ADVERTENCIA: Hetalia no me pertenece. Notas a final de página.


IMBRANATO


DOS

Se adentró a la iglesia, sintiendo como si fuera la primera vez que lo hacía. La última vez había sido cuando, por petición de su padre, había bautizado a Adamo, pero ya habían pasado dieciséis años desde aquel evento y el lugar parecía completamente renovado. Caminó hasta la primera fila de bancos, más no se atrevió a ver de cerca el féretro que estaba situado en la parte de adelante; se limitó a sentarse en la primera fila, junto a su hermana y Maddalena, su madrastra. El recuerdo de cuando su padre le presentó aquella mujer de facciones amables asaltó su cabeza. Maddalena Ferro. En aquel entonces no podía sentir sino rencor por aquella que pretendía reemplazar a su madre. Le había tomado mucho tiempo aceptar y tomarle cariño a esa mujer y en parte debía agradecer a Antonio por ello, pues luego de una larga conversación la en ese entonces joven de veinte y tantos años terminó por aceptar los motivos que tuvo su padre para ocultar la relación y su aparente repentino matrimonio.

¿Pero tanto le hubiera costado esperar a siquiera sacarse el luto para volver a casarse? Julius Vargas se casó completamente de negro la segunda vez, causando revuelo entre sus invitados ante la inevitable comparación con un sepulturero.

Un sollozo logró sacarla de sus cavilaciones. Ladeó levemente la cabeza y frunció los labios hasta convertirlos en una fina línea. El párroco ya iba por la mitad de la misa; había perdido la noción del tiempo. Vio a su izquierda y suspiró al ver a su madrastra, la única que había estado con su padre cuando decidió partir; se veía imparcial aún al tener el rostro demacrado por la evidente tristeza y falta de sueño. Desvió la vista hasta su hermana; le costaba creer que se trataba de la misma extrovertido Felicia que gozaba con molestarla… estaba convertida en un mar de lágrimas. Sintió su corazón estrujarse.

—Feli… —musitó por lo bajo y la abrazó, dejando luego que apoyara su cabeza en el hombro de ella.

—No puedo evitarlo, Lovi...

—… yo tampoco

Se incomodó a sobremanera. Bajó la mirada y jugueteó con sus dedos, esperando que todo volviera a su relativa normalidad. Se sentía como una niña en un mal sueño. Más sus súplicas no fueron escuchadas. Sus pies la guiaron hasta el auto de Felicia y luego hasta la bóveda familiar, en donde estaba también sepultada su madre; ahogo un sollozo, sintiendo como si se le partiera el alma. Pensaba volver, muy en el fondo a Lovina en verdad le hacía ilusión volver a Italia, más nunca, ni en sus sueños más masoquistas, pensó que sería para sepultar a su padre. Nuevamente volteó a ver a su hermana, tenía el rostro oculto en el pecho de Ludwig, su esposo… estaba llorando, ello saltaba a la vista. Junto al matrimonio, vio a dos jovencitas de largo cabello castaño claro, no pudo evitar sorpresa al verlas…

Se sintió vieja de pronto.

Mamma —llamó Adamo—. Vamos…

Vio a su alrededor; la bóveda yacía cubierta de flores y quedaba muy poca gente que esperaba para dar el último pésame. Había perdido la noción del tiempo, otra vez. Tomó la mano de su hijo y se acercó a donde estaba su hermana, aún incapaz de incorporarse. Se limitó a ver al alemán, a sus sobrinas y a su madrastra. La gente no tardó en acercarse a las hermanas Vargas y, entre abrazos y palabras de aliento, uno a uno se fue retirando toda la gente, hasta sólo quedar la familia junto a la bóveda subterránea.

—Espero que no te moleste que nos quedemos en la casa mientras busco una para nosotros —le habló Lovina a Maddalena, señalando luego a su hijo. La verdad no es como si le importara lo que esa mujer dijera o no, pero se vio en la obligación de romper el incómodo silencio.

—Al contrario. Precisamente quería que alguien se quedara con esa casa —hizo una pausa—. Iré a vivir con mi hijo mayor.

—Nadie la está echando, Maddalena —intervino Ludwig, tan diplomático como siempre—, y estoy seguro que Lovina piensa lo mismo.

