Aclaración: Los personajes y todo aquello que identifiquen pertenece a J.K. Rowling, sólo la trama es mía, producto de mi retorcida mente.
Buenas madrugadas, preciosas y preciosos..!
Pues bien, mil disculpas por tardar tanto en actualizar, lo cierto es que mi musa está anémica, famélica, muere de hambre, ella vive de Reviews, y aunque reconozco la atención de quienes se toman el detalle de comentar (y se los agradezco infinitamente), hay que decir también que, particularmente esta historia, hay mucha, mucha gente que la lee y la sigue, sin embargo, es triste porque no dejan ningún comentario.
Como escritora, puedo decir que son las 2:35 de la mañana aquí en México, y que a pesar del trabajo, el desvelo y mis actividades diarias, me esfuerzo por entregarles algo digno de ser leído por ustedes, y ¿qué es lo único que yo gano por mis horas de cansancio, trabajo y esfuerzo? Exacto, nada, solo los comentarios que me hacen saber que vale la pena seguir adelante, y aunque quizás muchas dirán que no les queda tiempo, nenas, es más tardado escribir capítulos de 10 000 palabras que dejar un pequeño review, y ustedes ganan entretenimiento, yo no gano nada.
Bueno, ya, me pongo sensible xD Espero que disfruten este capítulo, aquí es donde comenzará a valer la clasificación para mayores de edad :)
Por mucho la historia más obscura que he tramado, solo espero estar haciéndolo bien y no decepcionarlas.
"De deseos, estamos hechos de deseos"
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Apenas habían alcanzado la cima de la colina más próxima, cuando la inequívoca luz del fuego ardió directamente detrás de ellos. Montada en un corcel negro de impresionante altura, Hermione Granger, con lágrimas en los ojos contempló la pira funeraria en la que se había convertido su hogar… el hogar que su padre edificara alguna vez como un homenaje al amor que le uniría a su esposa incluso más allá de la muerte.
-Señorita Granger, es hora de irnos.- La voz de Severus Snape le hizo reaccionar de su sopor mental, ese que se había instalado en ella momentos antes, cuando habían abandonado precipitadamente los establos, llevando con ellos a penas algunas cosas más a parte de las ropas que vestían.
-Pero… ellos…- la voz se negaba a pasar a través del nudo que le oprimía la garganta.- De haber sabido que la quemarían…
-No sea estúpida, eso no es culpa de nadie.- Severus la cortó tajantemente.- Recuerde Granger, nadie muere ni antes ni después, y si su momento ha llegado ahora y el nuestro no, es porque tenemos demasiados asuntos qué atender antes de caer a los sueños de lo eterno.
Dicho esto, sin la más mínima muestra de emoción, Snape echó a andar a lomos de su caballo gris.
La procesión avanzaba con calma; al frente, Luna conducía su Thestrall entre la maleza, cuidando que sus alas no encontraran obstáculos al traspasar la angostura de los árboles y sus ramas quebradizas, cantando alguna canción en una lengua extraña, que sonaba tan triste como un réquiem y al mismo tiempo tan dulce como la más tierna canción de cuna; Hermione no pudo evitar preguntarse si habían hecho una buena elección al seguir a esa delirante chica que luego de presenciar la quema de una casa repleta de gente inocente, aún tenía ánimos para cantar por el camino de huida. Unos metros detrás, Ginny iba literalmente roncando echada sobre el corcel negro que había adoptado como propio desde que llegase a la casa Granger, la pelirroja se encontraba tan ebria de licor, de dolor y de cansancio que únicamente se sostenía sobre la montura por el hechizo de estabilidad que Hermione había aplicado antes de que Severus la dejase caer encima como un saco de patatas.
Después de un buen rato de cabalgata sin dirección, por lo menos no una que ella conociera, Hermione descubrió con sorpresa que la obscuridad había caído sobre ellos tan absoluta que no distinguía ni los árboles frente a ella, el suelo bajo sus pies o el cielo sobre su cabeza, y esto la aterró de forma tan inmediata e infantil que no pudo evitar sentirse ridícula.
¿Qué era un poco de obscuridad comparado con la desgracia que se cerniría sobre su pueblo? Nada… solo debía asegurarse de llegar pronto a… donde quiera que fueran, y ya tendría tiempo de ocuparse de sus miedos ridículos cuando encontrara la forma de restaurar la paz en Eilën Dracöiz.
Sonaba tan fácil al pensarlo así que una risita histérica escapó de sus labios. ¿De verdad se suponía que tenía que sobrevivir a todo lo que estaba ocurriendo? En menos de veinticuatro horas había presenciado más muerte de la que un ser humano normal podría asimilar en toda su vida; no obstante, tenía sobre sus hombros la responsabilidad de mantenerse fuerte, de ser una ayuda y no un estorbo. Definitivamente una chica llorona y asustada no sería de ninguna utilidad.
Respiró profundamente para tranquilizarse y acarició con la mano desnuda las suaves y onduladas crines del caballo, cuando de pronto escuchó cómo Severus ordenaba detener la marcha.
Se encontraban frente a un ancho río de aguas cristalinas y profundidades insondables; la luna menguante caía en rayos de plata sobre la superficie, haciéndolo parecer como un ondulante espejo de plata bruñida. La niebla dominaba el paisaje hasta donde sus ojos podían ver.
-Hay un puente.- dijo Luna, volviéndose hacia ellos sobre el Thestrall.- solo debemos seguir río abajo.
Dicho esto, continuaron avanzando por el borde del caudaloso río, lentamente, con sumo cuidado, avanzando a ciegas sobre las invisibles raíces de los árboles ocultas por la niebla.
El cansancio comenzaba a vencerla de a poco; Hermione sentía sus extremidades entumecidas y el aturdimiento invadía su cabeza, necesitaba dormir un poco cuando menos.
Sin embargo la castaña no tuvo tiempo de fantasear con una cama suave y mantas calientes.
-¡Corran!.- La voz de Severus Snape resonó entre los árboles con urgencia.
El hombre azuzó su montura y jaló tras de sí las riendas del caballo de Ginny, tirando de él, guiándolo a través de un camino inexistente.
Una flecha golpeó sobre un tronco, justo en el mismo lugar donde segundos antes había estado su cabeza. Hermione cabalgó hacia Luna, cerrando la marcha dirigida por Snape, huyendo tan rápido como la espesura de los árboles lo permitía.
-No vamos a llegar al puente..- murmuraba la rubia nerviosamente.- No vamos a llegar, ¡Oh Merlín, no vamos a llegar!
El sonido de la multitud se filtró en el bosque, el crepitar de las antorchas parecía casi tangible en medio de la lluvia de flechas que se precipitaba sobre ellos.
