Buenos Días

Inexcusable es mi ausencia así como su espera, las que leen este fic saben cuáles son los motivos de mi tardanza así que no me voy a ir de líneas explicándoselos. He tenido unos meses difíciles que me han impedido dedicarle mi tiempo en exclusiva a esta historia y escribir este capítulo me ha llevado demasiado tiempo. Pero es para ustedes y por ustedes, que tienen paciencia y saben esperar, intentaré no retrasarme tanto la próxima vez y compensar su paciencia con otro capítulo, si no es así espero que sepan perdonarme, muchas gracias por seguir ahí. Carmen

Los personajes de CCS pertenecen a CLAMP.

DINASTIA LI

CAPITULO XXI

Había sido escolta toda su vida. O al menos eso le parecía cuando miraba hacia a atrás en su línea de tiempo y veía a cuantas personas habían dejado bajo su protección pero no se quejaba, le gustaba su trabajo y no podía negar que en los últimos meses se había "enamorado" un poco de la persona que había sido asignada a su cuidado. Más bien le había impresionado y conmovido su fragilidad y soledad.

Se había prometido que no dejaría que le pasara nada estando a su cuidado pero suponía que no todo lo que se quería se podía llevar a cabo. Había estado con otros dos escoltas principiantes que habían muerto intentando salvarla.

No creía que sus palabras fueran a ser tomadas tan a pecho por el destino. La protegería con su vida y casi había sido así. No estaba muerto por que de cuando en cuando venían a pincharlo para sacarle sangre y escuchaba a gente hablando de su caso muy técnicamente, a menos que se tratara de una sucursal del cielo o del infierno según se quisiera ver. Estaba recluido en un hospital y no podía moverse ni abrir los ojos así se lo ordenara su cerebro.

Coma; Había escuchado hablar de esa condición pero jamás esperó encontrarse en ella.

Había esperado la muerte rápida por algún balazo en un órgano vital, o lentamente desangrándose por alguna herida pero ahora se hallaba allí.

Había escuchado en las últimas ocasiones a un detective que hablaba con alguien, parecía que era el único testigo y el único que podía reconocer la cara del hombre que se había llevado a la señora Li.

Si, tenía memoria fotográfica y no había olvidado el rostro aunque estuviera parcialmente cubierto por un pasamontañas. Podía hacerse una imagen mental de la gente solo viendo sus ojos y las formas de sus facciones ocultas y ese talento le había servido en muchas ocasiones, por eso tenía que salir del coma pronto. Solo que… ¿cómo hacerlo? No podías acudir a un manual que te dijera como mejorarte de una enfermedad tu mismo sin intervención médica.

Pero saldría, y una vez que saliera haría todo lo que estuviera en su mano para encontrar a la joven mujer que había pasado por más situaciones difíciles que muchas otras personas y había conquistado el corazón que creía muerto desde hace mucho.

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El techo le devolvía la mirada como un manto cubierto de lucecillas. Las pequeñas que danzaban frente a sus ojos y que no tenían nada que ver con luciérnagas ni nada por el estilo. No había de esos luminosos animalitos en una prisión y las luces eran producidas por su estado de semiinconsciencia y la dificultad respiratoria. Muchas veces su mano se movió casi que involuntariamente hacia la bala de oxigeno esperando… pero luego se devolvía a su sitio y se resignaba a sus incómodos síntomas.

Había tomado la decisión de dejar que la naturaleza enfermiza de su cuerpo llevara la delantera, no pensaba alterarla pero algo muy dentro de ella le decía que estaba haciendo lo incorrecto.

No sabía que poseía instintos pero estos parecían estar gritándole tras diez y nueve años de silencio. Le estaban diciendo que no debía rendirse ni dar su delgado brazo a torcer así como así, que sin importar como lo viera algo había allí por lo que quedarse, algo más allá…

Mientras se estrujaba el cerebro intentando descifrar el enredijo en el que se habían convertido sus emociones sus manos volaron lentamente y al final tuvo que admitir que prefería la máscara de oxigeno. La tomó y se la puso en el rostro esperando que el malestar de su pecho se aliviara un poco.

Lentamente.

Había pasado cerca de una hora y ya se sentía un poco mejor. Fue cuando escuchó pasos acercándose al calabozo.

Siempre que ocurría esto se tensaba un poco ya que cabía la posibilidad de que no se tratara de ese hombre que la ayudaba sino de otra persona que podía enterarse de lo que ella tenía allí y matarla a ella y a él de paso.

