Saludos a todos una vez más. Qué puedo decir; al final, me tardé más en publicar este de lo que se suponía. El semestre me superó por completo, no es que fuera tan complicado de escribir el episodio. Fui una esclava de los estudios. -sob- Como dice le dicho: uno propone y dios dispone.

En fin, espero que disfruten de este capítulo.

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Pasaron cuatro años antes de que llegara el segundo general.

En ese tiempo, Atlantis finalmente se convirtió en un lugar con vida. Kanon realizó un trabajo admirable consiguiendo soldados y estos hicieron lo propio jurando su lealtad a la deidad de los mares y volviendo de aquel sitio su hogar y un nuevo comienzo. A espaldas de Dégel, el dragón marino había advertido a todos que jamás le mencionasen nada de la superficie y que siempre lo mantuvieran ocupado. Engaño sobre engaño, había admitido ante los soldados que Leviatán era el alma de Atlantis y estaba arraigado a ella. Y que si no vestía una escama era únicamente porque no la necesitaba.

En cuatro años, la relación del general y su teniente había tenido un desarrollo algo inquietante para el propio Kanon, pues mientras mayor era el número de soldados, también lo era el tiempo que Dégel pasaba lejos de su vigilancia e invirtiendo cada vez más atención en otros asuntos. Uno de los momentos críticos fue el día en que Leviatán, ateniéndose a las ideas del mismo Dragón Marino, sugirió abandonar el pilar del atlántico norte para instalarse en el pilar central.

Había sido una idea realmente sensata; a decir verdad, demasiado sensata. Tanto, que no le había agradado en absoluto. Si Dégel se marchaba del pilar para llevar a cabo su trabajo de mejor forma, él no tendría excusa para pasar tiempo en la estancia que le correspondía. No tenerlo cerca significaba que podría mantenerlo bajo vigilancia con aún menor frecuencia de la actual, gracias a la constante demanda de su presencia que hacían los cientos de soldados.

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- Si me quedo aquí, seguirán perturbando tu sueño al venir a buscarme para resolver sus problemas. No puedes evitar que eso ocurra a cualquier hora. El pilar central está vacío y la cámara de las escamas está más cerca de él que de cualquier otro. Eso facilitará mi trabajo y no perjudicará el tuyo.- Había formulado el de cabellos esmeraldas, de pie frente a la puerta y con la expresión serena de siempre. Sus ojos iban de un lado al otro de la habitación, siguiendo el paseo inquieto del representante de Poseidón. Este último había perdido la calma apenas escuchar la sugerencia.

- Me rehúso.- Casi había ladrado, sin mirarlo. La costumbre de saber qué hacía a cada instante había generado en el de géminis una reconfortante sensación de control sobre el de las gafas; perder más de ese control rompía con sus esquemas y lo peor de todo era que no estaba seguro de qué le irritaba más: la paranoia de un posible escape o la repugnante disposición dócil de Acuario para atender a los soldados las veinticuatro horas del día, los siete benditos días de la semana. Disposición que, por cierto, nunca había tenido con él.

- No he escuchado un argumento válido. ¿Acaso se trata de un capricho tuyo? – Porque desde el primer día, había mantenido un comportamiento absurdamente formal y estricto, con accesos de elegante insolencia como aquel, y justificado de mil formas irrefutables.

- No se trata de un capricho; cuida tu boca, Leviatán. ¿O es que crees que eres invencible? Si le concedes a esos hombres el derecho de fastidiarte cuando se les antoje, tú tampoco vas a descansar una mierda de lo que necesitas para dirigir los entrenamientos como se debe.- Lo bueno era que a él tampoco le faltaban motivos para pelear.