Sería su fin, pensó Hermione. "Nadie muere ni antes ni después", recordó ella y en ese momento decidió que no era su turno aún. Con brutalidad azotó los flancos del caballo ganando velocidad, dio alcance al corcel de Ginny y se posicionó justo a la par de Severus.
-¿Cuál es el plan?.- preguntó, creyendo que quizás aquel hombre poseía respuestas que podrían salvarles la vida.
-Corre, evita que te maten, ese es todo el maldito plan.- respondió él parcamente.
Hermione lo escuchó antes de verlo. El zumbido, el golpe, el grito y luego nada.
Como un fantasma, el corcel de Severus y el de Ginny desaparecieron sumergidos en la niebla bajo sus pies; en un rápido reflejo y con gran esfuerzo, la castaña alcanzó a refrenar el galope del caballo hasta detenerlo por completo, sin poder hacer nada contra la rubia y el Thestrall estrellándose contra su cuerpo adolorido.
Hermione cayó al suelo, zafándose de la montura gateó por la tierra hasta encontrar a Ginny aprisionada por la cintura bajo el peso de su caballo, un par de metros más allá, Severus, convertido en un ovillo, sujetaba con dolor su brazo derecho, que pendía del hombro en un ángulo bastante antinatural.
No hubo tiempo de preguntas, ni razones, ni consuelos.
El fuego de las antorchas iluminó el bosque, mientras sus persecutores se adelantaban hacia ellos con clara intención de capturarles… vivos o muertos.
Una insulsa horda de campesinos les rodeaba totalmente, sosteniendo entre sus callosas manos hachas afiladas, palos, cadenas, arcos e incluso cuchillos de cocina; hambrientos, miserables, esperando vender su sangre mestiza a cambio de un montón de galeones. Hermione recordó a Ronald, y le pareció vislumbrar su imagen en cada uno de aquellos rostros; lágrimas de desesperanza rodaron por sus mejillas, podía escapar, ella podía escapar.
Pero jamás podría abandonar a Ginny y a los demás; con cierta resignación, la castaña envolvió entre sus brazos el cuerpo inconsciente de Ginevra, esperando un ataque del que jamás podrían salir victoriosos.
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El hedor era sencillamente insoportable; con disimulo, Ronald colocó su pañuelo sobre su nariz, intentando con ello ahogar el olor putrefacto que reptaba por toda la ciudad.
Su guía, un trasgo semidesnudo de piel verdosa y por lo menos cuatro metros de altura, tan repugnante como todos los seres que habitaban dentro de los muros de aquella fortaleza, le conducía a través de una serie de sectores separados por gruesos muros de piedra, algunos conocidos en sus visitas anteriores, y otros tan ignotos como las tinieblas del mal en estado puro; aquí y allá se escuchaban risas, carcajadas estrepitosas, gritos de agonía, voces ásperas que hablaban en lenguas no humanas.
El trasgo se detuvo frente a un herrumbroso portón negro, remachado con puntas de lanza y decorado con una decena de cabezas cercenadas en distintos estados de descomposición. Hermoso, pensó el pelirrojo con sarcasmo, retirando el pañuelo de su cara con discreción. Su guía tendió una mano llena de pústulas y suciedad, entonces Ronald comprendió que esperaba su paga; con calma extrajo del interior de su capa un par de galeones y los depositó sobre ella. Sin más, el trasgo se marchó, dejándolo solo en la obscuridad, a merced del peligro que entrañaban aquellas visitas.
Desde el interior, cientos de susurros parecían llenar el viento nocturno, voces indescifrables pronunciando palabras violentas en algún idioma no humano; el frío pareció recrudecerse y Ronald ajustó su capa en torno al cuello, al tiempo que llamaba a la puerta golpeando con una aldaba hecha de huesos inconfundiblemente humanos.
Un escalofrío recorrió su cuerpo al sentir el tacto frío y grasiento de los huesos, pero no había punto de comparación con el estremecimiento que lo atenazó cuando su anfitrión acudió al llamado. Sintiendo por primera vez en su vida auténtico terror, trató de mantener su pálido rostro impasible, aunque sin éxito, según descubrió al contemplar la sonrisa corrupta del ser que le indicó pasar.
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El castillo se encontraba en silencio, solo el viento golpeando las ventanas interrumpía la calma de tanto en tanto. Sus huéspedes dormían tranquilos, sin percibir en el ambiente la obscuridad intangible que inevitablemente caería sobre el reino, todos, menos Theo.
La pálida luz de la luna traspasaba el cristal de los ventanales, confiriendo a su habitación un aspecto aún más irreal, si es que aquello era posible. Las paredes eran completamente blancas, inmaculadas, al igual que cada mueble a su alrededor, desde la cama y las mantas hasta el armario y el escritorio, en rudo contraste con el suelo de mármol negro pulido con tanto esmero que asemejaba un espejo; en el techo abovedado pintados con exquisita maestría, titilaban iridiscentes constelaciones enteras formadas por diminutas estrellas plateadas, las cortinas de encaje parecían hechas de tela de araña y los macizos de gardenias bajo su ventana perfumaban la estancia incluso con los cristales cerrados.
El castaño aún permanecía vestido con sus ropas de viaje; había tomado algo de comida y una pequeña siesta, sin embargo fue incapaz de conciliar el sueño una vez que las lejanas luces de la casita de Madame Pomfrey aparecieran detrás de las cortinas; llevaba horas observando la casita en silencio, ansioso por encontrarse con Daphne saliendo de ella por su propio pie.
Lo cierto era que no esperaba tanta hospitalidad, nunca creyó que podría ser tan bien y tan mal recibido por alguien al mismo tiempo. Por lo que había podido averiguar de las criadas, aquel era el palacio de Lady Parkinson, Duquesa de Penford, una curiosa dinastía matriarcal donde todo giraba en torno a las féminas de aquel lugar. Los guardias eran mujeres, letales en ataque según lo que había escuchado, un ejército pequeño de bellísimas máquinas de matar; los funcionarios del feudo eran sobrias matronas de rostros serios, y aunque en el palacio se impartía educación por igual para chicos y chicas, eran ellas las que estaban destinadas a ocupar los cargos importantes.
En todos sus años y sus viajes por el mundo, Theodore Nott jamás había visto algo así, y lo increíble es que parecía funcionar mil veces mejor de lo que lo hacían las sociedades tradicionales. Daphne estaría encantada, pensó esbozando una sonrisa melancólica, probablemente si la rubia pudiese montarse un imperio, lo organizaría exactamente de aquella manera.
Al pensar en ella, sin poder evitarlo, las imágenes de lo que él escuetamente llamaba "El incidente" revolotearon por su mente, con un suspiro exasperado alejó las memorias de sus pensamientos, no queriendo revivir las atrocidades por las que había atravesado Daphne, su Daphne.
