Previously, on "wheels falling off".
—Repetime que sos real.
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—La estaba guardando para un momento especial, che.
—...Soy tu momento especial, she.
—Siempre lo sos.
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—¿Creés en los astros?
—Entonces dame birra así como cuando éramos pibes y me dabas juguito de naranja —qué conexión tiene eso con los astros es un misterio (la luna le dijo que lo tenían que hacer). Del suelo le tiemblan las piernas. A Sebastián hay que pegarle, oye.
—Tus labios se ven más rojos... —reflexión de la tarde de Daniel. Pestañea y toma la cerveza con la otra mano, bebe un poco. Y luego lame el borde y se entretiene lamiendo el borde con los ojos puestos en Sebastián como si estuviera hipnotizado. Sebastián saca la lengua, esperando lamer algo... Y fallando por como cinco centímetros, no, no tiene lengua de jirafa.
Daniel estira su otra mano y la mete entre ellos, entre sus estómagos. Se acerca para succionarle la lengua en un beso, porque están cerquísimaaaaa. Sebastián se ríe y estira más la lengua pensando que se les van a fundir en una sola y largaaaa, pasa a llevar la cerveza sin querer.
El menor sostiene la cerveza y la atrae hacia su boca, sin dejar la de Daniel... Se derraman tres cuartos de la cerveza.
—Basti... —susurra Daniel como si fuera un misterio, cuando se aleja de su boca y siente la cerveza instintivamente lame donde ha caído, ¿las clavículas de Sebastián o su cuello? Por todo el mentón, si sigue dándole besos como puede mientras la cerveza se derrama por el lado, el otro tiene un escalofrío al oír su nombre, aprieta más la lata maltratada.
Daniel sigue por el mentón y baja por la nuez, hace como que la muerde y la chupa, Daniel se podría quedar así mucho tiempo, la piel de Sebastián sabe a... Sudor y un saborcito propio que no puede describir, si lo dejan así le va lamer hasta la axila. Lo peor es que Sebastián lo va a dejar, así que tenemos otros diez minutos de lamidas mutuas con cerveza derramada encima. Empieza a sonar el teléfono de la casa. Debe ser Martín hecho un toro porque Sebastián no ha contestado la millonada de mensajes que le ha dejado Felicia, quien por cierto... Se ha alejado mucho del páramo con Miguel.
Sebastián resopla. Mientras Daniel sigue lamiéndole trata de girar con él encima de la cama y ponersele encima. Lo poco que quedaba se cerveza se esparce por la cama y las sábana egipcias de mil hilos, le lleva las manos a la cara y están a dos centímetros de caerse al piso. Daniel se mueve mucho encima de Sebastián, ahora sólo están a un centímetro de la caída. Los corazones a mil. Gime y comienza a sollozar.
—¿Q-qué hacés? —Sebastián vuelve a gemiiiiiiir laaaargooooo y con el asunto empezando a reaccionarle. Esta cama será un desastre por la mañana.
—T-Te estoy haciendo... Mío —ido, baja por su pecho con lamidas y besos lentos mientras le empieza a frotar los dedos en esa parte, Martín bueno, se imagina que quizás su hijo está con una mina garchando (por los comentarios de su esposa con referencia a no contestar el celular).
Felicia se va a poner sobreprotectora cuando le comenten que quizás está con una chica, pensando que no le ha pasado plata para condones ni le ha enseñado a ponérselo. Dios mío, ¿cuántas horas hay que darles? Sebastián se retuerce y se deja, se deja y en un año o dos años más no lo hará, aprovecha, Daniel, aprovecha ahora, eso, métele la lengua en el ombligo, chúpale más. Y creemos que se mueren en algún momento.
o
A la mañana siguiente... Sebastián hace «ñom ñom» comiéndole una mata de cabello a Daniel, hecho un asco de pies a cabeza, tiene cerveza en el cabello y restos de semen hasta entre los dedos de los pies (no tiene ni idea de cómo llegó allí). Sueña que es una vaca paciendo pacífica y pacientemente en una apacible explanada.
