Sin tiempo para reflexionar aún más, el acuariano se puso de pie, digno y formidable, y aguardó la resolución dirigida por Sorrento.
— Debes saber que no es la situación más cómoda para ninguno de nosotros, así como debes ser consciente del daño que nos has hecho como grupo. Confiamos en ti y resultaste ser un impostor. Es innegable lo que nos has dado, así como lo que nos quitas hoy. Porque aún sentimos respeto hacia tu pasado y tu influencia, no te atacaremos. En nombre de los generales de Poseidón, te pido… no; te exijo que te marches ahora mismo de este sitio. Dégel de Acuario, eres un mentiroso.—
No había nada más que decir.
Incluso estando ciego, pudo apreciar cómo los muchachos detrás de Sirena agachaban o desviaban sus cabezas con pesar, poco dispuestos a mirarlo.
Sin una última frase que pudiera decir estando en su papel de villano, alzó el mentón, respiró profundo y se dispuso a partir.
— Dégel. —
El aludido sintió que su pecho se encogía al reconocer la voz frustrada del Kraken. Se detuvo, pero no volteó; en cambio, se mordió el labio inferior para contener el mal sabor.
— ¿A esto te referías con que yo era el verdadero Leviatán?
— Tú lo has dicho.
El silencio volvió a reinar mientras se alejaba hacia el portal de salida al exterior. Dejar a Isaac le dolía en particular, pues le había entregado una pesada carga secreta. Kraken sería su legado, sería el Leviatán por más de una razón.
Le dolía que incluso esa despedida fuera fingida.
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— Isaac ¿me permitirías confiarte un secreto?
Así había comenzado la charla más arriesgada de Dégel desde que estaba en Atlantis. El muchacho de cabellos esmeraldas había despertado hace poco, la herida había dejado de sangrar y daba inicio el lento proceso de cicatrización. El único ojo sano del muchacho se había posado en él con una mezcla de curiosidad y madurez que no había visto antes y que había sido suficiente para dejarle claro que la educación de ese niño había sido muy parecida a la de él. Santos de los hielos criados en Siberia: el método parecía seguir siendo el mismo.
Así, Isaac había pasado a ser su único cómplice y confidente en Atlantis.
Dégel le había contado todo. De dónde era, quién era, cómo había conocido a Kanon y quién era el propio Kanon, arriesgándose así a que Isaac los delatara y arruinara los planes; sin embargo, el niño había accedido disciplinadamente a ayudarlo en secreto. Ya fuera por su pasado como santo de los hielos candidato a la armadura de Cisne o porque Dégel era el antecesor de Camus, su maestro, además de asemejarse a él en carácter y poder.
Un par de horas habían transcurrido en una charla lenta y llena de detalles que terminaron fortaleciendo el vínculo que los conectaba más allá de las eras.
— Te estoy dejando una responsabilidad muy grande. Es posible que esto te lleve a sufrir; lo lamento. ¿Podrás perdonarme?
— En una situación normal, me hubiera tocado eventualmente convertirme en santo de acuario y los santos de acuario no deben mostrar sus emociones. Las emociones interfieren y debilitan nuestro hielo, es lo que Camus me enseñó. Si llego a sufrir, será bajo mi propia responsabilidad. Por favor, no te preocupes por eso y solo enséñame lo que más puedas.
— La última persona que me dijo algo similar fue mi maestro. De algún modo, me enorgullece que Camus te haya enseñado tanto a pesar de ser ambos tan jóvenes. Gracias por esto, Isaac.
— Somos dos santos que por uno u otro motivo acabaron aquí. Aunque haya decidido entregarle mi lealtad a Poseidon, no olvido de dónde vengo y que tú vienes del mismo sitio. Puede que solo sea un niño, pero puedes contar con mi apoyo.
— Te equivocas en eso, no eres solo un niño. Eres el verdadero Leviatán. Recuerda estas palabras y permite que sean mi despedida en este momento, pues cuando el día real llegue, no podré decirte adiós adecuadamente.
— No hay otro modo de acabar con esto sin perjudicar a Kanon ¿verdad?
— Tú lo has dicho. Así que, sin importar lo que pase de aquí hasta el día en que deba marcharme, te doy las gracias y te recordaré por siempre.
— Dégel… ¿cómo te enteraste de todo?
