ADVERTENCIA: en estricto rigor, ésta parte es más que nada relleno, y si bien tiene relación con la historia, su lectura no es obligatoria. Marguerite (Meg)/NyoCanada
IMBRANATO
FRANCIS 1
W era una universidad que gozaba de prestigio y trayectoria y aquello no hacía más que llenarlo de orgullo. Sus poco más de cien años, los profesionales egresados de alto nivel y el campus en sí la hacía no solo una de las mejores instituciones de enseñanza superior, sino también la meta a alcanzar de muchos jóvenes que veían por primera vez su futuro en sus manos. Con setenta carreras distribuidas en dieciocho facultades —las cuales algunas constaban con más de un edificio—, en conjunto con una amplia edificación dedicada al bienestar de los estudiantes —que incluía médicos, enfermeras, dentistas, ginecólogos, kinesiólogos, psicólogos, oculistas y paramédicos, además de una pequeña farmacia—, tres cafeterías esparcidas por el campus, nueve canchas deportivas, un estadio profesional y una biblioteca de cinco pisos; además de la belleza natural del terreno tapizado con árboles y flores, hasta con una laguna que albergaba patos y cisnes, la hacían además una zona apta al turismo.
Porque si una zona goza de belleza natural, aquella cualidad hay que explotarla. Con mesura, claro está.
Phillipe Bonnefoy, como rector de la institución y máxima autoridad no podía sentirse más orgulloso. Si bien en un principio la universidad había sido solventada por el estado, su prosperidad rápidamente la convirtieron en una institución privada de más alto prestigio en la zona, aunque el paso del tiempo les hizo decidir a los altos cargos de la época; el rector en conjunto con el consejo académico y el directorio de corporación, hacer semi fiscal aquella institución que tan buen nivel había adquirido en tan poco tiempo.
El nuevo proyecto lo ponía ansioso; sólo hacía falta su firma, ya todos habían estampado su aprobación en la hoja que reposaba en su escritorio. Si bien se limitaría una de las áreas dedicadas a la recreación de los estudiantes, aquello también haría crecer a la universidad y a fin de cuentas eso era lo más importante. Calzó sus anteojos de marco fino y sacó su elegante lápiz; Bonnefoy no iba a limitarse a ser como el común de los mortales, claro que no. Releyó una vez más el proyecto a efectuar y finalmente estampó su firma.
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Francis cerró con fuerza la carpeta que hasta hace poco había estado viendo. Sentía poco y nada de interés por el contenido de ésta. Se acomodó en la gran silla y masajeó sus sienes, acto seguido tomó el auricular del teléfono que estaba a un lado en el escritorio y, desganado, pidió un café a su secretaria. Dio vuelta su silla y contempló la ciudad por el ventanal de su oficina: era su pasatiempo favorito… "Patético" pensó. Y si bien el puesto del que gozaba en la empresa fundada por su madre era bastante bueno, no le quitaba el trabajo que debía ejercer, y en conjunto con sus problemas personales, el asunto sumaba y seguía.
Hace poco su ex-esposa lo había demandado ya que consideraba que la pensión alimenticia que le daba a su hija era muy poca. "¡Esa mujer quiere estrujarme!" refunfuñó molesto, maldiciendo el día en que su padre le había comunicado su "compromiso" con Katherine Levine; mismo día en que empezó su tormento, mismo día en el que había sido extorsionado de tal forma, que tuvo que romper con Marguerite de la peor forma… era el bienestar de ella o el de él y claramente la prefería a ella y aunque sabía que la había hecho sufrir, era lo mejor. Marguerite tenía sueños, deseaba trabajar primeramente como psicóloga infantil y luego tratar con jóvenes… siempre se lo decía y a medida que pasaban los años lo acentuó aún más. Su padre fue ruin y avaro, pero el poder del que gozaba lo obligó a hacer su cometido; ni siquiera su madre pudo ser capaz de persuadirlo. Dos años duró su matrimonio. Un día simplemente no aguantó más y le pidió el divorcio a Katherine. No iba a aguantar un segundo más viviendo en una mentira. Pero no todo había sido tan fácil, pues de ese matrimonio había nacido su única hija y debía reconocerlo, la ahora adolescente de diecisiete años era tan malcriada como su hermanastra, Lucie, en sus mejores años y aquello no podía sino traerle malos ratos para con su hija en conjunto a recuerdos desagradables… ¡Si hasta físicamente se parecía a Lucie! Y aquello era mucho menos que posible.
