Previously, on "wheels falling off".

Bañame como yo te bañaba a vos...

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Te puedo comer mientras espero que me prepares la comida...

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¿Sabés que estamos jodidos? Estamos rejodidos.

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Es el Dani, mi sobrino que vino a cuidar al Sebi... Pero no me contesta ninguno de los dos al celular, mira... ¿Te puedo pedir un favor?

Lo que quieras, linda

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¿Quieres que vaya a ver?


La puerta de abre, directa a la cocina, y Paloma se mete el celular en el bolsillo... Pero le resbala de la impresión, así que cae contra el suelo.

Daniel empuja la cabeza de Sebastián una vez más hacia adentro y gimeeeee… Abriendo los ojos como platos al ver a la invitada inesperada, todo sonrojado. Se corre.

Paloma está con la boca abierta mirando y no entiende nada en un principio y en dos segundos comprende todo lo que necesita comprender y se queda quieta.

Sebastián no se esperaba eso, ni tampoco sabe qué hacer... Los lentes se le manchan cuando se echa hacia atrás, como reacción primera... Y tose. Daniel respira a bocanadas por ya se ha... Liberado, sin sacar sus dedos del cabello de Sebastián. Y baja la miradaaaaa. Se va a quedar como estatua viviente.

Paloma le está mirando fijamente, con la boca abierta y un inicio de sonrojo.

—¡Ihhhhhh! —lo señala sin saber qué pensar porque Daniel no es un adolescente de 16 años como Sebastián... Pero por otro lado, no le escandaliza el sexo.

En serio, Daniel ha sido pillado por alguien que no debía meterse, no sabe quién es, se siente demasiado expuesto, ni se mueve. Ni habla. Ni nada. Está mirando a Sebastián únicamente, y éste se da la vuelta con el chillido y se queda lívido, con la boca toda manchada más encima, que ni se limpia antes de exclamar:

—¡¿P-P-P...?! —se escucha un portazo. Daniel se recompone maso menos y suspira, ahora con el cuerpo más tranquilo.

—Basti —susurra y levanta la mirada hacia la invitada. Paloma mira la puerta... Considerando lo que acaba de ver. Sin soltar la manilla.

—Yo... —silencio incómodo. Sebastián se levanta con total actitud de «puedo arreglarlo».

—Buenos días... —saluda Dani, después de un rato, en un volumen más alto que los murmullos, sin saber qué más decir. Con eso, Paloma reacciona.

—¡Losviiiiiiiiiiiiiii! ¡Cochinos! —y se tapa la cara con las manos... Creo que tiembla un poco.

Tiembla de la emoción.

—No... Mire, Seba estaba recogiendo una tapita del piso... Y... —fatal excusa, traga saliva—. Y... bueno... —sigue su narración en guaraní y nadie le entiende. Sebastián se preocupa al verla temblar, se arregla la remera lo mejor que puede. Escucha la explicación de Daniel e intenta aportar.

El tío Migue les ha enseñado a negar así la evidencia diga lo contrario.

—Y ya agachado le vi unas manchas que se ven re peligrosas, ¿viste? —se levanta. Paloma sigue temblando, más fuerte... Y se escucha una risita. O sea, que Sebastián le estaba revisando las manchitas, viste, estaba jugando al doctor.

—Y ahora terminó manchadito él porque... Se le pegó, y... Bueno, Basti tiene el cutis tan clarito que le resalta a la vista rapidísimo cualquier... —carraspea—. Mancha —claro, desnudo porque es mejor, así te aseguras que quizás no hay manchas en otro rincón de la piel, ¿no, Dani? Se relame los labios y sigue mirando de reojo a Paloma, nerviosito.

—¡No intenten mentirme! —Paloma se destapa, que ella no nació ayer y por ese camino que ellos van ella ya viene de vuelta—. Pero yo pensaba que... Ese amiguito tuyo sería, Seba —se abraza un brazo. Se muerde el labio, con coquetería—. Ahora limpien su cochinada —les ordena, toda una madre ordenándole a los niños pequeños, dándose media vuelta para no seguir viendo a Daniel desnudo. Sebastián no entiende nada. Está roooojooooo.

