¡Saludos a todo el mundo mundial!
Jesúhcristo, lamento haber tardado, de nuevo, otra vez, por ver número 9234567. La verdad, pensé que iba a lograrlo en las vacaciones de verano, pero descubrí que era imposible. Tal vez unos pocos me entiendan con la tardanza de ahora, pues resulta que estoy en mi último año de universidad y, ostia, qué manera de exprimirnos el cráneo. En fin, ahora les traje un capítulo largote, en espera de compensar la ausencia. Un episodio bastante importante, además de ser el penúltimo de esta historia.
Se lo dedico a Victoria, que hasta el día de hoy me tiene con sentimientos encontrados la muy maldita. Siempre amaré a su Isaac.
En fin.
Lamento si el cap se siente distinto, me ha costado un mundo sacarme economía y finanzas de la cabeza para volver al mundillo del fanfic. Al final les acepto las críticas y los comentarios.
¡Ahí se ven!
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Isaac le enseñó el verdadero significado de la inseguridad.
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- Kanon.-
- … -
- Sé que estás despierto.-
- Hmm...-
- No puede ser lo mismo todos los días.-
- Ngh, cómo fastidias…-
- Tienes que regresar a tu pilar. Conoces la puntualidad de Sorrento, no querrá esperar un minuto más.-
- Pues me cago en la puntualidad de Sorrento.-
- Kanon…-
Una mínima baja en la temperatura de la habitación invitó al más joven de ambos a soltar una carcajada socarrona. Ni en las circunstancias más adversas se cansaba de jugar con la paciencia del ex santo de acuario. Para contrarrestar el efecto del cosmos ajeno, le frotó enérgicamente los brazos y luego hundió el rostro en la espesa melena que le cubría el cuello, a la par que le rodeaba la estrecha cintura con ambos brazos. Dégel, ya acostumbrado a lidiar con la pereza matutina del gemelo, se dio la vuelta y enfrentó al vocero de Poseidón.
- Recuerda que hoy irán todos a la superficie.- Susurró justo en el instante en que el peliazul regresaba hasta su cuello, haciéndolo bufar, pues sus intenciones eran más que evidentes.
- Maldita sea, tenías que arruinarlo.-
- Soy tu teniente, es mi trabajo velar por que cumplas con tu deber.-
Kanon abrió los ojos dispuesto a expresar su desaprobación, pero ni siquiera logró articular una queja, pues los labios franceses lo silenciaron rápidamente. Apenas emitió un gruñido luego de disfrutar del mimo.
- ¿Estás seguro de que estarás bien tú solo? –
- Nada malo ocurrirá aquí y estoy de acuerdo con Sorrento; es necesario que vayan a la superficie a averiguar los pasos del Santuario y para eso se requiere de toda la fuerza del ejército.-
- Aún así, puedo quedarme…-
- Non, no puedes. Eres su líder.-
Con eso, la discusión dio por finalizada. Por mucha razón que Dégel tuviera, Kanon odiaba con toda su alma cada vez que la excusa del líder servía para persuadirlo. Luego de un largo suspiro, el de géminis abandonó la cama de Dégel y abrió una grieta en las dimensiones.
- Tendré algo agradable para cenar.-
El paladín secular anunció aquello. El gemelo lo contempló un segundo y sintió una enorme satisfacción; observó su figura dibujada entre las sábanas y el cabello revuelto en su rostro. No obstante, el detalle que más le agradó fue el de sus labios sonrientes y enrojecidos.
- Te cobraré la palabra.-
Se despidió con esa frase y así se salvó de prolongar el recuerdo de la tersa piel entre sus manos la noche anterior. Luego de un breve intercambio de sonrisas, el general del pacífico norte regresó a su zona de jurisdicción y ambos dieron inicio a una nueva jornada.
A pesar del agradable comienzo, el resto del día de Kanon no tardó en adquirir el habitual color gris. Esa jornada en particular lo tenía tenso, pues era primera vez que saldría toda la facción atlantiana a la superficie. De hecho, también era ese uno de los motivos por los que no quería abandonar la compañía de Dégel, pues llevaba despierto varias horas. Sabía perfectamente que abandonar el lecho significaba dar cara a uno de los grandes pasos de su plan en años. Sorrento, además de ser su principal pasatiempos, se había convertido en su informante y un par de semanas atrás le había confirmado el avistamiento de los soldados atenienses en Cabo Sunión. Desde ese momento hasta ahora, había estado planificando la primera campaña. Era necesario probar hasta qué punto se habían fortalecido sus hombres.
