¿Quién sabe?

Por fin se separaron. Hermione no estaba segura de cuánto tiempo había pasado. Lo único que estaba en su mente era ese ardor en sus labios, que le daban a conocer la hinchazón provocada por largos minutos besando a Draco.

Draco.

No podía creer que acababa de besarlo, es algo que definitivamente jamás esperó hacer. Él siempre la vería como la niña mimada nacida de muggles con un trágico accidente que poco a poco lo ayudaría a deshacerse de ella. Así era como las cosas debían de ser.

Pero si algo había aprendido en los últimos meses, es que las cosas nunca pasan como uno las planea.

Con miedo a lo que podría encontrar, levantó las pestañas y prendió sus ojos en el pecho de Malfoy. Sentía la respiración de éste chocar con sus mejillas; cálido y con olor a alcohol. Para su sorpresa, no le molestó, como tampoco lo hizo durante el beso.

Las manos del hurón estaba en su espalda, una demasiado baja para poder seguir siendo su espalda, pero no tan baja como para escandalizarla. La otra mano estaba entre sus omóplatos, arrugando la tela de su hermoso vestido azul.

El recorrido de sus ojos fue lento y tortuoso, como si ver el pecho del hombre frente a ella le estuviera quemando. Llegó al cuello. Podía ver en las laterales la piel temblar con el fuerte bombeo de la sangre, ¿ella había ocasionado eso, o fue solo el beso? Siguió a los labios, también enrojecidos pero no hinchados, tal vez porque estaban acostumbrados a besar o porque ella no lo había besado con toda la fuerza que había querido profesar. Su nariz perfilada y sus pómulos angulosos. Y finalmente sus ojos.

La plata que le regresaba la mirada era intensa, pero Hermione no podía descifrar qué profesaban. La observaba con fuerza, como si quisieran atravesarla y descubrir los secretos más obscuros de su interior.

Se asustó.

Quiso retroceder de momento, como si aquella mirada la remontara a sus años de Hogwarts cuando su odio mutuo era conocido y profesado, nada habría de cambiar.

Pero él la detuvo.

Draco no entendió por qué quiso alejarse.

Tal vez el beso la había asustado demasiado, tal vez actuó sin pensar. Definitivamente actuaste sin pensar, idiota, ¿qué hacías tú besándola? Hermione se veía hermosa ante sus ojos. Por alguna razón se veía más joven. Sus ojos chocolates brillaban con intensidad, las estrellas reflejándose en ellos. Sus labios estaban hinchados y lo único que quería era juntarlos de nuevo a los suyos y morder el labio inferior, como había querido hacerlo desde hace semanas. Sus mejillas estaban sonrosadas y su cabello estaba echo un manojo de mechones.

Sus manos seguían detrás de ella y poco a poco despegó una de ellas hasta llevarla a la mejilla de Granger.

—¿Todo bien? —preguntó.

No quería ponerle nombre al la sensación que creció dentro de él. Como si su cuerpo se convirtiera en un volcán y sus sangre en lava. La expectación.

Tenía miedo, eso era lo que tenía. Miedo a que ella le gritara que qué le pasaba, que estaba loco y que se alejara para siempre. Si ella le decía eso, obedecería. No por ella pero por él. Porque ya no confiaba en su control estando cerca de ella. No después de probar sus labios.

Hermione asintió poco a poco, primero con duda y después con más convicción. Como si tratara de convencerse a sí misma. Draco no supo si se sintió feliz por la respuesta o enojado por cómo la dio.

—¿Nos vamos ya? —dijo. Su voz sonó ronca, como si llevara varios días sin utilizarla.

Su manos derecha aún estaba en la mejilla de Hermione, y luchaba con sus términos nerviosos el impulso de mover su pulgar para acariciar la suave piel. Su izquierda seguía en al espalda. No quería moverla, primero, porque el lugar en el que estaba no estaba del todo mal, y segundo, porque conocía a Granger y sabía que cualquier movimiento precipitado podría alertarla y arruinar todo.