La puerta se abrió lentamente. No podía calcular cuánto era pero podían haber pasado como mínimo tres días desde que lo había visto. Aún en la oscuridad sus facciones tenían una contracción nauseabunda, como si alguien le hubiese lanzado una patada al estomago y estuviera luchando por retener el aire. Intentaba mostrarse estoico y fallaba estrepitosamente.

Mientras daba pasos lentos hacia ella como si algo lo estuviera halando hacia atrás Sakura sintió miedo, retiró lentamente la máscara de oxigeno de su rostro mientras los ojos de ambos se encontraban en la penumbra e inmediatamente supo que algo andaba mal. Casi fue como si esos ojos estuvieran descifrando sus intenciones a pesar de no haberse considerado nunca una buena lectora de miradas.

Intentó sentarse con lentitud y él la miró desde arriba.

– Tengo que…. llevarla – Hank dejó escapar la palabra como si se la estuvieran arrancando desde lo más profundo de su ser.

– ¿Estará ahí? – preguntó Sakura solamente intentando imaginar que era lo que tenían preparado para ella en esa ocasión. No sabía realmente por que le había preguntado si él estaría ahí, simplemente sentía que al menos podría sobrellevar un poco las cosas si ese hombre que la estaba ayudando estaba presente. Era lo único cercano que conocía.

Hank quería disculparse, quería decirle que detestaba tener que seguir órdenes, quería decirle muchas cosas a esa jovencita pero solamente se acercó y sin que ella pudiera decir nada la tomó en sus brazos y subió la escalera lentamente. Sakura soltó un suspiro tembloroso mientras sus ojos intentaban adaptarse a la repentina luz que los hería.

No podía enfocar la mirada y lo único que tenia de referencia era el pecho del hombre que no se sentía agitado por tener que llevarla cargada.

Súbitamente él se detuvo. Susurró algo para sí mismo y la puso sobre sus pies. Inmediatamente estos se tambalearon y tuvo que agarrarse del brazo de Hank para mantener el equilibrio. Le temblaban las piernas y sentía que moría de miedo.

"Por favor, que no me duela, por favor" rogaba la muchacha en su mente mientras que empezar a respirar aire diferente del de la celda parecía sentarle mejor. Finalmente la cabeza dejó de darle vueltas y pudo mirar hacia el frente, había una esquina hacia la que Hank comenzó a caminar tomándola suavemente del brazo.

Cuando dieron la vuelta el toque del hombre cambio sutilmente. Prácticamente comenzó a arrastrarla por el largo pasillo de la cabaña hasta la oficina donde hacia muchos días había estado.

El escritorio continuaba igual, la luz en la misma posición evitando que viera rasgos de algo más que una sombra.

Los ojos de Sakura se abrieron horrorizados cuando vio lo que había en exposición en la mesa. Una serie de artículos que tenían impresión de ser quirúrgicos le devolvieron la mirada. Sintió nauseas y más miedo. Pensó que la descuartizarían en ese momento.

– ¿Compraste el nuevo móvil? – dijo el hombre sin moverse de la silla.

– Si – respondió con un gruñido Hank detrás de Sakura.

El hombre sonrió, o eso le pareció a Sakura que fue brutalmente arrojada contra la silla frente a él y aunque intentó levantarse, más por instinto para huir de esos objetos brillantes que le devolvían la mirada, que por que estuviera incomoda, las manos de Hank la mantuvieron cruelmente sujeta de los hombros.

Escuchó el pitido de números marcándose y luego una voz masculina ampliada por altavoz devolvió la respuesta.

–¿Donde está mi hija, maldito bastardo? – Sakura se estremeció al escuchar la voz de su padre desde el otro lado de la línea. Pero luego escucho ruidos desde el otro lado de la línea y cuando volvieron a hablar Sakura sintió como si su estomago se estuviera lanzando de un tobogán, inevitablemente sus ojos se llenaron de lagrimas de aprensión que intentó contener lo mas que pudo para que ese hombre no se riera de ella.

– ¿Qué es lo que quiere? – preguntó la voz de Shaoran Li – ¿Llama a negociar? ¿Quiere dinero? –

– No puedo creer que Kinomoto no le haya contado las razones por las que tengo presa a su hija – comentó el hombre con voz ladina.

– Solo diga que es lo que quiere – contestó Shaoran a su vez sin oírse impaciente pero si apremiante.

