Aclaración: Los personajes y todo aquello que identifiquen pertenece a J.K. Rowling, sólo la trama es mía, producto de mi retorcida mente.

Antes que cualquier otra cosa, quiero agradecer a quienes me regalaron un review en el capítulo anterior : ), de verdad, no tienen idea de lo feliz que me hace abrir mi correo y ver los mensajitos de fanfiction n.n

Como sea, este es el segundo capítulo, espero que lo disfruten.

En cuanto pueda me pongo a responderles!

"Cuando los caminos se tocan irremediablemente, entonces es cuando podemos hablar de destino."

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La taberna apestaba a humo de tabaco, alcohol y estiércol de los caballos atados fuera de la ruinosa puerta de madera del lugar; sobre las mesas ardían velas posadas burdamente sobre botellas vacías, y allá, en la barra, un anciano de cabellos blancos limpiaba con calma las botellas y los odres polvorientos rellenos de cualquier tipo de licor barato.

Ronald, cubierto de pies a cabeza con su sobretodo negro, atravesó el lugar ignorando las impertinencias de los borrachos diseminados por todo el sitio y se dirigió hacia la última mesa, aquella que quedaba parcialmente oculta por lo que algún día fueron unas cortinas blancas.

En cuanto tomó asiento sobre la mugrienta silla una chica escasa de ropas fue a posarse sobre sus piernas, exhibiendo sin pudor alguno sus prominentes pechos apretados sobre las cintas del corsé.

-Esta noche no, Margueritte.- susurró el hombre clavando un beso sobre los repintados labios de la mujerzuela al tiempo que introducía un galeón en medio de su escote.

Dada por satisfecha, Margueritte se retiró al tiempo que un nuevo individuo tomaba asiento en la silla frente a Ronald, igualmente cubierto por completo con una pulcra capa negra.

-Y bien, Ronald, ¿Qué noticias me tienes?.- preguntó el recién llegado clavando sus intensas pupilas grises sobre las azules del joven.

-Las mazmorras están listas.- informó Ronald, con gesto serio.- Hay todo un complejo de túneles subterráneos recorriendo las entrañas de la ciudadela en este momento.- Él mismo había supervisado su construcción, palmo a palmo, durante meses, y ahora la gran obra estaba terminada.

Ronald observó la sonrisa de su Majestad, Lucius Malfoy, sin comprender en su totalidad de qué iba todo aquello. No podía imaginarse qué fin tendrían aquellas salas de tortura brutales que el Rey había hecho instalar por todo el reino, es decir, a parte de lo obvio, el joven lord Weasley no sabía aún "quienes" serían los huéspedes de semejantes aposentos.

-Me complace tu trabajo.- aseveró el Rey, colocando discretamente un pesado saquito de terciopelo negro sobre la mesa.- considera esto un regalo de la Corona.

-¿Hay algo más en lo que pueda servirle?.- preguntó el lord reservándose el deber de dirigirse a su Alteza por su título, pues intuía que no sería muy favorable poner de manifiesto la presencia del Rey en semejante tugurio.

-No más de lo que ya hemos acordado.- respondió Lucius, con la mirada perdida sobre la vela que iluminaba el rudo mesón de madera.- ¿Cómo vas con las alianzas? ¿Ya hay suficientes reclutas para nuestra noble causa?

-He estado en negociaciones con algunos… candidatos.- informó el joven, reprimiendo un escalofrío.- esta semana cerraré las alianzas con la mayoría de ellos; como usted comprenderá hay algunos un poco difíciles de persuadir.

Lucius esbozó una sonrisa mezquina, arrojó un par de galeones sobre la mesa y se puso de pie.

-Espero mejores noticias al final de la semana.- dijo al tiempo en que se encaminaba hacia la salida de aquel sombrío lugar.

Ronald aguardó unos minutos más sopesando la situación cómodamente repantigado sobre la silla. ¿Para qué querría el Rey formar alianzas con semejantes… individuos? ¿Qué propósito podrían tener tantas y tantas salas de tortura? Con un movimiento fugaz deslizó el saquito negro entre su capa, escuchando el tintineo apagado de los galeones, ¿Qué más daba lo que quería ese anciano mezquino? Mientras él estuviese recibiendo tan generosa paga, poco podía importarle realmente los planes de su Majestad.

Finalmente salió de la mugrienta taberna y se encaminó a los establos, perdiéndose en la obscuridad.

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La noche caía cerrada sobre sus cabezas, sin embargo, el palacio mayor de Eilën Dracöiz refulgía con la belleza de una estrella en la obscuridad.

Miles de hadas, reales, iluminaban los jardines como pequeños fuegos artificiales inextinguibles; varios millares de velas flotaban al interior del salón principal, bañando cada rincón con su luz dorada; los imponentes estandartes de verde y plata ondeaban enhiestos a lo largo del techo y a uno y otro lado del sendero que conducía a la entrada principal; incluso se encontraban atadas a ambos lados de la puerta, vigiladas por varias docenas de domadores expertos, las mascotas predilectas de su majestad: Un robusto Colacuerno Húngaro y un imponente Galés Verde que cada tanto lanzaban increíbles llamaradas creando un impresionante arco de fuego justo sobre la entrada.

Desde el negro carruaje de ébano Hermione observó aquel derroche de magnificencia, y no fue sino hasta que observó el escudo de armas del Príncipe heredero izado en lo alto del castillo que sintió curiosidad por el chiquillo que tantas cartas le había escrito durante su infancia. Qué lejano parecía aquello ahora, tan lejano que apenas unas horas atrás había considerado la trascendencia de su fugaz amistad con el principito desvalido.

El sol entraba a raudales por las amplias ventanas del vestidor, mientras las criadas se afanaban en zurcir y engalanar los hermosos vestidos que las señoras usarían por la noche. Hermione y Ginny permanecían quietas sobre los banquillos de peinado, aguardando mientras manos expertas peinaban con cuidado sus cabellos.

-¿Ni siquiera un panecillo?.- preguntó Ginevra con voz casi infantil.- Uno pequeñito.- rogó, con sus enormes ojos avellana contemplando con súplica a su cuñada.

-No, ya te he dicho que cuando una quiere entrar en uno de esos malditos corsés sin morir de asfixia no puede comer demasiado.- reprendió Hermione con una sonrisa.

Con todo el asunto de las barbas de ballena utilizadas para dar formas a esos pequeños hijos de puta corsés, por regla general debía ayunarse prácticamente todo el día a fin de no sufrir algún desmayo por la falta de aire al momento de utilizarlos. A Hermione, personalmente, le parecía una completa idiotez tener que pasar tantas incomodidades por utilizar una prenda que ni siquiera era cómoda, sin embargo tampoco podían presentarse en el palacio vistiendo un saco de papas como si nada.

-¡Pero si no hemos comido a penas nada!.- protestó la pelirroja con un puchero.

-¡Oh, por Merlín! Comimos pan, queso y vino, eso es suficiente.- objetó la castaña.

-Eso fue hace más de diez horas.- reclamó Ginny fulminándola con la mirada.