—Quiero caminar primero —su voz tembló y se enojó por ello.

¡Vamos! No era la primera vez que había besado, ya había pasado con Ron y Viktor. Pero fue la forma en que la besó, que hizo que, literalmente, su mundo perdiera un poco de control. Solo por un momento.

Draco asintió y alejó las manos. Torció los labios en una sonrisa de lado y extendió su brazo izquierdo, invitándola a tomarlo. Granger sonrió y entrelazó su mano. Y se inclinó un poco hacía él. Si se dio cuenta, no dijo nada.

Sabiendo la exposición que tenían ambos, Malfoy condujo a Hermione a la acerca, para no morir atropellados. Caminaron por las sombras, donde nadie podía verlos. Había silencio a su alrededor. El rozar del viento con el vestido de Hermione y con el suelo, sus pasos y sus respiraciones era lo único que se escuchaba.

—¿Disfrutaste la fiesta? —inquirió Draco.

Estuvo a punto de decir "la noche", pero conocía a la leona a su lado y pensó que ella se enrabietaría creyendo que él estaba jactando de haberla besado.

—Creo que tienes una habilidad suprema para hacerme enojar —fue la contestación.

Draco sonrió de lado de nuevo y levantó la ceja. Sí, era un don hacerla enojar.

—¿Estás enojada?

—No, ahora no.

Draco giró su rostro para verla, y ella subió el suyo.

—¿No estás molesta?

Hermione sonrió ampliamente, como si no hubiera ningún problema en su vida. Ninguna enfermedad, ningún reloj en cuenta regresiva, ningún ex mortífago en rehabilitación. Sólo una chica y un chico.

—No.

Se miraron a los ojos y no se dieron cuenta de que se habían detenido.

—Pero siendo sincera, creo que también tienes la maestría de arruinar mis deseos. El club de jazz, vaya que lo arruinaste, pero algo bueno salió de ahí. Después hoy, una gala, la cual también arruinaste con tus estúpidos comentarios y comportamientos. Pero, también cumpliste otro deseo, y si bien recuerdo lo cual es de dudosa credibilidad hoy en día, tú no pensaban ayudarme en ese departamento.

Lo primero que le dijo cuando leyó el décimo deseo de la lista, en el parque cerca de Grimmaul Place. Ella recordaba eso. Seguramente recordaba cada cosa que Draco le había dicho desde que se reencontraron en San Mungo. Pero no sabía y no quería averiguarlo.

—Sí, bueno, me sentía caritativo.

Ahí estaba el Malfoy que ella tanto conocía. El que alardea y actúa con indiferencia. Y no se enojó como usualmente lo hacía. Simplemente sonrió.

Y de nuevo los labios de Malfoy estuvieron sobre los suyos. Y ella no se asustó como lo había hecho antes. Esta vez lo besó con la misma fuerza.

Su espalda se encontró de repente arrinconada contra la pared de alguno de los edificios, con el cuerpo de Malfoy presionando fuerte contra el de ella. Podía sentir a la perfección los músculos de su abdomen, sus hombros fornidos, sus piernas tersas... y una presión incipiente justo en su vientre. Algo gutural subió por su garganta y antes de que pudiera detenerse se escapó de sus labios.

Malfoy presionó su cadera hacia ella.

Las manos varoniles acariciaban su cadera, subiendo un poco el vestido con el frote. Las rodillas de ella estaban débiles, pero no caía por la fuerza que Draco ejercía en Granger. Malfoy podía sentir su cuerpo. Su delgada figura se amoldaba con elegancia y perfección a su cuerpo trabajado, su abdomen era plano y sus piernas se sentían deliciosas. Los dos pechos se aplastaban con la presión de su torso y lo único que deseaba hacer en esos momentos era probarlos. Probarla a ella, a todo su cuerpo.

Hermione jalaba del cabello rubio, empujándolo hacia ella, invitándolo a más. No sabía de dónde salí ese comportamiento. Era como si jamás hubiera sido tocada, de ninguna manera. Ni por sus familiares, ni sus amigos y definitivamente por ningún amante. Era una llama que se encendía en su corazón y calentaba su cuerpo, mandando oleadas cálidas por sus extremidades, centrándose en su vientre. Eso mismo la sobresaltó.

