Aclaración: Los personajes y todo aquello que identifiquen pertenece a J.K. Rowling, sólo la trama es mía, producto de mi retorcida mente.
Mil gracias por sus comentarios y por seguir leyendo esta fumadez que salió de mi cabeza xD De verdad, me suben el ánimo, me retroalimentan y la musa solo piensa en escribir más para todos ustedes : )
Se que el dramione propiamente dicho aún no comienza, y probablmente este capítulos los mareará porque ocurren muchas cosas en él, pero es importante decirles que con éste termino de sentar las bases de la historia para comenzar con el desarrollo, me esforzaré por estar a la altura de sus expectativas :)
Espero que el capítulo les guste, hasta ahora creo que es el más largo que he escrito alguna vez .-. Espero no aburrirlos D:
Bueno, pues a leer, que el último será un nargle con derrame cerebral..! xD
"Si nada nos salva de morir, al menos que el amor nos salve de la vida."
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La mañana era sencillamente devastadora. Violentas ráfagas de aire helado barrían sin piedad las cenizas que cubrían la aldea como una mortaja fúnebre; el sol asomaba en el horizonte, brillando con palidez mortuoria, convirtiendo en algo real el sufrimiento derramado la noche anterior. El ambiente olía a fuego, a muerte, a dolor… y ella, ella no había podido hacer nada para evitarlo.
Daphne Greengras reposaba, completamente agotada, sobre un montón de piedras que apenas una noche antes había sido el hogar de alguna familia, Theo había colocado su pesada capa forrada de armiño sobre sus hombros, e incluso Blaise le había ofrecido su ánfora de hidromiel. Ahora mismo, sus manos temblaban, gruesos lagrimones escurrían sobre sus mejillas pintando rayas entre la suciedad de su rostro; su largo cabello rubio yacía sobre sus hombros completamente suelto, agitándose con el viento, llenándose de cenizas.
Cenizas.
Con movimientos histéricos, Daphne aporreó su propia cabeza en un afán de deshacerse de las cenizas, entre sollozos observó cómo de su cabellera volaban montones de moléculas grises; enredó sus finas manos entre los cabellos, tirando de los mechones hasta arrancarlos.
-Hey, tranquila, vas a hacerte daño.- Theo le sujetó ambas manos y luego la envolvió en un abrazo protector.
El príncipe la contempló, y se sintió estúpido al sorprenderse por verla tan vulnerable, casi indefensa; de todas las personas del mundo, ahora consolaba a aquella que nunca imaginó que se quebraría.
Los ojos de Daphne permanecían clavados en algún punto de la nada, sin parpadear, con las largas pestañas cristalizadas de lágrimas; con ternura en su gesto, Theo limpió sus mejillas y peinó delicadamente los largos cabellos de la chica. Ella temblaba, como un animal asustado, temblaba entre sus brazos; sus labios resecos parecían muertos, y por primera vez desde que la conocía, Theo temió que dentro de ella se hubiese dañado algo que no podría arreglarse.
-Soy una tumba…- murmuró la rubia con un hilo de voz.- soy una tumba y ellos descansan en mi…
Theo apretó su abrazo en torno a los hombros de la chica, maldiciendo la hora en la que habían emprendido aquel desafortunado viaje.
El campamento dormía con tranquilidad, las protecciones estaban levantadas alrededor de las tiendas de campaña y el bosque era silencioso. Demasiado silencioso en realidad.
Theodore Nott abandonó su lecho y salió a la noche bajo las estrellas, junto a la hoguera agonizante, encontró a su Jefa de Armas contemplando las brazas que aún ardían con un ligero resplandor.
-¿Qué haces despierta?.- inquirió el ojiverde acercándose hacia ella.- ¿Ocurre algo malo?
-¿No lo notas? No se escucha nada.- respondió Daphne, volviéndose a mirar al chico.
-Bueno, es de noche, supongo que hasta las bestias mágicas duermen de vez en cuando.- dijo Theo, estirando el cuerpo para desperezarse.- Además, ¿no es buena la tranquilidad? Significa que todo está bien.
-No Theo, pon atención.- ordenó la rubia.- No hay sonido, literalmente, ni el canto de las cigarras, el aleteo de una lechuza, el viento, ni siquiera las hojas de los árboles rosándose entre si. Es un silencio antinatural, y de ninguna manera puede ser algo bueno.
Theo cerró los ojos, tratando de luchar con el terror que nacía dentro de su estómago al percatarse de que era cierto, ni siquiera podía oír las aguas del riachuelo junto al que acampaban, ni el crepitar del fuego, ni su propia respiración. En aquel vacío desesperante solo era capaz de escuchar la voz de Daphne y la suya propia, pero nada más.
-¿Entonces qué hacemos?.- preguntó el príncipe, tratando de averiguar qué se hace en esos casos.
-Por ningún motivo abandonen la protección de los encantamientos, permanezcan dentro de los conjuros de seguridad.- instruyó ella, calzándose unas pesadas botas por debajo de su ligero vestido para dormir.- Iré a investigar un poco, pase lo que pase no salgan.
Sin dar tiempo a que Theo la detuviera, Daphne tomó su espada, su escudo y su lanza, salió de las protecciones y corrió entre los árboles con la agilidad de un ciervo.
Las cenizas continuaban cayendo sobre ellos como macabros copos de nieve, arrastrando tras de sí el olor a la carne quemada.
Daphne rompió ligeramente el abrazo, lo suficiente para clavar sus atormentados ojos sobre los del príncipe.
-Eran pequeños…- murmuró sonriendo mientras las lágrimas no dejaban de fluir.- Pequeñitos, suaves, tiernos… sonaban tiernos, como cuando aplastas una ciruela entre tus dedos… tan suaves, tan rojos…
Poco a poco el llanto devastador regresó al pecho de la rubia, haciendo sacudir su cuerpo contra el pecho pétreo de Theo.
Ella nunca había temido a la obscuridad de la noche, ni a las siniestras sombras que reflejaban los árboles bajo la luz de la luna; pero ahora temía, sentía el sudor en la palma de su mano mientras sujetaba su lanza y su escudo. El peso de la espada atada a su cadera la tranquilizaba más por instinto que por practicidad. Avanzó entre las hojas secas de los robles, sin escuchar crujido alguno de sus pasos, cuando finalmente algo llamó su atención.
Un resplandor carmesí iluminaba las copas de los árboles un poco más allá; sin tener cuidado alguno de sus pasos, la rubia corrió hasta escapar de la espesura del bosque, solo para encontrarse ante una escena sacada del mismo infierno.
Una pequeña aldea, de no más de una veintena de casitas hechas de piedra y lodo, ardía hasta los cimientos; una hilera de magos completamente desnudos y molidos a golpes se encontraban atados unos a otros con gruesos grilletes, pero eso no era nada que no hubiese contemplado antes en la guerra. Lo que le hizo volver el estómago con violencia fue la pila de cadáveres femeninos desperdigados por el suelo, igualmente desnudos, pero aplastados bajo el peso de grotescas bestias que copulaban con ellas.
Bestias con patas de caballo, torso humano cubierto de grueso pelo negro y cabeza de carnero; bestias con manos como garras que clavaban sus brutales miembros en los cuerpos aún calientes de las mujeres asesinadas.
Sintiendo un temblor de repugnancia e incredulidad, Daphne arrojó la lanza sobre uno de ellos, ensartando su cabeza sobre un muro ardiendo. Abandonando la seguridad de los árboles, la rubia corrió, espada en mano, hacia aquellos monstruos, cortando una buena pila de cabezas con unos cuantos tajos, hasta que la obscuridad cayó sobre ella.
Fue como un velo cubriendo sus ojos; fue como estar sumergida bajo las aguas. Su cuerpo dejó de responder a su voluntad, de pronto se encontró a sí misma de rodillas, despojándose de la ropa, mientras una de esas grotescas bestias, más grande y fornida aún de lo que fueran las que ella decapitara momentos antes, acariciaba su cara, sus senos, recorriendo su piel con sus repugnantes garras.
Él tendió una de sus zarpas y la guio de la mano frente a una vieja mesa de madera. En ella descansaban por lo menos una decena de recién nacidos, llorando sin nadie que los escuchase. Daphne sintió su cuerpo inclinándose sobre la mesa, sintió también a la bestia penetrándola con brutalidad, sacudiendo su cuerpo bruscamente; observó con horror cómo sus propias manos tomaban a uno de los críos, sosteniendo su diminuta cabeza entre sus manos, y presionándola hasta que estalló.
Como las ciruelas.
Theo no podía sacar de su cabeza la crueldad que había presenciado apenas un par de horas antes. La furia continuaba helada dentro de sus venas, deseando encontrar la forma de ayudar a la frágil mujer que sostenía entre sus brazos, como si en cualquier momento ella también fuera a convertirse en cenizas barridas por el viento.
Cortó la cabeza de la bestia, lo destazó como si con ello pudiera borrar todo lo ocurrido, como si con eso pudiera olvidar que había visto a Daphne comiendo con avidez los sesos de todas aquellas criaturas.
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Las farolas en las calles de la ciudadela aún permanecían encendidas, el sol aún no aparecía sobre el cielo, sin embargo ya había suficiente claridad como para contemplar la ciudad entera desde las alturas.