– Saben lo que quiero… –el hombre suspiró teatralmente y después ladró la palabra venenosa – Venganza…–

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Placas.

¿Cómo era posible que hubiera tantas? Se preguntaba Shaoran Li en medio de su desesperación. Liu había suministrado la información, las fotos que había recolectado dieron pie a una especie de adaptación a un video en el que se veía el momento en que el auto perdía el control y la matanza que se dio después. Posteriormente Liu había consultado en bases de datos de todo el país para identificar la placa y era la hora en la que el sistema todavía seguía buscándola. Aparecían números unos tras de otros y no se detenía en ninguno.

Podría ser un rastro que no los llevara muy lejos, pero después de días y semanas sin noticias parecía que cada avance era como dar ochenta pasos hacia el rescate de su esposa.

Se pasó las manos por el castaño cabello desesperadamente, cada día que pasaba era una tortura. Solo podía imaginarse en qué condiciones podía estar ella. Había llegado a preguntarse, no sin horror, si ella habría muerto por su enfermedad y el maldito que la tenía solo quería jugar con ellos.

Cuando aquello sucedía sentía que algo le apretaba el pecho y le daban unas incontenibles y casi irrefrenables ganas de llorar. Imaginar que nunca volvería a verla, a tocarla, a abrazarla y a hablarle de todo lo que sentía era como una tortura sin fin.

Se dio la vuelta para salir del centro de mando de seguridad cuando la línea intervenida de la casa saltó.

Estaban llamando, y la única persona que llamaba a esa línea podía ser él.

El maldito.

Escuchó la voz de Kinomoto contestando sin nada más que una pregunta que los acuciaba a ambos.

¿Dónde estaba Sakura? Pero el tono de voz de Kinomoto solo podía presagiar que iba a mandar al diablo al hombre y no iban a poder hacer nada. Antes de pensarlo ordeno que la línea fuera cambiada a la de él y levantó el teléfono enseguida.

–¿Qué es lo que quiere? – preguntó en un tono que estaba unas milésimas más sosegado que el de Kinomoto. Pensaba en secuestros en donde la gente solo quería dinero y aunque sabía que este no era el caso, que este era un secuestro que horadaba en lo psicótico se obligó a preguntar para descartar – ¿Llama a negociar? ¿Quiere dinero? –

El hombre bien podía verse tentado por el dinero, todo el mundo lo hacía, aunque sabía que la respuesta iba a ser negativa también sabía que era bueno agotar posibilidades, bien sabia que eso lo había aprendido en los últimos días.

– Sabe lo que quiero – el hombre exclamaba como si se regodeara en lo que pedía – Venganza –

El silencio fue la respuesta por mucho tiempo. Luego comenzaron a escucharse sonidos, pequeños murmullos que posteriormente se fueron transformando en gritos hondos y llenos de terror. Shaoran aferró el teléfono y guardo silencio pensando que si abría la boca mandaría al demonio a ese perro y arruinaría cualquier posibilidad de dar con el paradero de su esposa. Los equipos ya estaban comenzando a rastrear la llamada aunque dudaba que pudieran hacer algo más que la última vez. Aun no lograban triangular la posición y los gritos seguían desgarrándole el alma.

Luego se volvió a hacer el silencio y una carcajada llena de ironía volvió a la línea.

– No necesita hacer eso – dijo Shaoran lentamente sintiendo que la rabia brotaba en cada letra que pronunciaba, alrededor de él todos los hombres del equipo de seguridad habían quedado pasmados ante los gritos de terror de la mujer. Lo miraban cada uno con una expresión diferente. Sollozos al otro lado de la línea y luego la voz del hombre.

– Claro que si – Shaoran escuchó un sonido tras de él. Era Kinomoto entrando a la estancia con la tez completamente blanca. Parecía que la tortura psicológica también lo había afectado a él. – Saben que necesito hacerlo. Quiero hacerlo. Me produce un inmenso placer fomentar el dolor en aquel que me arruinó la vida. Y en el retoño que nunca debió nacer de mi mujer y que debió ser mío –

– Es solo una mujer inocente – dijo Shaoran cerrando con fuerza los ojos y aferrando aun mas fuerte el teléfono – No tiene nada que ver con las rencillas de usted y Kinomoto –

– Desde que la sangre de ese bastardo corra por las venas de esta niña será ella quien pague. El amor nos hace débiles, a mi me cegó por un tiempo hasta que caí en cuenta de que no servía de nada, lo único funcional es la venganza, el deseo de hacer sufrir a aquellos que te perjudican. – Un grito lacerado volvió a perforar los tímpanos de todos en la estancia. Shaoran estuvo a punto de gritar "¡por favor, no más!" pero se contuvo, rogarle no haría más que alentarlo a torturarla. Miró hacia Kinomoto que apretaba los puños con fuerza mientras lágrimas de impotencia se dejaban caer de su rostro.