A pesar de la mirada asesina de la pelirroja, los pensamientos de Hermione comenzaban a volar más allá del estúpido corsé, vagando sin detenerse a la correspondencia furtiva que alguna vez tuviera con el futuro Rey; una sonrisa involuntaria escapó de sus labios al recordar los deseos de Draco Malfoy por convertirla en su reina o huir tan lejos que nadie pudiese encontrarlos. Se sorprendió al recapitular sobre el paso del tiempo, qué lejos habían quedado aquellos sueños… en realidad, qué lejos habían quedado todos sus sueños; finalmente la realidad la había alcanzado y ya no había marcha atrás.

Para estos tiempos el Príncipe seguramente sería un imbécil con aires de grandeza, tan acostumbrado a ser servido por todo el mundo que seguramente no sabría ni limpiar la mierda de su Real culo. ¡Hey, con calma!, se reprendió a sí misma, sintiendo un poco de vergüenza por juzgar tan duramente y sin fundamentos a alguien que, fuese como fuese, le había brindado su amistad sincera durante algún tiempo. Como fuera, tampoco es como si asistiese a esa dichosa fiesta para ver los estragos del tiempo sobre Draco Malfoy, sino para ayudar a una noble causa que probablemente acabara con la vida del príncipe en algún momento.

Con un suspiro Hermione regresó a la realidad, deseando con toda el alma que el futuro Rey fuese un completo cretino de mierda para no sentir tanta pena cuando Ginny tuviera que deshacerse de él.

Indiferente a los pensamientos de la castaña, el carruaje se detuvo justo al pie de la impresionante escalinata de piedra que precedía al castillo; un joven mozo elegantemente ataviado abrió la puerta y con gesto caballeroso le tendió la mano para ayudarla a bajar.

Apenas dio dos pasos y se arrepintió de haber acudido a la dichosa fiesta con semejantes kilos de tela encima. El vestido era hermoso, voluminoso, sí, pero muy bello; el sólido raso blanco del corsé se fundía delicadamente con el suave satín de la enorme falda, transformándose poco a poco hasta llegar al ruedo, de un impresionante color rojo sangre. Un momento después, Ginny se colocó a su lado, luciendo una expresión de total desagrado al verse envuelta en las vaporosas telas verde oliva de su atuendo.

-Más vale que cambies esa cara de troll con derrame cerebral, o ningún Caballero, por idiota que sea, querrá casarse contigo.- advirtió la castaña susurrando al oído de Ginny con voz burlona.

-¿Así está mejor, mi Lady?.- contraatacó la pelirroja, logrando una sonrisa tan dulce y natural que Hermione sintió auténtico miedo por ese pequeño demonio que era su cuñada.

Escoltadas por los mozos de palacio se internaron en la fiesta al tiempo en que colocaban sobre sus rostros idénticos y sencillos antifaces, rojo para Hermione y verde para Ginevra.

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Para aquellas horas, seguramente estaría comenzando la recepción en el castillo de la ciudadela, a la que por supuesto él no podía asistir; no solo porque había mentido a su desesperante esposa diciendo que viajaría a la costa, sino porque tenía cosas mucho más placenteras en qué pensar.

A lomo de su montura, un enorme caballo cobrizo de crines largas y onduladas, Ronald Weasley prácticamente volaba sobre la ribera del río; el sudor empapaba su cuerpo, haciendo notar a través de la fina camisa de lino un abdomen marcado de músculos perfectamente definidos, pectorales firmes, brazos fuertes y una espalda poderosa. El viento agitaba sus largos cabellos ondulados, rojos y brillantes en contraste con sus azules pupilas y la blancura de su piel.

A pesar de la calma que le ofrecía la noche, no pudo evitar pensar en las interrogantes que lo acosaban desde que había puesto sus… habilidades al servicio de su Majestad. ¿Quién iba a pensar que terminaría sacando tan buen negocio precisamente por entregar a su familia? Siete gitanos, cuyo parentesco obvió el Rey solo para conservarlo bajo su servicio. Si en algún momento hubo arrepentimiento alguno, fue brutalmente borrado de su mente al recibir por primera vez en la vida el dinero y la posición que él sabía que merecía.

Por Merlín, solo un idiota podría haber aceptado vivir como una escoria marginal solo para permanecer con su patética familia venida a menos.

Como fuera, lo que ahora no le permitía relajarse plenamente era precisamente las encomiendas que su Majestad había depositado en él.

Primero fueron simplemente las capturas; aún recordaba su estupefacción cuando su Majestad, sin que él fuese ningún tipo de guerrero, le había enviado a supervisar la aprehensión de una infinidad de magos y brujas de las numerosas aldeas del reino. Habían apresado tanto jóvenes como ancianos, todos trasladados sin juicio previo hacia una vieja fortaleza del ejército que ya ni siquiera era utilizada. Después fue la construcción de las salas de tortura, o mazmorras, como a Lucius le gustaba llamarlas: una serie de túneles con cientos de celdas a cada lado que corrían bajo la ciudadela principal, alternándose cada tanto con enormes anfiteatros subterráneos cuyo futuro uso desconocía por completo. Para ello se había destinado a los prisioneros, quienes habían sido la mano de obra sin paga encargada de construir semejante proeza arquitectónica.

Estaban también las famosas alianzas, claro, aunque el tema que verdaderamente le parecía más allá de lo extraño eran las misiones de exploración. Un par de meses atrás, provisto de una pequeña comitiva, había visitado uno por uno los reinos muggles de toda Britania, reportando al Rey todo tipo de datos, población, tipo de gobierno, leyes y riquezas. ¿Con qué fin? ¿Para qué serviría aquella información a su Majestad? No lo sabía, y más allá de mera curiosidad, realmente tampoco le importaba, y tampoco era ni el momento ni el lugar para entrar en especulaciones retorcidas.

Saliendo de sus divagaciones de pronto se encontró frente a una impresionante extensión de agua se abría ante su vista, un espejo perfecto que reflejaba detalladamente cada rayo de luna sobre su superficie; disminuyendo el paso del caballo desvió por la orilla del lago y continuó su travesía hacia la orilla opuesta, la frágil vereda era propia de un cuento de hadas, iluminada por motas de luz y los rayos lunares filtrados entre los árboles bañando todo de plata; disminuyó el ritmo de la cabalgata y aspiró con deleite el aroma a tarta de melaza que inundaba el ambiente.

Se dibujó entre las sombras una pequeña casita, un recinto de ensueño; un delicado camino de piedras grises y azules conducía a una morada de aspecto fantasioso, una curiosa chimenea sobresalía por uno de los muros exhalando un humo casi violeta de apariencia suave y con olor a lavanda, el techo de tejas deslavadas caía en parte aguas desde la parte superior de la construcción, una enredadera crecía libre al pie de una ventana y caprichosas flores coloridas iluminaban a los gnomos correteando en el jardín. En las ventanas se adivinaba un fuego cálido y apacible a través de las amarillentas cortinas de encaje. Llegado al arco de entrada bajó del caballo, se ciñó la capa y acomodó sus cabellos descuidadamente; con una floritura de la varita apareció un inmaculado ramo de rosas blancas atadas con un lazo azul. Avanzó sobre el camino de piedra y abrió la puerta de aquella extraña casa, unos brazos pálidos se enroscaron a su cuello y una larga melena platinada cubrió sus hombros, sus labios delgados y fríos se unieron a unos completamente cálidos, suaves y rosados; después de algunos momentos se separaron y unos ojos tan azules como los suyos lo observaban con absoluta adoración. Por fin en casa, pensó Ronald.