En medio del viento, Luna Lovegood descendió sobre la plazuela principal, sorprendiéndose de encontrar las calles prácticamente desiertas; desmontó el Thestrall, que levantó inmediatamente el vuelo hacia el exterior de las murallas, y se dispuso a encontrar a las cuatro hijas del cielo que Innana le había ordenado.
Luna había venido en contadas ocasiones al corazón de Eilën Dracöiz, encontrándose abrumada por tanto movimiento, tantas calles, tantos sitios, y ahora, que se encontraba justo a la entrada de la calle de los mercaderes, se preguntaba cómo sería capaz de encontrar a cuatro mujeres que no conocía en medio de tal bastedad.
Una suave lluvia comenzó a caer sobre las calles adoquinadas, la rubia cubrió su cabeza con la capucha de su sobretodo azul, y se permitió maravillarse con todo cuando había a su alrededor.
En un puestecito cubierto por una manta gris, un hombre anciano exhibía numerosos pescados plateados, más adelante una mujer colocaba una junto a otra decenas de cajas con frutas coloridas. En la calle se encontró con hierbas secas colgando en los tendidos, curiosos objetos de barro y hierro, finas porcelanas, hermosas telas bordadas, brocados de seda, candelabros, calderos, huevos de dragón, de acromántula, basiliscos recién nacidos; gritos de banshee embotellados para usarlos contra vecinos molestos, oro leprechaun para los incautos, libros enmohecidos, encuadernados en cuero de segunda mano, túnicas, vestidos, armaduras, escudos, un herrero forjando espadas, un carpintero que pacientemente tallaba la superficie de una mesa. Mujeres intercambiando alimentos en conserva por velas, pergamino, whisky de fuego; toneles de hidromiel en venta, botellas de felix felicis que no eran más que jugo de manzana encantado para brillar, niños que corrían con canastos llenos de pan, atados de queso, botellas de leche.
Un juglar entonaba un canto sobre algún antiguo rey que había matado a cien dragones armado sólo con un bezoar, Luna no pudo evitar una risita al pensar en tal ocurrencia, cuando de pronto, en medio del bullicio, un objeto en particular llamó su atención.
Sobre una manta tendida en el suelo polvoriento reposaban varios objetos curiosos, pipas para fumar tabaco, un florero despostillado, un ramo de rosas secas, una pluma de águila rota por la mitad, varios tinteros vacíos y una curiosa cajita redonda, hecha de madera negra.
-Buen día, señor.- saludó la rubia, inclinándose respetuosamente hacia el anciano sentado detrás de la manta.- ¿ésta caja está en venta?
-No es solo una caja, niña.- explicó el hombre, sonriendo a través de su larguísima barba blanca.- Es una brújula de los deseos.
El anciano depositó entre las manos de la joven el curioso objeto. Luna observó entonces que sobre la tapa estaba grabada con gran detalle una impresionante rosa negra, con sumo cuidado, levantó la cubierta y contempló una brújula sin norte cuya aguja daba vueltas sin parar.
-Oh, creo que se rompió.- declaró Luna, afligida, señalando la aguja descontrolada.
-No está rota.- explicó el hombre soltando una carcajada.- Ya te lo he dicho, es una brújula de los deseos. Pon una gota de sangre sobre la rosa y te guiará hacia aquello que deseas encontrar.
Luna pagó sin regatear los dos galeones que pedía el anciano; éste, al ver la radiante sonrisa de la joven, sintió remordimiento por haberla timado con aquella baratija, pero tenía una legión de nietos qué alimentar.
Luna, sin sospechar nada, depositó toda su fe en el misterioso artefacto, pinchó su dedo del corazón con la hebilla de su bota y dejó que la sangre goteara sobre la rosa negra.
La aguja se detuvo, fija hacia donde habría de estar el norte, con total seguridad Luna la siguió.
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La espesa niebla matinal aún se enredaba entre los árboles, envolviendo en brumas el verde paisaje del bosque; como salidos de más allá de las sombras, dos corceles negros cabalgaban a todo galope a través de un estrecho sendero casi invisible. A pesar de ello, Ginevra no necesitaba parar para comprobar el camino, lo conocía como la palma de su mano, y ahora mismo, con el viento sacudiendo su sobretodo tan rojo como sus cabellos, lo último que necesitaba era perder más tiempo.
Tras ella, Hermione intentaba seguirle el paso; su corazón latía con fuerza y un halo blanco escapaba de sus labios con cada respiración. El frío de la mañana había entumecido sus manos a través de los gruesos guantes de batalla que había tomado de la escudería de Ronald. Tanto ella como Ginny vestían ropas de hombre, toscos pantalones de batalla, gruesas botas varios números más grandes, e incluso, atadas a la cintura, pesadas espadas tan grandes que casi rosaban el piso al estar de pie.
Una legión de cuervos llamó la atención de la castaña; cientos, miles de aves negras como la noche se encontraban posados sobre las copas desnudas de los árboles y parecían clavar sus brillantes ojillos sobre ella, como si cada graznido infernal fuese una carcajada de burla cruel hacia ella.
Por aquella distracción, en apenas un instante perdió el rastro de la pelirroja; azuzó el caballo con fuerza y forzó al animal a darle alcance a su compañera.
El viento helado la golpeó como un puño al llegar al borde del claro, sin embargo, ni todo el frío del mundo podría haberla obligado a asimilar lo que tenía ante sus ojos.
Ginny había desmontado del caballo, su capa roja se extendía como una flor sanguinolenta en medio del prado ennegrecido por el fuego, mientras ella yacía arrodillada frente a una cruz de madera.
Decenas de cruces burdamente unidas se desperdigaban sobre el lugar, apenas siendo más que siluetas en medio de la espesura de la niebla.
Asegurando el corcel a una rama gruesa, la chica descendió haciendo levantar a sus pisadas pequeños remolinos de ceniza.. Algo en su interior le decía que estaba rodeada de cosas que, una vez vistas, jamás abandonarían sus pesadillas.
Y no se equivocó.
El ejército de cuervos batió sus alas y levantaron el vuelo, creando un tapiz de motas negras en el cielo, confiriendo a la escena un tinte aún más macabro.
Ginny, mortalmente pálida, con el rostro sereno cubierto de lágrimas contemplaba la cruz frente a ella. No era una cruz.
Su padre yacía empalado sobre una pica clavada en el suelo, sus brazos extendidos y amarrados sobre su cabeza. Ginny soltó un sollozo desde el fondo de su alma. Como un animal destazado, Arthur tenía el tórax abierto en canal, con ambas hileras de costillas abiertas como un par de grotescas alas; de la cavidad vacía pendían las vísceras, resecas, coloridas, sanguinolentas… Sus cuencas sin ojos ni párpados parecían mirarla desde algún lugar más allá de la muerte, mientras su corazón parecía palpitar aún clavado encima de la pica.
Venciendo la muralla que constituía el bosque a su alrededor, el sol brilló mortecino sobre sus cabezas, disipando la niebla, mostrando en toda su magnificencia el fin de una era.
Hermione, incapaz de detener su mirada, contempló la misma escena repetida decenas y decenas de veces, convirtiendo el claro del bosque en un mausoleo de muerte, crueldad y sufrimiento.
Un grito desgarrador quebró el silencio, la agonía de todas aquellas almas encontró su lamento en el alarido de Ginevra Weasley.
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La compañía de Draco Malfoy avanzaba a paso firme por uno de los senderos menos transitados del reino; el príncipe había dado la orden de dividir al ejército con el fin de abarcar la máxima extensión posible, en pro de que la ayuda llegase a cada súbdito que la necesitara. Ahora mismo, cien hombres marchaban a sus espaldas; podía percibir su miedo, olfatearlo como el aroma salado del sudor después de un día de pesado entrenamiento.
Doblando una curva, sin previo aviso la compañía se encontró frente a un arco de piedra negra, ruinoso pero fuerte, tan alto como una catedral; habría ocupado por lo menos diez hombres con los brazos extendidos para abarcar la circunferencia de cada uno de los dos pilares que le sostenían. Sintió la inquietud de sus hombres, percibió el titubeo nervioso de su ejército al contemplar el arco, las letras en rúnico antiguo que grababan el temido nombre en lo alto.
Habían llegado a la Puerta de Ithiria.
Sin importarle en lo más mínimo las dudas de sus hombres, Draco azuzó al caballo y se adentró en las espesuras del bosque; Harry Potter, sin dudar un momento, se lanzó tras él hasta emparejar su avance.
-Así que este es el bosque encantado.- Comentó el pelinegro observando con atención el lugar.- Bastante impresionante.
En aquella zona del bosque los árboles eran absurdamente altos, casi tanto como las murallas de la ciudadela, o incluso las torres del castillo, pero no era su estatura lo que llamaba la atención, sino las gruesas espinas que crecían a lo largo de sus troncos, afilados pinchos de madera sólida más largos que cualquier hombre. La tierra donde crecían era solo eso, tierra negra como el carbón, sin maleza, sin césped, sin flores, tierra muerta, tierra donde ni siquiera las alimañas se atrevían a vivir.
