que pasó una semana preparándose para él, desperdiciando sus emociones, sentimientos y expectativas en alguien que no la vería más allá de la pobre sangre sucia que está perdiendo la memoria.
—¡Detente! —chilló, a punto de soltarse a llorar; la vista se le empañaba con las lágrimas.
Draco lo sintió en el centro de su ser… Ella casi nunca llora. Nunca. Sólo lo hace cuando… cuando hay cosas que no puede arreglar.
—No tengo ganas —dijo. Pero lo que no tenía ganas era voltear y ver el desastre que había causado.
Estaban a la mitad de la calle. Él seguía caminando con grandes zancadas, con una mano en el bolsillo del pantalón y el otro colgando. Escuchaba los taconazos que daba Hermione detrás y su respiración agitada.
—Te encanta hacer esto, ¿verdad?
Ahora sí se tuvo que voltear. Sus ojos plateados estaba velados por una desesperación que hizo detener a Hermione. Retractar un paso. Soltar su vestido y dejar que el aire acariciara su cabello y su piel, erizándosela. Pero no se movió.
—¿Qué quieras que te diga, Hermione? ¿Que me encanta estar en una habitación donde las personas sólo me miran para juzgarme? ¿Que hablan lo más bajo que pueden pero que aún así los escucho? ¿Quieres que me quedé ahí, para ver a todos viendo con aprobación cómo bailas con Longbottom, pero que aborrezcan verte de mi brazo? Lo intenté, pero ya no puedo.
Sin más, se giró y siguió caminando. Hermione abrió la boca estupefacta. No creía que a él lo hubiera afectado todo eso, al menos parecía no hacerlo. Ahora entendía que la ciega había sido ella.
Tenía que hacer algo antes de que él desapareciera.
—¿Y piensas dejarme aquí sola?
Se giró de nuevo. Había unos cuatro metros de distancia entre ellos. Sus ojos eran mares de sentimientos que no podían controlar y no podían expresar. Un mar que los ahogaba por dentro y en cuestión de segundos no iban a poder respirar de nuevo. Sufrían en silencio, sin palabras más que las silenciosas llamadas de auxilio que profesaban sus ojos.
—¿Acaso me quieres a tu lado? —preguntó Malfoy con expresión y tono de voz fría.
—¿Por qué haces esto? —dijo Hermione— ¿Por qué siempre te comportas de una forma un segundo y diferente al siguiente? De todo lo que he tenido que estudiar y comprender en mi vida, eres lo más esotérico y enigmático que he visto jamás. ¡Dime una razón!
Draco asintió varias veces, como si estuviera pensando qué contestarle. Rascó su barbilla y miró al piso, dejando caer la cabeza. Ella creía que en cualquier momento soltaría una risotada y se giraría, largándose para siempre, ya no más idas a Grimmauld Place.
—¿Quieres una razón? —preguntó con un ápice de enojo— Aquí está tu razón…
Después todo fue silencioso. Fue en un parpadeo. Él estaba ahí. Al siguiente había dado tres zancadas. Y al siguiente la estaba besando. Sus manos la apresaban por los costados de su cabeza y la atraían a él, como si tuviera hambre insaciable de su sabor. Y Hermione cerró los ojos sintiendo aquellos juegos artificiales brillar en su interior, inundándola de una calidez que no esperaba. Y movió los labios.
Se besaron como habían querido hacerlo desde hace semanas, como si el mundo fuera a acabar en cualquier segundo. Algo tan ansiado nunca cumple las expectativas pero esto las superaba. Las manos de Hermione se aferraron a la cintura de Malfoy, estrechando su cuerpo contra el de él.
Era un afrodisiaco. Un oasis. Algo delicioso. Él sabía a alcohol y ella sabía a menta. Era un combinación que les gustó.
El aire falto y se separaron. Malfoy apoyó su frente contra la de ella, rozando con al punta de su nariz la de ella. Sus manos seguían en los costados del rostro de Granger y sus hombros estaban algo encorvados, para poder estar a su altura.
—Otro deseo tachado de tu lista.
Y cuando Hermione levantó los ojos para ver los de él, alcanzó a ver un cielo repleto de estrellas.
Gracias por leer ;)