- Tengo el placer de recordarte que /esos/ hombres son todas elecciones /tuyas/ para /tu/ ejército. Y que muchos de ellos han requerido un entrenamiento desde lo más básico. Cuatro años no son suficientes para entender lo que significa el cosmos, ¿qué sugieres, que les de horarios de consultas? Son más de cien, Kanon. Además, hace un mes, despertó la escama de Crisaor, no sabemos cuándo llegará y, si no tenemos resuelto un problema tan sencillo como- -

- ¡Guarda silencio! ¡Estoy intentando pensar! –

Aquella era otra de las facultades que al Dragón Marino le exasperaba de Leviatán: Podía soltar potentes discursos en contra de todo lo que él hacía mal y sin siquiera sudar una gota o alterarse. Lo hacía sentirse burlado y acorralado, pues, aunque lo odiara, no le hacía falta razón. De ahí que sus rencillas se hubieran vuelto el pan de cada día al estar en el pilar del atlántico norte.

Solo que ese día había sido un poco diferente.

Luego del grito del gemelo, el sobreviviente de la Guerra Santa anterior no había vuelto a pronunciar palabra y aguardaba en la misma posición que había tomado al ingresar a la oficina. No le había apartado la vista de encima un solo instante, hasta que una voz proveniente del exterior dio por finalizada la discusión. Dragón Marino se dirigió con toda su rabia hacia la salida, dispuesto a que un tercero sufriera las consecuencias; sin embargo, la mano de Dégel en su hombro lo detuvo. Le hubiese gritado en la cara que podía esperar sentado la autorización a marcharse al pilar central, pero la expresión seria del francés evitó que lo hiciera, justo a tiempo para percibir lo que ya era evidente para el mayor; lo mismo que informaba la voz del soldado afuera.

- ¡Leviatán, Dragón Marino, ha llegado alguien portando la escama de Crisaor! –

- Nuestra conversación queda pendiente.-

- Andando.-

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Si había algo que Kanon solo iba a admitir para sí mismo, era que cada uno de los marinas que llegaron, partiendo por Crisaor, supieron darle una lección, cada uno a su manera.

Krishna le enseñó que no todas las sorpresas eran agradables.

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Dégel no dejaba de darle mérito a Kanon desde el comienzo, pues era infalible al momento de pensar en todo lo que estuviera relacionado a su objetivo. El cómo recibir a los marinas estaba incluido.

Detuvieron la marcha justo a los pies del pilar central; el de géminis subió unos cuantos peldaños del recinto y el de ojos amatistas se quedó a la expectativa en el suelo. Poco a poco, los soldados comenzaron a amontonarse en torno a los dos jefes, hasta que cuatro de ellos aparecieron escoltando a un rostro desconocido. El muchacho tenía la piel oscura, ojos azules y no tenía cejas. A pesar de ser joven, eran notorios los músculos de su cuerpo. Probablemente, lo que más destacaba era su peinado mohicano albino que caía hasta la mitad de su espalda. Lo que lo diferenciaba de ser un intruso era que vestía la escama de Crisaor y llevaba la lanza en una mano.

Por alguna extraña razón que no incluía palabras, se detuvo frente a Dégel y ambos se mantuvieron en silencio, intercambiando solo miradas.

Al cabo de un par de segundos, una sonrisa ligera apareció en labios del recién llegado.

- Tú eres Leviatán, ¿no es verdad? – Dejó salir, en un griego teñido de otra cultura.

- Estás en lo correcto. ¿Te lo ha dicho la escama? – A pesar de la pequeña sorpresa inicial, el denominado guardián de Atlantis no tardó en corresponder con una sonrisa similar. La respuesta pareció agradarle al aludido, pues sus blancos dientes relucieron con sereno entusiasmo.

- Lo comprendes.- Señaló, como si la sola idea le produjese una profunda satisfacción.- Mi nombre es Krishna, provengo de Sri Lanka y tengo once años. Es un honor conocerlos, Leviatán, Dragón Marino.- Dirigió el saludo, mirando a los dos respectivamente, junto a una profunda reverencia con una palma cerrada sobre el puño contrario.

- El honor es nuestro, Krishna de Crisaor, hijo de Poseidón.- Y el de Acuario correspondió con el mismo gesto solemne, ante la atenta audiencia y sus murmullos.

- Danos una muestra de tus habilidades, Crisaor.- La voz que intervino fue la del jefe del ejército, quien ya comenzaba a perder la paciencia ante la falta de movimiento y el exceso de armonía entre su teniente y el nuevo general.

