Saludos a todo el mundo. Por fin y luego de otros muchos meses de espera, traigo el siguiente episodio de Dragón y Mago. A mi defensa: fue un semestre perverso y detestable. Ahora estoy de vacaciones y soy un ser humano de nuevo.
No tengo mucho más que decir, salvo que espero que lo disfruten.
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Con la llegada de Krishna comenzaron a tomar forma otros aspectos del ejército de Poseidón, aunque no todos resultaron ser del agrado de Dragón Marino. El tiempo que Dégel pasaba en el Pilar del Atlántico Norte se redujo cada vez más ahora que debía distribuir su tiempo enseñándole al nuevo general asuntos adicionales al entrenamiento de los propios soldados. Kanon comenzó a resistirse a abandonar Atlantis con demasiada frecuencia ya que la presencia del moreno había revivido todas sus inquietudes, además de dar origen a algunas nuevas, como la absurda incomodidad que le producía verlos juntos cada vez que regresaba. Dégel se había adjudicado la responsabilidad de incluir al más joven en casi todas las actividades concernientes a la formación del ejército para fomentar la unión del bando; costumbre demasiado típica del Santuario como para que Kanon quisiera unirse. Lo suyo era destacar, mostrarle a todos que el líder era él y que no estaba dispuesto a aumentar las confianzas con sus hombres. En eso era diametralmente opuesto a Leviatán y quizás a ello se debía la creciente demanda de él que hacían los demás.
De hecho, uno de los eventos más insólitos de la facción marina había tenido lugar al poco de que Krishna se ganara un espacio en la memoria colectiva. Había comenzado como un evento esporádico, pero con tan buenos resultados que, finalmente, se había vuelto una costumbre al final de cada semana: Todos los soldados se reunían a los pies del santuario de las escamas, sitio del que Dégel era cuidador, y se dedicaban a contar relatos. Crisaor había sido el primero, pues su cultura era lejos la más desconocida y llamativa. Luego, cada hombre hacía su aporte según la confianza que hubiera obtenido con el tiempo. Hasta que la comunidad puso su atención en el oyente más silencioso de todos: el mismo Leviatán. Kanon, que había pasado de ser el gruñón en negación a pararse en un pilar cercano a "convivir", estuvo a punto de finalizar la reunión en un arranque de ira y alerta, pero su teniente hizo gala de una elocuencia desconocida hasta ese momento y dejó al público deslumbrado con su discurso de una época remota y mística, del transcurso de los siglos y de cómo había sido testigo de todo ello sin necesidad de abandonar la Atlántida. Si el general de cabellos azules no le hubiera conocido lo suficiente, también lo habría creído y fue por esa misma razón que su admiración hacia él se incrementó un poco más. Con eso, había quedado implícito que Dégel era en realidad una entidad secular y misteriosa, un verdadero erudito.
Ni siquiera el Dragón Marino logró contenerse los elogios durante la noche, mientras le procuraba los masajes que Krishna había logrado grabarle en la cabeza a base de insistencia. Al mismo tiempo, Dégel devoraba con elegancia una versión francesa de La Eneida que su general había conseguido no con poco esfuerzo.
- No logro entender cómo eres capaz de leer tanto con el escaso tiempo libre que tienes.- Empezó la conversación de esa noche el más joven de los dos, a la par que se esforzaba por recordar los puntos exactos que debía presionar según las indicaciones del peliplata.
- La mayoría de las veces lo hago cuando vigilo las escamas o cuando estoy aquí contigo, aunque hay ocasiones en que leo para los soldados… Un poco más a la izquierda, vas a romperme una vértebra si aprietas tan fuerte.- La explicación se vio interrumpida por la sugerencia, a lo que Kanon cambió la postura de sus manos en silencio. Unos segundos después, el galo se relajó.- Has mejorado mucho.-
- Es de esperarse.- Sentenció el aludido con un deje de orgullo, mitad de soberbia habitual y mitad de satisfacción genuina por el cumplido.- Por cierto, lo que hiciste allá atrás no estuvo nada mal, lo reconozco.-
- Tenía que encontrar algún modo de ser honesto, no me reconforta saber que estoy engañándolos a todos.-
- Es un pequeño sacrificio a cambio de mucho. Lo sabes.-
- Cada día suenas más como un líder. Tus progresos son dignos de reconocimiento… no tanto así tus manos. Lo has vuelto a hacer.-
Leviatán renegó en el último segundo, pero a Kanon, lejos de molestarle, le satisfizo, pues advertía lo que pasaría a continuación: Dégel le sostuvo ambas manos y las guió hasta el sitio indicado para luego señalarle el ritmo óptimo. Lo mismo ocurría casi a diario y más de la mitad de las veces lo hacía el menor a propósito para fastidiar a su teniente, según él; cuando, en realidad, disfrutaba del contacto fresco de su piel más de lo que él mismo creía. Así, la atmósfera entre ambos se hacía íntima, cada vez un poco más. Sin embargo, una pulsación en el aire acabó abruptamente con el momento e hizo al ex paladín de Acuario saltar como un resorte para dirigirse a la salida.