El problema recaía en dos puntos: trabajar mintiéndole a Dégel y a los generales y proceder en nombre de Poseidón para contar con el apoyo de los últimos. Por fortuna, el que más dificultades le suponía era Sorrento y no necesitaba demasiado para cerrarle la boca.
Cuando salió del pilar del atlántico norte, lo esperaba una pequeña comitiva de soldados.
- Ya estamos listos para salir, maestro Kanon.
- Perfecto. ¿Han decidido hacia qué puntos del planeta irá cada unidad?
- Quisimos esperar a acordarlo con usted presente.
- Bien. Y… súbdito.
- ¿Señor?
- … No maten indiscriminadamente; recuerden que los demás generales estarán cerca.
Tuvo que torcer una de sus sonrisas pérfidas para simpatizar con los soldados, quienes no tardaron en reír de pura satisfacción. Para mantener intacta la fidelidad de unos criminales resentidos, era necesario realizar algunos sacrificios. Lo sabía de sobra y no le molestaba que hicieran lo que desearan allá arriba; el dilema recaía en que se mostraba más crítico en su fuero interno y la sensación de desagrado aumentaba con cada día que dormía entre los brazos de Dégel.
No habían llegado a ningún acuerdo, o bien, si lo habían hecho, había sido sin palabras. Ninguno de los dos podía negar que algo más que simple camaradería los animaba a compartir la cama. En lo que respectaba a Kanon, tenía muy claro que buscaba más que una excusa para vigilarlo cada vez que usaba las dimensiones para abandonar el pilar del atlántico norte con tal de escurrirse hasta el pilar central cuando todo el mundo dormía. No existía motivo sensato que lo obligara a mantener una rutina tan absurda.
Aún así, con todo lo mentiroso y despreciable que aceptaba ser, había tenido el cuidado de pedirle a Leviatán que mantuvieran "esto, como sea que se llame" bajo siete llaves. La excusa frente al aguador había sido que debían mantener cierta imagen de superioridad y de orden y que cualquier indicio de otro sentimiento que indujera a interpretaciones podía afectar su misión como guías del ejército del rey de los mares.
Por fortuna y para sorpresa del gemelo, Dégel no había protestado; es más, había apoyado la idea diciendo que comprendía mejor que nadie las dificultades existentes entre los sentimientos y el deber.
Dragón Marino se dio una ducha, desayunó y se lavó los dientes antes de salir. Todas las tropas y sus respectivos generales estaban reunidos frente al pilar central y se levantaron con aire ansioso al verlo llegar. Él mismo deseaba partir cuanto antes para que el día se acabase rápido; sin embargo, no fue posible.
Más tarde se encargaría de castigar al bastardo que le sugirió a Leviatán darles una despedida exageradamente ceremoniosa; para agregarle sazón a su malestar estomacal, el de cabellos esmeraldas apareció ante el público llevando el tridente de Poseidón en la mano derecha. A todos los envolvió una atmósfera sobrecogedora.
- Deseo no solo que la empresa resulte provechosa y los beneficie a todos, sino que regresen a salvo a casa. Por la victoria de Poseidón, lleven su voz a cada rincón del planeta.
El breve e inspirador discurso encendió el entusiasmo colectivo y Atlantis se inundó de fervientes vítores en nombre del dios del mar, tan solo para dar paso al azote del silencio al cabo de unos pocos minutos.
Dégel estuvo observando el paisaje largo tiempo y echó a caminar. No había percibido tanto silencio ni había visto vacío los dominios de Poseidón en muchos años. Le producía una sensación difícil de describir. Y como tendría la jornada libre, decidió regresar a su pequeño santuario, a ese pedazo de su pasado que no había visitado en demasiado tiempo.
Los corales habían crecido y se arremolinaban en un confuso espectáculo de colores y formas; no obstante, había una porción cuidada con primor, en cuya cabeza se erigía una lápida tan colorida como el entorno, con una breve leyenda.
" Seraphine "
El aguador llegó al sitio y se sentó a los pies de la tumba de su amiga de la infancia. Aún con todos los hombres que había, solo él visitaba aquel sitio, pues para nadie más era importante un montón de coral. El ex paladín de Acuario adoptó la posición del loto y se quedó observando la inscripción que rezaba la lápida. Una pequeña sonrisa de nostalgia le curvó los labios.
¿Puedes escucharme?
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Habían transcurrido tres horas.
Leviatán había tenido tres horas para creer que no ocurriría nada fuera de lo común mientras Kanon y los demás estaban fuera.
Pero ese tiempo se le hizo sumamente corto cuando todo Atlantis se estremeció.