Lo irónico del caso es que Lucie se había ido del país muchísimo antes de nacer su hija —en su afán por convertirse en modelo— y nunca más había vuelto a saber de ella.
Su secretaria dejó el café en el escritorio y tras preguntar si necesitaba de algo más y la negativa del ejecutivo, salió tan cautelosamente como había entrado. Francis giró su silla y con agrado degustó el café que estaba tal cual a él le gustaba… debía darle crédito por ello a la mujer.
Trató de ordenar sus ideas a medida que sorbía su bebida caliente; optó por hacer el depósito bancario vía internet, pues estaba seguro que no soportaría ver a su ex-esposa y que ésta le reclame por todo. Lo segundo y más importante era el encargo hecho por su madre. La dueña y fundadora de la empresa planeaba hacerse cargo del proyecto a efectuar en la universidad de la cual su ex-marido era rector; no otra sino la universidad W. Si bien el haber tenido un vínculo sentimental le ayudó a ganar el proyecto, no iba a permitir por ello que el trabajo de su constructora fuese precario, sino todo lo contrario.
El mayor impulso de la mujer era demostrar a su ex-esposo que era perfectamente capaz de solventar una empresa y vivir sin un hombre que la coordinara.
Stephanie Chassier pidió a su hijo y mano derecha encargarse en primera instancia de todos los por menores del asunto; aquello incluía los costos de operación y el contactar con el personal especializado para la realización del proyecto. Contaba con su criterio, pues tenía el conocimiento dado a que era ingeniero civil. Le había dado incluso la autorización de contactar con personal de las sucursales repartidas por el país; aquello era algo personal. Francis rodó los ojos, más optó por hacer su trabajo y si bien estaba cansado de las constantes riñas de su padres —no sabía cómo, pero siempre terminaba en medio de éstas— optó por simplemente hacer lo pedido por su madre; no deseaba agrandar más el asunto.
Suspiró.
Cuando tenía trece años, sus padres, luego de incontables pleitos en los cuales también participó la violencia física, finalmente se divorciaron. Por ese entonces los adultos solo buscaron su bienestar, dejando el de su único hijo en último plano… "Después de todo, ese niño nunca está en la casa"
Sus padres nunca dimensionaron el daño emocional que le habían provocado; pero ello ya era parte del pasado.
Sacudió la cabeza en un intento de borrar aquellos desagradables recuerdos de su mente… o al menos volver a esconderlos y comenzó a buscar entre las muchas tarjetas que tenía aquellas que pudieran serle de utilidad, todas de gente que trabajaba para su madre; no iba a permitir que alguien ajeno a ésta pudiera colaborar de una u otra forma en el proyecto que tan enfrascada tenía a su progenitora. Seleccionó a algunos arquitectos, sociólogos e ingenieros que pudieran hacer las maquetas, los estudios de impacto ambiental y finalmente coordinar los trabajos a efectuarse, respectivamente, entre otras cosas claro está. Decidió por llamar a todos sus potenciales subordinados y de acuerdo a ello, seleccionar a los más competentes. Lo más importante era la maqueta, puesto que si no agradaba al cliente y/o no cumplía con las normas de impacto ambiental sería descartada inmediatamente y con ello ponía en juego la construcción del inmueble por parte de la Constructora Chassier S.A.