—No me mal interpreten —rogó—. Es sólo que hace mucho que no lo veo y… —hubiera querido decir que el principal motivo para irse era que nunca había terminado de limar asperezas con la hija mayor de Julius, ¿pero qué tan descortés hubiera sonado eso? Prefirió guardar sus pensamientos para sí y limitarse a emitir una débil sonrisa.

—Descuida —Felicia limpió su rostro y estrechó a su madrastra en un fuerte abrazo—. No te olvides de llamar de vez en cuando.

La mujer asintió con la cabeza y se alejó, aludiendo a que tenía muchas cosas que hacer antes de su viaje; no sin antes contemplar la tumba del segundo hombre que más amó en su vida. El habitual silencio volvió a cimentarse en el cementerio, Ludwig tendió un pañuelo a su esposa, mismo que ella usó para limpiar su rostro del rastro salino; Lovina se acercó a Felicia y la abrazó, sintiéndose extrañamente cómoda en el acto.

—Tranquila —intentó reconfortarla—. La gente solo muere cuando te olvidas de su recuerdo —la menor asintió levemente con la cabeza y procedió a limpiar el resto de lágrimas que hasta hace unos momentos caían sin cesar desde sus orbes castaños.

— ¿Quieres que te llevemos, Lovina?

La aludida asintió con la cabeza, agradecida; el cansancio que sintió de pronto, en conjunto con el no recordar mucho las calles, le hizo casi imposible la tarea de volver a la casa por sus propios medios. Durante el trayecto, Adamo se relajó en cuanto a su cercanía con las gemelas y empezaron una animada conversación. Las jóvenes le comentaron que ambas pronto empezarían en su último año de escuela media; en tanto el mayor les informó que debido al viaje no sabía si encontraría un colegio que aceptara su ingreso, mas pareció reacio a perder la esperanza, pues de otro modo tendría que esperar un año sin hacer nada y bajo ninguna excusa quería trabajar.

El auto gris se detuvo justo enfrente de la casa blanca con jardín descuidado. Lovina invitó a los presentes a pasar un momento y éstos aceptaron. Nunca fue adepta al café, pero una taza humeante de este ese momento era bastante tentadora. Puso el agua a hervir y dejó que Felicia buscara las cosas, pues ella ya había olvidado la ubicación de todo. Mientras los más jóvenes habían ido al jardín de atrás junto al notebook de Adamo, los adultos se quedaron en la cocina, agradeciendo el hecho de haber quedado solos.

—Sabes que Antonio tarde o temprano se enterará de la muerte de papà y vendrá, ¿no?

—Puede que se entere, pero no tiene por qué venir —Lovina se removió incómoda. A todas luces prefería hablar de otra cosa—. No estoy en la obligación de abrirle la puerta o de atenderlo, maldición.

—Ha pasado mucho tiempo…

Stai zitto, Felicia! —habló tajante. El matrimonio se incomodó, más asintió con la cabeza. Sabía que era una especie de tabú hablar del hombre, más había ocasiones en las que no se podía evitar incorporarlo en las conversaciones.

—¿Cómo lo harás con tu trabajo? —inquirió Ludwig, verdaderamente preocupado por el bienestar económico de su cuñada y sobrino, dándole a su vez un respiro a la mujer por el cambio de tema efectuado.

—Pedí un traslado. Apenas me enteré de lo que pasaba, hablé con el director del hospital en el que trabajaba en Minnesota y le informé de lo que pasaba. Él me dijo que debía enviarle un correo electrónico indicando que pedía un traslado a Italia, pues convenientemente trabajaba en la clínica Mayo —sonrió autosuficiente—. Bueno, por lo mismo un traslado no es algo demasiado complicado. Aunque me dijo que debía entregar la petición por escrito para que no se perdiera el protocolo —explicó tranquilamente—. Esa misma tarde redacté la carta y ya por la noche recibí la respuesta, informándome que se haría todo lo correspondiente para el traslado. El señor Töelg me informó que eventualmente me mandaría la ubicación del hospital en el que trabajaré —explicó—. Tengo suerte de que el director haya tenido tantas consideraciones para conmigo, supongo —sonrió aliviada—. Con sus recomendaciones no se me hará difícil insertamente a trabajar.

—Te lo ganas por ser una excelente profesional, sorella —reconoció su hermana, haciendo revolar las mejillas de la aludida.

—Lo más probable es que me tenga que mudar —agregó—, aunque no tengo mayor inconveniente en ello.