Su visita a la tumba de Seraphine se vio interrumpida y el instinto lo llevó corriendo hacia el templo de las escamas, situado detrás del pilar central. Ninguna de las que habían partido antes había ocasionado tanto escándalo como la que ahora dejaba una estela brillante y desaparecía en el cielo marino rumbo a su nueva encarnación. Dégel ingresó corriendo hacia la cámara y descubrió que Lymnades era la responsable del estruendo.
O bien, eso alcanzó a suponer antes de que otro gran temblor desprendiera algo de polvo de las paredes. En esta ocasión, debió apoyar una mano en el podio vacío para mantener el equilibrio. Un tercer movimiento lo impulsó a salir del templo para evitar un posible derrumbe y solo tuvo que colocar un pie fuera para que un aterrador cosmos lo dejara paralizado.
Provenía en el pilar del ártico. La ya conocida presencia de Poseidón se había apoderado de ese extremo del continente marino y de paso le había dado un muy mal presentimiento a Dégel. El aguador abandonó la estancia y redirigió sus pasos hacia uno de los dos pilares que aún no tenía custodio. ¿Acaso el sello de Atenea se había debilitado? ¿El rey de los mares pretendía retomar Atlantis a partir de ese punto? No iba a permitírselo.
Era la mejor y peor oportunidad de poner a prueba sus habilidades de combate.
Sin embargo, al llegar, lo que menos encontró fue la presencia del dios. En lugar de eso, descubrió que toda la zona estaba empapada, como si una tormenta acabara de pasar por allí. El presentimiento se convirtió en tensión y le permitió agudizar todos sus sentidos, hasta que un quejido proveniente de un lado del pilar llegó a sus oídos.
Con cautela, Dégel caminó en su dirección y se le congeló el aliento en la garganta al ver a un niño con una espantosa herida en el rostro.
Si había tenido contemplaciones para acercarse o la intención de atacarlo, ambas desaparecieron sin que les diese la menor importancia.
La apremiante situación del recién llegado no le permitió llevarlo al interior del pilar del Ártico, ya que esta aún se encontraba vacía; valiéndose de sus capacidades de caballero, abarcó en un abrir y cerrar de ojos la distancia entre dicho pilar y el central, el cual estaba mejor preparado que todos los demás para atender cualquier urgencia. Subió corriendo los escalones que lo llevaban hasta sus aposentos, dejó al joven en la cama y se apresuró a atender la herida.
¿Cómo rayos había recibido una marca tan cruda?
Al cabo de una hora, dio por terminado todo lo que podía hacer y debió resignarse a que el muchacho hubiese perdido la visión de uno de sus ojos. La cicatriz tampoco desaparecería, aunque la había sanado lo más posible gracias a su cosmos y a las nociones que tenía de tratamientos médicos. En ese preciso instante, se dedicaba a pasar su mano diestra por sobre la zona lastimada para que su frío evitase la inflamación; había cubierto con vendajes la mitad de rostro y aguardaba a que el otro despertara para comprender mejor la situación.
La espera tuvo recompensa finalmente, cuando el ahora único ojo del muchacho comenzó a temblar. Dégel detuvo el movimiento de su mano y le sujetó cautelosamente del hombro para evitar cualquier sobresalto que abriese la lesión. La solitaria orbe de color verde divagó de forma desorientada por toda la habitación antes de detenerse sobre él. Leviatán no hizo nada, expectante ante la reacción ajena, aunque no se esperaba que una sonrisa apareciera en los labios contrarios.
— ¿Maestro Camus? —
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El sol comenzaba a descender cuando la campaña dio por terminada, lo que se traducía en un Kanon de buen ánimo. Las tropas habían quedado de regresar de las distintas partes del globo bajo el mando de sus respectivos generales, así que solo había tenido que encargarse de dejar a Sorrento en la mansión antes de bajar con sus hombres a Atlantis.
Una parte de él, la que estaba inclinada hacia sus ambiciones, se sentía más que satisfecha del desempeño de los soldados. Se las habían ingeniado para cometer sus actos infames con sutileza y habían medido sus fuerzas con algunos de los rasos atenienses que habían encontrado en misiones poco relevantes. La ansiedad por conocer la situación del Santuario se había plasmado en una sonrisa macabra que había crecido aún más al escuchar que el Patriarca parecía haber cambiado. Eso y la desaparición del santo de Géminis eran las únicas pistas que necesitaba para deducirlo todo: Había conseguido influenciar a Saga.