—Está bien —es lo único que Daniel atina a decir para Paloma porque no entiende nada. Ella se queda allí, esperando, pensando en que no está bien porque Daniel, se nota, es mayor que Sebastián por varios años... Pero es difícil no decir que tenía la razón, ya sospechaba de su vecino ¡pero con sus amigos! Sebastián se aproxima a Daniel tirando de su remera hacia abajo.

—¿No saldrás de la cocina? —le pregunta Sebastián a Paloma. Toma la mano de Daniel con su mano libre. Le mira esperando que le entienda que LO SIENTE y que saldrán de ésta más o menos bien parados. Daniel se sonrooooojaaaaa y entrelaza sus dedos con Sebastián, perdiendo un poco el temor, sonríe de lado al verle.

—B-Bueno... Puede quedarse mientras... Preparo algo —propone.

—Me quedaré a vigilarlos —les regaña Paloma, pero no de mala manera y sin estar molesta—. A mí deme un café, primor —le pide a Dani girando el rostro sólo para guiñarle el ojo (inmediatamente después se imagina a Daniel haciendo cooooosaaaaas y se le pone la cara caliente).

Sebastián recarga suavecito la cabeza en el hombro de Daniel, sin saber cómo echar a Paloma sin ser brusco. Daniel le abraza apenas Paloma gira el rostro, fuerte porque ha sido un sustaso. Dándole un besito en el cuello.

—Te quiero, te quiero...

Paloma echa vapor por las orejas porque se ven... Lindos juntos. Intenta no mirarlos y se pasea dándoles la espalda a cada rato. Ahora está en silencio, pero esperen un minuto. Mientras, piensa en cómo NO decirle a Felicia esto y dejar tranquilos a los muchachos de paso.

—Esto tiene su toque divertido —se ríe bajito Sebastián, más tranquilo con ese sosiego—. ¿Lo hice bien?

En un minuto empezará el cotorreooooo que desde cuándo, qué estudias, cómo se conocieron, qué comida te gusta más, que Seba está delgadito no crees, que aliméntalo.

—Nunca me lo habían hecho así de delicioso —le susurra Daniel a Sebastián en la oreja y se ríe, sin soltar el abrazo—. Parece una peli porno, ¿eh?

—¡No les escucho limpiando! —se queja Paloma y agarra el primer plato que encuentra para lavarlo. Sebastián asiente y se le escapa un brillito de anda tú a saber dónde, el brillito cae al piso con un toc.

—¿Te vas a poner algo al cuarto? —le pregunta a Daniel ya que es el más desnudo.

—Sí, me baño y me cambio —asintiendo y separándose de Sebastián, se incomoda con el grito de Paloma.

—Ya limpio, ya limpio —contesta Sebastián y suelta reticente a Daniel—. Tardá poco vo', por favor —le pide. Daniel le da un besito en los labios.

—No me demoro nada —promete—, ¿o vamos juntos...? No, no ya voy solo yo —solito rechaza, y se separa. Sebastián traga saliva y le ve alejarse. Se siente en el aire que Paloma está esperando. No quiere que Daniel salga y suuufreeee mientras lo ve irseeeee para abandonarle y nunca más volver.

Daniel sufre la lejanía y cuando llega al cuarto aprovecha de arreglar. Saca una bolsa del mueble del baño donde se guardan los productos de limpieza y se pone a recoger todas las latas, envoltorios, restos de papel higiénico, filtros... Condones (sí, felizmente que Martín tenía una considerable adquisición de éstos). Arregla la cama, saca ropa de su maleta y la plancha. La ropa de Sebastián si la mete al cesto por razones entendibles. Tiende la cama y abre la ventana.

Entra al baño y saca su celular (que tiene sólo una rayita de batería) de la tina y nota las 256790054 llamadas perdidas de Felicia y Martín. Se asusta un poco. Vuelve a abandonar el celular por ahí y abre la ducha.

Al terminar de bañarse, se viste y sale del cuarto.

—¿Por qué se mueve tanto? —pregunta Paloma al oír tanto ruido, y camina hacia la puerta para ver el resto de la casa. Sebastián se interpone casi deslizándose.