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A pesar de encontrarse siete pisos por encima de la concurrencia, el murmullo de la fiesta llegaba hasta sus habitaciones; era sencillamente idiota esperar que toda aquella gente festejara la llegada de un príncipe al que ni siquiera conocían y que el se sintiera honrado por el reconocimiento de un montón de lame botas que no le interesaban en lo más mínimo.

Y no es que no le importara su reino, de hecho le importaba demasiado, solo que para él las personas indispensables no eran el grupo de aduladores que se reunía hoy en el castillo, sino aquellos que mantenían funcionando día tras día el reino de sus ancestros.

Para Draco Lucius Malfoy el valor de Eilën Dracöiz no radicaba en sus nobles, los títulos o las relaciones, sino en el campesino que labraba la tierra, el comerciante que abastecía las mesas de cada familia, el soldado que peleaba por su pueblo, y toda la gente que a pesar de vivir con carencias y necesidades se sentía orgullosa de pertenecer y trabajar para el imperio que su familia había forjado.

A ellos es a quienes deberíamos hacer una fiesta, pensó para sí, no a estas malditas sanguijuelas que no son capaces de trabajar ni para ganar el agua que se beben.

-¿Su Alteza ya está listo para que sus Reales pelotas sean lamidas por cada aristócrata de este reino?.- preguntó una voz desde la puerta con tono burlón.

-Vete a la mierda.- respondió escuetamente el príncipe, intentando por enésima vez acomodar su estúpida corona de la forma correcta.

-¡Oh, vamos, olvida las lamidas a tus reales bolas ¡tengo hambre!.- protestó el joven de cabello negro y profundos ojos verdes acercándose al príncipe.

-Tu siempre tienes hambre, Potter, y no comerás a menos que encuentre una forma de que esta maldita cosa quede derecha.- amenazó el joven señalando la sencilla corona de plata y esmeraldas que oscilaba sobre su cabeza.

-Eres el futuro Rey, ¿no? ¿Qué más da si está chueca? Puedes decir que es una costumbre que adoptaste en la corte del lejano reino de Pottermoore.- aseguró el pelinegro con total seriedad.

-Ese reino no existe, y si existiera, seguro que no tendría un nombre tan ridículo.- objetó el príncipe enarcando una ceja elegantemente.

-Ese es el punto.- explicó el chico esbozando una sonrisa maliciosa.- Ellos no saben que no existe.

Draco soltó una carcajada sincera, acomodó la maldita corona de cualquier manera y se encaminó hacia la recepción junto con su mejor amigo y futuro consejero Real.

-Y solo para que conste, Pottermoore es un nombre genial.- acotó el caballero mientras se acercaban a las puertas del salón.- Algún día alguien nombrará así algún reino, y te aseguro que todos querrán vivir en él.

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Toda la nobleza mágica se encontraba ahí, poco a poco el recinto se había ido llenando de Lores, Ladies, Sires, Condes, Duques y demás títulos pomposos, de tal manera que ahora Hermione y Ginevra compartían la mesa con un grupo de ancianas de aspecto cretino, que se dedicaban a mirar con reprobación cómo Ginny acomodaba sus senos dentro del corsé descaradamente, sin saber que lo hacía precisamente con la intención de molestarlas.

-Deja de hacer eso.- murmuró la castaña al oído de su cuñada con reprobación.- No sabemos si tu desconocido futuro esposo está mirando.

-¿Y a quién le importa?.- protestó la pelirroja sonriendo con malicia.- Será un incentivo para él saber que éstas serán suyas.- dijo apretando sin pudor sus senos entre las manos.

-También sería un incentivo para él saber que no han sido ya admiradas por todo el reino.- objetó la castaña sin mirarla, fingiendo una sonrisa mientras respondía a lo lejos el saludo de uno de los amigos de su esposo.

-Bah, le quitas todo lo divertido.- refunfuñó Ginny, dejando en paz sus atributos.

En ese momento, desde algún lugar cercano a la mesa principal, el tintineo de una copa captó la atención de todos los presentes, mientras un joven de aspecto esmirriado, vestido elegantemente, hacía su aparición al centro del salón.

-Su Majestad, Lucius Abraxas Malfoy, soberano de Eilën Dracöiz, desea dirigirles algunas palabras.

El silencio se hizo presente en el lugar y un hombre de imponente estatura y cabellos platinados tomó sitio frente a la mesa principal. Lucius Malfoy podría ser un bastardo, pero definitivamente ilustraba a la perfección el aspecto que debía tener un auténtico Rey.

Sus cabellos rubios, casi blancos caían con soltura sobre su espalda, contrastando con la túnica negra y plata que envolvía su varonil figura; la corona se ceñía de una forma tan natural sobre su frente de alabastro que parecía haber nacido para portarla, y a juzgar por su gesto prepotente seguramente él pensaba que había sido así. Los ojos grises del monarca se pasearon sobre toda la concurrencia sin observar a nadie en especial para finalmente detener su mirada sobre la puerta principal del salón.

-Es para mí un honor contar con su presencia esta noche, que celebren conmigo mi dicha y compartan mis alegrías.-Los ojos grises del rey paseaban de un lado a otro de la estancia, mientras Hermione escuchaba la sarta de blasfemias que Ginny profería contra él en voz baja.- Si este reino ha prosperado es por ustedes, por su noble sangre regando los campos del progreso de nuestra raza. Y es en honor a esa magnificencia que me complace anunciar el inicio de una nueva era para todos aquellos que llevamos dentro de nuestras venas el legado mágico que fuera concedido a nuestros ancestros desde la noche de los tiempos; no habrá progreso sin sacrificios, no habrá grandeza sin esfuerzo, y no ha de forjarse la historia sin que cada uno de nosotros escribamos de nuestro puño y letra sobre sus páginas. Mis muy estimados súbditos, Eilën Dracöiz emprende su camino a la inmortalidad, y esta noche todos serán testigos de su comienzo. Me complazco en brindar la bienvenida a mi hijo, Draco Lucius Malfoy, el único y legítimo heredero a este trono.

En ese instante, traspasó las puertas el hombre más hermoso que Hermione había visto nunca. Sí, hermoso, no afeminado ni andrógino, sino hermoso, bello de la manera viril en la que solo puede serlo el más perfecto de los hombres.

El príncipe superaba en estatura incluso a su padre; su cuerpo era firme, fuerte y atlético, sin embargo, a pesar de su imponente talla se movía con una elegancia casi surrealista, reflejando seguridad absoluta en los ojos de plata que adornaban su rostro de piel tan blanca como la leche. Todo, desde el despeinado cabello rubio hasta las afiladas facciones, inspiraba respeto y seducción a partes iguales.