Aún se regodeaba en sus pensamientos fantasiosos de venganza cuando dio los primeros pasos en Atlantis. Las tropas de Scylla y Crisaor ya habían llegado y se dirigían a sus sitios de descanso, en tanto los dos generales iban de camino al pilar central para reunirse con Leviatán. Dragón Marino no quiso ser menos y despachó a sus soldados para tomar la misma dirección que los otros líderes. Les dirigió un saludo cortés y se adelantó para advertir a Dégel de su llegada, sorprendido de que no hubiera estado ya afuera para recibirlos.
— ¿Estarás bien?
La sonrisa del griego se cortó abruptamente al oír la voz del francés, aparentemente en una conversación. ¿Sería otro de los marinas? Al recordar la vergonzosa primera experiencia con Krishna, prefirió acercarse y escuchar un poco antes de abrir la puerta.
— No te preocupes. Es mi deuda contigo.—
El de géminis sintió que se había quedado atado al piso unos segundos, al no reconocer la voz que le respondió. Tragó saliva y respiró profundo, armándose de paciencia para abrir la puerta con calma. Ahí estaba Dégel, en efecto, y a su lado… un niño. Un niño con el rostro cubierto de vendas y con un aspecto demasiado familiar al acuariano.
Prefirió no abrir la boca, más que seguro de que soltaría alguna idiotez y porque estaba demasiado aturdido como para pensar en cualquiera.
Dégel parecía tenso, o esa impresión le dio antes de pararse. Le hizo un gesto al chico y se ubicó frente al peliceleste para hablar.
— Él es Isaac, el general marino de Kraken. Ha llegado hoy.—
— Saludos, Kanon de Dragón Marino. Leviatán ya me ha puesto al día con la situación de Atlantis. Estaré orgulloso y más que dispuesto a llevar la justicia de Poseidón a todos los rincones del planeta.—
El recién presentado secundó al ex santo de Acuario con una voz más bien monótona.
Si tuvieran que preguntarle, le parecía una broma de mal gusto.
¿Por qué había sucedido eso precisamente cuando él no estaba?
Había comenzado a sudar de estrés e inquietud cuando Dégel retomó la conversación y, una vez más, lo salvó de caer en sus pensamientos más oscuros.
— La escama de Lymnades ha partido hoy también. Kraken aún no despierta, pero el propio Poseidón ha salvado a Isaac para convertirlo en su marina. Solo queda esperar a que nuestro último general aparezca.
Al menos, esa era una información más sencilla de digerir. Kanon se llevó una mano al rostro y se adentró en la habitación.
— ¿Cómo es eso de que Poseidón le ha salvado?
— He tenido un accidente y me he hundido en el mar… Vi al señor Poseidón en mis sueños y lo siguiente que sé es lo que me ha contado Leviatán: aparecí en el pilar del Ártico, donde él me encontró, y me trajo hasta acá.—
— Ya veo. Dégel, ¿me acompañarías afuera un momento? Tenemos que hablar de esto con los demás.—
— Oui, vamos.—
Luego de despedirse de Isaac, quien siguió durmiendo, ambos bajaron hacia el recibidor del pilar central.
— ¿Estás seguro? ¿Podemos confiar en él? Esto nunca había pasado antes…—
— Estoy seguro, el cosmos no miente. La voluntad de Poseidón ha ido a buscar a ese niño. Tengo un buen presentimiento con él.—
— Dégel…—
— Oh, por cierto. —
— ¿Hm? —
— No he preparado la cena de hoy como lo prometí, lo siento. —
— …—
— Y, Kanon… —
— ¿Si? —
— Me quedaré con Isaac esta noche para supervisar sus heridas. Por favor, no vengas. —
Sin ser capaz de responder a ello, Kanon llegó en silencio al punto de reunión con las marinas, en donde Dégel les dio todos los detalles de la curiosa llegada del sexto general.
Esa noche fue la primera en mucho tiempo desde que había dormido solo, lo que se traducía en que precisamente no lograse conciliar el sueño. Tenía demasiados pensamientos en muchas direcciones diferentes. ¿Qué le había contado Dégel a Isaac? ¿Qué había ocurrido precisamente? ¿Debía desconfiar de Leviatán y preguntar más? ¿Se lo merecía?
¿…Podía desconfiar de Dégel después de todo lo que había ocurrido?
Mientras él se debatía y se revolvía en su cama, el custodio del pilar central observaba en silencio a un durmiente Isaac al mismo tiempo que removía un paño húmedo en su frente para mitigar una ligera fiebre.
Al observarle, se venían a su memoria todos los acontecimientos ocurridos entre su llegada y la llegada de Kanon.
