Era noche cerrada en Arendelle, pero a pesar de eso, la luz de la luna llena y la Aurora Boreal conseguían que no fuese necesaria una gran iluminación en las calles del reino pues se veía todo perfectamente. Algo que les era de gran ayuda a los vendedores de hielo, que volvían a sus casas tras largas horas de trabajo cortando bloques de hielo de los valles de las montañas. La tranquilidad reinaba Arendelle, salvo por una excepción.

La pequeña princesa, Anna, a quien las mágicas luces del cielo habían despertado, era incapaz de dormir.

Tras salir de la cama y asomarse por la triangular ventana de la habitación que compartía con su hermana mayor, Elsa, Anna se quedó asombrada de la belleza del cielo nocturno; acto seguido, se giró para quedarse de frente a la cama de su hermana, la cual sí dormía plácidamente, y dudó si despertarla o no… Durante un segundo.

-Elsa- La llamó, asomando la cabeza por encima de la cama, pero ella era demasiado bajita y no alcanzaba a ver a su hermana. Se subió a la cama con un pequeño esfuerzo y se colocó sobre Elsa para despertarla mientras la llamaba una y otra vez

-¡Elsa! Despierta, despierta- dijo zarandeándola, mientras la princesa rubia se quejaba.

-Anna, vuélvete a dormir- pidió Elsa.

La pequeña suspiró y se dejó caer sobre su hermana mayor

-No puedo, Elsa- se quejó- El cielo está despierto, y yo estoy despierta- continuó, llevándose una mano a la frente para darle más drama a sus palabras- ¡Así que tenemos que jugar!

-Pues… Juega tu sola- respondió, tirándola de la cama para poder volver a dormir.

Sentada en el suelo, Anna hizo un mohín y se mordió el labio mientras pensaba alguna manera de convencer a Elsa para que aceptara jugar con ella. Abrió los ojos emocionada cuando supo a qué no se negaría Elsa y volvió a trepar a la cama de su hermana. Le abrió un ojo con cuidado y entonces preguntó

-¿Y si hacemos un muñeco de nieve?

Al momento, una sonrisa se formó en los labios de Elsa.

Esa era la confirmación que Anna había esperado.

-Venga, vamos, vamos- gritó la pequeña, tirando de su hermana por los silenciosos pasillos del castillo. Elsa, por su parte, intentaba acallar la emoción de su hermana para no llamar la atención de los guardas del castillo.

El salón del trono estaba vacío cuando las niñas entraron en él, solo iluminado por la luz de la luna llena, que entraba por las ventanas y se reflejaba en el centro de la sala, tomando la forma de un copo de nieve. El silencio que reinaba en la sala y los escasos muebles que en ella había hacía que las risas de las niñas resonaran por las paredes con sus ecos. Una vez en el centro de la sala, Anna miró ilusionada a su hermana mayor.

-¡Haz la magia! ¡Elsa, haz la magia!- le suplicó.

Elsa empezó a mover sus manos y de ellas empezaron a salir diminutos copos de nieve con un mágico brillo azul, los cuales seguían el movimiento de las manos de su creadora. Poco a poco, fue aumentando el número de copos de nieve y éstos se fueron juntando entre las manos de Elsa, dando lugar a una bola de nieve de forma irregular. No era perfectamente esférica, pero Anna la miró asombrada y fascinada, como si nunca hubiera visto nada igual.

-¡Waaaalaaa!

-¿Preparada?

-Ajá

Elsa lanzó la bola de nieve al aire y esta estalló como hacían los fuegos artificiales, convirtiéndose en pequeños copos de nieve de nuevo.

-¡Es increíble!- gritó Anna, correteando de un lado a otro mientras los copos de nieve caían sobre ella.

-Fíjate- dijo Elsa, haciendo que Anna se parase frente a ella. Entonces, dio un fuerte pisotón al suelo y sobre este empezó a surgir una capa de hielo tan pulido que tanto Anna como ella misma empezaron a resbalar sobre él. Anna se reía mientras miraba a su alrededor, era la primera vez que veía a su hermana hacer algo así.

Y así, comenzaron los juegos de las dos princesas.

Poco a poco, la sala se fue llenando de nieve gracias a la magia de la futura reina, que creaba montañas de nieve para que ella y su hermana pequeña pudieran deslizarse por ellas como quien está en un trineo. Anna saltó hacia una de esas montañas de nieve y calló dentro de ella, pues la nieve estaba tan mullida como una almohada. También crearon un muñeco de nieve, Anna se encargaba de decir como quería que fuera y Elsa lo creaba. Para la cabeza, Anna se apretó las mejillas para poner una cara divertida y su hermana la copió en el ser de nieve. Tras conseguir unos palos y una zanahoria, Elsa le dio la vuelta al muñeco de nieve para mostrárselo a Anna.

-Soy Olaf y adoro los abrazos calentitos- dijo poniendo voz de hombre.

Anna corrió a abrazar al muñeco de nieve, que no sería más grande que ella. Le encantaba ese muñeco porque su hermana lo había hecho para ella. –Te quiero Olaf- dijo abrazándole con fuerza mientras le daba las gracias a su hermana con la mirada, la cual le devolvió una mirada llena de afecto. Tras cogerle de las manos, Anna y Olaf empezaron a deslizarse por el suelo de hielo mientras su hermana les propulsaba con sus poderes mágicos ayudándoles así a patinar sin caerse.