– ¿Que es lo que quiere? – preguntó nuevamente Shaoran aunque lo tenía claro. La muerte de Sakura estaba implicada en esto, pero no iba a cejar, así como ese hombre clamaba que la venganza era un sentimiento que alentaba a hacer sufrir él mismo se encargaría de que ese perro pagara por lo que estaba haciendo a Sakura.

– La muerte del clan Kinomoto –

Un grito y luego un balazo. La llamada se cortó y el pitido fue la única respuesta. Se había ido nuevamente antes de que pudieran triangular la posición, parecía que el hombre sabia cuanto tiempo debía hablar para que no fuera captado. El equipo seguía las ondas de sonido pero estas se perdían en mitad de dos ciudades demasiado grandes al igual que los límites entre estas. Les podría llevar semanas intentar localizar cada móvil y que coincidiera.

Shaoran lanzó el teléfono contra la pared y maldijo a bocajarro.

Iba pagar.

El maldito bastardo iba a pagar.

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Hank recibió de manos del hombre el teléfono móvil donde había hecho la llamada con órdenes de deshacerse de este. Frente a él y desmayada en la silla estaba la muchacha. Sus propias manos temblaban al haberla sostenido mientras otro de los malditos hombres de ese tipo amagaba con comenzar a cortarle los dedos en pedazos. Por eso los gritos, por eso la desesperación, había utilizado cada instrumento quirúrgico para amenazarla y había alcanzado a hacerle un poco de sangre en el brazo donde un escalpelo casi la cortaba. La muchacha se sacudía cada vez que el frio metal hacia contacto con su piel y seguramente pensaba que la iban a destazar.

Hank sabía que el hombre era capaz, pero no lo había hecho, solo había fomentado el terror en ella y en los que escuchaban al otro lado, incapaces de esclarecer si las torturas que parecía estar viviendo la joven eran reales o no.

Ella había estado débil después de la tortura psicológica así que cuando el hombre le apuntó a la cabeza con un cañón de arma el doble de grande de la última vez, la joven se había desmayado quedándose sin aire y Hank pensó que fácilmente podría haberla matado de miedo. Su tez se había puesto morada y el sicario sabía que si no se oxigenaba pronto iba a morir, no a manos del hombre sino a manos de la muerte misma. Apuntó a la pared y dio en el mismo hoyo donde muchos días atrás había empleado la misma táctica.

Era un asesino.

Tal como Hank.

Tomó a la mujer del brazo y la arrastró hasta cuando supo que nadie los miraba. Se había guardado el móvil en el bolsillo y cuando cruzaron la esquina la tomó rápidamente en sus brazos y corrió hacia la celda esperando que los labios morados no fueran signos de su muerte.

La dejo rápidamente en el camastro y le puso la máscara con el oxigeno al cien. Miró hacia el humidificador y pensó rápidamente que tendría que traer agua pronto.

Puso una venda sobre el brazo de la joven y salir rápidamente de allí a deshacerse del celular antes de que pudieran sospechar.

Subió a la moto rogando a quien fuera que lo viera desde arriba que nadie fuera a encontrar a la joven y a la ayuda que le había prestado. Sabía que estaba arriesgando su vida y la de ella pero se daba cuenta mientras montaba la motocicleta, que no le importaba nada.

Era momento de actuar, porque si no lo lograba ella iba a morir más rápido de lo que el maldito hombre quería.

Acelero hasta alejarse menos de un kilometro. No sabía que se había apoderado de él pero sabía, por su entrenamiento militar, que lo que estaba haciendo iba a ser de mucha, mucha ayuda.

Una vez llegó a donde quiso dejo la motocicleta correr y esta cayó a un arenal como si se hubiera accidentado. De pie frente al equipo Hank sacó el móvil del bolsillo y mirando que tuviera batería y que estuviera encendido lo lanzó hacia adelante. Cayó unos metros más allá.

