Espero no haber tardado tanto esta vez. Creo que no. Al menos, ya traigo por fin el último y larguísimo episodio final. Esperaré a sus comentarios, likes o follows (nunca hubiera imaginado lo mucho que sufren los escritores esperando por ellos, hehe).
¡Aquí vamos!
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Después de lo acontecido aquel día en la superficie, una sensación extraña había quedado rondando de forma permanente en la mente de Kanon. Una quimera entre miedo, resignación e inseguridad que lo había perseguido sin cansancio durante los meses que comenzaron a transcurrir.
¿Qué tanto había visto Dégel? ¿Qué tanto mantendría oculto ahora?
Porque Leviatán había ido a la superficie sin sus gafas, poco después de sufrir una lesión en los ojos.
¿Era posible que no hubiese logrado leer sus planes ni la enorme farsa en la que lo había estado utilizando durante esos años?
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Luego del viaje, Dégel no había vuelto a mencionar nada sobre la superficie y había seguido trabajando afanosamente en la educación de Isaac. La afinidad de ambos era tan grande que a Kanon casi le parecía absurdo, pero algo en la mirada del de acuario ahora mitigaba hasta cierto punto su desagrado al verlos juntos. No sabía cómo explicarlo con palabras certeras, parecía que el ex paladín dorado le transmitía cariño y seguridad cuando lo veía y, ya que tampoco sabía cómo reaccionar ante ello, fruncía el entrecejo y se enfocaba, a su vez, en la educación de Sorrento.
"Te comportas cada día más como su padre", había dicho Dégel no hace mucho, a lo que Dragón Marino había decidido no darle importancia hasta un par de horas más tarde, cuando él mismo había estado observando al dúo de cabello verde y Leviatán había elogiado la facilidad del Kraken de aprender el Polvo de Diamantes, alegrando a este último al punto de hacerlo sonreír sin temor.
Tras haberse atragantado con un sorbo de agua, había desaparecido en las inmediaciones del pilar central, atormentándose con la imagen de un Dégel paternal y, peor aún, con la imagen de ellos mismos siendo los padres de la tropa de generales marinos, todos convenientemente jóvenes. La despreocupada observación del francés había gatillado una reflexión aún mayor: ¿No habían sido, de hecho, los cuidadores de esos niños? Muy para sus adentros, reconocía haberse comportado como el hermano mayor o como el padre gruñón y exigente, mientras que Dégel había sido el comprensivo y afectuoso, muy a su modo, puesto que "su legado como santo de acuario le impedía mostrar sentimientos y blablablá". Si lo analizaba con mayor detención, ni siquiera podía compararse al policía bueno y al policía malo. A todas luces, parecían… eran como…
¿A eso se refería el erudito con que Atlantis se había convertido en una familia?
En su familia… claro, si no consideraba que tanto las marinas como él, incluso Poseidón, eran parte de su historia de venganza.
Casi habían transcurrido dos años desde la llegada de Isaac, nada se sabía de la última escama, las incursiones de los atlantianos a la superficie eran cada vez más frecuentes, por lo que estaba al tanto de lo que ocurría en el Santuario, Sorrento lo mantenía informado de la situación de Julián y su relación con Dégel estaba en un limbo extraño de ansiedad y normalidad: esa era la mejor forma de resumir las circunstancias. Una parte de sí se repetía que no le importaba seguir ese ritmo unos años más hasta el día inevitable, que podría esconder la amargura disfrutando de la compañía del otro santo hasta que la guerra diera inicio; mientras que la otra parte sentía que algo no andaba bien.
Ni siquiera habría sospechado qué tan cierto y qué tan terrible sería descubrir que estaba en lo correcto.
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Ocurrió, como la mayoría de los sucesos en Atlantis, de forma repentina. Todos los generales se encontraban con sus respectivos escuadrones, entrenando y fantaseando con la próxima gran excursión. La edad le había dado a Sorrento más independencia y solía bajar al reino marino con la excusa de querer practicar con la flauta en solitario; lo que no era una mentira completa, dado que sus canciones habían probado ser letales tras casi matar a un soldado, otorgándole el respeto y el título de ser uno de los más fuertes de los marinas. A su vez, dicha libertad le había permitido hacerse cargo de su propia unidad de atlantianos.
