Algún día

—Por quinta vez en la hora, dinos quién te pagó —preguntó, por quinta vez en la hora, Draco.

Hermione, él, y la mujer que hace una hora le había sujeto la mano en un callejón obscuro y vacío.

Draco había empujado a la mujer misteriosa sobre unas cajas de madera para que se sentara, y no le había permitido pararse o siquiera moverse. Era alta y de talle delgado, oculto bajo las miles de capas de vestidos andrajosos y tallas más grandes y un abrigo de lana gris que se comenzaba a deshilachar de una de las solapas y la manga izquierda. Su cabello era pelirrojo pero sucio, rizado y de gran tamaño. Parecía que se dividía en dos grandes arbustos gracias a un sombrero tejido con estambre rosa, adornado con flores secas. Tenía medias de rayas blancas y negras, y unos zapatos de agujetas y la punta algo afilada. Para Hermione, parecía una de las brujas de los cuentos que leyó cuando era pequeña. Si es que se acordaba bien.

Todo es un borrón rápido detrás de sus párpados. Fue como si hubiera visto una película en cámara lenta y en un cerrar y abrir los ojos, las cosas más importantes ya habían pasado.

Siguió los pasos en su memoria.

Draco se había alejado para admirar lo que sea que haya estado nuevo en la vitrina de la tienda de Quidditch, Hermione no podía asegurarse de que fuera una escoba nueva, una nueva edición del uniforme de los Chudley Cannons, o la versión mejorada de pelotas. Quién sabía.

En fin, ella se había acercado a observar uno de los puestos que estaban tan solo a unos diez metros, estaba segura de que no había ido tan lejos. Y las flores de aquel puesto en serio que habían hermosas. En estos momentos en serio se arrepiente y lamenta no haber podido tocarlas y comprar algunas de esas flores, tal vez llevárselos a Ginny o a Harry. Tal vez a la señora Weasley.

Suspiró.

Entonces había extendido la mano pero jamás llegó a tocar nada. La mujer que en estos momentos perforaba con su mirada a Draco, había tomado su mano a medio camino, con dedos huesudos y largos, detuvo su mano, apretando el brazo con fuerza. Hermione levantó sus ojos con prisa, clavándolos en los de ella con asombro. Eran negros, amplios. Muy bellos. Pero llenos de locura. Le recordaban a alguien pero no estaba muy segura a quién o si se lo estaba inventando.

—Una tormenta se acerca… —susurró la mujer. La voz fue rasposa, casi como si fumara, además de grave y muy poco femenina Hermione creyó escucharla pero no estaba segura de lo que había dicho. Su primer instinto fue voltear a ver el cielo. Azul y despejado. Ningún signo de tormenta. Por un instante pensó que en cualquier momento se obscurecería el cielo y los rayos comenzarían a tocar la tierra. Pero el cielo estaba azul y despejado, ningún cambio.

—¿Qué?

Intentó alejarse. La mujer sólo apretó más, enterrándole las uñas. Por un momento en los ojos negros pareció que pasó el miedo. Por un instante estuvieron velados por los nervios y la adrenalina de la expectación. Segundos después volvían a mostrar locura. Locura, mucha locura, locura negra.

—Una tormenta se acerca… —repitió con voz rasposa. Sus pupilas temblaban, como si se esforzara de sobremanera para no desviar los ojos— Tienes que tener cuidado o estarás en el centro de ella, Hermione… La pareja de cabello negro, con la V en sus pechos, te vendrá a buscar… Debes irte, esconderte. No dejes que te alcancen. Porque si lo hacen… te van a matar. Estarás muerta, Hermione. Huye mientras puedas.

E hizo lo que la valiente Hermione Granger pudo hacer. No fue gritar, ni siquiera tuvo voz suficiente para gritar. Simplemente comenzó a forcejear, como una niña inútil que no sabe cómo defenderse. Bueno, no te sientas tan mal Hermione. Ya no tienes tu varita.

La gente se comenzó a congregar a su alrededor, sorprendidos de ver a la heroína del mundo mágico después de parecer desaparecida de meses, además de que parecía estar en problemas y era incapaz de poder defenderse. Draco no tardó mucho en llegar.

Su mano blanca y fría se enredó alrededor de la mano de la mujer, apretando con fuerza. Eran una cadena de tres manos.

—Suéltela —dijo con aquella voz capaz de helarle la sangre a todas las personas.

Muchas de las brujas lo admiraron, hasta que lo reconocieron y se alejaron como si de una plaga se tratara. Los magos tampoco tardaron mucho en darse cuenta que sea lo que estuviera pasando ahí no era más que problema.