—Paloma, mi vecina querida —le habla—. ¿A qué viniste? —sonrisa forzada, tapando la puerta con la espalda, y va a estar desviando miradas y preguntas tooooodo el rato que Daniel se tarde, le preguntará a Paloma hasta por la fruta que comió al desayuno y si ya se consiguió novio nuevo, hasta hablarán del clima mientras Paloma le mira con una media sonrisa porque Sebastián nervioso le parece adorable. Daniel se encuentra con ellos, con el cabello húmedo y una sonrisa aaaaampliaaaaa, fresco y feliz, en general. Hasta los ojos verdes todo saltones. Camina hacia la puerta de la cocina y se topa con que el cuerpo de Seba no le deja abrir bien la puerta.

—Ve a bañarte, niño —Paloma le da un movimiento de caderas, interrumpiéndole su discurso sobre, al parecer, lo caluroso que se está poniendo el tiempo—. Yo también pasé por esto —le guiña el ojo cuando se abre la puerta. Mira a Daniel—. Me tendrán que sobornar —canturrea, y se siente la intensión de sacarle a Daniel toda la información posible. Le está diciendo con los ojitos a medio cerrar «te comería, pero tenemos que hablar».

Sebastián espera que Daniel le confirme.

—Basti, andá a bañarte —asiente para él y le revuelve el cabello cariñosamente. Sube la mirada a Paloma y se sonroja porque se lo está comiendo sin hablarle, sin dejar de sonreír—. Señora.

Sebastián le hace caso y se va a bañar.

—Joven —le responde Paloma el saludo a Daniel, y eso que ella no es taaaaanto más vieja—. ¿Café? —le pide/ofrece, las pulseras le suenan en la mano al señalarle la mesa.

—Bueno... Claro, yo se lo preparo —asiente y camina, volteando de cuando en cuando para ver la espaaaaaaalda de Sebastián que se va. Paloma se muerde el labio y le duele en el alma, pero cierra la puerta para conversar sin distracciones. Se sienta a la mesa, seguida del sonido de sus pulseras y la cascada de su cabello, y suspira. Sebastián, al sentir el sonido de la puerta cerrarse, mira para atrás, muerto de curiosidad. Busca su celular y revisa que se esté cargando y se calma porque todo está bastante más ordenado que antes. Suspira y camina despacito hacia la puerta de la cocina.

—Esto no es fácil. Aún estoy impactada... Vi crecer a Sebita, ¿sabe? —quiere hacerle entender a Daniel que ella no es una amenaza en ningún sentido, pero que tampoco puede hacer la vista gorda como la adulta que es—. Y ahora con un hombre... —agrega, suavecito—. ¿Llevan mucho tiempo juntos? —pregunta y se le escapa un poquito de emoción en la voz.

—Es mi primo... —contesta Daniel a lo de «vi crecer a Sebita» porque es demasiado injusta—. Esto nos tomó por sorpresa, a los dos pero no es... reciente —agrega caminando hacia el hervidor de agua. —Se le va a pasar, no se preocupe, mi negro —dice ella con sapiencia y buenas intenciones—. Los niños se enamoran de sus hermanos, y primos mayores.

No dice que a ella le pasó con una prima suya.

Daniel traga saliva porque sabe que es verdad lo que dice Paloma (lo tiene muy presente desde mucho tiempo antes de enredarse con su primo) pero a la vez, va termina dejándose llevar por la intensidad de Sebastián, diciéndole que no va a hacer así. Que él sabe lo que siente. Que no es un niño.

Llena el agua del hervidor y lo enciende. Esperando a que siga porque no la conoce aún. Ella interpreta el silencio y prosigue.

—La mamá de Sebastián, ¿su tía? Me pidió que les echara un ojo. Contéstele los mensajes y prometo no decir nada —se da un segundo—, por ahora. Sea dicho que Seba, lleva todo el rato con la oreja en la puerta, escuchando cuanto puede.

—Ahh... Feli, dale, no se preocupe. Igual usted no tiene que callarse nada, no le debo nada —this is how it works, no quiere ser brusco pero se siente presionado—. De todas maneras, si querés saber yo voy a hablarlo con mis tíos directamente —agarra la bolsita de café para pasar que está cerrada con un gancho de ropa.