-No es un bosque encantado, Potter.- corrigió el rubio con gesto grave.- Es un páramo maldito. Ithiria es peligroso, y más aún para quienes no lo conocen.
El páramo de Ithiria era con creces la leyenda más antigua y aterradora de todo el reino, y con toda la razón. En medio del ruido de pasos y piafares de caballos, Draco recordó su primera experiencia visitando los confines del reino.
Como cada semana, Severus Snape, su tutor, lo había recogido en las puertas de palacio y ahora avanzaban al interior de un enorme carruaje negro hacia otro de los confines que encerraban los vastos secretos del reino. A sus cinco años, el joven príncipe ya conocía las montañas del éste con sus dragones, mantícoras y lazos del diablo; las inmensas llanuras del oeste plagadas poderosos basiliscos que las recorrían por debajo de la tierra; la cordillera nevada del sur con sus unicornios, acromántulas y numerosas tribus de centauros; incluso había visitado ya a la gente del agua, que habitaban en curiosas aldeas submarinas al pie de los acantilados donde las olas golpeaban con más fuerza. Ahora era el turno de visitar el lugar de sus pesadillas, el sitio en donde su padre siempre decía que le abandonaría si no era capaz de convertirse en Rey.
La puerta de Ithiria, según había dicho Severus, su tutor, no era más que la representación física del poderoso conjuro que mil años atrás había sellado a los seres infernales que habían conseguido habitar sobre la tierra; confinándolos a vivir dentro de los límites yermos de un paraje sembrado con los huesos de los muertos.
Atravesaron la puerta y se adentraron entre los árboles de hueso. Literalmente, aquello que parecía madera pálida, casi blanca, era en realidad osamenta viva que crecía y cambiaba constantemente, las hojas negras que crecían sobre sus ramas tenían el tacto de la piel humana, y al poner la palma de su mano sobre una de ellas, pudo percivir el latido de un corazón inexistente.
Severus, en su sabiduría, no permitió que el niño cortara uno de los frutos rojos como ciruelas que pendían en manojos sobre sus cabezas; él mismo, colocándose los guantes de piel de dragón tomó una de aquellas esferas relucientes y la cortó por la mitad con su cuchillo de plata.
El joven Draco recordaría toda su vida la carne humana que se escondía bajo la cáscara roja, los hilos de sangre caliente que goteaban hasta el suelo, pero sobre todo, el hedor; el repugnante olor a carne podrida le hizo volver el estómago una y otra y otra vez, hasta que por la noche su nodriza le había dado a beber una poción para las náuseas.
Pero los árboles solo eran la carta de presentación de Ithiria, entre las sombras albergaba auténticos demonios, cuya perversa naturaleza ni siquiera Severus la conocía más allá de meras especulaciones.
-¿Entonces qué coño estamos haciendo aquí, Draco?.- preguntó Potter frunciendo el ceño.- ¿No sería más inteligente ir a los lugares habitables para auxiliar a quein lo necesite?
-Exactamente eso estamos haciendo, idiota.- respondió el rubio, sin volverse a mirarlo.- A pesar de todo, hay unas cuantas aldeas instaladas en estas tierras, la mayoría de la gente que vive aquí sigue refugiándose de la guerra.
-Pero la guerra terminó hace años.- objetó Harry sin comprender.
-Sí, pero para ellos no es así.- Draco soltó un suspiro cansino.- Potter, estas personas son los prófugos de la corona, los magos sin varita.
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Las manos de Ginny temblaban apoyadas sobre la tierra renegrida de la tumba, con las uñas quebradas y sangrantes de cavar el hueco con sus propias manos. Ahora, Hermione abrazaba sus hombros para sostenerla de caer tendida sobre el suelo, sin embargo, a Ginny había dejado de importarle el mantenerse en pie.
¿Por qué a ellos? ¿Por qué? Siempre creyó que la única amenaza sobre su pueblo era la corona, nunca creyó necesario protegerlos de nada más que de Lucius Malfoy. ¿Para qué? Para que al final fuera alguien más quien les arrancara la vida y la despojara de cualquier esperanza.
Ahora nada tenía sentido. ¿Para quién conseguiría la libertad si sus padres no disfrutarían de ella? ¿Por qué lucharía si ya no tenía a nadie a quién salvar? ¿Qué caso tendría levantarse día a día, ver pasar los años frente a ella, si sabía que aunque viviera mil años jamás olvidaría la escena que había presenciado toda la mañana?
Era mejor morir. Morir y olvidar. Morir y asegurarse de que, donde quiera que se encontraran, sus padres no padecerían ninguna pena.
Ahora no le quedaba nada, absolutamente nada para sostenerse.
La castaña le obligó a mirarla, Ginny no era siquiera consciente de que había estado pensando en voz alta.
-Siempre nos queda la venganza.- susurró Hermione con voz dulce, acariciando los cabellos de su cuñada al tiempo que limpiaba con su mano libre las lágrimas de la pelirroja.
Y no es que la venganza fuera el mejor camino, pero necesitaba darle a Ginny algo a lo que aferrarse, y había funcionado.
Ginevra se incorporó sobre aquel campo de muerte y se dirigió a su caballo; cabalgó hacia la ciudadela sin mirar atrás, alejándose de aquel lugar para jamás regresar.
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El aleteo del halcón negro en la ventana le ahuyentó el sueño. Ronald Weasley se incorporó del lecho caliente y fue a recibir la correspondencia de su Majestad.
Notando el anormal silencio en la cabaña, buscó a Luna por todo el lugar, sin embargo, no encontró ni rastro de ella; acostumbrado a las excentricidades de su adorada amante, asumió que habría salido a recolectar alguna hierba para sus ungüentos, o habría ido a alimentar a sus thestralls.
Sonrió complacido al pensar en todas aquellas rarezas de la rubia que conmovían el corazón de piedra que habitaba en su pecho. Era Luna y solo Luna quien podía despertar toda su humanidad con una sola mirada.
Apresurado, leyó la carta, y basta decir que, con humanidad o sin ella, la tarea del día le parecía sencillamente más allá de sus límites.
Se vistió de nuevo al tiempo en que meditaba las órdenes de Lucius; sin dar mayor importancia a su moral casi inexistente, soltó un suspiro y salió de la casita.
De algo hay que vivir.
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Ya casi era medio día y el sol calaba con fuerza sobre sus cabezas a pesar de que el viento soplaba frío como la nieve; Daphne, luego de hacerla tragar a fuerza una poción para dormir sin soñar, ahora dormitaba pesadamente sobre los brazos de Theodore Nott.
De su guardia, sin contarlos a él, Blaise y Daphne, solo habían sobrevivido tres hombres; ninguno de los escoltas del rey había quedado vivo. Así que ahora estaban perdidos, solos, con los bolsillos llenos de mapas muggles que jamás podrían guiarlos a ningún lado, y con Daphne afiebrada, sudando a chorros y temblando de frío.
Blaise cabalgaba tras ellos, Theo había conseguido montar sobre su corcel con ayuda de los hombres para no soltar a la rubia; ahora, él la acunaba con ternura entre sus brazos como si se tratara de un bebé muy grande.
Daphne necesitaba atención médica, pero no tenían la más mínima idea de cómo encontrar el poblado más próximo, con el ceño fruncido de preocupación, Theo abrazaba a la chica como si con ello pudiera retener su vida entre las manos.
Theodore Nott aún no comprendía qué demonios había pasado la noche anterior.
Efectivamente, recordaba todo con un detalle casi mórbido, sin embargo, lo que no alcanzaba a comprender era el motivo detrás de un ataque de naturaleza tan inescrupulosa. Se mirase por donde se mirase aquello no podía tratarse de una simple guerra.
Peor aún, él conocía las historias, y no alcanzaba a descubrir cómo y por qué habían logrado escapar los monstruos de Ithiria para atacar a un puñado de aldeanos. Eso no tenía sentido.
En realidad, nada tenía sentido ya.
-¡Theo!.- gritó Zabini detrás de él. Señalando con el dedo lo alto de una colina.- ¿Ese es el castillo de tu tío?
Nott levantó la mirada, escrutando la lejanía con sus profundos ojos verdes. En la cima de una colina rodeada de pequeñas casitas, se alzaba enhiesto un pequeño castillo de piedra clara, casi blanca. Theo desenvainó su espada con la mano libre en cuanto observó una comitiva de cuatro jinetes salir de las puertas del castillo, a todo galope en dirección hacia ellos.
Sin pensarlo dos veces, los tres hombres y Zabini se posicionaron frente a Theo y la agónica Daphne en guardia contra los visitantes. Los caballeros vestían armaduras ligeras, plateadas, con ropas de lana blanca bajo las cotas de malla brillantes y sobre sus cabezas yelmos con plumas de hipogrifo tan largas que casi tocaban el suelo; se detuvieron a varios metros de distancia y ondearon por lo alto un banderín blanco. Venían en paz.
-¿Amigos o enemigos?.- preguntó el jinete que sostenía el banderín. La voz era suave, cantarina, melodiosa pero seria. Aquel jinete era una mujer.