El alba no tardaría mucho más en llegar y él no estaba dispuesto a tomar un descanso que ella probablemente no tendría aquella noche… casi podía sentir de nuevo su esbelto cuerpo entre sus brazos, las lágrimas cristalinas de la doncella mojando su pecho, sus largos cabellos dorados acariciando su rostro…
La sonrisa franca, dulce y agria al mismo tiempo, la apretada trenza que adornaba su cabeza durante las batallas ¿Es que un querubín celestial podía ser al mismo tiempo un ángel vengador? ¿Era acaso justo que tanta belleza residiera en una sola persona? Lo que no daría él por encontrar la caricia de sus manos, o sentir sobre su piel las gotas de sudor que escurrían de su frente cada vez que entrenaban juntos. Sonrió abiertamente al recordar los vestidos inocentemente impúdicos que usaba para dormir, y la manera en que se agitaban cuando ella permanecía por las noches en la borda del navío en que viajaban; ella era como una ninfa del mar, toda sal, agua y luz de luna, un ser delicioso y etéreo, el tipo de mujer del que no podría separarse jamás.
Al darse cuenta de la naturaleza de sus pensamientos hacia Daphne, decidió no dejarlos seguir su rumbo. Ella era como una hermana, como su familia, y uno no va por ahí enamorándose de sus hermanas.
Enamorándose. La palabra resonó en su mente como el golpe de un rayo; demonios, él no podía estar enamorado de Daphne, por un millón de razones obvias. Ella… bueno, ella era su Jefa de armas, y era su amiga, y, vamos, era Daphne, la única mujer que había conocido hasta ahora que no hubiese intentado seducirlo o conquistarlo.
No, lo que sea que hubiera entre Daphne y él no podía arruinarse por un enamoramiento estúpido que seguramente ella jamás podría corresponder, no sería él quien la alejara de su vida, no podía permitírselo, no querría permitirlo nunca.
Con determinación se forzó a enfocar sus preocupaciones por ella de manera distinta, volviendo a caer en el abismo de la culpa por no haber sido capaz de protegerla.
La penumbra nocturna avanzó rápido, dando paso a un amanecer pálido y helado que poco a poco fue pintando colores sobre aquellos prados aterciopelados que rodeaban el palacio; Theo restregó sus cansados ojos verdes y trató de acomodarse el cabello.
Dispuesto a averiguar el estado de su amiga, cambió sus ropas sucias por otras y se encaminó a la casa de la sanadora, para encontrarse con que Daphne ya no estaba ahí.
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Podía escuchar a Luna murmurando palabras extrañas mientras elevaba ambas manos al cielo, no podía culparla por orar al Dios en el que creyera, después de todo, no creía que hubiese un momento más propicio para hacerlo. Los brazos de Hermione seguían aferrados en torno al cuerpo desvalido de Ginny, o por lo menos la parte que no yacía bajo el peso muerto del caballo, mientras las voces de la turba llegaban hasta ella como gruñidos casi animales, cargados de codicia y odio; los segundos parecían horas, en tanto ella intentaba dilucidar si habría tiempo de eliminar a sus atacantes con maldiciones imperdonables, y por supuesto, si es que sería capaz de asesinar a alguien.
Una flecha atravesó su mano izquierda, clavándose también en el hombro de Ginny sobre el que estaba apoyada; un gemido desgarrador acudió a sus labios, al tiempo que una furia obscura, perversa, sustituía sus dudas y los temores con los que había cargado hasta ahora.
Apenas consciente de lo que estaba haciendo, enarboló su varita y, con una floritura amplia, dejó fluir su magia.
-¡Hermione, no!.- Luna abría sus enormes ojos azules en un gesto de terror, pero era demasiado tarde.
No lanzó ningún hechizo, maleficio, o maldición alguna, solo dejó que la varita proyectara el deseo de protegerse y proteger a los suyos. Una estela púrpura invadió el lugar, seguida de un rayo luminoso que se ramificó a su alrededor como mil cuchillas disparadas en todas direcciones.
Decenas de cuerpos calcinados se derribaron frente a sus ojos, el olor a la carne quemada inundó su cerebro, y juntó con su consciencia, supo que también había perdido algo que no podría recuperar jamás.
Con un sonido seco, Hermione Granger cayó sobre el suelo polvoriento, dejando tras de sí un rastro de absoluta destrucción.
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Ithiria se presentó ante ellos como un páramo frío cubierto de neblina tan densa como el algodón, ni siquiera el amanecer era capaz de infundir un poco de esperanza dentro de aquel lugar; los hombres levantaron el campamento e iniciaron de nuevo su marcha, ahora rumbo al sur, guiados por su príncipe, y el futuro consejero real, quien llevaba entre brazos a su nueva y autoproclamada hija. Era tiempo de volver a casa.
La noche había sido dura, las bestias rondaron el campamento la mayor parte del tiempo, sin embargo, al parecer los hechizos de protección habían dado lo suficiente como para no llamar la atención más de lo necesario y esperar la mañana sin ningún incidente, o por lo menos eso creían todos. Draco avanzaba, dubitativo, a lomos de su caballo, intentando decidir si había elegido la opción correcta; por un lado, sentía culpabilidad por los pueblos de Ithiria que no se aventurarían a visitar, pero por el otro extremo estaba la vida de sus hombres, la desesperación que veía en sus ojos y el incidente de la noche anterior.
Las tiendas se elevaban sobre el suelo, apenas asomando por encima de la niebla que cubría el pie de los árboles, Draco, incapaz de dormir tranquilo en medio de aquel lugar perturbado y antinatural, abandonó la seguridad de su carpa para tomar asiento junto al fuego, el cual a esas horas de la madrugada no era mucho más que un montón de brazas ardientes enterradas bajo restos y restos de cenizas; el frío parecía colarse bajo su capa, enredándose en sus cabellos rubios, como acariciando la tersura de su piel al recorrer su espalda, algún ave desconocida lanzó un triste ulular en medio de la noche, y el príncipe, intentando encontrarla, aguzó su vista, cortando la obscuridad con sus brillantes ojos grises que escrutaban el bosque a su alrededor.
Una joven y hermosa mujer apareció de pronto entre los arbustos, descalza y con el largo cabello negro extendido sobre el etéreo vestido blanco que llevaba, resaltando el tono dorado de su piel; ella lloraba, su dulce rostro compungido invitaba a brindarle consuelo, protegerla, adorarla…
La belleza de aquella aparición era casi divina, irreal, imposible; los grandes ojos obscuros contemplaban al príncipe en actitud suplicante, mientras la delicada boca de labios rojos como una rosa abierta hacía pucheros tan tristes que ningún caballero hubiese resistido a perderse en ellos. Draco, embelesado por la chica, avanzó uno, dos, tres pasos, hasta que de forma inconsciente cruzó la línea de las protecciones, el fino velo que separaba al campamento de los peligros de Ithiria; la joven dio media vuelta y caminó con calma hacia las profundidades del bosque, volviéndose de tanto en tanto al tiempo que extendía las manos como invitándolo a acompañarla, hasta que en un acto de pura estupidez, el príncipe se encaminó tras ella, aspirando con avidez los girones del aroma dulce de la chica que quedaban flotando ahí por donde había pasado.