Siendo lo más sutil que pudo, Hermione detuvo el beso poco a poco. Ralentizando sus movimientos, retrayendo su lengua. Dejando estáticas sus manos. Draco pareció comprender que las cosas se habían calentado de más de repente y dejó sus manos en la estrecha cintura de la mujer delante de él.

Una corriente de aire sopló y Granger sintió los vellos de sus brazos erizarse.

—Está comenzando a hacer frío.

—El invierno no tarda en llegar —replicó Hermione, con esa voz tan sabionda que tanto despreciaba Malfoy en la escuela.

—Y qué irresponsable de mí dejarte aquí en el frío.

De dónde sacó lo que hizo después, Draco no quiso ni preguntárselo.

Malfoy dio un paso hacia atrás y bajo la inquisitiva mirada de los ojos chocolates se quitó el saco. Hermione abrió los ojos completamente asombrada, abriendo los labios para detenerlo pero antes de que sílaba alguna saliera de su boca, sentía la calidez del cuerpo masculino posarse sobre sus hombros. La tela era suave y deliciosa, lo de esperar por un joven acostumbrado a lo mejor como era Malfoy.

—Te vas a congelar —replicó Hermione, contradiciendo su acción de ajustarse el saco en sus hombros.

Draco sonrió y sacó su varita. Hizo un giro simple y de repente el hombre irradiaba calor. Claro, magia. Algo que ella ya no podía hacer.

Pero no se sintió triste. De hecho se sintió feliz. Cuánta razón tenía, cuánto había cambiado el joven delante de ella. No. No un joven. Draco ya era un hombre. Si bien recordaba, en sus primeros años en Hogwarts el rubio solamente buscaba la aprobación de su padre, ser aceptado, cualquier cosa que acapara la atención de Lucius Malfoy. Después, en su adolescencia, Draco buscaba una salida. Del destino que se le había sido impuesto. Alguien rencoroso y subyugado a la vez. Y Granger estaba segura de que si hubiera estado con ese joven en estos momentos, él jamás le hubiera dado su abrigo a pesar de que él pudiera hacer un hechizo que lo calentara. Él simplemente sonreiría de lado con arrogancia y se alejaría dejándola en el frío. Y para acabarla de fregar, aún se pondría ese hechizo, solo para estar bien resguardado.

Pero ahora tenía a un hombre delante de ella.

Sonrió con dulzura y levantó la mano. La dejó apoyada en la mejilla de Malfoy y acarició con el pulgar el anguloso pómulo. Era tan guapo. Siempre lo supo. Pero también supo que era un patán empedernido.

—Gracias —susurró de repente, viendo a esos ojos grises que continuaban queriendo ver su interior.

—¿Por qué? —algo en el tono de voz de Granger le indicaba que no era por el saco, aunque no hubiera estado de más un agradecimiento por aquello, no que fuera a exigirlo. Pero su susurro abrazaba más sentimientos de los que él pudiera descifrar tan rápido.

—Por besarme… —sonrió con nostalgia— bajo un cielo estrellado, si bien recuerdo había escrito.

Ah.

Eso era.

¿En serio ella creía que la había besado por un simple deseo en una lista.

No.

La había besado esta noche porque había sido un idiota de no haberlo hecho antes. La había besado esta noche porque se moría de ganas de probar esa boca deliciosa y sentir la húmeda lengua, portadora de comentarios mordaces. La había besado esta noche porque quería hacerlo él, para complacerse él, para probarla él. No para cumplir un estúpido deseo.

—Quería hacerlo —replicó con voz ronca y una expresión endurecida.