Daniel digamos que está por la misma línea, con sudor mezcla de cerveza hasta por la nariz, restos de semen secos en la barbilla y con calzón de mujer... Ejem, a la mitad de sus muslos antes de llegar a las rodillas, abraza a Sebastián con ese frío matutino.
Un pajarito choca contra la ventana muriendo en el acto porque son unos suicidas y les sirven de despertador personal a Sebastián. El vidrio no se rompe, pero hace mucho ruido. Sebastián se sobresalta un poco y para el ñom ñom a mitad del ño... Impasible, Daniel está en el quinto sueño, la marihuana le ha dejado el sueño pesado.
Sebastián dice ñom ñom ñom y dos minutos después está mugiendo (sí, mugiendo) en la oreja de Daniel antes de ñomñomearle el cartílago. Daniel empieza a respirar un poco más pesado y el cuellito lo mueve apenas, cuando oye un «ñom» muy claro en el oído, abre la boca, está tan dormido. Pobrecito.
Los instintos caníbales de Sebastián se manifiestan suavemente al principio, saboreándole el cartílago a Daniel, quien siente cosquillas en su sueño, traga saliva y suelta «nan» que nadie sabe qué significa, sin abrir los ojos. Está durmiendo tan bien que no sueña con nada, sólo siente. Se pega más a Sebastián para tener más calor... Cuando le llega un mordisco más bestia y Sebastián tira de la oreja queriendo comérsela en serio.
Gemido de dolor/sorpresa/donde estoy/buenos días/que mierda hacés. Aprieta sus manos de donde tiene abrazado a Sebastián, entreabre los ojitos leeeeeeeeeentoooooooooo como las colas en el banco. Sebastián se despierta con todo el ajetreo, pero sigue ñom ñom menos caníbal, en el lóbulo de la oreja que es más blandito.
—¿Mmm? —ñom.
—N-Nde... ¿B-Basti? —logra susurrar porque es lo primero que se acuerda, que está con su primo. Le estremece los ruidos en su oreja, sigue pestañeando.
—Daniiiii, sos ricooooo —le pasa la lengua (y ya no está drogado, ojo) por toda la oreja, metiéndosela en el oído y abrazándole del hombro. Daniel jadea por la lengua y ahora si abre los ojos.
—No me saludás... —lo mira con los ojos vidriosos, le pega más la cadera.
—Buenos días —le mordisquea cariñosamente la oreja—. Seguís aquí —sonríe. Los celulares de han quedado sin carga y el televisor está en el piso... Conectado aún, con estática. Daniel asiente sonriendo y se le separa apenas, para poder darle un beso.
—¿Querés desayunar? —Sebastián ni sabe la hora que es—. ¿Fumar? ¿Beber? —se lo piensa—. ¿Ducharnos? —va una invitación implícita.
—Mmmm... No quiero nada ahora mismo —confiesa Daniel con una sonrisa y le arregla un cabello tras las oreja.
—Estamos hechos un asco —hace notar.
—Me encanta que estés manchado de mi semen —beeeeeestiaaaa.
—¿Es tuyo? —le lame el lóbulo oooootra veeeeeez—. Me lo puedo dejar puesto, che.
—Sí... —enrosca la pierna en su cadera—. ¿Sabés que el sexo en la mañana ayuda a la buena circulación durante el día?
—Eso no lo enseñan en clases, Dani —le mete la pierna entre las suyas, y le agarra el culo con una mano, con intención, pero sin poner caras ni nada—. O vos pensás enseñarlo...
Daniel se siente caluroso, encima que ya de por sí todas las mañanas... ejem, ahora está peor con Sebastián encima, se sonroja porque le habla de una forma más atrevido que ayer. Traga saliva con la mano en su culo.
—Si sos un buen alumno... —se relame los labios.
—Tengo buenas calificaciones, pero no soy fácil.
Literalmente. Discute con los profesores y les rebate cuando en Historia enseñan algo como dice sólo la Historia oficial.
