ADVERTENCIA: María/Mallorca y Paulo/Portugal


IMBRANATO


TRES

Dos semanas habían trascurrido desde el funeral, más creyó que estas habían sido trazadas como siglos; sospechó que Chronos se estaba divirtiendo con ella y su pesar, más tampoco podía extralimitarse a ser tan prepotente y creer que enserio un dios de mitología o lo que fuera, estuviera jugando para con ella. Se sintió como atada de pies y manos al no tener nada que hacer; y tampoco iba a extralimitarse a asaltar su correo electrónico esperando como desquiciada la respuesta de su ex-jefe en Minnesota.

Suspiró.

Prontamente se sintió como una carga; desde que había llegado a Italia, tanto su hermana como el "bastardo" de su cuñado habían velado por que nada le falte ni a ella ni a su hijo, ¿y qué hacía la fémina? Pues simplemente esperar a que todo a su alrededor siguiera su curso natural mientras por su parte se estancaba cada vez más. Tal vez exageraba, más siempre había sido autosuficiente y el depender de otros la hacía sentirse enferma.

"Guarda tu dinero" regañó Felicia una vez la mujer hiciera el intercambio de dólares a euros y había querido ir a comprar un jugo que mermara un poco el calor que sentía. "No seas derrochadora. No sabes cuánto tardará el e-mail y debes ponerte en el peor de los casos. No es bueno confiar al ciento por cien". Entonces comprendió que el macho patatas había lavado y relavado el cerebro de Felicia; después de todo, ¿cuándo en el pasado la italiana menor hubiera dicho algo como aquello? Y aunque sabía que tenía razón, ¡por el amor a lo más sagrado! ¡Un jugo no iba a hacer que se declarara en banca rota! Más desistió ante la idea de hacer entender ello a su hermana.

El reloj bordeó las cuatro de la tarde y Lovina seguía en la cama, completamente asqueada ante su situación actual. Calzó sus pantuflas y sin importarle su cabello enmarañado ni mucho menos su aspecto bajó al primer piso donde vio a su hijo acostado en el sofá junto a una bolsa de frituras que gustoso ingería. Adamo se veía mucho más adepto a la idea de no hacer nada y es que como a la mayoría, el colegio no era su sitio preferido y no se sentía precisamente adepto a ir a dicha institución… mucho menos considerando el hecho de que, convenientemente, era verano.

La mujer se relajó levemente y caminó para sentarse en el mismo lugar que el adolescente, haciendo que él tuviera que acomodarse para dejarle espacio.

—Hace rato vino tía Felicia —habló Adamo antes que nada, sin apartar los ojos del programa que transmitía el televisor—. Le dije que dormías y prefirió no molestarte. Trajo unas cosas para comer y dejó un poco de dinero.

La mujer agradeció enormemente el gesto de su hermana; reconocía —y debía hacerlo— que las acciones de ella le simplificaban enormemente la vida, más no era de su agrado depender tanto de otra persona. Su vástago le indicó que había pasta en la cocina al oír el gruñido que emitió el estómago de la fémina quien sonrojó en el acto. Luego de comer, encendió su notebook e ingresó a su correo electrónico; tal y como le había pedido al cielo, ya tenía una respuesta desde Estados Unidos, indicándole el hospital en la cual trabajaría y el lugar donde se encontraba. El correo además señalaba que la primera semana de Septiembre debía ingresar a trabajar, claro que primeramente debía responder al correo electrónico y ponerse en contacto con el director del hospital, puesto que de otro modo su puesto sería otorgado a otra persona. Tenía alrededor de un mes para organizarse, no le incomodaba.

Lo que hasta cierto punto sí lo hizo, fue leer que no podría desenvolverse al ciento por ciento en sus labores de investigación, pues el hospital no daba abasto para una ciudad con tantos habitantes y se necesitaban médicos. Y aludiendo a que Lovina sólo había trabajado como médico general durante los primeros años de su vida laboral, el mismo hospital la capacitaría. "Al menos tendré un poco de acción" se animó, pues trabajaría en el área de urgencias, irónicamente, una de las más peligrosamente deficientes. Cuando comenzó a ejercer también había trabajado ahí… la adrenalina del momento era algo que le encantaba, más su curiosidad por el saber y su deseo por la investigación la derivaron a los laboratorios, donde se había especializado como analista clínico.