Para su sorpresa e indignación, aquel par reaccionó de la misma forma: Un intercambio de miradas que pareció decir más que suficiente.

- Acepta mis disculpas, Dragón Marino; no puedo darte la demostración que me pides.- Contestó el moreno con expresa cortesía.

Antes de que lograra articular un alegato, Dégel salió a la defensa.

- Ha pasado tan solo un mes desde que Crisaor dio con él, requiere mayor entrenamiento y conocimientos antes de que pueda darle forma a sus habilidades. De seguro ha sido difícil para la escama el solo explicarle lo básico y guiarlo hasta aquí.-

Luego, el de larga cabellera verde volteó a ver al muchacho, como esperando que corroborase sus palabras. Y eso fue exactamente lo que hizo Krishna: asintió un par de veces, dando la impresión de que experimentaba una gran felicidad. La escena logró que Kanon se sintiera enfermo del estómago y el malestar aumentó al tener encima, ahora, dos pares de miradas tranquilas y atentas. ¿Es que Dégel tenía que agradarle a todo el mundo? Su entrecejo se frunció y apretó ambos puños, además de tener que morderse la lengua para no soltar improperios que expresaran una profunda molestia que no acababa de descifrar.

- Entiendo.- Articuló por fin, tras respirar profundo y bajar los peldaños hasta llegar al suelo. Estando allí, apuntó al albino.- No subiré hoy; organiza el entrenamiento, yo lo dirigiré después y tú te encargarás de Crisaor. Tú, acompáñame un segundo.-

Sus palabras fueron certeras y efectivas: tras un instante de vacilación, los soldados amontonados y Dégel se dirigieron hacia el campo de batalla. Kanon y Krishna se quedaron solos.

- ¿Qué es lo que necesitas decirme, Dragón Marino? – Preguntó enseguida el menor, con aquella disposición amena que tanto le enfermaba recibir de parte del de acuario.

- Quiero darte la bienvenida al ejército de Poseidón. Ahora que seremos camaradas, quiero aclarar algunas cosas: Tu vida y la de todos los que ves aquí ha comenzado desde cero. Ninguno de nosotros tiene pasado y no hablamos de ello. Lo demás te lo dirá Leviatán, pero esto es algo que solo escucharás de mí: No le hables de la superficie a él. Jamás. Y nunca sugieras ni permitas que suba. Él pertenece a Atlantis y no conoce el exterior. Tampoco debe hacerlo. ¿Está claro? Es por su bien. Esto queda entre tú y yo.-

El recién llegado escuchó atentamente y, a pesar de sentirse contrariado, no preguntó más. Asintió una vez y bastó para que el aire misterioso y un tanto amenazante que rodeaba al gemelo se desvaneciera. Al poco rato, regresó el individuo centro de la conversación e intercambió lugares con el de cabellos azules.

- Crisaor guarda el pilar del océano índico; estaremos en ese sitio.- Informó el francés a su superior previo a marcharse, guiando al muchacho rumbo a su nuevo hogar. Kanon tardó en apartar la mirada de su prisionero; a pesar de que habían transcurrido ya cuatro años, la llegada del general revivía su temor principal.

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- A nuestro líder no le agrada andar con rodeos, ¿no? – Señaló el de Sri Lanka cuando ya estuvieron bastante lejos.

- Te acostumbrarás en poco tiempo.- Afirmó el de leviatán sin dudarlo.

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El entrenamiento había acabado hace dos horas, los soldados se divertían tocando guitarras alrededor de pequeñas fogatas y Dégel y Krishna seguían sin aparecer. Kanon, que había estado merodeando entre sus subordinados y conversando de cosas triviales por inercia, no dejaba de mirar en dirección al pilar que guardaría el novato. ¿Cuánto tiempo era necesario para darle una introducción decente? Tampoco era como si Atlantis o el ejército tuviesen mucha historia que contar… a menos, claro, de que el ex arconte de Acuario se las hubiera dado de profesor y hubiera empleado nueve horas en una clase de mitología. O a menos de que hubiera pasado algo más. Agregó su traicionera mente, provocándole un retortijón. Nueve horas era tiempo más que suficiente para… aunque le había dado la orden expresa a aquel chiquillo de que estaba prohibido… pero ¿y si Dégel…?