—Me alegra oírlo —sonrió—. Sabes que cualquier cosa, puedes ir a nuestra casa ve~, y creo que está de más decirlo, pero siempre es bueno recordarlo.

—Sí —dejó la taza vacía sobre el mesón y suspiró—. ¿Es necesario que diga que el mismo ofrecimiento corre por mi parte? —hizo una mueca. A todas luces Lovina no era una persona cariñosa, aunque no por eso dejaba de sentir aprecio por sus más cercanos.

—Lo acabas de hacer, ve~. Y gracias —dejó su taza a un lado y miró a su esposo—. Creo que ya nos vamos a ir, debes descansar y ponerte al corriente en todo lo que sucede en el país, supongo —besó la mejilla de su hermana sin mayor—. Cuídate, sorella.

—Tú también.

No consideró el lavar las tazas una necesidad mayor, por lo que simplemente las dejó sobre el lavaplatos y caminó pesadamente hasta la sala de estar y, haciendo caso a lo dicho por su hermana menor, optó por ponerse al corriente con todo lo que acontecía en el país. Tomó el control remoto y pasó los diversos canales hasta que finalmente encontró ese en el que daban noticias las veinticuatro horas. Se sacó los zapatos y acomodó lo más posible en el sofá. Sólo una hora bastó para que se deprimiera aún más de lo que ya estaba. Apagó el televisor; el noticiero era todo menos algo alentador. Tomó sus zapatos negros y subió al segundo piso y dispuso a rebuscar entre sus cosas… en aquella vieja habitación estaba todo lo que representaba su vida como universitaria; había dejado todo ahí. Cuando decidió irse del país en busca de nuevas oportunidades, decidió empezar desde cero, ni siquiera llevó una fotografía.

Se sentó sobre sus piernas en el suelo y comenzó a hojear sus cuadernos; dibujos al final de estos, garabatos; su mente fue asaltada por la nostalgia y no pudo evitar sonreír. Sus años en la universidad habían sido muy buenos, consiguió grandes amigos… y luego estaba él. Mordió su labio, reprochando el hecho de recordarlo. Buscó en otra caja, sabía que tenía un pendrive con fotos en una de ellas y su objetivo a corto plazo fue encontrarlo. Tosió estrepitosamente al tirar un par de cuadernos que levantaron mucho polvo, ¡tenía que hacer aseo urgentemente!

Buscó y buscó y no pudo evitar bufar al no poder encontrarlo; estuvo próxima a llamar a su hijo para que la ayudase, más sólo le quedaba una caja y en esa debía estar lo que tanto quería.

Su rosto reflejó una mueca tras sentir un nudo en el estómago al dar con el pequeño aparato de color azul oscuro; con cuidado quitó el polvo y se puso de pie, se dirigió al computador que solía usar su padre y lo prendió… sintiendo luego interminable ese rato que la máquina se tomó hasta estar lista para su uso. Lo conectó al puerto USB y ante sus ojos se abrió una carpeta que mostraba siete carpetas, separadas por año. Hizo click en la más antigua, tomó unos segundos que todas las fotografías cargaran, y es que eran demasiadas. Ahí estaba todo: su primer día en la universidad W, una puerta con el número ciento diecisiete y dos plaquitas —que por apenas un año fueron tres—, cada una con el nombre de un integrante de esa habitación; la fiesta de bienvenida, ella y sus amigos en distintas ocasiones… cada fotografía le trajo un recuerdo agradable y de sus ojos se desprendieron lágrimas… se llenó de nostalgia.

Se preguntó qué había sido de sus amigos, qué sería de Elizabeta, del narcisista hermano del patatero y de la hija de ambos… de Marguerite, Emily. Lo único que sabía de ellas era que cada una había seguido con su vida por separado, después de todo, ser gemelas no las obliga a permanecer juntas durante toda la vida. Quiso saber qué había sido de la vida de sus antiguos compañeros de universidad: Arthur, Sakura, incluso tuvo curiosidad por saber del pervertido de Francis… había perdido el contacto con todos y cada uno de ellos, sobre todo con Antonio.