El gemelo maligno tardó dos segundos en seguirlo y solo logró presenciar el ascenso de una estrella fugaz que desapareció en el cielo de agua. Dégel y Krishna se encontraron en el santuario de las escamas, ambos con expresiones ansiosas que no dejaban lugar a dudas:
- La escama de Hipocampo se ha marchado.-
Y eso solo podía significar una cosa: En menos de dos meses, podrían contar con la presencia de un nuevo general.
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La suposición fue acertada. Un mes y medio más tarde, los soldados dieron el aviso de que se aproximaba un muchacho vistiendo el traje sagrado. Para su bienvenida, se repitió el ritual del año anterior: Se formó un círculo de espectadores a los pies del santuario, presididos por Dégel y Krishna. En la cima de las escaleras estaba Kanon, observándolo todo con aquel aire de superioridad al que sus hombres se acostumbraban sin problemas.
Al cabo de unos minutos, se presentó una figura de cabellos castaños y mirada vivaz. La formación que habían adquirido en grupo le permitió suponer que debía dirigirse hacia las dos figuras que aguardaban en el centro.
- Bienvenido a la Atlántida, Hipocampo. Yo soy Leviatán y él es Crisaor. Allá arriba se encuentra Dragón Marino.- Como estaba estipulado, el primero en hablar fue el de cabellos verdes. Krishna profirió una reverencia silenciosa y Kanon únicamente dejó salir un bufido. El nuevo general no era más que un niño.
- Saludos, mi nombre es Baian y provengo de Canadá; es un honor conocerlos.-
Con esa breve introducción que hasta podía calificarse de tímida, el general de cabellos azules supo que se enfrentaría a una nueva realidad.
Baian le enseñó que no era tan cercano a Dégel como pensaba.
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Con la presencia del tercer general, Kanon perdió toda excusa para evitar que Dégel se marchara hacia el pilar central por un tema de disponibilidad. La mudanza se llevó a cabo el día siguiente y dio pie a que el vínculo entre el canadiense y el francés se fortaleciera: en el último trayecto, se cayó uno de los libros de la extensa colección que Dragón Marino había juntado para mantener distraído a su cautivo. Baian se había detenido a recogerlo y no menor fue su sorpresa cuando descubrió que podía entender lo que estaba escrito. Aún siendo un general, no pudo contener el entusiasmo infantil propio de su edad cuando Leviatán afirmó que también hablaba aquel idioma.
Por segunda vez, al de géminis le desagradó tener tantos soldados pues no faltaron manos dispuestas a ayudar con el traslado de las pertenencias del teniente y en un solo día estuvo listo el espacio del pilar central en el que habitaría. Kanon decidió guiar al escuadrón que iría a la superficie a conseguir alimentos, más para desahogarse que por gusto: estaba seguro de que no podría mantener la calma si seguía viendo la sonrisa afable que su prisionero le dirigía al mundo entero.
No obstante, al volver, se sintió el doble de enfermo. Krishna había tomado la tutela del ejército como hacía después de cada almuerzo para dirigir una meditación con tal de dejar a Hipocampo y a Leviatán a solas. El par se encontraba en la habitación del antiguo paladín de acuario, pero Kanon no hizo la misma idiotez que con Crisaor y aguardó tras la puerta un poco más. Así fue que se ganó una sorpresa igual de grande, pero que lo perturbó de una forma muy distinta: Dégel estaba riendo.
- Nunca imaginé que podría hablar francés con alguien de aquí.- Aquella era la voz infantil del novato.- Pero tu forma de hablar es muy extraña.-
- Es porque se trata del francés que se hablaba hace doscientos años.-
- ¡Estás bromeando! ¿Lo dices en serio? ¿Por qué conoces el francés de hace doscientos años?
- Porque he vivido mucho tiempo. Tanto, que no lo imaginarías.-
- Me quieres tomar el pelo.-
- Non, he estado aquí desde el inicio de los tiempos. Pero basta de hablar de mí. ¿Te parece si hacemos un trato? Yo te enseñaré a hablar griego y tú me ayudarás a corregir mi francés.-
- ¿Conoces muchos idiomas? -
- Oui, me agrada saber un poco de todo. Gracias a los libros, incluso sé de estrellas.-
- ¡Eso me recuerda cuando…!