Aquella pregunta repentina había gatillado una sonrisa enigmática y melancólica por parte del aludido, quien respondió mientras acariciaba el flequillo de la frente del muchacho.
— Lo siento, Isaac, eso es algo que no puedo revelar.
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El aire frío de Grecia azotó su rostro sin efecto alguno. Sin importar cuánto tiempo pasara bajo el mar, su naturaleza resistente a las bajas temperaturas no había decaído. Sentir frío era imposible, tanto que casi le parecía injusto. Como no podía divisar demasiado en la distancia, el francés cerró los ojos y se concentró en su entorno para avanzar los primeros pasos de su nueva vida en la desconocida época.
No obstante, apenas alcanzó a completar cinco minutos de caminata a tientas cuando un cosmos familiar estalló a su espalda.
— ¿Por qué lo hiciste?
— Kanon, no deberías estar aquí.
— ¡Te estoy preguntando por qué jodidos lo hiciste!
El eco del grito resonó por toda la playa, que se hallaba solitaria debido a la hora y a la temporada. El paladín ciego volteó hacia el griego y, con algo de esfuerzo, elevó su cosmos y lo concentró en su sentido dañado para compensar el defecto visual, enfrentando al Kanon más furioso y desconsolado que había visto jamás.
— Lymnades me descubrió por completo; si no caía yo solo, caeríamos los dos y podía ver en tus ojos claramente que no sabías qué hacer. Yo ya no tengo nada que enseñarles y no debería haber estado aquí para empezar. Podrás hacerte cargo tú solo a partir de ahora-
— ¡¿Y qué hay de nosotros?! ¡¿Pensaste en nosotros?!
— ¿Tú lo hiciste? ¿Es por eso que no decías nada?
Al efectuar esas dos preguntas, Dégel tomó las manos de Dragón Marino y se liberó del abrazo retrocediendo un poco. El más joven se vio acorralado de nuevo por su propia impaciencia y empuño ambas manos hasta dejarse los nudillos blancos. Quería quejarse de todo, tan ofuscado que ni siquiera estaba siendo racional. Mucho menos al darse cuenta de que terminaría revelándole la verdad al ojiamatista si entraba en explicaciones profundas.
Como buen observador que era, el ex Leviatán también se percató de eso y no pudo evitar suspirar. No deseaba seguir prolongando el sufrimiento del gemelo.
— Lo sé todo, Kanon.
Susurró, alejándose otro paso para luego erguirse y observarlo tan distante como le fuese posible. El peliazul pareció no entender en un comienzo ni salir de su estado de desesperación autodestructiva.
— Sé que me estabas utilizando para poner a Atlantis a tu favor, también sé que querías ocuparnos para vengarte de Saga, para dominar el mar y la Tierra. No te tortures más; ya puedes ser honesto contigo y conmigo, al menos esta vez. Al menos porque es la última vez que nos veremos. —
Kanon colapsó al oír cada información que había procurado esconder tan cuidadosamente durante cerca de diez años siendo revelada de un modo tan científico, como si no fueran más que cifras del pronóstico del clima. Sus ojos se abrieron profusamente y un sudor frío cubrió todo su cuerpo. Finalmente, la revelación hizo tanto peso sobre él que cayó sobre sus rodillas, abatido, mirando a Dégel con una expresión indescriptible y agónica gobernando su rostro.
— ¿Por qué… cómo es… por cuánto tiempo lo has sabido?
— Desde el día en que te conocí. Cuando volví a respirar… no pasé solo demasiado tiempo; no he vuelto a estarlo desde entonces.
— ¿Qué demonios significa eso?
— Me encontró al sentir mi cosmos y me reconoció.
— ¿De quién hablas?
— Dohko de Libra, otro sobreviviente de la Guerra Santa anterior. Mi compañero de armas de esa época.
La potencia y la implicancia de esa confesión hicieron que al gemelo se le nublara la vista.
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— Dégel ¿en verdad eres tú?
— ¿Eres… Dohko?
— Oh, por Atenea y los doce olímpicos. ¡Realmente estás vivo! No puedo creerlo. No podía dar crédito a lo que sentía cuando percibí tu cosmos. ¿Qué rayos ha ocurrido?
— Mon Dieu, tu voz resuena muy fuerte en mi cabeza. ¿Has estado practicando?
— Vaya… tal parece que aún no dimensionas lo que ocurre a tu alrededor. ¿En dónde te encuentras ahora?