Cansado de lidiar con la paranoia, decidió ir a ver para tranquilizarse.

A pesar de todo, confiaba en Dégel, en un sentido retorcido y muy limitado de confianza; realmente esperaba que hubiera desistido de sus intenciones de conocer el mundo real.

Tardó menos de lo que esperaba en llegar al pilar. Asoció su respiración agitada a la inquietud de descubrir sus temores hechos realidad y no al hecho de que prácticamente había corrido como alma que lleva el diablo. Estaba dispuesto a convocar a su teniente con un grito, pero de súbito decidió callar y avanzar con sigilo. No estaba seguro de la razón; quizás pretendía escuchar una conversación muy importante de la cual fuera él el centro o, tal vez, quería descubrir las intenciones ocultas del paladín de acuario.

Fuese del modo que fuera, nadie habría sabido prepararlo para lo que realmente escuchó.

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- Hg… -

- ¿Seguro de que estás bien? –

- S-Sí… hn…-

- ¿Te duele? –

- Un poco; no recuerdo la última vez que—ah…! –

- ¡Discúlpame! Espera, no te muevas, lo haré de nuevo.-

- Estoy peor de lo que esperaba.-

- Por Zeus, Dégel, ¿realmente ha pasado tanto tiempo? –

- Oui… -

- ¿Qué tal así? ¿Te duele aún? –

- Así, no; eres muy amable, Krishna.-

- Respira profundo, voy a cambiar de posición a la de tres. Uno… dos… -

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- ¡¿Pero qué demonios están haciendo?! ¡Dégel! –

- ¿Eh? -

- ¡Aagh! –

- ¡L-Lo siento! -

Kanon abrió la puerta de golpe y vociferando, con los ojos desorbitados y dispuesto a mandar a la otra dimensión al marina novato, aún si eso significaba tener un peón menos en su tablero.

Sin embargo, tampoco esperaba encontrar la escena que había ante sus ojos: Dégel estaba tendido boca abajo sobre una alfombra y Krishna se encontraba sobre él.

Es decir, literalmente sobre él.

De pie y descalzo sobre la espalda desnuda del ex-santo de acuario. O al menos lo estaba hasta que escuchó su grito. Ahora yacían ambos en el suelo, el menor arrodillado y cerciorándose de no haberle roto una costilla al mayor al pisar mal a causa del sobresalto provocado por el grito. Luego del chequeo, el no-invitado tuvo al par de miradas consternadas clavadas en él.

- ¿De qué se trata todo esto? – Exigió saber, todavía en estado de alerta.

- Un masaje.- Respondieron ambos al unísono, logrando que los colores cambiaran en el rostro griego. Luego, Krishna continuó. Kanon solo recibió la severidad redoblada en la mirada del ojivioleta.

- Con todo respeto, Dragón Marino. Sé que aún no he cumplido veinticuatro horas aquí, pero… deberías prestar mayor atención a quienes te rodean. En especial a Leviatán. Él ha estado contigo desde el comienzo, ¿no es verdad? Ha sido muy gentil, aunque su cuerpo se encuentra realmente lastimado. Ha crujido cada uno de sus huesos durante el masaje y sus chakras estaban muy inestables. Dégel… espero que con esto pueda retribuir tu amabilidad.- Agregó al final, mirando al aludido.

La crítica había dejado a Kanon lidiando con una silenciosa amargura, mientras el par de sabios compartían otra mirada más allá de su comprensión. Porque sí, a pesar de ser un niño, Krishna ya exhibía las cualidades de un sabio, quizás, a la altura del mismo Dégel.

- Ya es tarde. Hora de volver.-

Murmuró, orgulloso, y se dio la vuelta tras despedirse de Crisaor con un gesto. Leviatán lo siguió instantes más tarde, luego de confirmar que Krishna estaría bien por sí solo.