No fue capaz de seguir escuchando. Dragón Marino se retiró en silencio del recinto y se dirigió a comer a su propio pilar, lejos del bullicio de los soldados. Bullicio que llegó a extrañar cuando la soledad de su territorio se alzó sobre él como una sombra asfixiante.
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Para su sorpresa, Leviatán apareció durante la noche en el pilar. No pudo evitar darle un recibimiento algo arisco, resentido por Zeus sabría qué motivo, pero el temple inquebrantable del aguador logró sosegarlo y, antes de que se diera cuenta, estaba a su merced. Dégel lo llevó a su habitación y se dispuso a ser él quien daría el masaje de esa jornada. Entre desdén y curiosidad, el gemelo no supo cómo negarse. Y no tardó en agradecerse el no hacerlo hecho, pues el tacto frío y suave de las manos ajenas lo llevó a un grado de relajación que jamás había conocido. Si no hubiera sido tan soberbio, habría expresado el placer que sentía con un ronroneo.
- Tal parece que no existe alguien con quien no puedas entablar amistad.- Por el contrario, tenía que hacer el comentario atacante.
- Es agradable tener a alguien con quien hablar en mi lengua materna.- Reconoció el galo con una voz demasiado acorde con los pausados movimientos. Tanto, que a Kanon se estremeció de pies a cabeza.
- Creí que no sabías como reírte.-
- ¿Hn? –
- ¿O es que no tenías motivos para hacerlo antes de que llegara Hipocampo? –
- ¿De qué estás hablando? -
- ¿De qué estoy hablando? ¡Jamás te has reído desde que estamos aquí! – No pudo contenerse el ladrido. Le molestaba, le irritaba de sobremanera ver que era más feliz conforme llegaban más personas.- Krishna te hizo sonreír antes de siquiera saber su nombre y ahora Baian te ha hecho reír como si lo hubieras hecho toda la vida. ¿Tienes un problema conmigo? –
- No puedo reír al lado de alguien que tampoco lo hace.-
Con eso, Kanon se quedó sin palabras.
Antes de que pudiera hilar otra excusa, Leviatán abandonó el lecho y caminó hasta la puerta, desde donde le dirigió una mirada llena de paciencia y ternura, como si supiera lo que le pasaba mejor que él mismo.
- Será mejor que me marche.- Susurró.- Por cierto, no será necesario que te preocupes más de esto.- Agregó, refiriéndose a los masajes.- Krishna se ha ofrecido a hacerlo ahora que me encuentro en el pilar central. Así que dejaré de molestarte con…-
- ¡Eso jamás! –
Antes de que pudiera terminar la oración, el general se salió de la cama con vehemencia y lo sujetó de los hombros para darle un fuerte empujón contra la puerta. El aguador dejó salir un quejido, pero no se defendió del estallido del gemelo.
- ¡No dejaré que nadie te toque! Me perteneces, ¡eres mío! Y no me importa tener que romperle la cara a otro…! –
Esta vez, el que no logró terminar su alegato fue Kanon. Como si su ira fuera la llama de una vela y los brazos del más alto fueran un soplido, el de cabellos azules se quedó en silencio cuando su teniente lo atrajo en un abrazo tan delicado, tan sutil, que casi creyó que había sido una ilusión cuando terminó.
En algún momento, Dégel se marchó, pero el general no logró recordar cuándo ni cuánto tiempo más se había quedado frente a la puerta cerrada de su habitación, con el corazón corriéndole a mil revoluciones y con las mejillas hirviendo, ahí donde Leviatán había dejado una caricia antes de salir.
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A la mañana siguiente y después de recordar que el ex santo de acuario ya no vivía con él, Dragón Marino se presentó en el pilar central antes de marcharse a buscar nuevos soldados. Lo encontró en la parte trasera, en el santuario de las escamas, supervisando el entrenamiento de los dos generales.
- Dégel.-
Le llamó. Pero algo distinto había en su voz, lo suficientemente notorio como para que los tres se giraran a verlo con disimulada sorpresa.
- Buenos días, ¿qué sucede? – Como era usual, el aguador parecía no darle excesiva importancia.
- Iré a comprar algunas cosas, ¿necesitas algo? –
- Oh… sí. Ya no quedan libretas. ¿Podrías traer una? –
- Bien. Ah, y, Dégel… -
- ¿Sí? -
- Cuando vuelva, enséñame a hablar francés.-
Kanon se marchó luego de decir eso y sin siquiera esperar una contestación. Crisaor, Hipocampo y Leviatán se observaron con el desconcierto plasmado en sus rostros y lograron volver al entrenamiento tras asimilar lo que había sucedido.
Esa tarde, ninguno de los marinas tuvo reparos en calificar al de cabellos verdes como un mago.