—Lo dejo en sus manos, entonces —zanja Paloma y se balancea coquetamente. Sonríe, ya pasado lo terrible—. ¿Y? —le mira interesada—. ¿Van a salir? Puedo recoger lo que falta por ustedes —ofrece. Daniel abre la bolsita y sirve, en las tazas donde iba a servir leche para Sebastián, el café.

—¿Salir como novios o salir de la casa? —deja todo ahí y se sienta en la silla frente a Paloma.

—Salir de la casa a divertirse —estira la mano para tomar el café—. Es lo que hacía yo cuando mi negrita... —se detiene abruptamente—, bueno, la casa está pasada a marihuana y a hombre, no quiere que su tía la encuentre así cuando llegue, imagino —cambia de teeeeemaaaaa.

Sebastián piensa en que podría llevar a Daniel al cine... Si éste quiere, claro está.

—Bueno... quizá me puedo raptar al Basti a un centro comercial, a almorzar y luego... Lo que quiera él, al cine, a los juegos —Daniel, por favor, como que ya está grandecito, ¿no?—. A cualquier sitio que quiera ir yo lo llevo, al pub, al bowling, a todo —se sonroja porque ya está pensando en Sebastián más de la cuenta y encima lo está verbalizando.

—Yo me encargo de prender un incienso y limpiar lo que queda —le dice ella y señala con la cabeza unas manchas de masa de pan en el techo—. Es lo menos que puedo hacer por interrumpir. Lo siento mucho. Y es sincera, se ve en sus ojitos. Sebastián se entusiasma con el recorrido que propone Daniel y se separa de la puerta para, ahora sí, ir a ducharse rapidísimo.

—Gracias... —también el agradecimiento es sincero, toma un sorbito de café, soplando—. Vos... Dijiste que te había pasado igual, ¿no?

—¡Nononononono! —niega ella exageradamente y el tintineo es enorme—. Fue más bien un... Amor platónico —dice con ensoñación. Daniel levanta una ceja, sonriendo.

—Mmm. Mi Basti también era platónico... —quiere que siga, se refleja en su miraaaaadaaaaa verdeeeee.

—Si le cuento prometa no reírse —sonriiiiisaaaaa de oreja a oreja al recordar, con las uñas perfectamente arregladas arañando la taza—. Yo era un poquito mayorcita que Sebastián... —No, como cree —responde él y le baja a la sonrisa tomando más café y asintiendo.

—Qué amable —miradiiiitaaaaaaa entrecerraaaadaaaaa antes de continuar—. ¡Y ella era tan perfecta que daba rabia, oiga! Y yo no podía dejar de mirarla... ¡Dios mío!

—Ohhhhh... —le brillan los ojitos mientras le cuenta y se emociona porque... De todas maneras son dos mujeres y... El morbo se detecta.

—¡Exacto! —ella a su cuento, bebe sorbitos—. Y andábamos de la mano, nos dábamos besos en las mejillas y en la nariz y yo me moría, no le cuento cómo, me moría por un poquito más de azúcar, si me entiende. En la ventana del baño choca un pajarito y Sebastián lo considera una señal de que debe apurarse.

—Si te entiendo perfectamente y... ¿qué pasó? —intrigado con el rumbo de la historia.

—¡Nada! —se apasiona—. Es que verá, mi prima y yo tenemos varios años de diferencia y nunca le dije... —se lamenta—. Seguramente sabía, pero qué me iba a querer de vuelta a mí, si ella no aceptaba a cualquier muchacho —bebe cafecito para las penas—. Ya no hablamos. Daniel pone carita lastimera cuando le oye que no concretaron... Y bebe un sorbito más y le pone encima una mano, que debe tener una apoyada en la mesa... Y le sonríe.

—¿Sabe? yo temía que eso me pasara con Basti, que quede en el olvido todo el fuego que me ocasiona él, todo mi cariño, todas las metas que me he planteado con él... —confiesa, mirándola a los ojos—. Ayudarnos mutuamente, explorarnos juntos, saber controlarnos, manejar situaciones... Porque quiero que, a pesar que algún día «rompamos» —hace las comillas con los dedos—. Él sea una mejor persona de lo que es hoy, que... No sé, además me veo yo en la necesidad de cuidarlo en aspectos que, bueno —suspira—. Mi tía no puede llegar, ni Martín, ni nadie porque es más íntimo y ahí quiero llegar yo, ¿me dejo entender? —se muerde el labio.