— En… estoy… aún en Atlantis, donde creí haber muerto. Me acompaña un muchacho, se hace llamar Kanon.
— ¿Kanon está contigo en este momento?
— Non, me dejó solo frente a la tumba de Seraphine, ha dicho que iría a la superficie. Dohko, por lo que más quieras, explícame…
— Ese crío… ah. Escúchame bien, Dégel, no creas en nada de lo que te diga Kanon. Ese niño es peligroso.
— ¿Por qué lo dices?
— Es uno de los gemelos de géminis de esta época. Sus estrellas son casi idénticas a las de Aspros y Deuteros.
— ¿Cómo puedes saber lo que dicen sus estrellas?
— Amigo mío, me he encargado de leer el cielo durante más de doscientos años. Estás hablando con el nuevo guardián de los espectros… bueno, nuevo para ti, ya que recién lo sabes.
— Siento que ha ocurrido más de lo que puedo entender; me alegra tener a alguien conocido y confiable como no tienes idea. ¿Cuentas con el tiempo suficiente para ponerme al tanto?
— La pregunta es si tú lo tienes. Estás en un lugar en el que no puedo ayudarte y el cosmos de Poseidón dificulta la telepatía. Te contaré todo lo que pueda, pero no dejes que Kanon se entere. Has caído en algo grande.
— Cuento contigo.
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— ¿Puedes escucharme?
— Oh, ha pasado mucho tiempo desde la última vez. Me sorprende que hayas podido localizarme; tu control sobre el cosmos sigue siendo impecable. ¿Ocurrió algo?
— Kanon ha ido a la superficie con todas las tropas. Van en contra del Santuario.
— ¿Tropas…? ¿Qué tanto ha sido capaz de hacer ese niño?
— Ha reunido a un ejército equiparable con el de Atenea. Unos cuantos generales marinas han despertado y los estoy ayudando.
— ¿Cómo es eso de que los estás ayudando? ¿No te he explicado con lujo y detalle lo que pretende? He estado interpretando con tu misma ayuda el movimiento de sus estrellas.
— Oui, lo has hecho, pero tengo mis motivos para ser útil aquí abajo. Si los vieras, Dohko…
— Esos remordimientos no van a provocarte nada más que dolor a la larga, lo sabes.
— Tan pronto como llegue… ¡¿Eh?!
— ¿Dégel?
— Está temblando.
— ¿Otra escama? ¿Pos…?
— ¡Dohko!
— ¡Cre… qu… interf… sca…!
— No te entiendo, ha vuelto a temblar. Es el cosmos de Poseidón.
— ¡Va…!
— ¿Qué? ¿Dohko? ¡Está temblando otra vez, Dohko!
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— Aquellas fueron las veces en que más hablamos. Luego, cuando aprendí a localizarlo al disponer de más tiempo, empezamos a charlar durante las noches, mientras leía.—
Finalizó Dégel, desviando su mirada desde el cielo hacia Kanon, quien imitó la acción.
Hace cerca de media hora, Dragón Marino había perdido la conciencia y Dégel lo había llevado hasta unas grandes piedras de la playa que los mantendrían ocultos de posibles visitantes. Al despertar, el mayor había comenzado el relato y el griego se sentía tan agotado emocionalmente que no había tenido fuerzas para mantener la defensiva. Hasta que finalmente había adquirido una suerte de resignación apática mezclada con aceptación. Era tan absurdo, todo era tan ridículo y absurdo que había quedado anulado por completo.
— Así que me mentiste.
Murmuró el Dragón para concluir, acostado como estaba sobre la arena hacia un aguador que permanecía sentado en ella.
— No fue distinto de tus mentiras.
— ¿Por qué lo hiciste?
— Porque quería ayudarte, ya que no pude ayudar a Aspros ni a Deuteros a cumplir sus sueños…
— ¿Entonces fue para satisfacer tu propio ego? Me sorprendes.
— Non, mi ego no tiene nada que ver en esto. Hace mucho tiempo, declaré ante mi maestro que deseaba vivir para defender los sueños efímeros de las personas; los de tus antepasados eran unos de los que más deseaba ver hechos realidad. Las circunstancias me llevaron a tener la opción de intervenir y aun así no logré hacer nada a favor de ellos. Por eso, cuando me encontraste y no acabaste conmigo… aunque fuera por tus propias decisiones egoístas, deseé ayudarte para tratar de enmendar mis fallos con los antiguos géminis. Ahora me doy cuenta de que fue una idiotez.