Para su sorpresa, Hermione no se sorprendió como esperó que hiciera. La mano que estaba en su mejilla subió a sus cejas y las suavizó, alisándola y calmándolo poco a poco, como si tuviera una vasta experiencia en aquello. Sus dedos fríos pasaban por su ceja izquierda con delicadeza, y después por la derecha. Luego pasaba el índice entre las cejas, tratando de desparecer el pequeño cañón que había aparecido. Y después la bajó a los labios. Pasó con una impresionante delicadeza y ternura. No queriendo alisarlos. Era como si quisiera sentirlos. Ya los tocó con los labios. Pero ahora quería sentirlo con las terminaciones nerviosas de la punta de sus dedos.

—Sé que querías —susurró, viendo con atención los labios de Draco.

Los veía con atención, los sentía con cuidado. Como si no pudiera creer que esos hubieran estado hace unos momentos en sus propios labios.

—Sé que querías, pero… —detuvo su mano y levantó los ojos—. Sé que quería besarme, pero no sé por qué querías hacerlo.

Lo intuía. Obvio. No por nada gracias a ella sus amigos estuvieron vivos durante sus peligrosos años en Hogwarts. Él le había dicho —mejor dicho, demostrado con el beso—, que por eso actuaba extraño. Pero quería palabras, ella siempre se fió mas de aquello que de acciones, lamentablemente. El beso fue maravilloso, sí, y demostró muchas emociones, también. Pero quería escuchar palabras, versos.

—Draco… —levantó su otra mano y apresó el rostro que ahora se mostraba impasible, bloqueando cualquier emoción—. Puedes decirme… dímelo, por favor.

Esos ojos chocolates buscaban la respuesta en sus ojos grises. Desesperados. Ella quería una respuesta. Él sabía esa respuesta. Pero por alguna razón no salía de sus labios. ¿Será a caso miedo? ¿Miedo a cómo podría tomarlo ella? Creía haber pasado por esas preguntas y cuestiones ya, pero no podían culparlo por seguir así.

Pero ella merecía una respuesta.

Y él quería dársela.

Malfoy abrió los labios para responder. Y fue ahí cuando llegó.

Una punzada aguda y fuerte la atacó por entre las cejas, como si un pequeño duende quisiera escarbar su libertad a través de su frente. Frunció los labios y las cejas y dejó escapar una exclamación.

Por un segundo Draco pensó que el retraso de su respuesta causaba aquel dolor, pero fue hasta que Hermione subió su mano para sobar su frente, que supo que aquel era un dolor de cabeza causado por su… condición.

—Ah, Hermione… —se lamentó.

Rápidamente buscó el pequeño bolso de la castaña para sacar la poción correspondiente. Le quitó el corcho que mantenía el líquido dentro y la cercó a los labios de ella. Granger interceptó el contenedor y vertió todo el líquido de un trago veloz. Suspiró cuando el dolor mermó.

—Lo siento —farfulló guardando el pequeño cilindro. Cerró la bolsa y la ajustó debajo de su axila. Puso sus manos hacia el frente y entrelazó los dedos.

—Ven —Draco, extendió el brazo, que ella no tardó en tomar —. Vamos a llevarte a casa.

xxXxx

A la mañana siguiente, Hermione abrió los ojos con lentitud, como si despertara de un sueño eterno. Estiró su cuerpo llevándose consigo las sábanas. No sabía cuánto tiempo había dormido. Levantó la cabeza y se apoyó en los codos para ver. El vestido permanecía acomodado en el pequeño sillón debajo de la ventana. Sus zapatos de tacón juntos al pie de la cama y varias toallas con manchas de su maquillaje. Giró el rostro para verse en el espejo.

En cuanto se vio se sonrojo.

Se veía fatal.

Su cabello estaba todo revuelto y no se había quitado el maquillaje de todo.

Recordó los sucesos de la noche anterior con placer.

Cuando llegaron a Grimmauld Place eran como las dos de la mañana, y cuando entraron a la casa —porque Draco dijo que se quería asegurar de verla subir las escaleras— se encontraron con una sorpresa que los dejó algo así como muy incómodos. Todo comenzó cuando en la obscuridad Hermione tropieza con algo y casi cae, de no ser por la mano de Draco en su codo. Entonces prendieron las luces.