Tratando de conservar algo de prudencia, Draco se detuvo justo cuando supo que si avanzaba un poco más perdería el contacto visual con los suyos; la chica también se detuvo y avanzó lentamente hacia él. El rubio se sentía embriagado por la belleza exótica de la mujer, que ahora de cerca, era casi tan alta como él, sus labios llenos y sedosos parecían sonreír con dulzura y las formas redondas y voluptuosas de su cuerpo parecían marcarse a detalle por encima del vestido.
Una erección incontrolable se expandió entre sus piernas, provocando una dolorosa pero placentera presión dentro de sus pantalones, cuando ella comenzó a bajar los tirantes de la prenda, dejando al descubierto un par de enormes y redondos senos coronados por pequeños pezones del color de las castañas al fuego; el vestido cayó de sus caderas, deslizándose tortuosamente sobre un par de bien torneadas piernas, mostrando en su absoluta desnudez un pubis suave y sin vello, como el de una niña. Sin previo aviso, la chica tomó una de las manos de Draco y la llevó hasta su sexo, incitándolo a tantear la sedosa humedad que escurría de él.
El rubio soltó un gemido de placer anticipado, sin ser a penas consciente de cómo cedía su cuerpo bajo la presión de las pequeñas manos de la chica apoyadas sobre sus hombros, hasta arrodillarlo por completo frente a ella; con delicadeza, retiró de a poco la camisa del príncipe, dejando expuesto el torso desnudo. Como una madre que amamanta a su crío, ella empujó suavemente la cabeza de Draco justo al lugar entre sus piernas, y él, al sentir el contacto de la piel caliente y su inconfundible aroma de mujer, bebió como una bestia del manantial palpitante que ella le ofrecía.
Jugó con su lengua, introduciéndola rítmicamente, llenando su boca del sabor exquisito de sus líquidos, mordisqueando con lujuria los labios rosados que protegían el clítoris turgente y ávido de placer; con una mano atenazó con fuerza el trasero redondo y firme, mientras con la otra jugueteaba bruscamente con los senos de la chica, pellizcando sus pezones hasta sentirlos tan duros entre sus dedos como puntos de diamante.
Un líquido etéreo y cálido escurrió hasta lo profundo de su garganta, y sin ser capaz de contenerse por más tiempo, se puso en pie, sosteniendo a la chica contra sus caderas; la apoyó contra un árbol sin dejar de cargarla, besando sus senos, succionando con fuerza sus pezones, mientras con una de sus manos desataba el cinturón y extraía el basilisco que ya bramaba de deseo. Sin ningún aviso la embistió con fuerza, penetrándola profundamente, sin prestar atención al gemido de la chica, solo concentrándose en la estrechez y el húmedo calor que envolvía su miembro llevándolo hasta el límite de la lujuria.
Tan extasiado se encontraba que no notó las uñas clavándose en la nívea piel de su espalda, no notó los cortes que rasgaban su carne… ni tampoco notó los trozos de que le eran arrancados como pequeños bocados de un canapé.
El éxtasis llegó finalmente, con brutalidad y urgencia sintió el semen emerger de su miembro, volteando por instinto a ver a el rostro de su acompañante, quien, totalmente indiferente, relamía la sangre de sus labios mientras comía con deleite un trozo de carne que había extirpado de su propia espalda. Varias hileras de dientes pequeños y afilados, una mueca de placer y horror al mismo tiempo… y así, sin más, Draco se reencontró a sí mismo solo, con los pantalones abajo, el pene aún erecto y un montón de horrendas y profundas heridas en su espalda ensangrentada.
Aún sin reaccionar completamente, pasó su mano por uno de aquellos surcos, encontrando tejido suelto aún adherido a ellos… y entonces comprendió de dónde habían salido los bocados que con tanta glotonería engullía aquella criatura.
Draco recordó los detalles embarazosos con vergüenza, rememorando el rostro de Harry cuando fuese a pedirle ayuda apenas unas horas antes del alba. Sin hacer preguntas incómodas, Potter colocó a Mirela sobre su lecho, la abrigó entre su capa de piel y se dispuso a suturar con cuidado los cortes que marcaban las espaldas de su soberano. Dolía como el infierno, más que coser a un herido parecía que Potter remendara sus botas de batalla; como fuera, tampoco es que el rubio pudiera andar por la vida con la espalda desgarrada o arriesgarse a pedirle ayuda al médico de la compañía y verse forzado a dar detalles de sus heridas.
El ojigris se retorció incómodo sobre su montura, evitando mirar a Harry directamente; para esa misma tarde seguramente ya estarían en el castillo, Draco se daría un buen baño, pediría a su sanador de confianza que le revisara las costuras y curaría su orgullo herido follando como un animal con cuanta hembra se le pusiera enfrente; de alguna forma debía subsanar el hecho de haber sido violado y devorado por "algo" que ni siquiera estaba seguro de que fuera completamente femenino, ya ni hablar que fuera humano.
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La luz del sol hirió sus ojos en cuanto despertó, su cuerpo se sentía cansado, agotado, tan exhausto que le parecía un milagro escuchar el murmullo rítmico de su respiración. Con cierto esfuerzo, Daphne estiró sus miembros entumecidos y, sintiendo el dolor en su vientre, llevó sus manos hasta ahí, para descubrir que estaba desnuda. Aún con los ojos cerrados, recorrió su piel completamente, sus brazos, su abdomen, sus pechos y el interior de sus piernas, para encontrar que no había prenda alguna que cubriera su desnudez.
La rubia nunca había sido el tipo de mujer que teme mostrar su cuerpo, pero encontrarse sin ropa ahí, en medio de sabrá Merlín dónde, era desconcertante y la hacía desear con toda la fuerza de su alma tener un escudo en la mano detrás del cual por lo menos pudiese ocultarse un poco. Aunque el verdadero desconcierto llegó cuando abrió sus ojos verdes y encontró a la mujer más hermosa que hubiese visto antes, completamente desnuda e inmaculada, descansando justo a su lado.