Observando detenidamente a los cuatro caballeros, Theo encontró una femineidad innegable en su andar, sus movimientos, e incluso su postura. ¿Qué clase de castillo sería uno custodiado por mujeres?
-No somos amigos.- respondió Theo con voz grave.- pero tampoco nos han dado motivos para considerarles enemigos. Somos viajeros en infortunio, y quisiera pedir asilo al amo de este castillo.
-¿Y quién debo decir que solicita la ayuda?.- cuestionó otra de las emisarias, estudiando con calma el grupo que tenía ante sí.
-Theodore Nott, sobrino de su majestad, Lucius Abraxas Malfoy.
Las mujeres del castillo se miraron entre sí, y con un gesto invitaron a los forasteros a seguirles por el camino hasta las puertas del castillo.
-La señora les atenderá en un momento.
Un amplio patio de piedra gris los recibió en la cima de la colina, una fuente redonda de gran tamaño borboteaba justo al centro y los largos pendones de blanco y plata ondeaban sostenidos de sus astas a ambos lados de la entrada.
Dejando atrás las monturas y a los tres hombres restantes, Theo, aún con Daphne entre sus brazos, avanzó detrás de la guardia que les guiaba mientras Blaise permanecía junto a él con la mano sobre la empuñadura de la espada, listo para cualquier eventualidad.
Las cuatro mujeres con armaduras se retiraron del recinto, dejándolos solos, al pie de una ornamentada escalera de mármol negro.
Es que a caso nadie vendría a ayudarlos? Se preguntó Theo, justo en el momento en que Daphne abrió los ojos de golpe, clavando sobre el rostro del chico una mirada de auténtico pánico para después quedar tan inerme como antes.
-Síganme por favor.- pidió una suave voz femenina.
Una mujer descendía por la escalinata, ataviada con un elegante vestido de negro y plata; sus pies enfundados en finas zapatillas de seda plateada tocaron el suelo del salón y avanzó hacia ellos.
Era como si flotara, como si solo se deslizara por el aire, o por lo menos así le pareció a Blaise; una mujer hecha de niebla, cuya piel blanquísima y sus tormentosos ojos grises rodeados de abundantes pestañas tan negras como su largo cabello, como sacada de un sueño. Sí, eso es, pensó Blaise, es una mujer hecha de sueños, de luz de luna y cielo de invierno.
Sin ningún tipo de presentación, la mujer de niebla los guio hacia el exterior del castillo, justo por donde habían entrado. ¿Es que no va a ayudarnos? Blaise avanzó detrás de ellos preguntándose si acaso aquella misteriosa mujer los mandaría al demonio o simplemente los decapitaría sin más.
Descendieron por la parte posterior de la ladera donde se alzaba el castillo, y justo a sus faldas divisaron un arroyo de frescas aguas cristalinas, y junto a él, una modesta casita de madera y piedra.
-Señora.- Blaise trató de mantener la voz firme a pesar del nerviosismo que le embargaba al solo pensar en dirigirle la palabra a aquella visión divina.- Nuestra amiga está gravemente enferma, necesitamos un sanador.
-Lo se.- respondió ella, sin más explicación.
-Sin ofender, pero necesitamos un sanador de verdad, no un simple curandero.- objetó el ojiazul con cierta molestia.- Tenemos oro de sobra, si el problema es ese.
Habían llegado a la entrada de la cabaña, justo en la puerta la mujer se dio la vuelta hacia Zabini clavando su mirada furiosa en la de él.
-No necesito su oro, ni el de nadie.- declaró ella, con voz seseante, casi como una serpiente.- Madame Pomfrey es la mejor sanadora que tenemos, y si no he ofrecido aún una de las habitaciones del palacio es porque ella se niega a trabajar en otro lugar que no sea éste.
Dicho esto, la joven llamó con el puño a la sólida puerta de madera.
-Oh…. Lo siento, no era mi intención…- musitó Blaise, mostrando por primera vez un tenue rubor de vergüenza sobre su piel marmórea.
-No se por qué me sorprende.- dijo la joven sin volverse a verlo.- Todos los hombres actúan igual, primero juzgan, luego atacan y después se tragan sus propias palabras.
Blaise no pudo evitar sentir una pequeña punzada dentro de su pecho al percibir el desprecio en sus palabras. En ese instante, la puerta se abrió dejando ver la figura delgada de una mujer de edad avanzada. No lo suficiente para considerarla vieja, pero tampoco lo suficiente para considerarla joven. Llevaba un delantal blanco inmaculado sobre un vestido negro, una cofia sobre su cabello perfectamente recogido y un juego de arrugas recorrían su nívea frente, mostrando las huellas de preocupaciones pasadas.
-Mi señora.- saludó Pomfrey a la joven del castillo con una leve inclinación.
-Lamento molestarte.- dijo la chica, sonando por primera vez como alguien de la edad que aparentaba.- Mis guardias encontraron a estos viajeros no lejos de la aldea, ésta chica está muy enferma, ¿podrás hacer algo por ella?
-Adelante, pasen por favor.- dijo la mujer.
Theo avanzó a penas un paso y Blaise ni siquiera alcanzó a moverse cuando sintieron la mirada furibunda de la mujer clavada sobre ellos.
-Las señoritas pueden pasar.- dijo Madame Pomfrey.- Sólo ellas.
-Pero, Daphne no puede caminar!.- objetó Theo, con desesperación.- Déjeme llevarla a la cama, o donde sea que valla a atenderla.
-Eso no es ningún problema.- Diciendo esto la joven tomó a Daphne de entre los brazos de Theo como si no pesara a penas nada.- Regresen al castillo, ahí mis guardias se encargarán de instalarlos en una habitación, podrán comer y descansar mientras nosotras nos encargamos de su mujer.
Las orejas de Theo se volvieron completamente rojas ante ese comentario; ni toda su dignidad de príncipe disminuyó la reacción infantil que le puso en evidencia.
-Ella no es mi mujer.- aclaró Theo.- Ella es nuestra Jefa de Armas.
La joven los observó con calma, como analizándolos profundamente; sin mediar palabra, cerró la puerta y ambos hombres marcharon hacia el castillo, esperando que aquellas extrañas mujeres pudiesen devolverles a su Daphne tal y como estaba antes de aquel maldito viaje.
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Después de muchas horas de caminata sin descanso, el sol ya se posaba directamente sobre su rubia cabeza, la ropa le pesaba, el sudor escurría por su blanca frente y su estómago emitía gruñidos inequívocos del hambre que tenía.
Hacía mucho que había dejado atrás las calles de la ciudadela, ahora enfilaba con paso decidido sobre una callejuela amplia que llevaba hacia las puertas de la muralla; quizás la primera hija del cielo estuviese en realidad en alguna de las aldeas de afuera, entonces ¿tendría que caminar por todo el reino para encontrarla? ¿Cuánto tiempo le llevaría aquello? No, la vida no podría ser tan cruel, ella sabía en su corazón que dentro de esas murallas las encontraría a todas, solo debía ser paciente.
De pronto, la aguja cuya dirección seguía, cambió de un solo golpe, indicando un pequeño camino que se desprendía del principal.
Era un camino bien cuidado, con piedras alineadas en el suelo, como baldosas; a los lados se levantaba un ejército de rosales, inundando con su aroma el sendero. Luego de un buen rato de andar y andar, Luna divisó por fin una imponente casona de paredes blancas y techos rojos, una fuente de piedra enorme justo al final del camino. Fue entonces cuando la aguja se volvió loca de nuevo.
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La niebla era cada vez más espesa, a pesar de que era plena tarde, la penumbra del bosque daba la impresión de una noche cerrada. Los hombres murmuraban oraciones de cuando en cuando, pero sinceramente Harry no comprendía la razón de tanto pánico. Sí, los árboles eran escalofriantes, y qué? Aún no se habían topado con ninguna criatura tenebrosa y horrible, de hecho, ni siquiera habían visto animales normales en el camino.
Con un movimiento de la mano, Draco detuvo la marcha de sus hombres y jaló las riendas de su propio caballo. Cuesta abajo, en medio de más niebla y más penumbra, la silueta de numerosas casitas se perfilaba tenuemente, como fantasmas de eras pasadas, como sueños ruinosos perdidos en la nada.
La compañía de guerreros descendió a paso firme detrás de su futuro Rey, sin tener idea de qué encontrarían ahí.
Humo.
No era niebla la espesura que se amotinaba en el fondo del pequeño valle, sino humo; un humo blanco y espeso, el humo que emana de la carne quemada. Los hombres, percatándose de ello, permanecieron estoicos a pesar de que sobre sus cabezas probablemente flotaban los restos de numerosos aldeanos inocentes.
El paisaje era sencillamente desolador. Las pequeñas casas no eran más que restos calcinados de techos de paja y paredes de piedra, la sangre formaba charcos obscuros y brillantes sobre el terraplén que servía de calle principal al diminuto poblado; varias cabras y ovejas yacían destazadas brutalmente sobre el suelo, las moscas, como gruesas gotas de suciedad, zumbaban sonoramente, encaramadas a las carnes que comenzaban a descomponerse. Pero aquello no era lo peor, sino que la aldea se encontraba completamente vacía; nada vivo podría permanecer en medio de aquel silencio que helaba los huesos.