—Nooooo pero, ¿qué pasó con vos, Basti? Si eras re sumiso en primaria, con los dibujitos te ganabas a los profes —hace cara de decepción. Lo apachurra fuerte.
—Crecí, Dani, ¿no me ves? —crecidito y peludo y todo eso. El mayor le da un beso en el cuello.
—Pero... Voy a extrañar a ese Basti que le enseñaba a multiplicar... —otro beso.
—Para nada, no tengás pena —lo consuela, estirando el cuello y levantando la cadera para tocarle.
—A este Basti lo puedo... —beso con lengua—, tener para otros fines —beso, beso y otro, lamida.
—Lo podés tener enterito, pero limpio —se ríe, haciendo un esfuerzo por separarse—. Vamos.
Otro beso más y Daniel resopla.
—Bañame como yo te bañaba a vos... —cuando Sebastián tenía cuatro años, Daniel pls. El menor se imagina cochinadas.
—¿Te junto el agua en la bañera y te saco espuma? —le sonríe no sexualmente (no sé cómo lo logra). Daniel vuelve a suspirar, mirándole a los ojos porque se está muriendo con su sonrisa.
—Querés hacer algo más que bañarme —sospecha.
—Nooooo, de dónde sacás esa idea —con tono obvio de que sí que lo estaba pensando.
—Ya decía yo... —murmura Daniel y baja la mirada. Sebastián se sonríe porque Daniel no capta, le toma la barbilla para levantársela y que le mire.
—Pero si vos querés... Puedo hacerte otras cosas. Sólo si querés.
Daniel queda sobrepasado y sorprendido porque su primo se ha avivado rápido y se sonroja y traga saliva. Asiente embobado por los ojos de Seba.
—Sí quiero, todo, hagamos todo lo que vos habés querido siempre.
—¡Eso es mucho! —confiesa/exclama feliz/reclama.
—Mi cuerpo soporta, dale... Me tenés entero —la última frase de manera coqueta, levanta la mirada.
En una vuelta, en que Sebastián le está dando besos a Daniel en donde alcanza, menos dormido y ya sin marihuana... Le ruge el estómago con un hambre voraz típica de quienes han estado en ésas. Muerde suavecito a Daniel y saliva.
—Mmm, tengo hambre —muerde más fuerte.
Daniel suelta un quejido por la mordida y sigue mirándole, ahora que le ha prestado más atención a su estómago lo siente hecho un hueco.
—Yo también... Hago el desayuno y...
—Podría comerte entero, che —se queja... Un poco, y rueda hacia un lado, le queda mirando—. ¿Puedo mirarte? —lo hace con cierto brillo en la mirada. Daniel se ríe floooooojo con el piropo y lo mira acomodarse, se sonroja con la pregunta y baja la mirada. Esperen a poner a cargar los celulares, se van a cagar cuando enciendan, ¿cómo pueden estar tan tranquilos?
—Estoy acá, ¿no?
—Pero... Cocinar —la punta de la nariz se le sonroja, a pesar de mantener cara de aquí no pasa naaadaaaa. Daniel se relame los labios.
—Bañate mejor mientras yo te preparo algo rico —susurra y le acaricia las clavículas con la punta de los dedos, sin levantar la mirada.
—Brrr —hace Sebastián con los labios, teniendo un escalofrío, se sonríe—. Pero yo te quiero ver con un delantal, no es un crimen.
Daniel entreabre los labios para chuparle el labio de arriba
—Por favor —pide Sebastián, considerando esto una tortura, cierra los ojos sin poder evitarlo.
—No tenemos un delantal, Basti —susurra Daniel, dejándole besitos cortitos en la comisura.
—En remera —le pide y suuuufreeeeee—. En calcetas. En nada, Dani.
Daniel traga saliva y le mira a los ojos, le da un beso más leeeento y se va descubriendo de las sábanas con la otra mano... Porque la otra la tiene en el bultito de Sebastián. Éste respira profundo, el estómago le reclama, pero más abajito no está triste.
—Vos me querés matar de hambre —dramatiza un poquito—. Sin fuerzas, ¿cómo?