— Suena tan absurdo que me parece lógico.
— Sí…
— ¿Sabes? Esta es la primera vez que hablamos con tanta honestidad.
— ¿Te resulta extraño?
— Mucho. Sobretodo sabiendo que te irás. ¿Tienes que irte?
— No tengo nada más que hacer aquí.
— ¿Irás donde se encuentra Dohko?
— Por el momento, aunque cambiaría de opción si decidieras dejar Atlantis y venir conmigo.
— ¿Le estás proponiendo eso al bastardo que estuvo planeando tu muerte y que creyó que te había estado manipulando durante casi una década? Estás demente.
— Ni siquiera los detalles técnicos pueden intervenir con lo que hay en mi corazón.
— Ahora, son detalles técnicos. ¿Cómo puedes tú ser tan cursi cuando se supone que eres un santo de acuario?
— ¿Estás tratando de evitar decirme que no al cambiar el tema? Si no mal recuerdo, tú mismo dijiste que ya eras un adulto maduro.
— No es eso… ¿qué hay de mis sueños? ¿No dijiste que querías ayudarme a lograr mis sueños?
Dégel no contestó. En cambio, se puso de pie con cuidado y le dio la espalda al menor. Este último pareció descubrir algo en ese gesto y se paró rápidamente para sujetar al de acuario por un hombro, adquiriendo un semblante más serio.
— Lo sabes.
— …
— Sabes algo. No puedes engañarme. ¿Sabes algo acerca de mis sueños? ¿Lo viste en las estrellas?
— A veces, eres demasiado audaz para tu propia salud…
— Dímelo, Dégel. ¿Puedes saber si mi venganza se hará realidad?
— No lo hará.
Así de simple, lo había dicho.
La noticia le cayó como un golpe directo a la boca del estómago, pero, sorprendentemente, no había sido tan terrible saberlo de boca del aguador.
— ¿Es por eso que me estás invitando a irme contigo?
— Oui.
— ¿Estás seguro de que no lo conseguiré?
— Oui.
— ¿Por qué no es posible?
— …
— Dégel, por favor.
— Estrellas jóvenes se dirigen a colisionar con las estrellas de Atlantis. Son pequeñas, pero brillantes. Los generales están en condiciones de enfrentarlas, pero no es seguro que venzan. Las motivaciones que los guíen serán las que determinen la victoria. La balanza se inclina haca aquellos que se movilizan por objetivos justos.
— No estás engañándome para que decida seguirte ¿verdad?
— Non.
— ¿Puedes darme más información?
— Non. No soy un oráculo, no se me permite entregar lecturas detalladas.
— Ya veo…
— ¿Vendrás?
— No. Seguiré adelante, llevaré a cabo mi plan tal y como lo he estado calculando.
— ¿Tanto odias a Saga y a Atenea?
— Mi deseo de acabar con él fue lo que me mantuvo vivo hasta ahora. En parte es por eso y en parte es porque no hay nada mejor reservado para mí.
— ¿De qué hablas?
— Saga tiene dos mitades, la mitad buena y la mitad mala; mientras que yo tengo solo una esencia: la mala. Fue gracias a esa esencia que terminé en Cabo Sunión y pude conocerte. Pero si no hubieras estado aquí, habría seguido adelante con mis planes de todos modos y habría fracasado de todos modos, sin saberlo de antemano por tus predicciones. Pienso que conocerte fue un premio de consuelo por adelantado y ahora que te irás debo regresar al objetivo original. Trataré de torcerle la mano al destino hasta el último aliento, no pienso darme por vencido hasta que Saga muera.
— Ahora has sonado demasiado maduro para tener el mismo pensamiento que cuando te conocí.
— Aprendí de ti a ser maduro, lo obstinado siempre ha sido parte de mí.
— Me alegra saber que te he inculcado algo.
— La pregunta es ¿aprendiste algo de mí?
La expresión de Dégel se contrajo de sorpresa. No había visto venir esa interrogante y Kanon disfrutó de la victoria con una sonrisita burlesca. Sin embargo, faltaron solo dos segundos para que los papeles se invirtieran, con Kanon sorprendido y Dégel dándole una sonrisa amable y una caricia en el rostro.