Draco mantenía una expresión casi neutral. Más bien parecía tener su cara congelada en un solo gesto. Las cejas fruncidas, casi uniéndose sobre el puente de la nariz. La quijada endurecida, seguramente sus dientes rechinando unos con otros por la fuerza ejercida. Su nariz se dilataba cada que exhalaba e inhalaba, casi parecía un dragón. Sus labios estaban apretados en una fuerte línea, y la presión los tornaba blancos. Estaba realmente enojado.

La mujer, como si la mano de Draco le quemara, soltó la de Hermione pero la de ella no quedó libre.

—Repítame lo que le dijo —exigió Malfoy.

Hermione bajó los ojos para admirara la zona enrojecida por el agarre de la mano de la mujer. Y se sintió mal al saber que ahora no podía defenderse. Tantos años perfeccionando sus hechizos y los movimientos de la varita para lograr ser capaz de no solo defenderse a ella, pero a todas las personas que le importan, y ahora, ni siquiera podía hacerlo contra una mujer más delgada que ella y más baja.

—Si la joven le importa, le recomiendo que se la lleve, señor —si lo reconocía como el heredero Malfoy no lo dio a conocer. Sus ojos estaban abiertos, como si le hubieran pegado los párpados.

Hermione observó a Malfoy, Draco veía a la mujer y ésta le regresaba la mirada.

—Draco, vámonos —susurró Hermione, tomando al joven por la solapa de su abrigo, jalándolo débilmente. Pero no cedió.

—Hágale caso, señor. Mejor llévesela a un lugar cerrado, o al menos a uno menos público. Aquí corre peligro.

Lo último lo dijo en un susurro. Casi como si fuera parte de una conspiración. Los dos jóvenes sabían que ella estaba en peligro, pero no pensaban que fuera algo tangible.

Un segundo después, Hermione estaba siguiendo a trompicones a Draco, que jalaba de la mujer con fuerza y sin consideración. La gente se alejaba como si del mar rojo se trataran. Y luego la obscuridad los engulló cuando se adentraron a un callejón de no más de dos metros de ancho, pero varios de largo. Los techos de los locales a cada lado se unían y la obscuridad se cernía sobre ellos. Parecía que obscureció de un segundo al otro.

De repente una luz de tonos anaranjados apreció.

Draco conjuró una pequeña bola de fuego. Era como una bola de cristal con llamas en su interior, que giraban con lentitud, mostrando bellos espirales que alumbraban cálidamente los alrededores. La piel de la mujer se mostró cetrina ante la luz. Casi parecía estar muerta.

—¿De qué está hablando? —gruñó Malfoy.

La mujer que en estos momentos parecía más como una anciana, soltó una risotada cortada y aguda, mandando una corriente en el cuerpo de Granger que le erizó los vellos de la espalda.

—Lo que había dicho… Ella está en peligro. Una tormenta se acerca y si quiere que la joven quede con vida al final de ella, debería de mantenerla en un lugar cerrado. ¡Como una princesa en una torre! —rió a carcajadas espeluznantes. Pero ya no se veía tan loca como antes— Hágame caso. Llévesela. O ellos vendrán y se llevarán por usted.

Malfoy soltó un sonido gutural similar a lo que sería un gruñido y apuntó su varita a la mujer.

—¡Draco! —pero no la bajó.

—Dígame cómo es que sabe aquella información. Que ella está en peligro.

La mujer sonrió. Y regresaba a estar igual de loca que antes.

—Yo qué sé. Solamente soy la loca del lugar.

Lo dijo con tal convicción que era difícil no creerle. Además le quedaba el rol. Estaba más loca que nadie que hubiera conocido hasta ahora.

—No me haga hechizarla, créame que no quiero, pero al parecer no sabe quién soy y de lo que soy capaz.

Hermione sí lo conocía. Y sabía de lo que era capaz. Y sabía en qué situación se encontraba. Y no quería verlo irse antes de que ella lo hiciera. Y se sintió tan egoísta por aquello pero no lo pudo evitar. Así que habló:

—Por favor —los otros dos la voltearon a ver— díganme cómo sabe aquella información. Le creemos que dice la verdad, pero necesitamos saber de quién tenemos que temer.

La mujer pareció meditarlo unos segundos, rebuscando en ese cerebro suyo las razones para hablar y las razones para no hacerlo, al igual que las posibles consecuencias de ambas acciones.

Suspiró.

Parecía que iba a hablar.

Hermione suspiró también y Draco bajó la varita.

—Unos minutos antes de que ustedes aparecieran por el puesto de las flores —dijo, resignada—. Tres minutos cuando mucho, no más. Una nota me llegó volando.

—¿Una nota? —interrumpió Hermione sin querer, pensando para sí.

La mujer asintió.