-Revisen cada rincón.- ordenó Draco, casi temiendo las atrocidades que podrían encontrar en el proceso.- Localicen los cadáveres, después nos encargaremos de darles una sepultura digna.
Harry no alcanzaba a comprender tanta devastación, Es decir, el poblado era realmente muy pequeño, enclavado en los rincones más ignotos del reino, ¿qué interés podrían tener los muggles en atacar a un montón de pobres campesinos? Y lo más extraño, ¿cómo podrían simples muggles haber sorteado los peligros del bosque en su camino hasta ahí?
A Harry, guerrero versado en numerosas guerras, testigo de la crueldad humana en todas sus expresiones, no le sorprendió la pila de cadáveres que descubrieron los hombres detrás de un establo semiderruido, ni las mujeres cuyos cuerpos habían sido profanados de mil maneras después de morir; no, a Harry Potter le impresionó el nivel de miseria entre el que había vivido aquella gente.
Las casas, por muy quemadas que estuviesen, no podían ocultar la descarnada carencia entre la que se habían edificado; los cuerpos se mostraban famélicos, hambrientos, los rostros demacrados, sumidos en la necesidad. Casi era un alivio que hubiesen muerto, el pensamiento lo desconcertó, pero era cierto, una existencia tan depauperada no podía ser sino una condena día a día. Y aun así hay quienes gastan en un broche de su capa lo suficiente para alimentar a toda esa gente durante un mes. Una vida digna, eso era lo que merecía toda la gente de Eilën Dracöiz, y era, precisamente eso, lo que toda la corte se ocupaba de ocultar.
¿Es que verdaderamente creían que ignorando a los pobres serían menos pobres? ¿Ignorando el hambre se podía estar satisfecho? ¿A caso ignorando a la muerte podríamos salvarnos de ella? Por supuesto que no, y en el futuro, estaba claro, su deber sería no permitir que Draco olvidara que los prófugos, los indeseables, la gente que nunca había siquiera visitado la ciudadela, eran también hijos de la corona y merecían ayuda.
Observó al futuro rey al otro extremo de la callejuela, cargando entre sus brazos, con todo el respeto imaginable, los numerosos cadáveres andrajosos de sus súbditos caídos. En ese momento comprendió realmente el peso que recaería sobre sus hombros; Draco era un hombre íntegro, justo, bondadoso aunque severo, y en sus manos, como consejero real, estaba el futuro no solo de un reino, sino de un gran ser humano.
Con un suspiro de pena, Harry retomó su labor, buscando más cadáveres, revisando cada rincón de la aldea.
La última casa, una pequeña construcción de piedras y lodo, llena de hollín, se levantaba tambaleante entre el humo de un pajar que aún permanecía ardiendo; con una patada, Potter derribó la débil puerta, que cedió de inmediato, saltando de sus goznes.
Una mujer yacía en el suelo, junto a una pequeña chimenea de adobe; tenía el vientre abierto, los intestinos derramados a su alrededor, y las andrajosas ropas desgarradas; un poco más allá, el cadáver de un hombre decapitado se encontraba recargado sobre un enorme montón de leña, aún aferraba entre sus manos una vieja oz, probablemente su único instrumento de defensa.
Con pesar, envolvió el cuerpo de la dama entre su capa, no profanaría su cuerpo exhibiéndolo frente a todos en su penosa desnudez; luego de depositar a la mujer en la tumba recién cavada, volvió por el hombre y entre sus brazos lo llevó a reunirse con su esposa. Se dispuso luego, a revisar el exterior de la casita, sin embargo, algo lo detuvo.
Sería imposible explicar la vibración de su alma en aquel preciso momento; sería imposible relatar a detalle la conmoción que experimentó cuando aquel sonido llegó hasta él.
Corriendo, Harry entró de nuevo a la casucha calcinada, entonces lo escuchó otra vez.
Un sollozo, un débil y vibrante sollozo que dentro de su cabeza sonó como el más descarnado grito de ayuda.
El sonido emanaba por instantes, proveniente del montón de leña donde había caído el hombre decapitado.
Sin tiempo para razonarlo, Potter retiró rápidamente cada uno de los leños ensangrentados que se apilaban junto a la chimenea, hasta encontrar bajo él un amasijo de telas andrajosas… y unos ojos tan verdes como los suyos.
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El viento golpeaba su rostro con fuerza, barriendo las lágrimas brutalmente; el sol caía sobre los rosales de la entrada, las aves cantaban en el cielo, y ella, ella sencillamente se sentía miserable.
Observó con impotencia cómo Ginny bajó apresuradamente del caballo y entró corriendo como posesa al interior de la casa; Hermione no podía siquiera imaginar el dolor de la pelirroja.
Con calma, descendió de su montura, y sosteniéndola de las riendas, tomó también el caballo de Ginevra.
Lo cierto es que ella también había quedado huérfana, de hecho, a muy temprana edad; también había visto el cadáver de su madre, y no había dolor que pudiese compararse con aquello. Sin embargo, comprendía que la pena de Ginny era infinitamente mayor a la que ella había experimentado más de diez años atrás; Ginny había observado los cadáveres de sus padres profanados, mancillados, humillados incluso en la muerte.
Ella por lo menos había podido ver el rostro tranquilo de su madre, tenía un sepulcro sobre el cual podía llorar y orar por ella, pero Ginny, la fuerte y valiente Ginny jamás tendría un lugar sobre el cuál descansar su dolor.
No intentaría confortarla con palabras inútiles, no intentaría tampoco minimizar su dolor, sería un insulto pedirle resignación, o decir que las cosas suceden por algún motivo. No hay motivo válido para una atrocidad así.
Lo único que podía ofrecerle a la pelirroja era su mano para la venganza.
Ninguna otra cosa podría sanar la herida supurante en el alma de su amiga; solo el bálsamo del sufrimiento de los asesinos podría calmar un poco la llama helada que consumía su alma.
Con un suspiro cansado, Hermione guio a los caballos hasta las caballerizas que se levantaban justo detrás de la casa. El lugar era fresco, la paja aportaba una humedad reconfortante, mientras que la sombra caía sobre cada uno de los cajones.
Luego de guardar las monturas en sus compartimentos, fue a llenar dos cubos de agua para darles de beber; es cierto que había sirvientes que se encargarían de ello si lo pidiera, pero nunca le había gustado depender de los demás. Luego de que los corceles bebiesen agua suficiente, Hermione se dirigió hacia el final de la cuadra, a recoger del pesebre un gran manojo de avena para alimentarlos, sin embargo, no fue solo avena lo que encontró.
Un grito escapó de su garganta al contemplar al Thestrall que dormía plácidamente recostado sobre el pesebre.
El animal despertó al instante, desplegando sus alas membranosas en toda su envergadura, piafando con enojo al tiempo en que clavaba sus ojos lechosos sobre la castaña.
-Tranquilo, tranquilo, no pasa nada.- La voz femenina la desconcertó aún más.- Ella no nos hará daño.
Detrás de la imponente criatura emergió otra aún más increíble.
Una chica de larguísimos cabellos rubios se estiró tras las alas del Thestrall, desperezándose de lo que parecía una larga y placentera siesta. La chica sonreía con una inocencia inusual en el rostro, de pronto, observó maravillada el curioso objeto que sostenía en la mano y sus ojos azules brillaron de felicidad contemplando a Hermione.
-¡Sabía que te encontraría!.- anunció la rubia con una sonrisa un tanto desquiciada en el rostro.- Tú eres El Alba.
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Los informes de la noche pasada descansaban sobre sus manos, todo marchaba de acuerdo al plan.
Las pérdidas eran cuantiosas para el reino, pero era un sacrificio insignificante en comparación con el objetivo final.
Por lo pronto, lo más importante estaba hecho, era hora de comenzar con la selección.
-Su Majestad, el pleno está reunido.- La voz del heraldo lo sacó de sus cavilaciones, Lucius Malfoy lo despidió con un elegante movimiento de la mano y contempló con nostalgia el cuadro que dominaba la pared norte de su despacho real.
Pintada con exquisito detalle, una mujer de largos cabellos dorados posaba sentada sobre una mecedora, sus ojos azules parecían mirarlo con dulzura, al tiempo que su sonrisa perfecta le regalaba el rescoldo de una alegría hace mucho pasada.
Flores blancas adornaban su cabeza, derramándose sobre el vaporoso vestido blanco que cubría las formas perfectas y delicadas de su cuerpo, ese cuerpo que fue amado y venerado, para después ser destrozado como el tallo de un lirio inmaculado bajo el cruel peso de una roca.
Narcissa, Narcissa… su nombre aún hacía temblar el alma que le quedaba adherida al cuerpo; no pasaba noche alguna sin que añorara su tacto de seda sobre sus mejillas, la maraña de rizos rubios que cubría su espalda, el calor de aquel pecho de leche y miel, el aliento de vida que sus virginales labios impregnaban en cada uno de sus besos.
Narcissa, el sueño del que despertó demasiado pronto… Narcissa, el sueño eterno que convertiría en realidad.