Cuando dejaron de jugar con Olaf, Anna empezó a saltar por los montones de nieve que su hermana creaba. Esta vez la nieve no era mullida, si no que era más compacta para soportar el peso de la pequeña. Anna saltaba y Elsa creaba montones de nieve para que su hermana no callera al suelo, era como una especie de pilla-pilla al que solo ellas dos podían jugar. Los montones que Elsa creaba eran cada vez más altos, pero Anna no se fijaba, ella seguía saltando, confiando en que su hermana la atraparía antes de caer.

-¡Espera! ¡Más despacio!- dijo Elsa, pero Anna no le escuchó.

Se giró para volver a crear un montón de nieve para atrapar a su hermana, pero se resbaló en el hielo que ella misma había creado y calló al suelo.

Anna, que no se había fijado, saltó y Elsa, desesperada por frenar la caída de su hermana pequeña y evitar que se hiciera daño, alargó la mano en un acto reflejo para evitar que su hermana cayera, y de ese movimiento salió su magia que alcanzó la cabeza de Anna. Al momento, la pequeña princesa perdió la consciencia y calló deslizándose por una de las montañas de nieve.

Asustada, Elsa corrió a ver como estaba su hermana, llamándola por su nombre, pero esta no respondía. Con cuidado, apoyó la cabeza de Anna sobre sus piernas y se fijó en que un mechón de pelo de Anna se volvía blanco por arte de magia. Elsa no entendía que pasaba, jamás había usado su magia en una persona, no sabía qué hacer, no sabía que podría pasar, y empezó a llorar. Llamó a sus padres a gritos mientras abrazaba a Anna con fuerza, el hielo que antes había creado para jugar con su hermana cambió de forma, ya no era un hielo pulido y brillante, ahora parecía tener imperfecciones; el muñeco de nieve se derrumbó, las paredes empezaron a tener escarcha. Todo cambió.

-Tranquila Anna, estoy contigo.- dijo Elsa, con la esperanza de que su hermana pudiera oírla aun estando inconsciente.

El rey y la reina de Arendelle consiguieron entrar tras abrir la doble puerta a golpes, pues el hielo la había bloqueado. Al ver la escena, el miedo se reflejó en sus caras.

-¿Elsa, pero que has hecho?- preguntó su padre, corriendo hacia ellas. –Se te ha ido de las manos-

-Ha sido sin querer- se defendió la princesa- Lo siento, Anna.

Su madre cogió a Anna en brazos y se sorprendió al notar lo fría que estaba la menor de sus hijas –Está helada- le dijo a su marido.

-Yo sé a dónde debemos ir.- Dijo el rey de Arendelle, antes de irse a la biblioteca del palacio en busca de un tomo antiguo mientras su mujer ordenaba a uno de los sirvientes que prepararan sus caballos.

El rey de Arendelle buscó rápidamente un libro sobre leyendas del reino; recordaba cómo era, pero no sabía dónde estaba. Finalmente, cuando lo encontró, pasó sus páginas hasta dar con un mapa que le llevaría a donde, según las leyendas, vivían los trolls de Arendelle, aquellos capaces de emplear magia antigua. Si Anna había sido víctima la magia de su hermana, tal vez otra magia podría sanarla.

Se reunió con su mujer y sus hijas en las puertas del castillo, y montó en su caballo con Elsa mientras que su mujer montaba en el suyo con Anna. Elsa, por su parte, estaba tan asustada y preocupada que no era capaz de controlar su magia y por ello, el caballo en el que iba montada iba dejando un rastro de escarcha.

Salieron del palacio, dejaron muy lejos el pueblo que rodeaba el castillo. Elsa apenas reconocía donde estaban, hacía mucho que había perdido de vista el lugar en el que vivían, pero aun así, sus ojos siempre acababan posados en su hermana, que seguía inconsciente en los brazos de su madre.

Tras cruzar el bosque llegaron a una zona rocosa. El rey y la reina se apearon de sus caballos y el rey se adentró entre las rocas.

-Por favor, ayúdenme- suplicó al aire, esperando que la leyenda fuera cierta. –Es... mi hija.

Con un sonido como el de un terremoto, las rocas empezaron a rodar y se acercaron a la pequeña familia hasta dejarles completamente rodeados. Entonces, esas rocas se pusieron en pie y la familia real pudo ver que tenían rasgos humanos.

-Es el rey- dijo una de las rocas, sorprendida. Esa misma frase salió de las bocas de otras muchas de las rocas que les habían rodeado y, sorprendidos y algo intimidados, el rey y la reina se juntaron y dejaron a Elsa entre ellos para poder protegerla si hiciera falta.

-¿Trolls?- preguntó para si mismo un niño que lo había visto todo desde lejos, acompañado por su inseparable reno y, aunque el no le podía ver, también estaba junto a él un joven de pelo blanco que lo veía todo asombrado.


No os imagináis lo mucho que siento el no haber actualizado esto en casi un año. De verdad, lo siento mucho. Pero lo fui dejando poco a poco por falta de tiempo y/o inspiración y al final me olvidé completamente.

Espero que me perdonéis u.u

Y gracias a todos/as por vuestras reviews, ha sido gracias a eso que he vuelto

De nuevo, lo lamento.