Tomó parte del polvo del camino y se la echó encima. Cogió una piedra del mismo y sin inmutarse por lo que estaba haciendo paso la piedra lacerándose las mejillas, los antebrazos y parte de las piernas.

Un accidente…

Podía pasarle a cualquiera, el hombre debía saber eso.

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Llevaba caminando lo que podría llegar a pensar que habían sido kilómetros. Lo curioso era que sus pies no se sentían cansados, parecía que su deseo de despertar hacia que solamente sintiera el afán de llegar al lugar que su instinto parecía indicarle.

Había comenzado a seguir el camino cuando las voces alrededor de él parecían comenzar a guiarlo, era como si cada vez que escuchaba una voz fuera de su cuerpo esta fuera una estrella guía en medio de la explanada blanca que se abría paso ante sus ojos.

Seguía dando pasos, no podía calcular el tiempo, lo único que lo mantenía a flote era su propia voluntad, ayudar a la jovencita.

– A pesar de estar sedado su actividad neurológica ha variado un poco – comentó una voz sobre él.

Tenía deseos de gritar que se hallaba ahí, que lo oyeran y lo ayudaran aun más pero había intentado eso muchas horas atrás y no había funcionado. Como lo había deducido, tendría que ser él mismo quien encontrara la manera.

Se dio prisa en caminar hacia la nada, tenía un ligero miedo de perderse y estar siguiendo el camino hacia el más allá pero aun así persistía.

Siempre lo había hecho.

"¡Ah!" pensó rozagante antes de comenzar a sentir cada particular de su cuerpo después de dar el cuarto paso.

Dolor, mucho dolor.

Y después más y más luz.

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– Disminuya el medicamento para mantenerlo dormido, necesitamos saber si su actividad cerebral fluye sin él – comentó el médico de la unidad de cuidados especiales a su enfermera jefe mientras le firmaba la formulación. De un momento a otro el paciente de la cama 6 comenzó a agitarse de manera alarmante.

Se miró con la enfermera y ambos pensaron lo mismo.

Había salido del coma.

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Eriol se acercó a la cama de la joven Tomoyo observando en silencio como su respiración hacia subir y bajar las mantas de la cama. Le alegraba que durmiera, los cielos sabían que la joven tenía una tenacidad bastante frustrante y se había negado de plano a descansar siempre argumentando la incomodidad por la que debía estar pasando Sakura.

Se sentía un poco miserable ya que ella le había preguntado y en más de una ocasión si sabía algo nuevo de Sakura, si habían logrado averiguar algo nuevo aparte de lo que ella misma sabia.

Ninguno de los hombres había considerado prudente hacer sabedora a Tomoyo de las traumantizantes llamadas que el secuestrador había hecho en dos ocasiones. Sabia de la segunda por que Shaoran lo había llamado momentos antes completamente fuera de sí diciendo que iba a asesinar a ese hijo de perra cuando lo tuviera en frente. Le había comentado los pormenores de la llamada y Eriol había podido escuchar una desesperación nada propia de su amigo. Cuando la llamada había finalizado, toda ella con Eriol intentando calmar los humos de Shaoran había decidió partir a la casa de Shaoran donde se encontraban Kajo y Tomoyo al cuidado de un vasto equipo de seguridad.

Kajo le había confesado en voz baja que había tenido que añadir ciertas gotas de valeriana al té que normalmente tomaba Tomoyo después de cada cena. Muchas a decir verdad, bastante contenido sedante para que descansara porque era evidente en las profundas ojeras que tenía alrededor de los ojos que no había descansado en muchos días.

Entró a la habitación sintiendo en ella el perfume de su amada. Se sentó a los pies de la cama y disfruto de lo que casi era para sí mismo el paraíso. Cerca de ella, admirando su eterea belleza y viéndola tan relajada y tranquila como un bebé. Excepto por el ceño fruncido de su nívea frente. Ese no se podía alisar con nada y sabía el motivo.

La incertidumbre por su señora.

Tomoyo abrió los ojos lentamente como si hubiera percibido su presencia. Eriol la miró fijamente esperando que pudiera enfocarlo pero los ojos somnolientos de la joven permanecieron entrecerrados.

Cuando creyó que se iba a quedar dormida otra vez, la joven sacudió lentamente la cabeza en la almohada y abrió los ojos definitivamente. Eriol se sintió incomodo al pensar que ella podría recelar de su presencia en su habitación pero la joven simplemente se sentó en la cama y lo miró fijamente.