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El primer suceso que lo hizo estremecerse fue el recibir el nombre de Camus, el actual caballero de Acuario. Esa información la conocía gracias al de géminis, que había tenido la disposición de contarle todo acerca de la nueva generación de caballeros. Le había corregido el error al joven y se había presentado como el guardián de Atlantis, tras lo cual le había consultado por el hombre con el cual lo había confundido.
Fue imposible que no se estremeciera al oír que ese Camus era, en efecto, el santo de Acuario, y que Isaac no era nada más ni nada menos que su alumno, un aprendiz de caballero buscando obtener la armadura del Cisne.
Santos, Acuario, Cisne.
Su constelación y la constelación de su promesa.
¿Seraphine había tenido que ver con esa elección del dios de los mares?
Isaac había sido escogido para convertirse en Kraken, en el verdadero Leviatán.
— Isaac, ¿me permitirías confiarte un secreto? —
Había dicho, y la mirada, inocente y seria en partes iguales, le había dado por sentado que su confidencia estaría a salvo con él.
Tal vez, Poseidón le había enviado a aquel niño como una señal de que su tiempo en Atlantis tenía los días contados.
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Tres semanas más tarde, Leviatán presentó a Isaac de manera oficial ante el ejército de Poseidón, tras haber concluido el tratamiento de la herida y tras confirmar que lograría mantenerse por sí solo. En el mismo lapso, solo los generales habían podido conocerlo y familiarizarse con él. Al igual que en las ocasiones anteriores, la influencia ancestral de las escamas los había llevado a una convivencia amena en poco tiempo. Isaac resultó ser del tipo que no hablaba demasiado, pero tampoco se reservaba sus comentarios y demostraba una ferviente convicción por complacer a Poseidón en sus objetivos. Hacia sus camaradas mostraba respeto y curiosidad. Luego, venía su relación con Dégel. ¿Por qué Kanon separaba el vínculo entre ambos de su vínculo con el resto? Porque no se los podía comparar. Y eso no le agradaba en absoluto.
Isaac parecía haberse convertido en la sombra de Dégel, le profesaba una admiración que no se cortaba en hacer pública y lo peor no era eso, sino lo que vino a descubrir unos días después: el futuro Kraken tenía la misma afinidad con el hielo que tenía Dégel, lo cual lo convertía en su alumno directo e indiscutible.
Para Kanon había sido como si le hubiesen arrebatado una vez más su trofeo más preciado y no había encontrado mejor forma de desahogarse que acaparando aún más a Sorrento.
Por cada hora que Leviatán le dedicaba al Kraken, Dragón Marino se dedicaba a Sorrento en una suerte de tortuosa venganza que parecía no funcionar, pues aparentemente su subalterno no le daba importancia a las jornadas completas que pasaba en la superficie. Habían dejado de dormir juntos y, en poco tiempo, su relación se había vuelto a distanciar, con uno dedicándose a cuidar y entrenar al novato y con el otro mordiéndose la cabeza en frustración y ahogando su amargura en música de flauta.
Con el paso de los meses, el pilar del Ártico se volvió habitable e Isaac se instaló en él para comenzar a adaptarse a su nueva posición de general marino. Kraken aún no había aceptado a su actual dueño, lo que incitaba al de cabellos verdes a esforzarse el triple por ser digno de portar la escama.
Todos parecían sentirse motivados por la pasión joven, menos Kanon, quien ya había decidido hacer su movimiento ahora que Dégel volvía a estar solo.
Esa noche, había tenido la precaución de aguardar a que todos regresaran a sus dominios a dormir, a sabiendas de que el último sería Leviatán en su rutina de abandonar el pilar del Ártico para regresar al central tras otra jornada de entrenamiento de técnicas de hielo.
Esperó media hora tras el regreso del acuariano para cerciorarse de que nadie iría a buscarlo y caminó decidido hacia el interior del recinto, tan solo para escuchar retazos de otra conversación, esta vez, entre Tethys y Dégel. Lo que diferenció la ocasión fue que decidió no esperar y subió las escaleras con imponentes pasos. Sin embargo, lo que vio lo dejó tan perplejo como era posible.
— Prometo que será nuestro secreto.—
Con ese compromiso de parte de Dégel había concluido la conversación y, ahora, él le correspondía un abrazo a la nereida, quien le daba las gracias con lágrimas en los ojos.
Kanon pudo sentir que se le secaba la boca y que deseaba devolver todo lo que había comido en tres meses. ¿Cómo se suponía que interpretara eso? Carraspeó para pasar el mal sabor, pero lo hizo con la fuerza suficiente como para que el par descubriera con evidente tensión a su espectador.