Y a Hermione… a ella le inspiraba decir Si a todo cuanto saliera de sus delgados y pálidos labios.

El príncipe hizo una respetuosa reverencia ante su padre, y después saludó con gesto elegante a toda la concurrencia, cruzando a penas un instante su mirada de acero con los ojos marrones de la castaña.

Ante esto, las mejillas de Hermione se tornaron sonrojadas y desvió la mirada, abofeteándose mentalmente por estar babeando como una idiota por un tipo que probablemente solo había vuelto para joder más al pueblo.

En ese momento, antes de que pudiera seguir ridiculizándose a sí misma, Ginny llamó su atención con un discreto toque sobre su hombro, instándola a mirar al caballero que atravesaba el lugar ahora.

Era un joven de cabello azabache con ojos de esmeralda, verdes, oscuros y refulgentes, su complexión era similar a la del príncipe, pero su postura no era tan agraciada como la del rubio, por el contrario, era desafiante y orgullosa, propia de un guerrero consumado en las artes del combate. Sobre su rostro se dibujaba una sonrisa despreocupada y sus andares eran bruscos, pesados y varoniles.

Ginny dejó escapar una sonrisa en cuanto lo vio tomar asiento junto al príncipe, se inclinó hacia su cuñada y susurró con voz dulce "¿Qué te parece mi futuro esposo?".

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La noche sin luna se cernía sobre el campamento mientras el crepitar del fuego acompañaba la voz de los hombres que ahora descansaban en torno a la hoguera; habían instalado las tiendas junto a un río de aguas claras justo después del ocaso, agotados por la cabalgata desde la costa.

Daphne Greengras se encontraba sentada sobre una roca cercana al fuego; sin las ropas de combate parecía una de esas ninfas del bosque con sus largos cabellos rubios que casi siempre permanecían trenzados sobre su espalda ahora sueltos sobre sus hombros. La luz dorada de la hoguera iluminaba su piel de seda, convirtiéndola en una auténtica visión divina, con su suelto vestido de gasas blancas largo hasta los tobillos y los pies desnudos disfrutando del tacto del musgo suave que crecía por todos lados. Sólo le falta una de esas coronas de flores, pensó Theodore Nott, que la observaba detenidamente mientras salía de su tienda, sí, la corona y que alguien le quite esa maldita espada de la mano. El príncipe esbozó una sonrisa resignada mientras se encaminaba hacia la chica; esa apariencia de doncella virginal y desvalida era solo eso: apariencia. Él mejor que nadie era testigo de las numerosas vidas que habían sido segadas por esas manos pequeñas y delicadas. Daphne era como un diamante, hermoso pero indestructible.

Tomó asiento junto a la rubia y la observó más detenidamente aún, percatándose de que bajo la delgada tela se transparentaban un par de pequeños y rosados pezones.

-No es posible que andes por ahí mostrando tus… intimidades sin que nadie te diga nada.- murmuró el joven sacándola de su exhaustivo análisis del mapa que descansaba sobre sus piernas.

-Primero, no son intimidades, el cuerpo humano es algo natural, no deberíamos ser los únicos animales en el mundo que se avergüenzan de su naturaleza.- objetó la chica, volviendo sus ojos verdes hacia los de él.- y segundo, quiero ver que alguno de estos brutos voltee a verme de manera sucia sin que su cabeza termine ensartada en mi lanza.

Lo cierto es que ninguno de sus guerreros se atrevería jamás a faltarle el respeto de aquella manera, y no es que ignoraran las formas que se escondían bajo las armaduras, sino que sencillamente ella haría efectivas sus promesas de castración sin anestesia.

-Como sea, deberías ponerte uno de esos… cosas para chicas, para que no se te vean los emmm…- Theodore Nott pareció ligeramente abochornado mientras buscaba la palabra correcta.

-Pezones, Nott, pezones.- dijo ella rodando los ojos.- Por Merlín, no puedes ser tan mojigato; le chupaste los pezones a tu madre cuando naciste, y luego a la nodriza, y después a sabrá Morgana cuántas mujeres más, así que di las cosas como son.

-Mierda, ¿es que uno no puede tratarte como a una chica?.- replicó el joven entornando los ojos.- Solo intentaba hablarte con propiedad.

-Prefiero el realismo sobre la propiedad.- explicó ella encogiéndose de hombros.- Además, soy tu Jefa de Armas, no una chica.

-Como sea, ¿cuánto crees que tardaremos en llegar a Eilën Dracöiz?

-He estudiado hasta el cansancio todos y cada uno de los mapas que conseguimos sobre Britania, pero aún así no tengo idea.- declaró Daphne con la voz cargada de frustración.

-¿Y cómo es que la florecita es nuestra Jefa de Armas si no sabe ni leer un mapa?

La voz de Blaise Zabini se hizo presente en cuanto tomó asiento al otro lado de la chica, que rodó los ojos con fastidio ante el comentario.

-Eilën Dracöiz y todas sus tierras están protegidas por un encantamiento inmarcable.- explicó la rubia como si hablara con un retrasado mental.- Eso significa que no pueden ser ubicadas ni plasmadas sobre mapa alguno, idiota.

-¿Y quién en su sano juicio haría algo así?.- objetó el pelinegro, indignado por la explicación.- Es decir, ¿cómo sabe el desquiciado de tu tío cuáles son sus dominios y dónde está cada cosa?.- preguntó dirigiéndose a Theo.

-Cada hechizo inmarcable tiene un depositario, que en este caso es el Rey; sólo él es capaz de ilustrar en un mapa la extensión y fronteras de su reino.- explicó el príncipe con paciencia.- y hasta donde yo se es muchísimo más grande que la pequeña isla que aparece en los mapas muggles.

Con gesto hastiado la chica lanzó el dichoso mapa al fuego.

-En cualquier caso, los enviados del Rey dicen que mañana por la noche llegaremos a la ciudadela, así que ¿cuál es el problema?.- cuestionó Blaise con tono indolente.

-El problema es que si no conozco el terreno por donde pasaremos no podré protegerlos adecuadamente.- murmuró Daphne con desagrado.- No es como si fuéramos de día de campo, Zabini; es importante saber dónde está la aldea más cercana por si alguien sale herido y necesita atención de un sanador, o en caso de que perdamos nuestras provisiones.

-Pero ellos ya lo saben…

-Sí, pero yo no, Blaise, y no me gusta depender de extraños para hacer mi maldito trabajo.- dijo la rubia zanjando la discusión con rabia y frustración a partes iguales.

Dicho esto, Daphne se levantó de la roca y se encaminó hacia su tienda, dando desde la puerta instrucciones precisas de cuáles serían los turnos para dormir y vigilar.