Ingresó a su viejo perfil en línea, ese que hace años había cerrado. La contraseña no fue problema, pues era la misma de la de su segunda cuenta y la dirección de correo electrónico sólo variaba por una "a" extra al final. Dio click a su nombre y vio las últimas publicaciones realizadas. Escribió el nombre de la que fuese una de sus mejores amigas en el buscador. Hasta donde recordaba, ella vivía con Gilbert en Marino, más supuso que con los años eso debió haber cambiado… o tal vez no. Su foto de perfil era la de ella luciendo un casco de ingeniero; no pudo evitar reír, rápidamente supuso que debió habérselo pedido a albino para fanfarronear un poco; aunque si se trataba de amor propio, Gilbert ganaba y por mucho. Buscó dónde vivía y al contrario de lo que supuso, seguía viviendo en la misma ciudad. Cuál fue su sorpresa al ver que su estado civil mostraba "casada" y nada más que con Beilschmidt, curiosa, buscó fotos del matrimonio… Elizabeta lucía preciosa y ni hablar del novio. Se dedicó a ver las otras fotografías y su sorpresa fue aún mayor al ver que además de Julchen, tenían otro hijo. Había un álbum especialmente dedicado a fotos familiares. Sonrió, se veían muy felices.

Una vez terminó de ver las fotos, regresó al muro de Elizabeta, luego de un rato y tras mucho meditarlo, dio click en otro enlace y lo contempló. Dudó en si enviarle o no un mensaje privado, pero ¿qué era lo peor que le podía pasar? A lo sumo le respondía que no quería verla y fin de la historia.

Suspiró.

"Elizabeta; no sé si te acuerdas de mí, pero fuimos compañeras de habitación durante toda la universidad. Acabo de volver a Italia y me gustaría hablar contigo. Sé que he sido una maldita ingrata y, maldición, no me sorprendería si ignoras y/o me mandas al carajo, pero supongo que no tengo nada qué perder. Han pasado muchas cosas, pero creo que eso ya lo sabes.

Lovina V.

PD: felicidades por tu matrimonio, lamento mucho no haber ido."

Lo releyó un par de veces hasta que estuvo conforme con el contenido del mensaje y lo envió. En lo más profundo deseó que le respondiera.

Se quedó viendo los perfiles de sus viejos amigos y conocidos hasta la madrugada; muchos de ellos se habían casado y tenían hijos, se veían muy felices, exponiendo al mundo a sus familias y un cosquilleo molesto surgió en ella, claramente se trataba de celos. Vio que Marguerite estaba haciendo su doctorado en la universidad W… sonrió; ese lugar siempre le había gustado, sus grandes jardines, flores multicolores y hasta la laguna con patos y cisnes era encantadora. Al hacer clases ahí, supuso que la mayor parte del año vivía en el campus, al igual que los alumnos, pues la institución estaba alejada de la zona urbana. Francis se había radicado en Frascati, o al menos eso decía su perfil. Sintió algo de pena al ver los comentarios en el muro del francés; aquellas frías frases distaban mucho del molesto e hiperactivo chiquillo que recordaba. Aquel que siempre tenía una sonrisa a flor de piel y que solucionaba todo con alcohol... o sexo. No pudo evitar reír al recordar una de las tantas veces que, convencida por Antonio, había ido a beber con él… simplemente memorable.

Vio el reloj; pasaban de las cuatro de la madrugada, había enviado el mensaje a Elizabeta hace casi ocho horas y aún no tenía respuesta. Suspiró. Lo mejor era esperar. Apagó el computador y con pasos pesados y torpes caminó hasta la cama, quedando dormida apenas su cabeza tocó la almohada.

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ACLARACIONES:

En éste universo alterno, la universidad W está ubicada en una ciudad cercana a Roma, Italia.

Hice que tanto Francis y Antonio vivan en Italia porque leí que ambos países tienen un acuerdo de hermandad con Italia. Sobre todo París; de hecho tienen un lema que dice: "Sólo París es digna de Roma; sólo Roma es digna de París" (fuente wikipedia)

Las ciudades que se mencionen de ahora en más (salvo Nápoles) son todas aledañas a Roma.

En Italia la educación de divide en: escuela elemental (6-10 años), escuela media (11-14 años), escuela secundaria superior (15-18 años), escuela superior universitaria.

La clínica Mayo es uno de los más prestigiosos centros de salud del mundo. Con sede central en Rochester, estado de Minnesota, Estados Unidos.

Eso. Ahora seguiré estudiando, mañana tengo examen de cálculo III y estoy próxima a tener un derrame cerebral, así que antes de que eso pase, me digné a subir un capítulo de aquí, ya que lo tenía escrito y fresquito(?)

¡Saludos!