—Es que además Feli no sabe llegar al niño, no lo quiere soltar y eso a Sebastián no le hace bien —le alienta ella, emocionada con esa declaración y porque es imposible no ver en Daniel solo buenas intenciones. Es así, no se puede desconfiar de él. Le pone la otra mano encima (¡ruma de manos!) y Dani se ha encontrado un aliado—. Cómo de feliz habría sido yo si ella me hubiese querido así.

En su cuarto, Sebastián esconde su cajita especial... Sin olvidar hacer un porrito que se guarda en el bolsillo, no se da ni cuenta. Vistiéndose nota que tiene una marca de plumón que no se borró del todo en la axila... Qué le dibujó/escribió Daniel allí no recuerda.

—Pero... Quizá sí podías haberlo cambiado... —¿aconseja? Y sonríe más, tomando otro sorbo de café.

—Nos peleamos, no se puede —le resta importancia ella y se termina lo que le queda de café. Seguro Daniel le dibujó (mal) un caimán, susurrándole que sería copado que tuviese un tatuaje (de verdad) ahí, que se le vería sexy... Y seguro la carita que le puso a Seba, para convencerlo, dejó a éste último con un escalofrío.

—¿Por qué se pelearon...? ¿Muy fuerte? —le sigue el hilo.

—Es que ella se cree tan perfecta —resume Paloma y se levanta con su taza vacía en la mano, le pide la suya—. Pero muchos recuerdos tristes por hoy. Salgan pronto o se hará tarde —intenta apurarle.

—Qué pena eso... —no sabe cómo llamarla pero igual se levanta del asiento y le da la taza—. Voy a revisar cómo va Basti, ¿ya?

—Vaya, por favor —le pide ella con gracia, recibiendo la taza—. Me alegra haber hablado con usted, me tranquiliza —le confiesa.

—Es recíproco —se aleja con una sonrisa y va al cuarto donde Sebastián se viste, abre la puerta en sumo silencio porque quiere pillarle desprevenido. Sebastián está en pantalones, con zapatos y hasta cinturón, pero no se ha puesto la camisa que sostiene en una mano porque se ha encontrado unos rasmillones en el costado, no le duelen, pero no recuerda cómo se los hizo. Le da la espalda a la puerta y la cara a la cama. Daniel entra y se muerde un labio porque le gustan los huequitos al terminar la columna vertebral de Sebastián, y sus omoplatos delgaditos y la bolita de la nuca, se relame. Camina como ninja hasta quedar cerquita a él, Sebastián no lo siente.

—¿Pero qué boludez estaba haciendo? —se escucha que se pregunta Sebastián pasándose la mano por encima de la herida (desde el techo de la casa cae una teja rota). Daniel iba a besarle la nuca pero salta del susto con el sonido de la teja rota.

Haijue —exclama/susurra de la pura sorpresa, sobresaltándose.

Sebastián se da la vuelta de golpe, sorprendiéndose, pero sin sonrojarse porque está con ropa prácticamente. Sonríe.

—Ya estás —sonríe Daniel también.

—Te soltó la bruja —se alegra, poniéndose la camisa—. ¿Querés...? —salir, le mira con brillitos de ilusión alrededor (están dando una película en el cine que quiere ver desde hace semanas).

—Salgamos. Todavía tenemos unos cuantos días para quedarnos encerrados acá... —ofrece y se le acerca más, abrochándole él la camisa. El menor se sonroja leeeeevemente en la nariz, dándole un beso casto en la mejilla, queriendo decirle cosas sobre Paloma y su intervención, pero se lo guarda para cuando estén fuera de la casa.

—Te sigo —Daniel le devuelve el beso, pero en la boca, y sonríe más grande—. ¿A dónde querés ir? —pregunta viéndole a los ojos.

—Hay una película... —le habla contra los labios—. De una saga sueca, es para mayores de edad —pero no por ser porno, eh—, pero no sé si te guste, Dani.

Beso.

—¿De qué trata?