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El banquete había finalizado por fin, los criados de palacio danzaban ahora entre las largas mesas recogiendo los vestigios de la gran cena; mientras tanto, la orquesta real interpretaba una compleja y bellísima pieza que ya se había prolongado por un montón de angustiosos minutos. Las buenas formas dictaban que fuese el príncipe quien abriera el baile, puesto que el festejado era precisamente él, sin embargo, a nuestro platinado príncipe no le apetecía en lo más mínimo invitar a una de esas vacías mujeres a exhibirse con él mientras sonreía como una estúpida y escalaba mentalmente varios estratos sociales en menos de tres minutos. Por qué darles la satisfacción? Él también era una persona, no solo un trofeo o un objeto cualquiera, y a riesgo de sonar aún más arrogante, ¿habría entre todas aquellas mujeres una que mereciera su mínimo interés?

Draco Malfoy contemplaba con aburrimiento la pista de baile, tratando de ignorar la mirada asesina que le daba su padre; si tanto quería tener un baile ¿por qué no lo abría él? Pensaba el rubio con cierto despotismo.

- Vamos, Malfoy, solo escoge a una e invítala a bailar y ya.- dijo Potter de pronto, contemplando de reojo al Rey.- A tu padre se le va a salir el ojo si sigue mirándote así.

- Por mi se le pueden salir los dos.- respondió Draco sin siquiera mirarlo.- En serio, Potter, ¿qué demonios les hace pensar que voy a darle importancia gratuita a alguna de esas chicas que ni siquiera me conocen?

- Bueno…- el pelinegro bajó la voz hasta ser apenas un susurro.- Hay alguien que sí te conoce…

- Alguien que probablemente está muerto, casado, o se largó de aquí, Potter.

- Nadie se fija en esos detalles.- argumentó el ojiverde restándole importancia.- el punto es que, como tu futuro consejero real, debo insistir en que cumplas el papel de príncipe, porque, quieras o no, tienes un lugar qué mantener, así que simplemente fija tus pequeños ojos de baba de hipogrifo en alguna incauta y baila como si tu vida dependiera de ello o si no…

- ¿O si no qué, Potter?.- respondió el rubio con mirada amenazante.

- O si no tendré que lanzarte un tarantallegra y el reino nunca olvidará la imagen de su futuro rey danzando como thestrall en celo por todo el salón.- amenazó Potter con semblante serio.

Lo peor de la situación era precisamente que Harry Potter era capaz de hacer semejante estupidez, y eso Draco lo sabía muy bien, de manera que a regañadientes echó una mirada más profunda a la audiencia femenina, cuando de pronto algo, o mejor dicho, alguien captó su atención.

Una chica pelirroja innegablemente bella miraba con insistencia hacia la mesa principal, sin ser demasiado obvia para caer en lo vulgar, pero tampoco siendo demasiado discreta para pasar desapercibida; lo curioso era que ella no lo miraba a él, sino que sus ojos escondidos tras un antifaz verde parecían buscar constantemente a Potter; sin embargo, eso no fue lo que capturó su completa atención, sino la joven que estaba junto a ella.

Sería ridículo decir que de un lado a otro del salón observó su rostro y vio que era bello, no, no era eso, ni tampoco las formas prominentes que marcaba su vestido, el talle delicado, los senos abundantes, ni el largo cuello de cisne; lo que él apreció como algo único e indefinible en ella es simplemente eso: indefinible.

Podría llamarlo magnetismo, atracción, impulso, pero sería estúpido poner un nombre a algo tan mágico que perdería su efecto tras ser etiquetado de cualquier forma. Ante la mirada atónita de su mejor amigo, Draco Malfoy se adelantó a cruzar el recinto en medio del silencio sorpresivo de la orquesta y las voces apagadas de sus comensales.

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Hermione, que se entretenía charlando con una anciana bruja, amiga de su madre cuando vivía, congeló su sonrisa por un instante al percatarse del silencio opaco que de pronto la rodeaba.

-Buenas noches, mi Lady, ¿sería tan amable de concederme esta pieza?

La voz masculina y desconocida le hizo voltear hacia su dueño, y automáticamente su corazón colapsó hasta su estómago. Exactamente qué se supone que hacía el Príncipe heredero de Eilën Dracöiz pidiéndole un baile? Exactamente qué se supone que debería hacer ella?

-Lo siento, a mi marido no le agradaría que bailara con otro hombre en su ausencia.- soltó en respuesta, esbozando una sonrisa sobria, casi mecánica, aprendida desde siempre para darse a respetar en sociedad.

La ceja del príncipe se arqueó con escepticismo, como si no pudiese concebir un mundo en el que alguien se negara a hacer su voluntad, o por lo menos eso le pareció a Hermione.

-Me temo que no puedo aceptar su negativa.- dijo el príncipe con voz calma, para después argumentar casi en un susurro.- Si desprecia mi invitación será humillante, pondría de manifiesto que ni siquiera conozco a mi corte lo suficiente como para saber cuáles damas están casadas y cuáles no.

-Me temo que no puedo aceptar su invitación.- respondió con calma la castaña, para después agregar, imitando a Malfoy.- No es problema mío que pretenda gobernar un pueblo del que no sabe nada.

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Harry Potter observaba desde su sitio el rictus serio de su mejor amigo; desconcertado se encaminó junto a éste y percibió vagamente la conversación con la mujer castaña, lo suficiente como para saber que habían pateado épicamente el real culo de su futuro Rey.

-Oh, qué terrible confusión.- exclamó el caballero, en dirección a Draco.- ésta no es la dama que había solicitado bailar con usted, Alteza; cuando señalé en esta dirección me refería a la señorita de allá.- explicó el ojiverde señalando con la mirada a una joven rubia que se encontraba un par de asientos más allá.

-Oh, entiendo.- dijo Hermione sin dejar su sonrisa condescendiente.- justamente le explicaba a Su Majestad que soy una mujer casada.

Sin dar mayor explicación, y tratando de ocultar su contrariedad, Draco Malfoy fue a proponerle el baile a la joven rubia, siguiendo el juego de Potter y sintiendo en cierta forma minada su confianza al ser rechazado sin la mayor consideración por una simple aristócrata siendo él el futuro Rey.

-Me preguntaba si usted sería tan amable de acompañarme en esta pieza.- ahora Harry se dirigía a la belleza pelirroja que le había deslumbrado brutalmente momentos antes de llegar a la mesa, al tiempo en que Draco y la rubia bailaban los primeros acordes de la pieza inaugural.

Con una sonrisa Ginny tendió su mano hacia el que sería su futuro esposo; él la ayudó a incorporarse y le ofreció su brazo. Justo antes de dirigirse a la pista, el caballero posó sus ojos verdes sobre Hermione y esbozó una sonrisa déspota.

-Por cierto, si está casada, ¿no debería honrar su voto portando el anillo nupcial? Así pareciera una invitación abierta para cualquier hombre.

Las últimas palabras del imbécil caballero resonaban con furia en el pensamiento de Hermione. ¿Es que acaso ese idiota insinuaba que era una mujer fácil? Con cierta molestia contempló su dedo anular desnudo, reprendiéndose a sí misma por haber olvidado ponérselo antes de salir al castillo.

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Lucius Malfoy, cómodamente sentado en el imponente trono que señalaba su cargo, su privilegio, vigilaba discretamente el paraje más allá de la ventana junto a él, en espera de la señal que daría partida al plan que tantos años de su vida había consumido hasta ahora.