Pansy, pensó la ojiverde, reconociendo a la chica de sus delirios de la noche anterior, Pansy… El cabello negro como la tinta se desparramaba sobre una piel tan blanca como la leche, escurriendo entre el abismo de sus senos, para recorrer como un río el camino hasta el interior de sus piernas; con curiosidad, casi sin entender por qué, Daphne apartó el largo mechón de cabello que cubría el pubis de la pelinegra, para encontrarse con un delicado pliegue sin vello, en medio del cual escapaba a penas una pincelada de la piel rosada, suave y secreta que se escondía ahí dentro.
La chica dormida parecía completamente agotada, las sombras bajo sus párpados cerrados revelaban que había pasado la noche en vela, y su postura relajada evidenciaba lo profundo de su sueño. Su piel parecía tan suave, tan delicada como una rosa blanca de invierno, y Daphne, seducida por la perspectiva de tocar algo tan puro y saber qué tacto tendría bajo sus manos ásperas, se arriesgó a posar un solo dedo sobre aquel lienzo de seda blanca.
Con cuidado de no despertarla, el dedo de la rubia trazó un lento camino desde la clavícula de Pansy hasta el centro de sus senos, casi por inercia, continuó ascendiendo hasta llegar al pequeño y pálido pezón, que se irguió firme en cuando sintió la caricia; algo dentro de Daphne pareció moverse, un gemido ahogado escapó de sus labios secos y, tragando saliva nerviosamente, decidió continuar el recorrido.
De nuevo su dedo se deslizó sobre la piel de su abdomen, rodeó con deleite el pequeño ombligo y viajó cerca, demasiado cerca, del pliegue incitador de su vagina; rogando a todos los dioses no ser descubierta, casi furtivamente, la rubia tocó la pequeña porción de piel rosada y caliente que asomaba entre aquel pliegue seductor; el ceño de Pansy se frunció levemente, mientras sus piernas parecían tensarse un poco y a sus labios asomaba el fantasma de una sonrisa de placer.
Movida por algún impulso extraño, sin poder resistir a los mandatos de su cuerpo, poco a poco la ojiverde se inclinó sobre aquel cuerpo de pecado, hasta rosar con sus labios el delicado pezón y lamerlo con absoluto placer. Su lengua tibia y húmeda viajó saboreando la blanquísima piel a través del abdomen firme, sumergiéndose con deleite en la curva cerrada que trazaba su ombligo, casi temblando de deseo reprimido, finalmente su lengua se encontró con el pliegue despejado que era objeto de su total atención. Lo lamió por encima, encontrando a su paso un sabor y un aroma tan desconocidos como deliciosos, acarició aquellos labios húmedos con la punta de su lengua, mordiendo un poco sin poder evitarlo. Pansy se estremeció intensamente, y con el corazón en un hilo, Daphne la observó hasta estar segura de que continuaba durmiendo; con delicadeza utilizó dos dedos para abrir aquella puerta cerrada, y sin poder contenerse más, hundió su lengua entorno a aquel clítoris rosado y chorreante que se erguía frente a ella.
Era el éxtasis, pronto su lengua recogió para sí el sabor ignoto de aquel banquete, se introdujo suavemente en la cavidad más profunda, y ayudada por los dedos de su mano otorgó una generosa dosis de placer a aquel cuerpo hermoso y femenino que se retorcía bajo su toque; pronto se encontró tocándose también a sí misma, deleitándose en el tacto, los aromas y el íntimo rose de su lengua contra la vagina chorreante de aquella chica.
Con un gemido ahogado, Daphne sintió humedecer el espacio entre sus piernas, y supo que había obtenido el mejor orgasmo de su vida.
Con la respiración entrecortada y las piernas temblando, de pronto, tomó consciencia de lo que estaba haciendo. ¡Por Merlín! ¿Es que ahora era una antinatural que se acostaba con otras chicas? Casi con horror cerró los ojos, apartando de su mente el placer que había sentido al tocar ese cuerpo perfecto sin consentimiento alguno de su dueña. Suspiró tratando de calmar las ansias que de pronto la recorrían, abrió los ojos… e inevitablemente volvió a posarlos sobre la intimidad de la pelinegra.
-¡Contrólate, Greengrass! Se ordenó a sí misma, en voz baja.- ¡Imagina qué va a pensar ella si despierta y te encuentra haciendo semejantes… depravaciones!
-Entonces pensaré que no soy la única depravada por aquí.
La voz de Pansy casi le produjo un paro cardiaco, el color escapó de las mejillas de Daphne al tiempo que contemplaba la sonrisa enigmática de su salvadora.
-Tu…- La rubia solo quería salir huyendo, morir o que la tierra se la tragara viva.- Tu… tu…
-¿Yo?.- Pansy enarcó una ceja, incorporándose y acercándose hacia ella con movimientos casi felinos.- ¿Te refieres a que si sentí tu lengua lamiéndome hasta el alma?
-Eh… sí, eso.- Daphne apenas y podía hablar, mientras intentaba retroceder ante la cercanía de la ojigris.
-Sí, me di cuenta.- la chica continuaba acercándose peligrosamente.- ¿No te parece que eso es una falta de respeto?.- cuestionó, tan cerca de sus labios que la rubia pudo percibir el aroma a lavanda de su aliento.- ¿No crees que lo correcto, para reparar la falta, sea que yo también pueda tocarte?
El corazón de Daphne Greengrass palpitó con violencia, mientras asentía lentamente con la cabeza. Una mano suave y blanca se deslizó en lo profundo de su sexo.
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El amanecer había llegado a la pequeña cabaña junto al río, encontrándose con una escena de absoluta miseria.
Sobre una vieja otomana de cuero, Severus Snape reposaba aún sin recobrar el sentido, con el brazo sujetado por un cabestrillo improvisado y con los cortes del labio y la frente ya limpios y en proceso de curación; a su lado, en un desvencijado sillón, Ginevra Weasley yacía en una posición a medio camino entre una chica ebria y una parturienta, sus piernas abiertas descansaban sobre dos pilas de cojines, metros y metros de vendajes ajustados se enrollaban en torno a su cadera, su espalda y su vientre, mientras que ambas piernas sostenían encima cataplasmas de hierbas empapadas de esencia de díctamo para sanar los cortes y las fracturas.
Ambos se encontraban bastante heridos, sin embargo, quien realmente preocupaba a la dueña de la casa era Hermione Granger; parecía un cadáver, rígida, silente, pálida y con los ojos abiertos de par en par. Había caminado por su propio pie el trayecto hasta la cabaña, una vez en ella, lo único que hizo fue sentarse en la mecedora donde aún se encontraba y ponerse a llorar sin llanto, solo derramaba profusas lágrimas sin emitir sonido alguno.
Luna Lovegood revisó las heridas de Severus y cambió con cuidado los vendajes de Ginny, echó con dulzura una manta sobre Hermione y se preparó para salir de casa; dejó un pergamino sobre la mesita de centro, tomó su brújula de los deseos, llamó a su Thestrall y se dispuso a encontrar a las otras dos hijas del cielo restantes.