La corte estaba reunida en su totalidad dentro del salón del parlamento; todos los miembros se pusieron de pie e hicieron profundas reverencias en cuanto Lucius irrumpió en la estancia, con paso solemne acudió a su sitio en el trono y con un asentimiento indicó a la audiencia que tomasen asiento.
El silencio era tenso, ya fuese por consternación, por dolor, o simple hipocresía, en realidad eso era lo último que importaba. El heraldo anunció el comienzo de la reunión, y al instante un montón de vuelaplumas se posicionaron sobre el estrado para tomar nota de todo lo que se dijese durante la asamblea.
-Hoy, Eilën Dracöiz está de luto.- anunció el Rey con voz grave, obteniendo al instante la atención de todos los presentes.- La noche pasada, tal como lo han comunicado nuestros mensajeros, el reino de nuestros antepasados fue brutalmente atacado. Casi cien aldeas a lo largo del reino han sido reducidas a cenizas, y otras tantas experimentan numerosas pérdidas tanto humanas como materiales.
Un murmullo generalizado se desató por la sala. La mayoría de los miembros del pleno habían dado por hecho que las pérdidas serían enormes, pero jamás imaginaron que la magnitud del ataque fuera tan impresionante.
-Su majestad.- uno de los condes, del cual Lucius por supuesto no recordaba ni su existencia, tomó la palabra con una reverencia.- ¿Quién nos ha atacado? ¿Quién ha podido ocasionar tales daños a nuestra sociedad?
Cada mirada se concentró sobre el Malfoy mayor en espera de una respuesta. Las especulaciones tocaban posibilidades como una guerra, una rebelión e incluso un golpe de estado, pero lo cierto era que nadie se esperaba un motivo como aquel.
-Durante muchos años, la Corona ha dado caza sin piedad a todos y cada uno de sus detractores.- Lucius se irguió en toda su estatura abandonando el trono.- Día tras día nuestros ejércitos luchan por limpiar de nuestros dominios a todos aquellos desgraciados que sobreviven tratando de evadir a la justicia. Sin embargo, a pesar de nuestros arduos esfuerzos, esa escoria, los exiliados, han encontrado la manera no solo de sobrevivir, sino de fortalecerse, haciendo planes para llevar a éste vasto reino a la destrucción. Son una minoría casi insignificante, es cierto, y es por ello que han recurrido a denigrar la poca magia que corre por sus venas, pidiendo ayuda y respaldo de los reinos de la Britania muggle.- Un gemido ahogado barrió la estancia, al tiempo en que Lucius Malfoy perforaba con sus ojos de plata a todos los comensales.- Incluso las aldeas enclavadas en las profundidades de Ithiria fueron atacadas, ello solo nos revela una cosa, no luchamos sólo contra los marginados y sus mascotas muggles, sino contra los miembros presuntamente honorables del reino que han pasado a simpatizar con ellos.
Un nuevo murmullo agitado recorrió el salón, voces susurrantes con todo de incredulidad, otras tantas con furia y muchas más con odio mal contenido. Lucius Malfoy se sintió tentado a esbozar una sonrisa, pero la contuvo tras su máscara de preocupación, luego de unos instantes, otro de los representantes del reino pidió la palabra y le fue concedida.
-Su Majestad, pero ¿qué interés podrían tener los muggles en invadirnos? ¿Es que a caso no tienen suficiente con tratar de aniquilarse los unos a los otros? ¿Cómo es que osan enfrentarse a un enemigo que evidentemente no podrán vencer?
-Oh, ellos pueden.- declaró Lucius con una mirada severa.- Claro que pueden derrotarnos. No hay enemigo pequeño cuando éste vive pegado a nosotros como sanguijuelas, solo esperando el momento preciso para arrebatarnos lo que nos pertenece por derecho divino. ¿Por qué nos atacan? Es como preguntar por qué el perro que come las sobras de nuestra mesa salta sobre el plato caliente que se ha dejado sin protección.- Antes de ser nuevamente interrumpido, el Malfoy mayor hizo un floreo con su varita y al instante un largo pergamino apareció flotando frente a él.- Es por ello que me he visto obligado a tomar medidas determinantes sobre ésta situación.- El Rey hizo una pausa, tomó el pergamino entre sus manos y levantó la vista nuevamente.- Esta mañana me he reunido con los ancianos que conforman el oráculo de la corona, y me han revelado información que durante generaciones hemos pasado por alto.
Esta aseveración tuvo exactamente el efecto que deseaba. Según la leyenda, en las profundidades de las montañas de Ithiria, un grupo de sabios inmortales velaba por la paz y la prosperidad del reino, aportando su sabiduría y consejo a los reyes legítimos de Eilën Dracöiz, revelando secretos que invariablemente les llevarían a la victoria. Nadie más que el rey reinante poseía la facultad de consultarles, lo cual había resultado perfecto. Y es que, siendo honestos, por mucho oro que portaran encima, Lucius sabía que sus súbditos acaudalados no dejaban de ser un montón de aldeanos crédulos e ignorantes. Él, por supuesto, no había consultado a ningún maldito sabio inmortal, es más, después de años y años de búsqueda, estaba completamente seguro de que ni siquiera existían; no habían sido nada más que una invención para validar los actos arbitrarios de sus predecesores, y él estaba dispuesto a utilizar la creencia del pueblo a su favor.
-Los muggles no son sino bestias que han tomado forma humana. En un principio, todos fuimos creados por la misma rama del árbol de la vida, magos con magia corriendo en nuestra sangre, seres poderosos y únicos, prestos para dominar y poblar el mundo. Sin embargo, en algún momento nuestra superioridad nos superó, haciéndonos seres arrogantes, faltos de criterio. Fue entonces cuando los antiguos alquimistas crearon de su sangre y carne seres hechos a nuestra imagen y semejanza, seres humanos hechos para servir a sus amos, seres carentes de magia que no serían sino siervos de la raza original. Éstos seres, los muggles, procrearon por generaciones, aumentaron en número, y generaciones después nos vimos superados por ellos, de tal forma que fue indispensable separar nuestro mundo del suyo antes que decidieran morder la mano que les daba de comer. Ahora, muchas eras después, nos encontramos con que una pareja de muggles pueden engendrar niños con sangre mágica, ¿cómo es esto posible? Esto, damas y caballeros, es obra del aberrante mestizaje que muchos de los nuestros han perpetrado con semejantes criaturas. Para nadie es un secreto que, desde que nuestros ancestros recuerdan, ha habido uniones entre gente mágica y no mágica; pero no se avergüencen de tales incidentes.- Lucius sonrió casi con indulgencia, observando con morbo los rostros que se ruborizaban al saberse mezclados con antepasados muggles.- éstas uniones no fueron sino fruto de nuestra buena fe, nuestra esperanza de elevar y quizás purificar a la raza inferior, sin embargo, ahora con estos conocimientos, no nos queda otro camino que enmendar los errores pasados.
Severus Snape, el erudito más brillante del reino, el hombre a quien Lucius mantenía cerca, no por afecto, sino por utilidad, observaba incólume desde el fondo de la sala, sopesando en sus pensamientos la sarta de estupideces que estaba escuchando de la boca de su soberano. ¿Es que de verdad pretendía que alguien se tragara semejante cuento? Para su decepción, Severus contempló a la temerosa audiencia que había creído sin cuestionar cada una de las palabras del rey. Lo cierto es que él mismo había investigado sobre el origen de la magia, concluyendo que efectivamente ambos, muggles y magos, provenían de la misma rama del árbol de la vida, pese a ello, no había sido capaz en todos sus años de dilucidar qué raza se había desprendido de cuál, bien podría ser una anomalía el ser muggle, o la magia un defecto congénito. Lo que sí le parecía seguro era que en cualquiera de los casos, los muggles no podrían haber sido un simple invento de la magia, no podrían ser esclavos ni siervos de ninguna índole. Simplemente especies separadas.
De todas formas, en el remoto supuesto de que su rey dijese la verdad, nada lo preparó para lo que escucharía a penas un momento después.
-Tengo en mis manos un edicto real redactado por mi puño y letra hace apenas unas horas.- declaró su Majestad, mostrando el pergamino al público.- En el cual se dicta la única solución posible para frenar las ansias de poder de esas bestias que han usurpado nuestra supremacía sobre todo lo creado. Para ello, deben primero comprender, mis queridos súbditos, que el odio y resentimiento de la raza muggle es una corrupción que se hereda de padres a hijos, predisponiéndoles a atacar a aquellos por quienes se sienten amenazados, a aquellos que son superiores a ellos.
El heraldo real apareció a la derecha de su Majestad, tomó solemnemente el pergamino y procedió a dar lectura.
"Edicto Real Número 777.
De la purificación de la raza mágica y el exterminio de las amenazas latentes.
-Todos los habitantes del reino, aristócratas y plebeyos, serán sometidos a un análisis exhaustivo de su línea de sangre.
-A) Encontrándose nula presencia de antepasados muggles, el súbdito será ratificado como miembro honorable de Eilën Dracöiz.
B) Encontrándose parentela muggle en cuarta generación sobre línea directa de sangre, el súbdito cederá un diezmo de sus posesiones como aportación voluntaria destinada a los trabajos de paz y limpieza racial.