—Decía que iba a ver pasar en cualquier momento a dos jóvenes, y puso na descripción vaga. Eran los únicos que se ajustaban a los detalles que me dio.

Se quedó en silencio. Sus ojos negros reflejaban las llamas de la esfera de fuego que flotaba entre ellos. A lo lejos se alcanzaba a escuchar el ajetreo del lugar, mientras los magos y brujas iban y venían comprando regalos o encargos.

—¿Qué más? —presionó Malfoy.

Él siempre tan paciente.

—Me indicaba varias cosas. Me dijo que me tenía que acercar a la joven y decirle… pues todo eso que le dije, la tormenta y cosas de que estaba en peligro —hizo un gesto con la mano, quitándole importancia al anuncio—. Segundos después llegó una bolsa con varios galeones y decía que aquello era mi pago, pero que si no cumplía, el dinero desaparecería.

—¿Dónde está la nota? —insistió Draco. Su voz fue grave y cargada de amenaza.

—Se destruyó por sí sola. Se hizo ceniza entre mis dedos.

Hermione y Draco fruncieron las cejas. No conocían ningún hechizo similar, así de que leas algo y se auto consuma. Hermione no confiaba en su memoria, pero Draco estaba seguro de que nunca había escuchado hablar de algo similar.

La mujer asintió, segura de que había dicho todo lo posible por decir y se puso de pie, dispuesta a irse.

—No tan rápido —amenazó Draco.

Y su voz fue tal… que la mujer quedó paralizada.

Y aquí llevaban ya un buen rato, en un interrogatorio que parecía que jamás llegaría a su final.

—Dígame quién le pagó —exigió por sexta vez Draco.

—¡Ya le dije que no sé! Fue una nota y listo, sin firmas, sin nombres; estrictamente profesional.

—¡Profesional! Si valora su vida y quiere gasta el dinero que le han dado, será mejor que comience a hablar y me diga todo lo que sabe.

Parecía ser una amenaza muy sincera. Hermione sabía que lo era.

—Draco, si no sabe nada, no podrá decirnos nada.

—Escuche a la joven, es inteligente —intervino la mujer.

—Pero yo soy el que tiene la varita en estos momentos, le conviene hablar. Dígame algo convincente.

La mujer suspiró con cansancio. Se veía todavía más vieja que antes. Sus ojos ya no expresaban locura.

—No sé si tenga algo que ver. Lo vi, y no creí que fuera relevante pero de todos modos se lo dije. Cuando la nota me llegó y después de consumió, levante la mirada. El dinero llegó volando pero detrás de él alcancé a ver a dos personas. Vestían túnicas negras, no se les veía el rostro. Pero tenían un broche los dos. Era plateado con rojo. Una V muy extraña. Un lado era más corto que el otro y parecía que estaba torcida. Parpadee y ya no estaban ahí.

Draco y Hermione se miraron de reojo. Eso qué se suponía que significaba. Pero Draco tenía otro espiral de pensamiento. Sabía que Lestrange estaba detrás de él y también de Hermione. Pero él estaba solo. Vivía como fugitivo, nadie lo ayudaría. Todos los mortífagos estaban o muertos o en Azkaban. No entendía entonces… quiénes eran esta nueva amenaza.

Agradecieron la cooperación de la mujer y salieron de ahí, dejando la esfera de luz detrás. Caminaron entre la gente, y ninguno de los dos podía sacudir la sensación de estar siendo vigilados.

—Algún día viviremos sin tener este tipo de problemas —dijo Draco con seriedad.

Hermione lo observó por varios minutos en silencio. Se mostraba a la deriva, alerta.

—Algún día.

Porque Algún Día no estaba establecido. No tenía fecha ni límite. Simplemente era un recordatorio de lo que tendría que pasar pero no se esforzaban por hacerlo llegar. Llegaría solo. Algún día.

A la mínima oportunidad salieron de ahí.

Cuando llegaron a Grimmauld Place, Harry entró a la sala a recibirlos, como si hubiera sido un largo rato que no los veía.

Hermione le dijo a Malfoy que podrían pasar el resto de la tarde en la biblioteca y Draco accedió.

—Sube primero tú, ahorita te alcanzo. Tengo que hablar con Potter.

Hermione dudaba en serio que fuera a decirle lo que pasó el día de hoy, siendo conscientes de que Harry enloquecería y le prohibiría salir de casa si significa que estaba en peligro, y definitivamente no era algo que ninguno de los dos quería.

—¿Sucede algo? —preguntó Harry mientras ella se alejaba.

Sea lo que sea que tenían que hablar, debería de ser importante.