Había tropezado con un zapato. El de Ginny. Y a unos metros había otro zapato. El de Harry. Casi parecía el camino que Hansel y Gretel habían dejado en el bosque para no perder el camino de regreso. En las escaleras estaba la corbata de Harry. Y para vergüenza de Hermione, más arriba estaba una de las medias de su mejor amiga.

Entonces un sonido se escuchó en el piso de arriba. Y ninguno quiso saber qué fue. Y a ese ruido le siguió otro.

—Buenas noches, Draco —y con un casto beso en la mejilla, Hermione subió corriendo, evitando tropezar de nuevo con alguna de las vestimentas de sus amigos en el piso.

Casi grita cuando encuentra el brassiere de su amiga a la mitad del pasillo.

Con pesadumbre salió de la cama, sabiendo que sus amigos seguían durmiendo. Prefería que siguieran durmiendo, no sabría con qué cara los iba a enfrentar.

El baño le cayó de maravilla. El agua caliente relajó todos sus músculos. Y subió sus manos de nuevo a sus labios. Un perenne cosquilleo fluía con gracia, recordándole el beso que había compartido con Draco. Él había dicho que iban a salir el día de hoy. No dijo adónde pero le indicó que se arreglara un poco más de lo usual. No sabía qué significaba eso, pero estaba dispuesta a averiguarlo de buen modo. Salió de la regadera con al piel enrojecida por el agua caliente y se miró en el espejo.

—Hoy es un día nuevo —se dijo sonriente.

Optó por utilizar un vestido casual, pero apto para el invierno. Era de tela gruesa, manga larga y cuello de tortuga. La falda caía hasta sus rodillas, y de ahí unas medias gruesas se cortaban en los pequeños botines que utilizaba. Colocó sobre su cabeza húmeda un gorro tejido rojo, a juego con la bufanda que utilizaba y aprobó su imagen en el espejo. No estaba mal.

Cuando bajó a desayunar se encontró con que sus amigos ya estaban levantados. Pero no arreglados. Ginny llevaba con comodidad, casi como si estuviera acostumbrada a aquello, la camisa blanca que utilizó Harry el la gala. Él iba con camiseta blanca y sus boxers azul cielo con rayas blancas. Se quedaron mudos al ver a su amiga en la puerta.

Ginny saltó con emoción y avanzó para abrazar a su amiga.

—¡No te escuchamos llegar!

Claro que no, estaban ocupados.

—Llegué tarde.

—Nos dimos cuenta —sonrió, guiándola a la mesa, donde Potter colocó un plato con tostadas ya preparadas—. Queríamos esperarte pero nos dio sueño y nos subimos a dormir —ajá—. ¿Qué pasó ayer? No te despediste y no te vimos salir. Como Malfoy no estaba supusimos que estabas con él y por eso no nos preocupamos…

—Sí, estaba con él. Me dio un dolor de cabeza y me acompañó a tomar aire —y ahí le dedicó una mirada cómplice a su amiga, intentando hacerle saber que en definitiva no fueron así como pasaron las cosas.

Ginny abrió los ojos de par en par, abriendo la boca y después gesticulando cosas que eran imposible de entender.

Los ojos miel de su amiga se dirigieron al sur con expresión inquisitiva. Hermione le dio un golpe de regreso y observó de soslayo a Harry, esperando que no viera el gesto. Estaba absorto leyendo El Profeta.

"Luego te cuento", masculló Granger tomando una tostada y mordisqueándola sin ganas. El plan con Draco empezaba con el desayuno.

Y hablando del rey de Roma…

Alguien tocó la puerta con una aristocracia reconocible, y en un segundo estaba Hermione nerviosa frente a la puerta.

—Buenos días—saludó él con una sonrisa de lado.

—Buenos días.

Malfoy se acercó cauteloso a ella, antes de inclinarse, acercándose a… y se desvió para darla un beso en la mejilla.

—Hasta luego Potter, Weasley —dijo Draco viendo a los ojos de ella. Entonces Hermione escuchó el carraspeo de su mejor amigo. Detrás de ella.