C) Encontrándose parentela muggle en tercera generación, o generación más cercana, sobre línea directa de sangre, el súbdito será despojado de sus posesiones y encarcelado sin derecho a juicio para interrogación y posterior ejecución.
-Todos los habitantes del reino, aristócratas y plebeyos, serán investigados sobre posibles nexos con gente no-mágica.
A) Encontrándose nexos con muggles, ya sea afectivos, comerciales o familiares, el súbdito será despojado de sus posesiones y encarcelado sin derecho a juicio para interrogación y posterior ejecución.
-Todos los habitantes del reino, aristócratas y plebeyos, serán investigados sobre posibles nexos con prófugos de la justicia, exiliados y conspiradores contra la corona.
A) Encontrándose nexos con criminales y exiliados, ya sea afectivos, comerciales, o de causa, el súbdito será despojado de sus posesiones y encarcelado sin derecho a juicio para interrogación y posterior ejecución.
B) Encontrándose nexos con conspiradores, ya sea afectivos, comerciales o de causa, el súbdito será despojado de todas sus posesiones y él y todos sus parientes en primera línea sanguínea serán encarcelados sin derecho a juicio para interrogación y posterior ejecución.
Todos los súbditos, aristócratas y plebeyos, serán llamados a declarar en cuanto las autoridades lo determinen."
-Mis queridos súbditos, trabajemos juntos por el bien mayor.- incitó el Rey a los temerosos miembros de su corte.- Ofrezco mil galeones por cada impuro que sea llevado ante el tribunal.
Severus Snape abandonó la sala discretamente, listo para empacar sus austeras pertenencias y salir esa misma tarde de las murallas de la ciudadela.
En medio del silencio sepulcral de la sala del consejo, el sello real de su Majestad Lucius Abraxas Malfoy convirtió en ley un pergamino que probablemente destruiría la vida de miles de familias a lo largo y ancho de Eilën Dracöiz.
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Los gritos la despertaron. Fue extraño estar despierta, consciente, cuando en realidad no podía ver nada. Sus ojos se negaban a abrirse, su cuerpo se negaba a moverse, y ella solo podía escuchar los gritos.
Por lo menos las pesadillas habían terminado; los monstruos que revoloteaban dentro de su mente se habían ido, no podría decir cuando, pero ya no estaban. Los cuerpos ensangrentados tampoco estaban más, ni su propia imagen mancillada por una escena tan surrealista como grotesca. Sabía que eran recuerdos, sabía que había ocurrido tal como lo veía en su mente, pero también sabía que se había desprendido de aquella experiencia.
Resultaba extraño reconocerse dentro de las pesadillas, pero más extraño aún sentirlas como si le hubiesen ocurrido a alguien más, a alguien desconocido, a alguien que no era ella. Ahora solo quedaba el dolor, un dolor metafísico, un dolor no tangible, el dolor que nos queda en la mente cuando pasa algo realmente malo.
Escuchaba voces, el suave y calmado susurro de unas voces femeninas que no conocía, y después estaban los gritos.
Terribles gritos de agonía, de terror, de un sufrimiento interminable que parecían estallar dentro de su cabeza una y otra vez, sin descanso, sin tregua, un dolor eterno que cada vez parecía más infinito. Tardó mucho en darse cuenta que los gritos eran suyos.
No, no puedes seguir así, se dijo con determinación. ¿No era ella acaso el más valiente y hábil soldado dentro de un mundo dominado por hombres? ¿No había probado su fuerza, su poder, su resistencia, una y otra y otra vez? No, Daphne, tú no puedes dejarte caer así de fácil. Ella era una guerrera, y como tal no podría permitirse dejarse vencer por algo que ahora solo quedaba vivo en su mente. En ese momento, no pudo evitar el vórtice de imágenes y desesperación que se cernió sobre ella; como una maldición, como el peor de los cruciatus, cada una de las escenas vividas esa mañana regresó a su memoria, cada rose, cada toque, las grotescas sensaciones golpearon su ser, desde la violación humillante a la que se vio sometida hasta el tacto y el gusto sanguinolento de las criaturas que despedazaba con sus propias manos. Volvió a gritar, volvió a vivir la agonía una y mil veces más en un segundo; se sintió sucia, mancillada, corrupta, manchada; se odió y se condolió a partes iguales, lloró dentro de su ser como una niña indefensa, y poco a poco aquellas lágrimas del alma fueron lavando su suciedad. Tan pronto como había comenzado, en un instante terminó, entonces Daphne supo que era más fuerte que cualquier tortura, más fuerte que cualquier mujer, y por ello mismo, se encargaría de hacer pagar caro todo cuanto había padecido ella, y las otras mujeres de la aldea.
Un olor fuerte le raspó la nariz, un aroma amargo mezclado con algo chirriante y etílico; sintió que su cuerpo se retorcía frenéticamente. Esa era la clave, comenzaba a sentir de nuevo.
Primero la sacudió el dolor de sus piernas, el ardor vergonzoso entre ellas, evidencia de su tragedia; después sobrevino el dolor en las manos, los nudillos le dolían y no pudo evitar recordar su pecado. La cabeza comenzó a punzarle al tiempo que el estómago se le revolvía violentamente, la agitación en su pecho se intensificó, como si se estuviera ahogando, como si la presión de sus pulmones no pudiera ser aliviada de ninguna forma.
Entonces, una mano tomó la suya; una mano pequeña, suave y delicada. Daphne se aferró a ese tacto como si fuera su única salvación, como si aquella mano fuera lo único real en el mundo. Casi se avergonzó de su mano ruda, callosa, áspera de sostener la espada, al compararla con la seda de aquella piel, la piel que una joven de su edad debía tener. Pero ella no había crecido entre vestidos y buenos modales, nada más lejos de la realidad.
Un paño fresco y húmedo limpió su frente sudorosa, la misma mano delicada le apartó los rubios cabellos del rostro y entonces, como si volviese a nacer, el aire penetró a fondo dentro de sus presionados pulmones, expandiendo su interior con el aroma a hierbas obscuras y desconocidas. Sintió con precisión cómo la sangre volvía a correr con fuerza dentro de sus venas, sacándola por completo de aquel entumecimiento casi onírico del que había sido presa todo el día.
En medio de la brisa nocturna, con el aroma a díctamo inundando su nariz, Daphne Greengras abrió los ojos con violencia, con el corazón agitado al escapar de su pesadilla más terrible.
-Bienvenida.
Aquella dulce palabra hizo vibrar cada rincón de su alma.
-¿Quién eres?.- su propia voz sonaba oxidada, ronca, desgastada.
-Solo llámame Pansy.- respondió la mujer de cabellos negros y piel nívea sobre cuyo regazo descansaba su cabeza.
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La noche comenzaba a cerrarse sobre sus cabezas, el viento parecía lanzar gemidos dolientes entre los árboles, y la siguiente aldea aún no había aparecido.
Habían recorrido ya tres aldeas, o lo que quedaba de ellas; habían rescatado decenas de cadáveres de entre los escombros, habían cavado más tumbas en un día que muchos enterradores en toda su vida. Sin embargo, no podían detenerse justo ahora, y evidentemente regresar ya no era una opción; los hombres comenzaban a arrastrar los pies del agotamiento, la marcha se hacía pesada y Draco Malfoy no podía hacer otra cosa sino aferrarse a la esperanza de encontrar un lugar dónde pasar la noche, tender el campamento en medio de la nada sería una absoluta imprudencia, cuyo precio no estaba dispuesto a pagar.
Un pequeño quejido, distinto a las rudas voces del ejército, llamó su atención en medio de aquel camino desolado; volviéndose hacia el sonido, su mirada gris se encontró con Harry Potter y el bulto que cuidadosamente protegía contra su pecho.
Harry volvió hacia las filas cargando entre sus brazos un pequeño bulto cubierto con su pesada capa de viaje, intrigado, Draco se acercó lo suficiente para hablar en voz baja.
-¿Qué se supone que es eso?.- preguntó el príncipe, enarcando una ceja con curiosidad.
-No es un eso, sino una ella.- puntualizó Harry, al tiempo en que el bulto emitía un ligero sollozo.- La encontré en los escombros…
-Valla… es un milagro.- exclamó Malfoy perplejo, sin comprender cómo una criatura tan pequeña podría haber sobrevivido a una desgracia tan devastadora.- Ahora mismo la enviaremos a la ciudad con uno de los hombres, allá podrán atenderla en el orfanato y alguien podrá tomarla en adopción.
-¿Pero qué demonios dices, Draco?.- exclamó molesto el caballero.- Por supuesto que no irá a ningún orfanato, ella se queda conmigo.
-Potter… ¿si entiendes que no es como adoptar un cachorro?.- cuestionó Draco con severidad.- Éste no es lugar para un niño, venimos a luchar, no de día de campo. ¿Cómo protegerás esa criatura si alguien nos ataca? ¿Tienes idea de cómo curarla si enferma? ¿Es más, sabes siquiera qué comen los niños de ese tamaño?
-Por supuesto que no, Malfoy, soy un guerrero, no una nodriza.- respondió Harry con expresión adusta.- Pero si esta niña fue capaz de sobrevivir en medio de un pueblo lleno de muerte, podrá sobrevivir a mis cuidados torpes.