— Kanon…— Comenzó la muchacha.
— No te preocupes, Tethys, yo hablaré con él. Tranquila, ve a descansar. —
La aseveración francesa fue fulminante para el estómago del Dragón Marino, el que solo atinó a abrir una brecha dimensional que los llevara hacia el pilar del Atlántico Norte. Dégel ingresó tras despedirse y el gemelo ni siquiera consiguió realizar un gesto cortés antes de desparecer.
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— ¿Qué fue eso?
El primero en hablar fue el menor, con el remolino de sentimientos asfixiándole la voz.
— Tethys me ha contado algo muy importante y prometí no decirlo. Debes conformarte con eso. —
Dégel permanecía de brazos cruzados y le observaba con un rostro inánime, cual si esperaba la explosión iracunda del gemelo.
— ¿No confías en mí? — Evadió el custodio del pilar en el que estaban. Sin darse cuenta, había comenzado a pasear de un lado al otro del pilar, impaciente por una mejor elucidación.
— Si tú confías en mí, sabrás entenderme y dejarás de insistir. No diré una palabra. —
— ¿Cómo demonios puedo confiar en ti si apenas hace falta un niño para que olvides que existo? —
— Kanon, por favor…—
— ¡Dímelo! ¿Te has enamorado de Isaac? ¿De Tethys? ¿Acaso estabas enamorado de esa mujer y Tethys te recuerda a ella? Todo el mundo tiene un poco de tu atención, pero yo no. ¡Maldita sea, soy tu…!—
— ¿Mi qué? —
La conversación quedó congelada después de esa pregunta. La respuesta pedía a gritos que la dijera la boca de Kanon, pero este no había sido capaz de contestar de inmediato. Dégel le observaba con una expresión cruda y seria, como si de pronto no le importase en absoluto lo que fuera a decir Kanon. Como si sus sentimientos se hubieran refugiado en una coraza de hielo a la espera de una contestación negativa.
— ¿Eres mi superior, mi dueño, mi amante? ¿Mi compañero, mi amigo o mi enemigo? No te entiendo. No puedo entenderte. ¿Qué diablos te hace preocuparte tanto? ¿Tienes un secreto y eso te mantiene a la defensiva? ¿Hay algo que no me hayas dicho? Por favor, dilo ahora y tal vez te sientas mejor. Espero. —
Por supuesto que decirlo lo aliviaría. Quería decirlo más que nunca, con todas sus fuerzas, pero aún no estaba preparado para arriesgarse a perderlo todo.
Sus sueños y la persona que amaba. Aún no podía escoger.
Dragón Marino guardó silencio, con el entrecejo fruncido, y Leviatán entrecerró los ojos en un gesto de resignación.
— Quiero ir a la superficie. —
— …No puedes. —
La sensación de que era un ser repudiable pesó todavía más sobre él luego de que esa respuesta saliera de sus labios por sí sola. El menor bajó el rostro y se acercó a un Dégel que ya se había dado la vuelta para marcharse. Le rodeó con ambos brazos con fuerza y recargó la frente contra su hombro.
— Te necesito. —
— Me necesitas, pero no confías en mí. Tienes que tomar una decisión pronto. El tiempo no espera a nadie. —
— Dame un poco de tiempo, ¿quieres? —
— Me quedaré aquí hoy. —
— Lamento lo que dije. —
— Todavía te comportas como un niño. —
— Lo siento. —
El suspiro de Dégel y el tacto de sus manos frías en los brazos le llevaron algo de paz a Dragón Marino.
Durante el transcurso de la noche, repitió una y otra vez lo único de lo que estaba completamente seguro, mientras el corazón le ganaba a la razón y las caricias vencían en la batalla contra la ropa: no quiero que te vayas.
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Debido a la peculiar entrada de Isaac al ejército de Poseidón, habían pospuesto hasta ese día la batalla oficial de recibimiento. Los soldados se habían reunido frente al pilar central y en torno a los concursantes, tal y como solían hacer. Ya había combatido contra los generales para evaluar su progreso y lo había hecho lo bastante bien como para llegar a enfrentarse a su maestro.
— Lucharé con todas mis fuerzas. Espero ser un oponente digno, Leviatán. —
— No te contengas, estaré orgulloso de tener un enfrentamiento contigo. —
Los vítores hacia uno u otro llenaban el ambiente y Krishna había sido designado como juez de la pelea. Ambos contrincantes se ubicaron frente a frente y Dégel dio el primer golpe ante la señal del marina de Crisaor.