Kanon tenía que reconocerle a esos bandidos la facilidad de fingir dignidad y motivación cuando estaban con los demás portadores de las escamas, tal vez aprendida de él mismo tras todos esos años actuando frente a Dégel (que ya no fuera una actuación absoluta era otro tema).
El único que aún no contaba con un escuadrón era Isaac, tal vez por su edad, tal vez porque se había convertido en la sombra de Leviatán y estaba demasiado ocupado aprendiendo de él para convertirse en alguien fuerte como para estar a cargo de gente con más experiencia.
Hablando de ellos dos, de hecho, se habían sentado a las afueras del pilar central tras practicar el primer intento de Ejecución de Aurora y el mayor hacía hincapié en un detalle que Kanon escuchaba con tanta atención como Isaac, aunque a varios metros de distancia.
- ¿Color?
- Oui, ¿no lo has notado?
- Me temo que no.
- Es algo que no había visto antes; cada vez que ejecutas una técnica, brilla con los colores de la aurora.
Semejante acotación había hecho que Kraken se ruborizara de preocupación al creer que no era una buena señal. Kanon había reído entre dientes, al menos hasta ver la mano adulta acariciando los cabellos cortos del muchacho.
- Deberías crear tu propia técnica y darle un nombre.
- ¿No es malo?
- Claro que no. Tú y yo no somos iguales, es normal que haya variantes, sobre todo si Kraken está interviniendo con su cosmos.
- Entonces…
- ¿Entonces?
- ¿Qué tal "Aurora Boreal"? Has dicho que tiene los colores de la aurora. ¿Es un buen nombre?
- Siempre y cuando la hagas brillar con todas tus fuerzas, es un nombre perfecto.
Si la técnica en cuestión aún fallaba, los ojos de Isaac compensaron al cien por ciento la falta de brillo. Una sonrisa cómplice dio por finalizada la conversación y ambos se pusieron de pie bajo la atenta mirada de Kanon. En verdad, ambos parecían padre e hijo, inclusive la tonalidad de cabellos era similar. Fue entonces que una idea fugaz cruzó su mente. ¿Era posible que Dégel fuera antepasado de Isaac? Después de todo, había muerto a los 23 años de edad, tiempo suficiente para haber conocido a una que otra mujer ¿verdad? Además, todos los santos de Atenea eran conscientes de que sus vidas no estaban destinadas a ser largas, así que ¿por qué no tener un hijo antes de partir?
La vaga noción pronto se transformó en una enredadera que devoró cualquier otro pensamiento e hizo a Kanon ponerse de pie para consultarlo con Leviatán, haciendo gala de su impulsividad una vez más. Abrió la boca a unos pasos del de ojos amatista, pero el nombre de este surgió con otra voz; más precisamente, provino de otra boca, de otro soldado que se acercaba corriendo agitado a anunciar la noticia tan esperada como repentina.
— ¡Señor, Lymnades ha regresado! —
Con eso, Dragón Marino tuvo más que claro que no podría hacerle saber su nueva inquietud.
La que pronto pasaría a ser el menor de sus problemas,
Pues Lymnades le enseñó que de un momento a otro podía perderlo todo.
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Había pasado más tiempo del habitual para que la ceremonia volviera a llevarse a cabo, ese fue el primer detalle que llamó la atención de Kanon. Después, vinieron los otros: la escama había estado ausente más que cualquier otra y a simple vista el portador era mayor que los otros marinas, quienes habían llegado a ponerse al servicio de Poseidón a los once años cada uno. El muchacho tuvo la cortesía de quitarse el yelmo de la escama para luego presentare como Kaza. Tenía los ojos negros y afilados, el cabello también negro y la piel de un inusual color pálido, que casi llegaba a ser azulino; caminaba con la espalda curva y no había dejado de sonreír con aires de suficiencia desde el primer momento, mostrando así sus dientes puntiagudos.
Ya que se trataba del último marina que esperaban tener "a bordo", la ceremonia adquirió rápidamente un aire solemne y definitivo, con Dégel a la cabeza, las otras marinas detrás y los cientos de soldados detrás de estos últimos, a diferencia de cómo habían rodeado a los demás en cada ocasión. El intercambio fue breve y formal, con una jocosidad de parte de Kaza que a Kanon no terminaba de agradarle en lo más recóndito de su conciencia. Víctima de una advertencia que no acababa de comprender, Dragón Marino quiso interponerse, avanzó un paso inseguro cuando escuchó que el recién llegado estaba más que dispuesto a participar en la batalla de evaluación. Avanzó un segundo paso cuando Dégel se alejó del alcance de su mano y el corazón comenzó a palpitarle rápido cuando los vio frente a frente, en guardia, preparándose para luchar.