Subió las escaleras de dos en dos, llegando en un par de segundo a la biblioteca. Era majestuosa, gigante. Llena de libros que podía leer y explorar. Pero por alguna razón, cuando estaba cansada o solamente quería leer, iba por los mismo libros de siempre. Esta vez fue Jane Eyre. Le encantaba esa historia de amor de época. Draco parecía estar sacado de aquella época.

Caminó hasta uno de los sillones largos y se acomodó en él, recargándose en uno de los apoyabrazos. Y comenzó a leer. Las páginas volaban entres sus dedos como el agua, rápido, casi sin sentirse. Las palabras saltaban y se adentraban por sus ojos hasta llegar a un lugar de su cabeza. Ni siquiera pensó en que iba a olvidarlo todo. Tal vez no. Tal vez podría recordar las historias de los libros.

Escuchó la puerta abrirse y no tuvo que levantar la mirada para saber de quién se trataba. Era el único que entraba a la biblioteca cuando ella estaba ahí, al menos sin avisar. Por un momento recordó todas esas veces que habían estado aquí, aún "odiándose". Discutiendo sobre libros, sobre la vida. Estando en silencio. Comenzando a enamorarse uno del otro, aquí fue donde todo empezó. Jamás hubieran podido pensar que algún día iban a acabar enamorándose por completo y juntos, en lo que sea que tenía como relación.

Sin levantar la vista de la página en la que estaba, sintió la mano de Draco en su espalda, empujándola un poco antes de deslizarse detrás de ella. Las piernas de Malfoy se encontraron a cada lado de ella y su espalda en el pecho de él.

—Eso fue rápido —comentó mientras pasaba de página.

—Sólo tenía que decirle unas cosas —masculló mientras pasaba una de sus pétreas manos a lo largo del brazo de ella.

Y entonces clavó sus labios al cuello suave y cremoso de Granger.

Un nudo se formó en el vientre bajo de la castaña, y mandó una explosión de adrenalina por todo el cuerpo cuando la lengua del hombre detrás de ella, se deslizó con descaro por el cuello, hasta apresar el lóbulo de la oreja derecha.

—¿Qué haces? —preguntó Hermione con un tono de estar asustada.

Pero no.

Sin ser realmente consciente de lo que hacía, dejó el caer el libro al suelo y se retorció un poco para poder plantar sus labios sobre los de él. Y lo que siguió fue como magia.

De un momento a otro, sintió que algo jalaba de ella y de repente estaba debajo de Draco y él presionaba con fuerza sobre ella. No pudo evitar el jadeo que se escapó de sus labios. Sintió que algo se removió en el pantalón de Malfoy, y él presionó hacia ella, dejándola sentir lo que ella provocaba en él.

El vestido de Hermione de repente estaba por sus caderas, dejando la extensión de sus piernas cubiertas por las medias. Las manos de Malfoy encontraron espacio y la piel cálida de su abdomen se encontró siendo tocada por la piel fría de Malfoy. La corriente eléctrica se extendió por ambos cuerpos y jadearon cuando los dedos de Draco pasaron por debajo del sostén y apresaron uno de los pechos de Hermione.

El calor de la habitación aumentó, al igual que la necesidad de sus cuerpos. Si alguien le hubiera dicho a Draco que algún día iba a necesitar el contacto de la piel de Hermione, lo hubiera matado simplemente porque no pudieron inventar algo mejor. Pero ahora no solo quería el contacto. Lo quería todo.

La mano que estaba libre de repente encontró lugar por entre las medias, y Granger soltó un suspiro cuando los dedos de Malfoy llegaron a lugares más privados. Pero las alarmas se encendieron en su cabeza.

—No, espera… —lo empujó con sutileza, haciendo que sacara las manos de sus medias y se su sostén.

—Lo siento —rápidamente el rubio se incorporó y acomodó su camisa y corbata, ambas alborotadas. Hermione no se dio cuenta de cuando comenzó a desabrochar los botones.

—No, está bien —trató de acomodar su cabello, nerviosa por estar diciendo lo que estaba tratando de decir, además de tener el cuerpo infestado de hormonas que la querían obligar a quitarle los pantalones a Malfoy—, digo… yo nunca… no estoy…

—No te preocupes, entiendo —la suavidad de la voz de Malfoy fue impresionante, y más aún cuando fue él el que acomodó su vestido. Estaba casi segura de que masculló algo similar a "para no causarme un ataque".

Hermione lo volteó a ver. Tenía el cabello alborotado y una sonrisa ladeada que la hacía suspirar. Se acercó y posó sus labios sobre los de él y susurró con los ojos cerrados.

—Algún día, lo prometo.

No había duda. Era una promesa que pensaban cumplir.

—Algún día.


Gracias por leer ;)

Lamento no poder contestar los comentarios aún, pero ando ocupadísima con los trabajos finales.