Había estado soñando con él, admitió Tomoyo, y verlo frente a ella era de las cosas más reconfortantes que le habían pasado en los últimos días.

Se habían acercado mucho, él siempre la visitaba, parecía triste cada vez que la veía a la expectativa de noticias sobre su señora, como si le molestara no poder decirle algo diferente. Ella a su vez había comenzado a desarrollar cierta dependencia hacia las visitas del atractivo hombre y cuando no iba a verla se sentía demasiado desolada para siquiera meditarlo.

Era tal su tranquilidad que el escandaloso hecho de que estuviera en su habitación, escandaloso teniendo en cuenta la rígida educación que había tenido, no la molestaba en absoluto. El siempre le robaba besos y le acariciaba la cara con adoración y ella se sentía feliz por ello.

Se había sentido feliz hasta que un día, una semana atrás, Eriol le había preguntado por su vida anterior antes de acompañar a Sakura como doncella.

Dicen que un corazón herido nunca se olvida, o al menos demora mucho tiempo en sanar. Tomoyo apenas estaba comenzando a subsanar el de ella y le parecía que había hecho un buen avance, pero sus pasos parecían retroceder ante esa pregunta.

Quería confiar, debía confiar por que Eriol Hiragizawa era la única persona que le quedaba en esos momentos, él la quería, o eso sentía ella.

Así que esa madrugada confesó a Eriol la razón de su dolor.

Tomoyo siempre vivió en la villa de los señores Kinomoto. De niña correteaba con la señora Sakura en medio de los matorrales, por los cultivos y a veces dentro de la casa de la última, siempre bajo la severa e inanimada mirada del señor Kinomoto. Siempre la apreció porque nunca hizo mención a su cargo de hija de un hacendado menor. Para Sakura Kinomoto, Tomoyo Daidoji era una hermana más.

Pero aparte de Sakura, Tomoyo tenía contacto con otros niños de la aldea entre ellos el hijo del general Jio, un jovencito bastante locuaz que siempre llenaba de barro los zapatos de madera de Tomoyo.

Así lo conoció ella, y así lo siguió por años, hasta que un día, cuando ambos tenían 12 años el joven Asuke dijo que ella sería su esposa.

El joven corazón de la niña quedó prendado de esa promesa y a medida que pasaron los años esta se fortaleció, o al menos eso creyó ella.

Vivió enamorada de la idea del amor durante mucho tiempo, tanto así que se creía enamorada de Asuke y defendía esto cada vez que alguna de sus hermanas menores o sus padres la contradecían. Ellos le refutaban diciendo que el hijo del general nunca se fijaría en ella. Pero ella los contradecía, porque Asuke siempre le decía que la quería mucho. Aun no le había propuesto que se casaran y la joven e ingenua Tomoyo siempre pensó que él quería esperar.

Hasta que el gran día llegó, y cuando cumplió sus 16 dulces años el joven Asuke anunció a todo el mundo que ella sería su mujer.

La joven no cabía en sí de gozo. Era con lo que había soñado durante su corta vida, planeaba cosas, imaginaba toda la felicidad que le esperaba al lado del chico que amaba y que la amaba.

Hasta que Senea, su hermana mayor, decidió regresar del retiro espiritual al que se había confinado desde hacía muchos años. Su padre la había mandado a llamar para que asumiera el papel de hermana mayor de la familia y se casara.

Solo bastó una mirada.

Solo bastó un instante.

Todo el amor que Asuke decía profesar por Tomoyo desapareció en el instante en que este posó los ojos en Senea.

La humillación fue total. En un acto de increíble crueldad Asuke declaró que nunca la había amado, que simplemente quería crear alianzas entre familia y que de hecho le interesaba crearlas pero no con ella sino con la hermosa Senea.

Todos se burlaron de los sueños rotos de Tomoyo, ella permanecia en silencio mientras todas sus esperanzas se desmoronaba y en el fondo de su joven corazón quería que su hermana se hubiera quedado siempre presa.

Tanto fue el rencor que inundó su alma y tanto su deseo de alejarse de la familia que tanto la martirizaba que tomó el puesto de doncella de la señora de la aldea sin pensárselo dos veces, y más aun cuando esta se casaría con un hombre de otra civilización.

Necesitaba limpiar su alma de todo aquello que la contaminaba y le pareció la mejor opción alejarse.