—Eso te pasa por ser la nueva —señaló Felicia. Luego del trabajo había pasado a la casa de su hermana para saber de ella y cruzar un par de palabras—. Estoy casi segura que en el hospital en el que trabajabas en Minnesota no te hacían hacer dos cosas, ve~.

—No —admitió—. Pero tampoco me molesta. Como bien dices, me pasa por ser la nueva. Aunque el correo decía que sólo debía hacer turno tres días a la semana, los otros los puedo dejar a la investigación que a la larga beneficia a todos. Además creo que mi experiencia ayudará a determinar rápidamente el estado del paciente en una emergencia… supongo.

—¿Y debes trabajar todos los días?

—Tengo que confirmarlo en cuando firme el contrato, pero señalaban el miércoles como posible día libre.

—Al menos…

—Por cierto, Felicia, necesito un favor… un enorme favor.

—Dime…

No pudo evitar hesitar ante su próxima acción, frunció el ceño y se trató de convencer que el orgullo no lo era todo en la vida; que inevitablemente en algún momento iba a necesitar la ayuda de alguien, por más autosuficiente se considerara. El ver la buena disposición de su hermana la animó.

—Acompáñame a Roma y ayúdame a buscar un lugar donde vivir.

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Los cambios siempre implicaban algo. Su vida fue buena en Nápoles, más cuando a los dieciocho años fue a vivir al campus de la universidad W, en las cercanías de la capital italiana, su vida fue aún mejor y aquellos fueron sus mejores tiempos. Luego volvió y trabajó siete meses en el hospital que la vio nacer. Posteriormente y luego de un suceso que a toda costa prefería omitir, se fue a Estados Unidos, lugar que le dio todas las herramientas y que le hizo crecer como profesional. Esperaba que ir ahora a Roma significara algo igualmente grato en su vida. Y claro que lo era, ya tenía un motivo… recordó que Elizabeta vivía en Marino y aquella ciudad se encontraba a unos escasos veinte kilómetros de la capital.

Suspiró.

Caminó hasta su computador y abrió su perfil en línea. Ahí, sobresaliente en rojo, se mostraba el mensaje recibido… sus manos temblaron; si Elizabeta le indicaba que no quería tener ningún tipo de contacto con ella, debía empezar a buscar otro motivo grato por el cual ir a vivir a Roma.

"¿Eres estúpida o qué?

Mal comienzo.

¿Tienes alguna maldita idea de lo preocupada que estaba por ti? Nunca una llamada, ni una mísera señal de vida. Hubo un tiempo en el que enserio creí que estabas muerta y me sentí mal, muy mal… porque como tu amiga lo mínimo que me esperaba era ser avisada en caso de tragedia. Desapareciste de un día para otro, cambiaste tu número de teléfono… llamé a tu papá, a tu hermana… y nada de nada. Incluso fui hasta tu casa y nadie se dignó a abrirme la puerta… ¿Tienes idea de lo mal que me sentí? ¿Tienes idea de cuántas horas son desde mi casa a la tuya? Ahora apareces como si nada… ¡Y claro que tienes mil cosas que explicar! No creas que te vas a librar de eso. Ah, pero ni creas que iré a tu casa o donde sea que vivas ahora… te busqué mucho tiempo y ahora es tu turno de hacer lo mismo. Sabes donde vivo."

—Pudo ser peor —suspiró. Por un momento había olvidado el temperamental carácter de su vieja amiga. Recordaba a la húngara que no dudaba en sacar las garras cuando algo no le parecía. Su primera amiga en la universidad y también la primera apoyándola en todo y regañándola cuando su actuar no le parecía apropiado.