Era evidente quién debía ganar el enfrentamiento, por lo que Kanon se había desaparecido tras su turno contra Isaac para organizar algunas cosas en su mente. A lo lejos podía escuchar los gritos de sorpresa y de ánimos, así como las voces de los dos magos de hielo al ejecutar una u otra técnica. Mientras más lo pensaba, más inconcebible le era que Isaac contase con las mismas habilidades y que hubiese aprendido en poco tiempo a dominar las técnicas básicas de Dégel. Era un mal chiste, insistía, y seguía pensando en ello cuando un potente "crack" alcanzó sus oídos, seguido de una voz asustada llamando al viejo aguador.
Lo que vio al regresar a la arena fue tan inconcebible como lo que había pensado segundos atrás: Isaac estaba de pie, reluciendo la escama de Kraken, y Dégel yacía en el piso, con una mano ensangrentada en el rostro. Las últimas gafas que le había llevado estaban tiradas un par de metros más allá, destruidas, y la expresión del leviatán joven era tan perpleja como la de todo el mundo.
— D-Dégel, ¿estás…? Yo no… lo siento... —
Esa era la voz del recién reconocido general marina quien por fin había reaccionado y se había arrodillado a atenderlo como lo estaba haciendo Krishna.
— El vidrio le ha lastimado, pero no es grave. Hay que llevarlo adentro para quitar los fragmentos.
Crisaor ayudó a Dégel a levantarse y este le sostuvo por un hombro para luego girarse hacia el peliverde menor.
— Pude verlo un instante; lo has conseguido. Kraken te ha aceptado como su dueño. Te felicito, Isaac. —
Con esas palabras, Leviatán abandonó la zona de enfrentamiento y se dirigió al pilar central para recibir la atención pertinente. El resto de los generales dispersó a las tropas, luego felicitó a Isaac y más tarde todos ingresaron a constatar el problema. Kanon los siguió desde atrás.
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— La escama de Kraken lo vistió sin aviso previo, justo cuando me había lanzado un ataque. La sorpresa me distrajo y la fuerza de Kraken se sumó a la de Isaac, por eso no pude esquivarle como pretendía; eso ha sido todo. No hay nada de qué preocuparse. —
— No me parece, todo lo relativo a ese niño es sospechoso. Hasta pudo haberte dejado ciego. ¿Y qué tal si lo ha hecho a propósito? —
Dragón Marino apoyó su espalda contra la puerta cerrada de la habitación y cruzó los brazos. Después de la atención adecuada, Krishna había sugerido que lo dejasen descansar y que debían dedicarse a cumplir las tareas de Dégel para que este no se preocupara.
Había transcurrido una semana; Kanon había accedido a cuidarlo y apenas ahora había logrado enfriarse la sangre que le hervía de ira. Dégel tenía una venda en los ojos, pero mantenía el rostro girado hacia su voz para demostrar que le estaba prestando atención.
— ¿No crees que eso sería lo correcto? Después de todo, soy alguien ajeno a este lugar. Puede tratarse de un mensaje de advertencia de Poseidón. —
Tras decir aquello, levantó una mano e hizo un gesto para invitar al griego a acercarse. Este no se opuso y retornó a sentarse en el borde de la cama.
— Tonterías. Has hecho más por este santuario que todos nosotros. Poseidón no puede…—
— Sí, sí puede; recuerda quién soy. Si él aún me reconoce, no va a aceptarme. — El francés hizo una pausa breve, pero más que suficiente como para que el ambiente se impregnara de tensión. Luego de un momento, retomó. — Solo falta un general y no sabemos cuándo va a llegar. Kanon, he estado pensando…—
— Yo también. —
La interrupción de Dragón Marino volvió a pausar la conversación. Dégel estaba sorprendido, pues no se había esperado recibir una contestación así, mucho menos lo que vino después, acompañado de una caricia en el rostro difícil de interpretar.
— Quiero llevarte a la superficie.
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— ¿Te encuentras bien? —
— Es difícil de definir ahora mismo. —
— Sujétate fuerte. Prometo no dejarte caer. —
— Oui. —
Era inexplicable la sensación de tener a Dégel, al poderoso Leviatán, temblando y sujeto con tanta fuerza a su brazo. Le daba un aspecto tan frágil como cuando lo vio por primera vez. Después de tanto pensarlo, de tantas reflexiones, había tomado una decisión: No podía escoger. No estaba dispuesto a dejar ir ninguna de las dos opciones, así que simplemente esperaría a que una de ellas se escapara de sus manos.