En el camino al pilar del atlántico norte, ninguno cruzó palabra. Tampoco hablaron al momento de la cena y hubiera seguido así de no ser porque Kanon apareció en la habitación del de cabellos verdes cuando los relojes marcaron la medianoche.

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- ¿Acaso pretendes ignorarme por siempre? – Inició el diálogo con desdén y predispuesto a enfrentarse al mayor. No obstante, apenas logró que la mirada amatista se despegara de un libro que sostenía contra su pecho. Como el galo no hizo más, Kanon cerró la puerta a su espalda y quiso mostrarse imponente mientras avanzaba hasta el borde de la cama, como si quisiera demostrar que era superior.

- Has cambiado.-

Con esas dos sencillas palabras, el aguador anuló al gemelo. El geminiano no supo qué responder, su boca quedó semiabierta y todas sus intenciones de pelear se esfumaron. Alguien le había dado a Dégel alguna técnica mágica para hacerlo sentir pésimo con tan poco. Peor de lo que estaba dispuesto a admitir.

- Si no vas a hablar, ¿podrías al menos ayudarme? –

Sin darse cuenta, había terminado accediendo.

Un instante más tarde, Dégel se encontraba sentado en medio de la cama, con la espalda descubierta, y Dragón Marino yacía detrás de él, con las piernas cruzadas sobre la cama y las manos en los hombros ajenos.

- ¿Alguna vez has dado un masaje? –

- ¿Quién crees que soy? Mi vida no era mucho mejor antes de esto. –

- Eso significa que no.-

- Hmph.-

- Déjame ayudarte.-

- ¿Ayudarme a ayudarte? ¿De qué dem…? -

Sus palabras quedaron reducidas a un murmullo ininteligible cuando las manos pálidas aparecieron de entre la cortina de cabellos esmeralda y se posaron sobre las suyas para comenzar, de inmediato, a guiarlas con suaves movimientos.

- Esto es lo mismo que estaba haciendo Krishna.-

- Ni siquiera ha pasado un día desde que se conocen y ya se llaman por sus nombres, ¿qué sucede contigo? –

- Kanon…-

- ¡Es cierto! No puedes darle esa confianza a tus subalternos. Mucho menos a uno que no conoces.-

- Krishna no es mi subalterno. Es un general marina, por lo que, técnicamente, es mi superior. La experiencia es otro asunto.-

- Pero no lo conoces, demonios.-

- En eso te equivocas. Hemos conversado lo suficiente como para seguir diciendo que somos desconocidos.-

- ¿Cómo supo quiénes éramos tú y yo? –

- Se lo dijo Crisaor. ¿Nunca has conversado con Dragón Marino? –

- . . . –

- Yo solía hablar con la armadura de Ac… -

- Hey, recuerda lo que dijimos; nuestros pasados no existen. Y, por cierto, ¿de qué tanto podrían haber hablado? Fueron nueve horas.-

- De temas que a ti, abiertamente, no te interesan.-

- Explícate.-

- ¿Te importa saber que él es el hijo mayor de una familia y que debió dejarla atrás para cumplir con su destino? Escucha, no es porque lo haya dicho un recién llegado, pero estoy de acuerdo con él: deberías prestar más atención a quienes te rodean.-

- ¿En especial a ti? –

- Yo doy igual. Es el trabajo de un buen líder. Y puede significar la diferencia entre alcanzar tus sueños y no hacerlo.-

- Tsk, odio que utilices esa excusa.-

- Odias muchas cosas de mí. Me pregunto si hay…-

- ¿Si qué? –

- …Si te ha llegado la pubertad con retraso.-

- ¿Haa? –

- Te lo dije: has cambiado.-

- Han pasado cuatro años. La gente cambia, Dégel. No esperarás que siga siendo el mocoso de dieciséis.-

- Sigues siendo un mocoso; de veinte, pero mocoso al fin y al cabo.-

- El problema es que tú no cambias, por eso no lo comprendes.-

- … Kanon.-

- Qué.-

- Eres un niño.-

A pesar de estar concentrado en la conversación, no tuvo problemas para detectar el instante en que las manos ajenas dejaron de estar sobre las suyas y, casi al mismo tiempo, entendió que su comentario había sido redomadamente estúpido. ¿Que no cambiaba? Tenía que estar bromeando. Estaba hablando de Dégel de Acuario, un sobreviviente de la Guerra Santa anterior, ¿cómo jodidos podía decir que no había cambiado? Había vivido dos décadas antes de quedar congelado doscientos años y cuatro años más luego de eso. A todas luces, el que más tenía que haber cambiado era él.