En contraparte recordó a otra de sus mejores amigas —o al menos esperaba que aún lo fuera—; Marguerite: dulce y atenta en todo momento, siempre con una sonrisa que no hacía más que acentuar sus lindas facciones. Medio rió al recordar el día en que la había conocido y claro, las circunstancias que habían rodeado la situación, y es que al lado de Francis pedir que las cosas no acabaran siendo un caos era mucho pedir. El por qué él siempre estaba involucrado en todo es algo que nunca terminó de entender a cabalidad. Sabía que Phillipe Bonnefoy no alentaba las locuras de su hijo, sin embargo éste tenía el don de saber y manipular ciertos aspectos en la universidad y aquello sólo lograba confundirla más.

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¿Hola? —musitó dubitativa la húngara al divisar a la joven de lentes y cabello rubio que estaba sentada sobre una de las camas. No había rastro de Lovina y eso le hizo hesitar de si estaría o no en la habitación correcta. Dejó su maleta a un lado y se volvió para mirar la puerta; efectivamente era la habitación ciento diecisiete y ahí estaba su nombre—. Eh, Soy Elizabeta… ¿Y tú?

Mucho gusto —comenzó con voz suave—. Lovina siempre me hablaba de ti.

¡Eliiiiiiiiiiiiiii! —se escuchó un grito. Lo siguiente que la húngara sintió fue un par de brazos estrujándola. Marguerite se incomodó ante la efusividad en su comúnmente fría e indiferente compañera. Lo siguiente que se escuchó fue una risa burlona y palmadas lentas pero con cierto ritmo. Francis estaba gozando de lo lindo con el "espectáculo"

Nadie se preguntó por qué rayos el francés estaba ahí, más que mal, ya estaban acostumbrados a sus repentinas apariciones.

¿Ves Meg? Te dije que Lovina está enamorada de Elizabeta. Por eso odia tanto a Gilbert.

El golpe que recibió el hijo del rector de la universidad W por parte de la temperamental madre primeriza fue tal, que de solo rememorarlo pudo sentir el dolor ajeno como propio. Y claro, risas y exageraciones de lo ocurrido fueron parte de la conversación por semanas.

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Prontamente se sintió miserable y una lágrima escapó de sus orbes ámbares. Extrañaba tanto a sus amigos.

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—¡Objeción! —gritó imponente el hombre situado a un lado de la tribuna. Sus ojos fríos demostraron determinación y sus puños fuertemente cerrados daban a entender que no se dejaría vencer fácilmente. Su abogado, sentado a un lado de él, trataba de persuadirlo para que se calmara, más el antes mentado parecía no escuchar sus palabras. Taladró al juez con la mirada y este le devolvió el gesto.

—No ha lugar —musitó tranquilamente, el hombre de mirada fría sólo pudo reprimir su frustración—. Abogado Fernández Carriedo, ¿tiene algo que agregar a la corte?

—Solo quisiera recordar lo dicho por mi cliente, lo cual se refiere a las muchas veces que su cónyuge abusó de ella tanto física como sexualmente, y recalco la petición de custodia completa de la menor de ocho años para con mi clienta y de paso la negación total de visitas por parte del padre.

—Y el divorcio —intervino una mujer con determinación.

—¡No puedes alejarme de mi hija! ¡Maldita perra!

—¡Orden en la corte! —vociferó el juez, agitando y golpeando fuertemente su martillo contra la mesa—. En vista de que no hay nueva información que agregar, dictaré mi sentencia la cual aboga por la señora Rozalia Lombardo y todas sus peticiones, además de tratamiento psicológico para el señor Vitorino Giudici —gritos y reclamos se escucharon en la sala, por lo que el juez habló más fuerte—. Negación absoluta del ver a la menor, al menos hasta que el señor Giudici se encuentre mentalmente estable, lo cual significa estar lejos durante el periodo que dure el tratamiento que dé el profesional. Orden de alejamiento a por lo menos cien metros de la señora Lombardo e hija, además de que mañana mismo se proseguirá con los papeles para el divorcio. Señores abogados, les pido que se mantengan en contacto para informar del operativo a sus respectivos clientes —ambos hombres asintieron con la cabeza y el juez nuevamente golpeó fuertemente la mesa con su martillo—. ¡Se levanta la sesión!