—Regrésala sana y salva.

—Como siempre.

Y sin más se fueron.

Salieron a la calle en un silencio que no era incómodo. Después de un rato él le preguntó cómo había dormido, o si había habido algún otro incidente. Avergonzada replicó que no, que había dormido bien, gracias, y le preguntó lo mismo. Se sorprendió al escuchar que Draco había paseado un poco por Londres muggle, antes de regresar casi a las tres a su casa, donde se fue al estudio de su padre a revisar unos documentos que le había mandando Blaise sobre la empresa de su padre, y a eso de las cuatro se fue a dormir. ¡Había dormido muy poco! Y se sorprendió buscando ojeras o un semblante demacrado. No había nada que simbolizara desvelo. Nada. Era como si hubiera dormido por horas y horas.

Siguieron caminando, pasando por el parque que ya les era tan familiar, y vio que Malfoy sonreía.

—¿A dónde vamos?

No respondió. Bueno, al menos no iba a cambiar su actitud hacia ella. Y la verdad, es que es la aliviaba.

Draco la agarró con fuerza repentina, halándola de la cintura, girando, como si estuvieran bailando, y de repente, ya no estaban en el parque cerca de Grimmauld Place.

Ni siquiera sintió la aparición. No sabía dónde estaban. Era una explanada amplia y verde, con árboles que ahora desfilaban sus cortezas desnudas, y a sus pies, centenares de hojas secas, muertas.

—¿Dónde estamos?

Volteó a ver a Draco. Él le sonreía con abertura, mostrando sus dientes blancos y rectos. Sus ojos brillaban y se asemejaban con el tono grisáceo del cielo.

—Tengo una sorpresa para ti —anunció.

—¿Qué?

Antes de que pudiera decir algo, sintió una tela cubrir sus ojos. Después sintió que él la ataba en su nuca, estaba completamente ciega a su alrededor.

Con una suavidad impresionante, sintió la mano de Malfoy deslizarse por su cintura, encontrando un lugar estable para empujarla con cuidado por quién sabe dónde. Hermione sintió el césped seco bajo sus pies, mientras caminaba a paso incierto a donde sea que el rubio platinado la estuviera guiando. Caminaron por lo que parecieron ser diez minutos, llegaron a un alto abrupto.

La mano que estaba en sus cintura se alejó, para encontrarse en la nuca, desatando la tela alrededor de su cabeza. Y de nuevo la luz llegó a ella.

Exclamó sorprendida.

Estaban a la orilla de un lago amplio. El agua obscura reflejaba cual espejo el cielo grisáceo. Unos patos de plumaje verdoso nadaban al otro lado de la orilla, creando obras concéntricas. A lo lejos de veía una mansión grandiosa y antigua. Hermione no estaba segura pero podría asegurar que era la Mansión Malfoy. A su izquierda, debajo de un árbol, había una manta amplia con una canasta de mimbre al centro. Habían dos cobijas de piel de animal dobladas sobre la canasta, y una botella de vino recargada a un lado. También habían dos bolsas de pan.

Se veía maravilloso.

—¡Draco! —las manos de la castaña cubrían los labios, evitando que escaparan más exclamaciones.

—Como el primer deseo —dijo Draco con seriedad, pero sus ojos tenían una chispa de complicidad y felicidad que muy pocas veces se había visto—. Pero mejorado.

De nuevo su mano estuvo en su cintura, guiándola hacia la manta.

—Y mucho mejor… No tenías por qué hacer nada de esto, yo…

Los labios de él interrumpieron el discurso. ¿De dónde salía esto? Malfoy no tenía idea. Jamás hubiera creído que él era capaz de cosas así, juraría que en su familia no corría ningún gen romántico, y aún así, después del beso de anoche, no podía pensar en otra cosa. Eso que le había dicho de que fue a caminar por Londres muggle no era del todo mentira. Pero con eso de que nada más fue a pasear, no podía creer que le creyera tan fácil. Fue a buscar la manera de poderle decir lo que el dolor de cabeza había interrumpido. Quería decirle que algo muy extraño había pasado, y que no supo qué fue o cómo es que pasó, pero que ahora sentía algo por ella. Así de simple. No iba a ser romántico, iba a ser directo, franco y sincero. Por eso toda esta cursilería.