—De un periodista que debe descubrir a la persona tras un asesinato perpetrado hace cincuenta años —estira la mano para abrir la puerta de la habitación, pero sin separarse de Daniel, sólo como un inteeeento de fuerza de voluntad.

—Mmm... Se oye interesante —contesta, y se separa apenitas—. Si no la querés ver, no tenés que hacerlo —le asegura, inseguro.

—No, si me llama la atención, ¿por qué creés que no quiero verla? —levanta una ceja y sale el primero.

—Porque... No es romántica —le sigue y se escucha a Paloma cantando algo mientras trapea el techo de la cocina.

—No me trates como a una mina —cierra la puerta.

—No lo hago —promete, pero sonríe de medio laaaaado y un brillito cae al suelo. Se agacha a recogerlo porque no puede ir dejando brillitos regados por el mundo. Daniel le da una nalgada cuando se agacha.

—Sí, lo querés hacer.

—¡Oye! —se ríe y devuelve el brillito a su lugar—. Que nos va a ver Paloma —le agarra la mano.

—Dejame a mí que soy el mayor —igual le entrelaza los dedos, sonriendo y arrepintiéndose después:—. Disculpá, Basti, es que no me controlo.

—Me gustás descontrolado —tira de él hacia la puerta—. Pero más me gustás cuando controlás y nadie te toca un pelo.

—B-Basti... —se sonroja igual y le mira de reojo.

—Es que cuando controlás la situación la gente siempre te hace caso, viste —pone la mano en la manilla de la puerta y se detiene, recordando su celular que dejó en la habitación.

—Dejame que me separe de vos al menos un día y vas a probar una cucharadita de mi control —le mira detenerse—. ¿Pasa algo?

—Eh... No —abre de todos modos, palpándose los pantalones—. A Paloma la controlaste re bien —le dice en voz baja.

—Esperá —le suelta la mano para abrazarle por la cintura—. Espera, Basti.

—¿No querés salir vo'? —sospecha, intentando que la desilusión no se le escuche en la voz.

—No... —le acerca la cara y la acaricia con la suya propia, cerrando los ojos y abriendo los labios, acaricia hasta las cejas, la nariz, sus mejillas. Sin besarle. Aprieta sus dedos entrelazados—. Sí...

Sebastián... Se calienta, pues qué quieren, es un adolescente y Daniel lo calienta en los momentos menos esperados porque justamente está con las defensas bajas.

—¿Sí...? —se pieeeerdeeeee.

—Sí quiero salir con vos... No pien...—baja por su mandíbula, haciendo circulitos con la punta de su nariz al perderse por el cuello, suspira por ahí cerquita—, ses que no, te quiero llevar... —las manos entrelazadas se meten entre sus barrigas. Wuop. Daniel traga saliva. Sebastián suspira y cierra los ojos, le pone las manos en los hombros intentando pensar «PalomaestáaquíPalomaestáaquí».

—Llevarme... —a la locura, siente cositas en el estómago. Daniel abre los ojos y sonríe de lado, le lame todo el recorrido de la garganta y le deja un besito en la unión de la mandíbula y el cuello, se separa solo para que le vea bien la cara.

—Mirá, tomé el control sin separarme de vos... —comenta como gran hazaña. Sebastián también abre los ojos y se queda con el aire en la garganta, se ríe.

—¡Che, Daniiiiiii! —le empuja sin ser brusco—. Eso no hay que demostrarlo.

—Perdoná... —se arrodilla y le besa el dorso de la mano. —Si nos ven desde la calle pensarán que me estás pidiendo matrimonio vo' —niega con la cabeza, sonriendo, y se escucha el sonido de una cámara de celular.

—Creo que el matrimonio es imposible para nosotros, Basti —le chupa lentamente los nudillos mirándole desde ahí.

—Y lo es más si no pasan primero la etapa del noviazgo —interrumpe Paloma a Sebastián (que queda con la boca abierta) celular en mano y cara de estar viendo a su OTP. Daniel pasa saliva y se relame los labios cuando Paloma habla.

—Se... Me cayó el celular... —sonríe para Sebastián mientras se levanta.