Finalmente, un perturbador escalofrío le recorrió la espalda al ver los ojos de Lymnades fijos sobre Leviatán.
Unos segundos después, la sonrisa burlesca y confiada del muchacho comenzó a desvanecerse y dio paso a una expresión consternada y, de algún modo, molesta.
— Creo que su estimado Leviatán nos debe más de una buena explicación, compañeros.
Esas palabras se clavaron en el estómago de Dragón Marino y parecieron clavarlo al piso, pues no fue capaz de moverse ni tampoco pudo emitir palabra; solo pudo apreciar cómo Kaza lucía sus habilidades y comenzaba a cambiar de forma, provocando que el rostro de Dégel se desfigurara en dolor y sorpresa. Un hombre alto, de cabello azul y revuelto, portando una reluciente armadura dorada.
— ¿Podrías decirnos quién es Kardia de Escorpio? ¿O ese tal… Unity?
Al gemelo no le habría sorprendido que su rostro estuviera igual de descompuesto que el del mayor, quien había retrocedido un paso al ser espectador de la siguiente apariencia que adoptó el novato; un muchacho delgado de cabello platinado y ojos azules.
Un pesado silencio incómodo y de desconcierto se apoderó de todos los presentes, quienes alternaban miradas entre Dégel y Kaza sin terminar de comprender lo que ocurría. Por fortuna para Kanon, logró sacar las conclusiones básicas más rápido de lo que podía moverse en el momento y protegió su mente con una técnica parecida a la de su hermano gemelo.
Pero solo fue capaz de salvarse a sí mismo, mientras apreciaba cómo sus últimas esperanzas se caían a pedazos con la aparición del último general marino.
— De todos en quienes he ocupado mi técnica, eres sin duda alguna el más interesante. — Continuó el de cabellos oscuros, habiendo recuperado la sonrisa, en tanto Dégel parecía haberse quedado congelado apreciando la última apariencia adoptada por el cambiaformas. — Seraphine era muy importante para ti, ¿cierto? Nada escapa de mis técnicas, impostor. No eres Leviatán, eres Dégel de Acuario, sobreviviente de la Guerra Santa anterior entre Atenea y Hades. —
La declaración extendió silencio aún más pesado, como si hasta las respiraciones se hubiesen detenido, y luego comenzaron los murmullos. Todas las miradas se situaron en Leviatán, en aquel que les había enseñado cuanto sabían, el que los había engañado y quien no se movía de su lugar, mirando a la nada con aspecto perdido.
Kanon tampoco supo qué hacer, clavado en el piso como estaba debido a la tensión. Y ya que las respuestas no provenían del juzgado, las miradas no tardaron en ir cayendo sobre él una a una, incluida la del propio Dégel, silenciado por una verdad que no podía desmentir y destruido por la imagen de sus tres mejores amigos.
Ah, así que ellos eran Kardia, el despreciable Kardia y el anterior general de Dragón Marino. No tuvo duda de ello tras ver de nuevo a Seraphine, pues había alcanzado a apreciar su cuerpo sin vida el día que conoció a Dégel.
Sin apenas haberlo sospechado, había caído de golpe en el punto en que su camino se dividía en dos. Justo cuando comenzaba a acostumbrarse al consuelo amargo de aprovechar los años que quedaran, estos se habían esfumado y debía escoger entre sus sueños o Dégel.
Sus sueños o Dégel.
— ¿Has estado trabajando con un caballero de Atenea? — Sorrento fue el primer valiente en alzar la voz, casi convertida en un grito debido a la tensión y la respiración contenidas. Bastó eso para que los demás comenzaran a exigir respuestas en tonos cada vez más altos, pero para Kanon, en ese instante, solo existían los ojos violetas de Dégel clavándose sobre los suyos.
Esperando, atento, a sus palabras. Había recuperado su expresión serena, como si tener a toda Atlantis dudando de él no le importara en absoluto; como si lo único que en verdad le importaba fuera la decisión que él tenía que tomar.
Como si supiera que tenía que tomarla.