Rozalia suspiró aliviada y acto seguido se acercó para abrazar y besar a su hija y tras agradecer infinitamente a su abogado, se disculpó, diciendo que quería ir a consentir a su pequeña; su defensor medio sonrió y se despidió de ella.

Se acercó al actuario para una copia del juicio, más éste le informó que eventualmente lo haría llegar a su correo electrónico. Satisfecho, Antonio tomó sus cosas y se dirigió al bufete en el que trabajaba. El trayecto se le hizo relativamente corto, estaba feliz ya que había ganado el caso y aquello sólo traía prestigio a la firma y claro, sobre todo a él. Saludó a todos al entrar y se dirigió directamente a su oficina, lugar en el cual no se sorprendió de ver sentada en su silla a una mujer de cabello corto y mirada curiosa que lo divisaba de pies a cabeza.

—¿Qué haces en mi silla? —inquirió con cansancio, deshaciendo levemente el nudo de su corbata y posteriormente dejando su maletín sobre el escritorio.

—¿No es obvio? Te estaba esperando.

—Pudiste haberlo hecho en tu oficina y esperar a que llegara, ¿no? —alzó una ceja, más prontamente rió—. Aunque no debería sorprenderme que estés aquí.

—Estaba preocupada, ¿sí? —frunció los labios y se acomodó en la silla—. Quería saber cómo había salido todo.

—Perfectamente. ¿Acaso alguna vez he perdido un caso? —alardeó y la fémina frente a él rodó los ojos—. ¿Acaso dudas de mis capacidades, hermanita?

—No —hizo una mueca—, pero sí me enferma que seas tan arrogante.

—Sabes que es solo una broma —aprovechó que la mujer se levantó de la silla y se sentó en ella para luego acomodarse a sus anchas—. Por cierto, no es que me moleste ni nada de eso, pero, ¿por qué estás en mi oficina? ¿Acaso no tienes trabajo?

—El trabajo puede esperar un poco —curioseó entre los papeles que tenía su hermano en el escritorio—. La verdad es que quería invitarte a comer a mi casa, ya sabes, hace mucho que no vas —se encogió de hombros—. Ve con Vincent, estoy segura que Ana va a estar encantada de verlo… y con Emma... Paulo, mamá y papá también irán.

—Puede ser —musitó, leyendo a la perfección el doble interés en las palabras de su hermana menor—. Iré con Vincent en la medida de lo posible. Lo de Emma es relativo; sabes que siempre está ocupada trabajando.

—Lo sé, lo sé, pero no pierdo nada con intentar.

El hombre alzó una ceja, inquisidor ante las palabras de la fémina frente a él. La aludida se removió en la silla frente al escritorio de él y, tras percatarse de su insistente mirada, bufó y dejó caer los hombros en un gesto de resignación. Antonio negó con la cabeza; sabía que su hermana no podía estar tan tranquila; no cuando se refería a una mujer y él en la misma frase.

—¿Qué pretendes, María?

—Nada —agregó rápidamente con simpleza. Frunció levemente el ceño, provocando que se le formara esa pequeña arruguita en la nariz que tanto hacía reír a su interlocutor—. Iré a mi oficina; como dijiste, tengo trabajo que hacer —se detuvo un momento en el marco de la puerta y se giró para encarar a su hermano—. Te esperamos en la noche, Toño.

—Bueno, pero oye, ¿Paulo no estaba en Brasil, llenando su alma de creatividad o algo así?

—Volvió ayer —frunció el ceño y bufó, colgada de desespero—. Lo hubieras visto, ese idiota es un caso perdido. No sé qué demonios pretende hacer con su vida.

—No seas tan dura con él —rió apenas—. Si pintar es lo que le apasiona, deberíamos apoyarlo, no ser sus jueces y estar en primera fila para ver su ejecución.

—Es bueno en lo que hace y lo reconozco. Lo que no me gusta son esos amiguitos hippies —sintió un escalofrío al rememorar a los escandalosos amigos de su hermano mayor—. Debió haber estudiado algo más productivo para no estar perdiendo el tiempo con esos pelafustanes.