—Dale, dale me voy a prepararte algo, ¿sánguches? —sonríe mientras se para de la cama y... A Sebastián se le van los ojos desinteresadamente hacia el asunto de Daniel, sin vergüenza alguna.
—Huevos... Mate.
Genial, el famoso calzón de mujer a la mitad de los muslos de Daniel a la vista, quien suspira y cuando va a subirselos (pensaaaaaaando que es un boxer) levanta las cejas con sorpresa.
—Basti... —susurra, queriendo preguntar de donde salieron (respondiéndose eso con que son de Felicia, lo cual le avergüenza de sobremanera) pero igual se sube la tanga.
—Te quedan bárbaros —elogia Sebastián y le sonríe, la punta de la nariz más rojita ahora porque una cosa es el asunto, y otra muy distinta el asunto atrapado en una tanga. Daniel se ríe y mueve la mano para restarle importancia.
—Voy a... Ver si todo lo que necesito está en la cocina —se voltea mientras habla y ve la destrucción hecha cuarto. Sebastián no ve ninguna destrucción, para nada, le mira las nalgas y se muere por hincarles el dientSebastián qué te he dicho de morder a la gente.
—Andá a ver que yo te cubro la espalda.
—Me siento... Expuesto —confiesa Daniel y aprieta un poco las piernas al caminar.
—Expuesto es estar indefenso, Dani, y vos... —se incorpora, quiere buscar algo que ponerse, pero no puede dejar de mirarle—. Vos no estás indefenso.
Daniel piensa que Sebastián debería parar de hablar de esa forma, porque quiere saltarle encima a tirárselo cada dos por tres. Suspira.
—Todos estamos indefensos, Basti pero... No es eso de lo que yo te hablo... Hablo del mi... —siente un tirón en el estómago. Daniel anda al baño a desahogarte que un huevo frito no necesita leche, eh.
—¿De tu qué? —demanda saber en un tono conciliador, se sienta en la cama y toma la segunda remera que encuentra, porque la primera es la suya—. ¿Hice algo mal anoche? —se preocupa sinceramente.
—La tanga, Basti. Por Dios, me siento como gigoló —igual camina hacia afuera sin notar el trajín de su primo. Desnudo casi, ya saben. Sebastián le sigue detracito, sin ni darse cuenta.
—¿Y qué te avergüenza, Dani? Las cosas son como son. Y no tenés cola de cerdo ni alas de murciélago ni nada que no tengamos los demás seres humanos.
—Tengo una erección y me avergüenza porque me imagino hasta a Martín chupándola... Y es mi tío —eso significa que se siente muy sexy (y pervertido), já.
—¡La re puta que me parió! —Sebastián se lleva las manos a los ojos porque para él es aún más traumante—. ¿Tenías que decir eso vo'? —se queja, y si tenía alguna erección, se le calma con la imagen de su padre chupando un pene.
Y en ese momento...
—¿Pasa algo, Martín? —pregunta Felicia hacia abajo por unas escaleras que llevan a una cava de vino. Abajo está todo oscuro. Se ha escuchado un grito de Miguel y un jadeo.
—Vos me jodías con que te cuente, ya... —se disculpa Daniel y se revuelve por la imagen de Martín.
—Pero decime que te la baje yo —se queja Sebastián y traga saliva... Hace ruiditos de miseria imaginando al tío Miguel y a su padre en eso. Martín está embistiendo con la ropa puesta a Miguel y jadeando igual porque sabe que no van a llegar a más de eso. Oye a Felicia y se muerde el labio.
—Basti, vos tenés hambre, como te voy a pedir eso —contesta Daniel y ya se le olvida, caminando a la cocina, sonríe.
—Te puedo comer mientras espero que me prepares la comida... —piensa en agregar referencias a vacas, pero se muerde el labio.
—... Sos un travieso —Daniel voltea a verlo, y apoya las manos en la cómoda de la cocina.