En tres años, el silencio ajeno cada vez que metía la pata había comenzado a tener un efecto devastador para su moral, mas su orgullo no le permitía pensar en un modo de remediarlo. En esta ocasión, se mordió el labio inferior y quiso apartar las manos, pero su mirada se quedó atrapada en las cicatrices que exhibía su adverso en la espalda. Sin quererlo, su diestra dibujó una de ellas.

- ¿Tan terrible es la Guerra Santa? – Preguntó, a modo de evadir aquel fastidioso silencio.

- Creí que no debía hablar de mi pasado.- Recibió enseguida la respuesta que lo hizo fruncir los labios y el aguador aumentó distancias al levantarse para buscar la camiseta del pijama. El general permaneció sentado en la cama, observándolo.

- Me quieres fastidiar, ¿no es verdad? –

- No tengo deseos de hablar de esto ahora. Vete a dormir; luego no podrás si llegan los soldados…-

- No tengo sueño, no puedes obligarme.-

- Claro que puedo.-

- ¿Qué...? ¡¿Qué estás…?! ¡Bájame en este instante, Dégel! ¡¿Quién diablos te crees que eres?! ¡Soy tu superior! –

Al final, en la fría intimidad del pilar del atlántico norte, siempre cambiaban los ánimos.

Dégel no se cortaba en tratarlo como a un crío cuando le tocaba cierta fibra de su paciencia y Kanon terminaba cediendo a los berrinches y a una indignación que, hasta ahora, era inofensiva. Nunca lo había golpeado en serio en situaciones así. El problema fue que, como era de pronosticar, un miembro del ejército de Poseidon alzó la voz desde fuera del pilar, solicitando la instrucción del leviatán.

Dégel dejó a Kanon en el piso a medio camino y se volteó hacia la salida, pero el más bajo lo detuvo con un firme agarre del antebrazo, ganándose así una última mirada de parte del francés.

- Solo quiero que recuerdes una cosa: Yo te salvé la vida, por lo tanto me perteneces.- Aclaró, brillando con aquel aire de ferviente convicción.- Y no soy idiota. ¿Qué te preguntaste y no quisiste decirme? –

- Si había algo de mí que no odiaras. Con permiso, Dragón Marino; sus soldados me necesitan.-

Dégel susurró y se marchó, dejando a un Kanon desconcertado. El aguador ni siquiera había tenido que pensar para responder a su pregunta y lo había hecho de manera tan natural que hasta le había dolido en el orgullo. O quizás… no en el orgullo. Y mientras su teniente se alejaba del recinto para trabajar, el líder del ejército se quedó reflexionando en cama, pensando más de lo que creía saludable. Había sido un enfermo por malinterpretar lo de Crisaor aquella tarde y ¿era tan hostil con el de acuario que realmente creía que lo odiaba?

Porque no lo hacía. Dégel era su teniente, su secreto, su atajo a la cima y la clave de su victoria. Era su prisionero, su leviatán, era casi como un tesoro escondido en el fondo del mar.

Era suyo.

¿Cómo podía odiar algo que era suyo?

Estaba a punto de hacerse otra pregunta, pero se detuvo justo a tiempo. Aquello ya sonaría demasiado comprometedor. Lo último que necesitaba era comenzar a pensar en exceso y enredarse en sus propias ideas. Eso se lo dejaba a personas como Dégel o Krisaor, personas acostumbradas a reflexionar.

Decidió pasar por la ducha antes de irse a dormir, para así dejar tranquilo a su cerebro y deshacerse de la persistente sensación de las manos francesas sobre las suyas.