— Sí. De ti aprendí a sentir y a nombrar esos sentimientos uno por uno. Se trata de algo invaluable para mí, ya que por norma no se supone que deba experimentar las emociones.
— Así que estamos a mano.
— Completamente.
La conversación acabó por sí sola. Ambos se observaron durante unos segundos, mostrando en sus rostros la más rara de las resignaciones. No había nada que añadir, "adiós" sería excesivo. Ahora, Dégel se alejaría y Kanon necesitaría solo un paso para volver a Atlantis. En cuanto se dieran las espaldas, no volverían a verse.
Nunca más.
…
...
Al diablo.
Esa maldita noción fue la que impulsó a Dragón Marino en dirección a Acuario apenas este se hubo alejado unos metros. Había sido un gesto cliché y estúpido, pero necesario y esperado por los dos, pues Dégel se detuvo al escucharlo correr y aguardó a sentir una mano en la nuca para voltearse a corresponder último beso. El último, el más profundo de todos los que habían compartido a ojos cerrados. La mano faltante del gemelo se aferró a la cintura francesa y las dos del peliverde atraparon el rostro del menor. Fue un beso largo y significativo, pensado para durar eternamente en el recuerdo de ambos.
— Gracias por cubrirme hasta las últimas circunstancias.
— Espero que puedas encontrar el alivio para tu odio muy pronto.
— Te amo.
— Y yo a ti.
Y por fin, lo sintieron.
Así se terminaba la historia de los dos.
Dégel se alejó caminando, ya definitivamente sin mirar atrás.
Kanon observó su espalda y agradeció con lo profundo de su corazón que no pudiera ver cómo se iba empapando su rostro con unas gruesas y dolorosas lágrimas que reemplazaban el "hasta nunca" que no fue dicho.
Poco después, el general marina se sumergió en el agua para regresar a Atlantis, dejando nuevamente en solitario la playa donde dragón y mago habían compartido su último adiós.
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EPÍLOGO
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— ¿Sabes? Durante los primeros cincuenta años, me acordé de ti y te odié un poco en silencio todos los días. Siempre pensé que estarías más calificado que yo para realizar este trabajo, pero habías muerto. Peor aún, ni siquiera tuviste que enfrentarte al ejército de Hades y yo tenía que cuidar el sello y leer las estrellas una jornada tras otra sin parar. No podía dejar de pensar en lo injusto que era. Ahora, me resulta muy curioso que estés aquí, como un fantasma de mi mejor época. Ni siquiera los años que llevas vivo te han hecho daño.
— Ciertamente, tú solo has cambiado por fuera.
— Ahaha. ¿Qué te parece este mundo? ¿Has visto cosas increíbles en tu viaje desde Grecia?
— Es difícil de explicar: ha variado mucho y nada a la vez. La tecnología me impresiona.
— Eso es lo que me fascina de todo esto. Es igual y distinto, mejor que lo de ayer, pero antiguo para lo de mañana.
— Los siglos te han vuelto alguien más reflexivo.
— Aun así, a duras penas me acerco a tu sabiduría.
— Es posible que estemos iguales, pues ahora hay mucho que debo aprender.
— Será un placer explicártelo todo mientras pueda.
— Se vienen tiempos difíciles, sin duda.
— En efecto. Dentro de poco, yo también deberé partir a finalizar mi propia historia.
— Hasta entonces, por favor, cuento contigo.
— ¿No volverás a intervenir?
— Non, por el mismo motivo por el que tú no lo has hecho.
— Los problemas esta época deben resolverlo los jóvenes de esta época, ¿es eso?
— Exactamente. Kanon tenía razón en una cosa: yo no debería estar aquí. Escogí morir junto con Seraphine para proteger a Unity y al futuro de todos.
— ¿Sabes? Hablando de eso, se me ocurre que hay algo que te alegrará y te sorprenderá saber.
— ¿De qué se trata?
— Como te estaba contando, Shion se convirtió en Patriarca y tuvo el deber de recuperar cuantas armaduras doradas fueran posibles. Yo no podía moverme de aquí, o lo hubiera ayudado, pero al menos podía acompañarlo a través de la telepatía, como hice contigo. Pero esa es otra historia, la cosa es… adivina qué amigo tuyo logró darle una segunda oportunidad a cierto pueblo del norte de los hielos eternos.