Lentamente, Kanon abrió la boca para decir algo, no sabía qué, pero fue suficiente para notar que el aire le temblaba en la garganta.
— No.
Durante un segundo, no supo si la respuesta había sido suya.
Descubrió con una mezcla de horror e incredulidad que, de hecho, no había sido él.
Todas las miradas estaban de regreso en Dégel.
— Kanon no sabía nada. Yo le he engañado, así como a todos ustedes. —
— ¿Dég…? —
— Lo he manipulado todo este tiempo, haciéndome pasar por el guardián de Atlantis. Nunca pensé que la última pieza de mi plan sería la que acabaría con él.—
¿Qué estaba diciendo?
— Es como lo ha dicho Lymnades. Soy el antiguo santo de oro de Acuario al servicio de la diosa Atenea. Participé en la Guerra Santa anterior contra Hades, pero las circunstancias me llevaron a enfrentarme a Poseidón en este exacto lugar hace más de dos siglos. —
Kanon estaba demasiado aturdido como para reaccionar.
Dégel había escogido en su lugar.
Había escogido hundirse solo.
— De algún modo, me las arreglé para sobrevivir congelado hasta esta época. Estuve un tiempo aprendiendo ciertas cosas de este sitio y después apareció Kanon. Entonces, decidí utilizarlo a él y a todos ustedes para vengarme de Poseidón por haberme quitado a mis seres queridos. —
No. Tenía que detenerse. Estaba hablando demasiado. ¿Quién diablos le había dado permiso para…?
Mientras confesaba, había estado enfrentando a los generales a los ojos también, descubriendo con gran pesar cómo les rompía el corazón.
Sus pensamientos se congelaron cuando la mirada del acuariano volvió a situarse sobre él.
— Lo siento, Kanon. —
Tenía que detenerse, por favor.
— Te mentí: fuiste mi peón todo este tiempo. —
— ¡Basta! —
El grito de Kanon fue el primer sonido fuerte y lo siguió el impacto sordo de su puño dándole de lleno en el rostro al francés, quien se tambaleó hacia un costado. Sus gafas volaron un par de metros, hasta estrellarse contra el suelo pincelado de corales, lugar en donde se hicieron trizas, al igual que las últimas esperanzas de Kanon.
Le había dolido especialmente porque esas eran las palabras exactas que él mismo tendría que haberle entregado en algún momento a futuro.
El mismo discurso, pero en circunstancias totalmente diferentes.
Aparentemente, Dégel también había aprendido a fingir gracias a él.
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— Tiene que irse.
— ¿No cuenta todo lo que ha hecho por nosotros?
— ¡Es un santo de Atenea, por todos los dioses! Sabemos que nos estamos preparando para purificar al planeta y que la diosa se opondrá; no podemos tener a un caballero bajo el mismo techo, ¿no se dan cuenta de que es posible que el Santuario haya sabido todo este tiempo de nuestros movimientos?
— Pero Levia… Dégel jamás ha salido de Atlantis, ¿verdad, Kanon?
— …
— Kanon…
— ¿Ah?
— Lamento que estemos conversando de esto ahora, porque has sido quien ha estado más tiempo bajo el engaño de ese hombre, pero te necesitamos aquí. Eres nuestro líder.
— Sí…
— Hemos tomado una decisión. Aunque nos ha engañado, también es cierto que no estaríamos aquí si no fuera por él.
— Por lo que atacarlo no es una opción.
— Además, ahora no estamos seguros de qué tan fuerte sea; es posible que no seamos capaces de hacerle frente.
— Así que, aunque nos desagrade la idea en más de un sentido, lo sentimos, Kanon. Dégel tiene que marcharse de Atlantis.
Los siete generales marinos se habían reunido al interior del pilar central para analizar la situación, mientras que Thetis había quedado a cargo de custodiar a Dégel cerca de una de las salidas. Por otra parte, los soldados habían recibido la orden estricta de volver a sus aposentos y de no acercarse al ex Leviatán.
Contrario a otras veces, Dragón Marino ni siquiera había murmurado durante el acalorado debate, sus ojos fijos en sus manos y perdido en lo más hondo de su mente. Escuchar a Sorrento decir "eres nuestro líder" le había parecido la peor y más desagradable de las ironías. ¿Cuántas veces lo había persuadido Dégel con esas mismas palabras? Ahora mismo, ser líder le parecía el trabajo más agotador del mundo. Lo peor era que, pese a saber que tendría que pasar por ello tarde o temprano, el no haber podido escoger el momento había provocado que le doliera más allá de lo sensato.