De no haberlo hecho…

–Nunca lo hubiera conocido a usted – Los ojos amatista estaban llenos de lagrimas no derramadas, las manos de ambos estaban apretadas entre ellas como transmitiendo energía. Eriol la había escuchado en silencio concentrado un poco más en su hermosa boca que en la historia en sí, a pesar de que había entendido cada palabra. Si tuviera al pelele de Asuke frente a él seguro que no quedaría mucho del traidor – Nunca hubiera limpiado mi conciencia por esos sentimientos tan negativos que lo único que me hacían era daño. Usted fue la luz en mi camino, el faro en ese oscuro océano que fue mi existencia desde el momento en que fue rechazada. Creía que me iba a quedar siempre al lado de la señora Sakura, que sería su sombra y doncella silenciosa hasta que usted apareció y mostró ese interés en mí que nunca percibí en nadie, ni siquiera en A… Asuke. De alguna extraña manera eso levantó mi ánimo, me hizo sentir importante para alguien. Sé que no merezco su atención pero verlo frente a mi hace que quiera seguir viviendo para poder seguir viéndolo –

Eriol la contemplaba en silencio, había esperando por todo aquello demasiado tiempo y ahora que lo tenía frente a si no cabía de gozo. Sabía que era mucho pedir que ella confesara abiertamente que lo amaba, pero se conformaba con cualquier cosa que viniera de ella. Él la haría amarlo, cada día le daría sus propios sentimientos para que ella pudiera identificarse con ellos y le correspondiera.

Tomoyo se puso de rodillas y se acercó rápidamente a abrazar a Eriol como si se le fuera la vida en ello. Él le devolvió el abrazo sin demasiada fuerza intentando no abrumarla con sus propias sensaciones lo cual resultaba difícil cuando su mente masculina pensaba que ella estaba solo en camisón.

Acaricio los contornos de la frágil espalda sintiendo que el calor de la piel traspasaba el camisón para entibiarle su mano. Su otra mano recorría el cabello suelto, desparramado por los suaves hombros y desprendiendo un aroma floral que casi lo vuelve loco.

Tomoyo no sabía que se había apoderado de ella. No, mentía, sí que lo sabía, era ese sentimiento abrumador que el señor Eriol le producía, inclusive en ese momento sentía el toque de su mano en su espalda como si estuviera tocándole directamente la piel desnuda y quería mas de esa gloriosa sensación. Se contuvo intentando no parecer más licenciosa de lo que ya se sentía tan cerca de un hombre y en sus ropas de dormir, pero necesitaba el anclaje a el bienestar que ese hombre le proporcionaba, podía tratarse de transferencia, podía ser cualquier cosa, lo único que sabía era que si dependiera de ella, se quedaría abrazada a su cálido cuerpo durante toda su vida.

– El tal Asuke es un imbécil –. Dijo Eriol obviando el hecho de que quería decir palabras mucho más ofensivas contra aquel que había lastimado a su joven amor. Sus manos seguían la candencia de las caricias que le daba intentando que ella no notara lo mucho que lo perturbaba. – Usted es la mujer más maravillosa que existe en este planeta, cualquier hombre, incluyéndome, estaría más que deseoso de tener una esposa como usted –

Tomoyo sintió que las comisuras de sus labios se movían formando una sonrisa, el orgullo y el bienestar que esas palabras le producían casi hacia que se sintiera feliz, el único empañarte de su felicidad era el destino de su señora.

– Quiero ser sincero… Tomoyo – Eriol endulzó el nombre de ella entre sus labios mientras la apartaba suavemente – no quiero que haya nada entre nosotros que pueda estar oculto. Sabes lo que siento por ti, sabes que…– respiró hondo y la miro a los ojos fulgurantemente – Te quiero para mí, como mi esposa, la madre de mis hijos. No quiero que pienses que quiero separarte de Sakura, solo quiero que estés a mi lado… – suspiró y la besó en la frente.

– Suena como si estuviera ocultándome algo – dijo ella dejando que la besara en la frente y secretamente deseando que la besara en la boca.

– Lo hice por tu tranquilidad, pero ya que te has sincerado conmigo creo que es justo que lo sepas. No voy a olvidar todo lo que me dijiste y sé que una vez que recuperemos a Sakura tú…serás mía, pero hay riesgos Tomoyo, nos estamos enfrentando a un sicópata que solo busca dañar al padre de Sakura.