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El castillo se erguía enhiesto frente a la tormenta que se cernía poderosa sobre la ciudadela; Lucius Malfoy observaba los rayos que cortaban el cielo más allá de las murallas, sentado frente al ventanal de su despacho en el último piso de la fortaleza, mientras una sonrisa siniestra se dibujaba en sus pálidos labios, repasando mentalmente los avances del plan que lo pondría para siempre en el trono, junto a su hermosa Narcissa.
El imbécil de Weasley, ese vulgar peón venido a más, estaba resultando ser una inversión bastante productiva; a penas minutos antes se había marchado, luego de entregarle las noticias más gratas de los últimos tiempos.
Las alianzas estaban formadas, ahora las fronteras hacia el mundo muggle estaban completamente selladas, ninguno de esos estúpidos impuros podría escapar sin ser devorado por las criaturas tenebrosas que ahora constituían un ejército más poderoso de lo que el Rey había llegado a considerar jamás. Y estas criaturas, las bestias obscuras, se encargarían de sembrar el pánico a lo largo y ancho del reino, enmascarando perfectamente la coartada de los hijos de muggles y sus peligrosos ataques, aterrorizando a los mestizos y a los puros, incitándolos a tomar acción contra aquellos con sangre de dudosa procedencia.
Y no es que tuviera nada personal contra los sangre sucia, eran inferiores, mediocres, pretenciosos, sí, pero naturalmente no representaban peligro alguno para un sangre pura como él. En realidad, los impuros solo podrían ser amenazas para sí mismos, dado su grado de oligofrenia, pero para nadie más; incluso algunos de sus cortesanos más cercanos eran hijos de muggles, aunque desde luego, ninguno lo admitiría, y menos aún ahora que había promulgado esa estúpida ley.
En realidad, solo había uno que lo admitía abiertamente, Severus Snape, ese viejo lobo que, pese a su miserable cuna, conocía el reino casi tan bien como él mismo. El único súbdito con cerebro, y tendría que matarlo, casi lo lamentaba; por lo pronto era consciente que Snape ya habría abandonado la ciudadela, aunque de poco le serviría cuando la caza de impuros se extendiera por todo el reino.
¿Es que estaba rodeado de súbditos idiotas? Vamos, que creer la sarta de idioteces que había proclamado frente al consejo… cualquiera con el mínimo de sentido común habría por lo menos dudado de semejantes declaraciones. Casi se sintió insultado, no le había costado siquiera un poco convencer a esos ignorantes de matarse los unos a los otros. Ver para creer, pensó con un suspiro de pesar, el reino más poderoso de la época y estaba poblado por imbéciles.
Lo mismo habría podido elegir a los mestizos, o a los sangre pura, era mera cuestión de logística que decidiera cernirse contra el sector más grande de la sociedad; necesitaba cuando menos un ciento de miles de magos y brujas para sacrificar, y ciertamente no había en todo Eilën Dracöiz cien mil mestizos, mucho menos cien mil sangre puras.
Las mazmorras estaban listas, él mismo había bajado a revisarlas esa misma mañana, y para estas horas de la tarde sin duda ya estarían poblándose de esos pobres desgraciados; y es que nada en la vida era sencillo, no podía simplemente hacinarlos en una pila humana y hacerlos arder, no, ellos tenían que desear morir desde lo más profundo de sus entrañas.
¿Cuánto sufrimiento necesitaba un ser humano para desear la muerte? El que hiciera falta, él se encargaría de proporcionárselos.
Escuchó el sonido lejano de una trompeta a través del ruido de la lluvia; el heraldo anunciaba la llegada de alguien; con atención, Lucius se incorporó de su asiento y aguzó la vista en dirección a las puertas del castillo, para encontrar que la última partida de hombres había vuelto a la ciudad.
Un estremecimiento de odio recorrió su cuerpo al reconocer en una de aquellas diminutas figuras en la lejanía el porte inconfundible de su único hijo, ese pequeño asesino que le había arrebatado con su pérfido nacimiento la vida al único amor de todas sus vidas.
Con exasperación, el Rey acomodó sus largos cabellos platinados y se dispuso a seguir fingiendo amor y preocupación por esa bestia que se hacía llamar hijo suyo.
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El trayecto había resultado cansado, y es que nadie le dijo lo difícil que sería viajar un día entero cargando un pequeño bulto sobre su brazo y tratando de conducir un caballo al galope sin perder el control de las riendas con una sola mano libre, todo eso, claro, mientras intentaba no caer de su montura, o peor aún, dejar que su nueva hija volara por los aires.
Gracias al cielo, ahora estaban de nuevo en el castillo, y antes que pensar en tomar un baño, cambiarse de ropa y descansar, su primera preocupación había sido revisar la salud de Mirela Potter. El sanador se presentó en su habitación apenas momentos después de haber enviado a buscarlo, y con una clara expresión de desconcierto, se dispuso a examinar a la pequeña, conteniéndose de hacer cualquier tipo de pregunta innecesaria.
Con un puchero en los labios y sus ojitos verdes bien abiertos, la niña se dejó evaluar por el sanador, llorando en silencio cuando éste la despojó de la ropa con cuidado para revisar los pequeños cortes y hematomas que se esparcían por toda su pálida piel.
Con gesto de angustia, Harry sintió que como ese maldito anciano siguiera haciendo llorar a su hija, terminaría partiéndolo en dos con sus propias manos. Para suerte del sanador, el examen concluyó pronto, y el chico llamó a una de las criadas del castillo para que alimentara correctamente a su criatura, mientras él se trasladaba a su despacho personal para informarse con el anciano de cosas que, aunque ya las sospechaba, al confirmarlas parecían abrirle un hueco en lo más profundo del alma.
-Bien…- el sanador parecía dudar ante el gesto adusto de Harry, quien se paseaba con desesperación a lo largo del estudio.- La niña…
-Mi hija.- corrigió el ojiverde, secamente.
-Su hija, señor Potter, tiene aproximadamente cuatro años de edad, aunque su talla y peso coinciden con los de una criatura de dos o tres años; enfrenta un cuadro agudo de desnutrición; las heridas que tiene son superficiales, con las pociones que le he administrado no enfrentará riesgo de infección, solo será necesario limpiar los cortes adecuadamente y aplicar el ungüento que he preparado sobre los hematomas cada noche…- el médico guardó silencio como si buscara las palabras adecuadas para comunicar algo realmente malo.
-¿Y? ¿Qué más?.- Harry preguntó con absoluta seriedad al tiempo que se recargaba, apesadumbrado, sobre su escritorio.