—Soy un niño todavía —se sonríe porque está mintiendo descaradamente según él mismo y sabe que suena a sexo—. Me gusta chupar paletas, jugar a la pelota, tomar lech... —le interrumpe un rugido de estómago—. Le... Le... —se enreda, avergonzado. Daniel aprieta las manos ahí en el mueble y suelta un jadeo con los ojos cerrados.
—Te gustá... Chupar paletas, ¿y de qué sabor?
—De... —ya le está empezando la vergüenza porque ya esto es demasiado descarado sin estar en la cama—. De dulce de leche —se le esparce el sonrojo desde la nariz a las mejillas, aún con su cara de que no tiene vergüenzaaaaaa, esa que finge con su sonrisa de yo me la puedo.
Daniel igual se moja un poco, aunque luego del suspenso dramático traga saliva y suelta un suspiro, para disiparse.
—Dejá de distraerme, te lo pido por favor.
—Tenés razón, lo siento —se va a sentar allí al lado, sin demostrar que está avergonzado. Desde allí le mira, pero en silencio. El reloj suena tic tac tic tac... Lo mira y levanta las cejas.
—No... Solo que estoy muy caliente con vos —confiesa Daniel y camina al refrigerador para sacar huevos y ver si hay algo más... Abre y encuentra tajadas de pizza en un tupper, a medio cocer. Se agacha y lo saca—. Mirá que te han dejado.
—Y yo con vos, Dani, pero te juro que no soy así —intenta explicarse Sebastián—. No soy un... —no encuentra la explicación tan fácilmente.
—¿No sos un...? Nah, ni te preocupes... Esta calentura no dura mucho y menos para vos — contesta Daniel dejando el tupper en la cómoda y buscando platos después en una alacena—. Te cansarás de mí posta.
Sebastián le mira dolido.
—Pero tampoco me trates así —se levanta y camina hasta la puerta del refrigerador—. Son las doce y ni desayuno —se muerde el labio, sosteniéndole la puerta para que siga revisando, pensando en que quiere leche.
Daniel se ríe porque no lo dijo muy en serio. Y como estaba sirviendo la pizza, al acabar va a la refri, para ver si hay algo más de comida.
—Ya te lo hago, mirá caliento la pizza, te hago una leche y ya estás —estira el brazo a las cajitas de leche evaporada, y la saca, lo queda viendo y le besa entre los ojos porque Sebastián está en el camino para el repostero de las tazas.
—Puedo servirme leche mientras espero —insinúa y le mira con una sonrisa de medio lado con ese beso, sintiéndose mejor—. Pero hay algo importante que quiero decirte antes.
—Basti, me matás... —suspira y se sonroja porque le encaaaaaaaaantaaaaaa tener a su primito así de sumiso—. ¿Qué pío?
—Tenés que saber que te quiero en serio —le contesta Sebastián. Y traga saliva, esperando que le responda algo como que él también le quiere antes de agregar el tono pesimista al asunto. Daniel deja la leche y la puerta abierta de la alacena.
—Yo también a vos, mucho... —se queda en suspenso porque cree que le va a pedir noviazgo. El niño al adulto, muy equivalente.
—¿Sabés que estamos jodidos? —le pregunta Sebastián con una sonrisa que no puede evitar—. Estamos re jodidos.
Nótese que no está pensando en que dejarán de hacer estas cosas o que no saldrán y cosas así, sino todo lo contrario.
En algún lugar de Perú, Felicia intenta llamar de nuevo al celular de Daniel.
Daniel le sonríe sexualmente a Sebastián y abre la leche de cajita mientras lo mira y procede a tomarla... Torpemente. El celular de Daniel vibra en la tina del cuarto Sebastián le sonríe y estira la mano, acercándose, para limpiarle la leche.
—Dejame ser tu novio —pide. Traga saliva nerviosito porque Daniel se ve tan... Adulto con esas miradas y sonrisas. Este sigue bebiendo hasta que Sebastián le limpia, le da un escalofrío y resopla. Esta decisión es difícil.
—Me lo decís tan de pronto… Como si pidieras comprar mate brasilero o... Qué se yo —nerviosito a la par.
—Es que mis viejos llegan mañana —se disculpa, quitando la mano—. Y yo te quiero de verdad.