Una de las tarjetas llamó especialmente su atención. Releyó varias veces el nombre antes de sumirse por completo en los recuerdos. Gilbert Beilschmidt… ¿acaso era posible olvidarlo? ¡Vamos! Si hasta se sorprendió por no haber pensado inmediatamente en él y en cambio perder casi treinta minutos revisando tarjetas de presentación. Él era su colega y uno de sus mejores amigos durante la universidad; y aunque su primera impresión no había sido de lo mejor, rápidamente limaron asperezas. Sentía cercana aquella sensación de estar jugueteando con Gilbert y Antonio —otro de sus grandes amigos—. ¡Eran inseparables! Bueno, la palabra clave en esa última frase es: eran.
A pesar que los tres vivían relativamente cerca —en Roma, no obstante en distintas comunas— el tiempo no era algo que jugara a favor de alguno de los tres. Suspiró. Tenía tantos deseos de ver a sus amigos, así como a Julchen y Daniel, los hijos de Gilbert y Elizabeta. Estuvo seguro que Antonio hubiera compartido la sorpresa cuando ambos anunciaron su compromiso, pero…
—Ah, Antoine… —dejó las palabras al aire y bebió un poco de su café.
Si de los tres, el francés era el que había salido peor parado y Gilbert el que había obtenido una vida como de cuento, Antonio no estaba precisamente entre ambos; podría decirse incluso que estaba tan mal que él. ¿Cuántas noches recibió llamadas desesperadas del español clamando por un poco de compresión? Claro a Gilbert también lo llamaba, pero no con tanta frecuencia, pues el albino debía cuidar a sus hijos.
La causa y solución de todos los problemas de Antonio tenían nombre y apellido: Lovina Vargas. Las memorias no dudaron en invadir al francés y pronto recordó lo mucho que se divertía haciendo enojar a la italiana. Porque a lo largo de su vida había conocido a personas de carácter complicado —la bruja de Elizabeta, por ejemplo—, pero Lovina se llevaba todos los premios. Gritona, mal educada, impulsiva, ¡pero rayos! Lo guapa no se lo quitaba nadie. Aún así, hacerla enojar era de sus pasatiempos favoritos.
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El decidir salir de la biblioteca coincidió con la llegada de la temperamental muchacha. Francis reaccionó exageradamente al verla, simulando con fingido asombro y con la mano en el torso—. Me está dando algo… —dramatizó sin dejar de sujetarse el pecho ante la mirada de reproche de la castaña—. Creo que he visto algo muy feo.
—Es tu reflejo —bufó con sorna—. ¡Muévete! —trató de apartarlo con un rápido movimiento mientras el rubio reía burlón y le entorpecía el paso con la mano.
—¿La palabra mágica, cherie?
—¡Dije que te movieras, maldición! —esta vez gritó y empujó bruscamente al francés, sin importarle nada más.
—Eres una salvaje —chilló el hijo del rector de la universidad W—. Ya sé porque mon amour Antoine está en esas condiciones.
—¿Estas condiciones? —bufó la fémina, cabreada por la actitud de su compañero—. ¿Cuáles serían esas, bastardo?
—Más distraído, sometido, vista perdida, loco por ti —mofó—. Hay que estar muy mal como para creer que eres atractiva —rió. Aunque lo cierto era que consideraba a esa joven quizás una de las mujeres más lindas que había visto en la vida, pero era mucho más divertido molestarla, ¿no?
—Lo mismo pienso de todas esas babosas que siempre hacen lo que les pides —frunció el ceño y trató de ocultar su sonrojo ante la revelación del gabacho—. Enserio no sé qué demonios te ven; sólo eres un intento mal hecho de playboy, además de pervertido.
—Las chicas saben lo que es bueno.
—Por favor, no me hagas reír.
—Ya, no peleen —pidió Antonio, interponiéndose entre los jóvenes—. Lovi, no le hagas caso a Francis… sabes que le gusta molestar.
—¡No me digas Lovi, bastardo, maldición! —lo taladró con la mirada. Acto seguido agitó su larga cabellera, procurando en el acto golpear el rostro del francés al pasar a su lado, dispuesta a encerrarse a estudiar en la biblioteca.