—El celular —cae Sebastián en cuenta de que sigue sin encontrar el suyo. A Paloma le salen corazoncitos por todas partes mientras revisa la fotografía, quiere pedirles que se tomen de la mano y le sonrían a la cámara—. Dani, se te caen mucho las cosas —sonrisita diabla. Daniel se ríe nerviosito.

—¿Qué pasa, Basti? —saca su celular sigilosamente de su bolsillo trasero para que haya evidencia de lo que ha dicho—. ¿El celular tuyo?

—En mi habitación —se encoge de hombros y Paloma se entra a la cocina considerando que eso es taaaaan de enamorado, olvidarse las cosas... Necesita tomar aire.

—No lo vas a necesitar, tenés el mío... —se lo ofrece—. ¿Vámonos ya? Para llegar a invitarte el almuerzo, Basti.

—Vamos —acepta y al fin, al fin, salen... Y dos pasos más allá, Sebastián le busca la mano. Daniel se despide de Paloma y sale sonriendo, entrelaza sus dedos con los de Sebastián así suden dentro de un rato...

—Cogé un taxi... —lo mira de reojo. Paloma seguro le responde algo como «gózalo, negrito». Sebastián busca uno con la mirada, aunque preferiría ir caminando.

—¿A dónde vamos?

—Al... Montevideo Shopping, he ahorrado —por la pinta que da ese centro comercial parece que hasta una botella de agua cuesta caro. Se arregla la vinchita de colores.

—No necesitamos ir allá —le parece excesivo—. Mejor seguí ahorrando —le dice en serio, y aunque pasa un taxi solitario leeeeentamente (conductor canadiense), no lo llama. Daniel se sonroja un poquito.

—Pensé que querías vos... Ahí está el Movie Centre —levanta las cejas.

—Pero podemos ir a otro —le jala un poquito, el taxi da vuelta en una esquina y se acerca—. Pasan las mismas películas que en todas partes —y Sebastián frecuenta más un cine pequeño de cine arte y cine extranjero en que lo conocen y le hacen rebaja, podrían probar suerte allí.

—Dale, lleváme... —se deja jalar y lo medio abraza, como si fueran amigos. Y sonríe—. Da igual donde sea.

—Si no diera igual donde fuera, entonces estaríamos mal —Sebastián y sus fumadas raras, brillitos intensos. Camina por la vereda pensando en cuál camino es el mejor para llegar al cine. Y por mejor quiere decir el más tranquilo, viste. Daniel le sigue, mirando como un recogedor de basura jovencito se detiene en cada casa con su caballo blanco, algo sucio a buscar entre las bolsas si no hay nada de valor o reciclable antes de subirlo. Suspira. Puestitos improvisados de churros con dulce de leche...

—No trabajes hasta que de veras lo necesites, Basti. Por favor —vuelve a recordarle.

—No hay nada de malo en trabajar —le mira con horror...—. ¿Cómo te voy a invitar al cine o regalarte esas cosas que te querré regalar después?

—No necesito más que sentirte, si te soy sincero, los regalos se me pueden perder, quemar, me los pueden robar... Pero si a vos te pasa eso no hay repuesto, y me muero yo, de paso —el cielo está medio nublado, medio iluminado.

Sebastián de veras intenta comprenderlo, aunque obviamente Daniel está tratando de decirle que la gente es muy aprovechada mientras más joven te ven.

—No seás cursi, Dani —se ríe, al final... Y apoya la cabeza contra Daniel (facepalm)—. Déjame trabajar y prometo ahorrar la plata —negocia.

—No —serio.

—Así me haré hombre para vos —intenta argumentar Sebastián, empujándole suavecito con la cabeza.

—Ya sos un hombre con lo que tenés entre los muslos —lo coge fuerte de la cintura. Sebastián pega un saltito, apegándosele más. —Sabés que no me refiero a eso.

—No... No quiero, Basti, tendrás que drogarme más —bromea, mirándole de reojo y... Daniel es más alto, ¿saben? Así que da seguridad que te mire desde ahí.

—Puedo hacerlo —el porro desde su bolsillo murmura «fúmame, Sebastián, fúmameeeee»—, y te vas a convencer vo' —estira el cuello para darle un beso. Daniel se deja llevar por lo calientito de su aliento mientras se estira y le sigue el beso. Le besa lento y se separa suave, unos centímetros.