—Yo quiero que seás libre, Basti, que no me veás a mí como estorbo o... —deja a la interpretación—. Sos tan joven —finaliza y le toma de la mano otra vez. Tiene miedo de sofocarle.
Seguramente la llave del agua de la bañera está un poquiiiiito abierta.
—Soy casi un adulto ya —se queja, que es justo donde le duele—. ¿Me estás diciendo que no? —le mira preocupado—. Yo sé lo que quiero.
—Sólo no quiero agobiarte, que podás vivir tranquilo... Que si te gusta una mina chulina te la folles, si querés... Sin remordimientos —porque Daniel es celoso como buen latino y no quiere monopolizar a Sebastián, que es un pibe, que sabe menos que él, que necesita experiencias, que necesita relacionarse. Aunque si le insiste más... Igual no le niega nada.
—Cómo vas a agobiarme vo' —intenta sonreír un poquito—, si sos bárbaro. Fenomenal. Y la mejor persona que conozco —se lleva la mano a los lentes.
Daniel suspira y sonríe amplio.
—Rohayhu eterei, Basti —que es «te amo» en guaraní, cursiiiiiiiiiii.
—Daniiii —se sonroja y se lleva una mano a la cara sin poder evitarlo, corriéndose hasta los lentes—. ¿Sí sabés que...? Me matás, che, me matás.
Daniel, sonriente, se le acerca un poquito para darle un piquito.
—Vos me matás y me revivís...
Sebastián se ríe un poquito.
—No digás eso —le baja el aspecto al elogio—. Decime que me querés de novio —le pide a cambio.
—Te quiero. De novio —beso—. Aunque sería más niñera de vos todo el tiempo sobrante... —beso.
—Me sé cuidar por mí mismo —asegura Sebastián, y le devuelve los besos, sonrojado aún—. Me hacés feliz, Dani —le intenta abrazar.
—Sos el cuatro ojos más chulina —piropea Daniel y se ríe. Le besa intensamente a penas se topa con sus labios.
Sebastián le devuelve el beso y, ayayay, ¿por qué no se puso pantalones? La pizza ya debe estar acabada a estas alturas, pero a Sebastián no le importa mucho con el peso quitado de encima.
—Vamos a ser de esas parejitas que van de la mano —se burla de ambos, en un momentito al separarse de Daniel.
La pizza sigue ahí, mirando y diciendo ve~, toda inanimada pero habla. Llena de pepperonies. Daniel le abraza, atrayéndole.
—Que se meten mano en el parque, que se van al último asiento del cine... —sigue—. Pero esos son los nenes, conmigo irás diferente —advierte, en un susurro.
—¿Cómo que los nenes? —es que se cree tan maduro nuestro Sebita—. Te voy a demostrar que no soy un nene —«amenaza» y se lame los labios, decidiéndose a hacer eso que lleva insinuando desde hace rato—. Si me dejás, claro.
Daniel levanta una ceja y los verdes brillan.
—¿Que me vas a demostrar vos...? —saca la punta de la lengua para seguir lamiendole él.
—Que... —se distrae con la lengua—. No soy un... —para bajar allí deberías salir del abrazo, Seba, es el primer paso, tú puedes. Daniel le besa la punta de la barbilla mientras lo mira esperando.
—No sos... Decime.
—No soy... —se dice más para sí que para Dani. Se separa dos centímetros con gran esfuerzo y traga saliva... Sin soltarle del abrazo—, pibe.. un pibe..
Daniel está hipnotizado.
—No sos un pibe —repite y sólo le respira ahí cerquita. Racionalidad al cero por ciento, probablemente. Sebastián inhala profundo ante la afirmación, sintiéndose más hombre, y se arrodilla, afirmándose de Daniel.
—Te dije que quería leche, ¿viste? —intenta bromear.
—¿Querés... que te... Caliente la leche aho...ra? —no se puede creer, piensa que Sebastián está hablando literal, baja con los ojos a medida que su primo se arrodilla. Le da un escalofrío.