La lluvia empapaba sus ropas completamente, mientras el viento gélido acalambraba sus músculos, endureciéndolos, tensándolos hasta producir un agónico ardor a cada movimiento de su ser. En todos sus años, ni siquiera cuando tomó la corona, jamás había llegado tan al norte de Eilën Dracöiz; más de 30 días de galope tendido le separaban de la cabecera del reino, pero poco le importaba, ahora su vida no tenía sentido alguno, él mismo no tenía propósito alguno más que morir, morir con la esperanza de trascender a donde quiera que fuesen las almas y encontrarse con ella.

Ella, que le había mostrado la más absoluta felicidad y a su vez la más profunda de las tristezas. Ella que no sonreiría una vez más, ella que no volvería a tomar su rostro entre sus manos, ella que no lo acompañaría hasta el final de sus días. Ella, su amor, cuya vida había escapado de sus ojos azules en medio de un charco de sangre, sin poder hacer nada para retener su alma dentro del cuerpo pálido y destrozado.

En algún punto cercano un rayo golpeó con furia la punta de un árbol centenario, prendiéndolo en llamas como una antorcha gigante en medio de la nada; un punto de luz en aquella noche eterna que habitaba al norte de Eilën Dracöiz, el fuego iluminando los hielos inmortales que se elevaban como grandes montañas de cristal.

De un momento a otro la lluvia se convirtió en nieve, bañando de pequeños copos plateados la piel de lobo que forraba su capa; el caballo, cansado hasta lo imposible se tambaleó con brusquedad, para después desplomarse sobre la tierra congelada sin dar tiempo al joven rey de bajar de la montura.

El pesado cadáver del caballo aplastó sus piernas, no lo suficiente para causar un daño serio, pero sí para provocarle un dolor terrible a cada paso. Con manos torpes por el frío desató los fardos que pendían de la silla, que no eran apenas nada más que las provisiones que le quedaban, su espada, algo de ropa y una bolsa llena de oro. Era acaso su destino encontrar la muerte en aquel lugar? Frío, solitario, muriendo sin pena ni gloria como un perro sarnoso, a merced de la desolación.

No era eso lo que buscaba desde un principio? No era aquella la razón por la que había retado a la vida? No era ese su motivo para enfrentar en solitario todas aquellas bestias a las que temían los magos? Y como si fuese una cruel ironía del destino, ahí estaba, en el confín del mundo, después de vencer dragones, acromántulas, chupasangres, basiliscos… tan pérfido el sino que cargaba sobre su espalda que no había sido capaz de morir, aún.

En medio de la brutal ventisca un sonido llegó hasta él, primero como un toque lejano, después como una atronadora melodía que taladraba sus oídos; era el sonido de un tambor, una percusión que parecía multiplicarse hasta el infinito, desdoblando su sonido, atascándolo en los ecos árticos que le rodeaban.

No era un tambor, era su propio corazón; su corazón sonando fuera de su cuerpo. Su corazón sonando dentro del árbol de fuego, consumiéndose entre las brasas de aquella hoguera gigantesca.

Hipnotizado por el sonido, sus pasos lo llevaron junto al holocausto de sus latidos, donde contempló con fascinación cómo las brasas volaban por los aires pintando la nieve de negro con las cenizas.

¿Era ese su camino? ¿Abandonarse a los brazos de la muerte en medio de aquel páramo negro y calcinado? ¿Habría de cubrirse su cuerpo con la nieve de una muerte desolada?

El joven rey, sintiéndose vencido, abrumado por la grandeza de su reino y la insignificancia de su poder, se dejó caer de rodillas sobre la tierra yerma, permitiéndose entonces llorar por ella.

Cuánta fue la alegría al tomarla por esposa; cuán feliz había sido entre sus brazos, anhelando el momento del día para mirar sus ojos de cielo y perderse entre las notas de su risa, cristalina como un riachuelo, inmaculada como una flor de invierno. Cuánta calidez le había inundado al tocar su vientre hinchado y saber que dentro palpitaba un corazón nuevo, engendrado por él, encarnado por ella.

Copiosas lágrimas hicieron camino por su rostro níveo, cristalizando sus ojos grises, anegados de dolor.

Aquel día… aquel día escuchó el corazón nuevo latir en la habitación, al tiempo en que el corazón de Narcissa se detenía para jamás continuar. Aquella criatura repulsiva había robado sus latidos, el calor de su piel, robó también sus largas pestañas, e incluso la sangre de su precioso cuerpo. Aquella criatura inmunda desgarró el cuerpo amado y llegó hasta sus brazos embarrado en la sangre que manaba de los despojos inertes de la mujer que amó.

Ni siquiera pudo despedirse de ella; la última imagen de Narcissa era el rictus de dolor instalado en su rostro ojeroso, demacrado, agonizante… y después, nada, solo un montón de sábanas carmesí, charcos de sangre goteando del dosel de la cama; un velo cubriendo su rostro, su cuerpo expuesto en penosa desnudez, deformado cruelmente por la gestación, abierto en canal como una res, exponiendo sus entrañas. La grotesca herida que ese ser repugnante había utilizado para salir.

Poco importaba que la matrona dijese que había sido su decisión, que la criatura estaba impedida de salir por la vía normal, que Narcissa deseaba salvarle; ¿qué más daba que el pequeño monstruo hubiera muerto ahogado en su propia inmundicia mientras el pudiese verla sonreír de nuevo? A caso ese pedazo de carnes blandas valía la pena para perderla a ella?

No soportaba verlo, tocarlo, ni siquiera respirar su mismo aire; no lo había matado aún, no porque no lo deseara, sino porque hacerlo no le devolvería al amor de todas sus vidas. ¿Qué sentido tendría regalarle la muerte sin antes haber sufrido por el dolor que había causado?

-¿Y quién ha dicho que su muerte no podrá devolverla?

La voz lo sacó de sus recuerdos; aún con lágrimas en los ojos desenvainó la espada con torpeza, incorporando su cansado cuerpo, dispuesto a atacar.

Una figura obscura avanzó lentamente desde detrás de la hoguera; era una mujer, o algo similar.

Tenía formas femeninas, pero era como si una infinidad de sombras hubiesen decidido conformar un cuerpo, más una silueta que una mujer. Poco a poco, de las propias sombras emergió una cabeza de piel tan blanca como la nieve que los rodeaba, el rostro femenino, delicado, como moldeado precisamente para ser bello; una larga cabellera tan roja como el fuego se agitó con el viento, enroscándose de forma etérea en torno a un par de brazos pálidos, lánguidos, enfermizos.

La mujer de las sombras avanzó lentamente hacia él, y conforme a su cercanía encontró que sus ojos eran rojos, como la sangre coagulada en una herida de combate y emanaba de ella el olor dulce y nauseabundo de la carne podrida; sin embargo, lo que le hizo retroceder con absoluto horror fue observar su piel con detalle: mil costuras surcaban su rostro, su cuello, sus brazos, mil costuras que enlazaban un trozo de piel con el siguiente. Pieles blancas, pero que de ninguna manera podrían haber pertenecido al mismo cuerpo.