-Su hija…- el anciano tragó saliva, sintiendo una pena profunda al encontrarse con los ojos verdes de un auténtico padre preocupado.- Su hija ha sido abusada recientemente.- Harry no dijo nada, como esperando una explicación que no confirmara sus terribles sospechas.- Abusada sexualmente… Por alguna criatura no humana.- concluyó el hombre, apenas con un hilo de voz.
En medio de un silencio sepulcral, Harry sacó una bolsa de tela llena de galeones y la entregó al sanador.
-¿Eso… tendrá alguna secuela? ¿Habrá alguna consecuencia a futuro?
-La niña es aún muy pequeña, el daño emocional puede ser completamente eliminado siempre y cuando usted ayude a que ella se sienta amada, segura y feliz… respecto al daño físico, me temo que hay muchas probabilidades de que ella jamás llegue a engendrar un hijo.
El sanador abandonó la sala, dejando tras de sí a un hombre cuyas lágrimas ardientes caían como la lluvia sobre el peto de su armadura.
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Severus Snape despertó a causa del dolor, su brazo inmovilizado punzaba bajo los vendajes y la cabeza parecía darle vueltas, sumiéndolo en un vórtice de náuseas y mareos. Poco a poco su visión fue aclarándose, y su mente terminó por despejarse, sobreponiéndose al malestar. La casa era pequeña, pulcra y transmitía ese calor inconfundible que solo poseían los hogares de verdad, a su lado encontró una pequeña botella de cristal con una etiqueta garabateada en tinta azul "Cuando despierte, tómese esto, lo hará sentir mejor", con cierto recelo, el hombre destapó el dial y bebió hasta la última gota de lo que parecía ser solo esencia de menta. Con una mueca de disgusto, se dispuso a ponerse en pie y preparar alguna poción de verdad que le ayudara con su malestar.
Se encaminó a la cocina y encendió el caldero, al tiempo que buscaba en los estantes los ingredientes necesarios para elaborar un CreceHuesos con todas las de la ley; mientras agregaba uno por uno los ingredientes con una mano sin dejar de menear el caldero con la otra, cayó en cuenta de que su brazo ya no dolía, es más, lo estaba utilizando con total movilidad.
Decidió callarse para sí mismo la humillación de haber sanado una lesión de ese tamaño con un poco de esencia de menta; quizás la chica loca no estaba tan loca después de todo.
Terminó de preparar la poción para los huesos y la vertió en un cuenco; fue a revisar las heridas de la pequeña pelirroja, recordando que, de todos, ella era quien había recibido el mayor daño.
Retiró con interés absolutamente profesional las vendas que cubrían su cuerpo desde las costillas hasta la cadera, no sintiendo perturbación o morbo alguno ante la visión del esbelto cuerpo desnudo de la chica, pues toda su atención estaba vertida sobre las horrendas heridas que había recibido.
Su hombro estaba casi sanado, apenas se notaba la herida de la flecha que había impactado en él desgarrando la carne tierna; sin embargo, la parte inferior de su cuerpo era una historia completamente distinta. Los negros hematomas que cubrían sus costados revelaban que las costillas rotas aún no estaban siquiera en vías de sanar, con cuidado, Snape colocó ambas manos sobre el tórax de Ginny, y con un solo movimiento preciso y calculado, presionó sobre él hasta que un chasquido espantoso confirmó que las costillas rotas habían quedado en la posición adecuada para su recuperación. Auscultó la pelvis y la cadera de la muchacha, agradeciendo profundamente que esta se encontrase inconsciente, pues sería realmente molesto enfrentarse a una mirada amenazante de aquella loca solo por tratar de ayudarle. Recolocó en los lugares correctos los fragmentos de la pelvis que habían quedado dislocados, acomodó con precisión las dos partes en que se había dividido su cadera y procedió a rearmar las piernas amoratadas y rasguñadas de la pelirroja.
Después de un par de horas de trabajo minucioso acomodando cada hueso, astilla y nervio en su sitio, untó los cortes con esencia de díctamo una y otra vez hasta que la piel quedó tan inmaculada como había estado antes; con delicadeza levantó el torso de Ginny, cuidando de no mover por accidente alguno de los huesos rotos, recargó la cabeza de la chica sobre su brazo y acarició su frente, dejándose llevar solo esta ocasión por el recuerdo que acudía a su mente cada vez que la miraba, desde el instante mismo en que la había conocido.
Así, con los ojos cerrados, los labios entreabiertos y la respiración acompasada, ella, Ginny Weasley, era idéntica a su Lilly… El cabello de Lilly era quizás de un rojo un poco más profundo, sus labios más delgados, sus pestañas más largas, sus pecas más numerosas… pero ahí, sosteniendo a aquella chica que bien podría pasar como hija de Lilly, él de alguna manera no la sentía tan lejos de sí, como si el velo de la muerte pudiera echarse hacia atrás y hacerla volver para ocupar aquel lugar que le correspondía, a su lado.
Con un suspiro melancólico, Severus decidió alejar esos pensamientos, dejando de imaginar que si él y Lilly hubiesen tenido una hija, ella sería igual a la que ahora sostenía entre sus brazos. Movido por algún impulso extraño, sin poder pensar en nada más que en esa vida y esa hija que el destino le había negado, besó suavemente la frente helada de Ginevra, permitiéndose soñar que en cualquier momento Lilly atravesaría la puerta para avisarles que la cena estaba servida.
Su ojo captó un movimiento fuera de su campo visual, y con incomodidad se encontró de frente con los ojos castaños de su protegida desde el otro lado del salón, quien, avergonzada por interrumpir un momento tan íntimo, volvió la vista hacia el lado opuesto, fingiendo que nada había ocurrido.
Metódicamente, volviendo a ser el hombre frío que era siempre, Severus despertó a la pelirroja lo suficiente como para hacerla tragar la poción, acto seguido, la recostó de nuevo en el sillón y traspasó la puerta de la casa.
Inhaló profundamente el aroma que exhalaba un verdadero hogar, y pensando en lo que jamás podría tener, solo lloró.
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Harry entró en pánico. No era posible que pudiese comandar un ejército completo en batalla y que no supiera cómo aplacar el llanto incontenible de una bebé.
Antes que comer algo él mismo, decidió que su hija necesitaba un buen baño, así que como un padre diligente, ordenó que llenaran la bañera de su habitación con agua caliente y la perfumaran con rosas y jazmines.
Bien, el agua estaba perfecta, él se había desprendido de su armadura y las prendas innecesarias, quedándose solo con los pantalones, las botas y el torso descubierto; había retirado con cuidado los harapos que cubrían el cuerpo de su pequeña Mirela, pero entonces, cuando la niña no tuvo con qué cubrirse, había comenzado a llorar como una mandrágora y él no podía lidiar solo con esos ojitos llorosos y los tristes pucheros que hacía su boquita.