Se sentaron sobre la manta a la orilla del lago, y, con la caballerosidad que lo identificaba y la gentileza que no lo distinguía, colocó una manta sobre las piernas de Hermione. Abrió la canasta y sacó dos copas de metal, que llenó al instante de vino. Quesos, uvas, pan y jamón. Disfrutaron en silencio de la comida, mientras de vez en cuando lanzaban bolitas de pan al lago, viendo a los patos acercarse a por ellos.

—Gracias Draco —Granger miró de soslayo al hombre que lo acompañaba y lo encontró viéndola. No de esa manera romántica de las películas que veía de joven con sus padres, era algo más intenso—. ¿Qué?

—Hay algo que quiero decirte.

La seriedad con la que habló era capaz de sorprender a cualquiera. En serio parecía que hablaba con un noble. Con un gesto lo incitó a hablar, mientras se acomodaba en la manta para afrontarlo por completo. Quería tener toda su atención. Fue hasta que vio su rostro de lleno que se dio cuenta qué es lo que iba a decirle.

Y no quiso escucharlo.

No como quería hacerlo la noche anterior. Porque la noche anterior no estaba pensando bien por completo, no con la claridad que la caracterizaba. Y en estos momentos, con la brisa matutina y la claridad del día, podía ver con nitidez el futuro que los aguardaba. Ninguno. No tenía nada que darle a Draco, lamentablemente. Y aún sabiendo eso, no quería pensar más sobre su condición.

Levantó la mano y como antes, la posó sobre los labios de él. ¿A caso estaban siempre así de cálidos? ¿De suaves?

—No digas nada… Sea lo que sea esto… —lo vio a los ojos— no le pongas nombre.

Bueno, eso no era lo que él esperaba. Malfoy había hecho toda esta tontería romántica, que lo ponía feliz al verla feliz, pero era para decirle que la quería, por muy raro que sonara. Y ahora iba ella a detenerlo antes de siquiera empezar.

Estúpida Granger.

Levantó su propia mano y bajó la de ella. La acción lo inclinó un poco y sin poderse resistir, la besó. La besó con fuerza. Sus labios estaban fríos y entumecidos por el clima y la exposición a la temperatura casi invernal. Su nariz helada le causó cosquillas pero continuó besándola. Y él no supo en qué momento la empujó y ella no sabe en qué momento se dejó, pero la presión del cuerpo de Malfoy sobre ella era… excitante. La presión en su cadera contra la suya enviaba de nuevo esas oleadas cálidas por su cuerpo.

Hermione, ¿qué estás haciendo?, se preguntaron los dos.

Fue como si la mano de Granger tomara vida propia. Pero cuando ella alcanzó la mano de Draco y la bajó hasta dejarla en su pecho, no pudieron detenerse. La mano de Malfoy apretó el pecho de Hermione, sintiéndolo pequeño pero terso. No lo pudo evitar. Ni ella. Gimieron. La cadera de Malfoy presionó un poco más.

Estaban besándose. Lo sabían. Él iba a decir algo importante. No lo dijo. El lugar era muy público. No había nadie más que ellos. Se estaban besando. Y querían algo más. Pero no sucedió. Ahí quedó la cosa. Los besos se postergaron, las manos encontraron lugares por explorar. El pecho de Hermione. El otro también. Un poco de las piernas de ambos. Y siguieron comiendo. Conversaron un poco sobre la fiesta. ¿Viste que estaba la esposa de ese miembro de Wizengamont? ¡Sí! ¿Viste que salió con el que antes de la guerra era el mejor amigo del cuñado…? Sí, se rumorea que tienen una aventura. Bueno, y ¿viste al jefe del departamento de deporte mágico? Se rumorea que le gusta la compañía masculina. Bueno, eso es obvio, los hombres son los más interesados en el deporte. En la cama. Oh. Lo sé. Vi que conservaste con Blaise. Hablamos de la empresa de mi padre. ¿Cómo va? Debería involucrarme un poco más.