-Potter… deja de decir idioteces; llamaré a uno de los hombres de confianza y ordenaré que la lleven al castillo.- Dijo Draco, dando por terminada la discusión.
De pronto, el sonido de una espada siendo desenvainada y el desgarrador llanto de un infante reverberaron en lo profundo del bosque; Draco se volvió justo a tiempo de ver a Potter cortar la palma de su propia mano y unirla con el corte recién hecho en la mano de la criatura.
-Esta niña es mía, es un regalo de los Dioses.- proclamó Harry, al tiempo que retiraba de su cuello el enorme rubí engarzado en oro que había pasado por su familia de generación en generación y lo colgaba en torno al cuello de la pequeña.- Ahora lleva mi sangre y yo llevo la suya. En adelante, ésta es mi hija, y quien ose desafiarme, noble o plebeyo, civil o guerrero, encontrará la muerte al filo de mi espada.
Y así es como Mirela Potter se había convertido en parte de la compañía; y fue precisamente por ella que Draco sintió el alma liberada en cuanto la diminuta aldea asomó entre la niebla nocturna.
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El silencio en el salón de la antigua casa Granger era incómodo; pesado como un velo imposible de retirar.
El lejano ulular de una lechuza quebró la quietud del salón, al tiempo en que Ginevra Weasley bebía el último sorbo de su whisky de fuego.
-Déjame ver si entendí…- dijo la pelirroja sarcásticamente, con el tono aburrido y cansado de quien ha bebido lo suficiente para no permanecer en pie, pero no bastante como para olvidar por qué ha comenzado a beber.- ¿Me estás diciendo que un fantasma que vive en un pozo te dijo que vinieras a buscar a un grupo de mujeres que no conoces, en una ciudad que tampoco conoces, con la única ayuda de la brújula descompuesta de un viejo estafador que aún menos conoces, para luchar en una guerra que ni siquiera comprendes? Perdóname si me muestro escéptica.- concluyó la pelirroja enarcando una ceja de forma despectiva.
-Lo siento, ella no se encuentra del todo bien.- trató de disculparla Hermione, inútilmente.
-No te preocupes.- la rubia se volvió hacia Ginny y sonrió con tranquilidad, sin la más mínima muestra de molestia.- Es natural que te sientas así, has tenido muchas pérdidas importantes el día de hoy.
La pelirroja la contempló con estupefacción, como preguntándose de dónde rayos sabía Luna todo aquello.
-¿Y tú cómo sabes…?.- cuestionó ella, con voz pastosa por el alcohol.
-Tus ojos me lo han dicho a penas verlos.- continuó Luna con tranquilidad.- Comprendo tu dolor, tu angustia, tu ira… sin embargo, Ginevra, ¿estás dispuesta a sumar a todas éstas pérdidas una más importante aún? Has perdido la presencia física de tus seres queridos, pero no has perdido el amor que se profesaron. No pierdas ahora la oportunidad de encontrar tu propósito en el mundo, hay muchas otras madres, padres y hermanos que también necesitan ser salvados.
Ginny pareció sopesar aquellas palabras; una lágrima corrió por su pálida mejilla, y así, inexpresiva, clavó sus ojos cansados sobre los de Luna.
-¿Y cuál, según tú, es ese magnífico propósito que justifica la muerte de mi familia?
-Una tragedia nunca es justificable.- explicó Luna sin alterarse.- No se trata de ocultar o menospreciar tu dolor, sino de comprender que tu dolor no es el único sobre el mundo. Se trata de comprender que no toda la gente será tan fuerte como lo eres tú.- Luna se acercó hacia la chica, arrodillándose sobre el suelo para tomar sus manos entre las suyas.- Se trata de no permitir que ningún inocente más sufra el dolor que ahora consume tu corazón.
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La noche nuevamente se había cerrado sobre su cabeza al tiempo en que cabalgaba raudo a través de la negrura de Ithiria, cada tanto se volvía sobre su hombro para cerciorarse de que nada ni nadie lo acechara, pues estaba consciente de que por muy mensajero del Rey que fuera, a las criaturas del bosque maldito poco podría importarles asesinarlo en un abrir y cerrar de ojos. Probablemente no faltase mucho para llegar a su destino en el corazón mismo de Ithiria, era difícil decirlo de noche, pero estimaba que se encontraba bastante cerca; de pronto, algo llamó su atención.
A lo lejos, la luz trémula de una hoguera traspasaba la niebla con dificultad, mientras el viento nocturno era invadido por el olor a madera quemada; intrigado, Ron Weasley se acercó sigilosamente, no pudo evitar sorprenderse a sobre manera al contemplar los estandartes de su Majestad el Príncipe enclavados a las afueras de una pequeñísima aldea.
¿Qué demonios estaría haciendo el estúpido principito de mierda en aquel lugar? ¿Es que acaso ese imbécil pensaba que Ithiria era un buen sitio para un día de campo?
Bah, para lo que le importaba la suerte del maldito platinado hijo del rey. Sin meter ruido, azuzó el caballo y siguió su camino. El dichoso heredero al trono no hacía otra cosa que provocarle asco y resentimiento a partes iguales. ¿Cómo es que la vida podía permitir que un estúpido señorito afeminado y delicado fuera el futuro gobernante del reino más poderoso de Europa? A sus ojos, el príncipe Draco no era más que un idiota con suerte, un idiota que había nacido en cuna de oro, que jamás habría experimentado mayor sufrimiento que no obtener los juguetes que quería; definitivamente, el poder se había diseñado para hombre como él, decididos, valientes y capaces de todo para obtener lo que desean, no para niñatos tontos que solo debían extender la mano y esperar a que todo les llegase del cielo.
En medio de su molestia por los hilos del destino que lo habían colocado muy por debajo de Draco Malfoy, arribó finalmente a su destino.
Una muralla altísima se extendía hacia lado y lado del imponente portón de hierro; sobre las almenas ardían luminarias de fuego violeta, y en lo alto de las torres ondeaba contra el viento un estandarte que él conocía muy bien.
Finalmente había llegado a Valkos, la ciudad de las Bestias.
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Hermione Granger caminaba de un lado a otro de su despacho, incapaz de poner en orden sus ideas. En menos de un día todo su mundo había sido violentamente sacudido por acontecimientos que iban más allá de una macabra elucubración del destino. Los ataques a las aldeas ya eran por sí mismos una fuente de angustia, pero el solo recordar la escena de muerte que había presenciado esta mañana en el campamento gitano la hacía dudar de los horrores que escondía el mundo.
¿Cómo era posible concebir un mundo en el que tuviera cabida tanta maldad, tanta crueldad, tanto dolor? ¿Qué clase de mente ruin podría haber impulsado tanta desgracia sobre gente inocente? Y claro, ahora parecía una joven chiflada que le aseguraba que solo necesitaba de ella, Ginny y otras dos mujeres desconocidas para librar una guerra que los liberaría de tanto infortunio. Para ser honesta, Hermione dudaba sobre la salud mental de la rubia, aunque había algo en ella, en su voz y su mirada, que la incitaba a creer a ciegas en la historia fantástica que había contado, donde ella sería parte de la salvación para todo un pueblo.
Deseaba creerle; con el alma y con la vida deseó por un momento que fuera verdad y que ella fuera capaz de hacer algo para devolver la paz a su mundo. Casi deseaba huir como ella había dicho, tomarle la palabra y partir hacia sabrán los dioses qué lugar; abandonarlo todo, dejar todo atrás. Pero probablemente solo fueran alucinaciones de una pobre joven que había perdido la razón.
Y luego estaba la reunión del pleno, donde se rumoraba que el Rey había proclamado un edicto importante para todos los habitantes. La castaña se derrumbó sobre el sofá de cuero que dominaba la estancia, pensando en qué consistiría el dichoso edicto.
El rey Lucius, a pesar de sus métodos radicales, siempre había sido un buen gobernante, por lo menos para los de su clase. Automáticamente Hermione se sintió miserable por acunar ese pensamiento. No debería haber clases, no debería haber distinciones donde una vida sea más valiosa que otras. Sin embargo, le era difícil desprenderse de la educación que había recibido por años, en la cual el oro determina cuánto vales; en cualquier caso, el rey invariablemente tomaría medidas para restablecer la paz del reino, por muy cretino que fuese Lucius Malfoy, siempre se caracterizó por ser un hombre tan brillante como frío. Sí, seguramente tarde o temprano el rey encontraría una solución.
De pronto, una llamarada de color esmeralda la sorprendió en medio del silencio; la chimenea del despacho comenzó a arder con fuego cada vez más alto hasta que una figura vestida de negro asomó entre las llamas.
-¿Severus, qué haces aquí?.- preguntó la castaña poniéndose de pie para recibir a su antiguo tutor.
-Lucius ha hecho su jugada, tenemos que irnos.- dijo el hombre con el rostro inexpresivo.
-¿De qué hablas? ¿Irnos a dónde? ¿Por qué?.- Hermione realmente no comprendía de qué coño estaba hablando Snape.
-Ellos están cerca.- dijo el hombre dando la vuelta para bajar al salón.- La cacería de impuros ya comenzó.
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