-¿Qué demonios eres tu?.- su voz, quebrada por el horror, fue a penas un murmullo en el viento, sin embargo "eso" sonrió.

-Yo soy tu destino, Lucius Malfoy… Yo soy Ereshkigal, Señora de la muerte y la resurrección.

Una fugaz luz roja iluminó el cielo brevemente, lejos, más allá de las murallas; una media sonrisa se enclavó en el rostro del Rey. El primer paso está en marcha.

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La hoguera crepitaba en el centro del campamento; los críos dormían ya, solo unos pocos gitanos permanecían despiertos, haciendo la guardia, entre ellos Arthur Weasley.

La noche se había nublado poco a poco, hasta alcanzar esa claridad abrumadora propia de las tormentas, sin embargo, ninguna gota de lluvia había caído aún.

-Patriarca, debería ir a descansar.- dijo de pronto uno de los hombres, desperezándose en su lugar.- Pasa ya de la media noche, nosotros podemos hacernos cargo.

Arthur se incorporó de la piedra donde descansaba, ignorando por completo al joven; avanzó algunos pasos vacilantes hacia las inmediaciones del claro y permaneció inmóvil, como escuchando algún lejano mensaje que nadie más podría comprender.

-Arthur…

Molly Weasley apareció detrás de los hombres de la guardia, que preocupados comenzaron a tensar los arcos que pendían de sus espaldas. El hombre mayor dirigió una mirada indescifrable a su esposa, suspiró con cansancio y se dirigió a los jóvenes.

-Hoy se derramará sangre, lo han dicho los silfos.- declaró el hombre con tristeza.- si de algo ha de servir, cuando menos no es la sangre de los nuestros. Apaguen todos los fuegos, resguarden a sus familias; nadie debe salir esta noche.

-Pero la guardia…- objetó quedamente uno de los hombres.

-No será necesaria hoy.- ni tampoco suficiente, pensó el patriarca para sí.

Dicho esto, pasó un brazo sobre el hombro de su esposa y se encaminó a su propia tienda, cerrando con celo las pesadas cortinas que servían de puerta y apagando toda luz en el interior.

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Ronald dormía plácidamente sobre el lecho de plumas, ajeno a la inquietud que experimentaba la dueña de la casa donde ahora descansaba.

La joven rubia, pálida como la luna llena, permanecía con la mirada fija en algún punto de la lejanía, sosteniendo en su mano un curioso farol de cristal azul, que apenas iluminaba tenuemente las piedras grises del camino.

Con sumo cuidado cerró la puerta de su hogar, posó su mano izquierda sobre el quicio de la puerta y murmuró un complejo conjuro. De su mano nació una suave luz dorada, casi imperceptible, que se expandió por toda la casa, envolviéndola por completo. Ahora él estaría seguro.

Ni el más mínimo murmullo interrumpía el abrumador silencio que de pronto había inundado el bosque, solo sus pasos ligeros y rápidos generaban algún sonido. Después de caminar por casi una hora, Luna Lovegood se encontró con un antiguo pozo de piedra negra cubierto por una robusta tapa de madera, casi sin esfuerzo la quitó de encima y clavó su mirada en el reflejo que le devolvían las aguas al fondo.

En lugar de agua, el pozo contenía una substancia tan negra como la noche, más espesa que la miel, que de pronto comenzó a burbujear como si estuviese hirviendo y ella se inclinó sobre el pozo.

-Innana, gran señora de los cielos!.- llamó Luna, con voz solemne.- He atendido el llamado de los sueños que me has enviado, he acudido a buscar respuestas en éste lugar, que me has señalado, sin recibir consejo alguno; he depositado, en éste lugar donde moras, ofrendas de vino y carnes frescas, tal como me lo pediste. Hoy que la noche calla y la desgracia se cierne sobre mi pueblo como un ave de rapiña, suplico me guíes en lo que sea que deba hacer.

El silencio continuó tan pesado como al principio, las burbujas del pozo cejaron y pronto la substancia negra que yacía en el fondo retomó tal calma que la rubia dudó si había hecho bien en ir hasta allí.

Con cierto pesar, Luna se levantó del cerco que rodeaba el pozo, sacudió sus faldas y se dispuso a volver a la cabaña, sin embargo, un ligero sonido, como un suspiro, le hicieron volver sobre sus pasos.

Una columna de humo negro emergía del pozo, tan denso que parecía que si estiraba su mano podría atraparlo entre sus dedos. El humo danzó enredándose a sí mismo una y otra vez, hasta conformar una silueta humana, femenina.

Luna se acercó con calma hacia la aparición, tratando de encajar la imagen que contemplaba ahora. Un rostro femenino, de belleza exquisita, había emergido sobre aquel cuerpo de sombras, una cabellera plateada como rayos de luna enmarcaba el delicado rostro de ojos sin iris ni pupilas, al tiempo que un par de brazos de marfil se abrían frente a ella como si le diese la bienvenida.

-He aquí que mi elegida ha acudido a mi llamado.- la voz de la figura inundó el lugar de forma indefinible, sin que sus labios se movieran.- Has venido buscando respuestas, pero hay tantas preguntas.

Luna sujetó con nerviosismo el anillo de su padre que pendía sobre su pecho, atado al cuello con un cordel de lana, se inclinó en una elegante reverencia y encaró a la Diosa.

-Dime, señora, cómo puedo hacer para detener la sangre que será derramada ésta noche…

-No puedo, mi niña, solucionar la desgracia que pesará mañana sobre tu gente.- la voz dulce de la Diosa destrozó las esperanzas de la chica.- No puedo interferir con aquello que ya está hecho. Sin embargo, tengo para ti una misión.- la figura de sombras descendió del cerco del pozo y se acercó hacia ella.- Debes encontrar a cuatro hijas de los cielos y ellas serán tu ejército.

-Pero yo no necesito un ejército….- protestó Luna con voz queda.

-¿Quién cuidará de los inocentes cuando las armas de sus enemigos se abatan sobre ellos?.- cuestionó la Diosa.- Antes de cada amanecer viene siempre la más obscura de las vísperas.

De pronto, Luna sintió el viento frío de la noche hiriendo su piel, la Diosa había desaparecido y el pozo estaba cerrado de nuevo; con cierta premura emprendió el regreso a su hogar, meditando sobre las revelaciones que habían llegado a ella en sueños durante las últimas siete lunas.

Ronald aún dormía profundamente cuando llegó a casa. Sin apenas hacer ruido, Luna guardó cuidadosamente algunas prendas de ropa en un bolso de cuero, se colocó su sobretodo negro y salió de nuevo al frío de la noche. Un caballo negro, con las carnes desprendidas y enormes alas membranosas le esperaba en el jardín, con sus brillantes ojos lechosos perdidos en algún punto de la nada, sin perder el tiempo, Luna Lovegood montó sobre el Thestrall y éste levantó el vuelo por encima del bosque, hasta alcanzar tal altura que la casa de Luna quedó reducida a un diminuto punto gris entre la obscuridad de los árboles. Si volaba lo que restaba de la noche llegaría a la ciudadela con las primeras luces del alba.