Tras esa resolución, había esperado pacientemente a la mejor época para llevar a Leviatán arriba: primavera. También había escogido con cuidado el lugar para subir, ya que no quería provocarle un infarto al mayor al encontrarse de golpe con todo lo que no había experimentado en casi diez años. Encontró una laguna oculta en una cueva y desde ahí comenzó a caminar hacia arriba, llevando a Dégel pegado a su costado.
El francés no logró resistir la ansiedad y se quitó los zapatos ni bien sintió el cambio de aire. Kanon le imitó, pero ni por asomo logró igualar la emoción de su compañero al entrar en contacto con la tierra. Tal vez, había sido una ventaja que Dégel llevase los ojos vendados en la ocasión, ya que el resto de sus sentidos podría darle una idea para ver la próxima vez.
La tierra dio paso al césped conforme iban avanzando y poco a poco la brisa se hizo más fuerte. En su brazo, Kanon podía sentir cómo aumentaba el ritmo cardíaco de su teniente y como, sin querer, esto hacía crecer el tamaño de su sonrisa. Quería disfrutarlo todo, pues una vocecita sombría en un rincón de su mente le anunciaba que, quizás lo que decía el francés era cierto y Poseidón no le toleraría más tiempo en Atlantis.
Solo una fuerte ráfaga de viento fresco logró arrancarle a Dégel una exclamación de asombro. Al llegar a la cima de la cueva, el paisaje pareció darle una bienvenida al hombre que había pasado un par de siglos bajo el mar. El viento arrastró consigo una gran cantidad de pétalos diferentes y estos animaron al leviatán a soltarse de su compañero para avanzar por su cuenta los primeros pasos.
Dégel extendió ambos brazos, inspiró profundamente y se dejó caer de rodillas en el césped, incapaz de contener una risa nerviosa. Dragón Marino se sentó a su lado y le admiró en silencio, hasta que de pronto el de cabellos color esmeralda volteó en su dirección
— Kanon, quiero quitarme la venda.—
La solicitud hizo temblar los temores más antiguos del aludido, pero una noción aún mayor lo animo a suspirar, resignado. Ya había llegado hasta ese punto, asumiendo que tarde o temprano iba a perder una de las dos alternativas.
— ¿Estás seguro? Tus heridas…—
— Oui, no hay problema. Solo quiero sentir la brisa en el rostro.—
— Bien.—
Unos momentos más tarde, el de melena azul desató las vendas y las dejó ir en una brisa. Se había situado frente al otro para ver el estado de las heridas; tenía un par de marcas rojizas en torno a los ojos, pero todo estaría bien en tanto no hiciera movimientos bruscos.
En cuanto el francés comenzó a abrir los ojos, las manos de Kanon se empuñaron en sus rodillas. Tenía miedo, no podía negarlo, pero se resistió con todas sus fuerzas a tratar de evitar que Dégel mirara al cielo.
El aguador parpadeó con cuidado de no abrir sus heridas y dedicó varios minutos a observar las flores, el césped, la tierra y la playa que alcanzaba a divisarse desde ese punto. Arrastró sus manos todo lo que alcanzó a extenderse e inhaló profundo varias veces, hasta que se decidió a levantar la vista al cielo.
Kanon le observó con la mandíbula apretada y esperó a su reacción, a que surgieran las palabras que terminarían de arrebatarle para siempre el segundo camino.
— Me mentiste.—
Dijo el mayor pocos segundos después. El corazón de Dragón Marino dio un brinco que le dolió en el pecho y lo hizo sentirse avergonzado hasta casi querer salir corriendo. Por eso mismo fue que se sobresaltó cuando una suave caricia lo obligó a dirigirle la mirada al ex paladín de acuario, quien le estaba sonriendo.
— Este mundo no es horrible. Es igual a como lo recordaba. Es hermoso.—
Seguido de esas palabras, volvió a levantar la mirada y se quedó prendido de la luna. La enorme luna que no había visto en más de dos siglos.
Kanon no tuvo fuerza ni valor para emitir una respuesta, mucho menos cuando el pálido rostro de su prisionero, aún sonriente, comenzó a empaparse de lágrimas que brotaban de sus ojos ya cerrados.
— Gracias, Kanon.—
Ese susurro final, más que ningún otro, fue el que le dio al gemelo la ominosa sensación de que Dégel había comenzado su lento proceso de despedida.
Continuó sin decir nada, solo asintió y le prestó cobijo en su costado, para luego continuar observando el cielo lleno de estrellas que se reflejaba en los ojos del aguador.