Y así, la tarde comenzó a llegar y con ella el frío y el hambre. Los labios hinchados de los dos, una nueva confianza que no se atrevían a discutir, una nueva relación que no se atrevían a nombrar. Draco ofreció ir a pasear por las calles de Hogsmeade. O tal vez el callejón Diagon. La segunda opción ganó. Desaparecieron tomados del brazo y llegaron a las orillas de aquel lugar. La gente pronto los rodeó. Había algo nuevo en ellos, pues nadie se alejaba. Parecían ni siquiera notarlos. Era como si la heroína del mundo mágico y el ex Mortífago nunca hubieran estado ahí. Las tiendas estaban comenzando a decorar sus vitrinas con motivos navideños. Árboles de navidad, gorros, y diferentes objetos estaban a la venta, con descuentos y uno que otro exclusivo objeto. Al fondo se alcanzaba a ver la tienda de Sortilegios Weasley. Hermione sonrió con nostalgia al ver a tanta gente entrar y salir. Recuerda con alegría las veces que entraba a la tienda. George siempre le di descuentos. No recuerda muy bien por qué, pero creía que quera por la gran clientela que tenía George, que por eso Ronald entró al negocio. Pasaron de largo.

Pronto estuvieron cerca de una tienda de Quidditch, y Draco puede ser ya un hombre, pero definitivamente no iba a dejar su admiración y fanatismo por aquel deporte. En un segundo él se había separado de ella y observaba con emoción la vitrina que mostraba una nueva escoba.

Hermione, definitivamente no interesada en aquello, se acercó a un puesto de flores mágicas. La mujer que las vendía estaba anciana y sentada, sonriendo con benevolencia a cualquiera que pasara, ya sea porque era una mujer feliz o simplemente porque quería inspirar lástima para que le compraran. Las flores eran preciosas.

Estaba a punto de tocar una, su mano ya extendida, cuando algo la detuvo. Otra mujer, con dedos huesudos y largos, detuvo su mano, apretando el brazo con fuerza. Hermione levantó sus ojos con prisa, clavándolos en los de ella con asombro. Eran negros, amplios. Muy bellos. Pero llenos de locura.

—Una tormenta se acerca… —susurró. Hermione creyó escucharla pero no estaba segura de lo que había dicho. Su primer instinto fue voltear a ver el cielo. Azul y despejado.

—¿Qué?

Intentó alejarse. La mujer sólo apretó más, enterrándole las uñas.

—Una tormenta se acerca… —repitió con voz rasposa— Tienes que tener cuidado o estarás en el centro de ella, Hermione… La pareja de cabello negro, con la V en sus pechos, te vendrá a buscar… Debes irte, esconderte. No dejes que te alcancen. Porque si lo hacen… te van a matar. Estarás muerta, Hermione. Huye mientras puedas.


Gracias por leer ;) y lamento mi extra larga ausencia!

Elisa Sirrah Black: Listo! haha

Bliu Liz: Bueno linda, es un Malfoy. Lamentablemente le enseñaron a ser despiadado porque las emociones, según ellos, solo los hace débiles. Pero quién sabe. Ya vemos con Hermione que hace falta alguien sincero para cambiar un corazón negro. Ya verás al final de la historia el propósito final de cada palabra que he escrito, ya lo verás! Mil gracias por comentar! besos, xoxox

bellatrixa: Muchas gracias por tus palabras, del capítulo anterior y el pasado. Lo aprecio muchísimo, no sabes cuánto! gracias por comentar, besos, xoxo

Clara: Mil gracias por el comentario! Cómo va todo? Y lo de confeccionar, bueno, agarró un vestido viejo y con ayuda de Molly lo arreglaron para hacerlo bonito d nuevo y moderno, además de que le queda a Hermione! hahaha gracias por comentar! besos, xoxox