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Recordó también, y no supo por qué, que la temperamental joven italiana se había puesto muy triste cuando Elizabeta, su compañera de habitación, se fue por dos años de la universidad debido a su embarazo… lo recordaba a la perfección, pues justo entonces llegó Marguerite. Todavía reía ante la negativa de Lovina a compartir habitación con alguien que no fuera la húngara y carcajeaba ante el tonto rumor que él mismo se había encargado de esparcir acerca de la dudosa sexualidad de la italiana. Y claro, también recordaba los constantes gritos de "¡voy a matarte, bastardo!" por parte de ella, la molestia de Antonio y el aparente miedo de Marguerite.
Marguerite…
Cada vez que sentía su cabeza colapsar, lo cual lamentablemente era a menudo, se acordaba de ella; se preguntaba qué sería de su vida, si se había casado, si tendría hijos… porque algo sí sabía y a la perfección: ella no lo perdonaría por lo que había hecho. El ruido de su teléfono lo sacó de sus cavilaciones… refunfuñando lo atendió y le contestó su secretaria, recordándole la junta que tendría dentro de poco. Vio la hora, había perdido completamente la noción del tiempo.
—Pide que preparen mi auto, enseguida bajo —pidió a través del teléfono y luego lo colgó. Dejó su tasa a un lado y se adentró al baño que colindaba a su oficina; se acomodó un poco la corbata, el largo cabello rubio que amarró en una elegante coleta, como todo en él, y salió de su despacho.
Las reuniones aburridas abundan, más cuando eres ejecutivo de una empresa importante.
En el estacionamiento ya lo estaba esperando su madre; sintió palidecer al verla tan cansada y es que Stephanie Chassier pronto cumpliría setenta y tres años, más al contrario de lo que siempre pedía su vástago, la mujer renegaba a la idea de jubilar, alegando pronto a que el trabajo era su vida y el día que no pudiera ejercer, sería cuando se iría de éste mundo.
—No sabía que también iría a la reunión, madre.
—Es mí deber como presidenta —dictó la mujer con voz rasposa. El chofer del rubio abrió la puerta del auto en el cual primeramente entró Stephanie, seguida de su hijo—. ¿Ya viste lo que te pedí, Francis?
—Precisamente en eso estaba hasta que mi secretaria me recordó lo de la reunión —habló con elocuencia. A pesar de todo, tenía un enorme respeto por la autora de sus días y se lo demostraba cada vez que podía—. Y tal como me lo había sugerido, también hice una rápida evaluación de los posibles profesionales de las sucursales que tenemos en el resto del país.
—¿Y qué tal todo?
—A simple vista se ve prometedor. Es de mi conocimiento el buen desempeño laboral de los profesionales que he seleccionado, aunque claro, es previo hacer una reunión para seleccionar solo las mejores ideas.
—Los estudios de impacto ambiental ya están hechos —mentó distraídamente, viendo a través del vidrio polarizado del vehículo—. Debes pedirle a los arquitectos que presenten maquetas para que Philli… el cliente —se corrigió rápidamente— pueda elegir la de su agrado y así comenzar con los trabajos.
—Está bien.
—Francis —le llamó y el varón posó su mirada cielo en la mujer—. Si crees que es demasiado trabajo para ti, no dudes en decírmelo… podría poner a otro ingeniero civil a trabajar contigo, claro que sería tu quien contaría con la última palabra.
—Sí, gracias. Ya lo había considerado...
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Les explico: si bien la historia principal es Spamano, habrán un par de capítulos narrados desde la perspectiva/familia de Francis y otros desde la de Gilbert, aunque en sí éstos no aportarán mucho a la historia. Como dije al inicio, es más bien relleno.
La mamá, papá y media hermana de Francis son sólo rellenos; probablemente no vuelvan a aparecer.
En el próximo capítulo aparece Antonio :)!
Subo seguido porque estoy de buen humor; matarse estudiando sí sirve, sí sirve :') jajaja. A todo esto, ¡gracias por todos los follows, favoritos y reviews!
¡Saludos!