—La caliento yo por ti, dejame —ofrece Sebastián y le pone los pulgares en los tirantes de la tanga, cuidado que en cualquier momento saca los dientes ante tanta piel desnuda, y él sólo con una remera que le tapa.
A Daniel la piel se le pone de gallina y sólo asiente, aguantándose todo el proceso...
Sebastián hace la gracia esa así como se ve en las pornos, sin trucos ni nada (eso los aprenderá con el tiempo), pero sí con mucha dedicación y saliva, justo al tiempo en que la vecina, una colombiana de preciosas curvas y buen culo cuyo carácter no tiene nada que envidiar a su porte... Descuelga el teléfono para contestarle a una preocupada Felicia que piensa que su casa debe estar en llamas o algo así.
Felicia está en pánico porque piensa que le han raptado a su niño y todas esas atrocidades que piensan las madres cuando sus hijos no contestan el celular.
—¿Aló? —contesta Paloma con la música fuerte de fondo.
—Ciao, Loma, ¿has visto si a mi hijo le ha pasado algooooo? ¡No me contesta desde ayer y no sé qué hacer, VE~! —el quilombo.
—¿El Sebita? —camina hacia la ventana y mira hacia la casa del lado—. Ayer en la tarde lo vi con una ricura de jovencito. Deben estar durmiendo —intenta calmarla.
—Es Dani, mi sobrino que vino a cuidar al Sebi... Pero no me contesta ninguno de los dos al celular, mira... ¿Te puedo pedir un favor? —oh, no... Va a paaaaasaaaaar.
—Lo que quieras, linda —abre una cajonera y saca las llaves de repuesto que tiene para emergencias—. ¿Quieres que vaya a ver?
—Ve~ —suspira—. Sí, me sería de gran ayuda que fueras —sonríe tras la línea.
—Les prepararé algo para comer —promete Paloma y sale por la puerta de la cocina, cruzando el patio hacia la casa de al lado—. ¿La estás pasando bien con Martín? —chismosea, pasando por sobre las flores que separan ambas casas. Sebastián, a estas alturas, tiene los lentes corridos hasta la punta de la nariz.
—Yo le he dejado mucha comida igual, Loma, no te preocupes —tranquiliza Felicia, y suspira de calor—. Mmm... ¿Martín y yo? Se tutto va bene, sólo... No lo encuentro ahora, se fue a buscar un vino y no llega aún... —voltea para ver si llega en algún rato.
—¡Ay, niña, no dejes que se desaparezca! —Sebastián cree escuchar una voz conocida, aún de rodillas frente a Daniel. Paloma atraviesa el patio—. No se vaya a encariñar con una chiquilla. Daniel está entre jadeos y gemidos y los dedos enterrados en el cabello rubio de Sebastián, sudando y sin dejar de mirarle y oye lo mismo pero no le toma importancia. Felicia se ríe.
—No hay chiquillas aquí... —porque obviamente se le ocurrió eso desde el primer minuto. Olfato latino—. Vinimos a la casa de campo de Miguel.
—Entonces debe estar esperándote —se sonríe aaaaampliamente y mete una llave en la puerta de la cocina. Se escucha el eco en la habitación, la voz de Paloma más fuerte, y el rasguño de la llave... Que no encaja.
—Mbore, B -Basti... Mmmm... —Daniel mueve las caderas más hacia la boca de su primo, descontrolándose, el ruido lo oye en alguna parte de su subconsciente donde no están los labios de Seba acelerados en su... Ejem...
Paloma, sin complicaciones, cambia la llave y mete la correcta.
—Hablamos luego, niña, tu puerta siempre me da problemas —se despide de Felicia.
Sebastián hace un ruido con la garganta en respuesta a Daniel.
—Ve~ —acepta Felicia y cuelga.
Baja la palanca, Kronk. Digo, gira la perilla, Paloma.
Me gusta que Sebastián sea un adolescente que quiere experimentar, pero que no por eso deje de ser Sebastián. ¡Y aparece Paloma, nuestra colombiana! ¿Un comentario antes del capítulo final?