Desesperado trató de hablarle, pero la niña solo lloraba más fuerte, intentó abrazarla, pero lo que solo era llanto terminó convirtiéndose en gritos de terror; ¡Demonios! ¡Ojalá pudiese bañarla con la ropa puesta! Pensó el chico, y entonces una luz se encendió en su cerebro.
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Draco llamó a la puerta pero nadie respondió, así que solo la abrió y entró; no parecía haber nadie en la estancia, ¿a dónde habría ido ese idiota de Potter? Como fuera, igual lo esperaría en su sala de estar, después de todo, el asunto que le preocupaba no podría tratarlo con nadie más.
El saloncito también se encontraba vacío, sin embargo, esta vez le pareció escuchar ruidos provenientes del… ¿cuarto de baño?
-Hey, Potter, tenemos que hablar…
La voz del rubio murió en medio de su expresión de asombro.
Ninguna escena, por extraña, bizarra, retorcida o sencillamente rara que fuera, lo habría descolocado de esa manera; es decir, de Harry podría esperar cualquier cosa, lo que fuera, pero… ¿eso?
-¡Demonios, Malfoy! En todas esas clases para ser princeso nunca te enseñaron a llamar a la puerta?.- preguntó Harry, con una mueca de molestia a un anonadado Draco.
-No me llames princeso.- refunfuñó el rubio.- ¿Qué se supone que está pasando aquí?
Su futuro consejero real, su compañero de aventuras, su mejor amigo, se encontraba sentado junto a una gran bañera de cobre, empapado, sosteniendo a una inquieta criaturita vestida con una camisa diez veces más grande que su menudo cuerpecito, que reía descontroladamente mientras salpicaba agua en todas direcciones mientras trataba de volver a sumergirse en la tina; cientos de burbujas multicolor flotaban en el aire y un par de coletas mal hechas decoraban varonilmente el cabello de su segundo al mando, que intentaba desesperadamente envolver a la chiquilla en una gruesa manta de algodón.
-Ya, ya, tranquila, te prometo que tomaremos otro baño mañana mismo.- dijo Harry con dulzura, ignorando a Draco completamente.- Ahora es tiempo de ponerte ropa calentita, tomar chocolate con malvaviscos y que el tío Draco te lea un cuento antes de dormir.
-¿Que yo qué?.- preguntó el rubio, seguro de estar metido en alguna pesadilla llena de tenebrosas burbujas multicolor.
-¡Tío Draco, voltéate! ¡No me veas!.- gritó la pequeña con tono mandón, frunciendo el ceño, mientras dejaba que Harry retirara la camisa mojada y la envolviera completamente entre la suave cobija de algodón.
-¿Puedes sostenerla un momento?.- preguntó el pelinegro sin siquiera esperar respuesta, poniendo a Mirela entre los brazos del príncipe.
Mientras Harry se deshacía de sus muy masculinas coletas en el cabello, la pequeña contemplaba con atención al rubio, estudiándolo con cuidado al tiempo en que fruncía su pequeño ceño; con sus manitas acarició el rostro de Draco, esbozó la sonrisa más dulce que hubiese visto nunca, metió sus deditos en la nariz del chico y se acercó mucho a sus ojos, como si esperara ver algo fascinante dentro de ellos.
-Tienes ojos como del cielo cuando llueve, tío Draco, eres muy bonito,.- dijo la niña, plantándole un pequeño beso sobre la mejilla, mientras Draco asesinaba a Harry con la mirada al escuchar sus carcajadas de burla.- Casi tan bonito como papá.- Ahora fue el turno de Draco para reír.
-No, princesa.- corrigió el moreno tomándola de nuevo entre sus brazos.- los hombres no somos bonitos.- explicó con paciencia.- somos guapos, estamos buenos, montables o follables…
-Potter, ¿cómo puedes decirle a tú hija que los hombres son "follables"?.- preguntó el rubio, indignado.
-¡Entonces tío Draco es muy follable!- aseguró la niña satisfecha de utilizar sus nuevos conocimientos.
-No, no, Mirela, follable no es una palabra que debas repetir, es una palabra mala y las princesas no dicen malas palabras.- explicó Harry, mirando a Draco en busca de ayuda.
-No sé qué me asusta más, Potter.- murmuró el rubio, divertido.- que le enseñes a esa niña a hablar como un tabernero, o que la reprimas diciéndole que las princesas deben ser perfectas.
-¿Sabes? No es como que nadie me haya enseñado cómo ser padre.- murmuró el pelinegro, molesto.
Draco se mantuvo al margen mientras observaba cómo Harry vestía delicadamente a su pequeña con otra camisa suya, amarrándole las mangas en torno a la pequeña cintura, creando una especie de bata de dormir realmente extraña; el ojiverde cepilló con cuidado los largos cabellos negros de la niña, le hizo una trenza que parecía más un nudo para caballos que un peinado, le contó un extraño cuento que trataba de "el pequeño unicornio que decapitó al ejército de dementores que amenazaban el final del arcoíris y colgó sus cabezas sobre bastones de caramelo para que sirviera de advertencia a otros dementores", y finalmente la sostuvo abrazada sobre su regazo mientras ella sumergía pequeños malvaviscos en el chocolate preguntándole a su padre "cuál debía decapitar primero". A estas alturas, Draco no estaba seguro si Potter era un mal ejemplo o el mejor padre de todos los tiempos.
-Hasta mañana, dulzura.- dijo el caballero, dándole un tierno beso sobre la frente a su nueva hija.- Recuerda que dejaré la puerta de la sala abierta, si necesitas algo, estaré en el sillón, solo tienes que llamarme y vendré a verte, ¿vale?
-Que tengas dulces sueños, papi…- murmuró Mirela, justo antes de caer dormida sobre el enorme lecho.
Potter lucía agotado, tan agotado que Draco estaba seguro que ni siquiera tomaría un baño esa noche antes de caer medio muerto sobre el incómodo sillón de su salita de estar. Era tarde ahora, y aunque el asunto que tenía que tratar con Harry era urgente, por hoy prefería fingir que no había problemas y todo era perfecto, aunque contemplando la sonrisa de Mirela al dormir, era fácil creer en la felicidad.
En completo silencio, Draco abandonó la habitación.
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Luna sobrevolaba el cielo nocturno, siguiendo la dirección que marcaba la brújula que sostenía entre sus manos; el frío era más intenso allá arriba, sus manos y sus pies estaban helados, pero ella no cejaría en su intento hasta encontrar a las dos desconocidas que había salido a buscar.
A lo lejos, un palacio completamente blanco se levantaba sobre una colina, y antes de que la brújula confirmara que aquel era su destino, la rubia lo sentía en su corazón.
Luna Lovegood tenía una misión, y estaba dispuesta a completarla a costa de lo que fuera.
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