—No lo culpes por querer divertirse un poco —María gruñó—. Sabes que por el mismo hecho de hacer artista muchas veces no tiene dinero; no todos los meses son buenos, a pesar de vivir en un país que da los recursos para vivir de eso. De por sí le engendra estrés.

—No me mal interpretes, Antonio. Paulo es mi hermano y lo adoro, pero no me pidas que entienda ni mucho menos acepte su bohemio estilo de vida.

—Tarde o temprano se calmará. Tranquila.

—Como sea —enfocó la atención en su hermano mayor—. ¿Vienes o no?

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Debió admitirlo; el ambiente familiar era lo que le hacía falta. Ana y Vincent jugaban en con la consola de videojuegos e incluso María lucía relajada; tras la puerta había quedado la mujer de facciones duras. Paulo, sentado en el sofá, parecía absorto en el techo, ¿el color lo hipnotizaba? Antonio efectuó una mueca ante la visión, más prefirió pensar que su hermano aún estaba cansado por el viaje y que a ello se debía su ensimismamiento y no a esa hierba que sabía fumaba de cuando en cuando con sus amigos. Se acercó a él y lo contempló desde arriba; lucía distinto a la última vez que lo había visto: su cabello estaba más largo, lo que sacaba a relucir sus rizos y se aventuró a suponer que su estilo de ropa había vuelto a cambiar, bueno, eso era casi evidente, pues las ropas negras habían sido reemplazadas por atuendos de estilo hippie de segunda mano… o algo así. Paulo fijó los ojos en él y enarcó una ceja.

—¿Qué pasa? —inquirió con flojera. No que le molestara su presencia, sin embargo la imagen que tenía de Antonio hace mucho se había roto y el aludido parecía no hacer nada para remediarla.

—Nada —contestó con simpleza. Prontamente se sintió inquieto ante los orbes que demostraban su resentimiento—. Te extrañé.

—Si vas a comenzar la velada con mentiras, entonces no me hables, Toño.

Los ojos del aludido bailotearon en sus cuencas, se sintió falto de aire, producto de la impresión y sólo atinó a efectuar un mohín que señalaba ofensa para con su persona. Paulo le ignoró y se concentró nuevamente en el techo. Nadie a su alrededor pareció siquiera percatarse de la riña. María se acercó a Antonio y se colgó de su espalda, tal y como cuando eran niños. El hombre miró a sus hermanos: una sonriente y el otro indiferente y por fin pareció caer en cuenta que las cosas ya no eran como antes; para empezar, Paulo ya no era gótico —rió para sus adentros— aunque aún mantenía distancia con el resto del mundo. En tanto María continuaba hostigándolo, sí, pero ahora rayaba en lo controladora —sobre todo cuando trataba sobre cosas del trabajo—. Incluso él mismo había cambiado. Días atrás había retomado el contacto con Francis; el aludido sonó afligido durante toda la conversación, sin embargo, Antonio fue incapaz de darle algún consejo, ¡y eso que en su juventud, sus mismos amigos de la universidad le habían bautizado como el terapeuta frustrado!

La voz de su madre lo sacó de sus cavilaciones y sonrió encantado al ver la mesa, perfectamente decorada, con platos rebosantes de la comida que solo a ella le quedaba tan bien.

—¿Qué tal las cosas en Brasil? —inició su padre. Los años parecían haber pasado en vano, al menos para José Fernández; lucía mejor que cualquier hombre de su edad. Francisca Carriedo, su madre, permaneció atenta a los movimientos de su hijo mayor. En tanto Paulo atinó sólo a alzarse de hombros y llevar una papa a su boca.

—Bonito —espetó apenas. Bien, su incomunicación y falta de tacto para con el resto de los seres humanos seguía tal cual.

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Las cosas se van aclarando, ¿no? Creo que en dos capítulos más se va a saber la razón por la cual Antonio y Lovina se separaron. Oh, y para quien no le quedó claro, Emma es la novia de Antonio y Vincent es hijo de ella, SOLO de ella. Ana es hija de María.

¿Se dieron cuenta de lo irónico que fue el hecho que la primera aparición de Antonio fuera en un juicio por la custodia de un menor? -.-