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La música de los violines se enredaba entre sus pasos en formas caprichosas, complejas y absolutamente hermosas; las demás parejas parecían flotar a su alrededor en perfecta sincronía y las luces danzaban sobre sus cabezas con la fuerza de un millón de llamas ardientes, sin embargo, ella no podía despegar la mirada de sus ojos verdes.

Así que éste era el famoso Harry Potter, futuro consejero del Rey. Pero no era solo aquello lo que mantenía a flote la atención de Ginevra sobre el caballero, sino la fuerza galante que emanaba de él. Su tez era blanca, pero dorada por largos días de cabalgata bajo los rayos del sol, su cabello desordenado, tan negro como la noche, caía sobre sus ojos verdes como joyas.

Todas las parejas de la pista ejecutaron una compleja voltereta, donde las féminas parecían desfilar en torno a sus acompañantes, sonriendo sin perder de vista sus rostros; Potter se movía con elegancia, pese a sus andares rudos y pesados era ágil, y la pelirroja tomaba nota atentamente de todo esto, como el cazador que analiza a su presa.

Finalmente las vibrantes notas del violín desvaneciéndose en el aire anunciaron el final de la pieza; Potter, con una sonrisa, ofreció galantemente el brazo a la pelirroja, ella aceptó con una leve inclinación y juntos se encaminaron hacia la terraza principal, un espacio delimitado por una elegante baranda de hierro forjado completamente cubierta por el Lazo del Diablo que trepaba sobre algunos de los muros del castillo. La vista era preciosa, desde ahí fácilmente podía contemplar los lejanos muros de la ciudadela, y por un momento le sorprendió ver cuán grande era ésta. Miles de casas, desde las más humildes hasta las más suntuosas, se alineaban una contra otra a lo largo de la ciudadela, albergando padres, hermanos, hijos, nietos, esposos… familias.

Saliendo de su abstracción, Ginny descubrió que el caballero también contemplaba el horizonte, con una sonrisa de esperanza dibujada sobre su rostro varonil.

-¿Es hermosa, verdad?.- soltó ella de pronto, solo para iniciar alguna conversación.

-Sí, lo es.- coincidió Potter.- ¿Pero sabes qué es lo más hermoso?

A Ginny le sorprendió que de pronto él tuviera un trato tan informal con ella, pero era mejor así, ganar su confianza rápido y acabar con todo esto de una vez.

-¿Qué cosa?.- preguntó ella de vuelta, esperando que el tipo no saliera con alguna ridiculez romántica, como "Contemplarla junto a ti".

-Lo más hermoso es saber que dentro de todas esas casitas hay vidas que deben ser protegidas.- el caballero lanzó un suspiro de fascinación.- dentro de cada hogar hay sueños que deben ser cumplidos, personas que deben ser escuchadas. Lo más hermoso es que esta ciudad está viva, incluso si sus muros cayeran y no quedara piedra sobre piedra, mientras pueda escucharse la risa de un niño, la plegaria de una madre o el consejo de un padre, esta ciudad será eterna.

Los ojos marrones de Ginny contemplaron con cierto asombro al caballero junto a ella, casi sin poder creer las palabras que salían de su boca.

-¿Y es eso lo que te ha traído hasta aquí?

-Es el deseo de tener algo por lo qué luchar.- respondió Potter, volviendo su mirada sobre ella.- Y no me refiero a batallas y guerras, sino a la lucha diaria de ser cada día mejor que el anterior.

No fue sino hasta ese preciso momento que Ginevra Weasley se preguntó si realmente sería capaz de asesinar a aquel hombre.

-¿Pero qué demonios…?

La voz del caballero la devolvió a la realidad, y un peso se hundió sobre su pecho cuando contempló aquello que había desconcertado a Potter.

En el horizonte, lejos, más allá de las murallas, enormes columnas de humo negro se alzaban entre los bosques, con las llamas danzando debajo, consumiendo todo a su alrededor. Las aldeas de Eilën Dracöiz estaban ardiendo.

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Los jardines del castillo se encontraban completamente vacíos, todos los invitados danzaban con la mente nublada por el whisky de fuego al interior del salón principal. Hermione, sintiéndose agobiada por el repentino nudo en su estómago había optado por salir a tomar algo de aire fresco.

Estando aún sentada en su mesa, un sentimiento desagradable le había hecho sentir ahogada, un mal presagio; la espantosa sensación de que algo terrible ocurriría la inundó por completo. Incluso ahora, que descansaba sentada sobre el borde de la majestuosa fuente que coronaba los jardines, lograba deshacerse de su funesto presentimiento.

Abrumada por el temblor que ahora dominaba sus manos, se reprendió a sí misma por dejarse dominar por aquel miedo infundado. Buscando tranquilizarse dejó vagar su mirada sobre las claras aguas de la fuente, y entonces ocurrió.

Lo que apenas un instante antes había sido su propia imagen era ahora como una pesadilla reflejada sobre las aguas de la fuente. El agua clara de pronto se tornó roja, y una salva de imágenes dispersas se materializaron ante sus ojos. Enormes lenguas de fuego lamían las diminutas casas de una aldea desconocida; la gente gritaba de dolor al ser consumida por las llamas. Otros tantos aldeanos, desnudos y maltrechos, desfilaban sobre un camino de tierra, atados con pesadas cadenas y azuzados por salvajes látigos de cuero con pinchos en la punta. Los golpes desgarraban la carne, al tiempo que la penosa procesión se perdía a lo largo del camino. Una pila de cadáveres abiertos en canal se descomponían bajo el calor del sol, las moscas zumbando sobre ellos, los gusanos devorándolos sin piedad alguna.

-Buenas noches, Señora.

La voz masculina casi la hizo saltar del susto; desconcertada por las horrendas visiones que había contemplado, clavó sus ojos castaños de nuevo en el fondo de la fuente, pero ésta era tan cristalina como siempre, sin rastro alguno de los horrores que había visto.

Sin responder siquiera el saludo, Hermione salió corriendo en dirección al salón en busca de su cuñada, dejando a un desconcertado príncipe con el saludo en los labios.

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La claridad del alba era apenas un fantasma en el horizonte. Avanzando por la calle principal de la ciudadela, bajo las miradas asustadas que el pueblo clavaba en ellos a través de las ventanas de sus hogares, las numerosas compañías del ejército del reino se encontraban listas para partir; los estandartes verdes y plateados ondeaban al viento mientras la lluvia resbalaba sobre las armaduras de los soldados, como un llanto fúnebre ante la muerte que hoy amanecería tendida sobre todo Eilën Dracöiz.

Draco Malfoy, cubierto por su armadura de negra piel de dragón y remaches de plata, cabalgaba al frente del ejército, incapaz de asimilar el origen de los ataques a las aldeas. El comunicado había llegado de todos los puntos atacados, llevados por aves que habían volado hasta allí con las plumas chamuscadas, y todos coincidían en lo mismo.

Los muggles habían encontrado la forma de traspasar los límites inmarcables hacia Eilën Dracöiz.

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