Los propios generales lo habían decidido, esos niños a los que el mismo Acuario había cuidado y enseñado, habían escogido el exilio para el aguador. Tal vez tenía que ver con la influencia y el sentido de justicia provenientes de sus escamas, considerando que ellos eran los verdaderos escogidos por las criaturas marinas a diferencia de él, que no era más que otro impostor.
¿Qué habría hecho el verdadero Dragón Marino?
¿Habría cometido el mismo error de caer rendido a los pies de un prisionero?
— Andando, debemos hacérselo saber.
Sorrento volvió a tomar la palabra. Tal parecía que no se sentía tan afectado por la noticia, lo que seguramente también tenía que ver con que Kanon lo había acaparado para evitar al máximo el contacto entre él y Dégel.
Y tal parecía que otra gran ironía estaba a punto de convertir a Sirena en su nuevo segundo al mando.
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— ¿No vas a preguntarme nada? — La voz del ex paladín de acuario brotó con la habitual calma y alcanzó a la nereida que estaba sentada al lado suyo.
— No tengo ningún derecho a juzgarte, ya que también les estoy ocultando cosas a los demás. — Respondió ella con una sonrisa melancólica dibujada. — Tú no me juzgaste, al contrario, me enseñaste a controlar mi cosmos y a encajar aquí. No sé por qué hiciste esto y en el fondo no me importa: yo solo deseo proteger a Julián.
— Tal vez no sea el más adecuado para decirlo ahora, pero estoy seguro de que podrás devolverle el favor.
— Dégel ¿puedo darte un último abrazo?
— Por supuesto. —
A pesar de que Thetis le arrojó los brazos con una sonrisa al comienzo, no tardó en verse superada por la congoja y los sollozos dieron paso a un llanto que se esforzó por mantener bajo control. Después de todo, Dégel era el único a quien había confesado su secreto esa noche en que Kanon los había visto compartiendo un abrazo similar.
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Dégel no había pretendido ni por asomo descubrir a la rubia en ese estado. Iba camino a la segunda planta para acomodar unos libros tras la jornada de trabajo y la había visto sentada en las escaleras, con las manos en el rostro. Al acercarse, ella había reaccionado a la defensiva, pero solo había bastado un pequeño diálogo para que se animara a compartir algo tan íntimo.
— No soy humana.
Había confesado: demasiado increíble como para entenderlo, demasiado importante para ella como para pensar que era mentira.
— Julián me salvó hace tiempo y busqué el modo de poder devolverle la mano. Nereida no es una escama, soy yo. Por eso no sabían de mi existencia. Pero no puedo decírselo a nadie, ¿entiendes? Me aterra pensar en lo que puedan hacerme o en cómo me verán si se enteran.
Era tan pequeña y se veía tan frágil a pesar de su carácter alegre y confiado que había llegado a recordarle a Fluoritte. Con una sonrisa, se había puesto de pie y la había ayudado a levantarse tomándole de una mano.
— No te juzgaré, si estás aquí, ayudas a nuestra causa y protegerás a la futura vasija de Poseidón. Llegaste por tus propios motivos y eres bienvenida, Thetis, no le diré a nadie. Prometo que será nuestro secreto. —
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— A partir de ahora te tocará defenderte por tu propia cuenta, pero no olvides confiar en tus compañeros. Y échale una mano a Kanon, te lo pido. Es un desastre cuando pierde la cabeza. —
— Haré lo que pueda… ah. Ahí vienen. Creo que ya llegó la hora. —
— Oui.
La conversación dio por terminada junto con el abrazo cuando ambos divisaron al grupo de generales caminando en su dirección. Nereida se secó las lágrimas y se despidió una última vez antes de caminar unos pasos hacia el grupo para esperarlo.
Dégel observó en silencio las siluetas de los generales y agradeció por primera vez que su visión estuviera dañada, pues estaba seguro de que las expresiones sombrías de los jóvenes lo habrían llevado a confesar la gran mentira.
Lo mejor era que se sintiesen traicionados y que lo recordaran por el engaño. La despedida les dolería menos si era de ese modo.
¿Eso era lo que había sentido Krest al aceptar la mano de Garnet?