—No podés, dejate de joder ya que no te vamos a dar permiso... —no tan agresivo como suena porque está con una sonrisa.

—¿No puedo hacer nada para convencerte? —le da otro beso, del que se separa de inmediato.

—No hay nada que hacer —otro beso un poco más largo.

—Se me ocurre algo —Sebastián le da otro beso y al siguiente que intente darle Daniel, no se dejará.

—¿Qué se te ocurrió, nene? No me digás nada con leche que me muero y no llegamos a ver tu peli europea —confiesa y se sopla el flequillo.

—Que si no pensás hablar con mi vieja, yo no pienso besarte —y así están las cosas. Nadie se da cuenta, pero un brillito queda tirado en la acera. Daniel se tapa la boca con las manos del susto y abre los ojos como platos como si le hubiera dicho que Kirchner ha tenido relaciones con Hugo Chávez o algo así de espeluznante. Susurra cosas muy enredadas en guaraní con las manos ahí.

—Exacto —se cae otro brillito y le da un beso suave y lento en el cueeeeellooooo—. O tendré que venderte mis besos —le da oooootrooooo. Las orejas a Daniel se le enrojecen por no estar respirando bien (y por lo sexy que es que le bese el cuello). Cierra los ojos y los «mmmhhh» suplicantes mueren contra su mano. Se las quita suavemente.

Nderakóre! No... Basti, no...

—Ni siquiera estás intentando comprender mis razones —se queja ante eso, y apoya la oreja contra el hombro de Daniel, entrando a un callejón—. La educación que me queda no es más que un montón de palabrerías que de nada me servirá en la vida y que fácilmente aprenderé leyendo por mi cuenta. Allí, todo ese discurso rebelde, en la oreja de Daniel con su aliento caliente y sus labios rozando. Daniel respira pesado y lento.

—Sólo no quiero que te pase nada, ¿por qué no podés entenderlo vos? Me hacés sentir como un tonto —se le quedan los labios secos, inclinándose para el lado de Sebastián.

—No me va a pasar nada por, qué se yo, atender mesas —traga saliva, el corazón se le agita con la respiración de Daniel tan cercana y pesada—. Además, así mi vieja de paso deja de tratarme como si tuviera diez años y vos no me verás como una carga.

—Yo te pago todo cuanto querás, lo que querás, mis tíos te dan buena guita con eso de que Martín trabaja en algunos casos con ese abogado bien posicionado, ¿no? —lo atrae más para la esquinita del callejón, y le besa un pómulo.

—No es lo que quiero —le dice frustrado y mirándole con cierta pena, al sentir el beso le busca. Lo que quiere es sentirse independiente, que puede por sí mismo, que puede lograr cosas, que no estará para siempre dependiendo de sus padres... O sea, lo normal a esa edad + la personalidad de Seba.

Le besa, abrazándolo como oso, en la esquinita. ¿Seba no es de ese porcentaje de uruguayos que se siente inseguro hasta en su propia casa? Ah, es un mocoso, claro. Cree que tiene la suerte comprada. Le mete un poco la mano cuando logra pegarle contra un muro.

—Déjame que te cuido yo... Déjame —susurra.

—Sí te dejo —no es inseguro todo el tiempo, vite, tiene su carácter también... Pero anda a decirle que es guapo e inteligente y no te cree—, pero qué me vas a cuidar vo' si ya no soy un pibe —en serio eso le incomoda mucho, quiere que Daniel, más que nadie, lo vea como un hombre hecho y derecho. Se cree capaz, se siente invencible, que el mundo es suyo aunque ese mundo que quiere que sea suyo sea pequeño y tranquilo. Jadea, enterrando los dedos en la ropa de Daniel, y creo que no ha besado tanto a nadie en su vida. Se olvida hasta de su amenaza.

El callejón tiene un arco por sobre ellos, de ladrillos, ensombreciendo los lugares en que meten sus manos.


Y aquí es donde termina nuestra historia. Muchísimas gracias a quienes le dieron seguimiento y también a quienes la marcaron como favorita, un beso a todas ustedes.

En cuanto al capítulo, ¿un comentario para celebrar?