En una bien resumida historia Eriol reveló a Tomoyo todos los detalles que conocía sobre el secuestro de Sakura. Ella lo escucho con los ojos muy abiertos y él temía que entrara en histeria. Pero ella no lo hizo, tan solo lo miro esperando cada detalle, procesando en su mente toda la información que llegaba y sintiéndose aliviada de que Eriol creyera que ella no debía estar a la sombra de la información de su señora.

–Me alegra que me lo haya dicho, y tenga la seguridad de que nada saldrá de mi boca. Quiero permanecer sosegada, usted me dijo muy bien que debía permanecer tranquila por el bien de mi señora y el mío, y yo hago caso – dijo ella inclinando la cabeza dulcemente.

– No quiero que me obedezcas por que debas hacerlo – Ahora sentía que siempre había debido tutearla, quería que ella lo hiciera con él pero suponía que el grado de confianza aun le faltaba un poco por crecer. – Sino por que quieras –

– Quiero obedecerle, porque usted es… lo mejor que me ha pasado en la vida –

El volvió a abrazarla.

Quería quedarse abrazándola toda la noche.

Y así lo hizo. Hasta que ella se sintió lo suficientemente tranquila para dormir.

/ */

Una alarma sonaba suavemente mientras los hombres tomaban la ligera siesta antes de entrar en materia de búsqueda nuevamente. El buscador se había detenido y señalaba una posición encima de una zona desértica.

El móvil.

Lui entró en la oficina rápidamente llamando a gritos a todo aquel que se despertara al escucharlo. Maldijo y comenzó a programar la conexión a satélite para terminar de triangular la posición y proceder a tomar fotos del sector.

Zona desértica si, con casas a varios kilómetros y por fortuna solamente tres.

Tres casas…

¿Sería posible que…la señora Li se encontrara en alguna de ellas?

¿Por qué había aparecido el móvil?

Debían planear cuidadosamente cada paso a dar, cualquier movimiento en falso significaría la muerte de la señora Li.

/ * /

Muy entrada la noche Hank entró a la cabaña, solo quedaba un hombre para certificar que Hank regresaba y cuando lo vio comenzó a preguntarle que le había pasado. Le relató brevemente la historia teniendo cuidado de hacerle entender que había perdido la motocicleta y el móvil. Al tipo no le hizo gracia y llamó a uno de sus amigos para que viniera a recogerlo recibiendo ordenes de dejarle su propia motocicleta a Hank por si tenía que movilizarse de prisa.

Eso estaba bien.

Una vez el advenedizo se hubo marchado corrió hasta el sótano a la celda de la prisionera, abrió la reja y se acercó a la cama a verla sintiendo una opresión en el pecho al pensar que estaba muerta. Pero no, respiraba, dificultosamente pero respiraba.

Le dio la vuelta lentamente y comenzó a administrarle todos los medicamentos que sabía que ella necesitaba.

Los ojos verdes lo seguían intensamente pero no se amilanó por este hecho, el oxigeno estaba pronto a acabarse y ella no podría quedarse sin ello.

Maldición, algo tenía que salir bien entre toda la porqueriza entre la que estaba sumergidos. Tenían que encontrarla y darle el tratamiento médico que necesitaba antes de que muriera a manos del hombre. No podía arriesgarse más a que descubrieran que estaba viva solamente por que él había intervenido.

Bajó la vista por el desmadejado cuerpo y sintió que la sangre abandonaba su cuerpo cuando vio el vestido que portaba con una mancha oscura entre los muslos. No sabía que podía tratarse pero la sangre estaba seca, así que no estaba teniendo ninguna hemorragia y ella no había mencionado algo de su periodo…

Sabía el funcionamiento de cuerpo femenino lo cual le llevó a caer en cuenta que ella… no sabía si ella había tenido su periodo menstrual…

No, no lo había tenido, ni una sola vez desde los casi dos meses y días que llevaba secuestrada.

La ausencia de periodo…

Se puso aun más blanco cuando sus conclusiones lo llevaron a una igual de increíble.

No podía ser…

Ella no podía…

No en ese encierro.

No en esa podredumbre.

No podía estar gestando un hijo con lo enferma que se encontraba…

¿O sí?

Terminó de acomodarla intentando que sus elucubraciones no se reflejaran en su rostro y ella se enterara de ellas. Pero una cosa era clara, si esa mujer estaba en embarazo… había llegado la hora de apresurar un poco más las cosas…

El problema radicadaba en cómo lo haría.

No sabía, pero algo se le ocurriría, no por nada era el mejor de los mejores en todo lo que se proponía.