— … No me digas…
— Es como lo sospechas, Dégel. Unity lo hizo, después de llegar con el Oricalcos al Santuario, se las arregló para volver a Siberia y se convirtió en un excelente gobernador. Tu pueblo aún existe y si mal no recuerdo está muy cerca del asentamiento original. Es bastante posible que aún haya descendientes de él.
— Dohko…
— Ah, tu cara no tiene precio. ¿Por qué no te quedas aquí hasta que sea mi momento de partir y luego vas a probar suerte? Imagino que desearás volver ahora que sabes que hay una esperanza.
— Gracias, amigo. Es posible que, después de todos los siglos, aún pueda cumplir mi promesa.
— Hasta entonces, vamos a conversar y a beber té. Tengo mucho, mucho que contarte.
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— ¿Quién eres tú? Solicito conocer tu nombre o no podrás ingresar.
Exclamó una voz femenina, suave, pero imponente, digna de una soberana. Había bajado de su caballo y los guardias no tardaron en interponerse entre ella y él para apuntarlo con las espadas a modo de advertencia y de prisa.
Sin embargo, la apariencia de Hilda de Polaris se había convertido en un nudo de nostalgia y emoción en el estómago del visitante, que se había quedado admirando su joven rostro, incapaz de hablar al comienzo.
— Realmente, eres igual a ellos.
La respuesta, al no ser lo solicitado y al ser tan incoherente, logró descomponer las facciones de la mujer, efecto que a su vez hizo reaccionar al "forastero". Este se arrodilló enseguida y se retiró el gorro de la capa tras inclinar la cabeza, liberando así su enorme y espesa melena de color esmeralda.
— Mi nombre es Dégel; he venido a ponerme a sus servicios, Hilda. Es el más grande honor para mí poder conocerla finalmente.
— ¿Qué te trae a Asgard, Dégel?
— Esa… es una historia larga. Muy larga y muy antigua, que tiene conexión con el Santuario. Si estuviera usted dispuesta a escucharme, estaría yo encantado de exponer mi situación.
— Te escucharé. Por favor, sígueme.
— Gracias, Hilda.
— ¿Me contarías el inicio de tu historia mientras caminamos?
— Por supuesto. En su punto más remoto, podría decir que esta historia comenzó hace casi trescientos años, en este mismo pueblo… cuando aún se llamaba Bluegard.
FIN
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Me tardé, es cierto, tardé mucho, pero aquí está el final de la historia. Quería añadirle muchas más cosas, pero se prolongó tanto la escritura que sentí que forzaría demasiado el fic y que no lograría terminarlo en una noche. Curiosamente, solo puedo escribir con soltura cuando estoy en la playa y no quería retrasar todavía más el relato porque ya tenía la sensación de que estaba perdiendo el encanto. Me consuela saber que es mi primer intento de un fanfic largo y que la pérdida de inspiración es un problema que azota a todos los que escriben. Afortunadamente, me las arreglé para terminar con un capítulo 9 que fue tan largo que tuve que dividirlo.
Hay cosas que quise aclarar antes, pero siempre se me olvidaba hacerlo así que lo explicaré ahora solo para quedar con la consciencia tranquila. (?)
1. Tenía el headcanon de que podían saber qué hora era en Atlantis según el brillo de sol en el cielo.
2. Siempre me pareció muy sohpechoso que Isaac supiera la verdad de Kanon y me aproveché vilmente de ese vacío legal para meter a Dégel.
3. No sé si alguien leyó por aquí el manga, pero lo que sale respecto a Thetis es cierto, es un pez. :') Inche historia, me dio penita cuando me enteré.
4. Sobre lo de Dégel pudiendo ver sin anteojos, se me ocurrió por el manga. Cuando peleaba, nunca lo vi utilizando las gafas, pero parecía muy seguro de lo que veía(?) así que deduje que tener el cosmos elevado les sirve para compensar sentidos defectuosos como una visión dañada, pero no alcanzan para el caso de Asmita, que es ciego de nacimiento.
5. Dohko hablando con Dégel por telepatía: De nuevo, me baso en el manga. En este caso, en el gaiden de Shion. Ahí sale claro como el agua que Shion y Dohko pueden conversar sin ninguna clase de problema pese a la distancia, pero quise agregarle algo de dificultad por Atlantis y el cosmos de Poseidón y así.
Así que... espero comentarios y opiniones. Mentiría si dijera que quedé 100% conforme, pero me alivia al menos haber terminado.
Nos vemos en otra historia, pues.
